Trabajador de zoológico adicto a los machos
Mi especialidad y adicción son las especies silvestres y salvajes.
Mi nombre es Darío, y si me estás leyendo, probablemente ya intuyes que no soy un tipo normal. Tengo treinta y dos años, un título en veterinaria especializada en vida silvestre, y un secreto que me carcome por dentro como una enfermedad terminal. Trabajo como cuidador nocturno en el Zoológico de mi país, un puesto que conseguí por mi experiencia y mi disposición a aceptar el turno que nadie quiere. Pero la verdad, la verdad absoluta y retorcida, es que no estoy ahí por vocación altruista ni por amor a los animales. Estoy ahí porque soy un adicto. No a las drogas, no al alcohol. Estoy enganchado al calor, al olor, al peso y al impulso bruto de los machos de todas las especies que puedo tocar. Empezó como un accidente, una curiosidad estúpida de adolescente, y se convirtió en una necesidad que me domina cada noche cuando el zoológico cierra sus puertas y me quedo solo con las bestias. Todo comenzó con un perro. No, esperen, no fue un perro. Fue un caballo, en la granja de mi tío cuando tenía catorce años. Recuerdo el sol de la tarde, el olor a heno y a sudor equino. El semental, un alazán enorme llamado Trueno, estaba inquieto, relinchando y pateando la tierra. Mi tío me dijo que lo cepillara, que eso lo calmaba. Yo no sabía nada de caballos, solo que me fascinaba su tamaño, la forma en que sus músculos se movían bajo la piel brillante. Mientras lo cepillaba, noté que su miembro, flácido pero imponente, comenzó a hincharse y a extenderse. Era como un brazo grueso, veteado, con una punta rosada que goteaba un líquido espeso y caliente. Me quedé hipnotizado. Sin pensar, sin razonar, dejé que mi mano se deslizara desde el cepillo hasta esa carne caliente. Trueno bufó, pero no se movió. Al contrario, empujó su pelvis hacia adelante, buscando mi contacto. Lo que siguió fue un despertar. El calor, el peso, el olor almizclado que impregnaba mis manos, la forma en que su miembro se tensaba y pulsaba contra mi palma mientras yo lo masturbaba con torpeza. Cuando finalmente estalló, un chorro de semen espeso y blanco me salpicó la cara y el pecho, y yo no sentí asco. Sentí algo que no puedo describir, algo que me llenó de vergüenza y de éxtasis al mismo tiempo. A partir de ese día, busqué más. Fui a granjas vecinas, a establos, a cualquier lugar donde hubiera un macho grande y necesitado. Perros, toros, carneros… cualquier cosa con un pene y una pulsión. Aprendí a leer sus señales, a saber cuándo estaban receptivos, a usar mi cuerpo como una herramienta para su placer y el mío. Cuando entré a la universidad, pensé que podría controlarlo. Me enfoqué en mis estudios, en la veterinaria, en la vida silvestre. Pero la universidad me dio acceso a más animales, a especies más exóticas, y mi adicción solo creció. Me volví experto en sedar a los machos agresivos, en calmarlos con feromonas, en posicionarme para que mis manos, mi boca o mi trasero estuvieran disponibles cuando su instinto lo demandara. Ahora, en el zoológico, tengo el paraíso del pervertido. Cada noche, cuando las luces se apagan y los visitantes se van, me convierto en el guardián de un harén de machos hambrientos. Y mi favorito, mi debilidad, son los chimpancés. Todo empezó hace unos seis meses. Era mi turno nocturno, y estaba revisando el recinto de los primates. Habíamos tenido un problema con las hembras en celo; el macho alfa, un gigante llamado Brutus, se estaba poniendo demasiado agresivo, y mi jefa me ordenó separar a las hembras para evitar peleas. Pasé horas en el recinto, sudando, arrastrando cajas de fruta, y el olor de los fluidos de las hembras, ese olor dulzón y ácido a la vez, se me impregnó en la piel y en la ropa. Cuando terminé, estaba exhausto, pero también extrañamente excitado. El olor me seguía, me envolvía, me hacía imaginar cosas. Esa noche, me puse unos shorts cortos y una camiseta sin mangas, y salí a hacer la ronda de alimentación. Llevaba cubos de fruta y verduras para los chimpancés, y cuando me acerqué a la jaula, noté que estaban inusualmente agitados. Brutus estaba al frente, sus ojos negros clavados en mí, su pelaje erizado. Los otros machos, unos quince en total, se movían inquietos detrás de él, gruñendo y golpeando el suelo. —Tranquilos, chicos —dije, con mi voz más calmada—. Es solo la cena. Brutus se acercó a los barrotes, olfateando el aire. Sus fosas nasales se dilataron, y un sonido profundo, casi un gemido, salió de su garganta. Me miró de arriba abajo, y sentí un escalofrío que no era de miedo. Era anticipación. —¿Qué pasa, Brutus? —murmuré, dejando el cubo de fruta en el suelo—. ¿Hueles algo rico? Él extendió su brazo largo y peludo a través de los barrotes, y yo no me aparté. Su mano, áspera y caliente, rozó mi muslo, luego mi cadera, y finalmente se deslizó dentro de mis shorts. Sus dedos encontraron mi trasero desnudo, y yo jadeé, apretando el metal de la jaula. —Oh, Dios —gemí, sintiendo cómo sus dedos exploraban, cómo su pulgar se presionaba contra mi entrada. Brutus gruñó, y yo supe lo que quería. No había cámaras en esa sección. No había nadie más en el zoológico. Solo yo y una manada de machos hambrientos. Me desnudé lentamente, dejando que mis botas fueran lo único que quedara en mi cuerpo. El aire nocturno acarició mi piel, y vi cómo los ojos de Brutus brillaban con un deseo salvaje. Abrí la puerta de la jaula, no la principal, sino una auxiliar que usaba para la limpieza, y me deslicé dentro. El olor era abrumador. A orina, a almizcle, a testosterona pura. Brutus me rodeó, empujándome contra la pared de la jaula, y sentí su miembro, enorme y erecto, golpeando mi trasero. Era como un puño caliente, veteado, goteando precum. No hubo preliminares, no hubo gentileza. Él me agarró de las caderas, me inclinó hacia adelante, y se incrustó en mí de una sola embestida. Grité. No de dolor, sino de pura sensación. Su tamaño me estiraba, me llenaba, me hacía sentir más completo de lo que cualquier humano había logrado. Él gruñía, empujando con una fuerza bruta, sus caderas golpeando las mías, sus testículos grandes y pesados chocando contra mi perineo. El sonido de la carne contra la carne, los gruñidos animales, el olor a sexo… todo se mezcló en una sinfonía que me hizo perder la cabeza. —Sí… más… —supliqué, aunque él no entendía mis palabras. Brutus me montó durante lo que parecieron horas. Cuando finalmente se corrió, con un rugido que retumbó en toda la jaula, sentí su semen caliente inundándome por dentro, una sensación que me hizo temblar de la cabeza a los pies. Pero no terminó ahí. Cuando él se retiró, otro macho, más joven, se acercó, empujándome al suelo de tierra. —Vamos… todos ustedes… —jadeé, abriendo las piernas. Uno me folló por detrás mientras otro se posicionaba frente a mí, su miembro rosado y grueso presionando contra mis labios. Lo tomé en mi boca, saboreando el precum salado y amargo, mientras el de atrás embestía sin piedad. Los quince machos se turnaron, cada uno con su tamaño, su ritmo, su olor particular. Algunos eran rápidos y bruscos, otros más lentos y deliberados. Todos me dejaron su marca, su semen en mi boca, en mi trasero, en mi cara, en mi pecho. Cuando terminaron, estaba tirado en el suelo de la jaula, cubierto de fluidos, temblando de agotamiento y placer. Brutus se acercó, olfateó mi cabello, y me lamió la mejilla con su lengua áspera, como si me agradeciera. Yo sonreí, débilmente, sintiendo cómo su semen se escurría entre mis muslos. Desde esa noche, no he podido parar. Cada vez que entro al recinto, me aseguro de no lavarme demasiado después de estar cerca de las hembras. Dejo que su olor impregne mi piel, que los vuelva locos de deseo. Ellos me esperan, gruñendo, golpeando los barrotes, sus erecciones visibles a través del pelaje. Y yo los hago esperar, provocándolos, frotándome contra la jaula, hasta que no pueden soportarlo más. Entonces me desnudo, entro, y me entrego a ellos. A veces son solo unos pocos. Otras veces, como esta noche, son todos. —Ven a mí —susurro, abriendo la puerta de la jaula, sintiendo el calor de sus cuerpos acercándose—. papi está aquí para ustedes. No sé cuánto tiempo más pueda vivir así. No sé si esto me llevará a la muerte o a la locura. Pero en este momento, con el olor a almizcle llenando mis pulmones y el peso de un macho enorme sobre mí, no me importa. Soy suyo. Y ellos son míos. Esta es mi historia. La historia de un cuidador de zoológico que se convirtió en el juguete sexual de todas las especies macho que pudo encontrar. Y no me arrepiento de nada.
Escribeme a [email protected] me banearin de tg e ig


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