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Fantasías / Parodias, Gays, Zoofilia Hombre

Crónica de por qué no terminé la maestría en la UNAM

Tenía videollamadas en zoom con mi compañero, pero no cerré bien la sesión y vio todo lo que hice con mi perro.
La videollamada terminó hace como quince minutos y yo sigo aquí, tirado boca abajo sobre la alfombra, con la playera arrugada subiéndoseme por la espalda y el mentón apoyado en los brazos boca abajo. La luz azulada de la pantalla me baña la nuca, me pinta el cuarto de un azul de hospital, y el polvo flota en el aire como si nada. El vape se apagó solo, hace rato, y el olor a sudor se me ha metido en la nariz sin pedir permiso.

No me moví ni para cerrar la laptop. Ni para apagarla. Ahí sigue, encendida, con la pantalla abierta en la sala de espera del Zoom, ese cuadrito azul que dice que la reunión terminó y que nadie más está conectado. O eso creo. Nunca revisé.

Trueno lleva un rato dándome vueltas. Lo siento en el jadeo húmedo que me llega desde la izquierda, en las uñas que raspan la duela cada que se reacomoda, en el modo en que su hocico me busca el cuello como si tuviera algo que decirme y no supiera cómo. Es un labrador negro, grande, de esos que parecen osos chiquitos, y desde que lo rescaté hace tres años duerme a los pies de mi cama como si me cuidara. Ahora me lame la nuca. Una lengua áspera, larga, que me sube desde la base del cráneo hasta la oreja y me deja un rastro de baba tibia.

—Trueno. Quieto.

No se queda quieto. Me lame otra vez, ahora en la oreja, y yo me río solo, con la cara aplastada contra la alfombra, porque es lo único que puedo hacer. La risa me sale hueca, medio nerviosa, de esas que se me escapan cuando estoy solo y no tengo que fingir que soy el Diego que todos conocen.

Me estiro. Los brazos hacia adelante, las manos abiertas, la espalda arqueada como gato. La playera se me sube más, se me enreda en los hombros, y yo la dejo. Que se quede ahí. Hace calor. El ventilador está apagado porque el ruido me molesta cuando estoy en clase, y ahora el cuarto es un horno chiquito de cuatro por cuatro donde solo caben mi cama tendida a medias, el escritorio con los libros de Cálculo apilados, y esta alfombra áspera que me raspa las rodillas cada que me muevo.

Trueno se pone de pie. Lo siento. El peso del colchón de su cuerpo cuando se levanta, el modo en que la duela cruje bajo sus patas, y luego su hocico otra vez, esta vez en la espalda baja, justo donde la playera se me ha subido y la piel queda al aire.

Me quedo quieto.

No sé por qué me quedo quieto. O sí sé. Sé perfectamente por qué me quedo quieto, pero no me lo digo, porque decírmelo sería nombrar la cosa, y nombrar la cosa es lo único que no puedo hacer. Así que me quedo ahí, boca abajo, con las rodillas raspadas y la respiración cambiándome sin permiso, y dejo que la lengua áspera me baje por la columna vertebral, vértebra por vértebra, como si me contara algo.

Cuando llega al coxis, se me escapa un sonido. No es un gemido. Es algo más chico, más raro, un suspiro que se me atora en la garganta y sale como un chasquido. Me muerdo el labio. La alfombra me raspa la mejilla.

Trueno me lame entre las nalgas, por encima del jeans, y yo cierro los ojos.

Ahí está la cosa. Ahí está la cosa que no me digo, la que llevo meses sin decirme, la que me tiene despierto a las tres de la mañana con el celular en la mano y el pulgar suspendido sobre un video que nunca abro. La cosa que me da vergüenza y me da otra cosa, algo más caliente, algo que no tiene nombre y que no quiero que tenga nombre porque si tiene nombre entonces es real.

Me pongo en cuatro.

No lo pienso. Lo hago. Las manos apoyadas en la alfombra, las rodillas abiertas, la espalda horizontal. La playera se me cae hacia adelante, colgando del cuello, y el aire caliente del cuarto me toca la espalda desnuda, la cintura, la raya del culo que el jeans no alcanza a cubrir del todo.

Trueno está detrás de mí. Lo oigo respirar. Ese jadeo de perro grande, húmedo, impaciente. Siento el hocico otra vez, ahora en la cintura, en el hueco donde la espalda se junta con las nalgas, y la lengua me baja, me busca, se me mete por debajo de la pretina.

—Ay, güey…

Se me sale. No sé a quién le hablo. No hay nadie. Solo está Trueno, solo está la alfombra, solo está la luz azul de la laptop que me sigue bañando la espalda como si fuera un reflector de teatro.

Me bajo el jeans.

Es torpe. Siempre es torpe. Me lo bajo hasta los tobillos, con las rodillas todavía abiertas, y la tela se me enreda en los Converse y tengo que sacudir un pie, luego el otro, y en el proceso casi me caigo de lado. Me río otra vez, esa risa hueca, y Trueno aprovecha para lamerme la cara.

—No, güey, no. La cara no.

Me limpio con el antebrazo. La baba me queda en la piel como un barniz. Y entonces me quedo otra vez en cuatro, ahora sin jeans, solo con los boxers negros que ya traía, y la alfombra me raspa las rodillas de verdad, no como antes, ahora sí duele, y ese dolor me mantiene aquí, me ancla, me impide salir corriendo hacia la cocina a hacerme un sándwich y fingir que esto no está pasando.

Trueno me huele. Me huele el culo por encima del boxer, con la nariz húmeda, y yo siento el frío de su hocico contra la tela y se me eriza todo. Los brazos. La espalda. La nuca. Hasta las plantas de los pies, que tengo dobladas contra la alfombra.

Me bajo el boxer.

Esta vez es más fácil. Un tirón y ya. La tela negra se me queda en los muslos, y el aire caliente me toca donde nunca me toca el aire, y yo respiro hondo, una vez, dos veces, y me digo que esto no significa nada, que los perros hacen esto, que es instinto, que no tiene nada que ver conmigo.

Pero yo soy el que está en cuatro.

Yo soy el que abrió las rodillas.

Yo soy el que no cerró la laptop.

La lengua de Trueno me llega directo ahora. Sin tela. Una lengua áspera, ancha, que me lame desde los huevos hasta arriba, despacio, con una paciencia que no sabía que los perros tuvieran. Me agarro de la alfombra. Los dedos se me clavan en el pelo áspero y yo aprieto los dientes y no gimo, no gimo, no gimo.

Gimo.

Un gemido largo, bajito, que se me escapa desde el fondo del pecho y que la alfombra se traga a medias. Trueno sigue. La lengua me encuentra el centro, ese lugar que yo solo me he tocado a escondidas, en la regadera, con la puerta cerrada y el agua caliente tapándome los ruidos, y ahora es una lengua de perro, húmeda y caliente y viva, y yo tiemblo.

—Trueno…

No sé qué le pido. No sé si le pido que pare o que siga. Le pido algo. La voz me sale ronca, distinta, como si no fuera mía.

El perro se sube.

Lo siento antes de sentirlo. El peso de sus patas delanteras en mi espalda baja, el modo en que la alfombra se hunde bajo nosotros, el calor de su cuerpo cubriéndome como una cobija. Es grande. Es más grande de lo que pensé. Me aplasta contra el suelo, me deja el pecho casi pegado a la alfombra, y yo tengo que abrir más las rodillas para no caerme, y ahí abajo, entre mis nalgas, siento algo que no es la lengua.

Algo grueso. Algo caliente. Algo que empuja.

Me quedo quieto. El corazón me golpea las costillas. La luz azul de la pantalla me ilumina la espalda sudada y yo pienso, por un segundo, que debería parar, que esto es demasiado, que mañana no voy a poder mirarme al espejo. Pero no paro. No me muevo. Dejo que la punta me encuentre, me presione, me busque el hueco, y cuando entra, entra de golpe.

Un empujón húmedo. Un solo movimiento. Y yo me abro como si tuviera años esperando esto.

El gemido que me sale no es bajito. Es un gemido de verdad, largo, roto, que rebota contra las paredes del cuarto y se va a morir contra la ventana cerrada. Duele. Duele y arde y me llena de una manera que no tengo palabras para describir, y aun así empujo las caderas hacia atrás, hacia él, porque mi cuerpo sabe algo que mi cabeza no quiere saber.

Trueno empieza a moverse.

Despacio al principio. Empujes cortos, húmedos, que me abren y me cierran y me vuelven a abrir. La alfombra me raspa las rodillas y yo ya no siento el raspón, solo siento el peso del perro encima, las patas clavándose en mi espalda, el jadeo caliente en mi nuca. Me agarro de la orilla de la alfombra. Los nudillos se me ponen blancos.

—Ay. Ay, güey. Ay.

No es una queja. No es un rezo. Es lo único que me sale.

Los empujes se hacen más largos. Más profundos. El perro me embiste con un ritmo que no controlo, que no puedo controlar, y cada vez que entra hasta el fondo yo siento algo que me sube por la columna y me revienta en la garganta. La vergüenza. El calor. Las dos cosas al mismo tiempo, mezcladas, y yo no sé dónde termina una y empieza la otra.

Me suelto de la alfombra con una mano. Me la llevo al pene, que lo tengo duro desde hace rato, goteando, y me la paso una vez, dos veces, al ritmo de los empujes, y el gemido que me sale ahora es distinto, más agudo, más mío.

Trueno gruñe. Un gruñido bajo, desde el pecho, y acelera. La alfombra se desliza bajo mis rodillas. El cuarto huele a sudor y a perro y a algo más, algo que no quiero nombrar, y la luz azul de la laptop sigue ahí, iluminándome la espalda como si fuera un escenario.

Estoy cerca. Lo siento en los huevos, en las piernas, en la boca del estómago. Me muerdo el labio hasta que siento el sabor de la sangre y sigo moviendo la mano, sigo empujando las caderas hacia atrás, y por un momento no hay nada más que esto, nada más que el peso del perro y el ritmo y el calor y la vergüenza que me quema por dentro.

Y entonces me corro.

Me corro con un gemido que no reconozco, con la espalda arqueada y los dedos clavados en la alfombra, y el semen me sale a borbotones sobre el pelo áspero, blanco sobre el beige, y yo tiemblo entero, las piernas, los brazos, la mandíbula, todo me tiembla, y Trueno sigue encima, sigue empujando, hasta que un último empujón húmedo lo deja a él también quieto, abotonado, lleno, pegado a mi espalda.

Y ahí me quedo.

Boca abajo, con el perro encima, con el semen enfriándose bajo mi vientre y la alfombra raspándome las rodillas. El corazón me late tan fuerte que lo oigo en los oídos. La respiración me sale en jirones. No me muevo. No puedo. Estoy lleno, estoy quieto, estoy abotonado, y por un segundo no hay pasado ni futuro ni mañana ni vergüenza, solo este cuarto azul y este peso caliente sobre mi espalda.

Y entonces oigo el carraspeo.

Un sonido chico. Una garganta que se aclara. Viene de la laptop.

Abro los ojos.

La pantalla sigue encendida. El cuadrito azul que decía que la reunión había terminado ya no está. En su lugar hay una ventana abierta, grande, con la cara de Andrés Fuentes mirándome desde el otro lado, los ojos verdes muy abiertos, la mandíbula apretada, la camisa de botones arremangada hasta el codo como siempre.

Me ve.

Me está viendo.

Y yo, todavía abotonado, todavía con el perro encima, todavía con el semen pegándome al vientre, no puedo hacer nada más que quedarme ahí, en cuatro, mirándolo a los ojos a través de la pantalla.

No me muevo.

No puedo. El cuerpo se me ha vuelto una cosa que no me obedece, y las rodillas siguen clavadas en la alfombra, y las manos siguen ahí donde las dejé, abiertas sobre el pelo áspero, y el peso de Trueno me aplasta la espalda baja como si fuera una piedra caliente. La panza me sube y me baja. La respiración me sale por la boca abierta, corta, húmeda, y yo no aparto los ojos de la pantalla porque no puedo, porque mover la cara sería reconocer que estoy aquí, que soy yo, que ese de la ventana abierta soy yo en cuatro.

Andrés no dice nada.

Se queda quieto un segundo entero. La cara encuadrada en el cuadrito, los ojos verdes esos que cambian de tono según la luz, ahora fijos, muy abiertos, y la mandíbula apretada como cuando revisa código y algo no compila. La camisa de botones arremangada hasta el codo, como siempre. El antebrazo izquierdo apoyado en el escritorio, y ahí, apenas visible en el borde del cuadro, la brújula esa que se tatuó a los dieciocho.

Y luego se levanta.

Lo veo hacerlo. Se empuja con las dos manos contra el escritorio, despacio, y la silla se corre hacia atrás con un chirrido que me llega por las bocinas, un chirrido de metal contra piso, y yo lo oigo como si estuviera aquí, en el cuarto, detrás de mí. Se pone de pie entero. Alto. La cabeza le queda cerca del borde superior del cuadro, y tiene que inclinarse un poco hacia la pantalla para seguir cabiendo, y cuando se inclina las manos se le quedan apoyadas en el escritorio, los dedos largos abiertos sobre la madera, y yo veo los callos de las palmas, esas marcas de levantar pesas que nunca le había visto de cerca.

Se acerca a la cámara.

No mucho. Un paso. Lo suficiente para que la cara se le agrande en la pantalla, para que yo le vea la sombra que le hace la lámpara del techo bajo los pómulos, para que el cuadrito azul de la laptop se llene de él y de nada más. Y ahí se queda. Inclinado. Mirándome.

Yo debería moverme.

Debería. Lo sé. Hay una parte de mí, una parte chica, una parte que todavía funciona, que me está gritando que me levante, que empuje al perro, que cierre la laptop de un manotazo, que borre la sesión, que borre todo. Pero esa parte está muy lejos. Está al otro lado del cuarto, y entre ella y yo hay un perro encima, hay semen secándose, hay una alfombra que me raspa, y hay esos ojos verdes que no se mueven.

Y entonces Trueno se remueve.

Adentro.

Lo siento antes de entenderlo. Un movimiento lento, pesado, como si se acomodara, como si buscara una posición mejor, y el nudo ese que me tiene abotonado me estira por dentro y me saca un sonido que no alcanzo a tragarme. Un jadeo. Corto. Agudo. Se me escapa y rebota en el cuarto vacío y se va derecho a la bocina abierta.

Andrés lo oye.

Claro que lo oye. Lo veo en la cara. Los ojos se le abren un milímetro más, apenas, y la mandíbula se le aprieta todavía más, y hay un momento, uno solo, en que algo le cruza la cara que no alcanzo a leer. No es asco. No es risa. No sé qué es. Se le va rápido, como un pez bajo el agua, y vuelve a quedarse serio.

Yo aprieto los dientes.

Los aprieto hasta que me duelen las sienes, y trato de quedarme quieto, de no darle nada más, de no soltar otro sonido, pero el perro se remueve otra vez y esta vez es más, es un movimiento de caderas, un empujón corto, húmedo, que me abre y me vuelve a cerrar, y yo siento cómo me recorre entero, desde donde me tiene hasta la nuca, y las manos se me cierran solas sobre la alfombra.

—Güey…

No sé si lo digo para él o para mí. Me sale ronco. Me sale bajo. Y en cuanto lo digo me arrepiento, porque decirlo es hablarle, es reconocer que estamos los dos aquí, que esto está pasando entre los dos, que no es un sueño ni un accidente ni una pesadilla de la que voy a despertar.

Andrés ladea la cabeza.

Un movimiento chico. Lento. Como cuando está pensando algo y todavía no lo dice, como cuando en las juntas se queda callado toda la hora y al final suelta una frase que deja a todos en silencio. Se le mueve el pelo castaño, ese corte degradado que siempre trae perfecto, y la luz del techo le da en la frente y le hace brillar un poco la piel.

—Diego.

Mi nombre. Nada más. Con esa voz grave, pausada, esa voz que se ha ido puliendo para las presentaciones, y me lo dice como si estuviéramos en una llamada normal, como si me estuviera preguntando por el avance del proyecto, como si yo no estuviera aquí, en cuatro, con un perro encima y la cara pegada a una pantalla.

Yo no contesto.

No puedo contestar. La garganta se me ha cerrado. Y él espera. Se queda ahí, inclinado sobre el escritorio, con las manos abiertas sobre la madera, esperando, y el silencio se estira entre los dos como un cable, y yo siento cada segundo del silencio en la espalda, en las rodillas, en el lugar donde el perro me tiene abierto.

—No te muevas —dice.

Y yo no me muevo.

Es lo más raro del mundo. Me lo dice él, desde una pantalla, a kilómetros de aquí, y yo le obedezco como si me lo estuviera diciendo al oído. Como si tuviera la mano en mi nuca. Me quedo quieto, quieto de verdad, ni un músculo, y el perro sigue encima, y el semen se me ha secado ya en el vientre y me tira de la piel, y yo no me muevo, y no sé por qué no me muevo, y una parte de mí sabe perfectamente por qué.

Andrés baja la mirada.

La baja despacio, por la pantalla, como si me recorriera, como si la cámara le dejara ver más de lo que yo creo, y yo siento esa mirada en la espalda como si me tocara, como si me pasara la mano por la columna, vértebra por vértebra, y me dan ganas de arquearme, de ofrecerme, y me aguanto, y me quedo plano, y respiro por la nariz.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

La pregunta me cae encima como un balde de agua.

Porque es una pregunta. No es un grito. No es un «qué mierda». No es un «estás enfermo». Es una pregunta tranquila, con esa voz suya, y eso es lo que me desarma, porque un grito lo habría entendido, un grito lo habría podido devolver, pero esto no, esto no tiene respuesta, esto no tiene una respuesta que yo pueda decir en voz alta.

—No… —empiezo.

Y no sigo. No sé qué iba a decir. No sé si iba a negarlo, si iba a decir que es la primera vez, si iba a mentirle, y la mentira se me queda a medio camino en la boca y se me deshace, y yo cierro los ojos un segundo, solo un segundo, y cuando los abro él sigue ahí, en la pantalla, esperando, con la paciencia esa suya que siempre me ha dado un poco de miedo.

Trueno jadea.

El jadeo ese caliente, húmedo, contra mi nuca, y yo siento el aliento en el pelo y siento cómo se le mueve el pecho contra mi espalda, y de repente todo es demasiado, el peso, el calor, la mirada, el silencio, y me tiemblan los brazos, me tiemblan de verdad, y tengo que apretar las manos contra la alfombra para no caerme de lado.

—Diego —dice otra vez.

Y esta vez me lo dice distinto. Más bajo. Más cerca del micrófono. Y yo abro los ojos y lo miro, y él me está mirando a mí, directo, sin pestañear, y hay algo en su cara que no había visto nunca, algo que no es el compañero de equipo, algo que no es el tipo meticuloso del cuaderno de piel, algo que se parece, apenas, a lo que yo siento aquí adentro y que nunca me había atrevido a nombrar.

Se inclina más.

Las manos siguen apoyadas en el escritorio. Los codos se le doblan. La cara se le acerca a la cámara hasta que solo veo eso, la cara, los ojos verdes, la boca, y yo siento que se me va el aire, que se me va todo, y el perro se remueve una última vez, despacio, y yo me muerdo el labio para no gemir, y no lo consigo, y el gemido se me sale igual, largo, bajo, y se va por la bocina.

Andrés lo escucha.

Y no se mueve. Se queda ahí, inclinado, con las manos aún apoyadas en el escritorio, a medio movimiento, como si se hubiera detenido justo antes de algo, y yo sostengo esa mirada sin respirar, con el perro todavía abotonado dentro de mí, y ninguno de los dos dice nada, y el silencio entre los dos se vuelve una cosa espesa, una cosa que se puede tocar.

Y ahí nos quedamos.

El silencio se estira tanto que empiezo a oír cosas que no debería. El zumbido de la laptop. El refrigerador de la cocina, dos cuartos allá. Un carro que pasa por la calle de abajo y que se va sin llevarse nada. Y debajo de todo eso, mi propia respiración, corta, por la nariz, como si tuviera miedo de que se me oiga respirar.

No me muevo.

No me puedo mover. Lo digo en serio: las piernas se me han dormido de las rodillas para abajo, y los brazos me pesan como si fueran de otra persona, y la espalda baja me arde donde Trueno me tiene hundido. Pero no es eso. Es que no quiero. Es que hay una parte de mí, la que todavía no se atreve a nombrarse, que se quedó esperando a ver qué hace él, y mientras él no haga nada, yo tampoco.

Y entonces Andrés se levanta.

Otra vez. Pero ahora distinto. La primera vez fue un empujón corto contra el escritorio, la silla que se corre, el cuerpo que se endereza. Ahora es un movimiento entero. Se para de su silla, la silla que se ve al fondo del cuadro, la de respaldo alto que tiene en su cuarto de allá, y lo hace despacio, sin prisa, con las manos todavía abiertas sobre la madera, como si no quisiera asustar a algo.

Se pone de pie y la cámara lo pierde un segundo.

Se le sale la cara del cuadro. Veo el techo de su cuarto, el foco ese que siempre tiene encendido aunque sea de día, y luego el pecho, la camisa de botones arremangada hasta el codo, el antebrazo izquierdo con la brújula, y después la cara otra vez, más arriba, más lejos de la pantalla, y él tiene que bajar la cabeza para seguir mirándome.

Está parado.

Parado, de pie, en su cuarto, a kilómetros de aquí, y yo estoy aquí, en cuatro, con un perro encima. Y él me mira desde arriba. Desde arriba de verdad, no metafóricamente, desde esa altura suya que siempre me ha hecho sentir más chico de lo que soy, y yo siento la diferencia en el cuerpo entero, en la nuca, en los hombros, en las manos que tengo abiertas sobre la alfombra.

Se apoya.

Una mano en el escritorio. La otra también. Los dedos largos esos, los callos de las pesas, abiertos sobre la madera, y él se inclina hacia la pantalla sin sentarse, con el cuerpo entero echado hacia adelante, y el cuadro se le llena otra vez de cara, de ojos verdes, de mandíbula apretada, pero ahora desde arriba, desde esa posición que no había visto nunca en él.

Trueno se remueve.

Adentro. Otra vez. Un movimiento chico, casi nada, un reacomodo, pero yo lo siento entero, lo siento en la pared de adentro, en ese lugar que llevo una hora sin poder nombrar, y las caderas se me van solas hacia adelante, un centímetro, dos, y tengo que morderme la lengua para no soltar otro sonido.

No lo suelto.

Me lo trago. Me lo trago entero, con los dientes apretados, y se me queda atorado en la garganta como una piedra, y yo miro la pantalla sin parpadear, y Andrés me mira, y él vio el movimiento. Claro que lo vio. Lo vi en la cara: ese destello, ese medio segundo en que los ojos se le van hacia abajo, hacia donde el perro me tiene, y luego vuelven a subir, y se le queda la boca un poco abierta, apenas, como si hubiera empezado a decir algo y se hubiera arrepentido.

—Así que no te vas a mover —dice.

No es pregunta. Es una comprobación. Como cuando revisa una hipótesis y los números le dan. Y yo muevo la cabeza, no sé si para decir sí o para decir no, un movimiento chico, y él lo ve y algo se le mueve en la cara, algo que no alcanzo a leer pero que me deja el pecho apretado.

—Bien.

Una palabra. Nada más. Y yo siento esa palabra en la espalda como si me hubiera puesto la mano ahí, plana, quieta, y me dan ganas de bajar la cabeza, de esconder la cara en la alfombra, y no lo hago, y no sé por qué no lo hago, y una parte de mí sabe perfectamente por qué no lo hago.

Él se inclina más.

Los codos se le doblan. La cara se le acerca al lente, al lente ese de la laptop que siempre tiene limpio, y yo veo el reflejo de la pantalla en sus pupilas, ese cuadrito azul que soy yo, y él me mira como se mira algo que se lleva mucho tiempo queriendo entender.

—¿Y ahora qué? —digo.

Me sale. No sé de dónde me sale. Me sale ronco, bajo, con la voz esa que no reconozco, y en cuanto lo digo me arrepiento, porque es una pregunta, es darle la pelota, es decirle que él decide, y él lo entiende, lo veo en la cara, lo veo en cómo se le aprieta la mandíbula y en cómo se le abren un poco las manos sobre el escritorio.

No contesta.

Y yo espero. Con la cara a un palmo de la alfombra, con el pelo negro rizado cayéndome sobre los ojos, con el peso de Trueno subiéndome y bajándome con cada respiración suya. Espero a que diga algo, a que haga algo, a que se le ocurra la frase que va a romper esto, y no se le ocurre, o se le ocurre y no la dice, y el silencio se me mete por las orejas como agua.

Lo que sí hace es bajar la vista.

Otra vez. Pero ahora no es el barrido rápido de antes, el medio segundo ese que se le escapó hacia donde el perro me tiene. Ahora es lento. Deliberado. Los ojos verdes se le van por la pantalla y se detienen, y yo sé exactamente en qué se detienen aunque no lo vea, porque siento el peso de esa mirada en la espalda baja como si me hubiera puesto la palma ahí, encima del lomo de Trueno, encima de mí.

—Estás temblando —dice.

Y tiene razón. Los codos me tiemblan. Los antebrazos. Es un temblor chico, fino, de músculo cansado, de llevar demasiado tiempo sosteniendo el mismo peso en la misma posición, pero él lo vio desde su cuarto, desde su pantalla, desde esa altura suya, y decirlo en voz alta lo vuelve real de una manera que no estaba antes.

—Es el perro —digo.

Mentira. Lo digo y sé que es mentira, y él también lo sabe, y no me corrige. Se queda con la boca esa un poco abierta, respirando por la nariz, y yo lo oigo respirar por las bocinas, despacio, más despacio de lo normal, como si estuviera midiendo el aire para no gastarlo.

—No —dice. —No es el perro.

Y ahí se acaba la mentira. Se acaba y no pasa nada, no me muero, no se cae el techo, solo se queda la verdad ahí en medio de la llamada como un mueble que nadie va a mover. Y yo bajo la cabeza. La bajo de verdad esta vez, la frente casi contra el pelo áspero de la alfombra, y cierro los ojos, y por un segundo entero no hay pantalla, no hay Andrés, no hay nada más que el calor de Trueno encima y mi propio corazón golpeándome en las costillas.

Cuando los abro, él está más cerca.

No sé cuándo se movió. No lo oí. Pero la cara se le ha llenado otra vez el cuadro, entera, y ahora hay algo distinto en cómo está inclinado, algo en la línea de los hombros, en la manera en que el peso se le ha ido hacia adelante, y yo pienso, con una claridad rarísima, que así se ve un hombre cuando ha decidido algo.

—Diego —dice. —Mírame.

Y yo lo miro.

No me muevo. Eso ya quedó claro, eso ya lo comprobó él y lo comprobé yo, pero los ojos sí, los ojos los levanto, y ahí está, la cara esa, los ojos verdes, la mandíbula, la camisa arremangada, y él me sostiene la mirada desde arriba y no la suelta, y yo siento que se me va el poco aire que me queda, porque estar en cuatro ya era una cosa, pero estar en cuatro mirándolo a los ojos es otra, es peor, es mejor, no sé.

—¿Te gusta? —dice.

La pregunta me cae en el pecho y me deja sin nada. Porque es la misma clase de pregunta que la de antes, tranquila, pausada, con esa voz de presentación, y por eso mismo no tiene escapatoria. Un grito lo devuelvo. Esto no.

—No sé —digo.

Y es lo más honesto que he dicho en meses.

Él asiente. Despacio. Una sola vez, con la barbilla, y en ese asentimiento hay algo que me desarma más que cualquier cosa que hubiera podido decir, porque es un «te creo», es un «está bien no saberlo», es la primera vez en toda la noche que alguien me trata como si esto que estoy haciendo no fuera una cosa que hay que arreglar.

Trueno se baja.

Así, de golpe. Se baja y se va, las uñas en la alfombra, el jadeo alejándose hacia la cocina, y de repente no hay peso, no hay calor, no hay nada encima de mí, y el cuerpo se me queda vacío y frío y raro, las piernas dormidas, la espalda baja ardiendo, el semen seco tirándome de la piel del vientre. Y yo me quedo ahí. En cuatro. Solo. Con la cámara abierta y él mirando.

Y él no dice nada.

No dice «ya». No dice «levántate». No dice «ciérrala». Se queda ahí, de pie, inclinado sobre el escritorio, con las manos abiertas sobre la madera, mirándome desde su cuarto a kilómetros de distancia, y yo entiendo, con una claridad que me llega hasta los huesos, que me está dejando el siguiente movimiento a mí. Que la puerta está abierta. Que puedo levantarme y cerrar la laptop y no volver a mencionar esto nunca, y que él va a dejarme hacerlo, y que eso, exactamente eso, es lo que hace que no pueda.

Porque si me deja, es porque no le importa. Y si me deja, es porque le importa demasiado. Y no sé cuál de las dos me da más miedo.

Me siento sobre los talones.

Despacio, con las manos todavía en la alfombra, y las rodillas me crujen y las piernas me hormiguean cuando la sangre vuelve, y yo me quedo ahí, sentado en el suelo de mi cuarto, desnudo, sudado, con la playera de banda en algún lugar detrás de mí y los Converse tirados junto a la puerta, y lo miro a la pantalla desde abajo, desde el suelo, y él me mira desde arriba, desde su cuarto, y ninguno de los dos cierra la sesión.

—Andrés —digo.

Y me sale distinto. Más bajo que antes. Casi una pregunta, casi un aviso, y él lo oye, lo veo en cómo se le mueven los dedos sobre el escritorio, cómo se le aprietan un poco contra la madera, como si se estuviera aguantando algo.

—Sí.

Una palabra. La misma clase de palabra que el «bien» de antes, pero ahora no me la siento en la espalda, me la siento en el pecho, y yo abro la boca para decir algo, lo que sea, cualquier cosa, y no me sale nada, y me quedo ahí con la boca abierta como un idiota, mirándolo desde el suelo de mi propio cuarto.

Y él sonríe.

Despacio. Esa sonrisa suya que le cuesta trabajo, la de los ojos verdes que se le achican un poco en las orillas, y es la primera vez en toda la noche que lo veo sonreír, y no me quiero imaginar qué cara estoy poniendo yo, pero por cómo me mira, debe de ser una cara entera.

—Mañana —dice. —La junta. Las nueve.

Y cuelga.

La pantalla se queda en negro. El cuadrito azul se apaga y me deja mirando mi propio reflejo en el vidrio de la laptop, la cara esa que no reconozco, el pelo revuelto, la boca abierta, y detrás de mí, en el reflejo, el cuarto entero: la cama sin tender, la ropa tirada, la alfombra con la marca de las rodillas. Y yo me quedo ahí sentado, en el suelo, con la sesión todavía abierta en la pantalla negra, y por primera vez en una hora entera, el silencio del cuarto no tiene nada dentro.

Miro la hora. Las dos y cuarenta y siete de la mañana.

Las nueve. La junta. Las nueve.

Y yo sé, con esa certeza que da el cuerpo cuando ya decidió antes que la cabeza, que no voy a poder dormir.

6 Lecturas/2 de octubre de 2026/0 Comentarios/por luappalup
Etiquetas: chica, chico, compañero, culo, desnuda, metro, pene, semen
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