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Fetichismo, Gays, Incestos en Familia

De rodillas ante su verdadero padre I.

Su voluminoso cuerpo negro se levantó de la cama con pesadez y quejumbrosidad. Sus pasos aplastaron la madera bajo sus pies e hicieron crujirla hasta rechinar. Ropa estaba desperdigada en el suelo, tanto la de un hombre como la de un niño, junto a cinco condones de colores llenos de semen..

El ruido incesante del agua cayendo en la ducha despertó al hombre negro en la cama.

Su bostezo grave le hizo recuperarse de su sueño, despertandolo de su letargo.

Su voluminoso cuerpo se levantó de la cama con pesadez y quejumbrosidad.

Sus pasos aplastaron la madera bajo sus pies e hicieron crugirla hasta rechinar.

Ropa estaba desperdigada en el suelo, tanto del hombre como de alguien más.

Cinco condones de colores llenos de semen formaban un camino desde el pasillo, pasando por la entrada del cuarto hasta la cama, cada uno abierto y liberando la sustancia bizcosa y lechosa de su interior.

El hombre piso uno de los condones usados, embarrando su pie de semen, y marcando su huella con él.

Caminando desnudo, fue en dirección del ruido del agua, rascando sus bolas negras resuradas.

Con lentitud, pasó sus dedos por la carne de su escroto, aliviando su picazón. Luego, llevó a su nariz los dedos, aspirando el aroma residual.

—Necesito un baño.

El hedor que espelia su cuerpo era casi sustancial, dejando un rastro por dónde pasaba, como un velo crudo de color negro.

Su tono de voz grave sonó por el pasillo, mientras de entre sus fuertes piernas, una polla dormida se mecía de lado a lado, con un anillo sobrante de un condón roto todavía pegado en la base del pene.

El largo de la polla tocaba la mitad de las piernas, rosando la piel venosa. El glande morado se raspaba contra la tosquedad de la piel rasurada, dejando un camino de presemen transparente que colgaba como telaraña, desde las piernas hasta la punta del glande.

La gota espesa del nectar uretral se rompió con una sacudida fuerte al abrir la puerta del baño y entrar de una sancada.

Sus pies pasaron por encima de otro condón usado de color turquesa lleno de semen espeso.

La polla rebotó hacia arriba, dejando que un chorro de presemen volará y cayera a los pies del hombre negro, junto al condón.

Pasando su figura por el espejo del baño, se pudo ver por unos instantes; un ceño fruncido, un rostro cuadrado, barba recortada en un candado de mata negra, cejas gruesas, ojos grandes y una nariz repingona con unos labios rojos pequeños. Su frente amplia conectaba con su falta de cabello, mostrando una cabeza resurada y lisa de tono negro.

El resto de su cuerpo se imponía ante la puerta corrediza que separaba la ducha del inodoro, proyectando una sombra al otro lado de un enorme hombre.

A pesar de no tener músculos definidos, su contextura física era de temer. De cuerpo robusto, grasoso, pero con ese toque regordete que te hace sentir la fuerza varonil sin tanto músculo, solo la presencia del volumen de un hombre en su mejor momento.

Con un gesto de su mano, el hombre abrió la puerta, entrando en dos pasos y mirando al responsable del ruido del agua cayendo.

Era un niño de apenas 6 años de edad. De piel negra como el hombre, de ojos azules, labios rojos, nariz repingona y cabello alborotado de tono negro. Tenía el cuerpo regordete y un trasero abultado.

El pequeño estaba de cuclillas, con sus manitas metidas entre sus nalgas, jalando lo que parecía una bolsa de látex.

La bolsa estaba hundida en su culito tierno de tono negro.

Los labios anales se abrían y cerraban ante el jalón incesante, tratando de sacar algo parecido a un globo blanco lechoso del culo del menor.

Con un carraspeó del hombre, el niño miró al adulto.

El mayor fue rápido y tomó el cuerpo del niño con sus manos, levantandolo hasta su rostro y mirando de lleno el culito del infante.

Con una mano sostuvo al niño en el aire y con la otra agarró la punta del condón suelto, sacándolo del ano del menor.

El jalón fue fuerte, desenterrando del culo infantil, una esfera blanca de semen espeso que se había quedado atorado.

Todo el semen adulto se agolpó en la punta del látex, formando la esfera, y dejando como única evidencia de que estaba ahí, el resto del condón, que servía como una tira que colgaba del culito del niño, causándole picazón e incómodidad.

El niño soltó un quejido suave por la impresión, seguido de un suspiro.

—Gracias —dijo el menor.

El adulto besó el culo abierto del niño después de sacarle el condón atorado lleno de semen y luego dejó al niño, de pie, en el suelo.

El hombre negro tiró el condón a un basurero cercano.

Con un semblante tímido, el niño miró al hombre y luego pasó su vista a la polla entre las piernas del adulto, observando como iba despertando después de las atenciones del niño.

—Chupa.

Solo bastó una orden para que el niño, bajo las piernas del hombre, metiera esa polla en su boca.

Lo siguiente fueron los sonidos amortiguados de un niño ahogándose con la polla negra de un hombre.

Su vocecita infantil iba acompañada de suspiros y respiración pausadas. Metía la polla hasta tocar su garganta y la sacaba al sentir arcadas

Sin embargo, a pesar de lo incómodo que se veía chupando el pene del hombre, lo hacía sin quejarse.

Pasaba su lengua infantil por el glande, chupaba el presemen de la punta, babeaba el tronco con sus labios, amasaba con sus belfos la bolsa de testículos del hombre e incluso metía la nariz para olerlo, raspando el anillo del condón roto en la base de su pene con su piel de niño.

Los gruñidos y gemidos del hombre fueron secundados por su movimiento involuntario de pelvis.

Su polla se restregaba por toda la cara del niño, marcandolo con su aroma, manchandolo con su presemen y dejándolo embarrado de su piel grasa.

El menor tenía el rostro brillante y mojado, con el agua de la ducha cayendo a sus espaldas.

El hombre acarició el rostro del pequeño con su enorme mano y el pequeño restregó su mejilla por el calor adulto.

La punta del glande rozó los labios del niño, dejando una línea de presemen que unía la boca del niño con la polla del hombre.

Al sentir el roce, el menor abrió la boca, sacando la lengua, mirando al hombre y dejando entrar su polla.

Con sus ojitos dulces, su rostro aniñado y boquita abierta, el menor dejó pasar la mitad del pene adulto, tragando con fuerza y sintiendo el calor de la carne viril junto a su aroma.

—Buen chico.

Un vaivén suave empezó a mecerse de las caderas del hombre negro.

La polla inició un mete y saca de la boca del niño, causándole arcadas.

El niño se dejó usar con incomodidad, esperando que el hombre terminará lo que estaba haciendo.

La polla ensanchaba sus labios, hundía su lengua y pesaba por sobre su boca como un fierro de carne que estaba alimentándolo.

Para el niño, esa polla se lo estaba comiendo en cada embestida suave mientras también saboreaba los restos de semen presentes en el anillo del condón roto.

Los vaivenes se detuvieron con el sonido del timbre.

El hombre chaqueó la lengua y sacó su polla llena de baba.

Llevó al niño al cuarto y recogió su ropa.

Ambos desnudos, fueron a la puerta y abrieron.

Los recibió un hombre blanco de 30 años. Pelo rubio y barba espesa. Su semblante se tensó al ver al macizo negro y al niño pequeño, desnudos en la puerta.

Ambos húmedos y con marcas de haber estado ocupados sexualmente.

El niño saludó al hombre blanco.

—Hola, Papá.

El adulto le sonrió a su hijo y lo tomó en brazos, dandole un beso en la mejilla.

Al sentir el sabor extraño de una esencia grasosa, el hombre blanco miró el pene negro del otro adulto con la misma sustancia brotando de su piel, resaltando el anillo de un condón roto en la base de la polla.

—Las cosas de tu hijo.

La voz del hombre negro hizo que el adulto blanco le prestará atención.

Aceptó la ropa dejando de ver la figura del sujeto y empezó a vestir a su hijo en el pasillo del hotel.

Una vez con la ropa puesta, el niño fue tomado de la mano para irse.

—Adios, señor Grayson.

El pequeño se despidió moviendo la mano con una dulce sonrisa.

El hombre negro hizo un gesto con el mentón hacia arriba en despedida.

—Saluda a tus amigos del cole por mi. Diles que pueden venir a jugar cuando quieran.

—Asi lo haré.

El tono sugerente del hombre negro terminó por incomodar al hombre blanco, llevándose a su hijo.

Una vez fuera de la vista de ambos, el hombre negro cerró la puerta.

Horas antes.

Siendo besado contra la pared, un niño de 6 años fue despojado de su ropa con rudeza.

El hombre fue quitándole la camisa y el short, dejándolo en ropa interior. Con su ropa todavía sujeta de una mano del adulto, el niño fue tomado por la otra mano, enredando sus brazos en el cuello del hombre, y recibiendo sus atenciones en sus labios.

Los besos hundieron sus labios, sacando chasquidos de carne al separar los belfos. La saliva se escurria de la lengua adulta, metiendola en la boca del niño como una serpiente.

El largo de su carne bucal hizo que el niño apretara sus manos en los hombros del adulto, mirando con sorpresa al hombre que le sonreía con la mirada y los labios.

El niño estaba sintiendo aquella lengua adulta excarvar hasta su garganta, haciéndole estremecer y tragar la saliva que le compartía entre los vaivenes de labios.

El hombre lo estaba besando como siempre lo hacía, con arrogancia, sometiendo su voluntad y obligándole a soportar todo de él.

Todo lo grande de él que tenía. Desde su lengua grande y gruesa, sus dedos gordos y largos, su polla inmensa y su culo gordo.

El hombre lo había sometido a cada parte de su cuerpo, haciéndole probar su intensidad y recordarle quien era su macho.

O como el lo llamada, su verdadero padre.

—Sabes tan bien como tú madre. Disfruto besar tus labios, bebé.

La voz del adulto fue secundada por sus manos despojando a ambos de su último rastro de ropa.

El suspensorio y truza infantil fueron tomadas por el hombre, dejando a ambos desnudos.

El niño con el culo abierto colgando por encima de la cintura del adulto, y el hombre con la polla negra en alto, apuntando hacia el ano fruncido que estaba a centímetros de sentarse en ella.

Con parsimonia, el adulto tiró la ropa, dejándola caer en la entrada de su cuarto.

Llevó al niño hacía el baño, y entre besos, sacó un condón de color de un cajón que tenía el lavamanos.

Se lo puso con facilidad, sin dejar de besar al niño en sus brazos. Rápidamente, el hombre levantó al menor para acomodar su culo justo donde tenía su polla recubierta del látex turquesa.

—Papá va a ser rudo está noche, bebé.

—Papi.

—Resiste, bebé. Esto dolerá al inicio, pero como siempre, terminará gustandote. ¿De acuerdo?

El niño asintió con la cabeza.

La polla se introdujo lentamente en el culo del niño. El ano la dejó entrar casi sin resistencia. La carne se amoldó al grosor, tamaño y largo del pene de tal manera que ambos soltaron un suspiro.

Desde la punta del glande, hasta la base de los testículos, el pene adulto media unos 27 centímetros de largo y 6 dedos de grosor.

En un culito de 6 años, era la gloria.

El niño fue subido y bajado en una embestida seguida de otra.

Los besos candentes se volvieron ahogados y los gemidos de placer y dolor fueron audibles.

—Papi. Duele.

—Resiste, bebé. Papá solo quiere darte lo mejor.

—¡Papi!

—¡Bebe!

Los vaivenes fueron lentos al inicio y rápidos después, los golpes de piel eran leves, pero evidentes.

Los gemidos del niño al inicio eran acompañados de un quejido de dolor, pero a los minutos, solo podía balbucear incoherencias.

—¿Te gusta la polla de papá, bebé?

—¡Me gusta!

—¿Adoras montarla todos los días?

—¡Sí, papi!

—Buen chico.

Los vaivenes rápidos fueron acompañados del sudor y aroma del hombre.

Su cuerpo robusto contrastaba con la pequeñez del niño, pero la diferencia solo encendía su deseo de follarlo más.

Lo embistió por sobre el lavamanos, abriendo sus piernitas a los costados de sus muslos y dejando ver un ano morado abierto y roto.

Los labios anales estaban torcidos, los vaivenes de la polla negra y su peso habían deformado el ano en cada embestida, convirtiéndolo de un círculo perfecto a un óvalo cilíndrico de carne colgante.

Casi como si de una vagina falsa se tratará.

La primera descarga de semen llenó el condón hasta formar un globo de leche blanca.

El hombre se lo quitó con rapidez, sacando el pene del culo del niño y haciéndole gemir.

El condón usado fue tirado al suelo, mientras otro rojo ocupaba su lugar en la polla lubricada de semen. El adulto había tomado el nuevo condón de color de su gaveta en el lavamanos con facilidad y se lo había puesto con presteza.

El niño fue penetrado de nuevo y los vaivenes siguieron, está vez en el pasillo, contra la pared.

Los golpes de piel, fueron sonoros y perfidos.

El niño tenía los pies presos contra las caderas del hombre, abrazando su espalda y sintiendo su respiración en su cabello.

La polla le embestia con fuerza, haciendo que su cuerpo se presionará contra la pared y el adulto.

Los golpes de piel se volvieron húmedos por el sudor y los gemidos roncos opacaron a los del niño.

El hombre estaba empezando a agarrar el ritmo del sexo.

—Mira como tomas mi polla, putita golosa. Igual que tú madre y tu hermana menor.

El niño gimió ante las arremetidas severas del hombre. Le estaba taladrando el culo con vaivenes toscos y rítmicos, como si estuviera perforando su ano con su pene.

—Papi, más lento.

—No, bebé. Papá solo sabe ir rápido. Aguanta como lo hizo tu madre al concebirte o tu hermanita de un año.

El niño soportó las penetraciones continúas y cortas hasta que las lágrimas surcaron sus mejillas.

El hombre dejó salir un gemido ronco volviendo a llenar el condón de semen.

Lo sacó de su polla retirando su pene del culo del niño y dejando que este llorara en su hombro.

—Shh, tranquilo bebé. No quería asustarte. Papá solo deseaba ser bueno contigo.

—No me gusta.

—¿Qué no te gusta, bebé? ¿Odias a papá?

El niño negó.

El hombre tiro el condón al suelo y llevó a su hijo de vuelta al baño, sentandolo en el lavamanos y sacando otro condón del cajón.

—Dime, bebé. ¿Qué no te gusta?

El hombre se puso el condón verde en su polla y levantó a su hijo al nivel de su rostro.

Con su lengua, el adulto limpió las lágrimas del niño, haciéndole reir.

—¿No te gusta que te lama la cara, acaso?

—Basta, Papi. Me haces cosquillas.

El hombre sonrió dejando de lamer y besando al niño en los labios.

El pequeño se dejó besar, dejando de estar triste.

Al sentir al niño relajado de nuevo, la polla adulto volvió a meterse entre las nalgas del niño, dejando que su trasero y ano reposarán encima del falo cubierto de látex verde.

El beso del hombre fue hambriento y el niño chupó la lengua del adulto con gusto, sentándose encima de aquella polla negra.

Ambos caminaron a como pudieron hasta el pasillo rumbo al cuarto, pero a mitad de camino, el hombre no pudo aguantar más el tener su pene tan pegado entre los pliegues de las nalgas del niño y metió su polla en el culo infantil.

El menor gimió en sus labios mientras era inclinado hacia abajo y acostado en el suelo alfombrado del departamento.

Después, le siguieron las embestidas.

La postura del adulto era incómoda, con el cuello hundido hacia abajo para poder besar al niño mientras lo follaba, pero no le importaba.

Una vez estuvo satisfecho de meterle la lengua en la boca, se separó, dejando un hilo de saliva entre ambos.

Dejó de moverse un momento, se acomodó de rodillas en el suelo, con la espalda erguida, y sujetando las piernas del niño con sus manos, el hombre las llevó hasta su rostro, chupando los dedos del menor.

—¡Papi, hace cosquillas de nuevo!

—Bebé, se bueno y deja a Papi complacerte. Nada de llorar o te haré cosquillas en los pies. ¿De acuerdo?

El niño asintió con la cabeza y el hombre inicio sus vaivenes de nuevo.

—Buen chico.

La polla adulta se hundió y salió en arremetidas rápidas, el cuerpo del adulto se curvó en dirección del niño, cubriéndole con su espalda y estrellando su pubis en el trasero infantil.

—¡Papi, rico!

—¿Se siente bien, verdad, bebé? Papá sabe moverse mejor que tú otro padre.

El niño gimió con ganas, asintiendo con la cabeza.

—Papi la tiene más grande.

La sonrisa del hombre se hizo mayor.

—Vamos, bebé. ¿Qué más te gusta de mi a diferencia de tu padre?

El niño sintió los vaivenes del hombre, con su polla abriendo y cerrando su ano con locura, haciéndole gemir de gusto.

—Papi se mueve rico. Papi adora besarme. Papi le gusta jugar con mi trasero. Papi es enorme a diferencia de papá. Amo a papi.

—Yo también te quiero, tesoro. Más que a nada.

Los vaivenes terminaron con el condón lleno de semen y el adulto besó al niño antes de ir por otro condón.

Sacó su polla del culo infantil, causándole un gemido suave, se quitó el condón usado, tirandolo en el suelo.

Con paso firme, fue al baño, dejando respirar agitado al niño de 6 años.

El adulto volvió con otro condón puesto de color rosado.

El menor fue puesto de rodillas y obligado a chupar aquel pene cubierto de látex.

—Asi bebé, chupa bien. Como tanto te gusta.

El ruido ahogado del niño fue secundado por los gemidos del hombre.

Después, pasaron a follar en la entrada del cuarto.

El niño contra el marco de la puerta, ensartado hasta el fondo contra la polla negra de 27 centímetros e iniciando las embestidas.

Los vaivenes fueron hacia arriba, levantando al niño y recibiendo el golpe de los testículos del hombre al caer.

El sonido era áspero y grueso, como el peso de ambas bolas estrellándose contra su piel.

—Las bolas de Papi se sienten duras.

—Papi todavía necesita descargar su leche, bebé.

El niño sonrió entre gemidos.

—Traere a mis amigos a jugar con Papi. Así podrá compartir su leche y no estar tan duro. También le diré a mamá que traiga a mi hermanita, que Papi la extraña mucho.

El hombre soltó una risa perfida mirando al niño.

—Eres un buen chico. Igual que tú madre. No sabes como agradezco haberla embarazarla de ti. Eres lo mejor que me ha pasado.

El niño gimió al sentir los vaivenes duros del hombre y ambos pasaron a dejarse llevar.

La piel de sus cuerpos en constante roce se habían tornado de un tono rojizo, el sudor ya bañaba sus cuerpos en gran cantidad y sus respiraciones se mantenían erráticas.

El pene se hundía con una virilidad envidiable y el ano infantil se abría con toda la gula que podía ofrecer.

Al punto de no ser natural.

—Papi debe cuidarte, bebé. No queremos que tengas un calambre anal.

El hombre volvió a llenar de semen su condón y se lo quitó después de sacar su polla del culo del niño negro.

Tirando el condón al piso, tomó al menor y lo levantó hasta su rostro, dejando que el menor se agarrara de la parte superior de la entrada al cuarto, con su trasero y piernas colgando por encima de la cara del hombre.

Revisando el ano infantil, el hombre suspiró.

—Mira como lo tienes. Muy abierto y rojo. He sido muy malo contigo, bebé.

—Papi es bueno.

—Buen chico. Dejá que papá te alivie un poco.

El hombre metió su rostro al culo del niño, su nariz olió la zona con gusto, sintiendo el aroma de su polla y pubis mezclado con los retazos de su semen. Sus belfos besaron los labios anales del menor y su lengua se introdujo en el agujero abierto, sacándole una exclamación de alivio al niño. La barba raspaba la piel de las nalgas en un resquesor embriagador.

—¡Se siente bien, Papi!

—Papá, está relajando tu hermoso trasero de bebé, disfruta, tesoro.

El niño hizo caso soltando gemidos de gusto.

La lengua pasaba por el canal anal con lascivia, llenando todo de saliva y relajando los músculos de carne con su presencia.

Ante las exclamaciones de gusto, el niño se tiró un gas.

El hombre sonrió y miró a su hijo divertido.

—Bebé, eres muy travieso.

—Perdón, Papi.

—Buen chico.

El hombre volvió a meter su lengua, continuando en relajar el ano infantil.

Recibió varios gases como recompensa, pero los toleró por el bien del niño.

Una vez el culo estuvo relajado de nuevo, el adulto llevó a su niño al hombro, dándole una nalgada que le hizo saltar.

—¡Papi!

—Eso es por no hacer caso al seguir tirandote gases.

—Perdon, Papi.

—Vaya que lo sentirás, bebé. Prepárate.

Con esa advertencia ronca, un nuevo condón fue tomado del cajón del lavamanos.

Está vez, el condón era negro, fusionándose bien con el tono de piel de la polla adulta.

Cubierto con el latex, el niño fue ensartado en la polla del hombre y llevado entre embestidas hacia el cuarto, realmente sintiendo el castigo de su padre.

—¡Duele, Papi!

—Te lo adverti, bebé.

—¡Papi, malo!

—Ya verás lo malo que puedo ser, bebé.

El menor sintió miedo ante la amenaza seguido de varias embestidas.

Su miedo se transformó en dolor y luego en placer.

La polla del hombre perforó su ano con gusto, y está vez, golpeaba su próstata con mayor facilidad. La dilatación de lengua en su trasero había funcionado de maravilla.

El niño fue follado de pie por el hombre negro en mitad del cuarto, a punto de llegar a la cama.

De costado a ellos, un ventanal daba la vista a varios rascacielos de la ciudad en medio de la noche, con la luna llena de fondo.

A esa altura, la sombra del hombre y el niño se veía por la ventana, ambos unidos de la cintura y moviéndose como solo lo harían animales en celo.

Los gemidos graves siguieron a los suaves. El golpe de piel iba bañado de sudor. El olor penetrante del hombre bañaba la estancia. El hedor lechoso del niño impregnaba al hombre. Ambos aromas fusionados en un ambiente oloroso pesado.

El vaivén de caderas fue rápido, el trasero del niño subía y bajaba sobre la polla negra con facilidad. Las piernas aguantaban bien el peso del sexo y las rodillas se flexionaban cuando debían.

Mientras tanto, el ano del niño estaba dilatado hacia afuera, la carne se prendía de la polla del hombre, como un cilindro, la piel se estiraba, el ano deforme abierto para el pene adulto, siendo moldeado en cada penetración profunda y cada salida brusca.

Era la definición del contraste entre lo que podía soportar un hombre y lo que un niño podía ofrecerle a cambio. Un ano desgarrado.

El culito infantil ya no era más un culito, y la polla del hombre, había encontrado su nuevo hogar en él.

Con una fuerte embestida, el condón negro se llenó de semen.

Cansado, el hombre no sacó su polla, ni tiró el condón al suelo, solo volvió a embestir con su polla y el condón todavía lleno de semen en el culo del niño, está vez, acostandolo en la cama y besándolo.

Con el niño boca arriba y el hombre de pie en el borde, las embestidas continuaron.

La ropa había sido movida entre los caminares del adulto al cambiar de condón, dejandola tirada dentro del cuarto, en ningún orden.

Los gemidos de ambos fueron pausados y altos está vez las embestidas eran lentas, pero el golpe de piel seguía siendo demoledor,

—¡Papi!

—¡Bebé!

La polla cubierta de semen y látex entraba con lentitud, dejando que cada vena, centímetros y grosor estimulará el ya desgarrado ano del niño. Rompiendo poco a poco en cada embestida, el condón negro.

El pene y bolsa de testículos del menor estaban temblando ante la sobreestimulación. Los dedos de los pies del niño estaban apretados y le costaba gemir.

Sus suaves quejidos hicieron que el hombre gruñera de gusto. Escuchar a su hijo mientras todavía lo montaba lo llenaba de orgullo.

El hombre terminó por subirse a la cama, de rodillas, inclinado hacia su hijo, para besarle, cubriéndole con su espalda, las piernas del niño por sobre las suyas y su trasero peludo en alto, apretándose en cada penetración profunda.

—¡Papi!

—¡Bebé, ya casi termino!

El niño gimió una última vez y el hombre hizo lo mismo.

Llenando el condón de semen todavía más, el adulto sacó su polla del culo infantil, totalmente cansado.

Su polla negra estaba libre del látex y el condón había quedado atorado en el culo del niño, con la punta de la bolsa rota colgando por fuera del ano infantil y dejando el anillo sobrante del condón roto todavía pegado en la base del pene del adulto.

Ambos se acomodaron en la cama agotados y se durmieron abrazados.

Fin.

Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi al escribirlo.

Si desean charlar, estoy en telegram.

@Remaster64TL28.

Nos leemos luego.

6 Lecturas/19 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Remaster64
Etiquetas: amigos, anal, hermana, hermanita, madre, mayor, padre, sexo
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