RELATOS TRASMUNDANTES |3| Marisol
📖 Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
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Marisol
El centro comunitario de La Victoria era viejo, tenÃa unos treinta años y nunca habÃa sido restaurado. Se componÃa de un teatro, piscinas, talleres de enseñanza, un coliseo cubierto, amplia zona verde, una extensa arboleda de eucaliptos y tres canchas mixtas de micro-fútbol y baloncesto. Estas últimas estaban insertadas como explanaciones excavadas en una prominente loma, lo que las hacÃa parecer escalones para gigantes. A mediados de los años sesenta, ese complejo fue de ensueño, un lugar como para evocar o imaginar historias rebosantes de corazón y superación. Pero para los noventas, inspiraba más bien historias de terror. Cada muro tenÃa diversas marcas verticales muy rectas y oscuras que delataban filtraciones de agua. En muchos rincones podÃan verse brotes de moho que hacÃan caprichosos dibujos, algunos, estremecedoramente detallados. El adoquÃn de la plazoleta tenÃa musgo creciendo entre las piezas. Las losas para desplazarse entre las canchas estaban movidas por la propia tierra, y a algunas hasta las habÃa sepultado parcialmente. Los prados llevaban sin el debido cuidado muchos años, por lo que enormes porciones de la zona verde, eran desfiladeros o lodazales. La arboleda carecÃa de alumbrado y constituÃa, tristemente, una madriguera de historias horribles, de delincuencia en el dÃa y de espantos en la noche. El lugar seguÃa siendo visitado y usado con suma frecuencia, en especial por los colegios que no disponÃan de polideportivo propio. Un par de décadas después habrÃa de ser restaurado más allá de la plenitud, pero para la época en que Marisol asistÃa con sus compañeros a clase de deportes, el centro comunitario La Victoria apenas era tal despojo inspirador.
Se decÃa que, en la arboleda, una joven habÃa sido violada y asesinada. Que, como tantas decenas de estudiantes, ella cruzó entre los eucaliptos, proveyéndose un atajo. Pero esta desolada colección de árboles servÃa, entre tantas otras cosas, para que personas no sanas de espÃritu ni mente, llevaran a cabo sus negras actividades. Como toda leyenda urbana, este crimen no tenÃa testigos directos ni registro, sino que sobrevivÃa solo del boca a boca. Unos decÃan que ella tenÃa trece años, otros que diez. Unos decÃan que era de determinado colegio, otros decÃan que no estaba en colegio alguno. Se decÃa tanto que fue ahorcada como que fue acuchillada. Con tantas variaciones, ya no se sabÃa al fin y al cabo, si era una historia verdadera o no. Como fuera, la gente prohibÃa a sus hijos rotundamente transitar la oscura arboleda del centro comunitario.
—Miren a Marisol, asà es, asà es —dijo el profesor de educación fÃsica, señalando a la chica.
Ella hacÃa los ochos mejor que todos en el curso. Estos consistÃan en driblar la pelota de basket entre las piernas. Ella era la más alta, y la longitud de sus piernas le favorecÃa. En cambio, Nereira era chaparra. No habÃa crecido mucho desde 1993, al menos no de estatura. No obstante, su pecho habÃa crecido en sobrada compensación.
—Ser bajita no es pretexto para no poder —exclamaba el profesor—. Si el balón cabe en medio de las piernas, se puede hacer el ocho. TendrÃa que ser un niño de primerito para no poder.
No se lo habÃa dicho directamente a Nereira, pero deliberadamente la habÃa aludido.
Esa clase de deportes ocurrÃa en abril, a pocos dÃas de salir a vacaciones de semana santa. El cielo estaba gris y el aire caÃa helado dentro de los pulmones. La mayorÃa de estudiantes ya no tenÃan la edad en que gozaban de embarrase, sino que trataban de no ensuciarse, pues la vanidad habÃa sustituido a la imprudencia. De regreso al colegio, solo los más inmaduros corrieron loma abajo sobre el barro, apostando no caerse. Los demás daban brincos entre losa y losa, con especial cuidado para no aterrizar en aquellas que el mismo agua habÃa moldeado como una tasa y estancaban agua lluvia.
Tronó. Un escalofrÃo recorrió automáticamente el cuerpo de Nereira. Se trató de una corriente eléctrica que nació en su vientre y se dispersó hasta afectarle el aliento. TenÃa todavÃa mucho qué superar de ese nefasto dÃa de hacÃa tres años en que el agua provocó tantos estragos. No obstante, Nereira no recordaba mucho más de aquél evento. Pero estaba destinada a conectar los puntos.
AhÃ, en la plazoleta del desvencijado centro comunitario, el profesor exigÃa una fila derecha para salir a la calle. Su monitor contaba a los estudiantes. Varios rebotaban sus balones todavÃa. Tronó otra vez, más fuerte que antes. Era habitual que, justo en ese punto frente al edifico de talleres, a los alumnos les dieran ganas de ir al baño. El profesor vio su reloj y concedió los permisos, pero, una señora de servicio se manifestó de inmediato:
—Los muchachos pueden entrar, pero el baño de mujeres está cerrado.
Las chicas que habÃan salido de la fila, respondieron con un lamento al unÃsono. Eran Marisol, Emilce y Jamie.
—Si es muy urgente —agregó la señora—, pueden bajar hasta el coliseo e ir al baño allá.
Al ver que las chicas salieron corriendo, añadió a voz en trueno:
—Si… su profesor les da permiso.
Ellas se volvieron e imploraron a palmas unidas. El profesor se apiadó y les permitió ir. Fueron tres juegos de gradas de teatrino las que tuvieron que descender hasta llegar a la reja del coliseo. Dicho escenario se componÃa de una cancha mixta, dispuesta en medio de su tribuna y una tarima, todo bajo un alto techo de teja de canal ancho. Bajo la tarima estaban instalados los baños, casilleros y un vestidor. Marisol y sus dos amigas dejaron sus tres balones de basket alineados en la entrada del baño de mujeres, que tenÃa tres cubÃculos con excusados en frente a un lavamanos triple con espejo. Marisol habrÃa de ocupar el de más al fondo, que no se unÃa con la pared sino que dejaba un recoveco. Sus amigas ya habÃan ingresado a los cubÃculos y cerrado las puertas. Pero algo llamó la atención de Marisol antes de girarse para entrar al suyo. En el reflejo del espejo vio a una niña en aquella cavidad que formaba el muro y la pared del cubÃculo del baño. No llegaba mucha luz allÃ, por lo que Marisol apenas pudo distinguir que se trataba de una niña que podrÃa ser de grado sexto o séptimo, pero de otro colegio, no del Adveniat.
—Hola —dijo ella, instintivamente, levantando la palma amistosamente y doblando los dedos como si manipulara un tÃtere. Fue tan rápido que ni siquiera se preguntó qué hacÃa esa niña ahÃ. Se dio la vuelta para entrar a su cubÃculo y notó que en aquel reducto de espacio no habÃa absolutamente nada. Acto reflejo, Marisol volvió a ver al espejo y vio apenas un movimiento confuso que identificó como la misma niña, deslizándose sobre la pared hasta desaparecer en la oscuridad, como si esta fuese una puerta abierta. A Marisol, todo el calor del cuerpo se le bajó y escapó a través de las zuelas de sus tenis. Ya no pudo ni moverse. Los pelillos rubios de la espalda y los brazos se le erizaron y sintió un chorro de ácido descendiendo a su vientre.
—Vean a esta, se puso a jugar —dijo Emilce, desde su asiento dentro del cubÃculo.
Lo dijo porque repentinamente empezó a sonar uno de los balones, como si fuera driblado ahà dentro del baño.
—Marisol, si va a orinar, entre ya porque no la vamos a esperar —agregó Jamie.
Soltó el agua y salió del cubÃculo, dirigiéndose naturalmente a donde sonaba el balón. Pero lo encontró driblándose solo. Simplemente saltaba, pero no por inercia, puesto que no perdÃa impulso ni altura. La otra chica salió de su cubÃculo y lo primero que vio fue a Marisol en el fondo del baño, desmayada. El balón seguÃa botándose. Todo de ahà en más fue una ruidosa confusión de gritos de auxilio.
Si bien el relato de la joven violada en la arboleda estaba tan distorsionado que apenas se graduaba como leyenda urbana, el susto de Marisol y su par de amigas sà fue palpable, reciente y claro. Lo fue para Nereira, cuya sensación de escalofrÃo la obligó a evocar instantáneamente a aquella serie de experiencias con la oquedad en el piso de su casa. Esa que su madre y abuela tapaban una y otra vez pero que volvÃa a abrirse con obstinación casi consciente.
El curso entero, tras oÃr los cortantes gritos, descendió a la entrada del coliseo cubierto. Tronó por tercera vez esa tarde y se largó un estrepitoso aguacero. Era lo único que faltaba para que Nereira atara una cabo más: Esas cosas forteanas parecÃan gustar de ocurrir en el frÃo del invierno.
Todo grado noveno tuvo qué escampar en el coliseo, pues la lluvia estaba tan fuerte que seguro sobre las calles empinadas de La Victoria se formarÃan rÃos caudalosos. Todo mundo conocÃa las tristes historias de gente, en especial niños que eran arrastrados por las corrientes durante aguaceros torrenciales, por lo que un profesor no querrÃa arriesgarse ni loco. Y la gente conocerÃa ahora la historia del fantasma del centro comunitario, que la mayorÃa achacaba al de la joven asesinada en la arboleda de Eucaliptos, y que le habÃa metido sus sustos a estudiantes, vigilantes y personal de servicio del complejo durante años.
Un funcionario del edificio de talleres cruzó la plazoleta protegido por una gran sombrilla y botas pantaneras. Su presencia se debÃa a que los gritos de Emilce y Jamie ascendieron como bala de cañón por las gradas.
—No es nada grave —respondió el profesor—. Es un ataque de nervios.
«¡Dicen que las asustaron!» intervino uno de los chicos más jóvenes.
—No diga bobadas —lo aplastó el profesor y entonces se dirigió al representante del centro comunal—: Necesito llamar al colegio para que no se preocupen ¿dónde puedo llamar?
—¡Por supuesto! En la oficina puede llamar y, sean tan amables de traer a la chica que le dio el ataque de nervios a la oficina también. Veré que le traigan algo caliente, al menos.
Feliz de retrasarse y perder clase de matemáticas, grado noveno improvisó un partido de basket en el coliseo cubierto. No podÃan ser más afortunados. En la oficina, el docente discaba el número del colegio y junto a él estaba todavÃa el desafortunado trÃo de temerosas adolescentes. Contra todo pronóstico y antecedente, Nereira se aproximó a la oficina e irrumpió. Justamente ella, porque sabÃa que algo especial recién sucedÃa y si ella y solo ella podÃa ayudar, era su deber hacerlo. Aún cuando con Marisol y compañÃa, fueran apenas conocidas. Tomó ventaja del hecho que su profesor hablara por teléfono con la secretaria del colegio y que no pudo más que esgrimir su Ãndice para tratar de impedir su ingreso. A hurtadillas se acercó al juego de sillas de sala de espera donde estaban la sollozantes chicas. Eligió en primer lugar a Marisol, que estaba en medio.
—¿Puedo ayudar? Puedo ayudar, pero ¿me dan permiso?
Las otras la miraron cual bicho raro, lo que correspondÃa a la cotidianidad, con o sin lluvia y con o sin fantasmas.
—Venga —siguió Nereira, tomando la mano de Marisol—, uhy está helada. Venga…
Con gentil esfuerzo, Nereira logró separar las manos de Marisol, que estaban unidas por obra de su mismo descontrol. Superada la barrera, abrió los brazos de su compañera, aún ante su asombro y pródromo de férrea reprobación. Sin dar su brazo a torcer, Nereira pudo al fin hacerse espacio y meter su cuerpo. Abrazó a Marisol, en aquella posición tan incómoda y carente de lugar. Jamie y Emilce, cuyo trauma habÃa sido un par de grados menor, tuvieron todavÃa un poco de control nervioso para alzar una ceja y ver a Nereira, pero rotando los ojos y no las cabezas. Incluso, Jamie llegó a aplastar sus labios hacia arriba. La propia Marisol luchó contra el incómodo y no pedido abrazo durante un segundo. Solo durante un segundo, porque el contacto, calor y fraternidad que transmitÃa Nereira le parecieron alivio total. Fue entonces que ella misma sacó su trasero de la silla y se arrodilló, abrazada con Nereira, correspondiéndole tan fuerte como pudo. A las otras dos se le abrieron tanto las órbitas de los ojos que bien podÃan ser estos sustituidos por bolas de billar. Con su aviso cumplido, el profesor colgó el teléfono y regresó a la cancha sin dar más que una mirada a la extraña escena.
Fue un abrazo que duró lo que cae una hoja de un árbol, pero fue suficiente. Se soltaron y, Marisol apretó los húmeros de Nereira, en un gesto de gratitud que ni ella misma podÃa entender. Sonrió con temblor y le dio un sÃsmico «gracias», seguido de una sorbida de mocos. Ahora, las bolas de billar cabrÃan en las bocas de las otras dos. Nereira abrió sus brazos para Jamie, quien se negó con finura y silencio, como quien rehúsa gentilmente un pasabocas en un cóctel. En cuanto a Emilce, Nereira no le ofreció un abrazo pero sà una explicación:
—Lo que sea que haya visto, le quitó un montón de su vibra. Yo le pasé un poco de la mÃa, y ya.
Marisol, apenada, rompió el incómodo momento y de paso recuperando su estatus de chica chévere. Esculcó su bolsillo y preguntó a Nereira:
—¿Cuánto le debo?
Ambas rieron. Un efecto inmediato y secundario de lo sucedido, fue que Nereira y Marisol se hicieron amigas.
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