Felices 18
Hola soy nuevo por acá espero les guste y me acompañen en esta travesía comiendo a los machos heteros de mi familia.
Marcos cumplió dieciocho años bajo un cielo de finca que olía a tierra húmeda, a leña y a ron barato. La casa grande de los Ríos estaba llena de gente: tíos, primos, vecinos que habían venido desde el pueblo. En el patio se había armado una mesa interminable con chicharrón, yuca, aguardiente y cerveza helada. Las luces de colores colgaban entre los naranjos y el sonido de la música vallenata se mezclaba con las risas y los gritos.
Danilo, el abuelo, era el centro de todo. Setenta y dos años, espalda ancha todavía, pecho de toro bajo la camisa a cuadros abierta hasta el ombligo, bigote blanco y esa voz de mando que nadie discutía. El más machista de la familia, el que todavía se jactaba de haber tirado más mujeres que las que cabían en el pueblo, el que se reía de los “maricones” y les decía a los nietos que un hombre de verdad solo tocaba culo de mujer. Marcos lo miraba desde el otro extremo de la mesa, con la copa de aguardiente temblando entre los dedos, y sentía que la polla se le ponía dura solo de pensar en lo que iba a hacer esa noche.
Había esperado este día. Dieciocho. Legal. Suyo. Había imaginado mil veces cómo sería tocar esa verga gruesa que se le marcaba a través del pantalón cuando el viejo se sentaba con las piernas abiertas, cómo sería oler el sudor de años de campo y de machismo. Y ahora, borracho ya de tres tragos, miraba a su abuelo y pensaba: si puedo con él, puedo con cualquiera. Con el tío Ramón, el de los brazos de leñador. Con el primo Luis, el que jugaba fútbol y todavía se creía intocable. Con todos los heteros de sangre que andaban por ahí pavoneándose.
La fiesta avanzó. El alcohol corría. Danilo ya estaba bien bolo, la cara roja, riendo a carcajadas, contando historias de cuando era joven y se tiraba a las peonas en el corral. Marcos lo seguía con la mirada, esperando. Esperando el momento.
Llegó cerca de la una de la mañana. Danilo se levantó tambaleante, se agarró la entrepierna y gruñó:
—Voy a mear… estos matorrales me conocen mejor que mi propia casa.
Se alejó hacia el monte, hacia el lado donde los arbustos eran más densos y la luz de la fiesta no llegaba. Marcos esperó treinta segundos, se acabó el trago de un solo golpe y se levantó. Nadie lo notó. Todos estaban demasiado ocupados gritando y bailando.
Lo encontró de espaldas, con el pantalón semi abierto, la faja desabrochada, el boxer azul oscuro bajado solo lo suficiente para sacar la verga gruesa y pesada. El chorro fuerte caía entre las hojas. Marcos se acercó en silencio, el corazón golpeándole en la garganta, la polla ya dura dentro del jean. Cuando estuvo a un metro, habló bajito, casi un susurro:
—Abuelo…
Danilo se sobresaltó, se giró a medias sin terminar de orinar. La verga todavía fuera, gruesa, de venas marcadas, la cabeza rosada y brillante por el líquido.
—¡Marcos! ¡Jueputa, me asustaste, muchacho! ¿Qué carajos haces aquí?
Marcos no contestó con palabras. Dio un paso más. Otro. Y antes de que el viejo pudiera reaccionar, le pasó la mano por encima del boxer, justo donde la tela todavía cubría los huevos y la base de esa verga.
Danilo se quedó congelado un segundo. Luego gruñó, furioso:
—¡Quítame esa mano, carajo! ¿Estás loco? ¡Soy tu abuelo!
Pero Marcos no quitó la mano. La apretó, sintiendo el calor, el peso, cómo la verga todavía semi dura por el alcohol se movía bajo la tela. Con la otra mano le agarró la cadera y se pegó a su espalda, el pecho contra la camisa sudada del viejo.
—Hoy cumplo dieciocho, abuelo… —susurró contra su oreja—. Y quiero que seas el primero. Quiero que me rompas. Quiero tu verga adentro.
Danilo intentó apartarlo, pero el alcohol lo hacía torpe. Marcos insistió, la mano ahora metiéndose por dentro del boxer, rodeando esa verga gruesa que empezaba a crecer a pesar de la rabia del viejo. La piel caliente, el olor a orina reciente y a hombre viejo, a sudor de años. Marcos la sacó del todo, la sostuvo con la mano, pesada, y empezó a masturbarla despacio, de la base a la punta, sintiendo cómo se endurecía contra su voluntad.
—¡Suéltame, hijueputa! —gruñó Danilo, pero la voz ya no tenía la misma fuerza. La respiración se le hacía pesada. La verga en la mano de Marcos ya estaba completamente dura, gruesa como el puño de un campesino, con la cabeza hinchada y una gota de precum brillando en la punta.
Marcos se arrodilló delante de él, entre los matorrales, sin importarle la tierra ni las hojas. Miró esa verga de cerca, la olió, y la lamió de abajo arriba, despacio, saboreando el sabor amargo y salado. Danilo soltó un gemido bajo, de pura rabia y placer mezclados.
—No… no hagas eso… carajo…
Pero Marcos abrió la boca y se la metió. La cabeza gruesa empujando contra su garganta, el grosor estirándole los labios. Chupó con hambre, con años de fantasía guardada, babando, salivando, dejando que la saliva corriera por las venas marcadas hasta los huevos pesados. La mano libre le apretaba el culo por encima del pantalón, sintiendo cómo el viejo, a pesar de todo, empujaba hacia adelante, buscando más profundidad.
Danilo se agarró del hombro de Marcos, los dedos fuertes, casi dolorosos.
—Esto está mal… esto es de maricas… yo no soy…
Marcos sacó la verga de la boca solo para hablar, la lengua todavía lamiendo la ranura:
—Hoy sí lo eres, abuelo. Hoy te vas a comer mi culo virgen. Y después… después voy a comerme a todos los heteros de esta familia. Porque si pude con el más machista… ¿quién me va a detener?
Danilo intentó otra vez apartarlo, pero Marcos ya le había bajado el boxer hasta los muslos, el pantalón y la faja abiertos del todo. La verga saltó libre, pesada, golpeándole el estómago al viejo. Marcos se puso de pie, se bajó el jean y el boxer de un tirón, se dio la vuelta, se apoyó contra un árbol y abrió las piernas, ofreciendo el culo blanco, terso, virgen, las nalgas firmes y el agujero rosado que se contraía con la excitación y el miedo.
—Métele —pidió, mirando por encima del hombro—. Rómpeme. Quiero sentirla toda.
Danilo miró ese culo ofrecido, la verga latiéndole, el alcohol y el deseo peleando contra todo lo que había creído ser. Escupió en la mano, se untó la verga gruesa, y se acercó. La cabeza caliente rozó el agujero. Marcos se mordió el labio, empujó hacia atrás.
El primer empujón dolió. La cabeza entró a la fuerza, estirando, abriendo lo que nunca había sido abierto. Marcos soltó un gemido ahogado, parte dolor, parte triunfo. Danilo gruñó como un animal y empujó más, centímetro a centímetro, hasta que la verga gruesa desapareció casi completa dentro del culo apretado de su nieto.
—Joder… qué apretado… —murmuró el viejo, ya sin poder fingir.
Empezó a moverse. Primero lento, profundo, sintiendo cómo el culo de Marcos se adaptaba, cómo lo chupaba. Luego más fuerte. Las caderas de campesino golpeando contra las nalgas firmes, el sonido húmedo de la polla entrando y saliendo, los gemidos de Marcos cada vez más altos, más desvergonzados.
—Más duro, abuelo… fóllame como a una puta… quiero que me dejes el culo abierto…
Danilo obedeció. Agarró las caderas de Marcos con fuerza, los dedos hundidos en la carne, y lo embistió sin piedad. La verga gruesa entraba hasta el fondo, rozando ese punto que hacía que Marcos se corriera casi sin tocarse. El olor a sexo, a sudor, a alcohol y a tierra se mezclaba. Los matorrales temblaban con cada embestida.
Marcos se corrió primero, la polla virgen disparando chorros blancos contra el tronco del árbol, el culo contrayéndose alrededor de la verga del abuelo. Danilo no aguantó mucho más. Con un gruñido profundo, animal, se enterró hasta las bolas y se corrió adentro, llenando el culo de su nieto con chorros calientes y espesos, generacionales, prohibidos.
Se quedaron así un momento, unidos, respirando agitados. Luego Danilo se retiró, la verga todavía semi dura, brillante de semen y de los jugos de Marcos. El boxer y el pantalón todavía abiertos, la faja colgando, la vergota marcada y sucia.
Marcos se enderezó, se giró, y se arrodilló otra vez. Lamió la verga del abuelo hasta dejarla limpia, saboreando su propio culo y la leche del viejo. Cuando terminó, miró hacia arriba, a los ojos todavía nublados de Danilo, y sonrió con una mezcla de inocencia y de lujuria absoluta.
—Gracias, abuelo. Ahora ya no soy virgen. Y ahora… —se puso de pie, se subió el pantalón sin limpiarse del todo, el semen todavía resbalándole entre las nalgas— ahora voy a por los demás. El tío Ramón está borracho en la sala. El primo Luis se fue a dormir al cuarto de atrás. Si pude con usted… el más hetero, el más machista… ¿qué me va a detener?
Danilo no contestó. Solo se quedó allí, entre los matorrales, con el pantalón abierto, la verga aún marcada, el sabor de lo prohibido todavía en la boca y en la conciencia. Marcos se alejó hacia la casa, la fiesta todavía rugiendo, el alcohol todavía fluyendo, y en la mente solo una idea: esta noche no terminaba aquí. Esta noche la familia de machos heteros iba a descubrir, uno por uno, lo que significaba que el nieto más joven hubiera decidido comérselos a todos.

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