RELATOS TRASMUNDANTES | 6 | Posesión
Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Viernes Santo
Posesión
La juvenil pijamada de terror estaba saliendo mejor de lo que imaginaron. Después del primer cigarrillo de Emilce, Marisol se animó a desenfundar el vino que había metido de contrabando. En media hora estaban el doble de animadas, más juntas y pendientes a cada una de las estremecedoras historias de terror que compartían. Historias que ni siquiera tenían preparadas y que no recordaban sino hasta el momento de contarlas, porque ese era el momento y el lugar. Marisol recalcó con aire vivaz su encuentro con el fantasma en el coliseo y, las otras dos, recontaron su escalofriante experiencia viendo el balón botarse solo. También contaron historias de sus abuelos en el campo, cuentos de viernes santo y tétricas leyendas de cementerios. Jamie, que era menos recorrida pero más instruida, les habló de R.L. Stine, Stephen King y del gran H.P. Lovecraft. Disfrutaban del escalofrío. No obstante, el mero escalofrío en el que se regocijaban, era como un pelo del elefante, comparado con el elefante entero, que estaba por llegar haciendo temblar con sus pisadas.
—Ahora yo quiero fumar —pidió Marisol.
—¡No! Pero nos vamos a entumir el doble por su falta de decisión —se quejó Emilce.
—Yo las acompañé, ahora ¡me acompañan!
Apenas había dejado de llover, pero el borde del tejado, desprovisto de canal, propinaba goterones como balazos. Las cuatro chicas tiritaban de frío, pegando la espalda a la pared. Se rotaban el cigarrillo entre Marisol y Emilce y, rotaban la caja de vino entre todas.
—Hay cigarrillos más suaves ¿por qué compró esta porquería? Esto lo fuman los abuelos —criticó Marisol.
—Precisamente —aclaró Emilce—, lo fumo porque lo fuma mi abuelo.
Nereira vio de reojo la cajetilla, movida por la curiosidad. Eran Piel-roja sin filtro. Y el vino, era dulce, casi del más barato que se podía conseguir. Tenía un monje en un viñedo como diseño en la caja.
—Aún si no supiera lo de la sombra que sale por su piso —comentó Jamie—, su casa me daría miedo. Miren este patio trasero —lo señaló con la caja—. Parece de película de terror.
Y en verdad lo parecía. Ellas veían la mitad del lote, que terminaba en una pared de ladrillo rústico y delimitaba de la calle con una pared de piedra que tenía caballete. Solo la luz lejana y retorcida de un poste de alumbrado público llegaba allí, por lo que, los detalles no eran evidentes. Solo sombras confusas y formas indistinguibles. El baño en medio del espacio era especialmente inquietante, pues su tablas mojadas no reflejaban luz alguna. Parecía que al entrar en él, se encontraría una puerta al mismo infierno.
—Claro que con la luz de adentro prendida —aclaró Nereira— se ve menos infernal.
Jamie la abrazó y le dijo:
—¡No! No vaya a creer que estamos criticándola. Al contrario, la estamos admirando.
—Yo, hoy no pienso ir al baño —sentenció Marisol, perentoriamente.
—Yo tampoco.
—Ni yo.
—Yo las acompaño, idiotas —rió la anfitriona.
Regresaron dentro, frotándose las manos. De sus bocas emergía visible hálito de vida. Emilce, que fue la primera en salir, fue entonces la última en entrar. Quedó petrificada por un momento al notar movimiento fuera de la casa.
—Las reto a invocar un espíritu y hacerle preguntas —propuso Marisol.
—¿Trajo usted una un tabla Ouija? —la retó Jamie.
—No, pero podemos hacerla. Es más, no tenemos que hacer una. Podemos hacer preguntas de sí o no a un péndulo de lápiz.
—¡Invoquemos a la que se le apareció a usted en el coliseo!
—Y me dejan a mí acá con dos espíritus en vez de uno. ¿Me creen así de boba?
La tajante respuesta de Nereira no alcanzó a desinflarlas.
Hay alguien afuera —notificó Emilce, con voz quebrada y alzando tímidamente su dedo para señalar.
—Claro, por aquí vive más gente —espetó Jamie.
—No señorita, un tipo estaba mirando para acá y, cuando entramos, se escondió detrás del árbol.
—¡Ay, ya vino a asustarnos! ¿No que le caen mal los de teatro? Pues usted está haciendo curso para actriz —miró a la anfitriona—: ¿Se le mide, Nereira, a jugar con el péndulo de lápices?
Nereira torció la boca y los ojos, pero después de un segundo, accedió. Puso, inclusive, una condición:
—Preguntémosle a la sombra que vive acá, qué quiere.
—¡Por eso amo a esta tipa! —celebró Marisol— ¡a ver, dos lápices! Emilce ¡Despierte!
Sin dejar de ver la ventana, Emilce avanzó. El simple escalofrío soportable que habían ido a buscar como aventura, empezó a pasar de castaño a oscuro, al menos para ella.
—¡No puedo! —se quejó Marisol.
No era capaz de encontrar el centro de gravedad de un lápiz encima del otro.
—Me tocó a mí porque usted ni para eso sirve, flacuchenta —dijo Jamie.
En un instante, armó el péndulo.
—Siéntense al rededor y tómense de las manos.
Emilce así lo hizo pero aún con cara de susto y más lento que las otras.
—Mamasita —le soltó Marisol, conteniendo la risa—, su fantasía de que alguien se meta y nos violen a todas no se va a hacer realidad hoy.
Las demás no reprimieron su risa. Ya se les notaba su animado estado alcoholizado.
—Eh… señora sombra… —inició Jamie.
Nereira y Marisol dejaron estallar una carcajada.
—Con risa no sirve —reclamó Jamie y prosiguió—: Al ser que sale del orificio en el piso de esta casa, queremos preguntarle algunas cosas. ¿Está dispuesto?
El lápiz se movió como brújula a donde Marisol había escrito “sí”. Todas se miraron, emocionadas, excepto Emilce, que seguía pendiente del exterior. Estaba viendo a alguien andar con sigilo entre los árboles del parque y ocultarse tras cada voluminoso tronco. Pero prefería pensar que, en efecto, podría ser cualquier vecino. Ahí afuera, casi a media noche, en viernes santo, ocultándose entre los árboles en frente a su propia casa. Sí, eso debía ser.
—¿Usted quiere hacerle daño a Nereira?
El lápiz no se movió.
—“Hacer daño” debe ser ambiguo. No sabe qué contestar —explicó Nereira.
El lápiz se movió de nuevo, gracias a un impulso desconocido y entonces regresó a señalar el tétrico “sí”.
—¡Usted está soplando el lápiz, Jamie! —se quejó Marisol, casi furiosa de verdad.
—Ay, sí sobre todo. Ahora vea como aspiro para decir “no”. ¿Estoy soplando el lápiz?
El lápiz dio el cuarto de vuelta y señaló “no”.
—Cállense —ordenó Nereira—. Usted —volviendo a dirigirse a su oráculo improvisado— quiere algo conmigo, pero hacerme daño es relativo. ¿Así es?
El lápiz se fue rápidamente al “sí”. A las cuatro se les erizaron los vellos de todo el cuerpo y sintieron repentinamente un frío glacial recorriéndolas.
—Ya quiero parar —chilló Jamie.
—¿Hay forma de evitarlo? —preguntó Nereira.
El lápiz giró y regresó tan fuerte hacia el “sí” que cayó de su eje y terminó sobre el papel, al lado del otro. Empero, no tuvieron tiempo de reaccionar, porque Emilce gritó por una causa diferente y mucho más mundana. Señaló la otra ventana:
—¡Ahí, hay un man mirando para adentro!
Las demás voltearon y alcanzaron a ver a un sujeto que separó rápidamente la cara del vidrio y corrió. Todas estaban congeladas, pero pudieron gritar y levantarse cuando otro sujeto, un ápice más voluminoso, siguió al primero en su derrotero. Nereira pasó violentamente entre las otras para llegar hasta la puerta trasera y cerrarla, pero algo definitivamente más importante y peligroso la detuvo a mitad de camino. La tabla de triplex estaba de aquél lado de la habitación. Confundida, volteó a ver junto a su cama y vio la jarrita de vidrio volcada, con los limones de fuera, y lo peor: La oquedad estaba a la vista.
—¡Ustedes quieren joderme! —vociferó– ¿quién pateó la contra?
—¿Qué? ¡Nadie, yo no!
—Yo tampoco ¿qué tal?
—Somos idiotas pero no malvadas. Nereira ¡Nereira!
Habiéndose quedado viendo la oquedad, Nereira fue hipnotizada por esta, como en la primera noche, y cayó al piso, inerte, cual muñeco que dependiera de la electricidad para sostenerse pero que fuera repentinamente desconectado. Aún discutiendo quién había quitado la protección, las chicas arrastraron a Nereira hasta su cama. Estaban tratando de mantener la calma.
—¡Abrácela, abrácela usted, Marisol!
—¡Prendan la puta luz!
Jamie se lanzó sobre el interruptor y lo obturó. La oscuridad del solar fue sustituida por el reflejo de todo lo que había dentro, aunque algo más se movía allí. Los dos sujetos acababan de trepar el muro de piedra y ya estaban dentro, andando tranquilamente hacia la puerta, aquella que Nereira no alcanzó a cerrar.
—Buenas noches —saludó el intruso.
Su voz extraña las paralizó a todas.
—Si gritan, las apuñalamos —dijo, blandiendo un cuchillo inusualmente largo y delgado.
Entonces ingresó el otro, el de mayor tamaño, que portaba un pequeño machete. La intuición de algo peor que un robo les llegó a las tres muchachas como un baño de ácido. Allí no había nada qué robar, y Nereira estaba a años luz de ser la clase de chica que tenía enemigos.
—El premio mayor —le comentó el flaco al gordo.
Ambos veían a las chicas con tanta lascivia que parecían animales. El del cuchillo delgado, avanzó hacia la cama.
—Por favor, no nos hagan nada, por favor… —suplicó Emilce, en un tono de miedo que hacía que todo lo hablado durante la noche fuera cosa de niños.
El intruso la ignoró y llegó hasta la cama, donde yacía Nereira inconsciente.
—¿Por qué está en la cama, sabía que veníamos? —preguntó, mostrando una despreciable sonrisa de cinismo.
Las otras tres se abrazaron. El tipo advirtió otra vez, poniendo la punta de su arma blanca en el cuello de Nereira:
—Si se mueven o gritan, esta putica se muere.
Bajó la cobija de ositos y vio el dorso completo de Nereira. Recogió los rasgos de su cara al ver el pecho voluminoso de la joven, aún evidente con la chaqueta impermeable encima. Exhaló groseramente y caminó con sus dedos sobre el pecho de Nereira. Ella abrió los ojos.
—Hola… muñequita —dijo el intruso.
El otro rió.
—Ya llegó papi —añadió.
Nereira levantó con lentitud la mano y estiró el índice. Lo llevó con suma lentitud al rostro del abusivo. Lo tocó, cosa que le sacó a este una sonrisa canina. Luego, ella deslizó el relajado dedo por su cuello, hombro y brazo. El tipo compartió una fría mirada de asombro y beneplácito con su cómplice. Nereira llegó hasta la mano del tipo y la agarró, aprovechándose de la distracción, que había sido efectiva. El sujeto quiso reprenderla rapándole la mano y después abofeteándola. Pero no pudo hacer ni siquiera lo primero. El agarre de Nereira estaba dotado de fuerza sobrehumana. El hombre, llegó a pensar que su mano se había atorado en algo diferente al brazo de una niña. Jaló con toda su fuerza pero no pudo zafarse ni comprobar en qué se había atorado. No podía ni siquiera mover el cuchillo por un milímetro, y sin este, se sentía a la deriva. Tan pronto notó algo extraño, el otro sujeto se puso alerta con su machete en ristre y cobró proximidad. Las chicas al fin gritaron. Pero Nereira giró su mirada contra este. El tipo frenó en seco, más aterrado que si viera a su difunta madre volver de entre la tierra. La joven se sentó en la cama de un solo movimiento, con facilidad tal como si hubiere practicado abdominales toda la vida. Lo hizo sin soltar a su agresor/víctima y sin quitar sus ojos del otro. Una vez estuvo sentada, abrió la boca y emitió algún vocablo bisílabo en un tono tan gutural que hizo vibrar los oídos de todos los presentes hasta el dolor. Sus ojos se ennegrecieron por completo. El sujeto del machete cayó de rodillas y soltó su arma. La policía, habría de comprobar luego que este se defecó encima poco antes de morir. El tipo del cuchillo delgado estaba horrorizado, como si una agujeta se le hubiese atorado en una rama en las vías del tren, y viese que este se aproximaba. Ya no combatía por zafarse con todas sus fuerzas, sino con desespero. Pero el cuerpo de Nererira le resultaba como el de un robot de diez toneladas cuyas articulaciones fueron aseguradas con pasadores de acero. Incluso, el aterrado intruso se paró sobre los largueros de la cama para jalar más fuerte. Nereira parecía haber olvidado a su atacante, pero volvió a verlo y decidió quitarse ese estorbo de una vez. Le clavó su propio cuchillo en el pecho, con un movimiento tan simple como si hundiera aquél cuchillo caliente en mantequilla.
—¡No sirve, no tiene tono! —gritó Jamie, que se había arrastrado hasta el teléfono.
Nereira giró el tronco de forma geométrica y luego se enderezó. Fue hasta entonces que su agresor/víctima, todavía muriéndose, fue liberado. El sujeto dio un paso atrás, con su cuchillo todavía en la mano, y se sentó en la mesita de noche. Allí hubo de quedar, con la espalda encorvada y la cabeza descolgada, en una actitud plena de vergüenza.
El otro intruso reptaba patéticamente en huida, pero usaba solo sus manos, puesto que, a raíz del espanto, todos los músculos del plexo solar para abajo se le habían convertido en gelatina, incluido el esfínter. A las chicas, aún presas del terror, les quedaba consciencia para sentir lástima de verlo. Se arrastró como pudo, aruñando paredes y piso y jalando patas de muebles y el marco de la puerta. Nereira andaba tras él, pero no en persecución sino en paciente espera. Daba pasos hipnóticos, esgrimiendo aquél raro cuchillo. Su víctima pasó de reptar en el piso a arrastrase por la tierra viva y lodosa del solar. Ahora estaba haciéndose una bola de fango. No tenía alientos ni para gritar, de modo que el chillido que emitía haría avergonzar hasta a un cerdo. Nereira caminó tras él como un fantasma, como el ángel de la muerte que succiona la agonía a modo de golosina. Emilce, Marisol y Jamie vieron todo desde la ventana, gritándole a Nereira y todavía intentando llamar a la policía. Como si no fuera posible más miseria, el hombre paró y clamó por misericordia a gritos quebrados. A duras penas se le entendió. Nereira se detuvo con él. Creyendo quizá que había obtenido piedad, el repulsivo tipo volvió a arrastrase y alcanzó el muro de piedra. Ascendió a solo brazo, pues el daño solo había sido hecho a su mitad inferior. Con increíble fuerza trepó y se agarró del caballete, provocándole un desfase a la pieza de teja. Y fue en ese momento que el máximo punto de terror acaeció. Aún más siniestro que todo lo que había ocurrido. Una fuerza invisible, como aquella que driblara el balón, haló al intruso por sus sucios tenis hacia adentro de la propiedad. Su chillido se hizo aún más lastimero. El hombre quedó extendido en el aire panza abajo, agarrado de las manos del cabellete y de los pies por sabrá Dios qué cosa. Nereira volvió a avanzar, tan lento como antes, y diez eternos pasos después, se ubicó bajo el desafortunado criminal. Lo miró con curiosidad por un segundo y entonces propinó una puñalada en su vientre. Lo volvió a mirar hasta que la sangre terminó de empapar su camiseta y chaqueta y no teniendo más donde contenerse, empezó a caer a chorros. Hizo lo mismo otra y otra vez, hasta completar seis acuchilladas inmisericordes. Del sujeto no quedaba sino una dantesca regadera roja. Las tres chicas no paraban de dar gritos agudísimos. Lo único que se podía entender era el nombre de Nereira.
—¡Esa no es Nereira, obvio! —logró articular Jamie.
Entonces las tres corrieron hacia la puerta de la calle e iniciaron una frenética lucha por abrirla. No pudieron, ni habrían podido nunca. La estaca estaba inteligentemente colocada para que saliera si y solo si se apretaba la puerta primero contra el marco y entonces la estaca se jalaba de lado. Cualquier otro movimiento, solo la trancaría más. Así funcionaba, para impedir el ingreso forzoso de cualquiera. Estuvieron ahí dando gritos y desmadejándose de a cuotas, mientras Nereira regresó, entró, puso el cuchillo en la mesa y pasó de regreso a su cama. Se dio la vuelta y se arropó con la colcha de ositos. A Emilce, parecía querer fallarle el corazón. Les habría sucedido a las tres de no ser por su juventud. Las tres regresaron a hurtadillas hacia el interior de la casa y desde allí vieron a Nereira dormida, y a aquél hombre aún tendido como jabalí empalado, en el solar. Primero, lo que sea que sostuviera sus pies, los dejó finalmente y el sujeto golpeó el muro fuertemente con su panza horadada y la cara. Hasta entonces soltó las manos del caballete y cayó como un chiro viejo.
El teléfono sonó, y para ellas fue tan fuerte como el más apocalíptico de los truenos. No oyeron su propio grito reflejo. Un instante después, con el segundo timbrazo, recuperaron la razón y se lanzaron a contestar.
—¡Aló, Aló! —gritó Marisol.
Mercedes vociferó:
—¡Oiga Mijitica, llevo llamándola toda la noche y usted ¿qué hacía con ese teléfono descolgado? Ya voy para allá y me va a oír ¿oyó?
Lo sucedido en casa de Nereira rebasó el límite del chismerío local y apareció en diarios amarillistas citadinos. No había duda de la inocencia de Nereira ni de que actuó en defensa propia, de las otras chicas y de su casa. Paradójicamente, para proteger su cordura, la enteraron de lo mínimo posible. La mejor estrategia de su madre fue llevársela lejos y ocultarle que era una despiadada limpiadora social. La casa fue abandonada, ya que ni siquiera se tomaron la molestia de ponerla en venta.
La casa por la canalizada con el número 6-66 este se convirtió en leyenda por varios años. Hacia el nuevo milenio, había sido invadida por habitantes de calle y convertida en expendio de drogas, cuyas leyendas propias eran cada una más increíble que la anterior. Y, finalmente, para los tiempos en que el mundo inició su caída en picada hacia la esterilización de la imaginación, en simultáneo a que aviones se estrellaran contra edificios, la vieja casa de Nereira fue recuperada por la policía y tapiada, con el destino marcado de ser demolida para dar cabida a obras públicas.
El desafortunado suceso de la noche del viernes santo de 1996, se desencadenó por la maldad de uno de los inquilinos de Catalina, madrina de Nereira y quien albergase a Mercedes esa noche. Al malandrín le bastó con escuchar tras la puerta para enterarse que en determinada casa, habría con toda seguridad un grupo adolescentes solas.
A Emilce, Marisol y Jamie, les prohibieron entre padres de familia, psicólogos y policía, buscar a Nereira. La cordura de la menor debía cuidarse al precio que fuera. Efectivamente, nunca volvieron a saber de ella.
No obstante el fin inesperado de la participación de Nereira en la sucesión de hechos trasmundantes del 96, para las otras muchachas, apenas comenzaba.
Stregoika ©2025
Siguiente: Wadith



Dejar un comentario
¿Quieres unirte a la conversación?Siéntete libre de contribuir!