¡Con los niños, NO! (1)
Basta con esperar a que crezcan….
Debido a mi ninfomanía, le he puesto el cuerno a mi marido con mucho más de una centena de hombres (quizá más que 200), pero tengo mis principios: ¡No a la pedofilia! Ver a niños encuerados y clientes que se ofrecen, me da risa, pero también tristeza, porque son muy vulnerables y cualquiera puede hacer con ellos lo que quiera, no sólo abusar sexualmente.
Hay casos en que te le antojaste al niño y nunca te dijo nada, pero al crecer te confiesa que nunca te olvido y que fuiste inspiración para sus pajas nocturnas. Ya conté el caso de Rodrigo, hijo de una amiga y compañero de mis hijos en la escuela primaria. Lo escuché en confesión siendo él un adulto muy “ensabanable” y me chorreé en los calzones cuando me pidió cumplirle aquellas fantasías infantiles. ¡Obvio que se las cumplí! Va la historia de cómo sucedió (la transcribo de lo que publiqué en otra página, de la cual me banearon).
A mis 40 años, coincidimos Rodrigo, doctor en ciencias políticas de 27 años, y yo, de 40, en una presentación de un libro de la que a mí me habían encargado la organización del evento y él era uno de los comentaristas. Él me reconoció en el acto y yo, de no haber sido porque leí su nombre cuando preparaba los identificadores no lo hubiese reconocido.
–¡Hola, Tita, cuántos años sin vernos! –me dijo tomándome de ambas manos y dándome un beso, luego un abrazo el cual aprovechó para estrecharme muy bien y apretar mi pecho contra el suyo.
–¡Uy, qué guapo estás! y se nota que ya eres todo un hombre! –le respondí cuando sentí su turgencia en mis piernas.
La presentación se dio sin mayores contratiempos y con la asistencia de un público regular. Después un brindis de honor y la firma de libros por parte del autor, Rodrigo se desocupó pronto y me abordó para platicar.
–Sigues igual de bella, los años no pasan por ti –fue lo primero que me dijo mirando mi escote.
–Gracias por el cumplido. Ya estoy más vieja que cuando dejé de verte y tú aún estudiabas la preparatoria. Basta con ver cómo has crecido –repliqué.
–No es cumplido. Antes me embobaba cada vez que te veía cuando ibas a platicar con mi mamá y sigo embobado al verte ahora. Durante mucho tiempo recordé algunas cosas que platicaste con mi mamá. Yo me escondía atrás de un mueble que estaba pegado a uno de los accesos de la sala y ustedes creían que yo estaba en mi cuarto.
–¡Ay, Dios! ¡Qué cosas habrás escuchado! –dije sonrojándome un poco y tratando de cubrir mi rostro con una mano.
–Imagina cuantas, que durante años fuiste mi inspiración en las noches y en mis sueños. Por eso, ahora que te vi me dio mucho gusto ver que sigues estando bella. Pero quiero que vayamos a cenar para seguir platicando, ¿puedes…? –Me dijo tomando una de mis manos para darle un beso.
–No sé… Eres como quince años más chico que yo y todo un doctor ¿Qué interés puedes tener en una plática conmigo? –contesté forzándolo a que se acercara pronto a decir lo que yo adivinaba.
–Vamos a cenar y allí te lo cuento –dijo.
–Bueno, pero antes debo verificar que todo quede en orden aquí, pues soy la responsable del evento.
Me llevó a un restaurante cercano y platicamos de su mamá, de su vida, de la mía. Me dijo que estar una noche conmigo era una de sus mayores fantasías desde adolescente y que algún día deseaba cumplir. No tuve empacho en contarle que hacía tiempo que tuve problemas con mi marido y erré sin pareja estable, pero que eso ya se había solucionado al aceptar mi marido mi condición ninfómana para vivir junto a mí.
–Probablemente, escondido escuchaste algunas de esas historias mías –. Él aceptó moviendo afirmativamente á cabeza–, pero al regreso con mi marido, yo también tuve que aceptar algunas aventuras de Saúl –Rodrigo sólo sonrió enigmáticamente y luego se perdió su vista en lontananza.
¡Esa noche en su departamento fue grandiosa para mí!, pues su fogosidad y su trato me mostraron que era cierto que había fantaseado mucho tiempo conmigo.
–¿Más…? –le pregunté cuando, por tercera vez me quería penetrar.
–¡Sí, más! No me importa que muera por exceso de felicidad, tratándose de una hembra tan bella… ¿Sabes qué se me antoja? –me preguntó.
–¿Qué?
–Siempre quise tomar mermelada en tu pecho, ¿me dejas?
–Ja, ja, ja. ¿Cómo, si yo no tengo? Me refiero a la mermelada, ja, ja, ja–dije.
–Tú pones el pecho y yo traigo la mermelada, ahorita vas a ver… –contestó y fue a la cocina.
Regresó con un frasco de mermelada de fresa y otro de cajeta. Me acostó y me embarró un poco en cada teta. Me dio un beso en el ombligo y después se acostó a mi lado.
–Ahora quiero que mamarte mientras te cuelgan. Esta vaquita no tendrá leche, pero está muy dulce… dijo y me empezó a mamar delicadamente. Mientras me chupaba las tetas yo sonreía por la ocurrencia y le ofrecía una y luego la otra. Mamó y mamó, hasta que me las dejó limpias– Gracias –dijo antes se darme un beso con sabor a dulce.
–¿Estuvo rico?, ¿aunque la vaca no tuviera leche? –pregunté tomando un poco de mermelada con la cuchara y se la embarré en la verga.
–Ahora quiero probar el dulce, hasta que sepa a leche Ponte en cuatro, para que te esta vaca te vea como posan los sementales… –le dije y primero lamí una a una sus bolas, luego me puse a mamar como bebé…
En la mañana, apenas despertamos desayunamos lo que quedaba en nuestros sexos, después me hizo tener muchos orgasmos antes de eyacular en mí. En la ducha volvimos a tener más sexo, esta vez me dio por el ano. Me llevó a desayunar y me dejó en mi casa. Volvimos a vernos tres veces más para continuar haciendo realidad sus fantasías. Una de ellas incluyó masturbarnos frente a frente y al terminar lamí el dorso de su mano para tomar el semen que la cubría y pedí que hiciéramos “el 69”, cómo íbamos a desaprovechar lo que nos escurría…
Por cierto, hace unos meses murió su madre y hasta entonces Saúl, mi marido, me confesó que se tiró a mi amiga cuando Rodrigo era niño y yo sospecho que la madre se lo dijo alguna vez a su hijo, eso explicaría perfectamente su sonrisa enigmática y la mirada hacia lo lejos, pues éste le avisó a mi esposo y no a mí de la muerte de mi amiga pidiéndole encarecidamente que asistiéramos al funeral. Nunca lo hubiera imaginado si no me lo cuenta Saúl 35 años después.




Ya nos habías contado de Rodrigo. En un relato con un yogui. Pero lo interesante es que la mamá de Rodrigo también fornicó con tu marido. No creo que ella se lo haya contado a su hijo, seguramente él los vio coger, así como escuchaba lo que ustedes platicaban. Cuéntanos lo que te dijo Saúl, no creo que te hayas quedado con el «A ella también me la cogí»
Efectivamente, no me quedé sólo con la mención, exigí que me lo contara, pero al poco de que inició, lo cacheteé y lo insulté. Saúl solamente me miró sonriendo. «Sé que tú has cogido con más personas que a las que yo he aceptado cogerme, pero no te pegaría por eso», dijo y se salió del cuarto.
La verdad, sólo cuando me contó de su hermana y la mía, no le pegué. Pero en todos los otros casos, le he dejado las marcas de mi mano en la cara.
Además de este caso con Licha, que sí me gustaría tener completo porque a ella la conocí en un grupo político y feminista sin saber que conocía a Saúl. Otro caso que me gustaría saber más es de Regina. A ver si me educo y dejo de ser agresiva para que me cuente, aunque me duela…
Creo que ya lo habías publicado.
Sí, ya vi.
Con razón te molesta no saber con quién coge tu marido. En esta ocasión lo supiste hasta que tu amiga murió, ¿por qué no lo sospechaste?
Casi tres años después que conocí a Licha, la amiga a quien me refiero en el relato, supe que ella conocía a Saúl, pero como es cinco años mayor, no pensé que ella le resultara atractiva, es decir, no sospeché…
¡Uf, qué rico te trató este bebé! Cuando di clase en 6° de primaria, los niños trataban de mirar bajo mi falda al sentarme pues el escritorio carecía de la parte que se pone para obstaculizar la visión. Sin embargo, los traía como moscas alrededor cuando traía blusa escotada.
Me divertía, pero también me emocionaba verles el pitito tieso marcado en el pantalón del uniforme. Ellos ahora ya tendrán más de 40 años, pero aunque de vez en cuando algunos pocos me encontraban y me saludaban, ya de adultos, veía que les seguía gustando verme al pecho, sin embargo ninguno me propuso algo.
¡Qué envidia me das! Supiste dejar huella profunda.
Seguramente tú también. Ya verás…
Éste ya lo leí, además traía otra aventura adicional.
Lo único novedoso que dices es que Saúl también se cogió a la mamá de Rodrigo cuando éste era niño. ¿Habrá sido venganza contra Saúl que Rodrigo te haya cogido cuatro veces? ¿Cuántas veces se apachurró tu marido a la mamá de este niño?
Si fueron cuatro, entonces sólo quería ser justo y cobrarse con la mujer de quien se apachurró a su mamá.
No lo había pensado así. Le voy a preguntar a mi marido. Y para vengarme yo, le contaré de Rodrigo, creo que él no lo sabe.
¡Órale¡ ¿Tu amiga se tiró a tu esposo sin avisarte? Qué pesado se llevan…
La primera vez ella no sabía que Saúl era mi marido, y después… no sé, quizá por eso dejó de tirárselo.