La vez que hice con mi amigo y su perro
Si sos de paraguay, no dudes en contactarme @sibaraki en telegram, y esta historia ocurrio hace un tiempo y hasta hoy en dia fue de mis experiencias favoritas.
Era un sábado a la tarde. Lucas me había escrito un rato antes preguntándome si quería pasar por su casa a ver una peli o simplemente boludear un rato. No teníamos nada mejor que hacer y hacía semanas que no nos veíamos en persona, así que acepté. Agarré el colectivo y como vive lejos, llegue luego de unos 40-50 minutos
Me abrió la puerta, en remera y short, el pelo todavía un poco desordenado. Entramos, nos saludamos con un abrazo rápido y fuimos directo al living. Había dejado la tele prendida una de sus series
Hablamos de cualquier cosa, del laburo, de juegos, todo normal, el tiempo pasaba fácil
En un momento escuché uñas raspando la puerta y luego se abrio la puerta para que pase Rocko, su labrador retriever chocolate. Grande, con esa cola gruesa que no paraba de moverse y esa cara de bueno que siempre tenía. Se acercó directo a mí, oliéndome las rodillas, y yo no pude evitar sonreír
—Ey, grandote —le dije, agachándome un poco para acariciarle la cabeza con las dos manos—. Qué grande te pusiste, ¿no?
Rocko se acomodó entre mis piernas de inmediato, empujando con el hocico para que le siguiera rascando detrás de las orejas. Yo le hablaba bajito, como si realmente lo estuviera saludando de verdad, y le pasaba la mano por el lomo. Le acaricié el pecho, le rascé la panza cuando se dejó caer de costado, y hasta le di un par de palmadas suaves en el costado mientras le decía boludeces del tipo “qué bueno que sos” o “mirá qué suave tenés el pelo”
Lucas me miraba de reojo desde el sillón, con una media sonrisa
—Se ve que te cae bien —comentó
—Y sí… sabes que me gustan muchos los perros —respondí sin levantar la vista—. Tiene esa energía tranquila, ¿viste? Como que te entiende
Seguí acariciándolo un rato más. Rocko se había puesto casi encima de mí, con la cabeza apoyada en mi muslo, y yo le pasaba los dedos despacio por el cuello, por detrás de las orejas, incluso un poco más abajo, por el pecho. Tiré un par de comentarios al aire, medio al pasar:
—Se nota que está bien cuidado. Y grande, ¿eh? Debe pesar un monton.
Lucas solo asintió y cambió de tema, hablando otra vez de la peli que queríamos ver. Yo seguí un rato más con el perro, riéndome cuando me lamía la mano. Después Rocko se cansó, se estiró y se fue a echar en su cama cerca de la ventana. Nosotros seguimos con lo nuestro: elegimos una película cualquiera, pedimos una pizza y pasamos el resto de la tarde como siempre
Pero noté que un par de veces Lucas me miraba de costado cuando yo volvía a llamar a Rocko solo para acariciarlo un poco más. No decía nada. Solo observaba y después desviaba la vista.
Cuando se hizo de noche me levanté, me estiré y le dije que me iba. Nos despedimos en la puerta con el mismo abrazo de siempre. Rocko apareció otra vez para despedirme, y yo me agaché una última vez, le di dos palmadas en el costado y le hablé bajito antes de irme.
Llegué a casa, me tiré en la cama y prendí el celular. A los pocos minutos me llegó un mensaje de Lucas:
“Llegaste bien?”
“Sí, re bien. Gracias por la tarde”
Hubo un silencio de un par de minutos. Después escribió de nuevo:
“Che… noté que estuviste bastante cariñoso con Rocko hoy jajaja”
Me quedé mirando la pantalla un segundo. El corazón me dio un salto raro, pero contesté como si nada:
“Jajaj sí, es que es demaciado alegre. Se deja acariciar un monton”
Otro mensaje:
“Sí… se nota que te cae bien. Nunca te había visto así con un perro”
Me senté un poco más derecho en la cama. El celular vibró otra vez:
“Tipo… muy de cerca y todo. No sé, me llamó la atención”
Me mordí el labio. Él estaba tirando la piedra sin decirlo del todo. Y yo, desde mi pieza, con el recuerdo todavía fresco de cómo Rocko se había acomodado entre mis piernas, sentí que la conversación recién estaba empezando a ponerse interesante.
La semana siguiente Lucas me escribió de nuevo a la tarde.
“Che, ¿tenés algo para hacer? Estoy solo en casa hasta la noche. Si querés venir”
No lo pensé demasiado. Le contesté que sí y luego de unas horas ya estaba otra vez frente a su portón. Esta vez la casa se sentía más silenciosa. No había nadie más. Solo él, yo… y Rocko.
Entré, nos saludamos normal, como siempre. Me ofreció una birra y nos sentamos en el sillón. Hablamos un rato de boludeces: del laburo, de una serie que estábamos viendo, de que su hermana no volvía hasta el domingo. Todo tranquilo. Pero yo ya sabía lo que quería hacer.
A los pocos minutos Rocko apareció desde el pasillo. Se acercó directo a mí, como si me estuviera esperando. Yo me agaché de inmediato y le recibí con las dos manos en la cabeza y acariciandole
—Hola de nuevo, grandote… —le dije bajito
Me dejé caer un poco más al piso, sentado de costado, y Rocko se acomodó entre mis piernas otra vez. Le pasé las manos por el lomo, por el pecho, por el vientre. Esta vez no me contuve tanto. Le hablaba mientras lo acariciaba, le decía lo noble que era, lo grande, lo suave que tenía el pelo. Mis dedos bajaban un poco más de lo “normal”, rozando cerca de donde empezaba a notarse el bulto cuando se le salía.
Lucas me miraba desde el sillón. No decía nada, pero su mirada era distinta. Más fija. Más atenta.
—De nuevo muy cariñoso, ¿eh? —comentó al rato, con una media sonrisa que no llegaba del todo a ser broma.
Yo levanté la vista sin dejar de tocar al perro.
—Es que me cae bien de verdad. Se nota que está cómodo conmigo.
Seguí. Le di la vuelta a Rocko para que se recostara de costado y le rascé la panza con más calma. Cuando el perro se estiró y dejó que su pija empezara a asomar un poco, roja y húmeda, yo no aparté la mano de inmediato. Solo seguí acariciando cerca, como si no me diera cuenta. Lucas se removió en el sillón.
—Che… —dijo después de un silencio—. Ayer me quedé pensando en lo que te dije por mensaje.
Yo no levanté la vista. Seguí con la mano en el pecho de Rocko, bajando despacio.
—¿Y qué pensaste?
Lucas dudó un segundo.
—Que… no sé. Que estuviste muy pegado a él. Como si… te gustara de otra forma.
Me quedé callado un momento. Después levanté la mirada y lo miré directo a los ojos, sin sonreír del todo.
—¿Y si te dijera que sí?
El silencio se puso denso. Rocko seguía quieto entre mis piernas, respirando tranquilo, con la pija ya un poco más afuera. Yo le pasé un dedo muy cerca, casi rozándola, y el perro movió la cola despacio.
Lucas tragó saliva.
—¿En serio…?
Asentí.
—Hace un tiempo que… bueno. Tengo experiencia con el mío. Y el tuyo… se nota que está abierto. Que le gusta que lo toquen.
Lucas se pasó una mano por la cara, nervioso, pero no se levantó ni me pidió que parara. Solo miraba cómo mi mano seguía cerca del miembro de Rocko, cómo el perro no se apartaba, cómo incluso empujaba un poco hacia mí.
—Yo… nunca hice nada —admitió al fin, con la voz más baja—. Solo… lo miraba. A veces lo tocaba un poco cuando estaba solo. Pero nada más.
Yo sonreí apenas.
—Puedo mostrarte. Si querés. De a poco. Sin apuro.
Él no contestó de inmediato. Se quedó mirando al perro, después a mí, después otra vez al perro. La respiración se le había acelerado un poco. Al final asintió, casi imperceptible.
—okay… mostrame.
Me acomodé mejor en el piso. Llamé a Rocko con la voz suave y lo hice ponerse de pie frente a mí. Le acaricié el pecho y después bajé la mano con más decisión, envolviendo la pija roja que ya estaba empezando a salir. Rocko empujó hacia mi mano. Empecé a masturbarlo despacio, con movimientos cortos y firmes, mientras miraba a Lucas.
—Mirá… así le gusta. Despacio al principio. Él solo se pone más duro.
Lucas se había inclinado hacia adelante en el sillón, con las piernas abiertas, sin disimular ya la erección que se le marcaba en el short. Yo seguí, subiendo y bajando la mano, sintiendo cómo el nudo empezaba a hincharse bajo mis dedos. Después me incliné y le di una lengüetada larga a la punta. El sabor metálico y salado me llegó de inmediato. Rocko gimió y empujó más.
Lucas soltó un “carajo…” susurrando
Me quedé mirándolo un segundo, todavía de rodillas frente a Rocko, con la saliva brillándome en la barbilla y la pija del perro palpitando a centímetros de mi cara. Lucas me sostenía la mirada, la mano todavía envuelta alrededor de su propia pija, moviéndola lento, sin apuro, como si no quisiera terminar todavía.
—Sigo? —le pregunté, con la voz un poco ronca.
Asintió. No dijo nada más. se acomodó mejor en el sillón, abriendo más las piernas para verse mejor.
Me di la vuelta despacio. Me arrodillé de cuatro en el piso, de espaldas a Rocko, y separé las rodillas. El perro no necesitó que lo llamara. Ya estaba encima, oliéndome, empujando el hocico entre mis nalgas, lamiendo con esa lengua grande y caliente. Sentí el primer lengüetazo, desde abajo hasta arriba, y se me escapó un gemido bajo. Rocko insistió, lamiendo una y otra vez, abriéndome con la lengua, dejando todo mojado y caliente.
Lucas respiraba más fuerte detrás de mí. Podía sentirlo mirándome.
—Mirá cómo me busca… —le dije, sin girar la cabeza—. Ya sabe lo que quiere.
Rocko se subió de una. Sentí el peso pesado de su cuerpo sobre mi espalda, las patas delanteras acomodándose a los costados de mi cintura, y después la punta caliente y resbaladiza de su pija buscando entrada. Empujó una vez, falló, empujó otra. Yo arqueé la espalda y empujé hacia atrás al mismo tiempo. La cabeza entró de golpe. Un ardor seco al principio, después esa sensación de ser abierto de una sola embestida. Rocko no se detuvo: empujó otra vez, más profundo, y sentí cómo el tronco entero se deslizaba adentro hasta que el nudo empezó a presionar contra mi entrada.
—Ah, puta… —jadeé, agarrándome fuerte al piso.
Lucas soltó un sonido ahogado. Seguí hablando, porque quería que escuchara todo:
—Está entrando… todo. Sentí cómo se hincha el nudo. Ya casi…
Rocko embistió con más fuerza. El nudo cedió de golpe y entró completo. Me trabó. Un dolor profundo y dulce me recorrió la espalda baja mientras me quedaba completamente lleno, clavado, sin poder moverme. El perro se acomodó encima, jadeando fuerte contra mi nuca, y empezó a tirar leche caliente adentro mío. Podía sentirlo: chorros, uno detrás de otro, llenándome mientras el nudo latía y me sujetaba sin escape.
Me quedé así, temblando, con las piernas abiertas y el culo apretado alrededor de ese nudo enorme. Rocko se movía un poco, lamiéndome el hombro, el cuello, la oreja. Yo giré la cabeza lo suficiente para mirar a Lucas.
Él estaba al borde del sillón, pajándose más rápido ahora, la pija completamente dura, brillante de pre-semen, los ojos clavados en el punto exacto donde el nudo de Rocko me tenía sellado. Su respiración era entrecortada. No apartaba la vista ni un segundo.
—Mirá… —le dije entre jadeos—. Así se siente. Completamente lleno. No puedo salir aunque quiera. Y sigue corriéndose… lo siento caliente adentro.
Rocko siguió moviéndose encima de mí, pequeños empujones que hacían que el nudo tironeara desde adentro. Cada movimiento me arrancaba un gemido. El semen ya empezaba a escaparse un poco por los bordes, resbalando caliente por mis muslos y goteando al piso. Yo empujaba hacia atrás cada tanto, solo para sentir cómo el nudo se acomodaba más profundo.
Lucas se pasó la lengua por los labios.
—¿Cuánto… cuánto tiempo te deja así?
—Hasta que el nudo baje solo —respondí, con la voz temblorosa—. A veces quince minutos. A veces más. Mientras tanto… te llena. Y te lame. Y no te suelta.
Rocko se estiró un poco más sobre mi espalda y me lamió la oreja con esa lengua grande y húmeda. Yo cerré los ojos un segundo, disfrutando la presión constante, el calor, el peso. Cuando los abrí otra vez, Lucas ya no estaba solo mirando: se había inclinado más hacia adelante, casi al borde del sillón, la mano moviéndose más rápido.
Pasaron varios minutos. El nudo empezó a ceder, despacio. Rocko se removió, dio un último empujón y, de golpe, salió con un sonido húmedo y profundo. Un chorro más de semen me siguió, resbalándome por el culo abierto y las piernas. Me quedé de cuatro, temblando, el agujero palpitando y chorreando, sin fuerzas para incorporarme todavía.
Antes de que pudiera decir nada, sentí manos en mis caderas.
Lucas se había bajado del sillón. Estaba detrás de mí, arrodillado, la pija dura y caliente rozándome la entrada todavía abierta y resbaladiza por el semen del perro. Me pregunto ¿puedo?
— Claro y asenti
La cabeza de su pija entró fácil, deslizándose de una en el desastre caliente que Rocko había dejado. Solté un gemido largo. Lucas no se detuvo: siguió empujando hasta que estuvo completamente adentro, hasta que sus caderas chocaron contra mi culo. Se quedó un segundo así, respirando agitado, sintiendo cómo mi agujero todavía se contraía alrededor de él, lleno de semen ajeno.
—Estás… chorreando —murmuró—. Se te sale todo.
Empezó a moverse. Al principio lento, profundo, sacando casi todo y volviendo a entrar de una. El semen del perro hacía que cada embestida sonara húmeda. Yo empujaba hacia atrás al mismo tiempo, todavía sensible y abierto, y cada vez que él entraba hasta el fondo sentía cómo removía lo que Rocko había dejado adentro.
Lucas agarró más fuerte mis caderas y empezó a coger más rápido. El sonido de su cuerpo contra el mío llenaban el living, soltando puteadas bajitas, diciendo que no podía creer lo caliente que estaba, lo fácil que entraba, lo mucho que se me salía el semen del perro con cada embestida. Yo solo podía gemir contra el piso, las piernas temblando, el culo abierto y usado, recibiendo ahora a mi amigo después de haber sido llenado por su perro.
Rocko se había echado a un lado, mirando, todavía con la pija roja y húmeda a medio salir. Lucas no le prestó atención. Seguía embistiendo, cada vez más fuerte, cada vez más profundo, usando el desastre que el perro había dejado como lubricante.
—Me voy a correr… —avisó, sin frenar.
Lo sentí tensarse. Empujó hasta el fondo una última vez y se corrió adentro mío, con gemidos bajos y entrecortados, llenándome otra vez mientras yo seguía de cuatro, el culo goteando una mezcla caliente de los dos.
Cuando por fin se quedó quieto, todavía dentro, respirando agitado contra mi espalda, ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos. Solo se oía nuestra respiración y el leve jadeo de Rocko desde el rincón.
Lucas sacó la pija despacio. Sentí cómo todo se me escapaba otra vez, resbalando por mis muslos. Me dejé caer de costado, exhausto, el cuerpo temblando, el agujero abierto y chorreando.
Él se tiró al lado mío en el piso, todavía jadeando
—Nunca pensé que iba a pasar algo así —dijo al fin, con la voz baja—. Ni en pedo.
Yo me reí un poco, cansado.
—Yo tampoco pensé que vos ibas a terminar metiéndomela después de que te lo montara tu propio perro.
Se rio también, pero fue una risa rara, nerviosa. Se giró hacia mí y me miró a los ojos.
—¿Y ahora qué?
todavía de costado, acariciando distraído el lomo de Rocky.
—Ahora… nada. O todo. Depende de vos. Yo ya sé lo que me gusta. Vos acabás de probarlo. Si querés que esto quede acá, queda acá. Si querés que vuelva a pasar… también se puede.
Lucas se quedó callado un rato largo. Después se incorporó un poco, se limpió con su propia remera y se la tiró a un lado.
—Te aviso cuando tenga la casa libre de nuevo —dijo—. Vas a querer venir de nuevo?
Sonreí.
—Dale.
Cuando me fui, ya de noche, me acompañó hasta la puerta. Rocky se asomó detrás de él. Me agaché un segundo, le rasqué detrás de las orejas y me despedi de ambos.
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