De Niños ricos y sus sementales.
Yo debo compartir a mi semental con mi hermana de 3 años. Es injusto. Ella apenas puede hablar y caminar. ¿Por qué debe cabalgar a mi semental Africano antes que yo? Aunque no negaré que me gusta como se ve ella montandolo. Es claro que es demasiado para su tamaño diminuto, pero papá insiste en eso..
—Papá me ha comprado un nuevo semental.
Los niños del grupo exclamaron sorprendidos.
—¿Cómo es? El mío lleva tiempo sin gustarme, pero mamá se niega a comprarme uno nuevo. Dice que debo montarlo durante un año antes de comprarme otro.
—Al menos tienes uno. Mis abuelos me quitaron a mis hermosos sementales después de insultarles. Estoy castigado por una semana. Es una tortura. Como extraño tocar sus pieles color canela en las noches.
—Solo buscas presumir. El mío está en perfectas condiciones. Adoro montarlo al volver a casa. Si supieran como se pone al verme. Su carita de felicidad no tiene precio. Lo tengo bien domado.
—Que envidia. Yo tengo que compartir el mío con mi familia. No saben lo molesto que es llegar con ganas de jugar a casa y encontrar a tu padre montando a tu semental de la India. ¿Sabés lo que aguantan y como quedan después? Es mi ruina.
—Minimo es tu papá. Yo debo compartirlo con mi hermana de 3 años. Es injusto. Ella apenas puede hablar y caminar. ¿Por qué debe cabalgar a mi semental Africano antes que yo? Aunque no negaré que me gusta como se ve ella montandolo. Es claro que es demasiado para su tamaño diminuto, pero papá insiste en eso.
Las quejas de los niños fue seguido de otras más. En eso, un niño llegó jadeando después de correr durante varios minutos.
—¿Han oído de lo que hizo Brittany?
Todos los niños miraron al de la noticia con interés.
—No, ¿Qué pasó?
—Sí, habla rápido. No dejes con la espera.
El menor sonrió divertido.
—Dice su hermana, Pamela, que Brittany se fugó con su semental a la casa veraniega de sus padres.
Todos exclamaron sorprendidos.
—¿El semental de Australia con esos tatuajes tribales?
—No creo. Ese lo vendieron hace un año. Debe ser el de piel negra con manchas blancas.
—No, no es él. Papá ayer lo trajo a casa como parte de un intercambio temporal con la familia de Brittany.
—Que más da cuál fue. Ella se fugó con uno de ellos.
—Eso explica porqué no vino a clases. Ya decía que la excusa de estar enferma no colaba.
—Era obvio. No entiendo porqué fugarse. Es solo un semental. Puede tener los que quiera.
—Como yo. Ayer me trajeron uno importado de Japón. Se aseguraron de que estuviera en su mejor momento. Lo probaré está noche.
Algunos niños abuchearon.
—Ya pasaron de moda. Lo que gusta ahora son los Africanos y Brasileños. Con sus cuerpos morenos y bien dotados.
—Te equivocas. Los latinos son increíbles. Mi abuela solo habla maravillas de ellos. De lo bien que se mueven.
—No me fio de la opinión de un adulto. La última vez que le creí a mi mamá, le pedí a Papá un semental sureño de Europa y nunca pude montarlo. Mamá se lo quedó para ella sola. A veces no me deja dormir en las noches por cabalgarlo.
Todos los niños se rieron del desafortunado.
—Es una molestia compartir sementales. Nuestros padres deberían comprar los suyos.
—Lo dices como si todos los padres probaran los sementales de sus hijos. Papá y mamá tienen los suyos propios.
—Que envidia.
—Mi hermana tiene dos sementales mellizos de Canadá. Dice que tienen buen aguante y disfruta montarlos juntos. De cabello rojo encima.
—Eso decías también de los coreanos. Yo me quedo con mis sementales de Francia. Son muy calientes de montar.
Notando como la conversación se desviaba, el niño pelirojo se puso furioso.
—Oigan. Yo hablé primero, déjenme terminar.
Los menores dejaron de comentar sobre sus sementales.
Aclarando su garganta, el chico pelirojo de tan solo cinco años infló su pecho de orgullo.
—Es grande. Mide tres veces mi altura. Es un semental músculoso desde las piernas hasta los hombros. Es tímido, pero fácil de domar si lo acaricias con lentitud. Me gusta restregar mi cara en su pelo facial.
Los niños suspiraron de envidia.
—Suena a un semental de Medio Oriente. He querido uno desde hace meses.
—Yo tengo uno de China. Es muy activo al montarlo.
—Deberias probar los de Africa o Brasil. No vas a dejar de montarlos después de tu primera vez con ellos.
Entre risas y envidia, los niños pasaron el tiempo de descanso charlando.
Al regresar a clases, solo podían pensar en volver a casa.
Terminada la jornada de estudios. Cada niño se despidió de su grupo de amigos, subiendo al auto personal de su familia y regresando a su hogar.
En el camino, fueron quitándose la ropa, quedando solo en una truza con dibujos de caricaturas que se ensañaba perfectamente en sus piernitas y glúteos pequeños.
Al llegar a casa, el niño pelirrojo corrió a toda prisa a la casa, saludando a las sirvientas y al mayordomo.
Sin perder tiempo, pasó hasta la sala de las caballerizas de la mansión. Un pasillo con puertas negras y letras doradas que marcaban el nombre de cada semental que la familia les había puesto, junto a su número de serie y lugar de origen.
Sebastián #13422, India.
Tomás #34433, África.
Rick #89765, Indonesia.
Edmund #99123, Arabia Saudi.
El niño entró al último, mirando a su semental dormir en la enorme cama.
La piel trigeña del hombre relucía ante la escasa luz que llegaba desde la ventana cubierta de cortinas y que pasaba por un entresijo de ellas.
Los músculos relajados eran anchos y gruesos. Delineados en curvaturas tentadoras y de un grosor magnánimo. Una ligera capa de sudor bañaba la abundancia de pelo del adulto de 30 años.
Su figura estoica contrastaba con su semblante apacible y su rostro osco.
No era guapo, pero tampoco feo. Su tosquedad de cara se ceñia a su pronunciada frente, nariz torcida y labios gruesos, pero tenía una mandíbula cuadrada, barba espesa bien cuidada y un cabello suave.
El niño caminó hasta el semental y se subió a su cuerpo, admirando el movimiento suave del pecho peludo del hombre. Como subían y bajaban los pectorales en cada respiración.
Pasando la mirada por el contorno músculoso del adulto, el niño vislumbró la truza que siempre usaba. Una con la bandera de su país tallada en toda la tela.
Con su manita inquieta, el menor tocó la forma de una polla alargada y gruesa. El contorno aplastado por el grosor de sus muslos y que entrevia una entrepierna maciza.
Deleitado por el roce, el niño acercó sus pequeños labios a los del hombre, juntandolos en un beso tierno.
El contacto efímero de los labios fue secundado por el movimiento masculino del adulto.
Con pereza, el mayor abrió los párpados, mirando a su pequeño jinete, besarlo.
Sonrió con ternura amasando esos dulces labios y metiendo su lengua en la boquita infantil.
El niño fue devorado por la boca del adulto y se encontró jadeando por aire ante el intruso dominante.
Rápidamente, el jinete montó a su semental y este empezó a moverse para ser cabalgado.
Las truzas cayeron al suelo y lo único que se escuchaba eran los gemidos de un niño pelirojo y los resoplidos de un hombre músculoso dando todo de sí.
El vaivén de las caderas hacia rechinar la cama y el contraste de pieles con la diferencia de tamaño hizo del sexo entre ambos un pecado mortal.
Uno que ambos estaban disfrutando con mesura.
El niño estaba subido encima del hombre. Su culito rojo y abierto, dejando entrar en certeras embestidas el tronco de una polla de un grosor enorme.
Las venas hinchadas destrozaban los nervios anales del menor, la curva de la polla punzando hacia adentro, presionando el gordo glande rojo contra la carne interna.
El menor soltaba jadeos, babeaba y lloraba ante el vaivén estoico.
Su semental lo estaba destrozando por dentro y lo amaba.
—¡Más!, ¡Muevete más rápido!
—A tus órdenes.
El tono ronco y grave del hombre evocaba una entonación profunda y caliente.
Llenando los oídos del niño con el encanto magnético de una masculinidad venenosa. Una que estaba llenandolo por dentro y complaciendo sus bajos instintos.
El trasero del niño botaba contra las piernas del adulto, los testículos peludos y gordos rebotaban contra la piel del niño, dejando que el roce enrojeciera la carne infantil.
El contorno grueso de la polla hundiéndose hasta el final, siendo devorada por un ano de apenas cinco años de edad.
La piel blanca perfectamente roja por el roce, llena de presemen y lubricada hasta el último rincón.
El ano perfectamente estirado en un óvalo rojizo que palpitaba sanamente, disfrutando de las penetraciones que su semental le estaba dando.
Como un jinete experimentado, el pequeño de cinco años, montó a su hombre.
Dejó que su culo se abriera a su polla de gran largo y enorme grosor, que la piel morena de su pene le estirará el ano y que sus hermosos testículos sudados presionarán contra sus nalguitas, pesados y cargados de semen espeso y crudo.
Los vaivenes se aceleraron, la respiración del hombre era espesa, soltando un humo blanco por la diferencia de temperatura entre el ambiente y su cuerpo caliente.
El niño montado encima de él se movía con soltura, mirando al cielo con su rostro añiñado lleno de gozo. Con una sonrisita de placer y el contorno de su cuerpo rojo.
El semental observó al niño montarlo con gusto. Disfrutando de ver como su cuerpo subía y bajaba contra su pelvis. Como él se movía en fuertes y curvas embestidas que dejaban a la imaginación solo la tentación de una serpiente jugando con su presa.
El contraste de piel, el tamaño del hombre por sobre el niño, todo evocaba el encanto de su persona.
Era el placer hecho carne y toda para su único jinete.
El niño que lo montaba todas las tardes, desde el sol en lo alto del día hasta el atardecer, como una rutina.
Ver al niño tan satisfecho lo llenaba de un orgullo instintivo. Sentir la piel del niño contra la suya solo lo hacía querer follarlo con más fuerza. Llenarlo de todo lo que podía darle.
Las pupilas del hombre brillaron ante el más bajo de sus pensamientos.
«Mi hijo», sus vaivenes se volvieron toscos.
El menor gemía en voz alta, la piel chocando era audible y el sudor llenaba sus pieles como una miel espesa.
Las sabanas arrugadas se mancharon y el movimiento candente solo fue creciendo.
«Montame, mi hijo. Hazlo con gusto. Yo soy tuyo»
El menor dejó salir un alarido de placer, la polla del hombre había presionado su próstata con tanta fuerza que le envío una descarga de placer.
Con una sonrisa, el semental cambió su postura en la cama, poniendo al menor boca arriba en la cama. El hombre sujeto las piernitas del menor, acomodandolas en las suyas, dejando que colgarán mientras se subía encima del niño y lo penetraba.
Detrás, su enorme espalda cubría al menor, su trasero peludo mostraba su ano negro, fruncido. Por debajo, su bolsa de testículos colgaba pesadamente, balanceándose con furor ante los vaivenes crudos.
La polla morena gruesa y larga se metía de lleno en el culo del infante, reclamandolo como suyo.
Rellenandolo y marcandolo con su carne.
Cada vena trazando un camino, el glande presionando contra la piel y las bolas apretándose contra las nalgas.
Todo en un conjunto que hacía ver al hombre como el más agresivo de los sementales.
Uno de mirada posesiva y piel tigreña.
Con el encanto de un caballo bien domado, pero la fuerza de un toro.
Esa mezcla de sabores sintió el niño, siendo besado por el adulto. La espesa saliva lubricando sus labios resecos y dejando besos por la piel roja.
Marcas de labios que se volverían morados.
El niño gimió de gusto, el hombre lo montó con gula.
Devorando cada rincón de la piel infantil con una mirada bestial y una respiración colérica.
Las embestidas hundían sus cuerpos contra la cama, la fuerza del rebote sacándole gemidos a ambos.
La neblina espesa de sus pieles y la miel de su sudor mezclándose entre embestidas.
Ya no quedaba nada del niño y el hombre en ese cuarto.
Solo una bestia apareándose con su hembra. Su pequeña y dulce potra.
El iris oscuro del hombre miraba a su niño, lo adoraba y marcaba como suyo.
Su lengua lamía sus pezones, sus dientes los estiraban y sus labios los amasaban.
Era su droga. Su hermosa droga.
Ante la carita de placer del menor, con sus párpados cerrados y su respiración acelerada, un pensamiento rondó la mente del adulto.
«Llenate de mi polla. Tú eres mi jinete y yo tu semental».
Los vaivenes toscos cubrieron sus pieles. La polla entraba y salía a gran velocidad, el ano estirado solo recibía con gusto y se contraía ante las descargas de placer.
El niño estaba hundido bajo el hombre, incapaz de pensar, solo sentir.
Sentir al hombre, a la bestia, a su semental.
Con un resoplido digno de un animal, el hombre movió al niño y lo puso en cuatro.
Montandolo, movió su pelvis contra él, sujetándolo de las caderas con sus manos.
El vaiven rudo golpeaba sus pieles en sonidos secos.
El sudor manchaba sus pieles dejando que un hedor naciera.
Las axilas sudorosas apestaban, los testículos estaban hinchados, a punto de explotar del semen y estimulación acumulada.
La polla del niño no dejaba de chorrear orines y sus pequeños testículos estaban duros como pelotas.
Sus piernas temblaban como las de un cervatillo recién nacido y su voz infantil estaba ronca.
Llevaba tanto tiempo gimiendo de gusto que había perdido la voz.
Solo gimoteos y sonidos nasales salían del niño.
Todos de placer.
La polla adulta penetraba hasta hundir el glande y luego salía con una precisión militar.
Las embestidas nunca bajaron de intensidad. Se mantuvieron constantes. Sin parecer que el hombre llevará follando al niño por un buen tiempo.
Demostrando en cada apice de su músculoso cuerpo, porque, él, era el semental.
La curvatura de su espalda ancha y su abdomen marcado le seguía al vaivén de su pelvis, un zigzageo que culminaba en sus glúteos redondos y duros perfectamente sincronizados con el resto del cuerpo. Metiendo de perfil su larga y enorme polla morena en el culo blanco y rojito del menor.
La piel blanca y lechosa estaba marcada por moretones de sus dedos a lo largo de sus nalgas y caderas.
Sus besos habían dejado marcas en su cuello y pezones.
Casa rastro del hombre era una sentencia posesiva a su dominio.
El niño era su jinete, pero también era su hijo.
Su hembra y por sobre todo, su amor jurado.
El enorme cuerpo adulto se inclinó ante el niño, presionandolo contra el colchón. Los enormes bíceps marcandose a los costados del menor, sosteniendo al adulto por encima y acercando su rostro al niño.
Ambos se fundieron en un beso desgastante, con apenas fuerzas para probar la saliva del otro. Recordándose porque hacían esto.
Con la cama rechinando, las pieles rosandose, el culo abierto y el pene entrando en sincronía.
El hombre hecho bestia sometiendo al niño hecho hembra.
Todo conforme a lo que tanto amaban ser.
Padre e hijo.
—Papi.
Y con esa palabra, el hombre se deslechó.
Soltó cada carga de semen con un ímpetu salvaje, jadeando de placer y abrazando al niño hasta hacerle sentir el calor ardiente de sus músculos.
Sus pezones negros punzando en la piel del niño y su abdomen curvado para que la pelvis se mantuviera pegada al trasero infantil.
El semen salió en fuertes chorros. El sonido de algo escurriendose fue música para sus oídos.
Los jadeos acompasados, y el clamor de sus pieles les hizo respirar lentamente.
Había terminado.
El hombre y el niño se mantuvieron abrazados. Sintiendo al otro.
La polla del hombre hundida en el culo del niño. Llenandolo de semen. Nutriendolo.
De esa forma, se durmieron.
Una hora después, las sirvientas entraron a la habitación, abriendo la ventana y haciendo que el olor a sexo saliera.
Tomaron al niño dormido en la cama y procedieron a llevarlo a bañarlo, limpiando las líneas de semen seco que se habían escurrido de entre sus nalgas.
El adulto se despertó ante el ruido de las sirvientas y fue llevado por un mayordomo a comer.
El niño fue limpiado, asegurando que todo el semen residual en su culito fuera drenado, dejando como única evidencia, el contorno rojo de su ano abierto y las marcas de amor en su piel.
Fin.
Gracias por leer. Si desean charlar, estoy en telegram.
@Remaster64TL28.
Nos leemos luego.

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