¡Con los niños, NO! (3)
Basta con esperar a que crezcan, solitos vienen a ti….
Bueno, ante mí estaba Oswaldo, el sobrino de mi amante Pablo. Ya no era aquel adolescente a quien le dije que ya se le pasaría la calentura, negándome a hacer el amor con él. Ahora se trataba de un ingeniero recientemente titulado, guapo y de buen cuerpo quien me decía “Vine para que sepas que ya soy adulto…”, con todo lo que eso conlleva, dados los antecedentes.
–Sí, se nota… –le dije acariciando su mano.
–Quiero que sepas que sí he tenido novias y usé condón con todas ellas siguiendo tu recomendación. Sin embargo, no he podido olvidarte –precisó.
–Por lo visto soy culpable de un complejo tuyo, pero yo no fui la causante, tú estuviste de mirón –aduje.
–Sí, quizá se trate de una fijación. He tenido novias hermosas y de buen cuerpo, incluido el tetamen, pero es a ti a quien sigo viéndote como una mujer sumamente bella –insistió, acariciándome los brazos.
–Gracias por el requiebro. Efectivamente, tomo nota que ya eres adulto, pero eso no quita años a los que te llevo, así que no entiendo qué quieres de mí –le precisé para que fuese más explícito.
–Sigo enamorado de ti, deseoso de sentir la forma en la que haces el amor. Te suplico que me concedas una noche o al menos una hora a tu lado antes de que me vaya a estudiar al norte –dijo y yo abrí los ojos verdaderamente asombrada–. Es verdad, Tita, hazme feliz una sola vez y nunca volveré a insistir –afirmó y me dio un beso que yo correspondí pues mis deseos también se habían disparado.
Después del beso volví a llenar las copas y al hacer el movimiento de brindis aclaré que aceptaba.
–Hoy haré mi buena acción del día. Salud por esta única vez –dije y me tomé el vino de un solo trago.
–¡Salud y gracias! –dijo Oswaldo haciendo lo mismo con el vino.
Me puse de pie y le extendí la mano para llevarlo a la alcoba. Aún faltaban unas tres horas para que llegara mi marido.
–Dispongo de dos horas para ser el hada que cumpla tu deseo –le advertí mientras lo desnudaba.
Una vez que estuvo sin ropa, lo acosté y prendí el aparato de sonido. Estaba dispuesta a darle un buen estriptís a Oswaldo, que también quedaría registrado para las cámaras colocadas por mi marido, las cuales no eran de buena resolución entonces, pero cómo le gustaba a mi cornudo ver mis deslices con mis amantes en nuestra cama matrimonial.
Me fui quitando lentamente la ropa: blusa, falda, zapatos, brasier y pantaleta. Me agachaba para que colgaran mis tetas y Oswaldo disfrutara la vista, de frente y de perfil. Desde que comencé el show, al aprendiz de ingeniero se le irguió la herramienta, nada espectacular, pero sí muy prometedora. Conforme avanzaba en mi trabajo de desnudarme comenzó a fluir el presemen, el cuál se fue distribuyendo con los jalones de verga que sonriente se daba el majo.
–Seguramente esto es lo que más recordabas de mí –dije tomándolas en cada mano para levantarlas y al soltarlas di algunos saltitos para que se agitaran.
–¡Sí!, pero también tu cara pícara y el pelambre de tu vagina de raja carmín y con labios morenos y grandes… –expresó y me abrí los labios de la vagina.
De inmediato, Oswaldo acercó su cara a mi pepa y aspiró profundamente cerrando los ojos. Me tomó de las nalgas comenzó a chupar mi clítoris. Me encantó ponerlo arrecho, me sentía yo una puta profesional.
–Este aroma me encantaba oler cuando cambiaba las sábanas de la cama de mi tío –dijo Oswaldo suspendiendo la chupada–. Me masturbaba con la sábana sobre mi cara, pensando en ti, en que yo era el motivo de ti deseo –y regresó a lamerme la concha.
–A mí también me gusta ejercitar la lengua –dije y lo obligué a colocarnos en posición de 69.
Ambos mamamos y chupamos con desesperación. Me encantó repasar sus huevos de arriba abajo y hacia los lados, también pasé a su periné cuando él intentaba meter su lengua en mi ano. Suspendí las mamadas cuando presentí que Oswaldo se vendría, pues aún faltaba más acción. Me puse sobre él y lo cabalgué un buen rato. Oswaldo miraba arrobado el movimiento de mi pecho y sus manos fueron a magrearlas; yo le acaricié las manos y él sonreía. Sin desalojar su pene de mi oquedad, me inclinó para mamarme las tetas. Abría la boca lo más que podía. Aproveché para abrazarlo y girar quedando bajo de él y lo dejé seguir mamando y moviéndose a su aire hasta que sentí la fuerza de su caliente eyaculación regándome el interior y, jadeando ambos, quedamos quietos. Sentíamos cómo escurrían nuestras excreciones a medida en que su falo perdía turgencia. Lo besé y con las contracciones de mi vagina le hice sentir algo que él no conocía. Su cara era de felicidad y quietud completas. Nos besamos y acariciamos todo el cuerpo.
Oswaldo se recuperó pronto y me poso en cuatro para montarme de perrito. Antes de penetrarme me chupó todo el trasero.
–Esta vista es la que más recuerdo de ti. Mojada por la lefa y el vello escurrido… –dijo y volvió a lamerme.
Aún no había transcurrido una hora y recibí su segunda venida en medio de un tren de orgasmos míos. “¡Dale duro ingeniero, que se note que esta señora sí te gusta!”, le dije y siguió corriéndose dentro de mí. ¡Eres la más bella de las mujeres, Tita! Decía al descargarse.
Descansamos callado de nuestra boca, pero muy comunicativos con nuestras manos y piernas.
–Antes de bañarnos, tenemos que limpiarnos muy bien con la lengua –le dije y me recorrió el cuerpo completamente con los labios y lengua.
¡Hasta los pies me chupó! No cabía duda, el patojo estaba sumamente agradecido por haberle concedido ese deseo largamente añorado. No niego que también mi ego estaba por los cielos al desatar esa pasión en un joven de 22 años. Me hizo sentir joven y deseada.
–Vamos a la ducha. Espero que aún tengas fuerzas y carga para darme un orgasmo más –le dije y lo llevé al baño.
Lo enjaboné completamente, le chupé las bolas y la verga hasta que estuvo tiesa nuevamente. Me colgué de su cuello y bajo el agua me poseyó sin poder eyacular, pero yo sí disfruté los orgasmos como la primera vez en que Saul me cargó en esas circunstancias.
Una vez que me soltó y se repuso del cansancio de hacer pesas con 50 kilos, me agaché, ofreciéndole mi grupa, que enjaboné y le dije “Aún te falta por acá”, colocando la punta de su falo en mi culo. Oswaldo entendió lo que yo quería, tomándome de las caderas y se abrió paso en mis entrañas. “¡Qué rico, nunca lo había sentido!” dijo al estar agitándose. Tardo un tiempo relativamente amplio para eyacular, con gran placer mío.
Nos volvimos a enjabonar de la cintura para abajo y nos enjuagamos contemplando nuestros cuerpos. Bueno, yo el de él y Oswaldo con la mirada clavada en mi pecho que acariciaba sin cesar.
Cerré la llave, tomé la toalla y comencé a secarlo, como hacía con mis hijos cuando eran niños. Así lo sentía a él, un menor de cuya calentura yo había abusado.
–¿Quedó satisfecho el ingeniero? –le pregunté, metiéndole la toalla entre las nalgas y sacudiendo su exangüe verga.
–Nunca había disfrutado tanto el sexo, tampoco había hecho el anal. ¡Gracias por cumplir más que mis deseos! ¡Te amo, Tita! –exclamó.
–Ts, ts… –dije negando con la cabeza–. Esas son palabras mayores…
–¡Es cierto! Son palabras nunca mejor dichas – aseguró.
–Pues yo también la pasé muy bien, fue la recompensa a mi buena obra del día.
No le permití que se vistiera. Yo le había quitado la ropa para disfrutarlo y ahora debía vestir al nene que poseí. Al terminar yo me puse una bata.
–¡Madre mía, ya no tarda en llegar mi marido! No es que te corra, pero lo más conveniente es que te vayas –dije fingiendo apuración–. Deseo que te vaya bien en la vida y que le eches muchas ganas a tus estudios de posgrado con tu tío. Pablo es muy dedicado e inteligente, aprovéchalo –contesté dándole un beso de despedida.



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