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Fetichismo, Gays, Incestos en Familia

Leche Paterna

Papá probó meter la cabeza de su pene en mi agujero. Mi ano se estiró de sobremanera sacándome un jadeo, luego mi padre sacó su glande, dejándome un vacío en mi culo. —¡Papi, por favor! —gemí necesitado. La sonrisa en mi padre se profundizó, parecía deleitarse por mi sufrimiento sexual. .

Estábamos los dos solos en el departamento.

Cara a cara, cada uno perdido en nuestros pensamientos, mirando el cuerpo desnudo del otro.

Era la primera vez que haríamos esto, y no podíamos evitar estar nerviosos.

Sus ojos negros miraron mi cuerpo y parecía querer comérselo con ellos.

Detalló cada surco de mi piel, desde mis piernas delicadas, nalgas regordetas y masosas, la punta de mi glande rosado, mi pene pequeño y erecto hacia arriba. Mis bolas redondas escondidas entre mis muslos carnosos.

Mi abdomen abultado y cintura estrecha, dejaba cabida a unos pechos ligeramente abultados, como tetas de mujer.

Mis pezones rosa tenían un brillo blanco en la punta por reflejo del sol que seguía el recorrido por mis hombros cortos, cuello blanco y rostro redondeado.

Mi cara era suave y dulce. Mis ojos caídos y nariz repingona realzaba mis labios carnosos rosa, mientras que mis cejas delineadas marcaban el entrecejo de mi mirada ardiente.

Mi cabello negro caía por mi espalda como cascada, producto de dejarmelo crecer con los años, sin importar que me llamarán afeminado o niña.

A mis 8 años, disfrutaba plenamente de tener un caballo largo y mi padre nunca me regañó por eso.

Mirando a mi padre, no pude evitar morder mis labios.

Sus hombros anchos y musculares relucían ante el sol como el bronce pulido.

Cada surco y vena marcandose por sobre la piel como un camino de carne voluminoso.

Mis ojos se deleitaron por sus bíceps y tríceps pronunciados y gordos. La vena mayor pasando por encima del músculo como un gusano largo y grueso.

Los antebrazos anchos marcaban las venas que pasaban por ellos y sus manos callosas se apretaban en ligeros gestos de nerviosismo.

Sus dedos gruesos y largos me llamaban a chuparlos y la palma ancha me invitaba a recostar mi mejilla en ella para sentir el calor de mi progenitor.

Su espalda ancha estaba ligeramente encorvada por los años, pero aún conservaba su atractivo visual. Aquellos surcos que se extendian por lo bajo de la carne, formando patrones de músculo que realzaban y magnificaban su figura. Como una estatua de la antigua Grecia de color canela.

Su cintura estrecha entre veía dos pronunciadas líneas en la pelvis que culminaban en un pubis resurado de color gris opaco.

Mis ojos se alzaron para ver por última vez la parte superior del cuerpo de mi progenitor.

Su rostro simétrico y cuadrado, sus ojos hundidos y apagados, aquellos labios rojos finos cubiertos por una mata de pelo en forma de bigote y barba que se extendían desde la mandíbula hasta su nariz.

Sus cejas gruesas y delineadas con aquel cabello bien estilizado hacia un lado, le daba a mi padre, un encanto varonil sobrecogedor.

Su cuerpo tonificado pasaba por su cuello grueso y ligeramente moreno, sus pectorales se alzaban como dos murallas de carne, con surcos en la base, venas en los costados y dos pezones negros como el carbón en la punta.

Sus pezones parecían dos ciruelos duros listos para ser mordidos por mi.

Por debajo de la carne abultada de sus pectorales, le seguía un camino de abdominales que se dividían en cinco pares, cada uno grueso y duro de ver. Los surcos bien delineados entre si, y con una capa de escamas a los costados de mi padre semejantes a los de un pez.

Bajando la mirada, las piernas anchas y musculosas de mi padre me invitaban a besarlas.

Eran dos montículos macisos de piel color caramelo donde sus músculos se apretaban casi dolorosamente, sus pantorrillas y pies eran voluminosos y fuertes. La carne bien delineada y abultada para sostener el peso del hombre.

En medio de sus piernas, una bolsa de testículos descansaba como un manjar de los Dioses. Dos bolas doradas por la luz del sol, la piel arrugada en los costados y lisa en las circunferencias, como un fruto prohibido que debía llevar a mi boca para probar.

Cada testículo era grueso, como una bola de golf, y la polla que se estiraba por sobre ellos, era todavía más grande.

Su pene viril se alzaba hacia arriba con la magnificencia de un rey.

Duro, largo, de 28 centímetros, con cuatro dedos de grosor. El glande gordo y hundido, la base gruesa y dura, dejando el resto un poco más delgado, pero lleno de venas que le daban a la piel la textura de un garrote de carne.

Papá tenía la polla más salvaje que alguna vez había visto. No era delicada o bonita como la mía, sino grande y monstruosa. Fea a nivel estético, pero excitante de ver.

Era el tipo de miembro que había sido creado exclusivamente para dar placer al follar y no para ser contemplado.

Y justo por eso, no podía evitar babear por él.

—Voy a empezar.

Asentí con la cabeza y mi padre se movió.

Sus labios buscaron los míos. Fué rápido e inseguro.

Besaba como si tuviera miedo de lastimarme, su lengua, tímidamente buscaba la mía, mientras de vez en cuando sentía su saliva pasar por la mía.

No parecía un hombre dominando un niño, sino alguien asustado de tener su primera vez.

Y debido a eso, tomé la iniciativa.

Hundí mi boca en la de mi padre, hurgando con mi lengua su cavidad vocal y obligandole a ser más dominante.

Sabía besar por mis primos y no dude en revelarlo con tal de tener lo que quería.

Papá reaccionó sorprendido, luego profundamente emocionado.

Fuí empujado contra la cama con fuerza, mi cabeza aplastada contra el colchón, con el peso del rostro de mi padre sobre el mío.

Sus belfos amasaron los míos con rapidez y desenfreno, su lengua jugaba con la mía como todo un adulto experto, y su aliento, oh, su delicioso aliento, como llenaba mi boca en cada respiración.

Una mezcla de licor y café, lo que le gustaba tomar en las mañanas.

Con mi padre concentrado en mi boca, empecé a tocar su cuerpo.

Mis dedos pasaron por la piel canela de sus hombros, amasando los músculos y disfrutando de su textura rugosa.

Bajé mis palmas por su espalda, disfrutando de los surcos que tenía, y luego pasé a su pecho, dónde sostuve entre mis palmas, el peso de la carne de sus pectorales.

Cerré los párpados por el placer en mi boca y el tacto en mis dedos.

La carne de sus pectorales era dura y firme. Voluminosa en los bordes y tan definida que daba gusto pellizcar. Mis dedos se deleitaron en las venas que había por encima de la piel, acariciando sus almohadas de músculo durante mucho tiempo.

Sentir sus pectorales duros era mi disfrute, cada roce de mis dedos en esa zona me hacía querer besarla y chuparla, algo que ya hacía con los labios y la lengua de mi padre.

El contraste de tamaños solo sirvió para gemir de placer. Sentir el peso de una lengua adulta contra la mía, tan grande como una polla pequeña y lisa, hurgando en mi boca como si de una serpiente se tratara, todo eso acompañado de sus belfos tan activos y dominantes, eran un deleité para mis 8 años cumplidos.

Papá sabía dominarme como solo un hombre podía con un niño.

Su boca era mi droga y su lengua mi éxtasis. Su aliento me daba vida y su saliva me hacía querer vivir de ella.

Mis párpados se llenaron de lágrimas de satisfacción.

El placer de ser sometido por mi progenitor era sobrecogedor y al mismo tiempo tan perfecto.

Podía escuchar sus jadeos roncos, sus balbuceos de querer follarme como su perra, su lengua y labios probando todo los tipos de besos que él conocía e incluso sus manos agarrando mi rostro para sujetarme, con el resto de su cuerpo sujeto por sus rodillas a los costados de mí, con sus piernas gruesas a los lados como murallas impenetrables.

El calor de su cuerpo era perfecto, caliente y reconfortante, el hedor que liberaba de sus axilas era sucio y ácido, sin bañar.

Entre besos y jadeos, podía sentir su polla punzar contra la mía, la monstruosidad con mi delicado pene de niño.

El glande marcandose sobre mi piel como un sello personal.

Un sello similar al que le ponen al ganado en las granjas.

Me había convertido en la yegua marcada por mi padre.

Mis dedos bajaron hasta los pezones negros como el carbón de mi progenitor, y los pellizqué.

Escuché un sonido ronco y un gruñido de su parte.

—Eres muy travieso, bebé —dijo mi padre entre besos. Sin soltar mi boca de la suya.

Me divertí pellizcando sus pezones, estirandolos, masajeandolos e incluso aplastandolos entre mis dedos mientras escuchaba los ruidos graves y obscenos de mi papá.

El placer en sus ojos y el sonido gultural de gusto en sus labios.

Sin embargo, algo se sintió distinto por un momento.

Ante su presencia animal, sentí como me besaba por última vez antes de levantarse.

—No puedo seguir. Debo irme.

Papá me miró con culpa antes de alejarse rápidamente.

Solo me quedé quieto en la cama, esperando.

Sabía que esto pasaría. El último rastro de remordimiento que le quedaba estaba haciendo mella en él, pero no importaba. No después de haber llegado tan lejos.

Conté los segundos, hasta que lo ví volver, inseguro, en la entrada de la habitación.

Con su postura caída, pero abarcando todo el espacio de la entrada.

Tan gigante y músculoso para mí.

Acostado bocarriba, agarré mis piernas y las abrí para él, exponiendo fácilmente mi ano rosado.

Ante la mirada oscura y deseosa de mi padre, dilaté y contrajé mi ano en espasmos.

Pude ver en sus ojos como el placer de lo que veía lo estaba consumiendo.

El iris opaco en su reflejo, su respiración pesada y sus labios entre abiertos, incapaz de despegar su mirada de mí.

Lujuriosa, necesitada.

—Papi. Tengo hambre. ¿Puedes llenarme con tu polla de hombre hasta alimentarme con tu leche masculina?

Mi voz aguda y anhelante hizo que mi padre volviera a la cama.

Sus pasos pesados sonaron en el suelo con la fuerza de una bestia.

Sentí como agarraba mis caderas y las jalaba hasta el borde de la cama.

Sin miramientos, mi padre metió su cara en mi culo, pasando su lengua por mi ano y haciéndome gritar de gusto.

—¡Papi!

—Calla, sucia zorra —mi padre me dió una nalgada por mi gemido, pero no me detuve.

La habitación se llenó de gemidos, succiones y el golpe de piel de nalgadas por desobediente.

Mi agujero quedó lleno de saliva, abierto y brillando gracias a los cuidados de la boca de mi progenitor. Mis nalgas estaban rojas por las nalgadas, reluciendo como melones maduros.

Su rostro y barba estaban llenos de saliva, pero no parecía importarle.

Se levantó por encima de mi, mostrando la diferencia abismal que había entre su cuerpo y el mío.

Sacó de un cajón cercano lubricante en un bote, y echó una buena cantidad en su polla y mi culo.

Sus dedos gruesos entraron y salieron de mi ano con facilidad, haciéndome gemir.

—Rico, Papi.

—Voy a romperte ese culo virgen que tienes, zorrita —sus dedos entraron en mi culo y lo estiraron a los lados, haciéndome jadear de gusto.

La carne interna se estiró a su placer y le escuché gemir de gusto.

—Tienes un buen culo, hijo. Perfecto para la polla de papá.

—Sí, Papi. Metemelo todo.

Mi padre me miró con una sonrisa mordaz. Agarró su hombría con su mano derecha y la agitó cerca de mi agujero abierto. El glande rozó mi piel haciéndome estremecer.

—¿La quieres, pequeña zorra? ¿Deseas la polla de papá? —preguntó mi progenitor con la voz grave y excitada.

—Sí, papi. La quiero toda. Lléname con ella.

Papá probó meter la cabeza de su pene en mi agujero. Mi ano se estiró de sobremanera sacándome un jadeo, luego mi padre sacó su glande, dejándome un vacío en mi culo.

—¡Papi, por favor! —gemí necesitado.

La sonrisa en mi padre se profundizó, parecía deleitarse por mi sufrimiento sexual.

—Dimelo, bebé. ¿Quieres la polla que te dió la vida en tu culo? ¿Deseas ser la nueva putita de papá? —su voz grave bajó unos tonos, punzando su polla en mi ano, la carne siendo presionada hacia dentro, listo para entrar.

—Por favor, quiero ser tu puta, Papi. Quiero sentir la polla que me dió la vida.

—Tus deseos son órdenes, bebé. Voy a dejarte conocer a tus hermanitos cuando termine contigo.

Empujando su cuerpo hacia adelante y con su polla entrando de golpe, miré hacia el techo de la habitación sintiéndome abrumado.

Mi carne anal fue abierta rápidamente por su polla. Los pliegues de mi culo le hicieron cabida formando un círculo perfecto a su alrededor.

Pude sentir el glande presionar mi próstata mientras la base gruesa de su pene hacía estragos en mi culo.

La piel se estiraba hasta sus límites, el grosor seguía entrando y apenas llevaba la mitad de su polla, pero ya me sentía lleno.

—¡Todavia no es suficiente! —dijo mi padre con un gemido ronco.

Tomó mi cuerpo y lo levantó sobre su pelvis, me agarré a sus hombros con mis manos y me sostuve de sus caderas con mis piernas.

La punta del glande pasó de presionar mi próstata a subir por el resto de mi conducto rectal, rompiendo un circulo de carne que había por encima. El grosor siguió entrando, abriendo más mi ano y haciéndome gritar de placer.

—¡Oh, papi! ¡Se siente tan bien! ¡Es muy grande, papi!

Mis gemidos eran altos y agudos, lágrimas de placer pasaban por mis párpados mientras miraba al techo incapaz de mirar el rostro de mi padre.

Sentía que si lo miraba no podría evitar decir lo que sentía en mi corazón.

Sentimientos que pensé nunca tener oportunidad de decir.

Papá siguió metiendo su polla, cada centímetro de los 28 en mi culo.

Ninguna parte de su pene quedó fuera y cuando hubo metido todo, ambos nos sumimos en un silencio donde solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas.

Papá y yo nos miramos y lo que sentía salió de mis labios sin poder evitarlo.

—Te amo, papá.

Mi padre me miró intensamente, luego ajustó con sus manos mi trasero en su polla, sacando y metiéndola en un vaivén tosco.

Gemí por eso y luego escuché las palabras de mi padre.

—Voy a romperte el culo, hijo. Prepárate.

Con aquella afirmación, empezó a subirme por encima de su polla, la carne saliendo en cada centímetro hasta llegar a la mitad.

Sus dedos amasaban fuertemente mis glúteos redondos.

Parecían dos melones perfectamente delineados y curvados hacia mi ano estirado, donde su polla bronceada de hombre hacía destrozos por dentro.

Dejando caer mi cuerpo, la mitad de su polla volvió a entrar en mí.

—¡Papi!

—¡Dios!

Ambos soltamos un gemido de satisfacción, el sonido de la carne húmeda nos hizo sonreír.

Subiendo y bajando mi culo, mi padre fué sacando y metiendo su polla.

Siempre hasta la mitad, siempre dejándome caer.

Sus testículos rebotaban contra mis nalgas fuertemente, la piel de sus piernas chocando contra mi culo, haciendo el sonido de palmadas.

El sonido obsceno de su polla saliendo y entrando, acompañado de los golpes de piel, hizo que ambos nos quedáramos en silencio, aguantando las ganas de gemir.

Nos miramos mutuamente mientras sentíamos el cuerpo del otro.

Papá disfrutaba de la suavidad y humedad de mi culo, la carne de mi ano recibiendo a su polla con facilidad, los pliegues amasando sus venas y delineando su hombría hasta hundirla en lo más profundo de mi agujero infantil.

En cambio, yo sentía cada centímetro de su hombría. La piel de su polla se estiraba en cada penetración, el grosor se ensanchaba en espasmos y las venas se marcaban en mi interior.

Era como tocar con mis labios aquella polla monstruosa y besarla.

Mi ano estaba siendo perforado y amado por el pene bestial de papá.

Una verga fea en apariencia, pero tan perfecta en follar como lo suponía.

Gruesa al punto de romper los límites de mi ano, duro como un fierro caliente, largo como para llenarme y perfectamente gorda para hacerme pedir más.

Era el pene perfecta para mí.

La polla de papá.

—¡Papi!

—¡Hijo!

Ambos nos besamos y los golpes de piel fueron más rápidos.

El vaivén de mi progenitor era rudo, el movimiento de su pelvis subía y bajaba, su abdomen serpenteaba y la espalda la tenía encorvada.

A papá no le bastaba con subir mi culo y dejarme caer en su polla, ahora usaba todo su cuerpo para darse impulso, y penetrarme con más ímpetu.

Lloré cada nueva penetración profunda y gemí ante la sensación de desgarro en mi ano.

No era doloroso, solo un hormigueo que me hacía gemir de gusto.

Papá estaba moldeando con su polla mi virginal ano, convirtiéndolo en su vagina personal.

Mi culo se estaba transformando en el depósito de su polla, dónde descansaría y llenaría de semen hasta ahogarme de él. Haciendo que mis hermanitos descansarán en mi culo.

La polla de papá estaba convirtiendo mi agujero en la vagina de una puta.

—¡Papi!

—¡Aguanta, bebé! ¡Pronto terminará!

Con esas palabras, soporté las ganas de venirme, sintiendo su polla hacer destrozos en mi culo.

La carne bombeaba con fuerza, la piel estaba estirada, y sentía mi ano colgar hacia afuera, succionando la polla de mi padre en cada arremetida.

Se sentía raro, como si mi culo se hubiera estirado, y cuando bajé la vista entre los pectorales de mi progenitor, lo ví.

Mi culo era una masa cilíndrica casi amorfa pegada a la verga de papá. No parecía un ano, sino un pliegue de carne que se tragaba al monstruo que tenía mi padre por polla.

Me sentí confundido y mareado y rápidamente papá se dió cuenta de mi estado.

—Dejame arreglarlo, hijo —habló mi papá con voz ronca.

Una embestida contundente golpeó mi culo, hundiendolo de nuevo hacia mí y convirtiendo el cilindro de carne en mi ano de siempre, aunque un poco más abierto hacia abajo.

Besé los labios de papá, maravillado por lo que había hecho.

—¡Eres increíble, papi!

—Soy tu hombre. Mi deber es cuidar de mi putita necesitada de polla. ¿No es así? —Su tono altivo y mordaz me hizo amarlo todavía más.

Besé sus labios y sentí su lengua jugar con la mía, al separarnos le respondí.

—Lo eres, papi. Mi macho alfa.

Sus penetraciones volvieron a ser lentas, pero mantuvo su iniciativa de golpearme con su pelvis.

Me abracé a sus hombros y me dejé llevar por sus movimientos.

Bajé mi cabeza a sus pectorales y besé sus pezones negros, chupando con mis labios y lamiendo con mi lengua.

Eran tan dulces al tacto, deliciosos que no pude evitar morderlos.

Papá soltó un jadeo adolorido.

—¡Maldita, putita! ¡Vas a pagar por eso!

Ignoré sus jadeos de dolor, besando y mordiendo ambos pezones negros.

Como adoraba tenerlos en mis labios.

Eran carnosos, duros y con un sabor a hombre sudoroso y salado. Tan rico que me daban ganas de chupar por horas.

Mientras papá me embestia con fuerza, yo me deleité con chupar sus pezones como un bebé recién nacido, deseando sacarle la leche de sus hermosos pectorales musculosos.

—¡Puta! ¡Que rico chupas!

La voz ronca de papá me hizo gemir y seguí con lo mío.

Sus pezones carnosos eran deliciosos de probar, los amasé con mis labios, luego los estiré y por último los mordí. Escuchando los jadeos roncos de mi padre, pasé a succionar con fuerza, disfrutando del sabor masculino y a testosterona que expelia de su piel sudorosa.

De tanto succionar, sentí algo romperse en los pezones de mi padre, y un líquido amargo y espeso salió de la punta.

Al mirar de cerca, era leche.

Mi padre se sorprendió al igual que yo.

—¡Papi! ¡Mira! ¡Estás soltando leche como una mujer!

Mi padre pasó de la sorpresa al enojo, parecía como si su orgullo de hombre lo hubieran herido y no podía evitar expresarlo.

—¡Hijo de puta! ¡Todo es tu culpa por andar de puta golosa! ¡Ahora tu padre echa leche como esas perras paridas! ¡Será mejor que te la comas toda!

El tono de voz de mi padre era eufórica y ronca. Su enojo por herir a su orgullo de macho había pasado a la satisfacción. Maravillado por aquel descubrimiento.

Jamás nos imaginamos que el podría producir leche de sus pectorales.

Sin embargo, estaba feliz por eso. Como un bebé recién nacido, empezé a succionar con fuerza, sacando chorros de leche de sus pezones y pecho.

Papá jadeaba en voz alta. Cada gemido grave llenó de placer y necesidad.

—¡Maldicion! ¡Que rico se siente!

—¡Chupa bien, putita! ¡Saca toda la leche de papá de sus pectorales de hombre!

Hice caso, cada succión iba seguido de un jugo blanco que pasaba por mi lengua y era tragada por mi garganta. Mi manzanita de Adán subía y bajaba entre succiones de leche.

El espesor caliente me hacía gemir, y la sensación pegajosa con un ligero sabor a aceite era delicioso de probar.

La leche de papá era esquisita sin importar su sabor. Solo por el hecho de salir de sus tetas de hombre. De sus pezones negros y gordos.

Mi paladar había perdido el gusto por la saliva de mi padre y ahora solo quedaba el sabor de la leche de hombre de sus pechos.

Terminando con la boca con un regusto amargo y lechoso.

Lamí mis labios manchados de blanco y miré los pezones negros de mi padre.

Goteaban de la base, leche caliente y espesa, podía ver en la punta, el agujero que se había formado en cada pezon negro, por el cual, salía su leche de hombre.

Sonreí encantado y seguí jugando con sus pezones negros como el carbón.

Papá me miró con deleité al disfrutar de sus pechos de hombre. Moviendo su pelvis en vaivenes toscos, follandome con su polla como solo él sabía hacerlo. Crudo y duro.

El agarre de sus manos en mis nalgas era firme, las subía y bajaba con maestría, dejando que mi agujero hiciera todo el trabajo de sacar y meter su polla, mientras que sus embestidas, eran más para profundizar su polla en mi culo y llegar más lejos.

Sus abdominales rozaban mi pene, poniendo sensible mi glande y el sudor de su cuerpo estaba empezando a mojarme.

El olor a sobaco era impresionante, y un nuevo olor estaba saliendo de sus huevos.

Un aroma a limpio que podía deducir que era.

Semen.

Espeso, crudo y grueso semen de macho. Acumulado en sus sudadas bolas por días o incluso semanas.

Semen que iba a dar de comer a mi infantil culo y que sería mi alimento junto a su leche de hombre por el resto de mi vida.

La leche dónde mi padre tenía a mis hermanitos.

Era el semen de papá.

Mi hermoso macho y semental preñador.

—¡Voy a correrme, hijo!

—¡Hazlo, papi!

Sus gemidos roncos siguieron a los míos y ambos nos dejamos llevar por el éxtasis.

Mi pene tembló en mi pelvis. Dos chorros de orina cayeron en el abdomen de mi padre, mojando su piel canela. Mi carne anal se dilató y contrajo ante mi eyaculación precoz, y mi padre disfrutó de sentir mi culo apretarlo antes de deslecharse.

—¡Papi!

—¡Hijo!

Ambos nos besamos.

Sintiendo los temblores de mi progenitor, sabía lo que venía.

En mi culo, un líquido espeso y caliente empezó a inundarlo. Además, de sus dos pezones negros, dos chorros de leche salieron, mojando mi rostro y pecho. Acompañado de sus chorros potentes de semen que golpeaban mi carne anal, me hicieron estremecer.

Papá soltó una carcajada por mis espasmos entre chorros.

—Es solo semen hijo, no te asustes.

—Papi, es mucho semen.

—Todo para tí, bebé. Para bautizar tu ano desvirgado y tu nueva vida como mi putita personal. ¿Lo entiendes?

El tono ronco y grave de su voz me hizo estremecer, asentí con la cabeza.

—Lo entiendo, papi.

—Buen chico.

Papá me acostó en la cama con él encima mío, juntamos nuestros labios y nos besamos mientras su polla seguía llenandome de semen.

Al decimo quinto chorro, se detuvo.

Papá dejó de besarme y acomodó mis piernas a los lados de las suyas.

—¿Listo para una segunda ronda?

Su voz altiva y ronca me hizo suspirar.

—Listo, Papi.

—Buena putita.

Sus vaivenes hicieron rechinar la cama y golpear la cabecilla contra la pared.

Escuchamos las quejas de los vecinos, pero no nos importó.

Papá inició sus penetraciones dejándome gemir a gusto.

Haciendole saber a todos en el edificio que mi padre era mi macho semental. El hombre que me había vuelto su putita.

Sentí sus labios bajar a mi pecho para lamer su leche de hombre que me había chorreado antes.

—No puedo creer que te comieras esto. Sabe horrible.

—Adoro tu leche Papi.

—Más te vale, puta.

Con su tono de voz ronca, papá pasó a chupar mis pezones.

Haciéndome gritar ante sus mordidas, estirando mis pezones rosados con sus dientes y haciéndome llorar de dolor.

—Te dije que me lo pagarías, putita.

—¡Papi, duele mucho!

—Aguantate. Es lo que te mereces por desobedecerme.

—¡Sí, papi!

Los vecinos se quejaron más alto y mi padre soltó una carcajada.

Me tapó la boca con su mano, y me llevó, todavía pegado a mi culo con su polla, hacia el pasillo, donde me recostó en la alfombra y finalmente quitó su mano de mi boca.

—Ahora puedes gemir todo lo que quieras. Nadie te oira.

Hice caso, sintiendo sus dientes volver a mis pezones.

Su polla volvió a desgarrar mi ano, y solo pude gemir por el placer mezclado con dolor.

Papá era una bestia. Todo de él lo era, y por eso lo amaba.

—Te amo, papá.

Mi padre dejó de morder mis pezones, lamió la sangre que salió de uno de ellos y lo que parecía ser leche.

—Parece que la leche de hombre es de familia, hijo —con su voz grave y mordaz, mi progenitor empezó a succionar la leche de mis pezones.

Agarré su cabeza con mis manitas infantiles, llorando por lo incómodo que era.

Su pene volvió a meter mi culo desgarrado en su lugar, continuando con las penetraciones bestiales.

El sonido obsceno de la piel chocando y su polla entrando y saliendo de mi agujero era secundado por mis gemidos de dolor y las succiones que hacia mi padre en mis pezones rosados.

—Tu leche es más dulce, hijo. Papá debe alimentarse para follarte bien.

—Sí, papi.

—Buena putita.

Sus labios pasaron a mi otro pezon, rompiendo la punta, sangre y leche salió del pequeño agujero que se había formado, y mi padre empezó a succionar con sus labios.

Podía ver su manzana de Adán subir y bajar al tragar mi leche de niño, y sus sonidos de gusto por el placer de probarla.

Su barba negra me picaba en la piel sensible.

Mis manos agarraron su cabello, miré hacia el techo, sintiendo el bombeo de sus caderas en mi culo, y no pude evitar sonreír.

Me sentía como un sueño.

—Te amo, hijo. Como no tienes idea.

Miré hacia abajo y mi padre me estaba mirando a los ojos.

Su boca había dejado de chupar mi leche y me miraba con un deseo ferviente.

Sus embestidas no se detenían, mi culo se resentia, calambres empezaban a llegar a mi ano, pero nada de eso importaba.

—¡Papá! —dije con lágrimas en los párpados.

—Te amo, hijo —su voz fue suave y ronca. Su mirada ardiente perforando mi rostro lloroso.

—¡Te amo, papá! —dije dejando salir mis lágrimas.

Papá las limpió con sus dedos, antes de subir su rostro a la altura del mío y besarme.

—No llores, hijo. Si lo haces, me harás pensar que te he fallado como padre.

—Lo siento.

—No te disculpes. Ahora soy tu hombre. Lo único que debe salir de tus labios son tus gemidos, y lo mucho que me amas a mi y a mi polla. ¿Entendido?

—¡Sí, papi!

—Buen chico.

Ambos nos besamos, nuestros pechos se juntaron, y de nuestros pezones, dos negros y dos rosados, salieron unos chorros de leche espesa.

Era la leche de papá y yo.

El amor de ambos.

Fin.

Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi. Si desean charlar, estoy en telegram.

@Remaster64TL28.

Nos leemos luego.

8 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Remaster64
Etiquetas: anal, follar, hijo, maduros, mayor, padre, primos, semen
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