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Fetichismo, Heterosexual, Orgias

Magdalena la Putita

Nadie le puso atención nunca. Ni el padre, que solo trabajaba y se iba a tomar, ni la madre, que se ganaba la vida abriendo las piernas y la cabeza la tenía en cualquier lado menos en su hija. Por eso, cuando Magdalena llegó al mundo, a nadie le tembló el pulso: bastó con meterle hormonas del crecim.
Magdalena crece en un barrio pobre, en una familia disfuncional; sus padres no se aman y no le dan atención a la pequeña. Cuando nace, a sus padres solo les importa que, cuando crezca, van a ganar dinero con ella prostituyéndola, así que empiezan a alimentarla con hormonas del crecimiento en la comida. Su padre nunca está en la casa: solo trabaja y se va a tomar con sus amigos. Su madre es una puta en toda regla: gana dinero follando todo el día y a veces se deja coger por drogas o por diversión.

Cuando Magdalena cumple un año, su cuerpo parece el de una niña de tres, ya desarrollado, así que su madre empieza a enseñarle a ser una putita: la viste con ropa reveladora, le enseña porno y cómo satisfacer a un hombre. También le enseña a masturbarse, porque, gracias a las hormonas, su clítoris se ha desarrollado lo suficiente para darse placer. Esto hace que Magda se vuelva adicta a la paja y al porno cuando apenas tiene un año de vida.

Un día que su madre está siendo follada brutalmente en su cuarto, Magda está en el suyo, sola, jugando con su cuerpo. En eso pasa un negro pervertido que ya la había visto antes. Pasa y lo primero que hace al verla es quitarse el short, mostrándole su enorme verga negra, erecta, goteando líquido preseminal. Esto le causa curiosidad a la niña, que quiere tocar esa jugosa verga. El negro le enseña a hacerle una paja; ella lo hace torpemente, porque es su primera vez, pero alcanza para que el negro se venga a chorros en su carita. Esto no satisface al negro, que la pone en cuatro sobre su camita y le corre la faldita. El negro queda asombrado por el culaso de la niña: sobredesarrollado pero redondito, suave y acorde a su pequeño cuerpo. El pervertido empieza a masturbarse y a sacarle fotos a ese culito follable; no puede creer que esa niña tenga solo un año de vida.

El negro tiene unas tremendas ganas de romperle ese culito y ese coñito en ese momento, pero sabe que le podría hacer daño a la niña, así que coloca su enorme verga entre los muslos de Magda, haciendo contacto con su vulvita, y comienza a arremeter como si se la follara. La escena es hermosa: la pequeña Magda en cuatro mientras un negro simula follarla, la niña gime de placer porque la verga venosa del negro le soba el clítoris. El negro se detiene cada unas cuantas arremetidas para no venirse tan rápido, ya que ver cómo se mueve ese culito y escuchar a esa pequeña niña gemir de placer pidiendo más… cualquiera aguantaría poco. El negro aprovecha para grabar toda la situación y no olvidar nunca este bello momento. Quince minutos arremetiendo y el negro empieza a venirse encima del culito de Magda. Al estar tan excitado, no para de venirse en un buen rato encima de ella, dejándole el culito completamente cubierto de semen y el coñito totalmente tapado en su leche. El negro fotografía lo empapada que quedó la pequeña Magda y se va corriendo de ahí para que la madre de la niña no lo descubra.

Un momento después de lo sucedido, la madre de Magda la va a buscar a su cuarto para llevarle la cena, llena de pastillas hormonales, y descubre a la pequeña desnuda de la cintura para abajo, en cuatro, con el culo parado y la cara contra la cama, el coño y el culito completamente cubiertos de semen. Al principio se asusta, pero después se da cuenta de que falta poco para empezar a ganar dinero con la pequeña Magda. Deja la cena en su cuarto y le toma unas fotos para subirlas a redes de pedófilos. Aunque, tonta de tanta adicción, se olvida por completo de subirlas: quedan ahí, en el celular, esperando.

Al día siguiente, el negro volvió. Y no la folló. Todavía no. Volvió a mirarla, volvió a probarla con los dedos, volvió a meter su verga entre los muslos de la nena y a correrse encima, y se fue. Y a los dos días volvió otra vez. Y después otra vez. Y así, día tras día, durante meses.

Se hizo costumbre. El tipo entra a la casa como si fuera suya, porque la madre, tonta de tanta adicción, ya ni pregunta. Le da igual: si el negro aparece a la mañana, a la tarde o a la noche, ella lo deja pasar y sigue con lo suyo, follando con quien sea, durmiendo la mona, sin enterarse de nada. Y el negro va derecho al cuarto de la nena.

Y ahí, en ese cuarto, durante dos años, pasa de todo. Menos follarla.

Le enseña a hacerle la paja, primero con una mano, después con las dos. Le enseña a chupar. Le pone la verga en la boquita y la nena la chupa, torpe al principio, y con el tiempo empieza a chuparla como una grande: se la mete hasta la garganta, aguanta, babea, la saca y vuelve a entrar. El negro se corre en su carita, en su pechito, en su pelo, y después la limpia con la mano y le saca una foto.

Porque de eso también se encarga: de las fotos. Le saca fotos de todo. De la nena chupándole la verga, de la nena con la boca llena de leche, de la nena en cuatro mostrando el culito, de la nena dormida con la cara manchada. Graba videos con el celular. Guarda todo. Y la nena, mientras, se acostumbra, le toma el gusto y espera al negro cada día.

Y el cuerpo de la nena sigue creciendo. No como un cuerpo normal: como una locura. Las hormonas siguen haciendo lo suyo, y a los dos años de esto Magdalena ya no parece una bebé. Tiene tres años, pero aparenta cinco: una carita de nena con un cuerpo que no le corresponde. Un culito redondo, parado, carnoso, de esos que se ven de lejos; piernas de nena pero definidas, con carne y con forma, que se le marcan al caminar; la cadera bien marcada, más ancha de lo que debería; el abdomen plano, suave, tirante; el coñito y el culito ya formados. Lo único que no se le desarrolló fue el pecho: le quedó chato, liso, sin nada, como el de una bebé. Y justamente por eso, porque era lo único que le faltaba, el resto del cuerpo se veía todavía más exagerado.

El negro la mira y no lo puede creer. Le saca fotos y las fotos no le hacen justicia. La nena tiene tres años y ya tiene más culo que muchas mujeres grandes, y encima con esa carita y ese pecho chato que la delatan: es una nena, una nena de tres años, y el cuerpo se le está yendo de las manos.

Y sigue sin follarla. Se aguanta. No sabe bien por qué. Quizás porque le gusta tenerla así, entera, esperando. Quizás porque sabe que el día que la folle no hay vuelta atrás. Pero se aguanta dos años.

Hasta que un día no aguanta más.

Es una mañana como cualquier otra. En el cuarto de la madre la están follando otra vez, brutalmente, turnándose dos o tres tipos que gritan y se ríen, y la muy tonta gime como si le pagaran, que es exactamente lo que hace. El negro aprovecha y se mete en el cuarto de Magda. La nena está en cuatro sobre su camita, con la faldita levantada y el culito al aire. El negro se pone detrás y, en vez de meterse entre los muslos como siempre, apoya la punta contra la entrada. Magda siente el contacto y se tensa.

Dos años esperando esto.

El negro empuja despacio, muy despacio, y la punta entra. La nena abre los ojos. El negro espera. Vuelve a empujar, un centímetro, dos, y siente cómo ese coñito de nena se estira alrededor de su verga. Parece imposible, pero la nena lo va tomando. El negro mete y mete sin apuro, y cuando cree que ya no entra más, empuja otra vez y pasa. La verga se abre camino entera hasta el fondo.

Y Magda no grita. No llora. No se desespera. Al contrario: se le escapa un gemido largo y agudo, y las manos se le cierran en la sábana. Esto no le duele. Esto le gusta. Esto le encanta.

El negro empieza a moverse. Despacio primero, con la verga entera adentro, sintiendo cada pared del coñito apretarle. La nena responde: mueve la colita, se arquea, le busca el ritmo. Como si tuviera años de experiencia. Como si tuviera los hoyos dilatados de fábrica.

—Más —pide Magda, y el negro no lo puede creer—. Más duro.

El negro se ríe y le da más duro. Ahora sí arremete, la agarra de las caderas y la empala contra su pelvis, y la nena pide más, pide más fuerte, pide todo. Una nena de tres años pidiendo que le rompan el coñito como una mujer hecha y derecha. El negro mira ese culito abrirse y cerrarse alrededor de su verga, mira la leche seca saltar con cada golpe, y siente que se vuelve loco. No aguanta mucho: a los pocos minutos se viene adentro, a chorros, llenándole el coñito con una leche nueva que tapa la vieja.

La cosa no termina ahí. El negro no se baja. Se viene, respira, saca la verga y la mira brillar con su propia leche… y a los dos minutos ya la tiene dura otra vez. La nena sigue en cuatro, esperando. El negro no la deja descansar: la da vuelta, la pone boca arriba, la vuelve a penetrar y arranca de nuevo. Como un toro. Insaciable. Una hora entera, sin parar.

En el otro cuarto, mientras tanto, la madre tiene su propia función. Los tipos la tienen abierta en la cama, uno adelante y otro atrás, y entre golpe y golpe uno le pregunta, con la respiración cortada:

—Che, ¿y la nena? ¿La dejás sola?

La madre, que apenas puede hablar de lo llena que está, contesta como puede:

—¿Magdita? —jadea—. Ahí está… en su cuarto… no sé, no me importa.

—¿No te importa?

—No —dice, y se ríe—. Que haga lo que quiera. Que la cojan. Que sufra lo mismo que yo. —Empuja para atrás, buscando más—. Yo solo quiero seguir follando. Nada más. Que me rompan. Y que la rompan a ella también. Es lo que hay.

El tipo se ríe y le da más fuerte, y la madre gime, y ninguno de los dos se vuelve a acordar de Magda.

Pero Magda, al lado, ya no es una nena que está aprendiendo. Magda lleva una hora entera empalada en esa verga de cuarenta centímetros y ya sabe lo que quiere. El negro la ha puesto en todas las poses que se le ocurren: en cuatro, de costado, boca arriba con las piernitas al aire, sentada encima de su verga como una mujercita. La ha follado sin piedad, sin bajar el ritmo, y cada tanto se detiene, se agarra la base y la llena de nuevo. Creampie tras creampie. La leche le sale por el coñito cuando la verga vuelve a entrar, blanca, espesa, y el negro la ve salir y se calienta más.

Y todo grabado. El celular apoyado en la mesita, filmando desde el principio. Cada arremetida, cada gemido, cada chorro adentro. El negro tiene material de sobra: tiene la primera vez de la nena, la tiene gimiendo, la tiene pidiendo más duro, la tiene llena de leche hasta el fondo. Mil veces mejor que las fotos que la madre nunca subió.

El negro es un toro y no se cansa. Magda tampoco. La nena aguanta todo lo que le dan y pide más, con la carita roja, el pelo pegado a la frente y el cuerpito brilloso de sudor. Cuando el negro se viene por quinta vez adentro suyo, ella levanta apenas la cabeza, lo mira y dice:

—Más.

Y el negro, que ya folló mujeres grandes, mira a esa nena de tres años con el coñito abierto y rebalsando su leche, y no lo puede creer.

El negro no se conforma con tenerla para él solo. Después de la hora de follarla, saca el celular, escribe unos mensajes y se ríe solo. Ya está. Ya llamó a los muchachos.

Una hora más tarde, la casa se llena de negros. Cuatro. Todos iguales a él: grandotes, pervertidos, enfermos, y con la verga igual de voluminosa. Entran al cuarto, ven a la nena en cuatro sobre la camita, el culito al aire y el coñito rebalsando leche, y se les para la polla ahí mismo.

—¿Esta es la bebé de la que hablabas? —pregunta uno, incrédulo.

—Esta es —dice el primero—. Tres años. Y aguanta más que muchas grandes.

—Tres años, la puta madre. Mirá ese culo. Y no tiene tetas.

—No —dice el negro—. Es lo único que no le creció. Y por eso está mejor.

Los tipos se sacan la ropa. Los celulares ya están acomodados: uno en la mesita, otro en la silla, otro en el piso, otro en la mano de uno de ellos. Cuatro cámaras, cuatro ángulos. La nena está rodeada de vergas negras y no se asusta. Al contrario: las mira una por una y espera.

El primero se le pone adelante y le apoya la punta en la boquita. Magda abre, chupa, y el tipo empuja. Y empuja. Y empuja. La verga le entra hasta la garganta, más de lo que debería entrar en una nena de tres años, y ella lo aguanta. Garganta profunda, a la primera. El tipo gime y le habla:

—Tomá, bebé, tomá toda. Mirá lo que hacés con esa boquita.

Mientras uno le llena la boca, otro le agarra la manita y se la cierra alrededor de su verga. La nena lo masturba torpemente, pero aprieta, y el tipo se ríe y le dice guarangadas al oído. Un tercero se sienta en la cama y le pone los piececitos de Magda encima de su polla; la nena los mueve arriba y abajo y el tipo se corre ahí mismo, entre sus deditos. Un cuarto le pasa la verga entre los muslos, entre las piernitas apretadas, y arremete como si la follara, y a Magda eso le encanta porque la punta le roza el coñito.

La pasan de mano en mano. Uno la levanta, la apoya contra su pecho y la empala; otro se le pone atrás y le usa el culito; otro le agarra la carita y le mete la verga en la boca. Y la nena, en el medio, con las tres cosas a la vez, no se queja: gime. La tienen de todos lados, la usan como quieren, y ella se deja usar.

—¿Cuántos años tenés, eh? —le pregunta uno, con la verga en la mano—. Decime.

Magda levanta tres deditos.

—Tres.

—Tres años y ya te cogés cuatro negros. Estás loca, nena. Parecés de cinco y cogés como de veinte.

Se ríen todos. Otro le levanta la carita con dos dedos y le pregunta:

—¿Y te gusta esto? ¿Te gusta que te usen así?

—Sí —dice ella.

—¿Querés más?

—Más.

—¿Dónde te gusta, bebé? ¿Acá? —y le toca el coñito.

—Ahí.

—¿Y acá? —y le roza el culito.

—También.

Los tipos se miran y se cagan de risa. Una nena de tres años eligiendo dónde le gusta que la cojan. La vuelven a poner en cuatro y le hacen doble penetración: uno en el coñito, otro en el culito, y la nena abierta como una mujercita. La verga de atrás le roza por dentro la de adelante, y Magda grita de placer, y los dos arremeten al mismo tiempo, y el celular del piso graba todo desde abajo.

Después la sacan, la sientan en la cama y le acaban encima. Uno en la cara, otro en el pechito chato, otro en las piernas, otro en el pelo. La bañan de leche, la dejan pegajosa de arriba abajo, y la nena se lame los labios y sonríe. Uno le pregunta, mientras graba con el celular pegado a su carita:

—¿Y ahora qué querés, Magdita?

Ella, con la cara blanca de semen y los ojitos brillantes, contesta sin dudar:

—Más.

Y los tipos no tienen apuro. Tienen toda la tarde, tienen cerveza en la heladera y tienen a la nena más rara del barrio en cuatro sobre la cama. Así que se organizan. Se turnan. Como si la nena fuera un juguete que va pasando de mano en mano, y cada uno la usa hasta que se corre y después se la pasa al siguiente sin decir nada.

El primero la agarra de las caderas y la empala despacio, mirando cómo el culito se le abre y se le cierra. La nena gime. El tipo arremete cada vez más fuerte, hasta que se viene adentro y la deja rebalsando. Apenas se saca, el segundo ya está atrás, listo, y la penetra antes de que la leche deje de salir. Después el tercero, después el cuarto, después otra vez el negro original, y así, en cadena, uno atrás del otro. Cada uno le deja su chorro adentro y el coñito de la nena se va llenando de leche que después le gotea por las piernitas.

A la hora ya perdió la cuenta. Cinco, seis, siete creampies. El colchón está empapado. La nena tiene el pelo pegado, la carita roja y el cuerpito brilloso de sudor, y sigue en cuatro, esperando el próximo.

Pero no todo es coñito. Los tipos van cambiando, porque también se aburren, y ahí empieza lo bueno. Uno le pide la boca: le agarra la cabeza con las dos manos y le mete la verga hasta la garganta, y la nena traga, traga, traga, con los ojitos llorosos, sin sacarla. El tipo le habla:

—Eso, bebé, así. Tomá hasta el fondo. No te ahogues, que hay más.

Y cuando se corre, se corre adentro de la boca, y le dice que se lo trague. Magda traga. Le sale un hilito blanco por la comisura y se lo limpia con el dorso de la mano.

Otro la sienta en el borde de la cama y le pone las dos manitas alrededor de su verga. La nena lo masturba con las dos manos, apretando, y el tipo le enseña el ritmo:

—Así, más rápido. Con las dos. Eso. Mirá cómo te queda la verga entre las manitos.

La nena aprende rápido. Cuando el tipo se corre, lo hace en su pechito chato, y el blanco se le desliza por la piel.

Otro se acuesta y le pone los dos piececitos encima de la polla, y le enseña a frotar. Los pies chiquitos, suaves, apretándole la verga, y el tipo gime y le dice guarangadas. Se corre en las plantitas de los pies y después se los lame uno por uno, como si fueran un postre.

Y otro la pone de costado y le mete la verga entre los muslos, entre las piernas apretadas, y arremete hasta correrse en su cadera. Y otro la levanta en el aire, la sostiene con las manos debajo del culito y la empala ahí mismo, y la nena queda colgada de esa verga, abrazada al cuello del tipo, meciéndose, con los pies sin tocar la cama, y los demás aplauden y graban y le gritan cosas.

A esa altura ya son las cinco de la tarde. Nadie comió. Nadie se acuerda de nada. Uno de los tipos se va al living, se sirve una cerveza, prende un cigarro y vuelve con la lata en la mano. Se sienta a mirar cómo los otros la usan y comenta como si fuera un partido:

—Pará, pará, mirá cómo le entra. La puta madre, y tiene tres años.

—Tres años y ya se la cogieron siete —dice otro—. ¿Vos te acordás a los tuyos a los doce? Un desastre.

—Esta nos va a hacer ricos —dice el negro original, y nadie sabe todavía lo cierto que es eso.

Se cagan de risa, chocan las latas y vuelven a la carga.

Ahora la ponen de pie sobre la cama y la sujetan entre dos, uno adelante y uno atrás. La verga de atrás le abre el culito y la de adelante le entra en la boquita, y la nena queda empalada por los dos lados, con la cabeza y el culito llenos, y los tipos empujan al mismo tiempo, y a Magda se le escapan unos gemiditos ahogados que se pierden en la verga que tiene en la boca. Eso es lo que los vuelve locos: que una nena de tres años se deje hacer un sándwich sin quejarse.

La sacan, la bajan al piso, la ponen en cuatro sobre la alfombra y le dan unas nalgadas. La colita se le pone roja y ella grita y después se ríe, y el tipo le pregunta:

—¿Te gustan las nalgadas, eh? ¿Te gusta que te peguen?

—Sí —dice ella.

—¿Y esto? —y le da otra, más fuerte, y le tira del pelo para atrás, y le muestra su cara al celular—. Decile a la cámara cuántos años tenés.

—Tres.

—Tres años y ya sabés lo que es una verga. Estás perdida, nena.

La hacen hablar. Le enseñan palabras. Le dicen que diga «pija», y la nena dice «pija». Le dicen que diga «más fuerte», y la nena lo dice. Le dicen que diga «adentro», y la nena dice «adentro», y el tipo se ríe y se la mete hasta el fondo y le dice «adentro, ¿eh? Tomá, adentro», y se corre adentro otra vez, y ahora son ocho, nueve, diez, ya perdieron la cuenta en serio y uno la cuenta en voz alta para el video, como un relator:

—Diez adentro. Diez. ¿Quién da más?

Otro la levanta y la sienta en la mesa del comedor, que está fría, y la nena se estremece cuando el culo le toca la madera. La abre de piernas y la folla ahí, con los pies de la nena colgando, y los demás se sientan alrededor en las sillas a mirar, tomando cerveza, como si fuera una película. Y la nena se deja, y gime, y cuando el tipo se cansa otro ocupa su lugar, y la mesa se va manchando de leche y de sudor.

Después de un rato uno de los tipos llama a un amigo por teléfono. «Vení que te vas a cagar», le dice, y el amigo llega en veinte minutos, y cuando ve la escena se queda de una pieza, y a los dos minutos ya está con los pantalones abajo como los demás. Ahora son seis, después siete, y la casa parece un regimiento.

Los tipos van y vienen. Uno se baña, otro se queda dormido en el sillón del living con la verga todavía dura, y los otros siguen. Nadie la deja sola más de cinco minutos. Cada vez que alguien vuelve de la cocina, de la heladera, de fumar, la encuentra ahí, esperándolo, y le vuelve a abrir las piernitas y la penetra como si fuera la primera vez del día.

La nena aguanta horas. Horas de verdad. La follan toda la tarde, toda la noche, y ella no se rompe. El coñito ya está dilatado, acostumbrado, y cada verga nueva entra más fácil que la anterior. Los tipos lo comentan, incrédulos:

—Mirá cómo le queda el coñito. Como si fuera una grande.

—Mejor que una grande. Una grande se queja. Esta pide más.

Y pide más. Siempre pide más. A cada rato, entre gemido y gemido, se le escapa la misma palabra, la que ya aprendió y no suelta:

—Más.

A las 23:00 en punto, alguien mira el reloj y dice basta. No porque quieran parar, sino porque ya no dan más. La orgia se corta de golpe, como se corta una luz.

Los tipos se visten, se pasan los celulares de mano en mano, comparan lo que grabaron, se ríen y se palmean la espalda como si hubieran ganado un partido. Uno le da un beso en la frente a la nena, que sigue tirada boca arriba, abierta, goteando, con la mirada perdida y una sonrisa boba. Otro le revuelve el pelo. El negro original se agacha y le dice, bajito, como si le hablara a un animalito:

—Nos vemos pronto, Magdita.

Y se van. Uno por uno. La puerta se cierra y en la casa queda el silencio, el olor a sexo y la nena sola en su cuarto.

Pero ninguno llega a su casa y se acuesta. Ninguno. Ni uno solo.

Todos llegan, abren la compu y se ponen a subir. Uno corta los videos, les pone títulos, los comprime. Otro los cuelga en foros de pedófilos, en los mismos foros donde el primer negro la había descubierto, y escribe en el post: «miren esto, tres años de vida, cogida por siete negros, doce horas». Otro los manda por grupos de Telegram, por Discord, por donde se pueda. Otro los sube a la deep web, a un sitio raro que solo conocen los enfermos, y los pone a la venta: packs, videos largos, clips cortos, todo. Otro les pasa el material a otros tipos que también tienen nenas así, y empiezan a comparar, a presumir, a intercambiar.

En cuestión de horas, el nombre de Magdita empieza a circular. Nadie sabe bien de dónde salió, nadie sabe quién es, pero todos quieren verla. Los mensajes llueven: «¿quién es?», «¿es bebé de verdad?», «¿hay más?», «¿la prestás?». Los foros se vuelven locos. Los videos se llenan de comentarios. La nena, sin saberlo, dormida en su cama con el culito todavía abierto, se está volviendo famosa.

Y lo mejor de todo: en el cuarto de al lado, la madre duerme con un tipo al lado y otro tirado en el piso, sin enterarse de nada, con el celular apagado y las fotos de aquella tarde todavía sin subir. Su hija ya es un fenómeno en la deep web y ella ni lo sabe.

Los siete negros, cada uno en su casa, frente a su pantalla, se miran los videos que acaban de subir y no pueden creer lo que tienen entre manos. Uno ya está escribiendo en un foro. Otro ya está armando el próximo encuentro. Otro ya está calculando cuánto pueden cobrar.

La nena sigue dormida. Y del otro lado de la pantalla, el mundo acaba de descubrir a Magdita.

11 Lecturas/22 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Uncle_g00ner
Etiquetas: amigos, follando, hija, madre, orgia, padre, semen, sexo
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