Jugando entre bolas y bates de béisbol
Estaba suspendido en el aire, con mis dos piernas en sus hombros, pegado al casillero y con su cabeza metida en mi entrepierna, chupando y lamiendo mi polla y testículos. Gemí en voz alta, ante la sensación caliente de sus labios y el movimiento de su lengua. Su aliento golpeaba en éxtasis..
Miré por la rejilla del casillero lo ocurrido en el vestuario de jugadores de beisbol.
Todos los jugadores estaban desnudos, echándose perfume o limpiándose el cuerpo con sus toallas. Varios sudorosos, otros después de una ducha fría.
Reían entre ellos entre bromas y parecían disfrutar de la compañía mutua.
Para mí, esa escena era tan caliente que me hizo respirar pesadamente.
Mi cerebro solo podía percibir la contextura gruesa y fornida de sus muslos, lo bien definido de sus abdominales y la pronunciada diferencia de tamaño entre sus brazos y pectorales. Masas de carne bien redondeadas que resaltaban venas gruesas.
Esos jugadores solo tenían 17 años, pero sus cuerpos no tenían nada que envidiarle a los adultos.
Vivía cerca, y un día, curioseando encontré las llaves para el vestuario y los casilleros. Supe después que eran de un guardia que las había perdido en un descuido y yo me las quedé desde ese entonces.
A mis 9 años, llevaba espiando a los jugadores después de cada partido, aprovechandome que nadie había reclamado este casillero.
Era normal que sobrará alguno, y cuando lo supe, perdí el nervio de ser descubierto.
A veces, incluso, deseaba que me descubrieran, para saber si harían conmigo lo que tanto llevaba imaginando.
Sus pollas estaban dormidas, pero no ocultaban el grosor que tendrían una vez erectas.
Desde 18 centímetros hasta los 28 centímetros. De distintos grosores y colores. Cada pene era tentador y su bolsa de testículos todavía más.
Dos bolas gruesas, hinchadas y arrugadas que colgaban como pelotas de béisbol entre sus piernas gruesas.
A veces sudadas, otras veces rojas. Cada bolsa parecía pesar y varias veces los escuché quejarse de eso.
De cómo les pesaban las bolas de tanta leche que se cargaban.
Y lo creía.
Se notaba que estaban llenas.
Tragué saliva por décima vez en la hora, soltando un suspiro.
Poco a poco, todos los jugadores se iban retirando, dejándome solo.
Al percibir a nadie cerca, finalmente abrí el casillero desde adentro con la llave.
Miré mi alrededor vacío y sonreí feliz de haber estado un día más en aquel lugar.
Cuando cerré el casillero y guarde la llave, escuché pasos a mi izquierda.
Incapaz de reaccionar, uno de los jugadores salió de la ducha limpiándose el pelo y se quedó quieto mirándome.
Él estaba desnudo, exponiendo su cuerpo con soltura.
Dos montículos bien proporcionados de piernas varoniles peludas, su abdomen marcado y sus dos pectorales hinchados con sus pezones rosados hundidos. Sus bíceps estaban marcados, exponiendo sus axilas depiladas y húmedas.
El rostro del chico era oriental, talvez japonés. Tenía un semblante añiñado, pero con los rasgos de un adulto en formación. Vello en la mandíbula y bigote.
Era atractivo para mí. En especial por su polla, testículos y trasero.
Ambos de un color rosa tierno, y grandes por igual.
Le ví esbozar una sonrisa caminando hacia mí.
Me pegué al casillero asustado.
—¿Qué hace un niño como tu en el vestidor del equipo de béisbol?
Traté de decir algo, pero mi voz no salía.
Arrinconado por el chico de 17 años, le ví inclinarse ante mi, posando una de sus manos en el casillero, evitando que me moviera.
Su cabello medio húmedo liberaba un aroma fresco y su rostro blanco era más atractivo de cerca.
Respiré hondo cohibido.
—Veo que te comió la lengua el ratón. Espero no haber sido yo.
Su risa me hizo encogerme y le ví alejarse con facilidad.
Al darse la vuelta, noté la musculatura de su espalda ancha, con rasguños pequeños en las esquinas.
Sus glúteos eran llamativos y pronunciados, escondiendo en su interior un ano rosado ovalado.
Tragué saliva al verlo.
—¿Te gusta la vista, niño pervertido?
Recobré el sentido y miré al chico ponerse un suspensorio negro lentamente.
Se había agachado, mostrándome parte de su culo expuesto entre sus redondas nalgas, y el como le colgaban su polla y testículos.
Sentí la garganta seca y mis labios se abrieron para exhalar aire.
Aquella vista de su cuerpo bien delineado mientras se ponía su ropa interior ajustada era maravillosa.
El chico de 17 años solo se burló de mi, terminando de ponerse la ropa interior.
Se veía bien con aquel suspensorio negro. Las tiras del elástico doble realzaban sus glúteos todavía más, y la parte frontal cubría su polla y testículos, formando una esfera pronunciada en dónde estaban, grande para quien lo viera.
Gracias a la ropa interior, las piernas del hombre se veían mejor y su piel contrastaba perfectamente con el color negro.
Casi de manera pecaminosa.
—Ya que no quieres hablar, lo haré yo. Cómo talvez no sepas, la intromisión de menores ajenos al equipo está prohibida en los vestidores. Y cualquiera que no lo reporte, será sancionado. Entenderás que debo decirle a mis superiores de ti para evitar problemas.
Mi rostro se torció en miedo y ví la sonrisa maliciosa del chico. Se deleitaba con mi reacción.
—Pero, puedo hacer la vista gorda, si juegas conmigo.
—¿Qué juego?
—Vaya, el pervertido habla, veo que no le comí la lengua. Me alegra.
El chico se puso su pantalón de juego, ajustado a sus fuertes piernas, glúteos y entrepierna, un pantalón blanco con rayas finas verticales de color negro.
Sin abrocharcelos y con el ciper abierto, se acercó a mi, mostrando el frente de su suspensorio negro.
Una vez cerca, mi rostro estaba cerca de su abdomen y pelvis, él hombre japonés se inclinó hasta mi cabeza, para hablar.
—El juego es fácil. Déjame follarte todos los días después de los partidos y no le diré a nadie. ¿Te parece?
Mi rostro se sonrojo por la propuesta y el chico se burló de mi.
—Vamos. Ya me has visto desnudo, no creo que no sepas de lo que es capaz un hombre como yo.
Bajé la cabeza apenado.
—Mira niño, no te obligaré. Si no quieres, iré ahorita mismo a decirle al coach sobre ti.
Dándose la vuelta, el chico de 17 años estaba por irse cuando lo detuve.
En un susurro, acepté su propuesta.
—No te escuchó.
Su voz juguetona me hizo querer correr apenado. Hice lo posible por hablar más alto.
—Quiero que me folles. Pero sé gentil.
Le ví levantarse y sonreír con los párpados.
Sus ojos entrecerrados tenían un brillo único, como si el solo verme le provocara placer.
Su suspensorio se hizo más grande ante la presión de su polla.
Lamiendo sus labios, el chico respondió.
—Lo seré.
Lo siguiente que sentí fue sus manos, desnudandome y luego estaba suspendido en el aire, con mis dos piernas en sus hombros, pegado al casillero y con su cabeza metida en mi entrepierna, chupando y lamiendo mi polla y testículos.
Gemí en voz alta, ante la sensación caliente de sus labios y el movimiento de su lengua.
Su aliento golpeaba con un éxtasis embriagador y me causaba escalofríos que hacían palpitar mi ano.
—¿Te gusta mi oral, niño pervertido? Seguro que sí. Mejor aprende como lo hago, porque tú me lo harás a mi en un momento —dijo el chico entre chupadas de polla.
Me hizo soltar líquido de mi pene por varios minutos y ante mis gemidos solo le escuchaba hacer un sonido nasal de gusto.
Estuve suspendido en el aire un buen rato ante sus atenciones, antes de que me diera la vuelta y su boca pasó a estar en mi ano.
Me hizo sostenerme de la parte alta del casillero, mientras que me arrodillaba en sus dos hombros, exponiendo mi trasero a su rostro.
Abrió mis nalgas con sus dos manos y jugueteo con mi agujero fruncido un buen rato.
La intrusión de su lengua y su saliva era nuevo para mí y pasé un buen rato soltando suspiros de placer.
Estuvo limpiando mi culo hasta llenarlo de su saliva y dejarlo según sus propias palabras, «listo para recibir un buen bate y dos grandes bolas de béisbol»
Una vez estuvo satisfecho, el chico de 17 años me hizo acostarme en una banca cercana, y se dió la vuelta, para mostrarme sus nalgas repingonas y grandes.
—Ahora tu, niño. Chupa como lo hice contigo.
Nervioso, ví como metía su culo en mi boca y tímidamente lamí con mi lengua la carne rosa.
Escuché gruñir al chico, mirándome de perfil.
—Hazlo de nuevo.
Hice lo pedido, y el chico volvió a gruñir de gusto.
Con mayor confianza, saqué mi lengua, dando una lamida como si fuera un helado.
El hombre se estremeció y soltó una maldición, apegando más su trasero, haciendo que hundiera mi nariz entre sus nalgas.
Tomé ambas con mis manitas y las abrí para tener acceso a su culo y poder respirar.
Olía a limpió y a afrodisíaco masculino.
Con mis labios, besé la carne exterior del ano y con mi lengua empecé a perforar aquel agujero grande, disfrutando de los sonidos vulgares de mi mayor.
Jadeaba tan grave que me hacía disfrutar como si estuviera siendo chupado por él y sus movimientos tipo penetraciones eran hipnóticas.
Al poco tiempo, me di cuenta que no estábamos solos.
En la puerta, el coach estaba mirándonos con una erección en el pantalón deportivo y una sonrisa nerviosa.
—Pase, entrenador. No sea tímido. Este pervertido tiene dos agujeros para divertirnos.
El hombre apretó su entrepierna y cerró la puerta del vestuario.
Mientras se quitaba la ropa, yo seguía chupando el culo del jugador.
—Se me hacía raro que todavía no salieras, Takeo. Ahora entiendo el porqué.
Desnudo y totalmente erecto, sentí al entrenador ponerse detrás mío, para tomar mis piernas y levantarlas, exponiendo mi culo lleno de saliva.
—Disfrute con confianza, entrenador. Este niño será nuestro durante todo el torneo de verano.
Con esas palabras, escuché una risa ronca y la punta de un glande presionando mi ano fruncido.
—Me agrada eso.
Con esas palabras, perdí la virginidad a manos del entrenador de béisbol, un hombre de 37 años, casado y con hijos.
Gemí de dolor al principio, incapaz de seguir chupando el culo del chico de 17, pero este solo cambio de posición, metiéndome su polla en mi boca.
Penetrado por ambos lados, no pude más que aceptar mi nuevo destino, siendo follado por ambos hombres.
Durante dos horas, lo único que se escuchó en el pasillo de vestidores de hombres fueron los sonidos de golpe de piel, los jadeos graves de dos adultos y los lloriqueos de un niño.
Mi cuerpo estaba lleno de besos y chupetones, tenía al jugador de 17 montandome como un semental mientras el entrenador me penetraba por debajo, estando yo acostado en su cuerpo bocarriba.
Una doble penetración por parte de los dos.
Ambos me marcaron con sus cuerpos y me llenaron con su semen espeso.
Sus testículos estaban vacios de tanto deslecharse y mi culo se sentía pesado, abierto, pero lleno de leche.
Ambos hombres terminaron de descargarse una última vez, antes de besar mi cuello y labios. Dejando otra marca en mi piel.
Se tomaron un tiempo para descansar, totalmente sudados y apestando.
Sin entender porqué, empezaron a reírse, mirándome con una mezcla de placer y gusto. Cómo si admirarán una nueva obra de arte.
Una vez con mejores energías, me levantaron, sacando sus pollas de mi culo.
El sonido de mi ano siendo liberado de dos pedazos de carne fue claro y fuerte. Como el corcho de una botella de vino siendo quitado.
Me limpiaron con una toalla y me pusieron la ropa, sin dejarme bañar.
Ellos solo se pusieron sus ropas, así sudados y apestosos.
Caminando raro, salí con ellos del estadio rumbo a mi casa.
Vivía al otro lado de la calle, por lo que no debía ir muy lejos.
En cambio, los dos hombres besaron mi boca turnadose.
Estaba pegado contra la pared de la entrada del estadio, sostenido en el aire por las manos fuertes de cada adulto cuando era su turno.
Exploraron mi boca con sus lenguas y marcaron sus labios en los míos hasta aburrise.
Parecían competir entre ambos sobre quien duraba más besándome, decidiendo al ganador cuando me desesperaba por aire y les arrugaba la camisa asustado.
Con risas burlonas, y totalmente satisfechos, ambos hombres se fueron cada quien por su lado.
—No olvides nuestro trato, niño pervertido. El próximo sábado después del partido. Tengo unos amigos del equipo rival que les gustará conocerte en persona.
Asentí con la cabeza apenado, y me fuí a la casa.
Llegué y nadie estaba en ella.
Mis padres llegarían hasta la medianoche de trabajar, por lo que estaría solo.
Por primera vez, agradecía eso.
Fuí al baño y encendí la luz. Me quité la ropa y me asusté.
Todo mi cuerpo era blanco, pero ahora estaba lleno de marcas moradas, violaceas y rojas. Parecía un dálmata de colores, con marcas de dedos y manos en mis caderas, glúteos y piernas.
Me dí la vuelta, notando mi culo fruncido y rojo. Se veía inflamado, cerrado en los bordes, por dónde un hilo blanco se escurría al moverme.
Gemí de dolor al tocar la zona.
El escozor era incómodo.
Me miré y estaba hecho un desastre.
Sin embargo, una sonrisa surgió de mi labios al recordar porque me veía tan mal.
Había tenido sexo con un chico de 17 años y un hombre de 37.
Ambos, japoneses, músculosos y guapos.
Valía la pena la incomodidad que sentía por eso.
Oliendo un aroma seco y rancio, puse mi nariz en mis brazos y cuerpo.
No era mi olor natural, y supe de quienes eran.
Era el hedor de ambos hombres. Sucios por haberme follado por más de una hora. Mezclado con su sudor, saliva y semen.
Me sentía rodeado de su aroma, incomodo, pero dichoso.
Respiré mejor aquel hedor impregnado en mi cuerpo hasta estar satisfecho y luego me di un baño.
Fin.
Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi. Si desean charlar, estoy en telegram.
@Remaster64TL28.
Nos leemos luego.


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