• Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (3 votos)
Cargando...
Gays, Incestos en Familia, Sexo con Madur@s

Memorias desde los 7 (El santuario del mingitorio)

Hay hombres que nacen para buscar el peligro, y hay otros, muy pocos, que nacen siendo el peligro mismo. En aquel lejano año de 1994, bajo el sol espeso y polvoriento de Guadalajara, mi cuerpo apenas era el de un niño de siete años. Llevaba puestas las ropas blancas de mi primera comunión, el símbol.
Hay hombres que nacen para buscar el peligro, y hay otros, muy pocos, que nacen siendo el peligro mismo. En aquel lejano año de 1994, bajo el sol espeso y polvoriento de Guadalajara, mi cuerpo apenas era el de un niño de siete años. Llevaba puestas las ropas blancas de mi primera comunión, el símbolo de una inocencia que, en realidad, ya caminaba de la mano con un deseo indomable y temprano. Desde que tengo memoria, mi mirada seria, esa mezcla de fiera intensidad y vulnerabilidad pura, se perdía de manera inconsciente pero implacable persiguiendo las siluetas masculinas. Me fascinaban los hombres maduros, mayores, recios; me perdía admirando los bultos masivos que se les formaban en la entrepierna de los pantalones, imaginando su grosor, su calor, con un anhelo desesperado por tocarlos y probarlos.

Fue mi propio padrino de comunión, Jeremías mendoza—el hermano más chico de mi madre—, quien sin saberlo me abrió las compuertas de ese paraíso terrenal. Él me llevaba los fines de semana a la unidad deportiva del barrio, un reducto rústico donde jugaba fútbol en un equipo repleto de tíos, primos mayores y conocidos. Para mí, ese lugar no era una cancha de juego; era un templo de lujuria. Mis ojos grandes se daban un banquete observando a esos hombres sudados, de músculos tensos, viendo cómo sus bultos deliciosos se marcaban y se movían al correr tras el balón.

El fuego definitivo se desató un sábado por la tarde. Mientras mi padrino Jeremias estaba en la cancha, mis ojos se clavaron de forma magnética en la entrepierna de Don Pedro, un hombre maduro, recio, que después supe que era compadre de mi padrino. Se le veía un bultote bien rico en el short de fútbol. Pedro captó de inmediato la fijeza de mi mirada pecaminosa; se le encendieron los ojos y, desafiándome, empezó a sobarse el paquete con fuerza, restregándolo ante mí. Con el corazón galopándome en el pecho, lo vi caminar con paso firme hacia la zona sombría de los baños y vestidores de la unidad deportiva. Antes de cruzar el umbral, se dio la vuelta y me hizo una seña discreta pero imperativa para que lo siguiera.

Mi instinto indomable no dudó un segundo. Mi primo Bernardino estaba cerca, cuidándome, pero la astucia ya gobernaba mi mente. «Ahorita vengo, voy al baño», le dije con total naturalidad. «Sí, Jorgito, con cuidado», me contestó Bernardino, ajeno al abismo que yo estaba por reclamar. Caminé con el paso firme de mi complexión gorda y fuerte, cruzando la distancia hasta el baño húmedo. Al entrar, el viejo ya me esperaba. Fingía orinar, pero tenía expuesta una verga colosal: grande (22.5cmts), sumamente gorda, prieta y rodeada de un vello largo y espeso.

Al verme entrar, Pedro se sacudió la hombría con fuerza y me soltó una frase que me hizo sentir que flotaba, iluminándome los ojos grandes: «—¿Qué tanto ves? ¿Qué, te gusta? Si quieres, te dejo que juegues con ella». «—¿En verdad?»—, respondí con el alma encendida. «—Sí, ándale, ven, vamos a ese cubículo»—. Y ahí fui, entregado por completo a la curiosidad salvaje. Nos encerramos en la penumbra estrecha del cubículo de cemento. Lo primero que hicieron mis manos de niño fue tocar la inmensidad de esa vergota y los huevotes repletos de pelos de don Pedro. Con voz ronca, el viejo me guio, indicándome cómo masturbarlo, cómo deslizar mis dedos por su carne prieta, hasta que me dio la orden definitiva: «—Chúpala, dale besitos, lámela como si fuera una paleta»—. Me arrodillé sin miedo en ese suelo rústico. Me fascinaba descubrir ese universo; comencé a lamer esa vergota deliciosa, saboreando su precum espeso y bien rico, sellando mi bautismo en el averno de los hombres maduros.

Pero el peligro acechaba detrás de la puerta de madera. Justo en el clímax de la escena, la voz de mi primo Bernardino rompiendo el eco del baño nos congeló la sangre: «—¡Jorgito! ¡Jorgito! ¿Dónde estás? ¿Qué haces?»—. El pánico torció el rostro de Pedro. Se acomodó la hombría como pudo y salió disparado del cubículo. Al cruzar el umbral, se topó de frente con Bernardino, quien apenas iba entrando. Bernardino vio al compadre de su tío salir a toda prisa, temblando de nervios, pero lo que más llamó su atención fue el short de fútbol de Pedro: la vergota la traía bien parada y se le notaba de una forma obscena e imposible de ocultar. «—Oye, Pedro, ¿no has visto a Jorgito? Dijo que venía al baño»—, cuestionó Bernardino con sospecha. «—Claro… sí, sí… acaba de entrar»—, balbuceó el viejo antes de perderse por el pasillo. Bernardino se plantó frente a los cubículos, con la duda carcomiéndole el rostro, y volvió a gritar: «—¡Jorgito!»—. Fue ahí cuando abrí la puerta, saliendo del mismo cubículo con la mirada fija y el corazón latiendo a mil por hora. Bernardino me miró de arriba abajo, se quedó pensando con severidad y me soltó el golpe: «—¿Qué estabas haciendo? ¿Qué, no salió de ese mismo cubículo Pedro, el compadre de mi tío Jeremias?»—. Sosteniendo la mirada con una audacia de hierro, le solté la mentira perfecta: «—No, yo no lo vi. Yo estaba aquí haciendo popo…”

La mentira de la popo quedó flotando en el aire denso del baño, suspendida como una neblina densa entre mi primo Bernardino y yo. Bernardino, que a sus dieciocho o diecinueve años cargaba ya con la estampa de un macho fuerte, blanco y de músculos marcados por el fútbol, no se tragó el engaño por completo. Sus ojos me taladraban con una severidad cargada de sospecha mientras nos quedábamos solos en la frialdad de ese baño de barrio. «—¿Por qué tardaste tanto en hacer popo?»—, me espetó, intentando acorralar mi audacia de siete años. Con una frialdad y una transparencia innatas que desafiaban su edad, lo miré fijo a la cara y le solté: «—Así me tardo siempre…»—. Él se quedó pensando, rumiando la duda en silencio, incapaz de doblegar la resistencia de mi rostro redondo.

El silencio se rompió cuando Bernardino, rindiéndose a sus propias necesidades, caminó hacia el mingitorio de cemento. «—Bueno, deja orino…»—, dijo con desparpajo. Se bajo el short de fútbol con todo y canzoncillo y, delante de mis ojos grandes y hambrientos, se sacó la verga. Para mí, el universo volvió a detenerse. Aunque era de un tamaño normal para su edad (18.5cmts) en erección, se veía imponente: sumamente gorda, cabezona y de una piel muy blanca que contrastaba con los vellos oscuros y cortitos que rodeaban su base. Era una pieza hermosa y rústica. Me quedé completamente estático, devorando con la mirada cada milímetro de su virilidad mientras él terminaba de orinar. Bernardino se sacudió la carne con fuerza, y bajo el magnetismo de mis ojos oscuros, su verga gorda empezó a reaccionar, a latir y a crecer de forma inevitable en sus manos. Al darse cuenta de mi fijación salvaje, Bernardino se puso nervioso y me increpó: «—¡Hey, Jorgito! ¿Qué tanto le ves? Que Tú no tienes lo mismo para que andes viendo la mía…»—. Con una inocencia picante y descarada, le respondí desde el fondo de mi instinto: «—Es que la tuya está grande y con pelos… la mía no es así…»—. Su rostro se encendió de golpe, desarmado por mi honestidad. «—¡Ándale, ya vámonos! No seas cochino, no debes de andar viendo vergas ajenas…»—, me regañó, intentando ocultar la agitación que mi presencia le causaba.

Salimos de los vestidores rumbo a las canchas, que se encontraban un poco alejadas a través del terreno de la unidad deportiva. Yo iba unos pasos por delante, pero mi mente seguía fija en la entrepierna de Bernardino, volteando de reojo para contemplar cómo el bulto gordo y cabezón se le movía y se le marcaba de forma deliciosa bajo la tela del short, viendo cómo él mismo se lo sobaba con disimulo. «—¡Ándale, ya, cochino! ¡Deja de verme el bulto!»—, me gritó al atraparme de nuevo. «—¡Ay, no estoy viendo!»—, le mentí con una sonrisa juguetona. «—¡Vete por delante de mí, mejor!»—, ordenó, colocando mi robusta estampa al frente de su marcha. Fue en ese trayecto donde los hilos de la lujuria familiar se tensaron por completo. Bernardino, caminando detrás de mí, fijó su atención en mi anatomía de niño gordo. «—Oye, Jorgito… así como estás de gordito, tus nalgotas se ven bien grandes, parecen de señora…»—, soltó con una risa nerviosa y pastosa. Traía puesto un short corto, y debido a mis piernas gruesas y mis nalgas masivas, la tela del short y del calzón se me metía por completo entre las nalgas con cada paso que daba. «—¡Claro que no son de señora!»—, protesté volteando a verlo. En ese instante, Bernardino se emparejó conmigo, levantó su mano grande y me arrimó una nalgada tremenda, un golpe seco que hizo vibrar mi carne gorda bajo la ropa. «—¡Ay! ¿Por qué me pegas?»—. «—Es una nalgada nomás por haberme visto la verga…»—, me respondió desafiante, con la respiración alterada. Mi respuesta fue instantánea y brutal: me giré con la velocidad de una fiera, estiré mi mano y le apreté el bulto gordo con todas mis fuerzas, sintiendo la dureza de su erección a través de la tela antes de salir corriendo a toda prisa por el camino de tierra. «—¡Vas a ver, nalgona cochina, cuando te alcance!»—, me gritó con la voz rota por el deseo y la sorpresa mientras yo ganaba distancia.

Llegué jadeando a la cancha principal, justo cuando el partido estaba en su clímax. En un momento de la jugada, hicieron un cambio de jugadores en el equipo; mi padrino Jeremias Mendoza se volvió a meter a la cancha a jugar, dejándome a mí solo a la orilla, observando desde la banda. Fue ahí donde la sombra de don Pedro volvió a cernirse sobre mí. El viejo aprovechó que mi padrino estaba distraído en el juego para acercárseme con paso lento. Empezó a sacarme la plática con voz pausada, pero sus manos no tenían descanso: mientras me hablaba, don Pedro discretamente se sobaba el bulto una y otra vez, restregando su hombría prieta bajo el short de fútbol. Mis ojos grandes se quedaron completamente fijos en su entrepierna; la fascinación me dominaba, y por supuesto que yo no podía dejar de verlo, mi cuerpo entero experimentaba el deseo ardiente de volver a tocarlo, de encerrarme de nuevo a jugar con esa carne madura.

En un instante dado, la fortuna nos favoreció: las pocas personas que estaban sentadas cerca se levantaron y se alejaron, dejándonos prácticamente solos en ese rincón de la unidad deportiva. Don Pedro, devorándome con la mirada, aprovechó la soledad para lanzar la pregunta definitiva con voz ronca y cómplice: «—Jorgito, ¿te gustó jugar en el baño conmigo?»—. «—Sí, me gustó mucho…»—, le respondí con una transparencia total que le encendió los ojos. «—¿Te gustaría volver a jugar?»—, me tentó el viejo, acariciando su bulto con más fuerza. «—Sí… pero Bernardino casi nos descubre…»—, le advertí, dejando al descubierto el pánico y la agitación que me había dejado la entrada abrupta de mi primo. Don Pedro me dedicó una sonrisa sombría, cargada de una seguridad absoluta: «—Sí, tú no te preocupes. Ya después, ya después vemos…»—. Acto seguido, el viejo se levantó de la banca con movimientos pausados, agarró su maleta de ropas y sus pertenencias, y se retiró del lugar perdiéndose entre los árboles. Apenas unos cinco minutos después, el silbatazo final retumbó en la cancha, dando por terminado el partido y marcando el inicio del regreso a casa, donde la conspiración continuaría su curso.

16 Lecturas/15 junio, 2026/0 Comentarios/por Georgegdl
Etiquetas: baño, hermano, madre, madura, maduro, maduros, mayores, primos
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
ENTRE HERMANOS
La venganza de Deliah
Mama ayuda a la vecina y yo las ayudo a las dos (Parte 3)
MIS AVENTURAS VI (MÚSICA)
Le hice probar verga a una niña curiosa parte 4 y última
MAURICIO, EL CHICO DE MIS SUEÑOS
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Siguenos en X/Twitter
Únete a nuestro grupo en Telegram

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.494)
  • Dominación Hombres (4.616)
  • Dominación Mujeres (3.356)
  • Fantasías / Parodias (3.734)
  • Fetichismo (3.032)
  • Gays (23.122)
  • Heterosexual (9.038)
  • Incestos en Familia (19.516)
  • Infidelidad (4.789)
  • Intercambios / Trios (3.387)
  • Lesbiana (1.218)
  • Masturbacion Femenina (1.108)
  • Masturbacion Masculina (2.144)
  • Orgias (2.261)
  • Sado Bondage Hombre (491)
  • Sado Bondage Mujer (211)
  • Sexo con Madur@s (4.777)
  • Sexo Virtual (282)
  • Travestis / Transexuales (2.571)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.739)
  • Zoofilia Hombre (2.347)
  • Zoofilia Mujer (1.728)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Link to Telegram Link to Telegram Link to Telegram
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba