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Gays, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Tentación

El niño estaba ahogado bajo la saliva y lengua de su padre. Besos húmedos amordazaban sus labios infantiles, siendo raspado por la barba negra de su progenitor, en besos largos, profundos y candentes. El pene adulto había sido soltado del pantalón corto, metiéndose entre los glúteos del menor.

La noche antes de Halloween, en la casa de los Sánchez, era muy ruidosa. El único niño de la familia, Ivan, corría por la estancia celebrando que pronto pediría dulces.

Su padre Taylor y su tío Felipe, veían al niño corretear, con sonrisas burlonas.

—Mi sobrino no sabe quedarse quieto —dijo Felipe poniendose las orejas de perro en la cabeza.

El padre del niño se abrochó el short corto desgastado, estando también listo su disfraz.

—Eso lo heredó de mi. Déjalo, mañana que salga, estará cansado de tantos dulces que comerá.

El disfraz de ambos padres apenas podía llamarse como tal. Ambos llevaban orejas de perro, uno de un pit bull y el otro de un doberman. Aparte de eso, solo vestían un pantalón corto desgastado con unos zapatos deportivos de tela azules, revelando sus fuertes piernas, y dejando expuesto su pecho y espalda.

Ambos eran tonificados genéticamente, no iban al gym, pero sus cuerpos parecían haber sido desarrollados para verse bien. Pectorales gordos y peludos. Brazos largos y anchos. Piernas fuertes, pantorrillas albutadas, espaldas anchas, abdomen marcado y trasero gordo.

Peludos de cara en barba y bigote, con el cabello corto bien peinado hacia un lado. Ambos hermanos tenían un encanto varonil marcado, aunque no tanto como el de otros hombres.

El niño se detuvo al escuchar la palabras de los adultos y fué a abrazar a su padre con una sonrisa. A sus 5 años de edad, tenía una gran energía al moverse.

—Papi, ¿Cómpraste mi disfraz de venado?

La voz del niño era dulce y clara, evocando un chillido nasal característico.

—Lo hice, campeón. Llegará mañana antes de que regrese con tu tío de una fiesta.

—¿Puedo ir? —preguntó el niño con una sonrisa. Sus ojitos brillaban esperando respuesta.

—En otro momento será, Ivan. Tú papá y yo estaremos ocupados —dijo Felipe codeando a su hermano. —Y no podremos cuidarte.

La sonrisa del niño desapareció, mostrando una mueca de inconformidad, parecía a nada de querer llorar.

El timbre de la casa llamó la atención de todos y ambos hombres agradecieron la interrupción.

Los dos adultos y el niño fueron hacia la entrada de la casa y abrieron la puerta.

Una anciana de cabello ondulado, negro con algunos mechones blancos, saludó a los presentes sosteniendo su bolso rojo, llevaba un vestido de lino ancho, con estampado de flores rojas en los bordes, calzando unos zapatos de igual color.

—Hola, señor Taylor, señor David, pequeño Ivan.

—Bienvenida, señora Anderson. La estábamos esperando.

El tono de invitación de Felipe hizo sonreír apenada a la anciana, quien pasó adelante con una sonrisa en los labios.

El niño se distrajo al seguir a la mujer y ambos hombres lo notaron.

—Se nos hace tarde. La dejamos al cuidado de Iván. Todo está como lo platicamos en la llamada. Si necesita algo, me llama —el padre del niño tomó a su hijo y le dió un beso en la frente. —Portate bien, Ivan.

El niño asintió con la cabeza en afirmación.

—Lo haré, papá. Cuídate.

—¿Y tú tío? ¿No te despediras de él? —inquirió el otro hombre cruzando los brazos en su pecho peludo.

—Adios, tío Felipe.

La voz del niño hizo reír al hombre y lo dejó pasar.

Ambos hombres se fueron de la casa, rumbo a la fiesta con sus amigos.

—¿Llevas las pastillas por si tenemos sexo? —cuestionó Felipe en el auto.

Taylor sacó una bolsita con tres pastillas azules de su bolsillo delantero.

—Aqui las tengo. No habrá ningún culito que se resista está noche.

Con esas palabras, arrancaron el auto y se fueron.

Al día siguiente, el timbre de la casa sonó, alertando al pequeño niño de 5 años.

—Esta aquí. El paquete con mi disfraz.

El niño corrió hacia la puerta con prisa, siendo detenido por la anciana, quien había llegado antes.

Abriendo la puerta, el repartidor saludó.

—Buen día, señora. Vengo a dejar un paquete a nombre de Taylor Sánchez.

—No se encuentra en este momento, pero me dijo que lo recibiera por él.

—¿Me permite su identificación?

La tarjeta de la mujer pasó a manos del hombre y al comprobar los datos, el repartidor sonrió.

—Sí, el señor Taylor la dejó anotada como segundo remitente. Firme aquí y el paquete es suyo.

La anciana hizo caso y recibió el paquete con su identificación. Se despidió del repartidor, cerrando la puerta.

Ivan trataba de agarrar el paquete y la mujer no le dejó tomarlo.

—Termina de desayunar. Cuando lo hagas, lávate las manos y luego te probaras el traje. Lo dejaré en tu cuarto mientras tanto, ¿entendido?

El niño hizo caso a regañadientes. Se comió su desayuno en tiempo récord y fue a dejar los platos en el lavadero, se limpió las manos con jabón y una vez secas, fue corriendo a su cuarto.

Mientras limpiaba la anciana, un auto se estacionó afuera de la casa. Sabiendo quienes eran, fue a recibirlos.

Al abrir la puerta, un hombre le sonrió, apoyando a los hermanos Sánchez en sus hombros, estando ellos dos, ebrios.

—Perdone la vista. Los traje apenas pude. Están totalmente perdidos en alcohol.

—Yo me ocupo. Gracias por dejarles.

—Las llaves.

Una vez entregadas, el hombre se fué.

Los dos hermanos caminaron hacia el baño a paso lento, caminaban raro, pero no al punto de caerse. Podían articular palabras y tenían cierto grado de consciencia al hablar.

—Gracias por cuidar de Iván, Señora —dijo Felipe alargando las palabras.

—De nada, señor.

—¿Dónde está mi hijo? —preguntó entrecortadamente Taylor.

—Esta en su cuarto, probandose el disfraz.

—Iremos a saludarlo.

—En ese caso, procederé a retirarme. Pasen buen día.

—Buen día.

—Gracias.

La puerta de entrada se abrió y cerró, mientras la señora Anderson se iba por la vereda de la casa.

Ambos hombres caminaron a paso lento hasta el cuarto del niño de cinco años, escuchandolo quejarse, mientras ellos hablaban sobre los putos que se habían cogido y les habían dejado una frustración sexual enorme en sus cuerpos.

—Se dejó montar hasta la madrugada, pero no llegué a correrme. Que fastidio —dijo Felipe molesto.

—Dimelo a mi. Ese chico con su culito que me estaba follando terminó vomitando antes de poder llenarlo de semen. Quedé con ganas —criticó Taylor a su hermano.

Ambos frustrados, escuharon la vocecita del niño todavía quejarse después de ellos.

—Esta muy apretado. Duele si me muevo —se escuchó el sonido de la tela rasgándose, seguido de un silencio incómodo.

Cuando ambos hombres llegaron a la puerta, miraron el interior de la habitación curiosos. El licor en sus cuerpos bajó de golpe, dándoles un momento de lucidez morboso.

El niño de cinco años, Ivan, de piel clara, ojos verdes, carita risueña y pelo negro rizado, estaba de rodillas, casi sentado, vestido con un traje de látex café con manchas marrones. Llevaba unas astas de venado en la cabeza y se veía incómodo mirando detrás de su cuerpo.

Ambos adultos tragaron saliva al notar lo ajustado que era el traje. Apretando los pechos del niño, realzando sus pezones como botones, acentuando sus curvas que no sabían que tenía, con aquella cinturita pequeña que ahora deseaban tomar entre sus manos, junto a sus brazos y piernas, que se veían bien delineados.

Pero los que los tenía tan tensos a ambos adultos no solo era lo ajustado del traje, sino las zonas en donde se había roto.

Una era la pelvis, mostrando un penecito rosado y una bolsa de testículos roja, sudada. El contraste entre el blanco y ese tono rojizo les hizo tener sus penes erectos.

Pero cuando el niño de 5 años se dió la vuelta para mirar por detrás, el aire de ambos adultos se atoró en su boca. Había un agujero en el pliegues de las nalguitas del pequeño, mostrando sus glúteos blanquitos lechosos, y entre ellos, la curva de un ano rosado abierto ligeramente por la posición inclinada del menor.

Aquella escena hizo a ambos adultos marearse. Incapaces de pensar algo decente.

«¿Mi hijo siempre se vió tan necesitado de mi polla?»

«Que rico se ve mi sobrino con ese traje tan apretado»

El pequeño se dió cuenta de que habían vuelto los hombres y les saludó apenado ante sus miradas penetrantes sin ellos decir nada.

—Hola Papá, Hola tío. Mi traje se ha roto y no podré salir a comprar dulces —la voz del niño se fue poniendo más suave hasta el punto de querer llorar.

Ambos hombres se movieron para evitar que llorara.

El niño tenía los ojos abiertos sintiendo una boca meterse en la suya y otra hurgar en su trasero. En cuestión de segundos, su padre lo había tomado de las caderas y lo había sentado en su entrepierna, mientras el hombre se sentaba en su cama y besaba al niño en la boca, acallando su posible lloriqueo. El pequeño tenía una mano en el pectoral izquierdo de su padre, apretando la masa musculosa en un intento de agarrarse a algo.

Y mientras el menor procesaba eso, con los glúteos libres, cayendo sobre la polla erecta por debajo del short de su padre, su tío metió su rostro en su culo, lamiendo con su lengua el agujero virginal del niño.

Ambos hombres reaccionaron a la vez, como si supieran lo que debían hacer. No hubo duda ni reclamo después de actuar, solo siguieron con lo que habían empezado en un especie de trance.

El niño se quedó quieto ante lo que hacían los adultos y aquello solo avivo más las acciones de los hombres.

En cuestión de minutos, el niño estaba ahogado bajo la saliva y lengua de su padre. Besos húmedos amordazaban sus labios de niño, siendo raspado por la barba negra de su progenitor, en besos largos, profundos y candentes. El pene adulto había sido soltado del pantalón corto hace unos minutos, descansado libremente sobre la piel expuesta de su hijo. 26 centímetros de polla erecta siendo aplastadas por el pubis del niño en sus piernas, junto a sus enormes testículos peludos, que colgaban pesadamente llenos de semen.

Mientras tanto, el culo del niño llevaba abierto y rojo varios minutos. La lengua rasposa de su tío pasaba por los labios anales en lamidas largas y pesadas. La saliva bañaba la piel, luego la lengua entraba en penetraciones profundas, abriendo el ano en cada perforación, dejando un camino de saliva que chorreaba por los glúteos hasta caer en la polla erecta del hombre y su gran bolsa de testículos, con abundante pelo púbico encima.

Ambos adultos estaban disfrutando de comerse a ese niño que los había tentado.

Su traje de venado apretado seguía puesto, las dos aperturas eran su perdición y ninguno de los dos mayores dijo nada para quitárselo al niño.

—¿Cuánto falta para que podamos penetrarlo? —dijo el padre del niño a su hermano. Había dejado de besar a su hijo para que respirara. El menor jadeaba en su pecho, incapaz de hablar.

—Esta muy apretado. Es un culo virgen. No aguantará nuestra pollas con su culito de 5 años.

La voz rasposa de Felipe hizo fruncir el ceño a Taylor.

—Todavia tengo una pastilla. La usaré con él.

Felipe dudó de eso, pero al ver al niño jadeante sentado en la polla de su hermano, sus dudas se disiparon.

—¡Hazlo rápido!

La pastilla azul fue sacada del bolsillo del pantalón corto del padre.

Ambos adultos se separaron del niño para quitarse la única prenda que llevaban puesta encima, aparte de sus orejas de perro.

Desnudos, Taylor metió la pastilla en el ano del niño y luego lo llevó consigo hasta la cama, para acostarse con él.

Felipe les siguió, mirando como el niño se retorcía incómodo.

—¡Arde! —dijo el menor.

Felipe y Taylor sonrieron. La pastilla estaba haciendo efecto.

Taylor se acostó contra el respaldo de la cama infantil dejando que el menor lo montara y Felipe se subió a la cama, por detrás del niño. Sus pollas ligeramente oscuras en contraste con sus pieles blancas estaban erectas. Taylor le medía 26 centímetros, con un grosor considerable. Felipe le medía 24 centímetros, con un gran grosor. Ambos adultos eran dotados.

Mientras tanto, el culo infantil se abrió dolorosamente. El círculo rojo estaba a la vista y en su interior, las paredes palpitaban como el pulso de un corazón. El polvo azúl de la pastilla estaba disolviéndose en el ano del niño, cubriendo la zona de un sudor pegajoso.

—Mi culo arde. Papá, ayúdame —los gemidos del niño volvieron locos a ambos adultos.

Se miraron mutuamente entendiendo lo que debían hacer.

El menor sintió un alivió en su ano que fue haciéndose más grande. No entendía que estaba pasando hasta que sintió los pelos del pubis de su padre en sus nalgas. Se había sentado sobre toda su polla, con ella metida dentro de su culo.

26 centímetros de una sentada. Sin dolor, solo un alivio que lo hacía gemir.

El niño miró a su padre y este le devolvió la mirada. Ambos se besaron y el pequeño empezó a cabalgar aquella enorme hombría.

Una segunda hombría entró entre cabalgadas, causándole gemidos tanto al padre como al hijo.

Siendo doblemente penetrado, el niño sintió a su tío besarle el cuello por la espalda, abrazandolo por la cintura.

—Ya puedes seguir, sobrino. Monta la polla de tu papá y la de tu tío.

El niño hizo caso con una expresión de placer.

Aquellas dos pollas aliviaban un ardor que seguía picando en su ano. Su agujero estirado era una vista maravillosa para Felipe.

Aquel ano rojo de 5 años, en tan solo unos segundos, se había llenado de dos enormes penes, y las montaba con la destreza de una puta.

—Me alegra decirlo, hermano. Pero tú hijo nació para montar nuestras pollas juntas.

—¡Ni que lo digas!, ¡Maldita sea!, ¡Si hubiera sabido que mi hijo era un putito, lo habría follado hace tiempo!

Ambos adultos maldicieron ante el placer que el ano infantil les estaba dando. Sus penes pegados, se rosaban, la carne anal, a su alrededor, los amordazaba en un calor hilarante.

Gemidos graves ahogaron los jadeos del niño, entre besos acallaron sus quejidos y el rechinar de la cama se escuchaba por toda la casa, eso y los golpes de piel sudada.

La habitación rápidamente se impregnó de un olor poderoso a axila, a semen y un hedor residual del sexo.

El niño seguía entre los cuerpos de ambos adultos, está vez de espaldas a su padre, con las piernas abiertas por los brazos de él y siendo doblemente penetrado por ellos.

Ambas enormes pollas no hallaban como salir de aquel agujero profanado. Gracias a la pastilla azul, se ahorraron el esfuerzo de preparar aquel ano, pero al mismo tiempo, lo convirtieron en un paraíso imposible de soltar.

El ano caliente estaba húmedo de semen y sudor, apretaba sus penes con tal disfrute que el solo sentir las paredes de la carne anal contraerse les hacía gruñir a los hombres, eso sin contar el vaiven de sus caderas al penetrar al niño, un delirio.

El menor en cambio, había despertado del trance y tenía los párpados cerrados, totalmente perdido en la sensación de aquellas enormes pollas destrozando su ano.

Sentía el cosquilleo de sus glandes al entrar, las venas surcar sus paredes anales, rozar su próstata y golpear la pared carnosa al final de su conducto rectal. A veces, incluso rompiendo la pared con las cabezas de sus penes y llenando aquel agujero con descargas de semen.

El niño había perdido la cuenta de cuántas veces fue llenado de la leche de sus hombres, pero si podía sentirlo en su estómago abultado. Habían sido varias veces, tantas que habían convertido sus piernas en el territorio de ríos de semen que se escurrían de su agujero perforado.

Cada vaivén de aquellas enormes pollas sacaba el semen interior, dejando que se deslice por las piernas del niño, manchando la piel de los adultos y las sábanas de la cama.

El sudor bañaba el cuerpo peludo de ambos hombres, mojando al niño con su sudor, y llenandolo con un aroma picante, húmedo y asfixiante. Un hedor que solo soltaban los adultos cuando no se bañaban.

Totalmente empapado y embriagado, el menor fue llenado de semen una última vez, antes de que ambos adultos, además de soltar su semilla, se orinaran a la vez.

Llevaban aguantando hace una hora, y no pudieron ni siquiera salir del culo del niño antes de hacerlo.

Los orines amarillos, olorosos y espesos llenaron el culo del niño, ambos dultos sacaron sus pollas a la vez queriendo evitar que el ano del menor terminará apestando más, pero al sacar sus penes, los orines bañaron el cuerpo del niño, duchandolo en una lluvia dorada que mojó su pelo y disfraz.

Entre jadeos cortos, el menor sintió el calor ardiente de la orina de ambos hombres mojar su piel. El hedor de aquella sustancia amarilla se mezcló con el sudor y axila que tenía el niño en su piel, causándole arcadas. Sin embargo, a pesar de las náuseas, el menor no tenía fuerzas para vomitar. Se dejó caer en el pecho peludo de su padre, con los orines chorreando de su cuerpo mojado.

Taylor le sonrió a su hijo y se levantó con él y su tío de la cama.

Ambos hombres llevaron al húmedo niño bañado por sus fluidos a la ducha, para limpiarlo a fondo. El culo infantil había quedado abierto como una fruta, rojo, con la carne anal por fuera y soltando liquido de la punta. Con esa vista, sus pollas gordas se pusieron erectas de nuevo al pensar en lo que habían hecho y desde la habitación de la ducha, aparte del sonido del agua cayendo, los gemidos de un niño, de dos adultos y los golpes de piel resonaron una hora más.

Fin.

 

Gracias por leer. Deseo les haya gustado el relato tanto como a mi al escribirlo. Si desean charlar, estoy en telegram.

@Remaster64TL28.

Nos leemos luego.

9 Lecturas/26 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Remaster64
Etiquetas: amigos, anal, hermano, hermanos, hijo, mayores, padre, sexo
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