Alizée, la niña del puerto
—¿Por qué haces eso…? —preguntó en un murmullo apenas perceptible, con la voz aún rasposa por el clímax. Me incliné unos milímetros hacia ella, acortando la distancia hasta que mis labios rozaron la comisura de su boca. —Porque quería probar tu dulce miel… —le respondí en un susurro cálido, r.
El olor a antiséptico y el vaivén de las camillas siempre me habían resultado abrumadores, pero esa tarde de lluvia en la Ciudad de México el hospital parecía más caótico que nunca. Yo salía de la sala de urgencias con el dedo medio de la mano derecha enyesado y un dolor sordo que apenas mitigaban los analgésicos: una mala caída en el trabajo, una fractura limpia, nada grave, pero lo suficientemente molesta como para ponerme de mal humor.
Fue al pasar junto a las bancas de la sala de espera de oftalmología cuando los vi.
Eran una pareja de adultos mayores que contrastaban por completo con el ritmo frenético del lugar. Ella llevaba los ojos cubiertos por un vendaje grueso y blanco, y aferraba con fuerza la mano de su esposo, un hombre de piel curtida por el sol y manos gastadas por el trabajo de campo, que miraba al suelo con una mezcla de fatiga y desesperación. Me detuve a unos metros, simulando revisar mi receta médica. La pareja hablaba en voz baja, con ese acento pausado y suave de la costa de Oaxaca.
—No nos va a alcanzar para el hotel de hoy, viejo —susurró ella, con la voz quebrada—. Y el doctor dijo que no podemos viajar en autobús hasta la revisión de pasado mañana. La luz del sol y el movimiento le harían daño a la operación.
El hombre suspiró, acariciando el dorso de la mano de su esposa.
—Algo haremos, Juana. Dios proveerá. No te apures.
Pero sus ojos reflejaban que no tenía la menor idea de qué hacer. Una pareja de la costa, perdida en la inmensidad de la capital, sin dinero y con una mujer recién operada de la vista que no podía exponerse a un viaje largo. Miré mi mano vendada, luego los miré a ellos, y algo en mi interior me impidió dar la vuelta y marcharme. Me acerqué con calma para no asustarlos.
—Buenas tardes —les dije, esbozando la sonrisa más amigable que pude—. Disculpen que me meta, pero alcancé a escuchar su situación. Yo vivo solo, aquí cerca, y tengo espacio de sobra en mi casa. No es un hotel de lujo, pero es un lugar seguro y techado donde la señora podrá descansar sin ruido. Por favor, permítanme ayudarlos.
El hombre me miró con una desconfianza natural que pronto se derritió al ver mi propia mano vendada y la sinceridad en mis ojos. Tras un momento de duda y un par de lágrimas que se escaparon por debajo de las vendas de doña Juana, aceptaron. No se imaginaban que ese viaje en taxi hacia mi departamento sería el inicio de un lazo que, más tarde, me llevaría directo a las playas de Puerto Escondido.
Los dos días que pasaron en mi departamento fueron de absolutorespeto y gratitud. Don Lorenzo insistía en ayudarme en el hogar limpiando e intentando cocinar, mientras doña Juana descansaba en la recámara. Cuando por fin llegó la revisión médica y el doctor les dio el visto bueno para volver, nos despedimos en la central de autobuses de Taxqueña como si nos conociéramos de toda la vida.
—Si algún día va para el puerto, allá tiene su casa —me dijo don Lorenzo, dándome un abrazo apretado que olía a tabaco y a gratitud—. Pregunte por los Cruz en la zona de la Barra. Cualquiera nos conoce.
Fue un jueves por la mañana, muy temprano, cuando sonó mi teléfono. Era la voz pausada de don Lorenzo, anunciando que doña Juana tenía su consulta de revisión semestral, que salían esa misma noche de Puerto Escondido en el autobús y que la cita médica en el hospital sería a la mañana siguiente. De inmediato les dije que no se preocuparan por nada, que yo los recibiría de nuevo. Les di la dirección exacta de mi departamento y les expliqué que, por mi horario de trabajo, me iba a ser imposible ir a recogerlos al hospital. Les pedí que tomaran un taxi seguro directo después de su consulta, y quedamos en que yo los esperaría en mi casa.
El timbre del departamento sonó pasadas las dos de la tarde. Crucé la estancia a toda prisa, limpiándome las manos con un trapo de cocina, ansioso por ver cómo había seguido doña Juana de su vista. Al abrir la puerta, la calidez de los abuelos me inundó de inmediato, pero mi mirada bajó casi por instinto al notar un movimiento detrás de la silueta de don Lorenzo. Allí estaba ella, resguardándose tímidamente tras el cuerpo de su abuelo asomando apenas la cabeza para observar el entorno desconocido de la gran ciudad.
—Es nuestra nieta, acaba de cumplir siete años —dijo don Lorenzo con una sonrisa de orgullo, haciéndose a un lado—. Como vive con nosotros, no quisimos dejarla sola allá en el puerto.
La miré. Era una niña alta para su edad, de postura recta y una gracia natural. Sus brazos y piernas eran largos, propios de esa etapa de la infancia. Su cabello castaño le caía en ondas suaves sobre los hombros, enmarcando un rostro de facciones finas donde destacaban unos ojos negros, grandes y fijos, que me observaban con curiosidad.
Venía vestida con pulcritud: una falda tableada blanca arriba de las rodillas y una blusa de tirantes lila que resaltaba su piel bronceada. Llevaba unas zapatillas de tacón bajito.
—Mucho gusto, bonita —le dije, agachándome a su altura—. Bienvenida. ¿Conque ya tienes siete años?
—Todavía tengo seis —aclaró de inmediato, irguiéndose con una seriedad divertida—. Los siete los cumplo hasta el próximo sábado.
Don Lorenzo soltó una risita, dándole un suave toque en el hombro.
—Bueno, le faltan unos días, pero para nosotros ya es toda una señorita —explicó el viejo con ternura—. Su madre se puso muy moderna con los nombres allá en el puerto… Pero nosotros le decimos Anahí. Anda, mi niña, no le tengas pena al señor.
La pequeña miró a su abuela, quien le asintió despacio con la cabeza. Luego volvió a fijar sus ojos en mí y estiró la mano.
—Me llamo Anahí Alizée —pronunció con voz quedita.
—Es un nombre muy bonito, Alizée —le respondí al incorporarme. Miré a don Lorenzo y a doña Juana con una sonrisa y les pregunté con respeto—: ¿Me dejan darle un abrazo de cumpleaños adelantado?
Don Lorenzo asintió complacido y le dio a la niña una sonrisa cómplice. Me agaché nuevamente y le abrí los brazos con calidez. Alizée dudó apenas un segundo, dio un paso al frente y me rodeó el cuello con sus brazos delgados en un gesto breve y lleno de la inocencia propia de su edad. Fue un abrazo breve, lleno de la confianza. Su cabello olía a shampoo de manzanilla.
—Pasen, por favor —les dije al separarnos, mientras la timidez inicial de la niña empezaba a desaparecer—. Deben venir cansados del autobús y del hospital.
La comida transcurrió entre risas, anécdotas del puerto y platos limpios.
—Bueno, muchachos, el cuerpo ya pide descanso —dijo don Lorenzo, estirando las piernas—. Mañana hay que estar temprano en el hospital para la revisión general, antes de que nos den el alta definitiva.
Los abuelos se turnaron para usar el baño. Al salir, doña Juana, secándose el cabello con una toalla, miró cariñosamente a su nieta, que se había quedado medio dormida en el sillón abrazando un cojín.
—Anda, mi niña, métete a bañar para que descanses —le dijo la abuela, dándole un suave toque en el hombro.
Alizée asintió refregándose los ojos negros, tomó su pequeña mochila y caminó con pasos suaves hacia el baño. A los pocos segundos, el sonido sordo y constante del agua comenzó a llenar el pasillo.
Fue en ese momento cuando don Lorenzo y doña Juana se acercaron a mí en la estancia, con una expresión que mezclaba la pena y la seriedad. El viejo se aclaró la garganta y me tomó del brazo.
—Oiga, mi buen amigo… queríamos pedirle un favorsote, si no es mucha molestia —dijo en voz baja, mirando de reojo hacia donde se escuchaba el agua—. Es que venimos pensando en el camino… En el hospital de especialidades son muy estrictos. Nos dijeron desde la otra vez que no permiten la entrada a niños por las infecciones y las reglas de ahí.
Doña Juana juntó las manos, reforzando la petición de su esposo.
—Ay, sí, joven. No queremos dejar a la niña afuera en la calle, expuesta al peligro de esta ciudad tan grande. Queríamos ver si… si no tiene inconveniente en que Alizée se quede aquí con usted mañana por la mañana. Serían solo unas horas en lo que entramos a la consulta y regresamos.
Miré la puerta del baño, desde donde aún se escuchaba el rumor del agua, y luego a los rostros de mis amigos. Para ellos, yo era su único faro de seguridad en la inmensidad de la capital.
—Pero por supuesto, don Lorenzo, doña Juana —les respondí de inmediato para tranquilizarlos—. Ni lo piensen. Aquí la niña va a estar segura; desayunamos algo rico y los esperamos. Vayan a acostarse tranquilos. Eso sí —añadí bajando un poco la voz—, mañana temprano tengo que salir unas tres o cuatro horas por un pendiente urgente del trabajo. No me puedo ausentar todo el tiempo, pero no se preocupen. Ella puede quedarse descansando sola aquí en el departamento, ver la televisión y estar en total paz mientras ustedes regresan de la consulta y yo me desocupo. Va a estar más cómoda y segura que en ningún otro lado.
Don Lorenzo asintió de inmediato, estrechándome la mano con firmeza.
—No, hombre, al contrario, joven: nos quita un peso enorme de encima. Alizée es una niña muy bien portada y obediente, no va a dar ninguna lata, ya lo verá. Que Dios se lo pague.
Mientras la familia terminaba de organizarse, fui al clóset por un cobertor extra y una almohada. Al regresar, les ayudé a acomodar el sillón que se convertía en cama individual, dejándolo listo para la pequeña. En ese momento, la puerta del baño se abrió y ella entró secándose el cabello con la toalla, vistiendo una pijama fresca.
Vestía un short corto y un corpiño de algodón blanco, una indumentaria fresca y natural para alguien acostumbrada al calor de la costa.
El vapor del baño y la humedad de su piel hacían que la delgada tela se le adhiriera ligeramente al cuerpo, dibujando con sutil claridad su silueta menuda. Se movía con total inocencia, ajena por completo al bullicio de la gran ciudad.
Me acerqué a la cama improvisada y extendí las sábanas limpias sobre el colchón. Alizée me observaba en silencio desde la cabecera, sosteniendo la toalla con la que terminaba de secarse los mechones húmedos. Estiré el cobertor para asegurarme de que el frío de la noche capitalina no la sorprendiera en la madrugada. Cuando terminé, ahuequé la almohada con un par de golpes suaves y se la entregué.
—Aquí tienes, Alizée —le dije con voz suave—, que descanses bien. Mañana va a ser un día largo para tus abuelos, pero tú aquí vas a estar tranquila.
Ella estiró sus brazos delgados y tomó la almohada, apretándola contra su pecho en un gesto de agradecimiento. Me regaló una última mirada fija con esos enormes ojos negros antes de asentir levemente.
—Gracias, buenas noches —murmuró.
Don Lorenzo me dio una palmadita en la espalda antes de retirarse a descansar con doña Juana, reforzando ese pacto silencioso de gratitud. Apagué la luz principal, dejé encendida únicamente la lámpara del pasillo y me acomodé en el sillón de la estancia.
El resplandor del televisor era la única luz en el lugar. Habían pasado unos treinta minutos; en la pantalla avanzaba una película a la que apenas prestaba atención, pensativo por la responsabilidad que me habían confiado. De pronto, un leve crujido rompió el silencio.
Giré la cabeza y vi la puerta de la habitación abrirse despacio. De la penumbra emergió la pequeña silueta de Alizée. Caminaba descalza y en silencio, cuidando no despertar a sus abuelos. Se abrazaba a sí misma frotándose los brazos para protegerse del frío nocturno de la capital, frente al cual su pijama era ligero: corpiño y shorts resultaba insuficiente.
Se detuvo a mitad del pasillo y me miró con sus enormes ojos negros, que reflejaban la luz azulada de la pantalla. Parecía una figura pequeña y desorientada en medio de un entorno ajeno.
—¿Qué pasa, Alizée? —le pregunté en un susurro, bajando de inmediato el volumen del televisor—. ¿No puedes dormir? ¿Tienes frío?
Ella no respondió de inmediato. Se quedó allí de pie, balanceándose suavemente sobre sus talones, observándome con esa timidez que la caracterizaba. Finalmente, dio un par de pasos hacia la estancia.
—No puedo dormir —contestó en un hilo de voz—. Mis abuelitos ya se durmieron, pero mi abuelito Lorenzo ya empezó a roncar bien fuerte… parece motor. ¿Me puedo quedar aquí contigo a ver un rato la tele?
Una pequeña sonrisa se me escapó al escucharla. El tono inocente con el que imitó los ronquidos rompió de inmediato la solemnidad de la noche.
—Claro que sí, ven, siéntate —le respondí en voz baja, haciéndome a un lado para dejarle espacio en el sillón y alcanzando la orilla de una cobija para taparla del frío.
Alizée se acercó con confianza, buscando la calidez de la estancia y un lugar donde distraerse mientras le daba sueño. Para ella, estar ahí compartiendo la televisión era el refugio perfecto contra la noche desconocida en la gran ciudad.
Fue en ese momento, al moverme para hacerle espacio, cuando fui consciente de mi propio aspecto. Me había quitado la playera para estar más cómodo y me encontraba únicamente en pantalones de pijama. Mi torso quedaba al descubierto bajo el parpadeante resplandor azul de la pantalla. Para un hombre en su propio hogar, aquello era la rutina más normal del mundo, y para una niña que venía de un entorno costero —donde los hombres andan sin camisa todo el día por el calor del puerto—, ver a alguien así no resultaba en absoluto extraño. Ella no le dio la menor importancia; simplemente vio en mí una figura de protección, un refugio cálido contra el frío de la sala.
Alizée se acercó con pasos ligeros y se subió al sillón, encogiendo sus piernas delgadas y abrazando sus rodillas para resguardarse del aire fresco. Tomé de inmediato una manta ligera que tenía en el respaldo y la extendí sobre ella, cubriéndola desde los hombros hasta los pies descalzos.
—¿Mejor? ¿Gustas un poco de agua? —le pregunté, dando un sorbo a mi taza de café, que aún desprendía un hilo de vapor.
Ella negó con la cabeza con una sonrisa discreta, acomodándose bajo el abrigo de la tela y dejando salir un pequeño suspiro de alivio. Sus grandes ojos se fijaron de inmediato en la televisión, atrapada por los colores, mientras el silencio volvía a instalarse, alterado únicamente por el murmullo lejano de la película.
La función llegó a su fin entre créditos que subían despacio por el monitor y una música suave que fue apagándose. Miré el reloj de la pared; ya era tarde, pero al voltear a ver a Alizée, noté que la manta la había cobijado bien, aunque sus ojos seguían abiertos de par en par, fijos en el televisor sin el menor rastro de sueño.
A los pocos segundos, los comerciales terminaron y la pantalla se tiñó de negro. Un acorde de violines tensos y una tipografía gótica anunciaron el inicio de la siguiente función. Era una de esas películas clásicas de terror, de casas embrujadas y sombras que cruzan los pasillos.
—Bueno, Alizée —le dije en voz baja, amagando con tomar el control remoto—. Ya terminó la otra. Esta que sigue es de miedo y ya es hora de que intentes ir a descansar, ¿no crees?
Ella volteó a verme de inmediato, saliendo de su escondite bajo la manta. Sus ojos brillaron con entusiasmo y un toque de súplica.
—No, por favor, déjala —pidió en un susurro, juntando sus manos pequeñas—. A mí me gustan mucho las de terror. Allá en el puerto a veces las veo con mis primos cuando mis abuelos se duermen.
—¿Ah, sí? ¿Y no te dan pesadillas? —le pregunté con una ceja levantada, sonriendo.
—Un poquito… —admitió, regalándome esa sonrisa discreta que ya le conocía—. Por eso… ¿sí me dejas quedarme a verla contigo? Es que a veces me da mucho miedo, pero si estoy aquí contigo ya no me va a dar. Tú estás grande y me cuidas.
Era imposible negarse ante tanta inocencia y confianza. El contraste era singular: una niña fascinada por las historias de misterio pero buscando la seguridad de un adulto para soportar el susto.
—Está bien, te puedes quedar —cedí, acomodando el control en la mesa de centro—. Pero si te da mucho miedo, me avisas y le cambiamos, ¿hecho?
Ella asintió rápidamente, acomodándose aún más cerca de mi lado en el sillón espacioso. Conforme la música de la función se volvía más lúgubre, Alizée se pegó sutilmente a mi costado, buscando la cercanía para protegerse de los primeros sustos. Yo permanecí quieto, dejando que se refugiara en esa seguridad que le brindaba mientras el departamento se envolvía en el misterio de la noche.
La tensión en la pantalla comenzó a traducirse en movimientos sutiles dentro de la sala. Con cada golpe de sonido o sombra que aparecía, la niña se encogía un poco más bajo la manta, reduciendo la distancia hasta que su hombro quedó apoyado firmemente contra mi costado.
En un momento en que la música de fondo se silenció por completo, anunciando un sobresalto inminente, ella desvió los ojos de la pantalla y me miró hacia arriba.
—Oye… ¿tú no tienes frío? —preguntó en un susurro casi imperceptible, rozando con sus dedos pequeños la piel de mi brazo—. Estás sin playera y la noche ya se puso bien fría.
—No te preocupes, Alizée, ya estoy acostumbrado al clima de aquí —le respondí.
Ella asintió lentamente, acomodándose la manta hasta la barbilla. Luego, miró el espacio que quedaba en el sillón, que era lo suficientemente amplio y profundo para reclinarse, y volvió a mirarme con esa seriedad inocente que la caracterizaba.
—¿Y si nos acostamos de ladito en el sillón? —sugirió, señalando el respaldo con un gesto natural—. Así nos podemos tapar los dos juntos con la manta. A mí ya me está dando un poquito de sueño, pero no me quiero ir allá solita a la cama. Si nos tapamos juntos, a ti se te quita el frío y a mí se me quita el miedo.
Para una niña acostumbrada a la vida franca de la costa, donde las familias comparten espacios con total naturalidad para acompañarse, la propuesta no tenía el menor doblez. Era la lógica pura de la infancia: buscar refugio y compartir el abrigo con el adulto que le inspiraba confianza.
—Está bien, Alizée. Vamos a acomodarnos para que descanses —cedí de buen modo.
Me recliné hacia el extremo del sillón, extendiendo las piernas a lo largo del asiento. Alizée, con una agilidad silenciosa, se acomodó a mi lado, recostando su cabeza directamente sobre la curva de mi brazo extendido. Su cabello, que todavía desprendía un sutil aroma a manzanilla, quedó esparcido cerca de mi hombro. Tomé la manta ligera y la extendí por completo, cubriéndonos a los dos.
Al sentir el amparo de la cobija y la firmeza de mi torso al lado suyo, la pequeña dejó escapar un largo suspiro, relajando los músculos. Se acurrucó buscando el calor corporal y se giró sobre el sofá para quedar de frente a mí, buscando la cercanía, mientras sus ojos negros seguían atentos a la televisión.
La música de la función alcanzó su punto más lúgubre, con esos violines chillantes que anuncian que lo peor está por venir. En la pantalla, el personaje principal caminaba a oscuras por un pasillo. De repente, una sombra saltó directamente hacia la cámara acompañada de un golpe de sonido ensordecedor.
Alizée dio un brinco violento en el sillón. Soltó un chillido ahogado y, por puro instinto, se aferró a ese giro que ya la tenía orientada hacia mí, enterrando el rostro en mi pecho. Sus manos pequeñas y frías se aferraron a mis costados, buscando desaparecer dentro de mi abrazo para no ver la pantalla.
—¡Ay, no! ¡Eso dio mucho miedo! —exclamó en un susurro tembloroso, sin despegar la cara de mi torso.
Sentí los latidos acelerados de su corazón menudo golpeando contra mis costillas. Su respiración cálida chocaba de lleno contra mi piel, entibiando el ambiente. Con la misma naturalidad protectora, la rodeé un poco más con el brazo y le di unas palmaditas suaves en la espalda para calmarla.
—Tranquila, Alizée, ya pasó, solo fue un susto de la tele —le dije en voz muy baja, rozando con mi barbilla la coronilla de su cabeza, que seguía desprendiendo ese olor a manzanilla—. Si quieres ya le cambio.
—No, no… un ratito más —pidió ella, despegando apenas la frente de mi pecho para mirarme con esos ojos negros, enormes y fijos, llenos de una mezcla de adrenalina y timidez—. Pero no me sueltes, ¿sí? Y me abrazas fuerte.
Acepté con un asentimiento en silencio. Durante la siguiente media hora, la dinámica se repitió con cada escena de suspenso. Alizée no se separó de mi costado; se mantuvo completamente acurrucada contra mi cuerpo, usando mi torso como un escudo contra sus miedos cada vez que la tensión aumentaba en la televisión..
El ambiente en la sala, que hasta ese momento estaba dominado por la adrenalina del suspenso, cambió de ritmo de manera abrupta. La música incidental de violines tensos se disipó, dando paso a una melodía pausada, densa y cargada de una atmósfera muy distinta. En la pantalla, la trama dio un giro inesperado hacia un encuentro íntimo entre los protagonistas: las luces de la escena se volvieron tenues, las miradas de los actores se cargaron de intención y, en cuestión de segundos, la narrativa reveló explícitamente los cuerpos en una secuencia sin censura, mostrando de manera frontal la desnudez de ambos actores, con planos detallados de sus senos y de sus genitales en plena interacción.
En el televisor, a través de la luz directa de la pantalla, se proyectaban las figuras de la pareja en momentos de absoluta y cruda intimidad. El plano se concentró en los movimientos sin ropa sobre la cama, revelando el contacto directo de la piel, los pechos al descubierto y los cuerpos entrelazados en las transiciones de una interacción adulta y explícita.
Alizée, que la película mantenía con sus enormes ojos negros fijos en el televisor, se quedó completamente inmóvil. Su respiración, que antes se aceleraba por los sustos, pareció contenerse ante la crudeza y la intensidad de las imágenes que llenaban la penumbra de la sala con un resplandor azulado. Era el choque abrupto con un mundo adulto que apenas alcanzaba a vislumbrar.
Por mi parte, una inmediata oleada de incomodidad me recorrió el cuerpo. Estar viendo ese tipo de contenido en la noche, en pantalones de pijama y con el torso al descubierto, ya era una situación particular; pero que la nieta de don Lorenzo estuviera ahí, con su corpiño de algodón blanco pegado a mí y su cabeza apoyada en mi brazo, transformó la atmósfera en algo sumamente denso.
Intenté mover la mano libre hacia la mesa de centro para alcanzar el control remoto y cambiar de canal, buscando proteger la inocencia de la situación y cumplir con el rol de guardián que se me había encomendado. Sin embargo, apenas amagué con incorporarme, Alizée apretó con firmeza sus dedos contra mi costado.
—No le cambies… déjala un ratito, quiero ver —pidió en un susurro apenas perceptible, sin apartar los ojos de la pantalla, con una fijeza que delataba una curiosidad natural e inevitable ante lo desconocido
En la televisión, la escena avanzó hasta que la chica se inclinó para realizarle una felación a su compañero bajo las sábanas, en medio de respiraciones contenidas y movimientos pausados que la pantalla amplificaba. Minutos después, la secuencia concluyó con ambos vistiéndose en silencio mientras la música de fondo se apagaba lentamente.
El ambiente en la sala se tornó sofocante. Mi propio cuerpo, traicionado por la atmósfera y la cercanía extrema, reaccionó de manera inevitable. Sentí una oleada de calor interno que me encendió la piel, mientras la tensión física se concentraba con una urgencia inoportuna en mi miembro, enérgico y aprisionado por la tela delgada de la pijama.
Alizée, ajena a la verdadera causa de esa alteración pero sumamente perceptiva, notó de inmediato la mutación en mí. Al percibir el incremento de mi temperatura y la firmeza involuntaria de mi cuerpo contra el suyo, lo interpretó bajo su propia lógica infantil: un refugio definitivo contra el frío de la madrugada. Lejos de apartarse, se pegó aún más, deslizándose como un pequeño felino para acoplar por completo su espalda contra mi pecho y presionar sus caderas menudas directamente contra la erección que la pijama apenas lograba contener, buscando absorber cada grado de ese calor.
La tensión en la pantalla volvió a cambiar de rumbo cuando la pausa dramática concluyó, devolviendo la narrativa a la penumbra de la casa embrujada. Los violines regresaron con un tono más agudo y punzante, y las sombras en el televisor comenzaron a moverse con una violencia renovada, anunciando el clímax de la función de terror.
Alizée, cuyo cuerpo se había quedado estático durante los minutos anteriores, dio un respingo cuando una de las puertas de la película se cerró de golpe con un estruendo que retumbó en las paredes de la sala. El susto la obligó a buscar el amparo del que ya se sabía dueña; se deslizó bajo la manta, acomodándose en una posición de “cucharita” para protegerse por completo del frío y de las imágenes que la asustaban.
Alizée, cuyo cuerpo se había quedado estático durante los minutos anteriores, dio un respingo cuando una de las puertas de la película se cerró de golpe con un estruendo que retumbó en las paredes de la sala. El susto la obligó a buscar el amparo del que ya se sabía dueña. En un movimiento rápido y tembloroso, buscó mi mano a tientas entre las sábanas y, tomando mis dedos con los suyos, los llevó directamente hacia su abdomen, entrelazándolos con fuerza contra su vientre para asegurarse de que no la soltara.
Al encajar su espalda contra mi costado, la disposición de nuestros cuerpos cambió por completo. Su pequeña cintura y la curva ligera de sus caderas, cubiertas apenas por el delgado short de algodón, se presionaron de lleno contra mi pelvis. A través de la tela, el contacto fue inmediato; la tersura de su piel y la temperatura acumulada bajo la cobija encendieron una urgencia incontrolable.
Guiada únicamente por el miedo a las sombras de la pantalla y por una confianza ciega, encogió las piernas para acurrucarse aún más, buscando desaparecer dentro del refugio de la manta. Mantener la contención se convirtió en un desafío implacable mientras sentía la presión directa de sus caderas contra una tensión que ya no respondía a la voluntad.
Con mi palma sobre su vientre, mantuve ese círculo de calor constante que parecía apaciguar el frío de la sala. Aprovechando la confianza mutua, mis dedos comenzaron a trazar caricias suaves, dibujando círculos tranquilos que recorrían su abdomen. Con una lentitud calculada, mis yemas se detuvieron al llegar al borde de su ropa, rozando el límite elástico del short. La presión en esa zona de transición, justo donde la piel se volvía más sensible y el calor del cuerpo se concentraba, la hizo soltar un leve murmullo; una reacción instintiva que no interrumpió su entrega, sino que la hizo acomodarse aún más, presionando su cadera y arqueando la espalda para que mi miembro quedara firmemente presionado en medio de sus glúteos, buscando absorber de lleno la intensidad de la erección que estiraba la tela de mi pijama
Mis dedos no vacilaron. Con precisión, deslicé las yemas por debajo del elástico, rompiendo la última barrera de algodón sin alterar su respiración. La transición del aire fresco de la sala al calor confinado de su ropa interior fue inmediata; su piel en esa zona baja desprendía un ardor espeso, una vibración silenciosa que delataba cómo su sistema nervioso registraba la intrusión. Deslicé la mano milímetro a milímetro sobre la superficie de su monte de Venus, completamente lampiño, sintiendo la tersura de una anatomía que se tensaba de forma imperceptible a cada roce.
Alizée contuvo el aliento. En lugar de detenerme, tomó mi mano y, con un movimiento firme pero tembloroso, guio mis dedos hacia el centro exacto de su intimidad, sumergiéndome por completo mientras su respiración se quebraba en la oscuridad de la sala.
Empujé mi mano un poco más al fondo, hasta que mis dedos hicieron contacto directo con la hendidura de su vulva. La zona estaba encendida, húmeda con los jugos naturales que comenzaban a brotar como respuesta refleja al acecho de mi tacto. Separé los labios menores con la punta del índice y el dedo medio, extendiendo la viscosidad de su esencia sobre el clítoris con movimientos circulares, lentos y profundamente rítmicos.
—Ah… ah… me siento rara, pero me gusta mucho… —deliró en un hilo de voz quebrado, entornando los ojos hacia la penumbra—. Sigue tocándome así, por favor… nunca me habían tocado ahí y se siente increíble.
Apretó sus muslos alrededor de mi mano mientras giraba ligeramente el rostro hacia mí, con la respiración entrecortada y los ojos brillando de curiosidad.
—¿Qué es eso que se siente tan duro detrás de mí? —susurró, rozando con sus glúteos la firmeza de mi miembro a través de la tela—. ¿Es tu pene?
Lenta y deliberadamente, fui retirando mis dedos de su ropa, sintiendo cómo su cuerpo aún daba pequeñas sacudidas involuntarias mientras se reacomodaba en la penumbra. Al sacar la mano, llevé las yemas impregnadas con su néctar hacia mi boca; con la mirada fija en su perfil relajado, me llevé los dedos a los labios para probar la calidez y el sabor húmedo de su esencia.
Alizée, que mantenía sus ojos entornados siguiendo mis movimientos en la penumbra, ladeó ligeramente la cabeza al percatarse del gesto. Sonrió de lado, con una mezcla de curiosidad y complicidad contenida.
—¿Por qué haces eso…? —preguntó en un murmullo apenas perceptible, con la voz aún rasposa por el clímax.
Me incliné unos milímetros hacia ella, acortando la distancia hasta que mis labios rozaron la comisura de su boca.
—Porque quería probar tu dulce miel… —le respondí en un susurro cálido, rozando su labio inferior con la yema de mi dedo impregnada—. Prueba tú también.
Ella no dudó; entreabrió los labios y envolvió mi dedo con delicadeza, degustando su propio sabor mientras un destello de fascinación iluminaba su mirada. Tras un instante, soltó un último suspiro profundo, acurrucándose con total confianza contra mi pecho mientras la pantalla del televisor terminaba de apagar su brillo.
—Descansa, Alizée… ya puedes dormir —le dije en una exhalación suave que se perdió en el silencio de la sala.
Ella no respondió con palabras, pero sentí cómo su cuerpo se relajaba un grado más, dejando escapar un último suspiro tibio que chocó contra mi brazo. Con esa misma delicadeza, acerqué el rostro a la parte posterior de su cabeza, apartando despacio su cabello para depositar una secuencia de besos suaves y prolongados sobre la calidez de su nuca y la curva de su cuello. Fue el sello final de una noche cargada de una densidad que ninguno de los dos alcanzaba a comprender del todo, pero que se grabó a fuego en mis recuerdos.
A los pocos minutos, su respiración profunda y acompasada me indicó que el sueño la había vencido por completo. Me quedé inmóvil, velando su descanso bajo el resplandor azul de la pantalla, consciente de que esa noche había cambiado algo para siempre.
El final de los créditos dejó la sala sumida en una penumbra total, alterada únicamente por la luz ambiental que se colaba por la ventana. Con el reloj marcando casi la medianoche, el silencio del departamento era absoluto. La respiración de Alizée, rítmica contra mi pecho, confirmaba que las emociones del día la habían agotado.
Sabiendo que el frío de la sala no tardaría en arreciar, me moví con extrema precaución para no alterar su descanso. Deslicé con cuidado mi brazo izquierdo por debajo de sus rodillas y el derecho rodeó firmemente su espalda, sosteniendo su cuerpo con el celo con el que se resguarda algo valioso.
Al levantarla en vilo, ella no se despertó; simplemente emitió un leve quejido adormilado. Caminé con pasos lentos y descalzos por el pasillo a oscuras, midiendo cada pisada para evitar cualquier crujido en el suelo que pudiera alertar a don Lorenzo o a doña Juana en la habitación contigua.
Entré al dormitorio, donde la pequeña lámpara de buró seguía proyectando una luz cálida y tenue. Me acerqué al sillón-cama improvisado y, reclinando mi propio cuerpo, la deposité con suavidad sobre las sábanas limpias. Retiré mis brazos despacio, asegurándome de que su cabeza quedara perfectamente acomodada en la almohada. De inmediato, tomé el cobertor grueso y la cubrí hasta los hombros, sellando los costados para protegerla.



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