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Gays, Incestos en Familia

Mi historia Parte 3: El abuelo

Luego de que mi hermano y yo hayamos parado, tenía que encontrar una forma de reemplazarlo. ¿Qué mejor que mi abuelo borracho?.
Relato anterior: https://sexosintabues30.com/relatos-eroticos/gays/mi-historia-parte-2-soy-la-novia-de-mi-hermano/


Yahir: Mi abuelo

Me la pasaba solo la mayor parte del tiempo. Yo tenía nueve y mi mamá seguía separándome de mi hermano.

Él también me ignoraba, de hecho cuando mi mamá bajaba la guardia y había chance de hacer algo, Eduardo se alejaba de mí.

Estaba frustrado. Ya había descubierto el cielo, pero ahora, era como si me aprisionaran al suelo. Me intentaba masturbar, pero por la edad, aún no me salía nada así que me rendí. Tampoco se me ocurrió dedearme nunca, la verdad. No teníamos Internet donde pudiera ver porno, ni revistas eróticas. Estaba atrapado con una calentura que no podía saciar de ninguna forma.

La calentura que no sacaba, me volvió hipersexual. Con solo nueve, me la pasaba oliendo los bóxers de mi papá que dejaba en el baño, espiando los bultos de los hombres e imaginando que me clavaban. Se había vuelto una adicción enfermiza.

 

Un día, mi mamá se llevó a Eduardo con ella a hacer pagos y compras. Era sábado por la mañana y solo estaba con mis abuelos.

— ¡Yahircito! —gritó mi abuela desde la cocina—.

Bajé corriendo a ver qué necesitaba. Mi abuelo estaba sentado en el sillón, super borracho porque había salido con sus amigos a un bar toda la madrugada. Ese día era su descanso. No era normal verlo tan mal y a día de hoy, no se ha vuelto a poner así.

— Me faltan cosas para la comida, voy a ir al mercado. Vamos. —dijo mi abuelita tomando su bolso—.

— ¿No me puedo quedar, abuelita? —le pregunté triste—. Ando viendo la tele en el cuarto de mi mami.

— Okay. —dijo después de dudarlo—. Pero si pregunta tu mamá, te llevé eh. Si no, nos va regañar a los dos.

Tomó sus bolsas de mercado y se fue diciéndome que me quede arriba y no baje, porque estaba mi abuelo diciendo majaderías por el alcohol.

Mientras veía la tele, mi abuelo gritó mi nombre. No bajé, haciéndole caso a mi abuela. Siguió llamándome y a la quinta vez, decidí ver qué quería, no fuera ser algo importante.

Tenía la playera levantada, mostrando su pancita chelera. Era un maduro atractivo, moreno, alto por los genes beliceños de su familia. Tenía grandes brazos, aunque por su adicción a la cerveza le salía su panza. Trabajaba en una construcción, y si no fuera por el alcohol, definitivamente hubiera tenido el abdomen marcado. Además era joven, más joven que mi abuela y apenas le estaban brotando canas en su pelo oscuro.

Me pidió que me siente con él en el sillón. Me estaba platicando super ebrio, lo que estaba viendo en la tele, pero me importó tan poco, que ni siquiera sé con qué sustituirlo ahorita que lo escribo. Apestaba demasiado a alcohol y a veces no se le entendía lo que estaba diciendo.

Yo solo asentía a todo lo que me decía.

Alcé mis piernitas, doblándolas, dejando mi shortcito pegarse a mi entrepierna.

Mi abuelo me volteó a ver, río y llevó su mano áspera y enorme a mis huevitos. Los apretó sin fuerza y me dijo:

— Ay hijo, mira esos huevotes.

Yo reí incómodo, nunca se había comportado así antes.

Volteé a verlo y mi mirada no pudo ir a otro lado que a su verga. Llevaba una bermuda caqui, y se le notaba demasiado abultada de lado. Mi corazón comenzó a palpitar de nervio y deseo. Nunca había visto de otra forma a mi abuelo, solo a mi papá y hermano, pero verlo abultado provocó un calor en mí.

Mi lado perverso volvió a salir. Pero, ¿cómo hacía para vérsela a mi propio abuelo? No era igual que un juego con mi hermano, él era un adulto. Hasta para mi edad de ese momento, sabía que era imposible.

El sólito se levantó y balbuceando algo, se metió a su cuarto a dormir. Yo me quedé esperando en la sala, puse nickelodeon en la tele fingiendo verla. Después de unos minutos y escuchando los ronquidos extremos de mi abuelo, entré a su cuarto.

Su verga todavía estaba erecta de lado, tenía el rostro tapado por su mano y la otra, en su muslo.

Tragué saliva y despacito, me acerqué a su erección. Se veía grande aún marcada por la bermuda y por mi mente, solo pasaba cómo se vería descubierta. Dudé, pero mi curiosidad de niño fue más fuerte. Necesitaba verla, no era suficiente ver que estaba grande por la silueta de su bermuda.

Le moví la mano que tenía en su muslo, comencé a desabrochar el botón de su bermuda y bajar el cierre. Abrí por completo el área del ziper. Su verga, ahora se veía descomunal en su bóxer verde.

Tenía miedo que se levante, así que esperé a ver si reaccionaba. Él siguió roncando fuertemente.

Despacito, le fui bajando el bóxer y lo atoré en su huevos para dejar descubierto la mayor parte. Su verga se quedó erecta de lado. Era enorme, morena con el glande oscuro, varias venas y la base extremadamente peluda. En mi propio shortcito de tela, mi verguita ya se había parado. Acerqué mi rostro y me llegó el olor a orina y sudor, un olor familiar cuando me robaba los bóxers de mi papá. Seguí oliendo, robando ese aroma para que mi nariz nunca lo olvide.

No estaba tan loco de niño para tocarla, mi intención solo era verla. Así que lo iba a volver a tapar, cuando escuché a mi abuelo respirar señal de que se había levantado.

— ¿Tan temprano, mami? —dijo la voz de mi abuelo somnolienta—.

Me tomó del brazo y me acostó encima de él. Yo estaba aterrado, me había descubierto y pronto, mi abuela y mamá lo sabrían.

Pero me colocó encima de su verga y comenzó a frotarme tomado de la cintura.

Se sentó y me besó. Su barba me picó y su aliento de cerveza no me gustó, pero sentía su verga en mi mero culito.

Lo miré a los ojos, no estaba lúcido. Su mirada se veía entre somnolienta y perdida. Apenas y tenía los ojos abiertos.

No sabía cómo reaccionar, solo me dejé hacer. Creí que ya por fin iba a reemplazar la verga de mi hermano, por una más grande y experimentada. Me imaginé todos las madrugas bajando a atenderlo, comiéndome ese trozo y dejándome penetrar. Soñé en nosotros yéndonos en el carro, fingiendo ir a comprar para que me clavara. No se vería extraño ni para mi mamá, solo éramos abuelo y nieto.

Me acostó en la cama y se levantó, quitándose su bermuda y bóxer, quedándose solo con su playera. Sobó su verga y comenzó a sisear.

Alzó mis piernas y me quitó toda mi ropa, dejándome desnudito en la cama donde dormía con mi abuelita.

Se agachó y creí que me iba a chupar mi verguita, tal y cómo mi hermano hacía. Pero en su lugar, abrió mis dos nalguitas y comenzó a lamer mi entrada. Fue una nueva sensación para mí, por inercia, comencé a pujar, abriendo y cerrando mi anito haciendo la mamada de ano más rica. Fue la primera vez que me mamaban el culo, y aún con nueve años, fue la experiencia más deliciosa de ese momento.

Quise levantarme y mamarle la verga, sentir la suavidad nuevamente, pero él me sostuvo. Mi abuelo dejó caer un escupitajo a mi entrada, me punteó con su glande y comenzó a entrar en mí.

— ¡Oh! —empecé a gemir—.

Mi abuelo me tapó la boca y siguió avanzando por mis entrañas. Me dolía porque era la primera verga de ese tamaño que entraba en mí. Nada que comparar con la delgada verga de mi hermano.

Intenté safarme, porque era mucho grosor para mí, pero mi abuelo me sostuvo y siguió avanzando.

Ya no aguantaba el dolor, comencé a moverme en la cama, apretando los dedos de pie, tomando a mi abuelito de los brazos cómo si eso fuera a detenerlo.

— ¡Aagh! —gemía mi abuelo—.

Gracias a dios, esperó un momento, dejando que su gruesa verga acostumbrara mi interior. Me ardía la entrada, yo tenía los ojos cerrados aguantando.

Lo miré a los ojos verdes, su rostro cansado por el trabajo, pero atractivo como siempre. Él no me veía, tenía la mirada en su verga madura abriendo mi anito moreno y estrecho.

Embistió lentamente y viendo que resbalaba fácilmente, empezó la diversión.

A la segunda embestida, me lo clavó hasta el fondo, haciendo que grite y revuelva en la cama como si me estuviera exorcisando.

Sus embestidas fueron muy fuertes, haciendo que de una, el cuarto se llene del sonido de nuestros cuerpos chocando. Me dolía, ni mi hermano los últimos días me había clavado tan profundo.

Mis lágrimas comenzaron a brotar, pero no rompí a llorar. Solo arrugué la cara y me aguanté el ardor.

Después de un rato, regresó esa sensación familiar. Ese delicioso golpe a mi próstata infantil, el abrir mis esfinteres con cada entrada de esa verga. Después de tanto tiempo, disfrutaba sentir que me partieran el culito. Sí me ardía aún, pero era más el placer que me daba.

Mi abuelo bufaba, insultaba y siseaba. Había empezado a sudar, pero no se detenía, seguía penetrándome hasta el punto que sonaba chicloso. Me sentía abrumado, cada que iba hasta el fondo llegaba una sensación de querer hacer popó. Me había dilatado tanto por primera vez.

Mi hermano nunca me hizo sentir así, claro también era un novato y aunque lo extrañaba, sentir a mi abuelo clavarme fue una experiencia de once de diez.

Yo gemía con mi vocecita tierna, movía mi cabeza sin saber donde esconderme de tanto placer.

— ¡Gime putita, gime! —gritaba mi abuelo—.

En eso, soltó el nombre de una mujer que no reconocí. Comenzó a repetirlo mientras aumentaba sus estocadas.

No sabía que estaba cogiéndose a su nieto, de tan borracho que estaba, creía que era una mujer. O una niña por mi tamaño, nunca lo supe.

Mis sueños de volverme la puta personal del abuelo, fracasaron. Pero con su verga en mi interior, no dejé que eso me arruine el momento.

Me destapó y se acostó en la cama, ordenando que me suba en él. Apenas y pude moverme, sentía el culo abierto e incómodo.

Me tomó de la cintura y me clavó otra vez, pero esta vez de caballito.

Me tomó de la espalda y se jaló hasta la base de la cama donde se sentó. Cerró los ojos y comenzó a levantarme de la cintura. Mis piernitas fallaron, me sentía en el cielo.

Me tomó con una mano del culo y sin esfuerzo, comenzó a restregarme en su verga, moviéndome hacia delante y atrás. Con la otra mano me nalgueó tan fuerte, que dejó mi culito rojo.

Me tomó del cuello y me llevó a su boca. Ahora el sudor tapaba un poco todo el olor a alcohol. Sentí su lengua áspera y grande en mi boca.

Estuve cabalgándolo unos minutos, aunque él era el que me clavaba, yo aún no sabía cabalgar. Casi no hice nada, era un niño que solo sabía chupar y poner el culito. Pero no hizo falta, mi abuelo me levantaba y clavaba en él, haciendo a los dos sacarnos gemidos.

Aún ensartado, se acostó de lado, me tomó de las piernas y comenzó a embestirme de cucharita.

Me manchaba de sudor mi espalda, sentía su barba en mi cuello y sus vellos como selva en mi culito.

Separó mis dos piernas y comenzó a gritar como loco, mientras me clavaba muy al fondo. Los dos gritamos y sentí como llenó mi culito de espesos chorros blancos.

— OHHH —gritó mi abuelo, me ensartó una última vez batiendo sus mecos y me soltó.

Se río con placer y me besó tiernamente en el cuello, balbuceando algo con el nombre femenino de hace un rato.

Sólita salió su verga de mi cuando comenzó a perder su erección y se levantó. Tomó su bermuda y se la puso, así sin boxer, sudado y con restos de semen en su glande y pelos de la base.

Como pude me levanté, intentando recuperar mis fuerzas. Me ardía el culito y mis piernas temblaban. Tomé mi ropa y me fuí al baño de la sala, donde escupí todo el contenido de mi abuelo. Salió todos los chorros, un poco de sangre y por pujar tanto, un poquito de excremento. Me limpié y subí a bañarme, porque apestaba ahora a sudor, alcohol y sexo.

Mi abuela regresó a la media hora, yo estaba en el cuarto de mi mamá sobando mi culito.

Al día siguiente, mi abuelo me trató normal, como siempre. Me abrazó, dió un beso, dinero para dulces y vimos la tele juntos. Me latía el corazón, con añoranza de que recordara algo. Pero no, tal vez creyó que fue un sueño o que de verdad se cogió a la mujer de la que gemía mientras me clavaba. No pude volver a verlo desnudo. Nunca salía en toalla del baño, siempre usaba bermudas y no dejaba sus boxers tirados. Con el tiempo, perdí ese morbo por él y volví a verlo como lo que era, mi abuelito.

 

1 Lecturas/27 mayo, 2026/0 Comentarios/por El autor
Etiquetas: amigos, gays, hermano, hijo, madura, maduro, mayor, sexo
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