El Ladrón Vl
Alan lo transformó en Diana: lo obligó a vestirse de mujer, le puso una jaula de castidad, lo feminizó con hormonas, lo humilló y lo usó sin piedad. La situación llegó a su punto más extremo cuando el padre de Diana descubrió todo..
Hola! Han sido años desde la última vez que publiqué un capítulo de esta historia, pero por fin he decidido continuarla. Pondré un breve resumen de lo anterior por si no quieren leer las entregas previas, y para los que quieran pueden encontrarlas en mi perfil. Tiendo a escribir relatos largos, para lo que lo consideren. Nuevamente gracias por leerme.
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Anteriormente, un joven de Guadalajara cometió el error de fantasear con un ladrón atractivo llamado Alan, a quien veía por las cámaras de seguridad. Una noche dejó la puerta abierta a propósito y terminó siendo descubierto, chantajeado y convertido en su juguete sexual. Poco a poco, Alan lo transformó en Diana: lo obligó a vestirse de mujer, le puso una jaula de castidad, lo feminizó con hormonas, lo humilló y lo usó sin piedad. La situación llegó a su punto más extremo cuando el padre de Diana descubrió todo. Tras una fuerte confrontación, Alan decidió “ceder” a Diana a su propio padre, quien ahora ha tomado el control absoluto como su nuevo dueño. Ahora Diana vive completamente sometida bajo el dominio de su padre, quien se ha vuelto más estricto y posesivo que Alan. Su antigua vida como hombre ha quedado prácticamente destruida y su feminización avanza cada día.
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Me despertó la voz grave de mi padre:
—Arriba, Diana. Las putas de la casa no duermen hasta tarde.
Abrí los ojos, todavía aturdida. Sentía el cuerpo sensible por la follada de anoche. Llevaba solo un baby doll transparente color rosa y, entre mis nalgas, el plug anal mediano que papá me había la noche pasada después de lo sucedido. Tenía una base de cristal rosa, que lo hacía muy llamativo. Me lo había puesto él mismo después de correrme dentro de mí, diciéndome que dormiría con él para que mi culo nunca olvidara a quién pertenecía ahora.
Me levanté con cuidado, sintiendo cómo el plug se movía con cada paso y presionaba ese punto que me hacía temblar.
—Buenos días, amor… —murmuré con la voz más suave y femenina que logré hacer.
—Buenos días, hembra. Ve a la cocina. Quiero el desayuno en veinte minutos. Te quiero arreglada, con tacones nada más. El plug se queda dentro. Que no se salgo sino te lo cambio por el grande sin lubricante. ¿Entendido?
—Sí, papi.
Me puse el delantal blanco de encaje que apenas cubría mi jaula y mi vientre. Mi culo quedaba completamente expuesto, con el plug bien visible. Me subí a los tacones negros y caminé hacia la cocina, moviendo las caderas como él me había enseñado. Cada paso hacía que el plug entrara y saliera ligeramente, provocándome oleadas de vergüenza y excitación.
Mientras preparaba el café, los huevos y las tostadas, escuché sus pasos pesados. Papá apareció detrás de mí, desnudo de cintura para arriba y solo con un bóxer gris que marcaba su gran bulto.
Me dio una fuerte palmada en el culo, haciendo que el plug vibrara dentro de mí.
—Buena chica. Me encanta verte con mi regalo puesto. Me costó caro ese plug, así que lo vas a usar todos los días hasta que tu culo esté completamente entrenado para mi verga.
Me giró, me levantó el delantal y me miró con esos ojos posesivos que me hacían sentir tan pequeño.
—Inspección.
Separé las piernas y apoyé la manos en la mesa. Papá se agachó, tomó mi jaula rosada entre sus dedos y tiró suavemente de ella. Luego movió la base del plug, empujándolo más adentro.
—Bien apretado. Mírate… tan pequeño y encerrado. ¿Cuánto tiempo llevas sin correrte como hombre?
—No sé, he perdido la cuenta —respondí sonrojada.
—Perfecto. También veo que están creciendo poquito tus tetitas, eso es bueno. De rodillas y con la boca bien abierta te quiero.
Obedecí al instante. Papá bajó el bóxer y sacó su verga gruesa y pesada, todavía semierecta. Apuntó directamente a mi boca abierta.
—Primero mi meada matutina, como toda buena esposa.
El chorro caliente y fuerte cayó sobre mi lengua. Tragué con dificultad, sin derramar ni una gota, mientras sentía la humillación ardiendo en mis mejillas. Él me miraba fijamente a los ojos.
—Traga todo, zorra. Esta es tu nueva vitamina diaria.
Cuando terminó, sacudió las últimas gotas en mi cara y me dio una palmada en la mejilla.
—Buena hembra. Ahora siéntate debajo de la mesa mientras desayuno.
Me arrodillé entre sus piernas. Mi cara quedaba a pocos centímetros de su verga. De vez en cuando me agarraba del pelo y me presionaba contra sus huevos pesados para que los lamiera y chupara suavemente mientras él comía y revisaba el teléfono.
—Nueva regla —dijo de pronto—. A partir de hoy, cuando yo llegue del trabajo, te vas a arrodillar en la entrada con la boca abierta. Quiero que me recibas chupándome la verga nada más cruzar la puerta. ¿Entendido?
—Sí, papi… —respondí con la voz ahogada contra su piel.
Después de que terminé de limpiar su verga con la lengua bajo la mesa, papá se levantó, se subió el bóxer y me miró desde arriba con esa expresión de dueño absoluto.
—Hoy me voy al trabajo —dijo mientras se ponía la camisa—. Tú te quedas aquí, encerrada en la casa. Prohibido ponerte cualquier ropa de hombre, aunque sea una sola prenda. Ni siquiera pantalones. Quiero que estés vestida como la puta que eres todo el día. No sales a la calle bajo ninguna circunstancia. La única razón por la que puedes abrir la puerta es para recibir paquetes o comida. ¿Entendido?
—Sí, Papá… —respondí bajando la mirada.
—Bien. Si desobedeces, te voy a poner el plug grande todo el día y te voy a nalguear hasta que no puedas sentarte.
Me dio una última palmada fuerte en el culo, haciendo que el plug se moviera dentro de mí, y se fue.
Me quedé sola en casa, vestida solo con el baby doll transparente, el delantal y los tacones. Pasaron un par de horas. Intenté hacer las tareas del hogar lo mejor posible, pero no dejaba de sentir nervios. Alrededor de las once de la mañana sonó el timbre.
Dos repartidores esperaban afuera con una camioneta y varias cajas enormes. Abrí solo una rendija, intentando cubrirme lo mejor posible.
—Pueden dejarlas aquí afuera, por favor… —dije con voz temblorosa.
El repartidor más cercano, moreno, fornido y de unos treinta y tantos, empujó la puerta sin avisar. El delantal se movió y él vio todo: el baby doll transparente, mi jaula rosada y la base brillante del plug sobresaliendo de mi culo.
—Pero que mierda… mira esto —murmuró.
Intenté cerrar, pero ya era tarde. Firmé rápidamente y cerré la puerta. Los escuché reírse mientras se iban.
Diez minutos después volvieron a tocar.
—¡Entrega! Olvidamos un paquete pequeño —gritó uno.
Mi corazón latía con fuerza. Abrí solo una rendija, intentando mantener el cuerpo escondido. En cuanto la puerta cedió un poco, el repartidor moreno la empujó con violencia y entró. El alto entró detrás y cerró la puerta.
—No… por favor… váyanse —supliqué retrocediendo, cubriéndome con los brazos—. Mi papá está por llegar, se los juro…
El moreno sonrió con malicia y se acercó. Olía a sudor fresco, a hombre que había estado trabajando bajo el sol toda la mañana. Un olor fuerte, masculino y algo ácido.
—Tu papá no está aquí, putita. Y con esa ropa de zorra barata, no nos vas a engañar.
Intenté correr hacia la sala, pero el alto me agarró del brazo con fuerza y me jaló hacia él. Su cuerpo era más grande, y olía a cigarro y a olor corporal acumulado.
—Quieta, perra. Mira nada más lo que tenemos aquí…
Me arrancaron el baby doll de un tirón, dejándome casi desnuda salvo por los tacones. El moreno me miró la jaula rosada y soltó una carcajada baja.
—Mira esto, compa… la tienen enjaulada. Y tiene un plug en el culo, ¿ves? Ya viene preparada.
—Por favor… no me hagan esto… yo no soy… —intenté decir, pero la voz me temblaba.
El alto me empujó para que me arrodillara en el pasillo. Me resistí, pero entre los dos me obligaron a bajar.
—Chúpame primero —ordenó el moreno, sacando su verga gruesa y venosa. Ya estaba medio dura y tenía un olor fuerte, almizclado, como si llevara varias horas sudando—. Hace más de dos semanas que no me descargo. Mi mujer está de viaje y estoy lleno. Abre la boca.
—No… por favor… no quiero… —supliqué, girando la cara.
El alto me agarró del pelo con fuerza y me obligó a mirar hacia adelante. El moreno me golpeó suavemente la cara con su verga pesada.
—Abre, puta. O te vamos a poner las cosas más difíciles.
Entre lágrimas abrí la boca. Él empujó lentamente, centímetro a centímetro, llenándome la boca con su sabor salado y fuerte. Empezó a mover las caderas con calma, follándome la boca sin prisa.
—Qué boca más caliente… Joder, qué rico —gruñía—. Mira cómo babea, compa. Esta puta está acostumbrada.
El alto se puso detrás de mí, me dio varias nalgadas fuertes que resonaron en la casa y empezó a jugar con el plug, moviéndolo en círculos sin sacarlo todavía.
—Está bien lubricado… seguro que el papá la usa todos los días. Qué envidia tener una zorrita así.
Me folló la boca durante varios minutos lentos y profundos. Cada vez que intentaba apartarme, el alto me mantenía en mi lugar agarrándome del pelo. El olor de la entrepierna del moreno era intenso.
—Quítale el plug —le dijo al alto.
Sentí cómo sacaban el plug lentamente. Mi ano quedó abierto y vacío un segundo, palpitando. Inmediatamente sentí la punta gruesa del alto presionando contra mí.
—No… por favor…—supliqué llorando, con la verga del moreno todavía en la boca.
—Shhh… calladita —dijo el alto mientras empujaba poco a poco. Centímetro a centímetro fue entrando, abriéndome. Gemí fuerte, ahogado alrededor de la verga del otro.
—Está apretado… pero entra bien —gruñó el alto—. Qué culo tan rico. Caliente y suave por dentro.
Empezaron a follarme a ritmo lento pero constante. El moreno en mi boca, el alto en mi culo. Se turnaban, hablando entre ellos como si yo no estuviera allí.
—Pásamela. Quiero probar ese culo yo también.
Me cambiaron de posición. Me pusieron a cuatro patas sobre la alfombra de la sala. El moreno se arrodilló detrás y empujó su verga gruesa dentro de mí con un gemido largo y profundo.
—Joder… qué rico. Llevaba semanas queriendo descargar esto.
El alto se puso al frente y me metió su verga en la boca, todavía mojada de mi saliva y su precum. Me follaban por ambos lados sin prisa, disfrutando cada embestida, dándome nalgadas y pellizcándome las tetas crecientes.
—Está chorreando… le gusta que la violen aunque llore —se burlaba el alto.
Después de un rato largo, el moreno aceleró y me llenó el culo con una carga abundante y espesa. Casi inmediatamente el alto me sacó de la boca y me corrió en la cara y en el pecho, gruñendo fuerte.
Pensé que habían terminado, pero no. Me tiraron boca arriba en el suelo. Primero el moreno se puso sobre mí y me meó directamente en la cara, el pecho y la jaula. El chorro estaba caliente y tenía un olor fuerte.
—Traga lo que puedas, puta.
Después el alto hizo lo mismo, apuntando especialmente a mi boca abierta. Me bañaron completamente en su semen y su orina. Estaba empapada, pegajosa, oliendo a sexo, sudor y pis.
El moreno sacó su teléfono e hizo fotos y un video corto.
—Nos llevamos recuerdos. Si dices algo, estas fotos van a terminar en todos lados. Y de ahora en adelante… nosotros seremos tus repartidores de planta. Cada vez que pidas algo, venimos los dos. Más te vale recibirnos bien. Buena zorra.
Se fueron y escuché como se iban en la camioneta mientras yo me quedaba tirado en el suelo de la sala, bañada en semen espeso y orina caliente, el culo abierto y chorreando, el cuerpo temblando de vergüenza, dolor y una excitación humillante que no podía apagar.
Tenía que limpiarlo todo antes de que llegara papá.
Me levanté con dificultad, tambaleándome sobre los tacones. Fui al baño gateando casi, y me metí en la ducha. Me lavé el cuerpo lo más rápido que pude, pero por más que frotaba, el olor a ellos parecía quedarse pegado en mi piel. Me enjuagué el culo varias veces, pero todavía sentía cómo salía semen de adentro. Limpié el piso de la sala con trapos y desinfectante, lavé el baby doll a mano y lo puse a secar. Intenté borrar cualquier rastro, pero estaba tan nerviosa que me temblaban las manos.
Apenas terminé de ponerme un nuevo baby doll limpio y el delantal, escuché la llave en la puerta. Papá había llegado más temprano de lo normal.
En cuanto entró, me puse de rodillas como me había pedido, supe que algo andaba mal. Su cara estaba seria, la mandíbula tensa. Cerró la puerta lentamente y me miró de arriba abajo.
—Ven aquí —ordenó con voz baja y amenazante.
Me acerqué con la cabeza baja. Antes de que pudiera decir nada, me agarró del pelo y me arrastró hasta la sala. Me puso de rodillas frente al sofá.
—Yo… —empecé a decir con voz temblorosa.
—Cállate.
Sacó su teléfono, tocó algo y lo puso frente a mí. Era la aplicación de las cámaras de seguridad. Vi claramente todo: cómo me empujaban, cómo me arrodillaba, cómo me follaban la boca y el culo, cómo me bañaban en semen y orina. Todo grabado en alta calidad.
Sentí que el estómago se me caía.
—Viste todo… —susurré.
—Claro que vi todo, Diana. —Su voz sonaba molesta, casi decepcionada—. Y lo que más me molesta no es que te hayan follado. Eso era de esperarse cuando abriste vestida como una puta barata. Lo que me molesta es que no supiste tu lugar.
Me levantó la cara agarrándome de la barbilla con fuerza.
—Eres una hembra. Eres una puta. Cuando dos hombres entran a la casa y ven lo que eres, tu obligación es servirlos correctamente. Y tú, en cambio, te resististe, lloraste y suplicaste como si no supieras exactamente para qué te tenemos vestida así. ¿Eso es lo que eres? ¿Una puta inútil que no sabe atender a los hombres?
—Por favor… ellos me obligaron… yo tenía miedo… —intenté explicar, con lágrimas en los ojos.
—¡Eso no importa! —me interrumpió elevando la voz—. Tu miedo no vale nada. Tu boca, tu culo y tu cuerpo ya no te pertenecen. Si un hombre entra y quiere usarte, te pones de rodillas, abres la boca y le das gracias. ¿Entendiste?
Asentí rápidamente, llorando.
—Sí, papi…
Se sentó en el sofá y me señaló el suelo entre sus piernas. Me arrodillé allí mientras él seguía hablando.
—Los dos repartidores te usaron como se merecía una zorra vestida así. Y tú actuaste como una niña asustada en vez de como la puta bien entrenada que se supone que debes ser. Eso me avergüenza.
Me bajó la cara contra su entrepierna. Su verga ya estaba dura dentro del pantalón.
—Ahora vas a compensar tu error. Chúpame mientras te explico cómo van a ser las cosas de ahora en adelante.
Saqué su verga y empecé a lamerla y chuparla con dedicación, todavía con el sabor de los otros en la boca. Papá me agarraba del pelo y hablaba con calma pero firme:
—Primero: cada vez que lleguen repartidores, vas a recibirlos como se debe. Te vas a arrodillar, les vas a ofrecer la boca y el culo sin quejarte. Segundo: si quieren follarte, los dejas. Tercero: les vas a pedir que te llenen y que te meen encima, así es, lo vas a pedir tú. Eso es lo que vas a hacer de ahora en adelante. ¿Queda claro?
—Sí, papi… —respondí con su verga en la boca.
—Bien. Porque esos mismos dos van a ser tus repartidores habituales. Ya los contacté para disculparme por tu conducta. Les gustaste y llegamos a un trato. La próxima vez que vengan, más te vale que los atiendas como una puta profesional. Si no… el castigo va a ser mucho peor que una simple follada.
Me folló la boca con fuerza durante varios minutos, usándome como desahogo de su molestia, hasta que se corrió profundamente en mi garganta.
Cuando terminó, me miró desde arriba, todavía con la verga semi-dura contra mi cara.
—Ahora ve a prepararme la cena, Diana. Y esta noche voy a follarte el culo hasta que entiendas de una vez por todas cuál es tu nuevo lugar en esta casa.
Después de prepararle la cena y servirla de rodillas a su lado, papá apenas habló. Solo me miraba con esa expresión seria que me ponía aún más nerviosa. Cuando terminó, se limpió la boca y me dijo:
— Te espero en la habitación
Cuando entré a la habitación, papá ya estaba allí, completamente desnudo, sentado en el borde de la cama matrimonial. La luz tenue de la lámpara hacía que su cuerpo se viera aún más imponente. Su verga gruesa descansaba sobre su muslo, semierecta. Me miró lentamente de arriba abajo, como evaluando una mercancía.
—Acércate, Diana. Y date la vuelta.
Obedecí. Me paré frente a él y giré lentamente. Sentí su mirada clavada en mi culo expuesto.
—Buena hembra. Levántate el baby doll.
Lo hice. Papá tomó el plug con dos dedos y lo movió en círculos, empujándolo un poco más adentro. Gemí bajito.
—Todavía tienes el culo un poco abierto por esos repartidores… Se nota. Pero eso ya no importa. Lo que me molesta es cómo te comportaste.
Me dio una palmada fuerte que resonó en la habitación.
—Sobre la cama. Boca abajo.
Me coloqué en el centro de la cama. Papá se arrodilló a mi lado y empezó a darme nalgadas, no rápidas, sino lentas, fuertes y deliberadas. Cada golpe hacía que el plug se moviera dentro de mí.
—Una por cada “no” que dijiste… —¡Plaf!— Una por cada vez que suplicaste como si tuvieras derecho a negarte… —¡Plaf!— Una por no haber abierto la boca como la puta que eres…
Mi culo ardía. Conté más de veinte nalgadas. Cuando terminó, estaba jadeando y con lágrimas en los ojos.
Papá me sacó el plug lentamente, dejando mi ano abierto y palpitante.
Se colocó detrás de mí y empujó su verga gruesa contra mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, hasta que sus huevos chocaron contra mí. Solté un gemido largo y tembloroso.
—Así… bien profundo. Este culo es mío. Siempre lo va a ser.
Empezó a follarme con embestidas largas y potentes. La cama crujía. Cada vez que entraba hasta el fondo sentía que me llenaba por completo. Me agarraba de las caderas con fuerza mientras hablaba:
—Eres mi hembra. Mi puta personal. Y las putas no eligen a quién sirven. Mañana mismo voy a empezar a acondicionar tu antiguo cuarto. Voy a poner una cama más grande, espejos, iluminación adecuada y algunos juguetes. Ese será tu espacio para atender a los hombres que yo decida. Si alguien viene y quiere usarte, te vas a llevar ahí, te vas a poner de rodillas y vas a servirlo como se debe. Querías ser puta, pues yo me voy a encargar de que lo seas ¿Entendido?
—Sí, papi… —gemí entre embestidas—
—Exacto. Ya no es tu habitación de hombre. Es la habitación de la puta de la casa.
Me dio la vuelta, me levantó las piernas y las puso sobre sus hombros. Ahora me follaba mirándome a la cara. Sus ojos estaban llenos de posesión. Podía ver cómo mis tetitas se movían con cada embestida.
—Mírate… tan rota y tan cachonda. Clítoris encerrado, tetas creciendo, culo tragándose mi verga. Esto es lo que siempre debiste ser.
Aceleró el ritmo. Me follaba con fuerza, casi con rabia. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo llenaba la habitación junto con mis gemidos y sus gruñidos.
—Dime qué eres —exigió.
—Soy tu puta… soy tu hembra… mi boca y mi culo son para quien tú quieras… —repetía casi sin aliento.
—Más fuerte.
—¡Soy tu puta! ¡Uso mi cuerpo para servir hombres!
Papá gruñó satisfecho y me folló aún más duro. Después de varios minutos en esa posición, me puso a cuatro patas de nuevo y me embistió con todo. Finalmente, con un gemido profundo y largo, se corrió dentro de mí. Sentí varios chorros calientes y espesos llenándome por completo.
Se quedó enterrado unos segundos, respirando agitado, y luego sacó su verga lentamente. Inmediatamente volvió a colocarme el plug grande, sellando su semen dentro.
—Ni una gota se va a salir esta noche —dijo mientras me daba una última nalgada.
Me atrajo hacia él, pegando mi espalda contra su pecho. Me rodeó con un brazo posesivo, su mano grande descansando sobre mi jaula.
—Mañana empiezo con las obras en tu antiguo cuarto. Quiero que esté listo lo antes posible. Y cuando los repartidores regresen… porque van a regresar… vas a tener la oportunidad de demostrarme que ya entendiste cuál es tu lugar. ¿Verdad, Diana?
—Sí… —susurré, exhausta, llena y humillada—. Lo haré bien la próxima vez.
—Buena hembra —murmuró contra mi nuca, casi con cariño—. Ahora duerme. Mañana tienes mucho que hacer.
Continuará…
Nuevamente gracias por leerme. Me pueden encontrar en telegram como : @bnsss123


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