Jairo y su hermano. Cuándo yo tenía 10 años.
Mis labios ardían como si hubieran mordido una guayaba verde—ácidos, entumecidos—mientras el semen espeso se me pegaba al paladar. .
VIVENCIAS 2#.
Después de ese primer día con Jairo, todo se volvió confuso. Yo ni siquiera sabía cómo llamar a lo que pasaba entre nosotros. Él tenía 17 años, casi un hombre, y yo apenas podía mirarme al espejo sin sentir que algo en mí no encajaba con los demás niños del barrio. Jairo lo notó desde el principio. Fueron casi 3 años en los que supe que algo no estaba bien, pero no tenía las palabras para decirlo, ni el valor para pararlo. Por que el prácticamente abusaba de mi, sin que yo supiera que eso estaba mal y que eso era abuso.
El primer año fue el más raro, porque al principio Jairo solo me buscaba cuando nadie más estaba en su casa. Su mamá trabajaba todo el día en el mercado y los hermanos mayores ya ni vivían ahí. Al principio eran cosas chiquitas—un manoseo rápido mientras me enseñaba a jugar FIFA, sus dedos calientes metiéndose por el borde de mi short cuando me alcanzaba el control. Yo me quedaba quieto, confundido, pero sin decir nada. Pensaba que así jugaban los hombres grandes con los chiquitos, aunque a mis amigos del colegio nadie los tocaba así.
El segundo año fue cuando las cosas cambiaron, aunque no de golpe, sino como el agua que se calienta poco a poco hasta hervir sin que la rana se dé cuenta. Jairo empezó a inventar excusas para quedarnos solos: que si le ayudara a limpiar el cuarto, que si quería ver una película en su laptop, que si le enseñara los deberes del colegio. Cosas asi de simple, no era cuándo me lo hizo primero. Yo supongo que él no quiso avanzar más por esos tiempos, por que iba creciendo y de a poco me estaba dando cuenta, pero si él supiera que yo lo tomaba «normal» como un simple juego.
Pero empezo a escalar de nuevo las intenciones de él. Cuando yo tenía por ahí, 11 años de edad.
Ese día en la finca, el calor pegaba como lija. Yo tenía la camisa pegada a la espalda del sudor, los mangos chorreando entre mis dedos cuando Jairo me agarró de la muñeca. «Vamos a guardar estos donde no los vean», dijo, y su voz sonó ronca, como cuando le daba pereza hablar en las mañanas. El cuarto de herramientas olía a tierra mojada y metal viejo, con ese polvillo que se levanta de los sacos de abono apilados en un rincón.
El cuarto estaba oscuro, solo entraba un rayo de luz por una rendija en la pared de madera. Jairo cerró la puerta con el pie mientras yo todavía sostenía los mangos contra mi pecho, sintiendo cómo el jugo pegajoso se me escurría entre los dedos. «Déjalos ahí», murmuró, señalando el suelo con la barbilla. Lo hice, escuchando el golpe sordo de la fruta contra el saco de yute.
Jairo se acercó lentamente, sus ojos recorriendo mi cuerpo como si ya me conociera de memoria. Yo me quedé quieto, paralizado, con las manos pegajosas de mango colgando a los lados. «Tienes las manos sucias,» dijo él, y antes de que pudiera reaccionar, agarró mis muñecas y las llevó hacia su pene, ahora visiblemente erecto bajo el ajustado pantalón de mezclilla. La tela áspera me quemó las palmas mientras él las presionaba contra sí mismo, gruñendo bajito. «Así no se mancha la camisa,» susurró, y su aliento caliente me golpeó la cara, mezclándose con el olor dulzón de los mangos aplastados en el piso.
Mis dedos temblorosos se cerraron alrededor de ese bulto ardiente bajo la mezclilla áspera. Jairo gimió, un sonido gutural que salió desde lo más profundo de su garganta, y apretó más mis muñecas contra él. Sentí cómo el calor de su cuerpo traspasaba la tela, cómo esa cosa dura palpitaba bajo mis palmas sudorosas. Era como agarrar un mango verde—firme, pero con una tensión que prometía reventar.
«Desabotónalo,» ordenó con la voz más ronca que había escuchado en mi vida. Mis dedos, torpes y pegajosos del jugo de fruta, encontraron el botón de sus jeans. Cuando cedió con un clic metálico, el olor a sudor y precum invadió el espacio entre nosotros, mezclándose con el dulzor podrido de los mangos en el piso. La cremallera bajó sola, como si la presión de lo que escondía ya no pudiera contenerse.
Mis dedos se cerraron alrededor de su verga como si agarrara el palo de una escoba demasiado gruesa para mis manos. La piel de Jairo estaba caliente y tensa, como un globo lleno de agua tibia que latía bajo mis dedos. «Muévelo así», me dijo mientras cubría mi mano con la suya, apretando hasta que me dolió la muñeca. El movimiento era raro—arriba y abajo, pero torpe, como cuando intentaba abrir una lata y el abrelatas se atascaba. Sentí algo húmedo en la punta, pegajoso como la savia que sale de los tallos de las flores cuando los cortas para el día de la madre.
Jairo gruñó y arqueó la espalda contra la pared de madera, haciendo crujir los sacos de abono apilados. Su cara se contrajo como si le doliera el estómago, pero no me soltaba. «Más rápido», jadeó, y su voz sonó quebrada, como cuando los perros del barrio peleaban por un hueso. Yo apreté los dientes y obedecí, sintiendo cómo la piel de su verga se movía sobre algo más duro por dentro, como un hueso cubierto de carne viva. Mis nudillos rozaban el vello áspero de su bajo vientre, que olía a sal y a ese jabón azul que usaba su mamá para lavar la ropa.
Jairo me agarró de la nuca con esa mano grande que siempre olía a cigarrillo y tierra. «Ábrete, chiquito,» murmuró, y no era pregunta sino orden. Yo ya conocía el ritual—las primeras veces me había asfixiado, tosiendo como perro con espina en la garganta, pero ahora mi boca se abría sola, como si mi cuerpo supiera antes que mi cabeza lo que iba a pasar. Su verga me golpeó los labios, caliente y salada, ese sabor a cloro y piel sudada que ya me era familiar.
La primera vez que lo hice tenía diez años y casi vomité. Ahora, a los once hasta sabía cómo respirar por la nariz mientras la cabeza de su pene me raspaba el paladar. Jairo gimió cuando mi lengua se movió por debajo, en ese surco sensible que había aprendido por repetición. «Sí, así…», susurró, y sus dedos se enredaron en mi pelo corto, apretando hasta que me dolió el cuero cabelludo. Yo cerraba los ojos cada vez, pero hoy los abrí de pronto—viendo como su abdomen se acercaba a mi cara cuando iba tragando de su pene en mi garganta.
Sus bolas colgaban contra mi barbilla, arrugadas como las bolsas de plástico que flotaban en el río. El olor era más fuerte ahí—una mezcla de sudor rancio y ese líquido espeso que a veces le goteaba cuando se excitaba demasiado. Yo sabía que si apretaba la nariz contra su piel, justo donde empezaba el vello púbico, podía evitar respirar por un rato. Tres años de práctica me habían enseñado eso.
El pene de Jairo estaba resbaladizo contra mis labios, una mezcla de mi saliva y ese líquido espeso que siempre soltaba cuando lo chupaba por mucho tiempo. Tenía el sabor amargo de siempre, como cuando mordías una semilla de naranja sin querer, pero ya no me hacía arcadas como antes. Mis mejillas se hundían cada vez que succionaba, los dientes rozando delicadamente esa piel fina que cubría la vena gruesa que latía bajo mis labios. Jairo jadeaba por encima de mí, sus gruñidos se volvían más urgentes, más animales.
«Ahí, justo ahí…», susurró con la voz ronca mientras empujaba mi cabeza hacia su pelvis. Sentí cómo la punta de su verga rozaba esa parte blanda al fondo de mi garganta, ese punto que siempre me hacía lagrimear. Tenía la nariz aplastada contra su vello púbico húmedo, oliendo a sal y a ese jabón de lavandería barato que usaba su familia. Mis manos, pequeñas contra sus musculosos muslos, se aferraban a sus pantalones caídos para mantener el equilibrio mientras él usaba mi boca a su antojo.
El sonido húmedo de mis labios deslizándose por su verga se mezclaba con el crujido ocasional de los sacos de abono apilados contra la pared. Por un momento, cerré los ojos y solo sentí: el peso de sus bolas contra mi barbilla, el pulso acelerado de su pene en mi lengua, el sudor que me corría por la espalda bajo la camisa pegajosa. Tres años de esto me habían enseñado a dejar la mente en blanco, a convertirme en solo boca y manos obedientes.
Fue entonces cuando escuché mi nombre. «¡Dani! ¿Dónde te metiste?» Era la voz de mi hermano mayor, distante pero acercándose. Me congelé, sintiendo cómo el pene de Jairo palpitaba contra mi lengua, notando el modo en que sus músculos abdominales se tensaban—estaba cerca, tan cerca. Pero la voz de mi hermano sonó de nuevo, más cerca esta vez, y Jairo maldijo entre dientes mientras me apartaba bruscamente.
«Te toca irte, chiquito», dijo mientras se abotonaba apresuradamente los jeans, dejando una mancha húmeda en el tejido oscuro. Yo me sequé los labios con el dorso de la mano, sintiendo el sabor salado que se me había quedado en la boca. Jairo me agarró del hombro y me giró hacia la puerta trasera, esa que daba al sendero de los plataneros. «Por ahí. Y no digas nada, ¿entendido?» Su voz no era cruel, pero tampoco dejaba lugar a preguntas.
Corrí. Las hojas de plátano me azotaron las piernas mientras escurría entre los tallos, escuchando a lo lejos la voz de mi hermano que seguía llamándome desde la casa principal. La verga de Jairo todavía me ardía en la garganta, ese sabor a piel sudada y semen que nunca lograba sacarme del todo con agua. Cuando llegué al patio trasero de la casa, me detuve junto al tanque de agua, jadeando, y me enjuagué la boca con el agua tibia que salía de la manguera. El líquido se mezcló con el sudor en mi cuello y corrió por mi camisa, pero el sabor persistió.
«Dani, ¡carajo! ¿Dónde estabas?» Mi hermano apareció de pronto, con el ceño fruncido y los brazos cruzados. Yo bajé la mirada, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban. «Ayudando a Jairo con unos mangos», mentí, aunque las palabras sonaron raras en mi boca—pegajosas, como si todavía tuviera algo de Jairo entre los dientes. Mi hermano me miró un segundo más, como si sospechara, pero luego solo se encogió de hombros. «Mamá quiere que vayas a comprar pan. Aquí tienes la plata.» Me lanzó unas monedas que atrapé torpemente con las manos todavía húmedas.
Los días en la finca se volvieron una mezcla de calor pegajoso y secretos guardados bajo la lengua. Después de lo del cuarto de herramientas, algo en mí empezó a cambiar—como cuando revuelves azúcar en un café amargo y de pronto el sabor ya no te hace torcer la cara. Al principio solo obedecía porque Jairo era mayor, porque sus manos grandes sabían dónde agarrarme sin que me quejara, pero ahora… ahora a veces pensaba en su verga cuando estaba solo en la hamaca, mirando las hojas de plátano mecerse bajo el sol. Mis dedos se deslizaban bajo el elástico del short, probando ese movimiento que había aprendido con las palmas pegajosas de mango.
Se me paso por alto en comentar. Nosotros fuimos al campo, que es donde vive jairo con su madre y sus hermanos mayores. Fuimos por vacaciones, o al menos eso creía yo en ese entonces. Ahora lo veo claro—había sido una excusa de Jairo para tenerme a su disposición sin que mi familia sospechara. Las noches eran las peores, o quizá las mejores, ya no lo sé.
Al día siguiente, en la mañana, el sol se colaba por las rendijas de las ventanas de madera de la cocina. El olor a café recién colado y a pan caliente llenaba el aire mientras me sentaba en la mesa, tratando de no rozar la silla con mis muslos—todavía me dolían por dentro, como si alguien me hubiera apretado demasiado fuerte. Jairo estaba sentado frente a mí, desayunando plátanos fritos con queso, sus ojos pesados por el calor y algo más que yo ya reconocía. Su mamá revolvía una olla de leche en el fogón de leña, murmurando algo sobre los deberes del día.
Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe, dejando entrar una ráfaga de aire caliente y polvoriento. Gary, el hermano menor de Jairo, se paró en el marco, sudoroso y con la camisa pegada al pecho. Tenía quince años, pero ya tenía los hombros anchos y esa mirada calculadora que siempre me hacía bajar la vista. «Papá dijo que hoy te toca ir con él a la ciudad», le dijo a Jairo, mordiendo un pedazo de pan.
Jairo dejó el tenedor sobre el plato con un clic metálico. «¿Hoy?», preguntó, y su voz sonó extrañamente tensa. Gary asintió, limpiándose la boca con el dorso de la mano. «Sí, ahora mismo. Ya está listo el carro.» Jairo maldijo bajito, mirándome por un segundo que me hizo sentir como un insecto bajo una lupa. «Bueno», dijo finalmente, levantándose de la mesa con ese movimiento lento y peligroso de siempre.
Jairo miro a mi hermano, y le dijo que si le puede acompañar a la ciudad, que iba a necesitar ayuda pars traer mercadería. Mi hermano aceptó. La mamá de Jairo salió a buscar leña para el fogón y me dejó a solas con Gary. El cuarto de pronto se sintió más pequeño, el aire más espeso. Gary se quedó mirándome mientras terminaba mi pan con queso, sus ojos oscuros recorriendo mi cuerpo como si ya supieran cosas que yo ni siquiera entendía.
Mi hermano se acercó a mí, y me dijo «en la noche venga, eh, te portaras bien», y luego se fue con el papá de Jairo. Yo seguí comiendo mi pan, sintiendo el queso derretido pegarse al paladar mientras los ojos de Gary me recorrían como hormigas sobre un dulce abandonado. La casa quedó en silencio, solo el chisporroteo del fogón y el roce de mi cuchara contra el plato.
Las horas pasaron como miel espesa bajo el sol. Yo seguía en el cuarto, acurrucado en la hamaca que colgaba entre dos vigas, mirando las sombras que bailaban en el techo de zinc caliente. Afuera se escuchaban los pollos escarbando la tierra, el golpe seco de un machete contra la leña, pero yo no tenía ganas de moverme.
«¡Dani! ¿Estás vivo ahí adentro?» La voz de la mamá de Jairo traspasó la puerta de madera, dulce pero firme como el jugo de caña recién exprimido. Yo me hice el dormido, apretando los párpados aunque sabía que ella no podía verme. «Gary necesita ayuda para traer hojas de plátano para envolver los tamales», insistió, y escuché sus chanclas golpear el piso de cemento al acercarse. La puerta chirrió al abrirse, dejando entrar un rayo de luz que me dio justo en los ojos.
Me senté de golpe, fingiendo que me despertaba. Doña Marisol estaba en el marco, con su delantal manchado de achiote y esas manos callosas que siempre olían a comino. «Ay, mi niño, ¿así que aquí estaba mi ayudante?» Sonrió con esa sonrisa que le hacía arruguitas alrededor de los ojos. Detrás de ella, Gary se asomó, alto y desgarbado como un árbol de guayaba joven. Tenía los mismos ojos oscuros que Jairo, pero más oblicuos, como si siempre estuviera calculando algo.
«No quiero», murmuré, hundiéndome un poco más en la hamaca. Pero Gary entró sin pedir permiso, con esa sonrisa de dientes blancos que no llegaba a los ojos. «Vamos, chiquito», dijo, agarrándome del tobillo con una mano que parecía cubierta de polvo de ladrillo. «No seas flojo». Su voz era amable, pero sus dedos apretaban fuerte, como si quisieran dejar marca.
Doña Marisol me lanzó una mirada maternal mientras revolvía algo en una olla de barro. «Anda, Dani, el sol ya está bajando y se pone frío. Te va a hacer bien moverte». Gary no soltaba mi tobillo; sus dedos subieron un poco, rozando la parte trasera de mi rodilla—un lugar que sabía sensible. «Sí, Dani», susurró, «te va a hacer muy bien moverte». Algo en su tono hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Así que accedí ir con Gary, aunque algo en su sonrisa me hacía sentir como un ratoncito oliendo el queso de una trampa. Las hojas de plátano estaban al fondo del terreno, donde la maleza crecía espesa y el sol apenas filtraba entre las ramas. Caminé tras él, sintiendo cómo la tierra húmeda se pegaba a mis chancletas.
El sendero hacia el desmonte serpenteaba entre árboles achaparrados y maleza espesa, donde ni siquiera los gallinazos se aventuraban. Las hojas secas crujían bajo nuestros pies como papel de celofán arrugado. Gary caminaba delante, apartando ramas con un machete oxidado que dejaba un rastro de savia pegajosa en el aire. Yo lo seguía mirando sus hombros anchos—tan distintos a los de Jairo, más cuadrados, como si alguien los hubiera tallado a machetazos.
«¿Qué tanto te gusta venir aquí, chiquito?», preguntó Gary de pronto, sin volverse. Su voz sonó ronca, como si tuviera tierra en la garganta. Yo me quedé quieto, sintiendo cómo un sudor frío me corría por la espalda. «Es… es bonito», balbuceé, mirando mis chancletas llenas de barro. Gary se rió—un sonido seco que no duró lo suficiente. «Bonito», repitió, como si probara la palabra en la boca. «¿Bonito como qué? ¿Como las cosas que hace Jairo contigo?»
El aire se me atascó en los pulmones. Las hojas de plátano que llevaba en las manos empezaron a temblar, haciendo ese ruidito de papel viejo. Gary finalmente se volvió, apoyando el machete contra un árbol. Sus ojos—tan oscuros como los de Jairo pero más fríos—me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis muslos que se rozaban bajo el short. «No… no sé de qué hablas», mentí, pero mi voz sonó delgada, quebradiza.
Gary se movió como una sombra que se alarga al atardecer—sin prisa, pero dejando claro que llegaría. Su sonrisa se desdibujó en algo más afilado mientras levantaba una mano para apartar una rama que nos separaba. «No hace falta mentir, Dani», dijo, y su voz tenía ese tono de miel espesa que usaban los adultos cuando sabían que estabas mintiendo. «Yo sé lo que hace mi hermano contigo… lo he visto.»
Mis pies parecieron clavarse en la tierra húmeda. El aire olía a hojas podridas y a esa savia agria que brotaba de los tallos cortados. Gary dio otro paso, y esta vez su pie derecho aplastó una fruta caída—algo pequeño y amarillo que reventó bajo su chancleta con un chasquido húmedo. «¿Te gusta, verdad?», murmuró, acercándose tanto que pude ver las gotas de sudor atrapadas en el vello oscuro de su pecho.
Gary dio un paso más, pisando fuerte la tierra húmeda hasta quedar tan cerca que el calor de su cuerpo se pegó al mío como el almidón a la ropa recién planchada. «Mírame, Dani», susurró, y cuando levanté la vista, sus ojos eran dos pozos negros donde no se reflejaba ni un rayo de luz. Con un movimiento lento, como quien desenvuelve un regalo, desabrochó el botón de sus pantalones cortos. La tela caqui cedió con un chasquido seco, y antes de que pudiera apartar la mirada, ya tenía la verga fuera—gruesa y oscura como un fruto maduro que no debía tocarse.
«¿Ves?», dijo Gary mientras se agarraba el pene con esa mano callosa de uñas mugrientas. «No es tan difícil ser honesto». Su voz sonaba burlona, pero sus dedos apretaban con fuerza la base, haciendo que las venas sobresalieran como raíces bajo la piel. Lo tenía completamente erecto, la punta brillante de humedad bajo el sol filtrado que entraba entre las hojas. Era más grande que la de Jairo—más curva, con una cabeza que parecía hinchada de tanto sangre acumulada.
Mis ojos se clavaron en esa cosa que sobresalía del cuerpo de Gary, pulsando levemente como si tuviera vida propia. El corazón me latía tan fuerte que sentía el pulso en las sienes, en las muñecas, incluso entre las piernas donde empezaba a formarse un calor húmedo que no entendía. Gary sonrió—esa sonrisa torcida que le hacía un hoyuelo en solo un lado de la cara—y se acercó más, hasta que su muslo rozó mi pantalón escolar.
«Arrodíllate,» ordenó Gary con una voz que no dejaba espacio para preguntas. Las palabras me golpearon como un puño en el estómago, pero antes de que mi cerebro pudiera procesar el rechazo, mis rodillas ya estaban doblando solas, hundiéndose en la tierra húmeda que olía a lombrices recién revueltas. Mis manos temblorosas se aferraron a los costados de mis muslos, sintiendo la tela del pantalón
arrugarse bajo mis dedos.
Gary no esperó. Con un movimiento brusco, agarró mi cabeza con ambas manos—sus palmas calientes y ásperas como lija contra mis sienes—y acercó su pelvis a mi cara. El olor a sudor rancio y a piel sin lavar me invadió las fosas nasales. «Abre,» susurró, y aunque cada fibra de mi cuerpo gritaba para negarme, mis labios se separaron como si estuvieran conectados a sus palabras por hilos invisibles.
La punta de su pene golpeó mis dientes con un sonido sordo antes de que pudiera ajustar la posición. Era más gruesa que la de Jairo—como comparar un dedo pulgar con un índice—y el sabor salobre me llenó la boca al instante. Gary gruñó cuando mi lengua rozó involuntariamente la vena abultada que recorría el lado inferior. «Ahí está, chiquito… así,» jadeó mientras sus dedos se enredaban en mi pelo corto, tirando hasta que el cuero cabelludo me ardió.
Mis labios ardían como si hubieran mordido una guayaba verde—ácidos, entumecidos—mientras el semen espeso se me pegaba al paladar. Gary había dejado escapar un gruñido gutural cuando se vino, apretando mis sienes con esas manos de uñas sucias hasta que creí que me reventaría el cráneo. Ahora, mientras él se ajustaba el pantalón con movimientos bruscos, yo seguía arrodillado en el barro, tragando saliva mezclada con ese líquido amargo que sabía a sal marina podrida.
«Ya, levantate,» masculló Gary, limpiándose la punta del pene con el dorso de la mano antes de guardarlo. Sus ojos—tan oscuros que no reflejaban ni un rayo del sol filtrado entre las hojas—me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mi boca hinchada. «Y no digas nada, ¿entendido?» No era una pregunta. Yo asentí, sintiendo cómo el último hilo de semen se me pegaba a la barbilla mientras me incorporaba con las rodillas temblorosas.
Gary agarró las hojas de plátano que habíamos cortado—las que supuestamente eran la excusa—y las apretó contra su pecho sudoroso. «Vamos,» ordenó, señalando el sendero de vuelta con el mentón. Yo lo seguí, pisando sus huellas en la tierra húmeda, sintiendo cómo el sabor a Gary se me quedaba entre los dientes como la fibra de una piña ácida. Cada paso que daba hacía que algo caliente y pesado se moviera en mi estómago, como si hubiera tragado una piedra de río.
La casa de Jairo apareció entre los árboles, con su techo de zinc brillando bajo el sol de la tarde. Doña Marisol estaba en el patio trasero, moliendo maíz en una piedra de moler que chirriaba con cada movimiento circular de sus brazos. «¡Por fin!» exclamó al vernos, levantando la vista sólo un segundo antes de volver a concentrarse en la masa amarillenta. «Pensé que se los había comido el tigre.» Gary dejó caer las hojas al lado del fogón con un gesto indiferente. «El chiquito es lento,» dijo, lanzándome una mirada que me hizo encogerme.
Continúa…



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