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Gays, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

El primer secreto

Todo comenzó una noche en la que mi padrino Daniel se quedó a dormir en mi cuarto. Con solo seis años, lo que empezó como un masaje inocente se transformó en un descubrimiento profundo: el deseo, el placer y un vínculo que nadie más debía conocer. Aquí empieza la historia de ese primer encuentro .
Todo comenzó tres meses después de mi cumpleaños número 6. Desde que tengo memoria, algo en mí me hacía fijarme en los hombres: me atraía su presencia, su fuerza, ese olor propio que desprendían, y mis ojos siempre buscaban ver cómo se les marcaba el bulto en la ropa, esa forma gruesa y pesada que me parecía la cosa más fascinante del mundo.

 

En esa época era muy apegado a mis padrinos de bautizo, Daniel Carmona, mi padrino. Era un hombre que se cuidaba mucho: cada ocho días salía a correr por la barranca, mantenía un cuerpo fuerte, con piernas musculosas y velludas, y siempre llegaba a casa los domingos. Traía pantalones cortos deportivos o pantalones flojos, y bajo la tela se le dibujaba un bulto grande y firme que no podía dejar de mirar. Llegaba, saludaba, comía con nosotros y se quedaba un rato platicando con mi papá, tomando cerveza. Yo lo observaba todo el tiempo, guardando en mi memoria cada detalle, esperando el momento en que pudiera acercarme más.

 

Y ese domingo llegó. Daniel vino solo, sin su esposa ni sus hijos, y parecía andar más distraído de lo normal. Se sentó a beber con mi papá y, conforme pasaban las horas, se le notaba ya bastante tomado, hasta el punto de que ya no podía manejar para regresar a su casa.

 

—Carnal —le dijo a mi papá—, si me haces el favor, me quedo aquí. Me tiro en la cochera o donde sea.

—No, compadre —respondió mi mamá de inmediato—. ¿Cómo va a dormir ahí? Mejor vaya y acomódese en el cuarto con Jorgito.

Daniel me acarició la cabeza y me despeinó con suavidad.

—¿Me prestas tu cuarto, ahijado?

—Claro que sí, padrino —le respondí con una sonrisa que ocultaba toda la emoción que sentía por dentro—. Si quiere, duerma en mi cama.

 

Lo acompañé hasta el cuarto. Iba un poco inestable, con la mirada perdida y la respiración pesada.

—Padrino, déjeme le quito los zapatos —le dije.

 

Me senté frente a él y, con toda la calma y el deseo del mundo, comencé a desatarle los tenis. Cuando se los quité, quedaron al descubierto sus pies grandes, de piel gruesa, con los talones un poco duros y el empeine cubierto de vello negro y espeso. Acerqué mi nariz y respiré hondo: olían a sudor limpio, a hombre que ha caminado y trabajado, un olor que me parecía delicioso. Tomé sus pies entre mis manos pequeñas, los acaricié despacio, subiendo poco a poco por sus pantorrillas firmes, llenas de músculo y cubiertas de ese mismo vello oscuro. Me tardaba a propósito, disfrutando cada roce, cada sensación.

 

—¿Quiere que le dé masaje en los pies, padrino? —le pregunté con voz suave.

 

Él parpadeó lentamente, medio dormido ya.

—¿Masaje? Bueno, sí, ahijado… hazlo. Me siento muy cansado.

 

Empecé a mover mis manos con suavidad, y al rato él soltó un suspiro profundo y me dijo:

—Ay, ahijadito, qué rico masaje… ni tu madrina me da estos masajes, ni me atiende así… muchas gracias.

 

Al escuchar esas palabras, sentí algo despertar en mí: como si me estuviera diciendo que yo podía ocupar ese lugar, que podía darle lo que ella ya no le daba. Entonces, con esa inocencia que me servía de excusa perfecta, le pregunté:

—Padrino, ¿le está gustando?

—Huy, ahijado, me encanta… lo haces muy bien, de verdad.

—¿Y entonces quiere que le dé masaje en todo su cuerpo? —le dije mirándolo fijamente.

 

Hubo un silencio breve, solo se escuchaba su respiración profunda y pesada. Después de unos segundos, me respondió con voz lenta:

—¿En todo mi cuerpo?

—Sí, padrino, si usted quiere —insistí.

 

—Mmm… bueno —aceptó al final—. Ahorita sigue dándome masaje en los pies, y luego yo te voy diciendo dónde más.

 

Mientras hablábamos, sin que él se diera cuenta, me quité toda mi ropa y me quedé solo con unas trusitas pequeñas que se me metían entre las nalgas por lo gordito que era.

 

—¿Y por qué no se quita esa ropa, padrino? —le dije entonces—. Está sudada, le va a dar más calor.

 

—Es que no traje pijama —respondió él.

—No importa, quítesela y se queda en su trusa.

 

Y sin pensarlo mucho, se quitó la camiseta y el pantalón. Ahí quedó al descubierto, recostado sobre las almohadas que le acomodé para que estuviera más cómodo: pecho ancho y velludo, vientre firme, piernas largas y fuertes, y en el centro de todo, esa trusa blanca que se le pegaba a la piel, marcando con claridad la forma enorme, alargada y gruesa de lo que escondía.

 

Me fui corriendo al baño y tomé el frasco de aceite de almendras que mi mamá usaba para dar masajes. Cuando regresé, empecé a untar el aceite en sus pies, deslizando mis manos suaves y resbaladizas por toda la piel. Masajeaba con cuidado, subiendo poco a poco por las pantorrillas, las rodillas, los muslos… y en un momento, al levantar la vista, vi que ya estaba profundamente dormido, roncando con una respiración lenta y pesada.

 

Y ahí estaba: bajo la trusa blanca, esa forma se había levantado, dura y firme, formando una protuberancia inmensa que parecía querer romper la tela. Se me hizo agua la boca. Seguí subiendo las manos, masajeando su abdomen, su pecho, sus hombros… hasta que me atreví a subirme encima de él, acomodándome a horcajadas, una pierna a cada lado de su cintura.

 

Bajé mi cuerpo despacio, hasta que mi culito suave y redondo quedó justo encima de esa dureza inmensa. Ambos con ropa interior de por medio, comencé a moverme con suavidad, como si siguiera dándole masaje en la parte alta del cuerpo, pero cada movimiento hacía que mi trasero se deslizara y frotara contra esa vergota caliente y latiendo bajo mí. Sentía un calor que me recorría todo el cuerpo, una electricidad que me hacía sentir como si flotara, y en mi culito de niño sentía esa picazón rica y nueva que no sabía explicar.

 

Acerqué mi cara a sus axilas, hundiendo la nariz entre ese vello abundante y oscuro, respirando profundo ese olor que me embriagaba por completo. Y en eso, sentí una humedad tibia en mi muslo. Bajé la mirada y vi algo que me dejó sin aliento: la cabezota grande y redonda de su verga se había salido por encima de la trusa, empujando la tela hacia un lado, brillando con un líquido transparente y espeso que resbalaba por la piel. En ese momento pensé que era miel, algo dulce y especial que solo él tenía.

 

Me bajé despacio, arrodillándome entre sus piernas. Acerqué mis deditos y toqué esa sustancia: era resbaladiza, tibia, pegajosa. La llevé a la nariz y me gustó su olor; me la pasé a la boca y probé su sabor, salado y suave, que me pareció la cosa más rica del mundo. Entonces, sin pensarlo más, acerqué mi cara y pasé la punta de mi lengua por esa cabezota enorme, sintiendo su calor, su textura suave y firme, y cómo bajo mi tacto se movía sola, latiendo con más fuerza.

 

Pero al ver que se movía así, sentí un poco de miedo. Volteé a mirarlo y seguía dormido, roncando igual que antes, así que no hice nada más para cubrirlo: lo dejé tal cual estaba, con la cabeza y parte de su vergota fuera de la trusa. Solo lo tapé con la cobija para que no tuviera frío, me acomodé justo a su lado, pegado a su cuerpo grande y caliente, y me quedé ahí respirando su olor.

 

Apenas comenzaba a amanecer cuando sentí que me abrazaba con fuerza. Su cuerpo estaba pegado al mío, y justo en medio de mis nalgas sentía esa dureza inmensa, caliente y pesada, bien apoyada contra mí. Seguía profundamente dormido, pero su cuerpo hablaba por sí solo. Sin pensarlo mucho, me quité mis trusitas despacio, y en cuanto lo hice sentí cómo la punta de su verga, todavía fuera de su ropa, se pegaba directo a mi piel, húmeda y resbaladiza por tanta miel que ya soltaba.

 

Guiado por la curiosidad y el deseo, metí mis manos hacia atrás, bajé un poco más su trusa y logré liberar su vergota por completo. Al agarrarla con mis manitas pequeñas por primera vez sentí su peso real: gruesa, firme, toda babosa y caliente, latiendo con vida propia. Cuando se movió de golpe me asusté, pero solo fue que se acomodó mejor sin despertarse. Entonces empecé a frotar mi culito contra él, piel con piel, deslizándome entre su longitud y su vello.

 

Poco a poco sentí esa picazón intensa en mi anito, y al moverme con más ganas, la punta chocó justo contra él con una sensación divina. Lo tomé con mis manos para guiarlo, y comencé a puntearme una y otra vez. Con tanta humedad, en un momento sentí cómo se abría paso poquito a poco: al principio fue una sensación de estiramiento, un dolorcito suave pero rico, y me fui echando hacia atrás hasta que entró toda la cabezota, quedando ahí encajada y llenándome de una sensación de plenitud que no había sentido antes.

 

Me quedé quieto un instante, gimiendo bajito contra mi mano para no hacer ruido, y luego empecé a moverme suavemente, adelante y atrás, dejando que fuera entrando cada vez un poquito más. En eso noté que su respiración se hacía más honda y agitada, y de pronto soltó un gemido, dijo “ay sí, qué rico”, puso sus manos grandes en mis caderitas y me empujó hacia atrás con fuerza. Sentí cómo entraba mucho más profundo, estirándome al límite, como si me fuera a salir por la boca —una sensación intensa, pero que me encantaba.

 

Entonces lo sentí hincharse más, ponerse más duro y caliente, y soltar todos sus chorros espesos y calientes dentro de mí, llenándome por completo. Él seguía gimiendo y murmurando el nombre de mi madrina, como si todo fuera un sueño muy real.

 

Pasados unos minutos, empezó a darse cuenta de lo que pasaba. Intentó apartarse, pero yo me apreté más para que no saliera. Lo escuché repetir: “no mames, ¿qué hice? ¿qué hice?”, y cuando me vio ahí, desnudo y con su verga todavía dentro, se puso pálido y con cara de espanto.

—Jorgito, hijo… ¿estás bien? ¿Te lastimé? —me preguntó con angustia.

—No, padrino, estoy muy bien… me encanta estar así con usted —le respondí con toda la verdad.

 

Nos quedamos así unos cinco minutos en silencio, hasta que yo volví a moverme despacio. Entonces se levantó de golpe, todavía con su vergota dura, y me miró con cara de enojo:

—¿Por qué hiciste esto, Jorgito? ¿Por qué me hiciste esto?

 

Me sentí regañado y empecé a llorar, hasta que él se sentó a mi lado, me abrazó y me pidió que le explicara. Le dije que quería jugar, que en las novelas veía que las parejas hacían cosas y yo quería jugar a los esposos. Se le fue suavizando la mirada, me pidió que me pusiera en cuatro patas para revisarme. Me abrió el culito, me metió primero un dedo, luego dos y hasta tres, y esa sensación me pareció igual de deliciosa.

 

—Esto que hiciste estuvo muy mal —me dijo, y yo me asusté otra vez—. Pero no llores. Lo más importante: no se lo puedes decir a nadie, ¿me escuchas?

 

—No, padrino, no le digo a nadie —le respondí rápido—. ¿Y a usted le gustó jugar conmigo?

 

Se quedó pensando unos diez segundos, y al final me contestó con voz baja pero firme:

—Sí… estuvo bien. Pero esto solo queda entre nosotros dos. No puedes jugar así con nadie más, solo conmigo. Y nunca le contamos esto a nadie, porque nos meteríamos en muchos problemas.

 

—Está bien —le dije—, solo contigo.

 

Después me pidió que me acercara y le chupara su verga un rato más, para calmarlo y disfrutar un poco más. Luego nos fuimos al baño que tenía mi cuarto, nos metimos juntos en la regadera y nos limpiamos despacio, en silencio, con una complicidad que ya nos unía para siempre.

 

Así fue mi primera vez. Un secreto guardado entre las sábanas, en la luz tenue del amanecer, que marcó el inicio de una historia que duraría muchos años más.

34 Lecturas/21 junio, 2026/0 Comentarios/por Georgegdl
Etiquetas: baño, compadre, culito, cumpleaños, esposa, gordito, hijo, verga
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