Historias perversas: un verano interminable. Parte 2
Tras días de sospechas, Claudia arma un plan para descubrir a su hijo y esposo. Lo que descubrirá, será demasiado para que pueda manejarlo..
Un verano interminable
A la mañana siguiente, la furia e incredulidad de Claudia, habían desaparecido. No encontró ni una sola pista de algo pasando entre Valerie y Manuel. Así que concluyó lo que con mucha ansias quería: todo era falso, la llamada una mera broma cruel y estúpida.
Necesitaba hacer la despensa, se vistió y le pidió a Manuel que la acompañe. El velludo hombre, descansaba en su cama, solo con un bóxer que contenía su gran erección. Era un hombre sensual, atractivo y hermoso. Aún así, no tuvieron acción anoche.
Manuel se disculpó, no la acompañaría. Se volteó boca abajo, durmiendo y mostrando su gran y trabajada espalda.
Valerie estaba encerrada en su cuarto. José estaba en el suyo, jugando videojuegos con un short azul y una playera blanca.
Salió al coche y se puso en marcha.
A medio camino, le marcó a su esposo. Seguía en la cama, con la voz adormitada.
— Amor, necesito que me digas si queda papel higiénico en la casa. —dijo parando en un semáforo—. Se me olvidó checarlo.
Escuchó a Manuel levantarse y después de revisar, le dijo que no había.
– Ok amor, te amo.
— Yo también, amor. ¿Vas a tardar? —escuchó la voz de su marido desde el Bluetooth del carro—.
— Creo que sí. Iré al mercado, al super y a pagar la luz.
«Cuelga, que la llamada está desde el Bluetooth…
Salió por la puerta, dejando el carro encendido. Solo bajaría a comprar unas piñas en el puesto que le gustaba.
Subió después de unos quince minutos, riendo por la plática con la dueña del puesto.
— Ohhhh. —escuchó a su esposo gemir—.
Revisó la pantalla del carro. Efectivamente, Manuel nunca colgó y la llamada seguía sonando por las bocinas.
Su esposo gemía, siseaba e insultaba de vez en cuando. Una voz llena de placer; un placer que llevaba semanas sin escuchar por ella misma.
No escuchaba otra voz, aunque por la llamada y la lejanía del sonido, no podía saber si había otra.
Con una rabia, confirmó lo que ya había descartado. Manuel sí se estaba cogiendo a su hija…
Debía seguir en la casa, no era posible que hubiera salido a verse con alguien sin notar que la llamada seguía en proceso.
Arrancó y a toda velocidad, llegó a su casa.
Entró molesta, con el corazón acelerado.
Su hijo, José estaba saliendo del baño, mojado y desnudo. Llevaba una erección en su entrepierna. Era grande, delgada y rosadita en un glande sin circuncisión.
Su hijo era alto para sus catorce años, pero aún lampiño en sus genitales. Claudia no pudo evitar voltear la mirada de su verga vulgarmente parada.
— ¿Dónde está Valerie? —dijo susurrando, pero sin poder ocultar su furia—.
— Salió, ma. —el adolescente, ruborizado se tapó con ambas manos sus partes—.
— ¿Salió? —preguntó confundida—. ¿Y quién está en…
» Digo… ¿dónde está tu papá?
— En su cuarto. —José, se metió a su cuarto nervioso. Tal vez porque su mamá lo haya visto desnudo, normal en él, pero estaba vez estaba erecto y eso nunca había pasado—.
Entró abriendo rápido la puerta de la habitación, provocando que Manuel brinque de la cama. Se tapó con una sábana y nervioso le preguntó qué pasaba.
— ¿Por qué estás desnudo y sudado? —dijo Claudia impaciente—. ¿Dónde está Valerie?
— Salió con sus amigas, yo le dí permiso.
— ¿Por qué nadie me dijo nada?—preguntó molesta—.
— ¿Ya revisaste tu celular?
Sacó su teléfono del bolso y lo primero que vio, fue la notificación del mensaje de Valerie: «Mamá, salí con Jenny y Pao. Nos vemos al ratito.»
Su ira fue disminuyendo. Se había portado como una loca. Avergonzada, bajó su bolso y se sentó en la orilla de la cama quitándose sus zapatos.
— ¿Y por qué estás desnudo?
Manuel tardó un momento en hablar, pero al salir su voz, se notaba avergonzada.
— Dígamos que aprovechando que Val no estaba y José andaba encerrado en su cuarto, decidí darme… autoplacer.
Claudia río. Una risa que en el exterior pudo haber sonado amigable, de verdadera diversión. Pero por dentro, era frustración. Su marido prefirió masturbarse a solas para calmar su sed de placer, que coger con ella.
— A todo esto, ¿por qué regresaste temprano? —dijo Manuel levantándose y recogiendo su bóxer en el suelo. Se puso su short y un sport blanco, además levantó un short azul y una playera blanca que Claudia no reconoció tirándolas al bote de ropa sucia—.
— Estaba en el mercado y me acordé que no lleve mi tarjeta para pagar.
Después de almorzar, en la tarde Claudia y Manuel fueron a terminar sus compras.
El día siguiente, fue más de lo mismo. No había nada que pobrara una aventura entre padre e hija. Aún así, la mente de Claudia daba vueltas por una idea que como parásito, no la dejaba en paz.
Tomó el teléfono que usaba para el trabajo. Se marcó a sí misma, lo puso en altavoz, quitándole el sonido al teléfono y lo dejó bajo las almohadas del sillón donde su esposo trabajaba en su computadora.
José estaba con un amigo a unas calles de la casa y Valerie estaba en su habitación viendo televisión.
— Voy con Ari a chismear, amor. —tomó su bolso y besó a su esposo en la sien—.
— ¿Vas a tardar, amor? Márcame cuando andes viniendo para que te prepare un mojito para este calorcito.
— Sí, amor.
Tratando de controlar sus nervios, se subió al coche, conectó su celular a sus audífonos para escuchar de la mejor forma lo que pasaba en la casa.
Estaba segura que si esos dos hacían algo, era ese momento. Con José fuera y ellos solos, era su oportunidad. Su corazón latía y su mente daba vueltas. Esta sería su última vez probando lo que le dijeron, si hoy no pasaba nada, dejaría de lado aquellas sospechas y habría ganado. Habría sacado de su mente, esa horrible sensación.
Condujo, mientras en sus audífonos solo escuchaba el sonido de la laptop de su esposo.
Se estacionó y esperó.
— Ahorita vengo, voy a casa de Jenny a ayudarla. —dijo la voz de Valerie—. Se está pintando el pelo.
— Ok, hija. —dijo Manuel sin dejar de teclear—.
Ahí estaba. Nada sospechoso entre ellos. Su teléfono vibró con el mensaje de Valerie avisándole a ella que iba a salir.
Sintiéndose una tonta por haber desconfiando de su marido y sobre todo, de su propia hija, arranco rumbo a su casa.
En eso, en el audio de la llamada, escuchó a su esposo alejarse, después unos pasos acercándose de nuevo.
— Ya se fue. —susurró Manuel casi inaudible para la llamada—.
Claudia frunció el ceño, confundida de lo que estaba escuchando.
La persona en el lugar, se acercó a Manuel. Cerraron la laptop y comenzó a escuchar sonidos de besos horriblemente desesperados. La voz de Manuel salía con gemidos mientras intercambiaba saliva con la otra persona.
Los gemidos de su esposo se intensificaron mientras los besos sonaban cada vez más sensuales y vulgares.
No entendía qué estaba pasando. Su hija acababa de irse. O… ¿era un truco? ¿Manuel había visto el teléfono e hicieron un plan para despistar? O peor, ¿Manuel metía mujeres a su casa?
Arrancó a toda velocidad, esquivando carros lentos. La detuvo un semáforo en rojo.
Molesta, maldijo golpeando el volante una y otra vez. Le dolía la cabeza, las venas le ardían de un miedo enorme por descubrir qué estaba ocurriendo en su casa.
— ¡Ahh! —escuchaba a su marido gemir—.
Pronto, unos sonidos salivales y de atraganto llenaron el carro. Le estaban dando una mamada a su esposo y él la estaba disfrutando.
Después de unos minutos que sintió eternos, llegó a su casa.
Se estacionó lejos, para que el ruido del carro no los alertara. Corrió hacia el patio trasero para atraparlos mejor.
Mientras entraba a escondidas en su propia casa, los sonidos de placer se volvían más y más fuertes.
— ¡Más despacito! —dijo la voz de su esposo riendo y profunda—.
La puerta trasera estaba abierta, entró y al llegar a la sala, se quedó en blanco. Una lágrima cayó de su ojo. Manuel no se cogía a su hija, definitivamente. Se cogía a su hijo, a su nene de 14 años…
Esa tarde…
— …Se está pintando el pelo.
— Ok, hija.
Valerie sacó su teléfono y comenzó a textear a su madre.
Manuel la miro fijamente, esperando su ausencia. La adolescente, salió por la puerta y comenzó a alejarse. La espió por la ventana, viendo su figura desaparecer con la distancia.
Salió a la calle, viendo a su hijo jugar fútbol con un vecino. Estaba sudado, despeinado pero eso solo lo hacía lucir más rico.
No habló, solo hizo contacto visual con él y el adolescente lo entendió.
Después de unos minutos, ambos estaban en la sala. Un aire sensual los envolvía; una tensión que se podía palpar.
— ¿Sigues molesto? —preguntó a su hijo—.
— Mamá me vio desnudo y con mi verga parada, papá. Además mi ropa se quedó en tu cuarto. ¿Y si nos descubre?
— No sabía que iba a regresar temprano, hijo.
— Pero sigues insistiendo en hacerlo en la casa, cuando no está. En las noches era perfecto.
— No podíamos disfrutar al cien, hijo. Siempre nos tapábamos la boca para que no nos oigan.
Su hijo lo miró molesto o decepcionado, cualquiera era válido.
— Me da cosita seguir haciéndolo, papá. Ver a mami besarme y abrazarme, mientras hacemos cochinadas a solas. No me gusta vivir solo en la academia, no me gusta que me mandes lejos solo para que no sospechen.
Aquella fue una apuñalada al corazón para Manuel. Pero todo era cierto. No solo había arrastrado a su hijo a una aventura perversa, llena de incesto y adicción, también lo había mandado lejos, solamente para que su mente estuviera tranquila.
No supo qué decir, no tenía nada que decir.
Se acercó a José, su pequeño adolescente, alto, guapo y muy hermoso.
Lo tomó de la mejilla y lo besó.
Caminaron hasta la sala, besándose con una lujuria desproporcionada. Cerraron la laptop, aventándola de lado.
Se sentó en uno de los sillones, con su pequeño en las piernas. Sus bocas se llenaban de la saliva del otro. Su propia verga era un bulto caliente y enorme entre sus piernas.
Levantó a su hijo de su regazo y le pidió que se quite todo. No con palabras, con un lenguaje que los dos compartían desde que José tenía ocho años.
El adolescente se levantó, con el short igual de abultado que su padre. Se quitó la camisa, mostrando su delgado cuerpo blanco, marcado por el deporte y la juventud. Se bajó lentamente el short, dejando que su verga rebote. Era una bella verga adolescente, blanca, con el glande rosadito. Era delgada, de unos catorce centímetros y sobre todo, lampiña como el resto del cuerpo de su pequeño.
Un calor se extendió por Manuel, al ver a su hijo completamente desnudo y erecto.
Se agachó y se llevó la verga de su pequeño a la boca. Sabía a sudor, a adolescente en crecimiento. Engulló toda la verga de su pequeño, en una mamada cargada de saliva y garganta profunda.
José gemía, sostenía a su papá de la cabeza.
— Oh, papi… —exhalaba su pequeño, moviendo su cuerpo, intentando clavar su joven erección más profundo—.
Manuel se levantó dejando hilos de saliva en la verga de su hijo, besándolo de manera suave, lenta y sensualmente. Los dos usaban sus lenguas con destreza, acariciando la del otro.
Su pequeño de catorce, comenzó a desabrochar la camisa a cuadros de su padre. Manuel lo ayudó a descubrir su pecho peludo, sus pectorales redondos, fuertes y duros. Su abdomen marcado, adornado con un camino de vellos que llevaban a su entrepierna.
Su hijo como siempre, fue lamiendo el cuerpo de su padre. Besando uno de sus pectorales, lamiendo un pezón y bajando por cada cuadrito de su abdomen hasta agacharse frente a él.
Manuel vio fijamente los ojos de su hijo, verdes, profundos y llenos de deseo. Su corazón cantaba arritmicamente, exhalaba calor y mucha calentura.
José posó sus manos en la orilla de los pantalones de su padre, lenta y sensualmente los fue bajando. Cuando cruzó la entrepierna, salió el monstruo que su papi cargaba. Una verga gruesa, venosa y babeando precum.
Le medía unos diecinueve centímetros, pero el espectáculo de ese miembro era el increíble grosor.
Apuntando hacia abajo por el peso de increíble palo, José tomó el glande y lo engulló con su lengua. Manuel gimió, tembló y estremeció.
Su hijo continuó mamando increíble y majestuosamente su trozo, a pesar de no poder metérsela por completo. Su hijo con la cara roja y lágrimas por un buen intento de garganta profunda, se levantó y besó a su padre con un deseo casi irreal.
Su padre lo puso en cuatro sobre el sofá, le curveó la cintura y devoró el culo de su pequeño con un hambre insociable. El adolescente se estremecía, apretaba su entradita de placer.
Manuel bajó la vista, viendo el glande completamente mojado de su hijo. Produciendo líquido preseminal, el glande colgaba los hilitos que caían por la gravedad. Su hijo estaba completamente mojadito.
Tomó la erección de su José, la llevó hacia atrás, limpiando la uretra y subiendo su lengua nuevamente a su entradita.
— Ohhh, papito… —susurraba José—.
— Ya te va, mi amor.
Colocó su glande en la entrada de su pequeño, escupió un gran hilo de saliva y lo untó por toda su verga. Punteó a su hijo y mientras el adolescente iba gimiendo cada vez más fuerte en lo que lo desgarraban, Manuel iba insertando con delicadeza.
Le llegó a la mitad, esperó que el interior de su hijo se acostumbre, pero eso no tardó. El culito de su hijo venía recibiendo el grueso palo de su padre desde hacía seis años, estaba perfectamente abierto para él.
José alzó su espalda y su padre lo sostuvo del cabello, pronto, inició el mete y saca fuerte. La casa se llenó de los golpeteos del culito del adolescente y los huevos colgantes de su gran padre.
Claudia no daba mérito a lo que estaba viendo. Su pequeño, a penas un adolescente, estaba siendo clavado por su propio padre. Todos los casos de abuso que había visto, señalaban a los pequeños como víctimas obligadas. Pero ahí estaba viendo a su hijo, con su cuerpo delgado, curvado recibiendo a su padre, dos veces su tamaño. Y… José lo estaba disfrutando, gemía, gritaba cuando Manuel llegaba hasta el fondo de él. Sonreía, cerraba sus ojitos y se auto clavaba más.
Había escuchado todo. Manuel venía cogiendo a su propio hijo desde los ocho, y lo mandó a un colegio privado porque no se podía contener tenerlo en la casa. Por eso dejaban de coger cada vacaciones, porque José regresaba a la casa.
Ahora su cara estaba roja, roja de coraje, de miedo a lo que tendría que hacer después y tristeza a lo asqueroso que estaba viendo.
Manuel se levantó, siseando y se sentó en el sillón. Su hijo se sentó en él dándole la espalda a su madre, quién los veía horrorizada.
Curvó su culito y se volvió a ensartar en su padre. Lentamente, la verga gruesa de su marido fue entrando fácilmente en el culito de su hijo. Ni ella podía aguantar el grosor de Manuel y ahí estaba su pequeño de catorce, brincando y cabalgando como si nada.
José se movía bien, entregándole placer a su papi, quien gritaba lleno de placer sin moverse, pues el adolescente estaba haciendo todo el trabajo.
Tantos días después de la llamada, creyendo que le eran infiel con otro, cuando la amante… el amante, estaba en su propia casa y compartía sus mismos apellidos…
— Ay, papi, papi… —gemía José echando la cabeza hacia atrás—.
— ¿Te gusta, amor? ¿Te gusta la verga de papá?
— ¡Sí! ¡Sí!
Manuel tomó el culo de su hijo y comenzó a penetrarlo, subiendo su pelvis mientras José no dejaba de cabalgar.
Cambió de posición, se volteó y comenzó a cabalgar a su papá ahora dándole la espalda a él.
Claudia vio su rostro, su hijo sudado con los ojos cerrados ignorando a su madre al frente. Manuel le besaba la espalda.
— ¡Qué rico culito, hijo!
— Cógeme, papi.
Manuel comenzó a gemir mientras seguía embistiendo a José y el adolescente bajaba a la verga gruesa. Su verguita adolescente, estaba completamente erecta con los huevos contraídos.
Después de un rato siendo embestido por su padre, José se masturbó dos veces cuando se corrió en su pecho. Debido a eso, contrajo si culito, haciendo que su papi grite y se corra dentro.
— ¡AAAH! —gritaron ambos, teniendo espasmos—.
Cuando Manuel se dejó de correr, dejó caer su cabeza en la espalda de su pequeño. José reía intentando recuperar el aliento, cuando abrió los ojos y su sonrisa se desvaneció al encontrar a su madre viéndolos con los ojos rojos, el maquillaje corrido y una mirada que no transmitirían nada si no fuera por las lágrimas.
Rápidamente, José salió de la verga semi erecta de su padre. Manuel extrañado abrió los ojos viendo porqué de la reacción de su hijo.
Se levantó, tapándose y yendo hacia su mujer.
— Claudia, yo…
Por fin reaccionó luego de sentir su cuerpo pesado por el asombro y el dolor. Volteó y echó a correr.
Manuel rápidamente se puso el pantalón, sin nada más, persiguiendo a su esposa.
Las lágrimas de Claudia resbalaban a la velocidad de su carrera. Volteó viendo a su esposo tras de ella, gritando su nombre.
Escuchó la bocina de un carro, cuando regresó su mirada al frente fue muy tarde.
Escuchó un pitido y vio negro. Cerró los ojos, con la imagen de su hijo cabalgando a su padre. Dos vergas erectas en una misma escena.


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