¡Gloria al Emperador! (Precuela de «Gloria a su Majestad»)
La luz de las velas proyectaba la silueta de un enorme y musculoso hombre, sometiendo entre sus piernas, la figura de un niño de 3 años. Golpeándolo con su pubis peludo, sacándole gemidos y llenándolo de lo único que su deseo carnal quería darle. Su enorme polla madura de 28 centímetros..
En la noche más oscura del palacio, entre los crujidos de la madera sonante, el criar de los grillos y el murmullo de la suave brizna nocturna, gemidos graves y guturales salieron de la habitación del emperador.
Los sirvientes que vigilaban la puerta estaban jadeando, tocando sus entrepiernas en desosiego, escuchando a su majestad golpear su pelvis contra las nalgas de su concubina, seguido de los gemidos de ambos, el hombre y la mujer. El chasquido de la carne húmeda separándose fue claro, seguido del orgasmo mutuo.
Los sirvientas fueron llamados unos minutos después para ayudar a su majestad y su mujer a limpiarse.
Mientras su concubina tomaba una sopa abortiva y era limpiada por su criada, el emperador estaba de pie, en medio de la habitación, siendo lustrado por toallas húmedas perfumadas que sus hombres trajeron para él.
Limpiaron cada resquicio de músculo moreno y peludo. Desde los altos y gordos pectorales. Los bíceps enormes, las piernas musculosas, el trasero abultado cubierto de mata negra, la espalda ancha y curva llena de sudor perlado, la polla negra, grasosa y llena de semen en cada vena marcada en la piel del prepucio, con un glande rojo brillante, apuntando hacia arriba de manera curva.
Una vez su majestad y su concubina estuvieron limpios, la noche pasó a dormitar.
No hubo ruido hasta el día siguiente, donde los labores del monarca eran rutina.
Entre cavilaciones y papiros llenos de demandas, El Emperador escuchó la voz de su sirviente llamarle.
—Señor. La Chamana ha venido a purificar su «estado».
El rey hizo caso, levantándose de la silla y pasando a su habitación privada, al otro lado del patio.
La chamana era una anciana de pelo blanco y cenizo, de piel arrugada con una enorme nariz y lunar redondo en la punta. Vestida con cintas y una toga color vino, la señora pasó su mano por delante del rey, cerrando los párpados.
—Su «estado» ha empeorado su majestad.
El Emperador miró a la mujer con odio y el sirviente reaccionó molesto.
—¡¿Cómo es posible?! ¡El rey ha seguido sus indicaciones! ¡Ha tenido que romper su luto por la antigua emperatriz para aliviar su incomodidad sexual!, ¡¿y aún así ha empeorado?!
La anciana soltó una risa seca.
—¡Insolente! Mis palabras fueron claras. No es cualquier sexo el que debe hacerse. ¿Acaso quieren terminar como el anterior monarca Carlos V?
—¡Sus demandas son inmorales!
—Y pagarán un alto costo por no cumplirlas. La dinastía Cavil será recordada como la más profana a sus deseos jamás vistos en generaciones.
El Emperador cruzó sus brazos en la espalda con rectitud. Su semblante oscuro denotaba su desagrado a las palabras escuchadas.
—¿Puede asegurar que lo que pide me aliviará y evitará esa desgracia?
—¡Su majestad!
—Claro que sí. Su «estado» es producto de una maldición dejada por algún enemigo con poderes hechizantes. Sin embargo, algo salió mal con sus malas intenciones y terminó derivando en su estado actual —la dama señaló la entrepierna del emperador, mostrando su erección.
—Si eso evitará que siga ocurriendo en la corte y empeore. Haré lo necesario.
—Pero si alguien se entera…
—Tu te harás cargo de que no suceda.
—Sí, su majestad.
El sirviente bajó la cabeza incómodo. Nunca espero ver a su rey sucumbir de esa manera a las malas prácticas.
La chamana se retiró entregando un amuleto pequeño.
—Cuando terminé, déjelo como talismán en la zona profanada, servirá como protección para usted y su hijo.
El monarca aceptó y se fué.
Ese día en la noche, entre el silencio del palacio y la soledad de la falta de sirvientes, los pasos de un niño llegaron a los oídos del emperador.
Soltó un suspiro por lo que iba a hacer, quitándose la túnica real de pitón, dejando al descubierto su cuerpo desnudo.
De metro ochenta, piel morena, de brazos musculosos, espalda ancha y marcada, trasero abultado, piernas fornidas, abdomen definido y pectorales hinchados. El Emperador había sido curtido en el ejército imperial desde sus 9 años hasta los 15, marcando su físico en uno exuberante y masculino.
La epítome de sus congéneres en cuanto a lo varonil se refería. Su polla estaba dormida, pero mientras la puerta era abierta, dejando pasar a su hijo de apenas 3 años, fue despertando.
El prepucio se estiró ante la salida del glande, la cabeza roja brillando con el presemen en la punta. Las venas marcandose sobre la piel del prepucio. El sudor había mojado la zona, dándole una textura limpia y reluciente, junto al grosor y largo que se iban formando hacia arriba, convertía aquella polla morena en un espectáculo a la vista.
28 centímetros de carne viril lista para profanar.
El monarca amarró el amuleto de la chamana en la base de su polla, dejándolo colgando junto a sus testículos peludos, gordos y largos. La mata de pelo en su pubis era abundante, al igual que el de sus axilas, pecho, abdomen y trasero, entre viendo entre su físico una atmósfera primitiva y animal. Como la de un gorila tonificado. El pelo en pecho era erótico. La mata cubría la piel morena y la contrastaba de tal manera que daba la sensación de que los surcos de los músculos pectorales se manchaban de lo que parecía tinta negra en puntitos finos. Los pezones marrones, gordos y apuntando hacia afuera, como golosinas de miel, goteando sudor.
La noche, a pesar del frío exterior, estaba caliente para el Emperador.
El niño de 3 años miró a su padre a contra luz, observando primero su cuerpo y luego bajando por su desnudez hasta su sombra alargada en el suelo.
La presencia del hombre le hizo sentirse cohibido, y una extraña sensación empezó a nacer en su ingle. Su cuerpo estaba reaccionando a estímulos que no terminaba de entender. El cuerpo de su padre, así de grande, musculoso, desnudo y expuesto ante él, le llenaba de emociones que en sus tiernos 3 años había experimentado.
—Padre.
—¿Las niñeras fueron despachadas?
El sirviente de su majestad que había traído al niño hizo una reverencia de pie.
—Sí, su majestad. Se les dijo que el rey pasaría la noche con el joven príncipe para orar en el salón ancestral.
—¿Nadie sabe que estamos aquí?
—No, mi rey. Todos creen que estamos en el templo familiar. Los sirvientes y guardias están ahí, esperando que usted y el príncipe terminen sus oraciones.
—Perfecto. Puedes retirarte a la puerta para vigilar. Cuando terminemos, te llamaré.
El sirviente dudó y el rey le instó a hablar.
—Su majestad, perdone mi impertinencia, pero ¿Está bien hacerle esto al joven príncipe? Todavía es muy pequeño para entender las complejidades de algo tan grave como una maldición. En especial cuando involucra asuntos de la carne.
El rey le detuvo de hablar con un gesto de la mano.
—Es mi hijo. Futuro emperador de mis tierras. Lo que haremos hoy no significará nada. Cuando terminemos, estoy no volverá a ocurrir. Lo olvidaremos, porque nunca pasó. ¿Entendido?
—Sí, su majestad.
—Retírate y espera afuera.
El príncipe estaba quieto escuchando la diatriba hasta que el sirviente se retiró.
Estando solos, el niño miró a su padre con curiosidad.
El adulto era enorme para él, imponente a la luz de las velas, y con su cuerpo desnudo, le hacía sentir nervioso.
—Ven aquí, Henry.
El niño hizo caso, caminando a paso lento.
Sus ojitos claros eran grandes, mirando a su padre, en especial a su miembro viril, erecto y altivo frente al niño. Su cabello cobrizo claro estaba corto, dándole una apariencia serena. Su piel blanca era lisa y tierna, de cuerpo gordito, el niño tenía una semblante adorable. Como una estatua de arcilla limpia y pura, evocando la más pura inocencia.
El rey en cambio, parecía un demonio del deseo. Lleno de cicatrices, venas, músculos y con un aire de erudito mezclado con el encanto de un hombre en la gloria.
Su estatus de hombre estaba a la espera de sus intenciones, observando a quien lo sacaría de su maldición.
—Hijo. Papá debe hacer algo contigo. Algo que podría no gustarte, o talvez sí. Todo dependerá de cuánto estés dispuesto.
El niño escuchó las palabras de su padre y se detuvo al no poder caminar más, si lo hacía, se pincharia el ojo con el miembro viril de su padre. Su majestad empezó a moverse alrededor de su hijo, observando y acechando, marcando con su presencia su dominio.
—¿Padre necesita mi ayuda? ¿En qué puedo ayudar a padre?
El rey se acercó al niño y lo tomó en brazos, abrazándolo y llevándolo a su pecho, el contacto físico de ambos fue electrizante. El pene adulto soltó un chorro de presemen y la bolsa de testículos se movieron por dentro, llenando la bolsa de semen.
Ante los labios del hombre adulto, de barba negra recortada finamente y bigote, su nariz romana rozando la del niño, pequeña, a nada de besarse, el rey habló.
—Papá necesita que seas su esposa por una noche.
El niño se quedó en silencio tratando de entender las palabras de su padre.
Mientras el menor procesaba todo, el hombre aspiró el aroma de su hijo. Una mezcla entre el sándalo, brotes de maní y leche. Era el hedor de su juventud, apenas desarrollándose. Y aún así, aquí estaba, bajo los brazos de su desnudo padre, a punto de dejar de ser un niño.
—¿Padre quiere que sea como madre? —la voz del niño sonó entrecortada.
El hombre sonrió ante la inteligencia del niño y le dió un beso en los labios.
El roce adulto con el infante hizo a ambos jadear. Era como si sus cuerpos hubieran sido hechizados. El calor en sus cuerpos se hizo palpable en sus pieles, sintiendo un extraño placer al tocarse.
El beso fue rápido, pero al separarle los labios, ambos se miraron como si reconocieran en el otro algo. Un sentimiento que llevaba oculto en sus cuerpos y no sabían que tenían hasta ahora.
El deseo primitivo de cometer incesto.
—¿Serás mi esposa por una noche, hijo?
Otro beso cayó en los labios del niño, la barba y bigote del hombre, raspó su tierna piel, causándole un cosquilleo placentero que hizo a su pene saltar. El cabello negro del hombre era corto, hasta los hombros. Siempre lo llevaba en una coleta, pero se lo había soltado para su encuentro con su hijo, dejando que este rosara la mejilla del niño entre cavilaciones del tacto.
Ante el gran estímulo, el niño jadeó, gimiendo en voz aguda.
—¡Ayudare a Padre!
El hombre sonrió al escuchar esas palabras.
Llevó al niño a la enorme cama de sábanas blancas.
Lo puso en ella y sin dejar de besarle los labios, empezó a desnudarlo.
Primero la cinta en la cintura, la chaqueta para el frío, luego, la toga, dejando solo la ropa interior, una truza blanca, que fue hábilmente rota por los dedos largos y gordos del rey, dejando expuesto el ano rosado del niño, sus regordetes nalgas blancas, su penecito tierno y su pequeña bolsa de testículos.
El rey tomó las nalgitas de su hijo entre sus manos, amasandolas, mientras sus labios bajaban al cuello del menor, dejando marca de besos por toda la piel rosada.
El niño abrazó a su padre desnudo, sintiendo la carne caliente de sus hombros y espalda quemarle los brazos.
—Padre. Ardes en fiebre.
—Te acostumbraras a sentir mi piel caliente pronto.
La voz grave y ronca del hombre fue como un imán para los oídos del niño, quien se dejó convencer con un regusto placentero.
—Padre habla muy bien.
—¿Te gusta la voz de papá deseoso de tenerte en la cama?
—Sí, padre.
—Buen niño, Henry.
El pequeño fue masajeado en sus nalgas por las manos de su rey, los dedos gruesos adultos tocaron varias veces el ano rosado sin probar en entrar, el penecito chorreaba orines y la piel del escroto en el menor estaba rosada.
Los besos del monarca bajaron hasta los pezones del niño, rasparon con sus dientes la carne dulce, dejando marcas rosa y saliva en los botones rojos.
El pequeño gimió al sentir la boca de su padre en sus pechos, sintiéndose sobreestimulado.
—Padre. Duele.
—¿Quieres hacerle lo mismo a tu padre?
El niño miró los pezones marrones erectos como caramelos de su progenitor y asintió cohibido.
El rey dejó de besar los pechos de su hijo, dejándole vía libre a tocar sus pectorales peludos.
El niño lo hizo lentamente. Sintiendo en sus dedos el tacto de los pelos, la dureza del músculo debajo de la carne, hasta llegar a los pezones. Los pellizco con sus diminutos dedos, causándole un gruñido a su padre.
—Más fuerte, hijo. Chupalos, muerdelos. A tu padre no le dolerá.
El pequeño hizo caso. Pellizcando uno con su mano, llevó el otro a su boca, usando sus pezones para mordisquear. Sacándole gemidos graves al hombre.
La sensación de los dientes del niño en su pezón era increíble. Tan pequeño, apenas doliendo, dejando salir de la punta, una descarga de placer en cada mordida. El niño chupó el pezón marrón como un biberón por reflejo, sacándole otro gemido a su padre.
El hombre tomó a su hijo y lo sostuvo como si lo estuviera acunando, dejando que chupara su pectoral como si de una teta se tratara.
Mientras tanto, el emperador ajustó el cuerpo de su hijo, llevando sus dedos al trasero del niño, y abriéndolo, mostrando su ano rosado, y en su interior, un conducto rectal carnoso y rojo totalmente limpio.
El hombre llevó sus dedos gruesos a la boca, llenandolos de saliva, luego los pasó por su pene, dejando que el presemen mojara sus dedos hasta lubricarlos. Una vez hecho eso, llevó el dedo anular al anillo anal, haciendo fuerza para entrar. El niño soltó un gemido al sentir al dedo penetrarlo, sin embargo, no dejó de chuparle el pezón a su padre.
Sintiendo la pared carnosa amasar su dedo anular, el hombre metió el segundo dedo, causando que el niño pegara un brinco.
—Padre. Tengo ganas de hacer caca.
—No es eso hijo. Tu papá está revisando tu ano. No tienes ganas de ir.
—Pero lo siento, padre.
—Son solo mis dedos, hijo.
El hombre los sacó y los mostró al menor, al ya no sentir las ganas de hacer caca, el menor siguió chupando el pezón de su padre, y el hombre volvió a meter sus dedos en el anillo anal.
La noche se iba haciendo más oscura ante los nervios del sirviente afuera de la puerta.
Podía escuchar las voces del rey y su hijo, pero no saber que decían. La luz de las velas proyectaba sus sombras en la pared de papel, pero no se atrevía a mirar por miedo a no soportar lo que vería.
—Todo es mi culpa. Debí vigilar mejor el harem. Así habría evitado que la dinastía Cavil terminará cayendo en tales prácticas por culpa de una maldición.
El sirviente se lamentó mirando la erección en su pantalón. Pidió perdón a la difunta emperatriz y empezó a masturbarse sobre la tela, escuchando los gemidos del niño en la habitación.
El rey tenía a su hijo sentado en su cara, el menor estaba mirando al techo, con los ojos abiertos, sintiendo algo largo, húmedo y grueso recorrerle el ano, de manera circular. No sé sentía como las ganas de hacer caca, sino algo distinto, carnoso y caliente, que llenaba de saliva su cavidad anal.
—Padre. Se siente raro.
—Sé un niño bueno y gime para papá, hijo.
—Sí, padre.
El pequeño dejó de reprimir los sonidos en su boca ante el intruso en su ano.
La boca del rey estaba abierta, con sus labios rojos llenos de saliva, la barba y bigote manchados de los fluidos anales, metiendo su lengua gruesa, larga y húmeda en el agujero rosado de su hijo.
Sus dedos estiraban las nalgas hacia afuera, exponiendo el circulo anal del pequeño, y mostrando el interior del ano, una cavidad carnosa roja que era llenada por su saliva espesa.
Varias veces el rey escupió, metiendo sus dedos gruesos para lubricar el interior, sacándole gemidos a su hijo Henry.
El pequeño de 3 años estaba maravillado por la extraña sensación en su trasero, moviendo sus caderas para recibir más.
La lengua adulta entraba y salía, simulando penetraciones, los dedos presionaban la carne interna, tocando la próstata del niño y haciéndole orinar el abdomen del monarca.
Rápidamente, todo el pecho del hombre estaba mojado por los orines del principe. La estimulación anal había mermado sus fuerzas, volviendolo un muñeco febril de deseo sexual.
El pequeño fue acostado encima del rey, de espalda a él, dejando que el monarca dirigiera su rostro al suyo, metiendo su boca llena de fluidos anales, en la boquita del menor, besándole.
El beso húmedo fue acompañado de gemidos, unos graves y otros agudos.
El sirviente sacó su pene de su túnica, masturbando su carne a la interperie ante los sonidos obscenos de la habitación.
Padre e hijo compartieron aquel beso, entre lamidas de lengua, amasar sus labios y tragar lo que el otro estaba compartiendo.
Con un sonido de satisfacción, ambos se separaron, con sus lenguas todavía tocándose.
—Voy a llenarte con mi virilidad, hijo. Prepárate.
El menor asintió, perdido, incapaz de entender lo que eso significaba.
La fiebre era alta, el cuerpo adulto estaba caliente al punto de matarlo y el hedor masculino lo tenía con la garganta seca.
El niño fue acostado bocarriba en la cama, su cuerpecito estaba rojo, la piel rosada en algunas zonas y sudando. Su carita se contraía en gestos de placer y dolor, gimiendo ante el estímulo que dominaba su mente.
El adulto se impuso ante él, su enorme polla morena por encima del cuerpecito infantil, proyectando una sombra para él. Toda la figura masculina, grande y músculosa, contrastando con el pequeño entre sus piernas.
El rey miró a su hijo por el rabillo de sus párpados entrecerrados. El deseo también lo había drogado a él.
Solo podía ver el cuerpo del niño y desear profanarlo.
Su mente no dejaba de repetir lo mismo.
«Penetralo. Hazle saber quién es su hombre. Llénalo de su semilla. Embarazalo. Vuelvelo tu mujer. Tu esposa. La madre de tus hijos. Deja que sienta el poderío del hombre que ayudo a concebirlo. Que recuerde las bolas y el pene de dónde vino».
Con esas palabras, el hombre soltó un gruñido de placer.
Bajó su cuerpo para estar a la altura de su hijo, encorvando su espalda. Llevó el trasero del niño a su pubis, lo abrió de piernas, exponiendo su ano rosado, y pegando sus piernas a su abdomen en una posición dolorosa.
Con el agujero expuesto, el pene adulto soltó otro chorro de presemen, lubricando el ano rosado. La punta del glande se acercó al agujero, presionando la carne, a nada de entrar. Los testículos peludos estaban listos y pesados, el cuerpo del hombre ardía ante lo que iba a hacer y todo en su cuerpo se llenó de una anticipación sobrecogedora.
En un vaivén, lento y seguro, la cabeza del pene entró. El niño soltó un jadeo, mirando a su padre con una sensación extraña.
—Padre. Siento algo grande en mí.
El rey sonrió.
—Y eso que es solo la punta, Henry. Aguanta. Te gustará tenerlo todo dentro.
Con esas palabras, el rey metió más de su carne viril. El tronco de carne fue abriéndose pasó por el agujero rosado, abriendo la cavidad y dejando que las paredes rojas presionarán la virilidad con fuerza, tratando de sacarla, sin éxito. El pene adulto estaba reclamando aquel ano, y no estaría satisfecho hasta haberlo hecho por completo.
La profanación del niño no fue rápido. Cada centímetro era un gruñido grave y gemidos infantiles. El sirviente tras la puerta soltó el semen en su pene, totalmente perdido. Ya no había vuelta atrás. El Emperador había convertido a su primogénito y heredero en su mujer. Solo podía pedir perdón a sus ancestros y que no los culparán por lo que habían hecho esa noche.
El Emperador metió la mitad de su pene de 28 centímetros. 14 centímetros ya introducidos en el ano infantil, haciendo boquear al menor y gemir en tono lastimero.
—Padre. Se siente raro.
—¿No te gusta?
—No lo sé.
—Te gustará. Aguanta un poco más. ¿Lo harás por tu rey?
—Sí, su majestad.
—Eres un buen niño, Henry.
El hombre empezó sus vaivenes, con la espalda encorvada, empujando su pelvis hacia el trasero expuesto del niño. La carne varonil llena de venas entraba y salía con un sonido húmedo. El gorgoteo de la piel y el aire escapando del ano era música para el rey.
Los gemidos graves fueron altos, haciendo que el niño mirara a su padre confundido.
Nunca había escuchado aquellos ruidos proferir de un hombre, menos de su progenitor. Pero al verlo tan perdido, sudado, con el cabello caído hacia adelante, húmedo, la mirada perdida y jadeando, hizo que el niño se sintiera feliz.
Esos ruidos que hacía su padre parecían provenir de algo bueno, por como los soltaba cada vez que lo penetraba. En cada roce de su pubis peludo con su carne lampiña. En sus manos sosteniendo sus piernas hacia su pecho, en los resoplidos que soltaba y en el sudor que perlaba su piel morena.
La curva del abdomen subía y bajaba, el grosor del pene entraba en la cavidad anal con resistencia, pero lentamente, el agujero de su hijo iba adaptándose a su tamaño. Su culo se abría y cerraba ante las penetraciones, como un cilindro de carné. La piel estirada hasta sus límites, recibiendo los suaves embates del adulto. Toda la polla adulta dentro de él. 28 centímetros de carne viril, con 5 dedos de grosor.
La diferencia de tamaño y edad marcando el compás del sexo. La diferencia del niño de 3 años con el hombre de 35 era tan grande como sus cuerpos. Uno pequeño y tierno, el otro músculoso y estoico. El contraste entre la inocencia y el pecado. Ambos unidos por la carne, como la chamana había dicho.
El monarca se entregó a los placeres que el ano de su hijo le otorgaba y su hijo pudo maravillarse de lo que significaba ser la mujer del Wmperador. Era tan extraño; una mezcla entre ser sometido, humillado y doblegado, usado y luego ultrajado hasta marcar todo su ser con el cuerpo de un hombre. Todo en ello iba más allá de lo que su pequeña mente podía imaginar.
Ambos profirieron gemidos. La cama rechinaba bajo el peso de las embestidas y los sonidos de la piel húmeda eran como chasquidos claros en aquella noche oscura.
La luz de las velas proyectaba la silueta de un enorme hombre, sometiendo entre sus piernas, la figura de un niño. Golpeándolo con su pubis peludo, sacándole gemidos y llenandolo de lo único que su deseo carnal quería darle. Su enorme polla madura de 28 centímetros.
Todo el grosor moreno entrando en aquel agujero rojo, contrastando con la piel blanca del niño.
Las piernas sujetas por el rey fueron soltadas, llevandolas a sus caderas, para obligar a su hijo a aferrarse a ellas. Hizo que lo abrazara de la cintura, mientras lo levantaba de la cama, y de rodillas, lo subía y bajaba de su pelvis, embistiendolo con su largo pene negro, apoyando sus manos en las nalgas del niño, para ayudarlo a montarle.
El niño gimió en voz alta ante la profundidad de las penetraciones, llevó sus manitas a la espalda ancha de su padre, enterrando las pequeñas uñas y dejando lineas en la piel.
El hombre soltó un gruñido ante el dolor provocado y fue más contundente con su vaivén de caída, el menor se agitó ante el pene que era metido rápidamente en su cuerpo y dejó salir lágrimas de sus párpados ante la sobreestimulación.
—Padre. Se siente muy bien.
El monarca no dijo nada. Su mente estaba enfocada en el placer. En el cuerpecito cayendo en su pelvis, apretando su pene en su interior, llenandolo de un placer embriagador.
El sirviente miró por accidente la pared de papel mientras se ajustaba la ropa y se quedó observando las sombras proyectadas.
La figura musculosa del rey, y encima de sus piernas, un niño abrazado, arañando su espalda, metiendo sus pies en el trasero peludo de su padre, y siendo subido y bajado en sentones fuertes. Los golpes de pieles eran sonoros, el tono grave de los gemidos del monarca eran más altos que las del niño, haciendo pensar que en aquella habitación, en vez de un ilustre emperador y su hijo, estaban en realidad el más pusilánime y bestial hombre que pudiera existir, entregado al más infame de los pecados, junto a su hermoso placer culposo, su pequeña esposa, no distinta de una prostituta de las más sucia reputación.
Y mientras Padre e hijo estaban sumidos en su deseo carnal, la noche empezó a aclararse, y con ella, los últimos retazos primitivos murieron con un último golpe de pelvis.
El semen se escurrió del agujero infantil como una vasija rota, caía a borbotones junto al sudor y presemen del cuerpo. Padre e hijo estaban jadeando en voz alta, mirándose con un extraño brillo en los ojos. Conscientes de lo que habían hecho y como había terminado.
Ninguno dijo nada, esperaron a dejar de jadear, sintiendo el hedor del otro, el sudor pegajoso en sus cuerpos, y un calor decreciente. Una vez estuvieron relajados, llamaron al sirviente. El aludido entró totalmente perturbado. Padre e hijo seguían unidos, el pene adulto dentro del culo infantil, sin mostrar signos de querer salir, con el amuleto de la chamana en la base del miembro viril, metido en el ano del menor.
—Su majestad.
—Limpianos.
—Empezare con el principe, si me permite.
—Hazlo así. A los dos.
El sirviente hizo caso acercando un cuenco de madera con agua y una toalla, al sentir el paño remojado, frío al tacto, rozar su piel, El Emperador mostró una mueca de fastidio.
—Aleja eso.
—Pero señor. ¿Cómo lo limpiaré?
Padre e hijo se miraron y sonrieron, ambos pensaron lo mismo.
—Usa tu lengua.
El sirviente se quedó paralizado por la orden.
Ante su silencio, El Emperador levantó la voz.
—Hazlo rápido. Mi hijo y yo queremos dormir. Ha sido una noche agotadora para ambos.
—Sí.
El sirviente se acercó al hombre y al niño unidos, y con temor sacó la lengua, pasándola por la piel del rey, saboreando el sudor salado y amizclado de su piel morena. Un suspiro de placer salió del rey, sonriendo.
—Continua. Y no termines hasta dejarnos a los dos totalmente limpios.
El sirviente hizo caso con la cara roja. Pasó su lengua por la piel del rey, sintiendo la carne caliente, abultada, después de todo el esfuerzo. Cada rastro de sudor fue chupado por él, tragandoselo junto a su saliva. Pasó su lengua por cada parte del cuerpo adulto, bebiendo el agua del cuenco cuando se quedaba sin saliva. Al llegar a las axilas, el rey las abrió, dejando que el hombre lamiera a su gusto.
La lengua pasó por los pelos rizados del rey, saboreando el picante del sudor, chupó el cabello restante con sus labios, y pasó a la otra axila, repitiendo el proceso.
El hedor del hombre era demasiado potente, pero no desagradable. Mezclado con el hedor del niño, lo hizo llevadero. El sirviente terminó lamiendo los pezones del rey y al ver su cuello y cara, no se atrevió a seguir, pasando directo al niño.
Restregó su lengua por cada trazo de la piel tierna, chupando el semen que se escurría de sus piernas blancas, llegando a su trasero, todavía profanado por la polla adulta. Lamió la zona, quitando el semen y siguió a saborear los testículos del rey para quitarle los restos que habían caído.
Tanto el niño como el hombre gimieron, el roce les estaba gustando.
El sirviente terminó de lamer el cuerpo del niño y se alejó con el rostro agachado.
El monarca se llevó a su hijo, ensartado en su polla, hacia la otra habitación, totalmente limpios, dejando al sirviente solo, en la habitación con hedor a sexo.
El hombre miró las sábanas húmedas, llena de fluidos, y se arrodilló pidiendo disculpas a la Emperatriz.
Del otro lado, el monarca y el hijo, se acostaron en una cama más pequeña. Durmieron de lado, todavía sin despegarse carnalmente. Se dieron un beso de lengua de buenas noches y se durmieron rápidamente.
Cuando se hizo de madrugada. El Emperador fue despertado por su sirviente para ir a la corte.
Al abrir los párpados, encontró a su hijo acurrucado de espaldas a él, en su pelvis, con su espalda en su abdomen y su trasero hundido en su pubis, el pene se había salido, dejando que el semen sobrante se escurriera, con el amuleto de la chamana dentro del ano del niño. Sus fuertes piernas, sirviendo de sábanas para la pequeña figura del menor, ambos durmiendo de lado.
El rey no dijo nada. Se levantó de la cama y se fue con su sirviente para arreglarse.
Luego, vistieron al pequeño principe, todavía dormido, y lo llevaron al templo familiar por un camino secreto.
Cuando la luz del sol estaba viéndose en el horizonte, la puerta del templo se abrió.
—¡Gloria al Emperador! ¡Gloria a su Majestad! —dijeron al unisono los sirvientes y guardias.
Padre e hijo salieron, cada quien en silencio, ignorando las reverencias de todos.
Nadie sintió el hedor a ambos, gracias al incienso del templo, ni notaron las marcas en sus cuerpos, gracias a sus ropajes. Para todos, era solo otro día más de la realeza haciendo sus rituales de honor al templo ancestral.
Ignorando que dichos honores, llevaron al emperador y al príncipe, a un placentero infierno.
Después de aquel día, padre e hijo siguieron viviendo sus asuntos por separado. Como si lo ocurrido aquella noche nunca hubiera pasado.
Sin embargo, eso era solo la apariencia. A escondidas, sin que las niñeras lo notarán, el hijo del rey, era reemplazado por alguien más, fingiendo dormir en las noches, por orden del monarca. Mientras que en los aposentos privados del rey, sin ningún sirviente a la vista, más allá del que servía personalmente al emperador, estaban padre e hijo reconociendose a la luz de las velas, con sus cuerpos desnudos y aquella mirada de deseo mutuo.
El hombre tenía el amuleto de la chamana colgado del tronco de su pene erecto de nuevo, pero sabía que su lugar era en el culo de su pequeño Henry.
El Emperador veía en su hijo un nuevo mundo de posibilidades para su disfrute carnal. Mientras, Henry Cavil había encontrado el placer del sexo en su padre y deseaba probarlo de nuevo.
De esas noches, hubieron más, y al finalizar, un amuleto de madera, colgaba del culo infantil, metido en su interior, protegiendo a padre e hijo de futuras maldiciones.
Fin.
Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi. Si desean charlar, estoy en telegram.
@Remaster64TL28.
Nos leemos luego.

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