24 de diciembre pt 4
ahora le toca a mario.
Alejandro bajó las escaleras todavía sintiendo el semen de Mario resbalarle despacio entre las nalgas. Cada paso le hacía recordar lo gruesa que había estado esa verga y lo fuerte que lo había follado. El suspensorio ya estaba manchado y el pantalón le marcaba el culo de una forma imposible de disimular del todo.
En la terraza los tres hombres seguían sentados. Mario tenía la cara un poco más calmada, pero cada vez que levantaba el vaso se le notaba un brillo raro en los ojos. Adalberto lo miraba de reojo, sonriendo por lo bajo, como si ya se hubiera dado cuenta de todo. Y Julio… el más viejo, el de sesenta y pico, la panza generosa y la sonrisa fácil… estaba justo frente a la puerta del pasillo.
Alejandro se detuvo un segundo. Julio levantó la vista y lo miró. No fue una mirada casual. Fue lenta, pesada, de arriba abajo. Se quedó un momento en la entrepierna de Alejandro, después subió hasta la cara y le sostuvo la mirada un segundo de más.
Alejandro sintió cómo se le apretaba otra vez el culo. Todavía tenía la leche de Mario adentro. Y ahora ese viejo lo estaba midiendo.
Julio se pasó la lengua por el labio inferior, casi sin darse cuenta, y volvió a mirar su vaso de whisky como si nada hubiera pasado.
Alejandro siguió caminando hacia la cocina, pero ya no podía pensar en otra cosa.
Alejandro todavía estaba en el pasillo cuando Adalberto se levantó de la terraza como si fuera al baño. Caminó directo hacia él, lo agarró del brazo con fuerza y lo jaló hacia el patio sin decir una sola palabra.
En cuanto estuvieron a oscuras, Adalberto lo empujó contra la pared y le habló al oído, la voz baja y cargada de arrechera:
—¿Tú crees que no sé lo que acabas de hacer arriba? Que le diste el culo a Mario… Yo también quiero, maricón. Quiero que me saques toda esta leche.
Alejandro le agarró el pecho, sintiendo el corazón del hombre golpearle la mano.
—Sí, papi… yo también quiero dártela… pero ahora no se puede. Se van a dar cuenta.
Adalberto no escuchó. Le tomó la mano a Alejandro y se la puso directo sobre el bulto grueso y duro que se le marcaba en el pantalón.
—Mira cómo me tienes, perra…
Justo en ese momento se escucharon pasos. El papá de Alejandro venía hacia el baño.
Adalberto soltó a Alejandro de golpe y se acomodó la verga como pudo, fingiendo que acababa de salir del sanitario. Alejandro se quedó congelado, el corazón en la garganta.
Su papá apareció en el umbral, sonriendo.
—Papi… estoy en fila, ahora vengo yo —dijo Alejandro, tratando de sonar normal.
El hombre le dio un beso en la cabeza, cariñoso, sin sospechar nada.
—No te preocupes, campeón. Meo a los dos al tiempo, ni que no te conociera.
Después miró a Adalberto:
—Se me acabó el whisky. Ya que tienes el carro ahí afuera, ¿puedes ir a comprar? Yo te doy la plata.
Adalberto ni siquiera lo pensó.
—Dale, dale… no te preocupes. Solo dile a Alejo que me acompañe, que por acá no conozco bien.
El papá de Alejandro asintió sin pensarlo dos veces:
—Claro que sí. Llévatelo.
Alejandro salió detrás de Adalberto. Al cruzar la terraza, Mario levantó la mirada. Le dedicó una sonrisa pícara, lenta, y le guiñó un ojo con toda la intención del mundo. Alejandro sintió un escalofrío entre las nalgas… todavía tenía la leche de ese mismo hombre resbalándole por dentro.
Subieron al carro. Adalberto arrancó sin decir mucho. La ciudad estaba iluminada con luces de Navidad, faroles decorados, alguna gente caminando con bolsas de regalo. El olor a pavo y canela se quedó atrás; ahora solo se sentía el cuero del asiento y el whisky en el aliento del hombre.
Apenas doblaron la primera esquina, Adalberto se bajó el cierre, sacó la verga completa y la dejó caer pesada sobre el muslo.
Veinte centímetros. Más gruesa que la de Mario. Una verga cabezona, morada, ya completamente dura, brillando un poco en la punta.
—Vení chupando hasta que lleguemos, perra.
Alejandro no esperó. Se inclinó de inmediato, como una perrita ansiosa, y se la metió entera a la boca. Adalberto soltó un gruñido bajo y le agarró el cabello con una mano, empujándolo más abajo.
Mientras manejaba por las calles, le daba cachetadas suaves pero firmes en la cara. Cada tanto le escupía dentro de la boca abierta y Alejandro lo recibía sin quejarse, tragando saliva y saliva del hombre. La lengua le jugaba con esa cabeza gruesa y morada, lamiéndole el frenillo, chupando solo la punta cuando necesitaba respirar, y después engulléndola otra vez hasta que le golpeaba la garganta.
Era su segunda verga de la noche.
Alejandro estaba demasiado feliz. Demasiado arrecho. El culo todavía le ardía del coño de Mario y ahora tenía esta bestia más gruesa llenándole la boca mientras el carro avanzaba entre las luces de Navidad.
Adalberto conducía con una sola mano. La otra le apretaba la nuca de vez en cuando, obligándolo a tragar más profundo.
—Así… así se chupa, putica…
Llegaron a la licorería. Adalberto metió las dos manos en la cabeza de Alejandro y lo dejó chupar unos minutos más, empujándolo despacio contra su regazo. La verga gruesa y cabezona le llenaba la boca por completo. Era una delicia.
Después lo apartó con firmeza, se guardó la verga dentro del calzoncillo, se acomodó el pantalón y bajó a comprar el trago sin decir una palabra.
Cuando volvió al carro, tampoco habló. Arrancó, dio un par de vueltas y estacionó en el parqueadero de un supermercado que ya estaba cerrado. Apagó el motor.
—Pásate para atrás.
Alejandro obedeció. Adalberto esperó dos minutos, se subió al asiento de atrás, se bajó los pantalones hasta las rodillas y le gritó, la voz gruesa:
—Quítate los pantalones, perra. ¿Qué estás esperando?
Alejandro, un poco asustado, se los bajó. Adalberto le metió dos dedos de golpe en el culo y los movió adentro, revisando.
—Uff… te dejó ese chocho abierto, perra. Y caliente… te llenó de leche. Estás pegajoso, perra malparida.
Se acomodó, agarró a Alejandro de la cintura y le ordenó:
—Siéntate en mi verga. Cara con cara.
Alejandro se montó. La verga gruesa de veinte centímetros le abrió el agujero otra vez y se la enterró completa de un solo movimiento. Empezó a cabalgar, sujetándose de los hombros anchos de Adalberto mientras el hombre le apretaba las nalgas con las dos manos, abriéndoselas del todo para ver cómo su polla desaparecía dentro.
Era la segunda follada de la noche.
El niñato de 1.56 disfrutaba como un condenado estar montado sobre ese viejo canoso y vergón. Cada vez que bajaba, sentía cómo la cabeza gruesa le empujaba las paredes internas, cómo los huevos pesados le golpeaban el culo. Adalberto le abría las nalgas con fuerza, los pulgares hundidos cerca del agujero, y le nalgueaba duro, una y otra vez, dejando las manos marcadas en la piel blanca. El sonido de las nalgadas llenaba el carro cerrado.
Alejandro se pellizcaba las tetillas con los dedos, apretándolas, torciéndolas, mientras su cara se torcía en puro éxtasis. Los ojos semiabiertos, la boca entreabierta, soltando gemidos ahogados:
—Sí, papi… sí, papi… así… me duele rico…
Adalberto le apretó más fuerte las nalgas y empezó a guiar las embestidas desde abajo, enterrándosela durísimo. Se oía el splash-splash húmedo cada vez que el culo de Alejandro bajaba hasta el fondo, todavía lleno de la leche de Mario que ahora se mezclaba con la de él. El carro se movía un poco con el ritmo. Era una delicia.
El joven se arqueaba, se pellizcaba más fuerte las tetillas, la cara completamente perdida en el placer, el pelo pegado a la frente por el sudor. Adalberto le daba nalgadas más duras, abriéndole el culo para ver cómo su verga gruesa y canosa se lo comía entero.
—Dale rápido que no nos podemos demorar —gruñó Adalberto.
—Sí, papi… sí, papi… sí, papi…
Hasta que todo paró.
Adalberto se hundió hasta el fondo, se quedó quieto y se vino con un gruñido largo, llenándole el culo otra vez. Alejandro sintió los chorros calientes empujando la leche anterior más adentro. Se quedó montado unos segundos, temblando, la verga delgada goteando sobre el vientre peludo del hombre.
Y mientras la verga dura de Adalberto seguía enterrada hasta el fondo dentro de él, alguien tocó la ventana.
Había llegado la policía.

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