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Fantasías / Parodias

RELATOS TRASMUNDANTES | 5 | Viernes Santo

Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: El grito

Viernes Santo

Mercedes estaba anonadada porque algo acababa de ocurrir, aún más paranormal que todo a lo que estaban ya acostumbradas: ¡Su hija tenía amigas! Enternecida, buscó la forma de darle privacidad a su inesperada pijamada de Viernes Santo. Pensó que no sería grata para ellas una reunión en una pobre casa de una pieza, con la madre y abuela de una de ellas ahí durmiendo. Se esmeró en arreglar que unos parientes cercanos a pocas calles la recibieran a ella y su anciana madre al menos esa noche. Y, de paso, que la condenada sombra que la atormentaba, viera que Nereira tenía más gente al rededor que solo ellas. Para remate, Mercedes sacó fiadas algunas viandas en la tienda para que Nereira atendiese a la primera visita de su vida.
—…y les dice que se vengan con ropa abrigada, buenos guantes, gorro y bufanda. Y no sobran unas botas de caucho —advirtió Mercedes a Nereira, mientras se despedía y le daba unos últimos jalones a su chaqueta, para quitarle las arrugas.
—Sí señora, ya me lo ha dicho tres veces.
—Yo la llamo. Y cualquier cosa, ahí al pie del teléfono está anotado el número de su madrina Catalina. Allá ya saben que usted me va a llamar.
—Sí señora, ya me lo ha dicho tres veces.
—Y cierre bien esa puerta, con pasador, tranca y todo. ¿También se lo he dicho tres veces?
Nereira asintió, colmada de resignación.

Horas más tarde, Nereira salió al encuentro de sus amigas. El cielo vestía de lúgubre gris y algunas gotitas muy chicas tocaban el rostro de Nereira. Hacia el suroeste se veía más oscuro aún. Las tetas de Juan Rey¹ no podían verse ya. Con seguridad, allí arriba ya estaba diluviando. No podía decirse que hubiere novedad en la tarde del Viernes Santo de 1996. Apenas estaba ella, ahí de pie en el desolado paradero de buses. La visibilidad no era buena, puesto que el sitio estaba hasta el tope de vehículos fuera de servicio. Se oía quizá un ladrido lejano o una puerta chirriar, tan lejos que no se sabía de qué lado. Todo mundo debería estar en su casa, viendo la televisión, comiendo o ambas cosas. Nereira pensó que debía estar por allí algún mortecino, quizá en la quebrada canalizada. Debía estar, toda vez que un par de chulos volaban en círculos y un tercero tomaba ventaja de la soledad para descender. Se hallaba en la lámpara de un poste, con sus alas entreabiertas, alas de estupendo negro azabache con plumas terminales de sucio color gris. El animal parecía ver hacia el este fijamente, pero Nereira sabía que las aves tienen visión periférica y no estereoscópica. Eso significaba que el mediano buitre aventurero estaba viendo justamente hacia donde ella estaba.
«Allá vienen esas locas» se dijo Nereira, al ver a las tres muchachas emerger lentamente tras la cuesta de una calle. Parecían salir de entre la tierra. Habían hecho caso de llevar atuendos muy abrigados y se veían cómicas. También traían sus morrales del colegio y carga en las manos. Nereira oyó el chirrido de una ventana. Naturalmente, su cabeza giró para ver, por lo que descubrió a una mujer madura y delgada como esqueleto, que terminaba de esconderse en el reflejo del vidrio, después de mirarla.
«¿Esa vieja estaba mirándome mal?» se preguntó Nereira. «Seguro le parece un sacrilegio que esté aquí afuera».
—Nereirita —la saludó Emilce, interpretando un cómico paso de baile—. Mire, me puse como esquimal.
—Mi mamá insistió, es que la casa es de un piso y hace mucho frío.
—Y mi mamá nos mandó leche caliente —anunció Marisol, revelando un termo que traía bajo el abrigo.
—¡Tan linda!
—Mi mamá no mandó nada pero me dio plata —se quejó Jamie—. Tan abeja, si no hay dónde comprar nada.
—¿Dónde es su casa? —preguntó Emilce.
—Bajando por la canalizada.
Ya andando, con manos en los bolsillos, Jamie preguntó:
—¿Y por aquí atracan mucho?
—Nap. Los atracadores no vienen por aquí.
—¿Por qué?
—¡Porque le tienen miedo al viruñas!
Todas rieron.
Al llegar a la casa, Nereira les presentó la enorme piedra que, hacía tres años, el torrente de agua les hubo arrastrado hasta allá. Marisol brincó sobre ella, en tanto que Emilce se detuvo ante la puerta de la casa. Contempló la austera fachada, derrotada hacía posiblemente una década por la voraz intemperie. Vio la canal del tejado, oxidada y el tejado con vida vegetal asomándose. Las ventanas tenían una reja exterior muy robusta y no había andén: Los muros estaban clavados en la tierra viva. Emilce luego vio el número de la placa. Entonces retó a Jamie, que venía detrás:
—Si esta casa es esquinera ¿Por qué tiene el número 66?
—Y ¿qué tiene que tenga el número 66?
—Pues que, si es esquinera, debería tener el 02.
—Porque la dirección de la carrera de abajo es 6 Bis este —intervino Nereira— y la numeración viene desde la carrera 6 este, y las Bis no cuentan.
—¡Bien! —aplaudió Emilce—. Yo también sé de nomenclatura. Mi papá me enseñó a buscar direcciones.
—En cambio, mi papá se pierde dentro de la casa —anotó Jamie.
—¡Mierda! —exclamó Marisol—. ¡O sea que el número de su casa es 6-66! ¡Vamos a pasar la noche del Viernes Santo en la casa 6-66!
—¿Y qué hay con eso?
—Ay, no me diga qué no sabe qué es 666.
A Nereira, que escuchaba mientras ellas entraban, se le movió algo muy dentro. Algún vago recuerdo tenía de aquello. Una noción mínima, un rumor intestino. Cerró la vieja puerta y echó llave, puso los dos ruidosos pasadores y atravesó la robusta estaca que siempre ponían.
Marisol saltó sobre el sofá y cayó de una vez acostada.
—¿Me puedo sentar? —preguntó, descaradamente.
—No sea atrevida, Marisol —fingió Emilce—. Voy a adivinar cuál es su cama… a ver… la de colcha de ositos —dijo, y se lanzó sobre la cama.
—¿Dónde me puedo sentar? —preguntó Jamie, con sobriedad.
—Ay, mamasita ¿ahí es? —Preguntó Emilce, congelada, señalando el piso.
Presintiendo de qué hablaba, las otras voltearon préstamente. Emilce señalaba una lámina de triplex puesta en el piso sin función aparente. Tenía encima una jarrita que contenía un par de limones.
—Ahí es. Los limones rajados en cuatro son una contra.
—Usted debería cobrar la entrada aquí —apuntó Jamie—. No, ya en serio, su casa está de maravilla para lo que vamos a hacer.

Una hora más tarde empezó a oscurecer y estaba lloviznando de forma intermitente. Las chicas ya estaban cómodas, repartidas entre la estrecha cama de Nereira y en el gran sofá. No estaban usando luz eléctrica sino cuatro velas de parafina en el centro.
—Me encanta como suena la lluvia en las tejas —apuntó Emilce—, sobre todo así —las señaló.
—sin encielado —aclaró Jamie.
—¿Por qué será que aunque no nos guste mojarnos —preguntó Marisol— nos encanta oír la lluvia?
La otras tres alzaron los hombros y dibujaron un interrogante en sus caras.
—Vaya usted a saber —comentó Jamie—. Pero sí, nos encanta. A usted, Emilce ¿Por qué le gusta el sonido de la lluvia en las tejas? ¿Qué le trae a la mente? ¿Qué se imagina, qué siente?
—Me siento protegida —respondió tras un instante—. O sea que no es la lluvia en sí sino la confirmación de que hay un techo —agregó, viendo al vacío y con voz lacónica.
Entonces, aquella voz fría que recientemente se había ganado sus corazones, se dejó oír finalmente:
—Ni el techo más fuerte puede resistir a la lluvia más despiadada.
—Ya empezamos —sonrió Marisol.
Las tres se acomodaron y abrieron sus oídos.
—Al hijo de 9 años de un vecino —siguió Nereira— se lo llevó la corriente. Ese día —Nereira frunció el ceño, afinando su memoria— se desbordaron las quebradas, se inundaron casas, se perdió gente, y se abrió este hueco en el piso. Y, hubo una premonición. Nosotras estábamos en sexto. ¿Se acuerdan del día de la tormenta? Suspendieron las clases porque el último piso del colegio se inundó y además se fue la luz, y estaba tan oscuro que parecían las seis de la tarde. A los de once los bajaron a nuestro salón y ese muchacho Jorge, echó un cuento rarísimo sobre la oscuridad y las tormentas. A mí, francamente, me asustó.
—¡Ah, sí —Marisol tronó los dedos—, yo me acuerdo! Uy, ese chino era un actor sobresaliente…
—¡Bah! —se quejó Emilce— Los de grupo base siempre se creen mucho.
—Jorge era muy bueno —intervino Jamie—. Créanme que en el colegio de mis primos, no hay tanto talento artístico, o no lo apoyan como lo apoyan en el Adveniat. Yo me acuerdo de esta china, Jenny Matiz…
—Ah, sí por la que todo mundo chorreaba la baba —dijo Emilce, desdeñosamente, y reubicó de inmediato e intencionalmente el rumbo de la conversación—: Pero ¿cuál es el caso, Nereirita? Jorge echó ese día un cuento sobre que iban a pasar cosas malas, pero ¿Y si fue coincidencia?
—Pues ese día —respondió Nereira— pasaron muchas cosas malas, y lo más raro fue eso —señaló el piso—, que se abrió ese hueco.
Marisol achicó los ojos y se concentró en el vacío. Mientras, Jamie siguió:
—Pero cuando echó el cuento, ya estaba cayendo la tormenta ¿no? O sea que puede mucho que sí sea coincidencia. El chino era muy buen cuentero…
—El curso entero era muy buen actor —apuntó Nereira.
—¡Sí! ¿Se acuerdan de cómo el curso entero hizo la pantomima?
—Fue muy chévere —apuntó Emilce.
—Nadie dice que no, pero hay que tener en cuenta que eran actores, precisamente, y muy buenos… no videntes ni nada parecido.
Nereira agachó la cabeza, porque hacía un instante hubo recordado algo más. Pero Marisol fue más hábil que ella en tomar la palabra: Tronando los dedos, exclamó:
—¡Espere, espere, espere! ¡Jorge dijo que este año iban a pasar cosas peores! Me empecé a acordar desde que llegamos, por el número de su casa, Nereira. Dizque el día 6, del mes 6, del año 96 —recordó mientras hablaba y entonces gritó—: ¡Se va a acabar el mundo!
Emilce y Jamie se llevaron las manos a la boca.
—Ese fue un rumor muy gordo en ese tiempo, y yo tampoco me acordaba —anotó Nereira.
—¿Nos quedan como dos meses de vida? —preguntó Emilce.
La pregunta tuvo dramatismo durante un segundo, pero, pasado este; la gravedad caducó y las cuatro soltaron la risa.
—¡Esto está buenísimo! —celebró Emilce, brincando de cola y dando palmas.
Abrazando una almohada y frotándose las manos, suplicó:
—Me dieron ganas de fumar ¿podemos fumar, Nereirita? Diga que sí ¡diga que sí!
—¡No! ¿Está loca? Mi mamá se pilla el olor y me mata.
—Usted tiene solar —insistió la otra—, puedo fumar en el solar.
—Está bien —se rindió Nereira.
—Pero no me dejen sola, yo no salgo sola ni por el…

________
¹Nombre dado en geografía a la formación montañosa en forma de senos de mujer.
¯¯¯¯¯¯¯¯

Siguiente: Posesión

Stregoika ©2025

 

5 Lecturas/20 junio, 2026/0 Comentarios/por Orlok82
Etiquetas: abuela, colegio, hija, hijo, madre, madura, primos, vecino
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