Aventura en la granja
—Tienes un culito precioso, Igor. Voy a disfrutar romperlo con mi polla de 27 centímetros. Con esas palabras, lo sentí apegar su cuerpo musculoso al mío, su aliento soplar en mi pelo y su polla entrar en mi ano. Grité por el dolor repentino, antes de sentir el placer de las penetraciones. .
Era una tarde de verano cuando me despedí de mis padres.
Había llegado al rancho de mi tío Julio.
Saludé a sus trabajadores mientras veía a las vacas pastar y los caballos correr por el campo.
Mi cara redonda, cuerpo rechoncho y ojos vivaces me hacían ver como un niño de 9 años encantador.
Mi cabello cobrizo había sido recortado a los lados, en un estilo militar sofisticado.
Iba vestido de overol, con mi mochila azúl a la espalda.
Pasé por el establo saludando al señor Raúl de 48 años y su hijo Antonio de 26 de años.
Ambos hombres curtidos de músculos y negros por el sol.
En la entrada, un hombre musculoso de piel canela me daba la bienvenida usando solo un pantalón de mezclilla y botas café.
Su cabello negro lo tenía amarrado en una coleta, y me sonreía con los labios, sosteniendo entre ellos una hoja de laurel.
—Igor. Me alegra verte, sobrino.
Corrí hacia mi tío y lo abracé con fuerza.
Lo escuché reir antes de invitarme a entrar.
—Ve a mi cuarto a dejar tus cosas. Saldré a cuidar de unos animales.
—Sí, tío.
El hombre me sonrió y se despidió de mí trotando hacia donde estaba el señor Raúl y su hijo.
Entré a la casa de madera y techo de tejas, saludando a las sirvientas y dejando mis cosas en la cama de mi tío Julio.
Luego, salí a jugar por el campo hasta la hora de cenar.
Mi tío llegó sucio y apestando a zorrillo.
Me dió un beso en la cabeza mientras cenaba antes de irse a lavar afuera.
Escuché a las sirvientas reir y mirar por la ventana.
Ignoré lo que hacían, ya sabía lo que veían.
Mi tío era un hombre soltero. A sus 30 años, se le había visto contadas veces con pareja, casi siempre mujeres jóvenes apenas rozando la adultez.
Sin embargo, no duraba mucho con ellas.
Mi padre creía que su hermano era un pica flor y mi mamá solo le restaba importancia.
A sus 30 años, mi tío Julio se conservaba bien. Con un cuerpo tonificado al nivel de los músculosos hombres que veía en los gimnasios.
Pero con sutiles diferencias. Sus músculos estaban más estirados, no solo se extendían a los lugares usuales como pecho, abdomen, brazos, espalda y piernas. Sino que habían zonas musculosas que no sabía que se verían tan bien.
Sus pantorrillas eran de temer, gordas y voluptuosas, tenía una espalda con extensiones de músculo solo vistas en un físico culturista y su abdomen tenía franjas pronunciadas dónde se realzaban zonas de músculo que desconocía su nombre, pero parecían las escamas de un pez.
Todo eso con su trasero voluptuoso y su prominente miembro lo hacían rito de deseos, en especial de sus sirvientas, que sabía se había cogido más de una vez en una de sus noches de calentura.
¿Cómo lo sabía? Yo estuve presente.
Cada que quería tener sexo, las metía a su cuarto conmigo «durmiendo» y se ponía afanozo en empotrarla contra el colchón y cualquier lugar en el que quisiera demostrar su viril aguante.
Los gemidos de mi tío eran suaves, como gruñidos roncos, y a las mujeres les tapaba la boca para que no gritaran ante sus arremetidas dignas de un caballo en celo.
Varias veces pude mirar lo que hacía a la luz de las velas y me dejaba excitado de sobremanera.
La silueta de sus músculos brillando de perfil, con ciertas zonas oscuras donde no le llegaba la luz. Su pelvis y piernas entrelazadas con la mujer de turno que elegía. El cuerpo varonil moviéndose con gracia por encima de su objeto de sus deseos. Aquel vaivén tan hipnotizante y crudo. El sudor, los olores nauseabundos que se mezclaban hasta conferir un aroma sucio de sexo y testosterona.
Los gorgoteos y el sonido del lubricante chorreando o de los gases saliendo entre succiones.
Eran tantos detalles que me mareaba recordarlo.
Dejé de comer y miré por encima del hombro de las sirvientas desde mi silla lo que tanto les llamaba la atención.
Mi tío Julio estaba pasando una esponja por sus pectorales largos e hinchados, sus pezones cayendo por los costados como dos botones duros y erectos.
El jabón fluía por sus abdominales hasta perderse en su mata de pelo negra en su pubis, dónde descansaba su pene de 25 centímetros y su bolsa de testículos gorda.
Ya sabía lo que medía por los chistes que mi tío hacia con sus hombres. Nunca variaba el tamaño, siempre decía el mismo largo.
Mientras cavilaba en mis pensamientos, Ví a mi tío voltearse y sonreír hacia las sirvientas, ellas jadearon felices.
Mi tío me miró y su sonrisa se congeló antes de darme la espalda y empezar a echarse agua en el cuerpo.
Ignoré su extraño comportamiento y me fuí a su cuarto para esperarlo.
Las sirvientas volvieron a su trabajo cuando mi tío dejó de bañarse, y lo ví entrar al cuarto con la mirada seria.
Le sonreí feliz y él se limitó a mirar a dónde estaban las sirvientas antes de cerrar la puerta.
—¿Qué te he dicho de mirarme mientras me baño?
Ignoré su regaño pidiéndole un abrazo con mis manos.
Su mirada enojada seguía ahí mientras se acercaba a paso firme y dominante.
Una vez cerca, tomé lo que quería y me lo llevé a la boca para chuparlo.
Un jadeo bajo hizo que mi tío levantará la cabeza, cerrará los párpados y moviera su pelvis hacia adelante, inclinando su espalda hacia atrás en placer.
Mi boca metió su polla erecta, llenando mis mejillas de su glande.
Con la saliva escurriendo de mi boca, seguí mamando aquella polla varonil, restregando mi nariz repingona en su pubis peludo. Adoraba sentir la picazón de sus pelos en mi cara.
Mi tío tomó mi cabeza y me separó con fuerza.
Su rostro excitado me hizo desearlo mientras lamía de entre mis labios los restos de presemen que había logrado sacar del pene de mi tío.
—Esto está mal.
—Pero yo te quiero, tío.
Mi voz infantil le hizo dejar de dudar y subirse conmigo a la cama, su rostro besó mis labios, hurgando con su lengua adulta mi cavidad vocal y explorando con sus manos callosas mi cuerpo por sobre la ropa.
Entre besos, jadeos y la saliva escurriendose de nuestros labios, sonreí al saber lo que estábamos haciendo.
Yo y mi tío éramos novios. Desde hace más de tres años.
A mis 6 años, había logrado atrapar a mi hombre y hacerlo delirar por mi cuerpo.
Y ahora, a mis 9 años, lo tenía a merced de mis deseos de niño.
Mi tío Julio me desvistió como muchas noches antes, abrió mis piernas y se metió entre ellas, uso lubricante de su cajón de noche y sentí sus labios amasar mi cuello mientras su polla de 25 centímetros se hundía en mi culo infantil.
25 centímetros de carne gruesa, la piel de un color canela, las venas alzándose como cicatrices y el grosor expandiendo mi culo hasta sus límites.
Mi agujero rosado hace mucho dejó de estar cerrado y siempre que volvía a casa debía evitar que mis padres vieran mi ano rojo y abierto totalmente.
A veces incluso lleno de semen por sexo de despedida en la madrugada.
Como muchas veces, ya me había acostumbrado al tamaño de mi tío. A sus vaivenes de caballo en celo, sus besos posesivos, sus jadeos suaves y su mirada de deseo total.
Aquella mirada que me hacía entender que estaba totalmente entregado a mi.
Y mientras sentía sus vaivenes y penetraciones acelerarse producto de su orgasmo, una hora después de iniciar el sexo, no pude evitar pensar en algo.
«No es suficiente».
Mis manos abrazaron la espalda sudada de mi tío mientras mi cara estaba enterrada en su pecho y mi culo todavía siendo ensartado por su polla, teniendo sexo de nuevo en aquella posición de lado en la cama.
Entre mis gemidos infantiles y los roncos jadeos de mi tío, mis pensamientos fueron aclarandose.
«Un hombre no es suficiente. Quiero sentir aquella mirada de deseo y entrega total de otros hombres», pensé.
Fue aquella noche, en nuestra tercera ronda de sexo, montando su polla y dejando que mi tío marcara el ritmo subiendo y bajando mis glúteos que tomé una decisión.
«Quería tener sexo con otros hombres y volverlos locos por mi cuerpo»
Los vaivenes siguieron, mis nalgas siendo amasadas por los largos y gruesos dedos de mi tío. Subiendo y bajando mis glúteos con sus manos, su polla curvada hacia dentro de mi ano, entrando y saliendo tan perfectamente que golpeaba mi punto dulce.
Mis gemidos se iban haciendo más altos y los jadeos de mi tío más fuertes, mientras seguía moviendo mis glúteos de esa manera. A merced de sus manos, subiendo y bajando mis nalgas, dejando que su polla quedará en medio, curvada hacia adentro y rozando hasta el delirio nuestras carnes.
Era la gloría.
Al día, siguiente desperté pegajoso y adolorido.
Mi tío había salido a trabajar desde la madrugada y me había dejado descansar hasta tarde.
Me levanté de la cama y miré el desastre de sábanas arrugadas, almohadas tiradas y manchas de semen seco.
Ignoré todo y saqué del cajón de mi tío un pañuelo para limpiar mi agujero.
Me puse en cuatro en la cama y mirando al espejo que había en la entrada de la puerta, empecé a pasar el pañuelo por mi ano rojo.
El semen se escurría de entre los pliegues abiertos, mi agujero parecía un pozo de carne, contrayéndose en espasmos y sacando toda la leche que le habían inyectado anoche.
Pasé diez minutos limpiandome hasta dejar el pañuelo húmedo.
Lo guardé en su cajón de nuevo y fuí por mi ropa tirada en un rincón de la cama.
Una vez, vestido, salí para bañarme.
Las sirvientas estaban en la cocina y no me topé con ninguna sacando agua del bebedero que había afuera.
Fuí corriendo y agarré un balde acordé a mi tamaño. Lo llené de agua y me fuí a la parte de atrás de la casa para bañarme.
Mientras pasaba el agua por mi cuerpo, no dejaba de olerme la piel. Podía sentir un aroma a pene entre mis axilas y cuello. A mi tío le gustaba restregar su miembro viril por esas zonas después del sexo, según él, era su ritual de apareamiento.
O eso me decía entre risas.
Una vez bañado, me puse la ropa sucia de nuevo y volví al cuarto para sacar mi ropa limpia y cambiarme.
Las sirvientas debieron escuchar mis pasos al salir antes, porqué cuando volví, el cuarto ya había sido arreglado.
No me preocupaba que sospecharan con quien había tenido sexo mi tío, porque nadie sospecharía de mí. Todas sabían que mi tío disfrutaba tener sexo conmigo dormido a su lado, y por tanto, seguro había dejado entrar a una mujer por detrás de la casa en la noche, cuando ellas no estaban.
También tenían prohibido molestarlo una vez se metía a su cuarto en la noche. Solo sus hombres podían ir a buscarlo en esos casos.
Algo que nunca había ocurrido desde que empecé a llegar de visita.
Una vez listo, fuí al campo a jugar ante la mirada de los trabajadores.
Saludé a los que conocía y escuché voces pasar mientras iba al establo.
El señor Raúl y su hijo Antonio estaban ayudando a dos caballos a copular cuando llegué de imprevisto.
—Tony, saca al chiquillo. No debería ver como los animales hacen a sus crías.
Antonio me llevó de la mano y de curioso miré hacia atrás, notando el momento donde el caballo se montaba en la yegua y la penetraba.
Antonio me tapó los ojos y me dejó al otro lado del camino del campo, fuera de la vista de la entrada al establo.
—¿Por qué no puedo mirar?
Antonio sonrió. Su rostro era tosudo. De cejas gruesas y barba con bigote negro. A pesar de sus 25 años, parecía un hombre curtido de 40. Casado con una de las sirvientas de mi tío, la cuál ya se había cogido varias veces a pesar de estar casada.
Por lo poco que sabía, Antonio también tenía sus aventuras, pero con mujeres de otras granjas.
Así que era un matrimonio muy abierto.
Con su cuerpo negro por el sol, sus músculos relucían cada vez que se movía o se quedaba quieto, ambas partes hacían brillar su trabajo de años en el campo.
Con una sonrisa y mirada esquiva, el adulto me respondió.
—Son cosas de adultos.
—Pero yo no veo nada raro. Es solo un caballo jugando a cabalgar. Como yo lo hago.
Noté una mirada interesada en mis palabras y un ligero movimiento en su entrepierna, pero luego escuché la risa de Antonio.
—No es lo mismo. Lo que tú haces es un juego. Esto es cosa de adultos.
Con la mirada dudosa, miré a Antonio a los ojos.
—¿Es divertido? ¿Puedo hacerlo yo también? Señor Antonio. Déjeme intentarlo. Quiero que me monte como ese caballo a su yegua.
Su sonrisa se volvió nerviosa y noté como su entrepierna se hacía más gruesa, pero un llamado de su padre le hizo volver en sí y dejarme.
Mientras se iba, le ví acomodarse el pantalón rápidamente.
Sin perder el ánimo, fuí corriendo a buscar a otros trabajadores en el campo.
En el camino, me encontré a mi tío haciendo negocios con otro granjero.
Saludé a los dos y me fuí al bebedero de las vacas, al otro lado del campo.
Ahí se la pasaba Don Will, un viejo de 60 años, encorvado y fuerte, que pese a su edad, tenía la energía de un adulto de 20.
Lo encontré arriando a las vacas y corrí a abrazarlo.
—¡Abuelo Will!
El adulto se dió la vuelta y me levantó entre sus brazos.
Era un señor canoso, con el cabello corto a los lados y un bigote gris.
Su rostro arrugado le daba una templanza amable, que te hacía querer abrazarlo al verlo.
De ahí lo llamaba abuelo.
—Igor. Es bueno verte de nuevo. Tu tío no me dijo nada que vendrías. ¿Cuando llegaste?
—Ayer, abuelo.
El hombre me llevó en brazos hasta una piedra por encima de la hierba, y me quedé arrecostado en sus fuertes brazos, sintiendo su olor a sudor.
—Y dime ¿Qué te trae por aquí? ¿Extrañabas a tu abuelo?
Asentí con la cabeza, y le hablé de varias cosas que había vivido en la ciudad.
Hablé hasta aburrirme, y luego recordé lo sucedido en los establos.
—Abuelo. El señor Raúl y su hijo Antonio no me dejan ver lo que hacen los caballos.
Escuché la risa de Don Will.
—Hazle caso, hijo. Debe ser por algo importante.
Hice un gesto molesto.
—El caballo solo estaba montando a la yegua. ¿Qué tiene de importante?
—Eso es algo que no deberían ver los niños.
—El señor Antonio dijo lo mismo, pero no lo entiendo. Yo también he cabalgado.
La risa de Don Will pasó a carcajadas.
—¿Eso le dijiste?
—Sí, y me dijo que lo que hacían los caballos era más serio que lo que hacía yo.
—Tiene razón.
—Y por eso le pedí que me dejara montarlo para probar.
Don Will me quedó viendo confundido.
—¿Qué le dijiste?
Le miré con pena.
—Habla con confianza hijo, no diré nada a tu tío.
Con esa promesa, hablé.
—Ya que no entiendo. Le dije que me montara como lo hacía ese caballo con la yegua para probar porque era tan distinto.
Don Will se puso tenso.
—¿Y qué te dijo?
Por alguna razón, su tono de voz se había puesto grave.
—No me dijo nada. Solo se fué cuando lo llamaron.
Don Will suspiró aliviado, luego me regañó.
—No andes diciendo a los demás trabajadores de la granja que quieres ser montado por ellos como un caballo a su yegua.
—¿Por qué no?
—Solo no lo hagas, o avergonzaras a tu tío. ¿Quieres eso?
Negué con la cabeza.
—Bien. Ahora vete a casa. Haré como que nunca tuvimos esta conversación.
—Esta bien, abuelo. No te enojes.
Don Will dejó de tener el ceño fruncido.
—No lo estoy. Ahora vete y recuerda lo que dije. No le digas a nadie sobre lo que hablamos. Menos a Felipe y sus amigos.
Asentí con la cabeza y me fuí corriendo con una sonrisa.
Ya sabía donde podía empezar para atraer el gusto de un nuevo hombre por mí.
Llegué a casa y mi tío estaba esperandome para comer.
En la entrada, Felipe, uno de sus trabajadores estaba recibiendo su paga antes de irse.
Me miró con su sonrisa perfida y se fue caminando con su porte arrogante.
Mi tío me dejó entrar feliz de verme.
Almorcé con él y luego me fuí a jugar en dirección en donde sabía Felipe le gustaba estar.
Felipe era un hombre de 20 años, pelo rubio, ojos azules y cuerpo fibroso por el trabajo en el campo.
Sabía que era de ciudad y había llegado al campo sin explicar sus razones. Solo pidio trabajo y mi tío se lo dió.
Al poco tiempo, se hizo famoso por seducir a las hijas de varios hombres y muchos le tenían inquina.
Pero siempre se salía con la suya con algún soborno o amenaza.
Mi tío siempre lo ponía en su lugar cuando se pasaba de la raya y a veces sentía que eran como padre e hijo.
Cuando mi tío no estaba conmigo, casi siempre lo podía ver con él, charlando o trabajando.
Era buen trabajador, pero muy morboso.
A veces decía cosas escandalosas, como tener una casa llena de mujeres de todas las edades para su disfrute personal.
Nadie cuestionó eso más allá de burlarse de que tendría ancianas con él, pero yo lo veía desde el otro extremo.
Su frase también daba entender que quería niñas y jóvenes.
Con eso en mente, podía entender la advertencia de Don Will.
Felipe podría tomarse enserio mis palabras y montarme como lo haría un caballo en celo, como a mi tío le gustaba hacerlo en las noches.
Sabiendo eso, necesitaba un plan.
«¿Cómo podía hacer que ese hombre tan morboso se fijara en mí sin volverse un problema?»
Con eso en mente, me quedé pensando casi llegando a mi destino, pero no tuve tiempo de meditarlo.
La voz grave de Felipe y sus amigos me llamaron, me habían visto.
Seis pares de ojos me miraron con atención.
Caminé con lentitud hacia ellos y me recibieron con risas y burlas.
—¿Qué hace el nene consentido por estos lados?
—¿Te perdiste?
—Ven y piérdete con nosotros.
—Adelante, nos faltaba una putita donde descargar nuestros cansados huevos.
—¿Desde cuándo todos se volvieron maricas? No les hagas caso, Igor. Ven conmigo.
Felipe se separó de su grupo mientras sus amigos se enfrascaban en otra charla.
Mientras caminaba con el hombre rubio, este me miraba de vez en cuando.
—¿Qué haces aquí?
—Queria verte.
Felipe sonrió extrañado.
—Es raro escucharte decir eso.
—Es la verdad.
Una vez lejos para que no nos escucharán, pero todavía siendo vistos detrás de unos árboles, Felipe sacó su pene dormido para orinar.
Con una exhalación de alivio y levantando la cabeza, el hombre soltó un chorro de orina amarillo contra el tronco de un árbol.
Me vió y sonrió.
—¿Para qué me buscabas?
Traté de ignorar su pene soltando orina y lo miré.
Sus ojos azules parecían curiosos de mi presencia.
—Me dijeron que tú podías contarme la diferencia entre lo que yo hago al cabalgar y lo que hace un caballo al montar a una yegua.
Felipe me miró consternado, dejó de orinar y sacudió su polla girandose hacia mi.
Algunas gotas cayeron en mi cara y pelo.
—¿Y porqué quieres saber eso?
Su tono de voz inquisitivo me puso nervioso.
—Por nada, solo curiosidad.
Dejando su polla al aire, Felipe se acercó a mi, haciendo que yo retrocediera hasta golpear mi espalda contra un árbol.
Con el cuerpo del hombre músculoso por encima mío, sentí su respiración y olor golpearme.
—¿Curiosidad?
Asentí.
Con una sonrisa burlona, el hombre se dió la vuelta sin todavía guardar su polla.
—No te creo. Iré a preguntar a tu tío lo que piensa.
Asustado, tomé una decisión y me puse enfrente de él.
Consternado, Felipe reaccionó tarde cuando ya tenía su polla en mi boca, chupándola.
—¡Dios!
Su jadeo me hizo mirarlo.
Tenía una expresión de gusto y alivio.
—Sabia que mentias, pero no esperaba esto.
Su voz ronca se fue elevando en gemidos graves, mientras metía más de su gruesa polla blanca.
El pene se iba haciendo más grande mientras más chupaba hasta no caberme en la boca.
Me lo saqué escupiendo la saliva acumulada.
Su polla mojada se balanceó enfrente mío, goteando el presemen al suelo.
Felipe me miró con excitación.
—Si no le dices a mi tío, te la chuparé.
Mirando mi cuerpo tembloroso y mirada asustada, Felipe sonrió burlón.
—No le diré nada. Ahora sigue mamando.
Hice caso y metí aquel pedazo rosa en mi boca, disfrutando de amasar su glande en mis labios, y pasar mi lengua por el surco de sus venas.
Toda su polla tan grande entrando y saliendo de mi boca.
Los sonidos de gorgoteos provenían de mis labios y sus jadeos roncos eran secundados con mis gemidos, de vez en cuando, ambos hacíamos un ruido nazal de gusto.
Apoyados en un árbol, estuvimos así varios minutos hasta que escuchamos a sus amigos acercarse.
Rápidamente, dejé de chupar y Felipe guardó su polla erecta.
Nos separamos y me limpié la boca de saliva.
—Sí que se tardan en orinar.
—Ya nos vamos.
—Ahi quedamos en otra para charlar.
—Cuida del sobrino del patrón, o se volverá a perder.
Las risas de los hombres pasaron al lado mío hasta desaparecer entre los árboles.
Felipe me hizo señas de que lo acompañara.
Fuimos detrás del monticulo de paja en dónde estaban sentados sus amigos y él.
Una vez solos y sin nadie a la vista, no hubo falta palabras.
Me desnudé y Felipe hizo lo mismo.
Me puse de frente al muro de paja, abriendo mis piernas y con mis manos, despegando mis glúteos para mostrar mi agujero abierto.
Felipe soltó un silbido por la vista.
—Tienes un culito precioso, Igor. Voy a disfrutar romperlo con mi polla de 27 centímetros.
Con esas palabras, lo sentí apegar su cuerpo músculoso al mío, su aliento soplar en mi pelo y su polla entrar en mi ano.
Grité por el dolor repentino, antes de sentir el placer de las penetraciones.
Ambos nos sumergimos en un éxtasis de gemidos y jadeos.
El golpe de pieles haciendo eco en los árboles y el sudor bañando nuestros cuerpos.
Su polla larga y gruesa de 27 centímetros salía desde la punta del glande y entraba hasta apretar sus testículos en mis glúteos.
Vaivenes largos y certeros que me sacaban gemidos agudos.
—¡Grita para mi, perra!
—¡Más!
Sus penetraciones eran rudas y rápidas. No parecía poseído como mi tío al follarme, sino que disfrutaba de elegir el ritmo y embestirme a su gusto.
Con velocidad y precisión, como un arma bien calibrada y entrenada.
Sus vaivenes eran rítmicos como una marcha y potentes como solo un hombre fuerte podía ejecutarlos.
Cada golpe de mis glúteos por sobre su pubis eran un sonido satisfactorio.
La carne contra la carne, reclamandose mutuamente.
Pasaron dos horas hasta que sentí a mi nuevo hombre llenarme con su semen.
Era la tercera vez, pero de tanto hacerlo, se sentía como la quinta.
Si no fuera porque Felipe me agarró con sus brazos, no habría podido resistir estar de pie siendo follado por su enorme polla durante dos horas seguidas.
Una vez, su polla salió de mi culo, escuché el sonido de algo descorchandose.
Caí al suelo temblando y oí los jadeos roncos de mi hombre rubio.
Estábamos bañados en sudor y parecíamos haber corrido un maratón de tanto que jadeamos por aire.
Nos miramos mutuamente.
—Voy a llevarte a bañar al pozo y luego te regresaré a tu casa.
Asentí con la cabeza siendo tomado entre los brazos de mi hombre.
Arrecosté mi cabeza en sus pectorales duros y me quedé dormido.
Al despertar, estaba en la cama de mi tío.
Por el silencio, parecía de noche.
Me di la vuelta y vi a mi tío dormido.
Parecía agotado.
Ignoré el qué había pasado después de dormir y me acerqué para abrazar a mi novio.
Había disfrutado el sexo con Felipe, pero no era suficiente.
Al día siguiente, mi tío me dejó solo en casa y volví a salir a jugar.
Quise ir a ver si Felipe estaba en su escondite, pero ni él ni sus amigos estaban.
En vez, me encontré al señor Raúl y su hijo Antonio soltando a los caballos para correr.
—Igor. Es bueno verte. Ayer escuchamos que te encontraron dormido en la granja. Deberías tener cuidado hijo o te picara una serpiente —dijo el señor Raúl.
Antonio sonrió.
—No se preocupé, señor Raúl. No le tengo miedo a las serpientes. Me gusta jugar con ellas.
Mis palabras hicieron reír al hombre, mientras que Antonio me miró confundido.
—¿Vienes a jugar con los caballos? Deja que Antonio te lleve en uno de ellos.
Sorprendido, su hijo me miró antes de ir por un caballo y acercarse a mi.
Con su ayuda, subí al caballo y sentí su cuerpo detrás mío, listo para movernos.
Con un sonido de arremetida, el caballo empezó a correr.
Me sostuve agarrándome de las riendas por delante y aproveché para pegar mi trasero hacia la pelvis del señor Antonio.
—Igor, no.
La voz del hombre era nerviosa y trémula.
Hice caso omiso disfrutando de restregar mi trasero en su entrepierna entre los balanceos del caballo.
Evidentemente tenso, Antonio soportó la incomodidad llevándome a dar varias vueltas.
En cada ocasión, podía sentir como su hombría estaba a reventar en sus pantalones.
El grosor era evidente y el botón de su pantalón estaba haciendo fuerza para no soltarse.
Al parecer, Antonio no usaba ropa interior.
Con eso en mente, disfruté de aquella cercanía sin darme cuenta de que nos habíamos alejado del campo y habíamos entrado a un claro de un bosque.
Cuando recobré el sentido, estábamos en un bebedero de caballos en lo profundo de los árboles, sin nadie a la vista.
Antonio bajó rápidamente e hizo lo mismo conmigo.
Su mirada ya no era seria. Parecía haber tomado una decisión mientras me miraba a los ojos.
—Te advertí que te detuvieras, pero no hiciste caso.
Su tono de voz era áspero y grave, profundamente enojado.
Con un gesto, desabotonó su pantalón, dejándolo caer y mostrándome su polla en todo su esplendor.
El pantalón cayó hasta sus botas, revelando también sus músculosas piernas.
El pene era moreno, venudo, largo y grueso. No parecía erecto como el de mi tío y Felipe, sino dormido, pero su tamaño era increíble.
—Los niños necios como tú necesitan escarmiento para no andar provocando a los hombres.
Con esas palabras me obligaron a arrodillarme. Con la polla de Antonio encima mío, este empezó a golpearme con ella en leves movimientos de mano.
Su presemen pringaba en cada sacudida y podía oler su fragancia masculina en cada golpe.
—Eres un niño malo.
—Lo soy.
—¿Mereces que te castigue?
—Lo merezco.
Dicho eso, me hicieron abrir la boca y metieron aquella hombría hasta lo profundo de mi garganta.
Solo pude gemir y golpear con mis manos las piernas de Antonio, hasta que este sujetó mis muñecas, evitando que me moviera.
Mirando hacia arriba, pude ver el contorno de sus abdominales negros y sus pectorales musculosos.
Sus pezones marrones eran dos botones hundidos.
Aquellos ojos me miraban sin ningún brillo y sus labios parecían resecos semi ocultos en su barba negra.
Los músculos de sus brazos ligeramente abultados y con su espalda recta, Antonio empezó con sus penetraciones.
Empujando hacia atrás y hacia adelante, sin dejarme respirar nada más que su pubis lampiño, su hedor a hombre y con el sabor de su polla en cada rincón de mi boca y garganta.
Me sentía asustado y excitado por esa experiencia de ser sometido totalmente.
Rara vez lo experimentaba con mi tío.
Y ahora quería más.
Disfruté de mi boca siendo llenada hasta el último rincón de polla de hombre, la carne abultada restregandose en mi lengua, las venas palpitando en mis labios y el presemen chorreando hacia mi estómago.
El olor, el movimiento de su pelvis, cada músculo siguiendo aquel bailé erótico en el cual me había atrapado.
Me deleité por su firmeza y crudeza hasta escucharlo jadear.
Su voz ronca sonó mientras me hacía tragar de su leche.
Cuando me soltó, empecé a toser semen y saliva.
Inhalé y exhalé varias veces con fuerza, tratando de respirar bien.
Escuché los jadeos de fondo de mi hombre recuperándose del orgasmos hasta que unas pisadas nos hicieron dar la vuelta asustados.
—Muy bien, hijo. Sabía que eras todo un semental, pero no esperaba que lo hicieras con el sobrino del patrón.
El señor Raúl salió de unos matorrales que habían a unos metros y pude notar que la melena de un caballo estaba también ahí.
—Padre, puedo explicarlo.
—No hay nada que explicar. Desnuda al niño. Tú por delante y yo por detrás.
Todavía confundido de cómo había llegado el señor Raúl, sentí las manos de Antonio desnudarme.
Sujetado por otras dos manos, miré el rostro del señor Raúl.
—Este será nuestro secreto, niño bonito. No le dirás nada a tu tío ni nosotros a él. ¿Entendido?
Asentí con la cabeza.
Después, ambos adultos me dejaron a un lado y se desnudaron totalmente.
Ambos cuerpos curtidos y musculosos, padre e hijo, estaban lado a lado, con sus pollas erectas.
Una más grande que la anterior.
—Ahora ven y déjate montar por estos dos caballos, nuestra pequeña yegüita.
Hice caso y cerré los párpados.
En un instante estaba siendo manoseando y besado por esos hombres, en otro estaba colgando en el aire entre ambos cuerpos.
Una polla perforando con ímpetu mi culo en embestidas dignas de un semental, y otra polla ahogandome con su grosor hasta lo más profundo de mi garganta y boca.
Gemí por los placeres de ambas penetraciones mientras padre e hijo se deshibian conmigo.
Me embistieron sin contemplación. Fuertes, vigorosos, sus pollas se hundían hasta golpear mi piel con sus pubis y luego las sacaban hasta que sus glandes me chorreaban con su presemen.
Sus vaivenes estaban en sincronía. Parecían tener experiencia follando juntos y yo era parte de eso.
Antonio me tenía sujeto de las caderas, con mis piernas prendidas a las suyas, mis pies golpeando sus glúteos varoniles.
El señor Raúl me tenía sujeto de los brazos, prensados con los suyos, realzando sus músculosos bíceps y deleitandome con su vaivén zerrano.
Estaba boca arriba, con mi cabeza inclinada hacia abajo, recibiendo la polla del padre y con mis piernas abiertas, siendo perforado por el pene del hijo.
Sus bolsas de testículos se balanceaban al ritmo de sus embestidas, restregandose contra mi cara y nalgas, mojandome con su sudor y marcandome con su testosterona.
Sintiendo el calor de sus huevos varoniles y el peso de su semen llenandolos.
Padre e hijo se turnaron durante tres horas para follarme, y cuando terminaron, estaba agotado.
Me llevaron a bañarme a un bebedero cercano y después de unas cuantas lamidas a sus pollas para limpiarlas, me regresaron a casa donde me la pasé durmiendo todo el día.
En la noche, mi tío me despertó y después de cenar me preguntó si estaba enfermo.
Dije que sí, y luego de mentir que tenía fiebre, tomé un remedio casero y me dormí.
En medio de la noche, escuché los jadeos de mi tío y el movimiento de la cama, pero decidí seguir durmiendo, sabía que mi tío no podía estar sin tener sexo más de dos días seguidos.
Y por respeto a que estaba «enfermo» fue en busca de un reemplazo.
Al día siguiente, la rutina se mantuvo.
Saludé al señor Raúl y Antonio como si no hubiera pasado nada e incluso encontré a Felipe hablando con mi padre.
Durante una semana no hubo cambios y no tenía ganas de ir a buscarlos.
Había decidido que había disfrutado lo suficiente y ya no quería tener otros hombres.
Después de experimentar lo fogoso que es el sexo con otros, me di cuenta que hacerlo con mi tío era distinto.
No solo más placentero, sino íntimo.
Cómo si entre sus penetraciones y mis vaivenes, nos estuviéramos diciendo cuánto nos queríamos.
Debido a eso, seguí disfrutando de mi vida en la granja hasta que una visita extraña me tomó por sorpresa.
Ese día desperté y escuché una voz grave hablar.
Era tan profunda y melodiosa como un tenor. Daban ganas de oírla por horas y tenía un encanto magnético que me hacía sentir febril, deseoso.
Cuándo salí a ver quien era, me sorprendió la vista.
Un hombre negro de gran tamaño, más alto que mi tío, estaba en el comedor charlando con él.
El hombre negro era guapo, su rostro cuadrado, ojos grises, nariz perfilada y labios tentadores le daban un encanto carnal divino.
Su cuerpo negro era enorme por lo tonificado que estaba su cuerpo. La tela no podía ocultar que ese hombre tenía una figura masculina increíble, y en sus gestos denotaba una superioridad varonil alarmante.
Era como ver a la cúspide de lo que la testosterona podía hacer con un hombre.
Sus ojos se fijaron en mi y lo sentí. Cómo urgaba en mi y parecía saberlo todo.
Mi tío se dió cuenta de la mirada y me mandó a llamar.
Las sirvientas no estaban en la casa, seguro mi tío las mandó a comprar al mercado, estarían fuera por horas.
—Igor. Ven. Te presento a Constantine. Uno de mis patrocinadores. Ha venido a ver como están las cosas en la granja.
Hice caso con curiosidad y excitación sin despegar la mirada de ese hombre.
Recibí un asentimiento de cabeza y una sonrisa conforme.
—Tienes un sobrino muy hermoso.
—Gracias, General.
—Llamame Constantine.
—Sí, señor.
Una vez de frente al hombre, disfruté de escuchar su voz embriagarme. Tan tentadora y pecaminosa.
Pareciendo notar mi estado febril, Constantine habló.
—¿Me permites a tu sobrino un rato en tu cuarto?
Sorprendido, mi tío asintió.
—Adelante.
Fuí llevado por ese hombre negro de vuelta al cuarto.
No pude ver si mi tío se había quedado en la sala porque el señor Constantine tapaba mi vista con su enorme cuerpo.
—Sé que eres un niño muy especial que sabe lo que quiere.
Su voz me hizo mirarlo y me di cuenta que se estaba desnudando.
Su traje militar marrón con manchas verdes se lo fue quitando en movimientos lentos y meticulosos.
Su piel fornida de color negro se fue mostrando poco a poco para mí disfrute.
Hasta que terminé delante de un hombre militar totalmente desnudo.
—Esta es la parte donde te desnudas, Igor.
Hice caso rápidamente y sentí sus manos detenerme.
—Así no. Lentamente, disfruta del proceso.
Su aliento golpeó mi oreja y sentí sus dedos quitarme la camisa y el short.
Su calor era placentero y su aroma era una mezcla de colonia y testosterona.
El sabor picante de su hedor me dió picazón en la nariz, y cuando me di cuenta tenía el rostro del señor Constantine de frente al mío.
Sin decir palabra, me besó y pude percibir como el placer de sus labios inundaba mi paladar con su saliva y calor.
Era como estar siendo aplastado por su lengua y marcado por su saliva en cada succión.
Me sentí perdido mientras era llevado a la cama y puesto por encima del cuerpo del hombre negro que me estaba besando.
Mientras el señor Constantine se sentaba en la cama conmigo cabalgandolo, sus ojos miraron detrás mío sin dejar de besarme.
Traté de ver sin separarme y ví una figura borrosa de pie en la entrada.
El señor Constantine me escupió en la boca y me hizo tragar su saliva mientras se separaba para hablar.
—Entra y cierra la puerta.
Mi tío hizo caso, y una vez adentro, el hombre negro le ordenó que se desnudara.
Los besos se profundizaron mientras escuchaba sus jadeos.
Constantine le había pedido a mi tío que le chupara su pene.
Tratando de recordar como era, mi mente parecía estar en blanco.
«¿Por qué no lo recuerdo?
—Estas distraído, Igor.
La voz grave de Constantine me hizo mirarlo, este dejó de besarme y me dió la vuelta para tener mi culo en su rostro.
Cara a cara con mi tío, pude ver la polla del señor Constantine.
—Es demasiado grande.
Mi tío estaba enfrascado en chupar cada centímetro de aquel gigantesco falo negro.
No podía creer que tal tamaño existiera, era tan largo que llegaba hasta la rodilla del adulto, su grosor parecia del tamaño de un brazo adulto y su color le daba un encanto varonil pecaminoso.
Cómo si te invitará a tocarla con solo verla.
Mi tío dejó de lamer y empezó a meter aquella polla en su boca.
Sus arcadas estaban a mi vista y podía verlo sufriendo por eso.
Mientras tanto, el señor Constantine jugaba con mi culo. Abriéndolo, estirandolo e hinchandolo con sus dedos, parecía estar buscando algo.
—Felipe tenía razón. Tu ano es perfecto para mí.
Con esas palabras, miré detrás mío y sentí un presentimiento.
—Voy a meter toda mi polla en tí.
Todavía incapaz de procesar esas palabras, estaba ido cabalgando al hombre negro con la mitad de su polla entrando a mi agujero.
Se había dilatado hasta casi romperlo y el sonido de la carne succionando aquella polla me hacía estremecer.
Las venas se sentían en cada roce. Su glande parecía un corcho que tapaba mi ano hasta casi perforarlo.
Bajé la cabeza mirando mi abdomen deformado por un bulto que entraba y salía entre las suaves penetraciones de Constantine.
El hombre negro me miraba mientras por detrás, mi tío le chupaba los huevos con su boca y a veces escupía su saliva en mi ano para lubricarme.
Recobrando el sentido, el vaivén de su polla en mi culo me hizo soltar mi primer gemido.
El segundo gemido llegó rápido y así el tercero. Lo único que mi boca podía pronunciar eran gemidos.
El éxtasis había inundado mi cuerpo recibiendo sin esfuerzo aquella gigantesca polla negra.
No había necesidad de creerlo, estaba pasando y Constantine tenía razón.
Era un niño especial.
Su voz grave fue como un desencadenante que sacó a relucir mi deseo.
Mis gemidos eran agudos, me sentía lleno y disfrutaba de todo lo que ese hermoso hombre me estaba dando.
Pasó una hora hasta que se detuvo, tensando su rostro y sintiendo como su pene se hinchaba.
El semen inundó el poco espacio que quedaba en mi culo.
Por lo que sentí, fueron doce chorros de semen espeso y caliente como la leche.
Con lentitud, Constantine sacó su polla de mi culo y sentí como todo mi cuerpo se relajaba de golpe.
Mi agujero dilatado dejó salir dos chorros de semen, manchando la cara de mi tío.
Este sonrió, lamiendo el semen con su lengua.
Agotado, Constantine me arrulló en sus brazos, besando mi cien y acercando sus labios a mi oído izquierdo.
—Felipe me dijo que querías un hombre para cabalgar. He venido a cumplir tu deseo.
Mis párpados dejaron de estar perezosos y miré al hombre a los ojos, su sonrisa confiada me hizo querer besarlo.
Lo hice y sus siguientes palabras me llenaron de dicha.
—Me quedaré unas semanas en la granja. Así que tendrás mucho tiempo para cabalgar a este semental.
Mi sonrisa emocionada hizo reír al hombre y mi tío estaba feliz de verme tan dichoso.
Fin.
Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi al escribirlo.
Si desean charlar, estoy en telegram.
@Remaster64TL28.
Nos leemos luego.



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