De Mi Sangre Siete Final
Hace 15 años fui encarcelado por asesinato y dejé atrás a mi hijo de cinco años. Pensar en él me mantuvo cuerdo. Ahora soy libre y quiero encontrarlo y darle la vida que su madre deseaba. Pero quince años cambian a las personas, y quizá descubra demasiado tarde cuánto..
—Policía, abran.
El mundo recupera el equilibrio, y con él llega la realización de la mierda en la que estamos metidos. Salgo de Brenda a regañadientes y la ayudo a ponerse de pie. No sé qué carajo es esta locura, pero ahora que la encontré, no pienso dejarla ir. Si esta es la forma en que voy a tener una relación con ella, entonces la voy a tomar.
—Un segundo —digo, recogiendo la falda de Brenda del suelo y arrojándosela—. Vístete rápido. Yo salgo a hablar con ellos mientras terminas de empacar. Nos largamos de este pueblo.
—¿Nos largamos? —No parece disgustada con la idea. De hecho, se ve aliviada, hasta emocionada ante la perspectiva.
—Sí, trata de juntar todo lo más rápido que puedas. Tenemos que irnos a algún lugar donde nadie sepa quiénes somos.
Asiente y se gira hacia su maleta. Con los jeans ya en su lugar, voy a abrir la puerta. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿A quién mierda pretendo engañar? No hay nada correcto en lo que acabo de hacerle a mi hija. Puede que ella haya iniciado todo, pero yo no tenía que seguirle el juego.
Me doy la vuelta para mirarla. Me regala una sonrisa tímida y mi corazón se aprieta. Eso de ahí. Esa sonrisa en su cara, la emoción en sus ojos, es lo único que importa.
En lugar de invitar al policía a entrar, me deslizo por la pequeña abertura que abrí y cierro la puerta de un tirón Detrás del hombre, esa perra vengativa que es dueña de la casa de huéspedes nos observa.
—Oficial Reid —dice el hombre, mostrándome su placa antes de guardarla—. La señora Hopkins llamó por allanamiento de morada.
—Esto es una casa de huéspedes que ofrece servicio al público —respondo con calma—. La señora Hopkins está discriminando al cancelar mi reserva esta mañana, aunque básicamente teníamos un contrato en el momento en que aceptó mi dinero por la estadía.
—Le devolví cada dólar —dice ella.
—Eso no cambia el hecho de que me dejó sin lugar donde quedarme y sin previo aviso.
El oficial frunce el ceño mirando a la señora Hopkins.
—¿Es cierto eso?
—Tenía una visitante no autorizada en su habitación.
—No me comunicaron en ningún momento que no pudiera tener compañía en mi habitación —respondo—. Pero de todos modos, solo estoy recogiendo mis cosas y me voy.
—Suena razonable —dice el oficial—. Como ya no es un cliente pagante, espero que abandone las instalaciones en una hora. Recoja lo que es suyo y váyase.
—Gracias, oficial Reid. Lo haré.
La señora Hopkins se aleja con el oficial, la tensión en su boca mostrando su disgusto porque le haya dado más tiempo para irme. Vuelvo a entrar en la habitación y encuentro a Brenda guardando lo que parece ser lo último de sus cosas. Tiene dos maletas en total y las mira con cierta tristeza.
—¿Qué pasa?
—Solo pensaba en que todo lo que poseo está en estas maletas. Esa ha sido mi vida.
La atraigo hacia mis brazos y le beso la coronilla.
—Ya no. Vámonos.
Levanta la cabeza buscando un beso y sé que va a ser un torbellino. Es testaruda y respondona. Y va por lo que quiere.
—¿Cuánto tiempo nos dio el policía? —pregunta.
—¿Estabas escuchando?
—Tal vez.
—Nos dio una hora. ¿Por qué? Mira fijamente hacia la cama.
—¿Crees que puedas ponértela dura otra vez tan pronto? Ladeo la cabeza para observarla.
—¿Por qué?
—Porque Hopkins es una maldita perra. Me ha estado pagando una miseria todo este tiempo que trabajé aquí solo porque sabe que nadie más en el pueblo quiere contratarme.
Y esa es la razón número uno por la que necesito sacarla de este pueblo de mierda.
—¿Qué estás pensando? —le pregunto.
—Estoy pensando que tal vez tengamos justo el tiempo suficiente para joder esta cama antes de irnos.



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