RELATOS TRASMUNDANTES | 8 | Campo Elías
Relatos de los últimos vestigios de folclor urbano, antes de la esterilización de la imaginación.
Anterior: Wadith
Si tiene dudas acerca de qué clase de publicación es esta, le sugiero lea el primer capítulo:
Inicial: Nereira
Campo Elías
En la tertulia a horas indicadas para descansos en el Adveniat y rumores en pasillos apareció un tema que se volvió protagonista. Todo mundo hablaba de aquello. Algo había sucedido, decían. Podía equipararse a la leyenda urbana de la joven asesinada en la tupida arboleda de eucaliptos del centro comunal, solo por la magnitud del cotillo que creció como espuma. La única diferencia era que se trataba de algo tan reciente como uno o dos días. Los estudiantes de bachillerato del Adveniat murmuraban toda clase de cosas en sus corrillos, haciendo honores al juego del teléfono roto y augurando lo que algún día sería la versión digital de las redes sociales. Pero entre todo el chismerío, hubo un apunte que hizo alguien que fascinó a todos y se hizo parte vital de la narrativa.
—¡Es porque ya casi es 6 de junio! —susurró con fuerza Jamie.
—Debe ser coincidencia —anotó Marisol.
—Deberíamos buscar a Jorge y preguntarle de dónde sacó ese cuento y qué más sabe —propuso Emilce.
—Uhy, miren, habló la que odia a los de teatro.
—¡Yo no los odio! ¿De dónde saca?
La conversación degeneró así repentinamente en una inmadura discusión inentendible.
Aquello que aconteció y ocupó el primer lugar en los conversatorios de pasillo y mesas de cafetería, fue un crimen cuyos despojos fueron hallados en los montes sur-orientales de la ciudad, en las ruinas de una casa de campo, para ser exacto. De nuevo, una joven. La chica hubo desaparecido hacía pocos días y fue hallada luego en un estado más que lamentable. Nuca se iba saber qué tanto fue añadido por la hiperbólica imaginación y lengua de las gentes locales. De cualquier modo, la mejor purificación de la historia, dejaba en el filtro solo el que la muchacha de alrededor de 14 años fue raptada, abusada y puede que torturada. No se sabía si la horrible forma en que la hallaron fue producto de algo que le hicieron cuando todavía vivía o que le hicieron estando ya muerta: Le habían atravesado un palo de escoba verticalmente.
Por reflejo, los montes surorientales de la ciudad pasaron de ser excitantes destinos para excursiones de jóvenes a una oscura bruma de miedo. En los meses de agosto, los colegios acostumbraban llevar al estudiantado completo a las colinas próximas a los pinares y cerros altos, a una jornada de camping y a elevar cometas. Ello, desde entonces, se convirtió en cosa meramente perteneciente a un glorioso pasado.
—¿Qué más quiere, Jamie? —inquirió Emilce— Nosotras mismas estuvimos en medio de algo horrible. Pudieron hacernos quién sabe qué…
—¡Ay, cállese!
—…no es casualidad. Están pasando cosas malas. ¿Qué más quiere que pase para convencerse de buscar a ese man y preguntarle?
Lo siguiente que pasaría, tendría lugar esa misma semana, y sería más que suficiente para que las tres se convencieran y aceptaran que debían buscar el origen de la historia contada por Jorge en 1993.
Algunos profesores solían ser sádicos. No como para torturar a un estudiante, al menos físicamente, pero sí para extraer agonía de ellos moralmente. Es posible que tal comportamiento se debiera a un desquite de los docentes de su propia e infeliz vida de colegiales. Ver una nueva generación casi feliz les descosía las tripas y hacían lo que podían para mimetizarla consigo mismos. Esto sería una versión inversa y nefasta de los padres que viven a través de sus hijos y les dan todo lo que ellos no tuvieron.
“Tarea para vacaciones” escribió la profesora de democracia en el tablero. Entonces se dio vuelta para degustar la protesta y los quejidos de su grupo.
—La tarea queda porque queda —declaró—. Claro que —se dio la vuelta de nuevo— si me la pueden presentar de aquí a mañana, se las recibo y se van a vacaciones sin tarea —terminó alzando los hombros y casi escupiendo.
—¡Hecho! —tronó la mayoría de grado noveno.
Pero cayeron en una trampa miserable. La profesora solo quería mortificarlos. La tarea se componía de una exposición sobre un capítulo asignado de su libro de texto, para el día siguiente. La docente no escucharía presentación alguna, sino que recibiría las carteleras y las metería enrolladas a un barril de cartón. Nadie más en la historia de la humanidad volvería a extenderlas para verlas y su destino ya estaba marcado: El camión de la basura.
Empero, engañados y con la ilusión de irse a vacaciones con una tarea menos, los estudiantes de grado noveno formaron parejas. El trío de peliclaras interpretó su usual súplica a manos unidas, para que las dejaran quedar a las tres. La profesora se rehusó y le asignó a Marisol un compañero que también estaba a la deriva: Wadith. El fastidio impreso en la cara de pómulos prominentes de la rozagante Marisol, se convirtió instantáneamente en colorida alegría. Pero Marisol advirtió su propia reacción y la ocultó con audacia, interpretando en su lugar una vaga resignación.
Marisol adoraba los deportes. Wadith adoraba las artes gráficas. Otros, como Jamie, adoraban la literatura. Pero no existía un ser humano sano, menos de esa edad, que fuera apasionado por la asignatura «democracia». La pareja luchó contra el cansancio y más duro aún contra el aburrimiento, preparando —en vano— su presentación y elaborando la cartelera. Les dieron las 10 de la noche. Ambos tenían los párpados cargados de sueño y las escleróticas inyectadas de sangre. Ya se movían lento y apenas podían recoger sus lápices de colores y marcadores entre parpadeo y parpadeo. La atiborrada sala de la casa de Wadith tenía esa noche una mesa improvisada, como escritorio; y algo aún más especial: La cama de Wadith estaba ahí, para que Marisol se quedara y por demás, que tuviera privacidad. Sus padres no pensaban permitir que ella anduviera sola de vuelta a su casa ya caída la noche ni, que alguien que la acompañase regresara solo. Afortunadamente para todos, los papás de ambos eran viejos conocidos.
Antes de acostarse, Marisol hizo la pregunta de rigor:
—¿Será que me asustan?
—A los invitados no los asustan —se burló Wadith.
Marisol respondió arremedando la risa de Wadith, con tono de caricatura y la lengua de fuera.
—Y usted ¿Dónde va a dormir?
—Adentro me pusieron un catre. Es lo normal cuando hay visita —bostezó—. Yo madrugo al colegio, entonces; y entrego esa vaina, y usted se va para su casa.
Marisol asintió, ya sin fuerzas para hablar. No era precisamente la forma en que quería quedarse una noche en casa de Wadith. Si le hubiesen preguntado varios meses atrás, habría pensado que sería buena idea pasar una velada de historias de terror… pero esa idea ya le daba terror, y del verdadero.
—¿Aquí se meten los ladrones? —preguntó ella, con lengua de trapo, cuando Wadith estaba entrando al dormitorio común.
—No — espetó él—. Le tienen miedo al viruñas.
Como por acción de un valdado de agua fría, Marisol volvió a abrir sus ojotes de color verdusco y pestañas larguiruchas. Pero el cansancio era tan grande y la cama de Wadith le resultaba tan cómoda que volvió a dejar sus ojos a mínima potencia en menos de un minuto. Mientras el sueño la terminaba de derrotar, recapituló en pocos segundos algunas cosas del día. En primer lugar, la horrible historia de la chica hallada en tan deplorable condición. Se acordó del dilema de si buscar a Jorge para interrogarlo o no, de la odiosa profesora de democracia, de todo acerca de Wadith… tan bien que se veía en su traje de karate allá en el centro comunal, lo bien que le habían quedado los dibujos y los títulos en la cartelera, lo gentil que era, las historias de miedo de su casa, la pelea entre Serengueti y ese gato amarillo y ladrón de los vecinos, cuyo nombre ignoraban pero al que apodaban Gonzalo…
Sin darse cuenta, Marisol ya estaba soñando. Soñó que su padre la llevaba a un lugar mejor, pero que el camino estaba lleno de miseria y hambre. Ella y su progenitor andaban en medio de parajes cuya pobreza apuñalaba el corazón y producían miedo. Podían ver gente viviendo en tugurios paupérrimos y revolcando entre montañas de basura, buscando muy probablemente con qué mitigar el hambre. Empero, al cabo de un rato, la desconfianza y el miedo de Marisol se desvanecieron, ya que habían llegado a su destino. Se trataba de una ciudad fantástica, de belleza inconcebible. Proporcionaba esta la sensación de que allí no existía el miedo, el odio ni la ira. Tenía torres coloridas, hechas según una arquitectura que ella no habría podido imaginar ni en mil años. Estaban hechas de un material liso y brillante, casi como un juguete nuevo, solo que con el tamaño de maravillas. Marisol se desprendió de la mano de su padre y salió corriendo, no soportando las ansias de recorrerlo todo. Tenía la vaga impresión de que este sitio fabuloso no la impresionaba por estar ella viéndolo por primera vez, sino por estar recordándolo. Lo había olvidado pero al fin había regresado. Ni siquiera recordaba que pudiera uno sentirse tan bien…
Una explosión tuvo lugar en la calle. Marisol despertó al instante, recobrando el miedo y ansiedad típicos de la vida real. Vio pedazos de vidrio de las ventanas volando hacia su cara y se tapó con las cobijas mediante un reflejo felino. Era el sonido más fuerte que jamás había oído. Aún no lo sabía, pero fue el sonido por sí solo el que rompió los vidrios de las ventanas de la casa de Wadith, y de las casas de enfrente y junto. En pocos segundos oyó a las personas en el dormitorio común de Wadith. Se acababan de levantar y susurraban cosas inentendibles, no obstante era muy reconocible el pánico.
—¡Marisol! —exclamó la madre del joven— Vaya a ver cómo está. Tenga cuidado con los vidrios.
Seguían oyéndose murmuraciones y pasos, pero nada más. Marisol tanteó con temor en busca de sus zapatillas. Las localizó, sacudió y calzó.
—¿Qué pasó? —le preguntó a Wadith.
—No sé, habrá sido un cilindro de gas.
—Venga, venga mamita, estese con nosotros —apareció la madre de Wadith— ¿Ya se puso zapatos?
Los hermanos de Wadith se turnaban para ver por la ventana, pero todos volvían la cabeza adentro y reportaban no haber visto nada. No veían nada porque dirigían sus ojos a las esquinas, y no al frente de su propia casa, en el andén. Fue el mayor de todos los hijos, quien bajó la mirada y entonces reportó, habiendo perdido los colores y la voz:
—Mire, mamá, mire eso que hay ahí.
La madre de Wadith voló a la ventana y miró. Gritó. Todos los demás lucharon por el siguiente puesto para ver directo al andén.
—Llame a la policía.
Marisol fue la última en ver y también gritó. Wadith la abrazó, pero no pudo hacer mucho más que transmitirle su propio temblor de huesos.
El vecino de al lado, Campo Elías, llegó borracho esa noche, y tenía la intención absoluta de cumplir con una vieja amenaza: Matar a toda su familia. Ya había tenido sitio, hacía poco, un allanamiento de la policía, buscando una supuesta granada de fragmentación. No apareció. No esa tarde.
La reconstrucción de los hechos indicaba que, debido a las amenazas y peleas, su esposa no le abrió la puerta y no iba a abrírsela. Campo Elías, sin ánimos de capitular, trepó por la pared frontal de la casa de un piso, con la granada ya sin espoleta. Debido a su ebriedad, no calculó el tiempo. No calculó nada. El artefacto detonó en su mano, entre la pared y su cuerpo, haciéndolo pedazos y esparciéndolo por buena parte de la calle. La parte más grande del cuerpo cayó en frente a la ventana de la casa de Wadith. Solo estaba la mitad superior del dorso, junto con la cabeza y la mitad de los brazos. Dijo el hermano de Wadith que Campo Elías movió la cabeza para devolverle la mirada cuando se asomó.
Esa fue la noche más larga de sus vidas hasta ese momento. La policía se presentó con las armas en la mano y los dedos en los gatillos. Incluso uno de ellos apuntó a Wadith, que fue de los primeros en salir a la calle. Debido al miedo, las rodillas se le estrellaban una contra la otra, pero Wadith fingía temblar de frío, sobándose los brazos.
Los detalles de los demás efectos de la explosión aparecerían hasta que la luz del día los rebelara. Las paredes ametralleadas por la esquirla, otras partes del cuerpo en la calle e incluso dentro de otras casas, pedazos de ropa quemada y hecha girones, enredada en las rejas de las puertas, también hilachas de carne humana, pedazos de llaves dobladas como por acción de una prensa y, hasta un billete de 1000 pesos, cortado por la onda explosiva en forma de tirante, pero que todavía estaba completo. Las gallinas y conejos de varios vecinos murieron. También murió Abejón, del susto. El olor a sangre quemada que permaneció en la cuadra y en especial dentro de las casas durante días, quedó impregnado en el olfato de la gente por largo tiempo y en su memoria para toda la vida. Wadith habría de contarle a Marisol y sus amigas que Gonzalo debió comer carne de Campo Elías que encontró por ahí en la calle o en un tejado, porque desde esa noche se volvió loco, atacaba a la gente, lanzándosele a la cara como si fuera un león, y hasta Serengueti, que era sobradamente más grande, le tenía miedo. Los vecinos tuvieron suficiente de Gonzalo cuando atacó a una niña de seis años. Uno de los hijos de Campo Elías lo capturó y le dio muerte.
Tiempo después, el primer signo de recuperación emocional de Marisol, fue un comentario que le hizo a Wadith y a sus dos amigas:
—Ya no me van a volver a invitar a ninguna casa… soy un bulto de sal.
Stregoika ©2025
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