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Fantasías / Parodias

RELATOS TRASMUNDANTES | 4 | El grito

Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Marisol

El grito

El nuevo cuarteto, integrado por Emilce, Marisol, Jamie y Nereira; estaba resultando toda una novedad entre la comunidad de estudiantes. Incluso, los de décimo grado planeaban hablar de ello en el pasquín encargado por la profesora de Español, como tarea para Semana Santa.
Jamie, Emilce y Marisol eran peliclaras, las tres. Jamie era cari-tierna y usaba gafas. En contraste, tenía un cuerpo que hacía babear a los estudiantes de grados décimo y undécimo cuando salía a hacer deporte en prendas de gimnasio. Marisol, era larga y huesuda. Incluso su rostro aparecía tan óseo que la joven boyacense fácilmente podría impostar a una nativa Cheyenne. Y Emilce, apenas ese año había recobrado la reputación de ser la más bonita del colegio, desde que una tal Jenny Matíz¹ se graduó y largó el año anterior a ese. Nereira, desencajaba del patrón, pues era la más bajita, incluso más que Jamie, pelinegra y con talentos muy diferentes a los de las otras tres.
El recuento de cómo, durante los últimos años, Nereira aprendió a quitarle el miedo a alguien que hubiere sido espantado, fascinó a las chicas. No habría tenido tanto efecto si ellas mismas no hubiesen visto, una, a un fantasma y las otras dos, un balón de basket driblado hábilmente por alguien invisible. Sin aquella manzana de concordia, Nereira y su historia solo habrían empeorado su estatus de rara. Pero, en cambio, las cuatro eran ya una risueña mixtura entre raras y kool.
—Desde la primera noche —contaba Nereira—, mi mamá me abrazó muy fuerte para quitarme el miedo. Al principio yo no entendía, claro. Cualquiera diría que es porque es la mamá, pero es todavía más simple. A mi mamá una vez la asustaron re-feo, y su abuelo le enseñó cómo quitar el miedo. Aunque quitárselo uno solo es más difícil, pero también se puede.
—Y ¿cómo asustaron a su mamá re-feo? —preguntó Marisol.
Las otras dos celebraron la pregunta.
—¿Se acuerdan de la tragedia de Armero?
—No.
—No.
—No.
—Bueno, en 1985 hubo una avalancha, muy grande, que mató mucha gente. Mi mamá y yo somos sobrevivientes de allá. Lo que pasó fue que la noche antes de la avalancha, oyó al diablo —o eso dice ella— pasar corriendo y gritando horrible. Mi mamá vivía sola, bueno; yo tenía como dos años; y mi papá trabajaba aquí en Bogotá. La casa era inmensa, no era de ellos, sino que mi mamá la cuidaba. Dice que el grito duró muchísimo y no parecía una voz humana en absoluto, sino como de un monstruo muy grande. Que lo oyó desde que apareció a lo lejos, como quien viene gritando desde fuera del pueblo. Lo oyó acercarse hasta que tuvo que taparse los oídos y apretar fuerte. Para cuando pasó frente a la casa, mi mamá también gritó de miedo y no escuchó su propio grito. El volumen del grito del diablo volvió a empezar a bajar, porque estaba alejándose, y siguió sonando hasta que salió del pueblo, se metió en las montañas, hizo eco y al fin dejó de sonar.
»Como ella no tenía a nadie cerca, tuvo qué agarrar a correr hasta donde su abuelo, y él la abrazó, confortándola. Pero no era un abrazo cualquiera, sino que él sabía lo que hacía. La apretó fuerte para devolverle el calor y la sensación de vida, que se le va a uno cuando se asusta así de terrible. Y para que fuera más efectivo, su abuelo se acordó de las aventuras que vivió cuando se ganó el corazón de mi bisabuela, cuando eran muy jóvenes. Esas experiencias, decía mi mamá, eran algo que siempre le sacaba una sonrisa a mi bisabuelo. La buena vibra se transmite con el abrazo. Con el tiempo mi abuelo le enseñó a mi mamá y obvio, ella me lo hizo la primera noche que apareció esa sombra negra.
»Mi mamá, mi abuelo y de ahí para atrás… están llenos de historias de sustos y espantos.
Después de unos segundos tras los que las muchachas pudieron espabilar, Emilce habló:
—¿Y al otro día fue la avalancha?
—A las pocas horas, por la madrugada. Mi bisabuelo murió ahí. Lo que dicen es que el diablo pasó celebrando lo que iba a ocurrir. Como burlándose.
—Y si el grito fue así de duro —preguntó Jamie— ¿Nadie más lo escuchó?
—Yo siempre le pregunté lo mismo a mi mamá. Pero llegamos a la conclusión de que no hay forma de saber. Ella apenas alcanzó a volver a la casa, acostarse y al rato empezó la avalancha. No creo que nadie le dé importancia a un grito infernal que sonó antes de eso. Lo que pasó en la avalancha fue demasiado horrible. Sería una lotería encontrar a alguien que haya sobrevivido también y que haya tenido en cuenta el grito, igual que mi mamá.
Hubo un instante de silencio, que Emilce finalmente decidió romper declarando:
—¡Uff, Nereira, yo no imaginaba que usted fuera tan interesante!
—¡Nos debe —agregó Marisol— las historias de horror de su abuelo y de lo que pasó durante la avalancha!

Un par de rutinarios días pasó y los estudiantes del Adveniat salieron a vacaciones de Semana Santa. Esos fueron los últimos tiempos en que los días santos estuvieron cargados de misticismo. El jueves y, en especial, el Viernes Santo eran días de nula actividad comercial e incluso familiar. Si se trataba de viajeros, pues para los días santos, ellos ya estaban en su destino y no cometerían la imprudencia de desplazarse. La pasividad y el silencio del jueves y viernes santos todavía eran sagrados, tanto que si no se armaba la gente con provisiones para ambos días desde el miércoles, debería pasar hambre y otras necesidades durante los días santos. Las calles, parques y carreteras eran desoladas. Y así mismo, dicho recogimiento y silencio daba rienda suelta a los hechos trasmundantes. La sola mención de “Viernes Santo” para quienes fueron jóvenes durante esos años, portaba además de tinte religioso, mucho de folclor e imaginario popular. “Viernes Santo”, para los más viejos, era un día para estar en reposo, pero para los más jóvenes, era un día de regocijo paranormal, sobradamente de más que una Noche de Brujas. Los viernes santos les pasaban cosas raras a mucha gente… mientras el recogimiento perdurara. Lamentablemente, hasta ese tinte emocionante estaba condenado a quedar sepultado bajo toneladas de frivolidad y tecnología.
—¿Dónde vamos a pasar el Viernes Santo? —Preguntó Marisol.
Acababa de abordar a las otras tres, sorprendiéndolas mientras comían helado a la salida del colegio. Prácticamente, les había caído encima a gritos. Emilce se desquitó al instante, untándole helado en una mejilla. Mientras las demás reían y forcejeaban con sus helados, Nereira se quedó como estatua, a causa del asombro. Sus nuevas amigas tenían un estilo de vida marcadamente diferente al de ella. «¿Cómo que “pasar el Viernes Santo?”» se preguntó en privado.
Horas más tarde, hubo una lluvia de ideas en casa de Emilce. Surgieron algunas ideas de broma. Otras eran propuestas por cuya realización hubieran dado la vida. Hubo otras más realistas y un par que al fin serían las únicas que valía la pena considerar. Entre una orgía de galguerías y refresco en la cama y cómoda de la bella adolescente, las cuatro muchachas ametralleaban opciones. También se disparaban granos de maíz pira y chitos.
—¿No les gustaría quedarse en el colegio de noche? —propuso Jamie.
—Uhy, sí, debe ser aterrador. Pero ¿cómo vamos a colarnos? —repuso Marisol.
—No se puede, olvídenlo —se resignó Emilce.
—Dicen que en preescolar asustan, porque queda encima de la iglesia —aportó Nereira.
—¡Ay! Ya vino esta a ponernos los pelos de punta.
—Pues esa es la idea ¿no?
—¿Qué más sabe de preescolar, Nereira?
—No es mucho, pero…
Marisol y Emilce interrumpieron, viendo a Nereira y codeándose mutuamente. Entonces tomó la palabra Jamie:
—No les pare bolas a esas bobas, Nereira. Es que usted, cuando cuenta cosas de miedo, le pone un tono re-chévere. Parece locutora de programa de misterio.
—¡Es la verdad! —gritó Marisol—, pero no lo tome a mal, Nereira. Es más bien un piropo. ¡Siga, siga!
—Es que en preescolar —retomó Nereira— está ese montón de marionetas colgadas, que parece que lo miran a uno. Y está como aislada del resto del colegio ¿si habían pensado en eso? Es el último rincón. Después de preescolar solo hay una escalera que baja al jardín de casa cural.
—¡Uhy, ese jardín! Es como para grabar una película de terror ahí —comentó Emilce—. Menos mal ya no es así. Ahora está el edificio nuevo. Adelante, Nereirita.
—Pues, que del jardín se divide el camino a casa cural y a la iglesia, y el paso por ahí es friísimo porque detrás de esa pared están los osarios.
—Muy chévere y todo, pero sean realistas ¿cómo vamos a meternos allá en Semana Santa? —preguntó Jamie.
Lo que no pudieron hacer Nereira y sus amigas, lo habrían de hacer tres chicos en 2002².
—Sí, aterricemos. Estamos perdiendo el tiempo. Hagamos algo bacano el Viernes Santo, pero algo que sí podamos —reconoció Emilce.
—Subiendo después de Juan Rey hay una fábrica abandonada, en medio del monte. Vamos allá —propuso Marisol.
—Sí, entre Ramajal y Amapolas hay otra —comentó Jamie—, también entre la selva. Podemos ir, meternos y ver qué pasa. ¿Qué dicen?
—Sí, díganle a sus papás a ver qué dicen.
Las demás respondieron con pucheros.
—Los amigos de mi hermana sí hacen esas cosas.
—Pero es que son universitarios, mayores de edad.
—¿Quieren estar en una casa y asustarse? Vayan a la mía —acotó Nereira, con su tono de voz habitual—. Si la sombra no sale del piso, al menos podemos pasarla contándonos historias de terror. Les debo las de mi abuelo y lo de Armero ¿no?
—¿Quiénes votan a favor? Preguntó Emilce.
Todas levantaron su mano.

________
¹Relato disponible en  Jenny 1995
²Relato disponible en El Fantasma del Adveniat

El fantasma del adveniat

¯¯¯¯¯¯¯¯

Siguiente: Viernes Santo

Inicial: Nereira

Stregoika ©2025

6 Lecturas/18 junio, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: abuelo, adolescente, amigos, colegio, hermana, joven, mayores, vacaciones
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