Paco y la vida con su madre 11 – Paco (ahora convertida en Peka) tiene un momento intimó con su madre
Monica consuela a su hija trans (Peka) después de su primera vez con un chico..
Groncho se dejó caer sentado al borde de la cama, todavía respirando con dificultad. Tenía la verga semi-dura y brillante, todavía sucia de lubricante, semen y restos del ano de Peka. Se pasó una mano por la cara y se quedó mirando a las dos sin decir nada por el momento, claramente agotado después de haberse corrido tan fuerte.
Mónica, en cambio, se movió de inmediato.
Se levantó de la cama y fue hasta el baño. Volvió unos segundos después con una toalla húmeda tibia y otra seca. Se sentó al lado de su hija, que seguía boca abajo sobre la colcha, con las piernas ligeramente abiertas y el semen de Groncho saliendo lentamente de su ano rojo e hinchado.
—Vení, mi amor… —le dijo con voz suave y maternal—. Date vuelta un poquito para mí.
Peka obedeció con movimientos lentos y cansados. Se giró de costado, todavía con el vestidito celeste subido hasta la cintura y la tanga roja enredada en un tobillo. Tenía la cara roja, los ojos hinchados de llorar y una expresión de agotamiento placentero.
Mónica empezó a limpiarla con mucho cuidado.
Primero le pasó la toalla tibia por la cara, limpiándole las lágrimas, la saliva y el sudor. Después bajó hasta su entrepierna. Con movimientos suaves y delicados, fue limpiando el semen que salía del ano de Peka. El ano seguía un poco abierto y palpitaba de vez en cuando, dejando salir más semen espeso y blanco. Mónica lo limpió todo con paciencia, sin apuro, como si estuviera cuidando a una nena pequeña después de un accidente.
—Así… despacito —le decía mientras limpiaba—. Mamá te va a dejar bien limpia. No te preocupes.
Peka soltó un suspiro largo y cerró los ojos. La sensación de la toalla tibia entre sus nalgas le resultaba reconfortante después de todo lo que había pasado. Se sentía sensible, abierta y un poco dolorida, pero también extrañamente en paz.
Mónica siguió limpiándola con cariño. Le pasó la toalla por el culito, por entre las nalgas y por la parte de atrás de los muslos. Cuando terminó, secó todo con la toalla seca y le bajó el vestidito para que se sintiera más cómoda.
—Listo… ya estás más limpia —le dijo, dándole un beso en la frente—. ¿Cómo te sentís, mi amor?
Peka abrió los ojos y la miró. Su voz salió baja y aniñada, todavía un poco ronca:
—…Cansada. Me duele un poco el culito… pero me siento bien. Muy bien.
Mónica le sonrió con orgullo y le apartó el pelo de la cara.
—Hiciste muy bien. Aguantaste todo y al final lo disfrutaste mucho. Mamá está muy orgullosa de vos.
Peka sintió que le ardían los ojos otra vez, pero esta vez de emoción. Se acercó y se acurrucó contra el pecho de su mamá, buscando su calor. Mónica la abrazó de inmediato, rodeándola con los brazos y besándole la cabeza.
Groncho, desde el borde de la cama, las observaba en silencio. Parecía más calmado ahora. Miraba a Peka con una expresión distinta a la de antes: menos lujuriosa y más… respetuosa. Después de un rato, habló con voz ronca:
—…Lo hiciste bien, Peka. Te portaste muy bien.
Peka levantó un poco la cara del pecho de su mamá y lo miró. No contestó con palabras, solo asintió levemente.
Mónica le dio otro beso en la cabeza a su hija y le habló en voz baja:
—¿Querés que te ayude a sacar el vestidito y te ponga algo más cómodo? O si preferís, podés quedarte así un rato más.
Peka se quedó pensando un segundo, todavía acurrucada contra su mamá. Finalmente respondió con voz cansada pero tranquila:
—Quiero quedarme un rato así… con vos.
Mónica le sonrió y la abrazó más fuerte.
—Entonces nos quedamos así.
Groncho se levantó despacio de la cama. Se subió el pantalón y se quedó de pie, mirándolas un momento.
—Voy a dejarlas solas un rato —dijo con voz más baja de lo normal—. Si necesitan algo, avísenme.
Mónica asintió.
—Gracias.
Groncho salió del cuarto y cerró la puerta detrás de él, dejándolas solas.
Mónica siguió abrazando a su hija, acariciándole la espalda con movimientos lentos y calmados. Peka tenía los ojos entrecerrados y respiraba de forma más tranquila ahora.
Después de varios minutos en silencio, Peka habló bajito contra el pecho de su mamá:
—Mami… ¿pudiste ver todo?
Mónica le besó la cabeza y respondió con sinceridad:
—Sí, mi amor. Lo vi todo. Y estoy muy orgullosa de cómo lo llevaste.
Peka se apretó más contra ella y susurró:
—Gracias por… estar ahí. Por besarme. Por sostenerme la mano. No sé si lo hubiera podido hacer sin vos.
Mónica le apretó el abrazo y le respondió con voz suave:
—Siempre voy a estar. Siempre.
Se quedaron así un buen rato, abrazadas sobre la cama, mientras fuera del cuarto se escuchaba el sonido lejano de Groncho moviéndose por la casa.
Por primera vez desde que empezó todo, Peka se sentía completamente en paz.
Groncho se quedó un rato más en la casa, pero después de un tiempo se levantó del sillón del living y se acercó al cuarto de Mónica, donde estaban las dos.
—Voy a irme ya —anunció con voz ronca—. Ya es tarde.
Peka estaba recostada contra su mamá, todavía con el vestidito celeste puesto y el pelo revuelto. Al escucharlo, se incorporó un poco y lo miró. Después de lo que habían vivido, ya no sentía tanta vergüenza como antes.
Se levantó de la cama con movimientos lentos (todavía le dolía un poco el culo) y se acercó a él. Se puso de puntillas y le dio un beso en los labios. Fue un beso corto, pero directo. No en la mejilla, sino en la boca.
Groncho se sorprendió un segundo, pero después correspondió el beso con suavidad. Cuando se separaron, le sonrió de lado.
—Descansá —le dijo—. Te veo otro día.
Peka asintió. Groncho se despidió de Mónica con un gesto de cabeza y se fue. Se escuchó la puerta de la casa cerrarse detrás de él.
Ahora solo estaban ellas dos.
Mónica cerró la puerta del cuarto con llave y volvió a la cama. Se sentó al lado de su hija y la miró con cariño. Peka seguía con la cara un poco roja, pero ya no era solo de vergüenza. Había algo más en su mirada.
Se quedaron en silencio un momento, hasta que Peka habló bajito:
—Mami… ¿podemos besarnos otra vez?
Mónica la miró un segundo y luego sonrió. Se inclinó hacia ella y le dio un beso suave en los labios. Fue un beso lento, tierno, de madre a hija. Peka cerró los ojos y lo recibió con ganas.
Poco a poco, el beso se fue intensificando.
Mónica le puso una mano en la nuca y profundizó el beso. Su lengua rozó los labios de Peka, y esta vez Peka abrió la boca sin dudar. El beso se volvió más largo, más húmedo y más sexual. Se besaron con ganas, con lengua, sin la presencia de Groncho esta vez. Solo ellas dos.
Después de varios minutos besándose, Peka se separó un poco, respirando agitada. La miró a los ojos y le preguntó con voz baja y aniñada:
—Mami… ¿por qué ahora me siento más libre? Cuando era Paco… nunca me hubiera imaginado besándote así. Ni que me dejaras ver tu cuerpo desnudo. Pero ahora… ahora sí. ¿Por qué cambió todo?
Mónica le acarició la mejilla con el pulgar y le respondió con sinceridad, usando ese tono maternal que tanto usaba con ella:
—Porque ahora sos mi nena, Peka. Antes, cuando eras Paco, eras un varoncito. No estaba bien que te dejara verte desnuda, ni que te besara de esta forma. Era mi hijo varón. Las cosas tenían que tener un límite. Pero ahora sos Peka. Sos mi hija trans. Sos una nenita. Y entre madre e hija… las cosas pueden ser diferentes. Podemos divertirnos, podemos besarnos, podemos estar más cerca. Porque ya no sos un varón. Sos mi hijita. Y eso cambia todo.
Peka la escuchó con atención. Le brillaban los ojos.
—¿Entonces… ahora sí podemos hacer estas cosas? ¿Besarnos así? ¿Estar desnudas juntas?
Mónica le sonrió y le dio otro beso suave en los labios antes de responder:
—Sí, mi amor. Ahora sí podemos. Porque sos mi nena. Y las nenas pueden recibir besos de su mamá. Besos de verdad. Besos ricos. Siempre y cuando vos quieras, y siempre y cuando estemos las dos de acuerdo.
Peka se quedó callada un momento, procesando. Luego se acercó más y volvió a besarla, esta vez por iniciativa propia. Fue un beso más largo y más intenso que los anteriores. Mónica la recibió con ganas, rodeándola con los brazos.
Cuando se separaron, Peka habló otra vez con voz baja:
—Gracias… por entenderme. Por dejarme ser Peka. Por dejarme hacer todo esto.
Mónica le besó la frente y le respondió con cariño:
—No tenés que agradecerme. Solo quiero que seas feliz. Y si ser Peka y que te besemos así, y que te follen, y que vivas todo lo que querés vivir te hace feliz… entonces mamá va a estar siempre para ayudarte.
Peka se acurrucó contra el pecho de su mamá y cerró los ojos. Se sentía cansada, sensible y extrañamente completa.
Por primera vez en mucho tiempo, no sentía culpa.
Solo se sentía bien.
Se quedaron abrazadas en la cama un buen rato, besándose de forma lenta y profunda. Los besos ya no eran solo maternales. Eran besos largos, húmedos, con lengua. Cada vez que se separaban, un hilo de saliva quedaba unido entre sus labios.
Mientras se besaban, hablaban en voz baja.
Mónica le acariciaba el pelo a Peka y le decía:
—Ahora que sos mi nena… hay muchas cosas que podemos hacer juntas. Cosas que antes no estaban bien. Podemos dormir juntas, podemos bañarnos juntas, podemos besarnos así… y si algún día querés más, también podemos hablarlo. Pero siempre con tus tiempos. Siempre con tu permiso.
Peka la besó otra vez antes de responder:
—¿Entonces… puedo tocarte? ¿Puedo verte desnuda cuando quiera?
Mónica le sonrió contra sus labios.
—Sí, mi amor. Ahora podés. Porque ya no sos Paco. Sos Peka. Y entre mamá e hija trans… las reglas son diferentes.
Peka sintió que le ardía la cara de excitación. Se atrevió a preguntar:
—¿Y… puedo chuparte las tetas?
Mónica soltó una risa suave y le dio un beso más profundo.
—Cuando quieras, mi vida. Son tuyas también ahora.
Dicho eso, Mónica se incorporó un poco en la cama. Se sacó la remera lentamente, quedándose solo con el sostén. Después se lo sacó también. Sus tetas enormes y colgantes quedaron completamente al descubierto. Eran mucho más grandes de lo que Peka recordaba verlas de cerca. Los pezones eran grandes, oscuros y suaves.
Peka se quedó mirándolas, hipnotizada. Durante años, cuando era Paco, había fantaseado con tocarlas, lamerlas, meter la cara entre ellas. Y ahora estaban justo frente a su cara.
Mónica le tomó la mano y la llevó hasta uno de sus pechos.
—Tocá —le dijo con voz suave.
Peka extendió la mano con timidez. Sus dedos se hundieron en la piel suave y pesada de la teta de su mamá. Era más grande de lo que imaginaba. La levantó un poco, sintiendo el peso. Luego acercó su cara y, con mucho cuidado, pasó la lengua por el pezón.
El sabor era cálido y ligeramente salado. Peka soltó un gemido bajito y abrió más la boca. Empezó a chupar el pezón con ganas, succionando suavemente al principio y luego con más fuerza. Su otra mano subió para acariciar la otra teta, apretándola y sintiendo cómo se movía entre sus dedos.
Mónica soltó un suspiro largo y le pasó la mano por el pelo.
—Así… chupá tranquila, mi amor. Son tuyas.
El beso que vino después fue mucho más morboso.
Mónica agarró la nuca de Peka y la besó con fuerza. Esta vez el beso fue sucio, baboso, con mucha saliva. Le metió la lengua hasta el fondo de la boca, babeando a propósito. Peka correspondió con la misma intensidad. Se besaban como si tuvieran hambre, con sonidos húmedos y obscenos. La saliva les chorreaba por la barbilla a las dos.
Mientras se besaban, Peka no soltaba las tetas de su mamá. Las apretaba, las levantaba y las chupaba alternando entre un pezón y el otro. Metía la cara entre ellas, oliendo la piel caliente de Mónica, lamiendo y chupando como siempre había soñado hacer cuando era Paco.
Mónica jadeaba contra su boca y le hablaba entre beso y beso:
—Mirá cómo las chupás… siempre quisiste esto, ¿no? Cuando eras Paco… siempre mirabas las tetas de mami con ganas. Ahora podés chuparlas todo lo que quieras, mi nena.
Peka gimió dentro de la boca de su mamá y asintió. Siguió chupando con más ganas, babeando sobre los pezones y lamiendo la saliva que se acumulaba entre las tetas. El beso seguía siendo cada vez más sucio: lenguas enredadas, mucha saliva, sonidos húmedos.
Mónica le agarró la cara con las dos manos y la separó un segundo para mirarla. Tenía los labios hinchados y brillantes.
—Podemos hacer esto todas las noches si querés —le dijo con voz ronca pero maternal—. Besarnos así. Que me chupes las tetas. Que durmamos juntas. Lo que vos necesites. Porque ahora sos mi hija. Y las hijas pueden hacer estas cosas con su mamá.
Peka tenía los ojos vidriosos. Se veía claramente emocionada y excitada al mismo tiempo. Volvió a meter la cara entre las tetas de su mamá y siguió chupando, ahora más desesperada.
Mónica cerró los ojos y dejó que su hija hiciera lo que siempre había querido hacer.
Por primera vez, las fantasías de “Paco” se estaban haciendo realidad… pero de una forma que nunca habría podido imaginar.
Peka ya no chupaba los pezones de su mamá con timidez.
Se había perdido por completo en la sensación. Tenía la boca bien abierta, succionando con fuerza y ritmo, como si realmente estuviera mamando. Su lengua rodeaba el pezón oscuro y grande de Mónica, succionando con movimientos largos y profundos. A veces metía más teta en la boca, babeando sobre ella, y otras veces solo chupaba el pezón con ganas, haciendo sonidos húmedos y rítmicos.
Era exactamente como chupaba un bebé.
Mónica la observaba desde arriba con una expresión de cariño mezclado con excitación. Le pasó la mano por el pelo y le habló con voz suave y maternal:
—Así… chupá tranquila, mi amor. Mirá cómo lo hacés… igualito a como chupabas cuando eras muy chiquita.
Peka levantó apenas la vista, con el pezón todavía dentro de la boca. Siguió chupando, pero ahora escuchaba las palabras de su mamá.
Mónica le acarició la mejilla con el pulgar mientras continuaba hablando:
—Cuando eras bebé, mamabas así. Con fuerza, con ganas. Te ponías toda roja y hacías ruiditos mientras mamabas. Igual que ahora. Solo que ahora tenés la boca más grande… y chupás las tetas de mami de otra forma.
Peka soltó un gemido bajito contra la teta de su mamá. Las palabras de Mónica le provocaban algo muy fuerte por dentro. Una mezcla de vergüenza, excitación y una sensación de regresión que la hacía sentir pequeña y segura al mismo tiempo.
Siguió chupando, ahora más intenso. Cambiaba de un pezón al otro, babeando sobre las tetas enormes de Mónica, chupando con fuerza y haciendo sonidos húmedos y rítmicos. Su mano libre apretaba y masajeaba la teta que no tenía en la boca, como si quisiera sacar algo de ella.
Mónica suspiró y le habló otra vez con ese tono maternal que tanto afectaba a Peka:
—Qué linda se ve mi nena mamando… Igual que cuando eras bebé. Solo que ahora sos más grande, y podés chupar todo lo que quieras. Podés mamar las tetas de mami cuando se te antoje.
Peka soltó el pezón un segundo, con la boca brillante de saliva, y miró a su mamá con los ojos vidriosos. Su voz salió aniñada y entrecortada:
—Me gusta… mami… me gusta chupar así… como cuando era chiquita…
Mónica le sonrió con cariño y le dio un beso en la frente, antes de volver a acercarle el pezón a la boca.
—Entonces mamá, mi vida. Mamá todo lo que quieras. Estas tetas son tuyas ahora.
Peka volvió a meterse el pezón en la boca y siguió chupando con más ganas. Esta vez lo hacía con más fuerza, succionando rítmicamente, como si realmente esperara que saliera algo. La baba le chorreaba por la barbilla y le caía sobre las tetas de su mamá. Hacía sonidos húmedos y constantes mientras mamaba.
Mónica la abrazó contra su pecho, dejándola chupar con tranquilidad. Le hablaba en voz baja mientras lo hacía:
—Qué bien lo hacés… mi nena grande que todavía quiere mamar. Qué linda sos cuando chupás así… Mamá te deja todo lo que necesites.
Peka cerró los ojos y se perdió en la sensación. Chupaba, mamaba, babeaba y apretaba las tetas de su mamá con las manos. Todo lo que había fantaseado de chico —oler, lamer, tocar— ahora estaba pasando de una forma mucho más íntima y permitida.
Y lo más fuerte de todo era que su mamá no solo se lo permitía… sino que lo disfrutaba y lo alentaba.
Peka siguió chupando durante varios minutos, cambiando de teta, mamando con fuerza, hasta que su mandíbula empezó a cansarse. Cuando finalmente soltó el pezón, tenía la boca hinchada, brillante de saliva, y una expresión de paz y excitación al mismo tiempo.
Mónica le limpió la baba de la barbilla con el pulgar y le dio un beso suave en los labios.
—Así chupabas cuando eras bebé… —le repitió con voz tierna—. Y ahora volvés a hacerlo. Solo que ahora sos mi nena grande… y podés mamar todo lo que quieras.
Peka se acurrucó contra el pecho de su mamá, todavía jadeando un poco, y susurró:
—Gracias… mami… por dejarme… por dejarme ser así…
Mónica la abrazó más fuerte y le besó la cabeza.
—Siempre, mi amor. Siempre vas a poder ser así conmigo.
Peka seguía con la boca pegada a la teta de su mamá, chupando con fuerza y ritmo, como si realmente estuviera mamando. La saliva le chorreaba por la barbilla y le caía sobre el pecho de Mónica. Sus ojos estaban entrecerrados, completamente perdida en la sensación.
Mónica la miraba desde arriba con una expresión de cariño profundo. Le pasó la mano por el pelo con suavidad y le habló con voz maternal y tierna, casi como si estuviera arrullando a una bebé:
—Así… chupá tranquila, mi amor. Mamá te deja todo lo que necesites. Qué bien lo hacés… igualito a cuando eras chiquita. ¿Te acordás cómo mamabas teta cuando eras muy bebé? Te ponías toda roja, hacías ruiditos y chupabas con mucha fuerza… Exactamente como ahora.
Peka gimió contra el pezón al escucharla, pero no soltó la teta. Siguió chupando, succionando más fuerte, como si las palabras de su mamá la incentivaran.
Mónica sonrió con ternura y siguió hablando mientras le acariciaba el pelo:
—Mirá cómo volvés a mamar… Después de tantos años, mi nena grande volvió a chupar teta de mami. Qué linda sos cuando lo hacés así… con ganas, con hambre. Mamá te deja todo el tiempo que quieras. Podés mamar hasta que te canses.
Mientras decía esto, Mónica bajó su mano libre entre sus propias piernas. Se abrió un poco más las piernas y empezó a tocarse. Sus dedos se deslizaron entre sus pliegues y encontró su clítoris, empezando a frotarlo en círculos lentos pero firmes. Al mismo tiempo, metió dos dedos dentro de su vagina y empezó a moverse dentro y fuera con movimientos suaves.
Su respiración cambió. Se volvió más pesada, más entrecortada. Pero su voz siguió siendo suave y maternal, hablando directamente a su hija mientras se masturbaba:
—Así… buena nena. Sigue mamando. Mamá también se está tocando mientras te ve chupar. Qué rico se siente verte así… con la boca llena de teta, chupando como cuando eras bebé. Me pone muy mojada verte mamar.
Peka soltó un gemido más fuerte contra la teta de su mamá. Escuchaba perfectamente cómo los dedos de Mónica se movían dentro de ella, el sonido húmedo de su vagina mientras se tocaba. Eso la excitaba todavía más. Siguió chupando con más intensidad, alternando entre un pezón y el otro, babeando abundantemente.
Mónica jadeaba suave mientras se masturbaba, pero no dejaba de hablarle con ese tono tierno y alentador:
—Qué bien lo hacés, mi vida… Mamá está muy orgullosa de su nena. Mirá cómo chupás… con ganas, sin vergüenza. Cuando eras chiquita mamabas así también… y ahora volvés a hacerlo. Qué lindo es poder compartir esto con mi hijita… Qué rico se siente tocarme mientras te veo mamar.
Peka tenía los ojos cerrados y seguía chupando sin parar. Cada palabra de su mamá la hacía sentir más pequeña, más segura y más excitada al mismo tiempo. Sus manos apretaban las tetas enormes de Mónica mientras succionaba con fuerza, haciendo sonidos húmedos y rítmicos.
Mónica aceleró un poco el movimiento de sus dedos dentro de su vagina. Su voz se volvió un poco más ronca, aunque seguía manteniendo el tono maternal:
—Sigue, mi amor… Mamá se está poniendo muy mojada viéndote. Qué rica se siente tu boquita chupando teta… Igual que cuando eras bebé. Podés mamar todo lo que quieras… todo el tiempo que necesites.
Peka gimió más fuerte contra la teta, succionando con más fuerza y más desesperación. La combinación de chupar el pecho de su mamá, escuchar sus palabras tiernas y escucharla tocarse al mismo tiempo la estaba volviendo loca.
Mónica jadeaba más fuerte ahora, pero seguía hablándole con cariño:
—Así… buena niña… Mamá también se está sintiendo muy bien. Qué rico es esto… poder compartirlo las dos.
Peka no contestó con palabras. Solo siguió chupando con más ganas, babeando sobre las tetas de su mamá mientras Mónica se masturbaba cada vez más rápido a su lado.
Esa misma noche, después de tanto tiempo chupando, besándose y tocándose, las dos terminaron exhaustas. Peka seguía con la cabeza apoyada en el pecho de su mamá, mamando suavemente uno de los pezones sin casi fuerza ya. Mónica la abrazaba con un brazo mientras con el otro se acariciaba el pelo. Poco a poco, las dos se fueron quedando dormidas en esa posición, abrazadas y desnudas sobre la cama grande.
A la mañana siguiente, cuando despertaron, la dinámica ya había cambiado para siempre.
Se despertaron abrazadas. Peka abrió los ojos primero y vio a su mamá durmiendo a su lado. Sin decir nada, se acercó y le dio un beso suave en los labios. Mónica abrió los ojos y le devolvió el beso, todavía adormilada.
Sin hablar demasiado, se levantaron y fueron juntas al baño. Entraron a la ducha las dos. El agua caliente cayó sobre sus cuerpos mientras se besaban. Esta vez los besos fueron más lentos, más suaves, pero igual de profundos. Mónica le pasó las manos por el cuerpo a su hija, enjabonándola con cariño, mientras Peka hacía lo mismo con ella. Se besaban bajo el agua, se tocaban, se acariciaban. Ya no había vergüenza.
Desde ese día, la dinámica entre las dos se volvió frecuente y natural.
Empezaron a dormir juntas casi todas las noches. A veces en la cama de Mónica, otras veces en la de Peka. Se besaban antes de dormir, se abrazaban, y muchas noches terminaban tocándose o simplemente durmiendo desnudas y pegadas. Durante el día también se buscaban. Si estaban solas en la casa, se besaban en la cocina, en el living, o en el cuarto. Los besos ya no eran solo cuando había algo sexual. Eran besos de cariño, de complicidad, de madre e hija que ahora también eran amantes.
Peka se sentía cada vez más libre. Ya no escondía nada. Se vestía de nenita frente a su mamá sin vergüenza, se sentaba en sus piernas, la llamaba “mami” con voz aniñada cuando estaban solas, y mamaba de sus tetas cuando se le antojaba. Mónica, por su parte, la consentía completamente. La dejaba hacer lo que quisiera, la besaba, la tocaba y le hablaba con ese tono maternal que tanto tranquilizaba a Peka.
La relación entre las dos se volvió mucho más íntima y cotidiana.
Un día, mientras estaban en la cocina preparando el almuerzo, sonó el teléfono fijo. Mónica contestó.
Era la abuela de Peka (la mamá de Monica).
Después de charlar un rato, Mónica colgó y se giró hacia su hija con una expresión tranquila.
—Tu abuela va a venir de visita la semana que viene —le dijo—. Quiere quedarse unos días.
Peka se puso pálida de inmediato. Se quedó quieta, con el cuchillo en la mano, y miró a su mamá con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —preguntó, claramente asustada—. ¿Abuela va a venir? ¿Y si se da cuenta de… de todo esto? ¿De cómo vivimos ahora? ¿De que dormimos juntas? ¿De que nos besamos?
Mónica se acercó y le puso las manos en los hombros para calmarla.
—Tranquila, mi amor. No te pongas así.
Peka seguía nerviosa.
—Mami, ella es abuela… es de otra generación. Si se entera que nos besamos, que dormimos juntas, que yo te chupo las tetas… se va a escandalizar. ¿Y si nos odia después?
Mónica le sonrió con calma y le acarició la mejilla.
—Escuchame. Tu abuela es mucho más abierta de lo que creés. Siempre lo fue. Cuando yo era más joven, ella siempre me decía que las mujeres teníamos que apoyarnos entre nosotras, sin importar lo que pasara. Es una mujer muy comprensiva y muy poco prejuiciosa. Seguro que lo va a entender. Y si no lo entiende del todo al principio… yo voy a hablar con ella. Vos sos mi hija y yo te voy a defender siempre.
Peka bajó la mirada, todavía preocupada.
—Pero… ¿y si se enoja? ¿Y si nos mira raro?
Mónica le levantó la cara con un dedo bajo la barbilla y le habló con tono suave pero firme:
—Peka, mi vida. Si tu abuela viene, vamos a ser nosotras mismas. No vamos a escondernos. Si ella pregunta, le vamos a explicar con la verdad. Y si no lo entiende… bueno, eso ya es problema de ella. Pero yo creo que lo va a tomar mejor de lo que pensás. Ella siempre fue muy liberal.
Peka se mordió el labio, todavía insegura, pero el tono de su mamá la estaba calmando un poco.
Mónica le dio un beso suave en los labios y le dijo:
—Además, ahora sos mi nena. Y yo no voy a dejar que nadie te haga sentir mal por ser quien sos. Ni siquiera tu abuela. ¿Entendido?
Peka asintió lentamente.
—Sí, mami…
Mónica le sonrió y le dio otro beso, esta vez más largo.
—Bien. Entonces vamos a preparar todo para cuando venga. Y vamos a seguir siendo como somos. Porque esto que tenemos ahora… es nuestro. Y nadie nos lo va a quitar.
Peka se acercó y abrazó a su mamá, escondiendo la cara en su cuello.

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