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Heterosexual

El camino de vuelta a la vida

Martín llegó a las cinco de la tarde. Lo vi detener el carro frente a la casa y permanecer unos segundos con las manos sobre el volante, como si todavía estuviera decidiendo si debía bajarse..
Desde la muerte de Javier, mi vida se había reducido a cumplir con lo indispensable y dejar que los demás se ocuparan del resto. Mi hermana hacía las compras, Martín se encargaba de algunos asuntos que habían quedado pendientes y yo encontraba una excusa cada vez que debía salir sola. Al principio, todos lo entendieron. Después dejaron de preguntarme cuándo pensaba volver a la normalidad.

Yo tampoco tenía una respuesta.

Pero esa mañana había decidido que no podía seguir viviendo de esa manera. No pretendía olvidar a Javier ni fingir que su muerte había dejado de dolerme. Solo quería recuperar algunas de las cosas que había perdido junto con él. La primera era la posibilidad de ir a cualquier parte sin tener que pedirle a alguien que me llevara.

Antes de salir, me detuve un segundo frente al espejo del recibidor. No me había arreglado para recibirlo; llevaba todo el día en casa y hacía meses que me vestía para nadie. El cabello oscuro, recogido en un moño desordenado del que se escapaban algunos mechones sobre la nuca. Un pantalón negro ajustado —de esos que llaman leggins— que me marcaba las caderas, anchas en contraste con lo demás. Y una blusa blanca de escote en V.

La blusa era lo único que no me quedaba igual. Antes me ceñía sobre el pecho; ahora la tela colgaba un poco, con un espacio de más entre el cuerpo y el algodón. Había adelgazado desde la muerte de Javier, sin proponérmelo, de la misma forma en que uno adelgaza cuando come por obligación y duerme mal: sin darse cuenta.

Me miré un instante más de lo necesario y salí al porche.

Esperé a Martín en el porche. Cuando se acercó, me saludó con un beso en la mejilla.

—Hola. ¿Cómo estás? —preguntó.

Se acercó y me saludó con un beso en la mejilla. Al inclinarse, su mirada bajó un segundo hacia el escote —rápida, casi involuntaria— y solo entonces recordé que no llevaba sostén. No era nada nuevo; en casa siempre me vestía así. Pero hacía seis meses que Martín no me veía de esta manera, y él tardó un instante de más en volver a levantarme la vista.

Era una pregunta sencilla, pero ninguno de los dos parecía saber cómo responderla. Hacía seis meses que no hablábamos a solas y, aunque Martín había estado presente durante los días posteriores a la muerte de Javier, nuestras conversaciones siempre habían ocurrido en compañía de mi familia o se habían limitado a asuntos prácticos.

—Estoy mejor —respondí, aunque no estaba segura de que fuera verdad—. ¿Y tú?

—Bien. Me alegra verte.

Asentí. No sabía qué más decirle. Durante meses había evitado las conversaciones que pudieran obligarme a hablar de Javier, de su ausencia o de cómo había cambiado mi vida desde el accidente. Sin embargo, aquella tarde no quería limitarme a intercambiar frases de cortesía con el mejor amigo de mi esposo.

—Hay algo que quería pedirte —dije.

Martín esperó.

—Necesito que me enseñes a conducir.

Me miró con sorpresa.

—¿Tú? Creí que no querrías jamás sentarte frente a un volante.

—Ya no quiero seguir dependiendo de los demás para todo.

No respondió enseguida. Martín había organizado el funeral, acompañado a los familiares y permanecido en la casa cuando yo no tenía fuerzas para atender a nadie. Era el mejor amigo de mi esposo desde la infancia.

—¿Y cómo has estado estos días? —preguntó Martín.

Nos sentamos en el porche. Él ocupó la silla que había junto a la puerta y yo permanecí en la mía, con las manos entrelazadas sobre las piernas. Al acomodarme, el pantalón negro se me estiró sobre los muslos y las caderas, y la blusa —demasiado suelta en los hombros desde que había adelgazado, pero no en el pecho— se me tensó un poco y abrió el escote más de lo que esperaba.

—Igual que la semana pasada, supongo.

—Tu hermana me dijo que estabas saliendo un poco más.

—He ido al supermercado un par de veces. También fui a la peluquería.

—Eso está bien.

Sonreí apenas. No sabía si de verdad le alegraba escuchar aquello o si intentaba encontrar algo positivo que decirme. Martín siempre había sido más reservado que Javier. Mientras mi esposo hablaba con cualquiera y encontraba la manera de hacer reír hasta al más serio, su amigo prefería escuchar y decir lo necesario.

—No tienes que preocuparte por mí —le dije.

—No he venido porque crea que no puedes cuidarte sola.

—Entonces, ¿por qué has venido?

Martín se acomodó en la silla antes de responder.

—Quería verte. Hace tiempo que no hablamos y pensé que quizá te vendría bien salir un rato de la rutina. Podemos ir a tomar un café, caminar un poco o hacer cualquier cosa que te apetezca.

Miré hacia la calle. Desde la muerte de Javier, muchas personas habían pasado por la casa con buenas intenciones. Algunas llevaban comida; otras se sentaban conmigo durante una hora, me preguntaban cómo estaba y terminaban hablando de cualquier asunto para evitar mencionar a mi esposo. Con el tiempo, las visitas se hicieron menos frecuentes. La vida de los demás continuó y la mía se quedó detenida en aquella noche que todavía me costaba recordar sin sentir un nudo en el estómago.

—A veces quisiera salir sin tener que llamar a alguien —dije.

—Puedes hacerlo. Tu hermana siempre está dispuesta a acompañarte.

—Precisamente. No quiero tener que depender de ella ni de nadie.

Martín guardó silencio. Supuse que estaba tratando de entender lo que quería decirle.

—¿Te refieres a conducir? —preguntó al cabo de unos segundos.

Lo miré.

—Sí.

Martín apoyó los antebrazos sobre las piernas. Al inclinarse hacia adelante, la distancia entre los dos se acortó, y por un momento tuve la impresión de que iba a decir algo distinto. Pero solo dijo:

—¿Y por qué no buscas una escuela de conducción?

La pregunta no me sorprendió. Era la opción más lógica y probablemente la que habría elegido antes de que Javier muriera.

—Porque no quiero empezar con un desconocido. Además, no sé cómo voy a reaccionar cuando me siente frente al volante. Prefiero hacerlo con alguien en quien confíe.

Martín me sostuvo la mirada.

—Solo que me enseñes.

Por primera vez desde que había llegado, sonrió. Fue una sonrisa breve, casi involuntaria, que me recordó al hombre que conocía desde antes de casarme con Javier.

—Sigues siendo igual de insistente.

—Y tú sigues dando demasiadas vueltas antes de responder.

—Eso se lo aprendí a Javier. Él era capaz de discutir durante media hora para terminar haciendo lo que le habías pedido desde el principio.

Solté una risa corta. No la había esperado y, cuando terminó, me sorprendió descubrir que no me sentía culpable por haberme reído. Martín rió conmigo, apenas un instante. Cuando volvió a mirarme, sus ojos bajaron hasta el escote y subieron otra vez, más despacio que la primera vez, como si ahora sí se permitiera mirar. Después la expresión se le desvaneció. Durante unos segundos, ninguno de los dos habló.

—Lo extraño —dije.

Martín bajó la mirada.

—Yo también.

No añadió nada más. Tampoco necesitaba hacerlo. Había perdido a su mejor amigo y yo a mi esposo. Eran pérdidas distintas, pero compartíamos suficientes recuerdos como para comprender que algunas cosas no necesitaban explicación.

—Entonces, ¿me vas a enseñar? —pregunté, retomando el asunto.

Martín se pasó una mano por la nuca. Se había recostado en la silla y desde ahí, con la barbilla un poco alzada, tenía de mí una vista distinta. Tardó más de lo necesario en responder.

—Está bien. Lo haremos con calma.

—De acuerdo —acepté—. ¿Cuándo empezamos?

—Mañana tengo la mañana libre. ¿Te parece a las diez?

—Me parece perfecto.

—Entonces, mañana a las diez. Lleva gafas si las necesitas para conducir.

—Las llevaré.

Nos quedamos conversando un rato más. Hablamos de asuntos cotidianos, de su trabajo y de una reparación que necesitaba hacer en su apartamento. No volvimos a mencionar el accidente ni el funeral. Cuando finalmente se levantó, la tarde empezaba a oscurecer. Se puso de pie y, por unos segundos, quedó unos centímetros más alto que yo; su mirada cayó por el escote desde arriba y volvió a subir.

Lo acompañé hasta el carro.

—Gracias por venir —le dije.

—No tienes que agradecerme. Debería haber venido antes.

—Viniste cuando pudiste.

Martín pareció querer decir algo más, pero terminó limitándose a asentir. Se inclinó para darme un beso en la mejilla y, esta vez, se quedó un instante más cerca de lo necesario antes de abrir la puerta del conductor.

—Nos vemos mañana.

—Aquí estaré.

Esperé en el porche mientras arrancaba y se alejaba por la calle. No me moví hasta que el carro desapareció al doblar la esquina.

Después entré en la casa y cerré la puerta.

A las diez en punto del día siguiente ya estaba esperando en la puerta.

Había vuelto a dudar frente al armario. Pensé en la blusa blanca, en el pantalón del leggins, y al final me decidí por unos jeans ajustados y una camiseta gris de algodón, tan delgada que se me pegaba al torso como una segunda piel. Tampoco esa mañana saqué ningún sostén. Mientras me vestía me dije que era por comodidad; ya en la puerta, no estaba tan segura.

El carro seguía en el mismo sitio donde quedó la última vez, junto a la casa, con una capa fina de polvo sobre el capó. Desde el accidente nadie lo había vuelto a mover. Verlo ahí, esperándome, me apretó el estómago. No me detuve.

Martín llegó caminando desde la esquina. Había dejado su carro unas cuadras más abajo, dijo, para que yo tuviera espacio.

—¿Lista? —preguntó.

Asentí antes de estarlo. Él abrió la puerta del conductor y la sostuvo mientras yo me sentaba. El asiento estaba más bajo de lo que recordaba. Cerró la puerta con cuidado y dio la vuelta para subir al asiento del acompañante.

Y entonces el espacio se hizo pequeño.

El carro olía a él ahora, o quizá siempre había olido así y yo nunca me había fijado. Me acomodé en el asiento y sentí la tela de los jeans estirarse sobre los muslos.

—Primero, ajusta el espejo —dijo.

Mis dedos temblaban ligeramente al tocar el retrovisor. No era solo el carro. Era tenerlo tan cerca, en un espacio donde no cabía nadie más.

—Ahora el asiento. Acércate más al volante.

Empujé el asiento hacia adelante. La palanca se resistió y Martín estiró el brazo para ayudarme; su mano quedó un instante sobre la mía y se retiró en seguida.

—Listo —dije.

—Bien. Ahora, pon el cinturón.

Me lo puse. La correa cayó en diagonal sobre mi pecho y pasó justo entre los pechos, separándolos un poco. Sin sostén, la tela no tuvo dónde esconderse: los pezones se me endurecieron contra el algodón gris y el cinturón los marcó todavía más. Cuando levanté la vista, la mirada de Martín bajó hasta ahí y volvió al frente.

Miré hacia otro lado, sintiendo un calor que me subía por el cuello.

—¿Estás bien? —preguntó.

Asentí.

—Ahora, enciende el carro.

Giré la llave y el motor cobró vida, un zumbido bajo que se me metió en el pecho. El volante vibró bajo mis manos.

—Suelta el freno de mano, despacio.

Lo hice. El carro empezó a rodar hacia adelante, apenas un palmo, y el corazón se me subió a la garganta. Miré la calle vacía y me concentré en no pensar en nada más.

—Muy bien. Sigue recto. Mantén la velocidad constante.

Aceleré un poco de más y el carro dio un tirón. La mano de Martín saltó al instante y se posó sobre mi rodilla —apenas un segundo, los dedos abiertos sobre los jeans— antes de volver a su regazo.

—Lo siento —dije.

—Está bien. Es tu primera vez. Relájate. —Su voz salió más baja de lo normal—. Los hombros. Los tienes pegados a las orejas.

Tenía razón. Bajé los hombros y respiré.

Recorrimos la cuadra despacio, con él corrigiéndome de vez en cuando: la posición de las manos, la mirada al frente y no al capó. Cada vez que hablaba, su voz me llegaba desde el costado, cerca del oído, y yo tenía que esforzarme por atender a las palabras y no a la cercanía.

En una curva suave, estiró la mano y la puso sobre el volante, sobre la mía, para corregir el ángulo. No la quitó hasta que terminamos la curva.

—Así —dijo.

Así, con su mano encima de la mía, el carro parecía conducirse solo.

Cuando llegamos al final de la calle, me indicó que frenara. El carro se detuvo y volvió el silencio, más denso que el del motor.

—¿Cómo te sientes? —preguntó.

Lo miré. Y supe, por primera vez, que la pregunta no era solo sobre conducir.

Nos quedamos así, con el motor en marcha y las manos quietas sobre el volante. El silencio se estiró.

Y entonces, sin decir nada, Martín llevó la mano hasta mi muslo.

El contacto me quemó a través del pantalón. No fue como el roce breve de antes; esta vez los dedos se quedaron, se hundieron apenas en la carne, y subieron un centímetro antes de detenerse.

—Lo siento —dijo, retirando la mano con una prisa que no encajaba con la calma que había tenido hasta ese momento.

—Está bien —dije, con una voz que apenas me pertenecía.

Podía oír su respiración, más rápida ahora, muy cerca de mí.

—¿Ves? —dijo, y por un instante no supe a qué se refería—. Se te da bien.

Sonreí, aunque la sonrisa me salió torcida.

—Gracias, Martín.

Se giró hacia mí. Y fue entonces cuando su mirada cayó, sin disimulo, hasta mi pecho: al moverme, la camiseta se me había bajado un poco y el escote se había abierto, dejando ver el comienzo de la curva de los pechos. Sin sostén y con aquel algodón gris, no había mucho que interpretar.

Esta vez no se apuró en subir la vista.

—¿Podemos volver a hacerlo mañana? —pregunté.

Asintió, todavía mirándome.

—Claro. A la misma hora.

Al día siguiente llegó diez minutos antes. Lo vi desde la ventana: esta vez no se quedó esperando en la acera, sino que caminó directo hasta la puerta y se detuvo ahí, como si tuviera prisa por llegar y a la vez no supiera qué hacer una vez llegado.

Yo había tardado más que las otras dos mañanas en vestirme. Al final me decidí por una falda corta que me quedaba justo por encima de las rodillas y una camiseta sin mangas que dejaba al aire los brazos. La falda era menos práctica que los jeans para conducir, pero me dije que el pedaleo era cosa de los pies, no de las piernas. Tampoco llevaba sostén. A esas alturas, ponérmelo ya me habría parecido una traición a algo que no sabía nombrar.

Abrí la puerta y lo miré. Él me miró a su vez, de arriba abajo, rápido pero completo.

—¿Listo para la lección de hoy? —pregunté, con una voz más firme de lo que me sentía.

Sonrió.

—Más que listo.

Cuando me senté frente al volante, la falda se me subió por los muslos. Me la bajé, pero volvió a subirse apenas moví las piernas para alcanzar los pedales, y esta vez la dejé. Martín subió al asiento del acompañante, cerró la puerta, y su mirada se detuvo un segundo justo donde terminaba la falda.

Después ajustó el cinturón, miró al frente, y ninguno de los dos dijo nada durante varios segundos.

—Bien —dijo por fin—. Hoy vamos a la calle de verdad.

—Bien —dije, con la garganta seca.

—Mira por el espejo retrovisor y gira la cabeza para asegurarte de que no venga nadie.

Miré. La calle estaba vacía a mis espaldas. Pero cuando volví la cabeza para confirmárselo, él no estaba mirando la calle. Estaba mirándome a mí. Fijo. Como si la instrucción hubiera sido solo para él.

—¿Martín?

Parpadeó.

—Sí. Sigue adelante. —Se aclaró la garganta—. Ahora, retrocede lentamente.

Levanté el pie del freno y el carro empezó a rodar hacia atrás, tan despacio que se oía la gravilla bajo las llantas.

—Bien. Ahora gira el volante hacia la derecha.

Lo hice, y el carro empezó a girar. El volante se me resistió un poco y lo giré de más.

—Un poco más —dijo.

El carro se acercó demasiado al borde de la acera.

—Lo siento.

—Está bien. Corrígelo. Gira hacia la izquierda.

Lo hice, pero demasiado rápido. El carro dio un tirón y se detuvo en seco. Y su mano volvió a posarse en mi muslo.

Esta vez, desnudo.

La falda se me había deslizado hasta arriba con el movimiento y ahora dejaba al descubierto el borde de mi tanga negra de encaje y todo el muslo. La mano de Martín quedó ahí, sobre mi piel, caliente y firme. No la retiró. No dijo lo siento. Se quedó.

Un escalofrío me subió por la pierna, siguió por la espalda y terminó en un punto bajo el vientre, donde empezó a juntarse un calor húmedo.

—Lo siento —murmuré yo, por decir algo, aunque no estaba segura de qué me disculpaba.

—No pasa nada —dijo él. Su voz salió ronca, casi un susurro.

Tenía los ojos fijos en mi pierna, justo donde descansaba su mano. Y entonces, muy despacio, el pulgar empezó a trazar círculos pequeños sobre mi piel. Cada círculo un poco más lento que el anterior. Cada círculo un poco más arriba.

Subió hasta el borde de mi tanga. Se detuvo ahí, sobre la línea del encaje.

Y ninguno de los dos volvió a mirar la calle.

Él no respondió con palabras. En su lugar, su pulgar pasó por encima del borde de mi tanga, se deslizó bajo el encaje y encontró el pliegue húmedo de mi labio. El dedo se movió despacio, explorando, y yo gemí: un sonido bajo, que salió de un sitio más hondo que la garganta.

—Javier… —empezó a decir él, y la voz se le quebró.

El dedo siguió su camino, encontró el clítoris hinchado y empezó a frotarlo en círculos lentos.

—Javier siempre decía cosas de ti —murmuró—. Cosas que un amigo no debería saber.

Abrí los ojos.

—¿Como qué?

—Como que en la cama eras… —buscó la palabra, o la midió antes de decirla—. Decía que eras una puta. Que hacías lo que él te pidiera. Que le cumplías cualquier fantasía.

El calor me subió hasta las orejas. Javier había hablado de mí con su mejor amigo. Lo había contado todo. Y Martín llevaba años sabiéndolo.

—Y tú —dije, con la voz temblorosa—. ¿Te lo imaginabas?

No respondió con palabras. Apretó los labios, y su dedo respondió por él, más rápido, con más fuerza.

Mi cabeza se echó hacia atrás contra el reposacabezas y cerré los ojos. Cada movimiento era una descarga pequeña, una oleada que me recorría entera. Las caderas empezaron a moverse solas, empujando contra su mano, pidiendo más.

—Sí —jadeé—. Sí, eso es.

Su otro brazo se estiró y sentí su mano en la nuca, los dedos entrelazándose en mi cabello, tirando un poco. Me obligó a mirarlo. Sus ojos ardían con una intensidad que me dejó sin aire.

—¿Te gusta? —preguntó, y su voz salió baja, dominante—. ¿Te gusta cómo te toco?

Asentí, incapaz de formar palabras.

El dedo se movió más rápido, presionando más, y sentí cómo el placer se acumulaba, una marea creciente que me arrastraba hacia la orilla.

—Dímelo —ordenó.

—Sí —logré decir—. Me gusta. Dios, Martín, me gusta.

Su sonrisa fue lenta, triunfante.

—Buena chica.

Y entonces se detuvo. La mano se retiró de mi entrepierna y me dejó vacía, temblando, al borde del precipicio. Abrí los ojos, confundida, frustrada.

Aquí va, con el juego de dominancia y sumisión como columna vertebral. Él no la toca para excitarla: la lee. La acusa de haberse vestido para él, y la clave es que ella lo niega con la boca mientras el cuerpo la delata —los pezones erectos desde antes de que él tocara nada—. A partir de ahí, cada orden es un paso más y cada obediencia la hunde un poco más.

—¿Por qué…? —empecé.

—Porque quiero verte. —Su mano volvió, pero no a donde estaba antes: se posó en mi rodilla y esperó—. Aunque creo que ya te he visto bastante.

Hizo una pausa.

—Te vestiste así para mí.

—No. Llevo meses vistiéndome así en casa.

—En casa no había nadie mirándote. —El pulgar dibujó un círculo sobre mi rodilla—. Tres veces nos hemos visto y las tres has salido sin nada debajo de la blusa. Y quieres decirme que no es para mí.

Abrí la boca para negarlo y no encontré el argumento.

—Tienes los pezones duros desde que subiste al carro —dijo.

Bajé la vista. Tenía razón. La camiseta los marcaba sin piedad, dos puntos que se veían incluso con la poca luz del garaje. Estaban erectos desde antes de que él tocara nada. Probablemente desde que abrí la puerta y lo vi.

—Puedes negarlo con la boca todo lo que quieras —dijo—. Tu cuerpo habla más claro.

—Querías que te viera —siguió—. Que te tocara.

Entonces dio la primera orden.

—Abre las piernas.

Las separé, con los muslos temblando. Su mirada cayó a mi entrepierna, al encaje negro que ya no escondía nada.

—Quítate las bragas.

Obedecí como una perrita a la que le dan una orden sencilla. Levanté las caderas, me deslicé la tanga por los muslos y la bajé hasta los tobillos. No supe dónde dejarla y la sostuve un momento en la mano, tonta, hasta que él la tomó de mis dedos y la dejó caer sobre su regazo. Así, con la falda subida y las piernas abiertas, me sentí más desnuda que si estuviera sin ropa.

—Tócate —ordenó—. Muéstrame cómo te tocas.

Mi mano fue a mi clítoris, ya hinchado y sensible. Empecé a frotarlo en círculos lentos, con los ojos cerrados, perdiéndome en la sensación.

—Más rápido —ordenó él.

Aumenté el ritmo, los dedos resbalando en mi humedad. El placer volvió a construirse, esa marea creciente que me había dejado el día anterior.

—Mete un dedo —dijo, y la voz le salió tensa.

Obedecí. Deslicé un dedo dentro de mí y sentí las paredes contraerse alrededor de él. Lo moví adentro y afuera mientras el pulgar seguía trabajando el clítoris.

—Así —dijo—. Así. Rápido.

Mi respiración se volvió jadeo. Las caderas empezaron a levantarse del asiento, empujando contra mi propia mano. Estaba cerca, tan cerca que el mundo se redujo a su voz y a mi dedo.

—Y ahora, detente —ordenó.

Mi mano se detuvo, pero el cuerpo siguió temblando, al borde del orgasmo. Abrí los ojos, frustrada, desesperada.

—Por favor —rogué.

—Ven aquí —ordenó. Su voz era apenas un murmullo, pero no dejaba lugar a dudas.

Me moví sin dudar. Crucé el espacio estrecho entre los asientos con la falda todavía subida y la tanga abandonada en su regazo; el freno de mano me golpeó la rodilla, la palanca me rozó el muslo y no me importó nada de eso. Solo quería llegar a él.

Su mano me agarró por la nuca y tiró de mí. Sus labios se estrellaron contra los míos.

No fue un beso tierno. Fue salvaje, desesperado, lleno de seis meses de dolor y de un deseo que ninguno de los dos se había permitido nombrar. Su lengua entró en mi boca sin pedir permiso, explorando, dominando, y yo se la devolví con la misma ferocidad, con las manos agarradas a su pelo, las uñas arañándole el cuero cabelludo.

Él gruñó contra mi boca. Un sonido ronco, animal, que me bajó por el pecho y me apretó por dentro. Yo gemí de vuelta, y él me mordió el labio inferior, lo chupó, lo soltó y volvió a besarme más profundo, como si quisiera beberse todo lo que yo tenía.

Me incliné sobre él todo lo que el asiento me dejaba. Su aliento me llenaba la boca, la barba me raspaba la piel, y por debajo del olor a limpio de su camisa había otro olor, más cálido, más suyo, que me daba ganas de acercarme más todavía.

Su mano libre bajó por mi espalda, se detuvo en la cintura y me apretó contra él. Y entonces lo sentí. La erección, dura y caliente, atravesándole el pantalón, contra mi muslo. Se me escapó un jadeo que él se tragó con la boca.

La necesidad de sentirlo, de probarlo, me consumía. Metí la mano entre nuestros cuerpos, buscando la cremallera. La encontré, la bajé con un tirón torpe y ansioso, y él levantó las caderas para ayudarme, sin dejar de besarme.

Deslicé la mano por dentro del boxer y mis dedos se cerraron alrededor de su miembro.

Estaba caliente. Más caliente que mi propia mano, más caliente de lo que esperaba. Pesado. Y pulsaba contra mi palma con cada latido del corazón, como si tuviera vida propia, como si me estuviera respondiendo.

—Joder —dijo él, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados.

Lo saqué del boxer y lo sostuve bajo la poca luz del garaje.

Era perfecta. Más larga y más gruesa que la de Javier, eso lo supe de inmediato. La piel era suave como la de un antebrazo, pero por debajo se le marcaba una vena gruesa que le recorría toda la parte de abajo, desde la base hasta perderse bajo la cabeza. La cabeza era ancha, de un rojo oscuro, brillante, y en la punta ya asomaba una gota de líquido preseminal que no se aguantaba.

Él gimió cuando mi pulgar rozó esa gota y la extendió por la punta. Rompí el beso, jadeando, y me arrodillé en el espacio limitado del suelo del coche.

La posición era incómoda. El techo bajo me obligaba a agacharme, el borde del asiento me clavaba en las costillas y una rodilla encontró el riel metálico. Él separó las piernas todo lo que pudo, echó los pies hacia atrás y me hizo sitio. No me importó lo apretado. Solo importaba él.

Desde ahí, a la altura de su regazo, su verga se veía más grande todavía. De cerca. Casi amenazante. La tenía delante de la cara, palpitando, y sentí cómo se me hacía agua la boca.

Lo tomé con las dos manos, sin apretar, solo sosteniéndolo. Lo admiré un segundo como se admira algo que llevabas mucho tiempo queriendo tocar. Luego incliné la cabeza y pasé la lengua por esa vena gruesa, desde la base hasta la punta, muy despacio, sin prisa.

Él exhaló bruscamente. Su mano volvió a mi cabello y los dedos se me enredaron ahí.

—Sí —jadeó—. Sigue así.

Hice caso. Volví a pasar la lengua, esta vez por el otro lado, dibujando la forma. Después, en círculos, alrededor de la cabeza, sin llegar a metérmela en la boca. Solo lamiendo. Solo probando. Solo aprendiéndolo.

Su sabor era salado, tibio, con algo de él que reconocía y no sabía de dónde. La gota de líquido preseminal se me quedó en la lengua y él se estremeció entero cuando la limpié.

—¿Te gusta? —preguntó con la voz tensa.

Levanté la vista, con la punta de su verga apoyada contra mis labios.

—Sí.

—Dímelo.

—Me gusta cómo sabe.

Él cerró los ojos como si le doliera.

Lo tomé. Abrí la boca y deslicé la cabeza dentro, sorbiendo suavemente, con los labios bien cerrados alrededor. La lengua trabajando por debajo. El sabor se me llenó todo.

Él gimió. Un gemido largo, desde el pecho, y sus caderas se levantaron un poco, empujando más de sí mismo hacia mi boca.

—Mierda —dijo—. Mierda, sí.

Bajé más. Lo tomé más profundo, deslizándolo hacia la garganta, con la lengua moviéndose alrededor mientras mi cabeza subía y bajaba. Sentí cómo se le tensaban los muslos a los lados de mi cara. Sentí su mano cerrarse más en mi pelo.

Me guio. Sin palabras, solo con la mano, marcándome el ritmo, subiéndome y bajándome la cabeza como si yo fuera un instrumento y él supiera exactamente qué nota quería. Me usó. Y a mí me encantó que me usara.

—Así —jadeó—. Así de profundo. Mierda, sí.

Cada vez que bajaba hasta el fondo, él soltaba un sonido nuevo. Cada vez que subía, aflojaba la mano, como para darme un respiro que yo no quería. No quería respiro. Quería más.

—No pares —dijo.

No pensaba parar.

Mientras mi boca trabajaba, noté que tenía la falda subida hasta la cintura, el aire fresco del garaje en la piel del trasero y la humedad corriéndome por dentro del muslo. Estaba tan mojada que sentía las paredes cerrarse solas, sin que nadie las tocara, solo por el sonido de él, por el sabor de él, por el peso de su mano en mi pelo.

Como si lo hubiera notado, estiró el brazo y su mano me buscó entre las piernas.

Me encontró empapada, sin ninguna resistencia. Dos dedos se me metieron de golpe y yo gemí con la boca llena, y el gemido le vibró a él por toda la verga.

—Joder —dijo—. Estás empapada.

Movió los dedos dentro de mí al mismo ritmo al que yo movía la boca. Cuando yo bajaba, él empujaba. Cuando yo subía, él me follaba con la mano. Y así, las dos cosas a la vez, la boca llena y el coño lleno, dejé de saber dónde terminaba él y dónde empezaba yo.

En una de esas bajadas lo tomé demasiado profundo y la cabeza me golpeó la garganta. Se me saltaron las lágrimas. Tosí, me separé un segundo, y un hilo de saliva se estiró entre su verga y mis labios.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —dije, con la voz ronca—. Más.

Y volví. Lo tomé otra vez, más profundo todavía, aguantando las arcadas, con la garganta apretándole la cabeza. Él soltó un gruñido que sonó casi como un insulto.

—Así, puta —dijo—. Así.

Su mano se cerró en mi cabello y me sujetó ahí abajo, sin dejarme subir. Me tuvo con la nariz pegada a su vientre, con su olor metido en mí, con la verga entera en mi garganta, hasta que empecé a ver puntitos. Y solo entonces me soltó.

—Buena chica —dijo—. Joder, qué buena eres.

Buena chica. Otra vez. Me lo dijo como se le dice a un animal que ha hecho bien su trabajo, y a mí me recorrió entera, de la nuca al coño.

Noté que estaba cerca. Muy cerca. Se le tensaba todo: los muslos, el vientre, los dedos en mi pelo. La verga le palpitaba más fuerte, más seguido, y la saliva ya me escurría por la barbilla.

—Para —dijo de pronto.

Me separé, sorprendida.

—¿Por qué?

—Porque no quiero terminar todavía.

Lo miré desde abajo. Tenía el pelo revuelto, la camisa arrugada, los pantalones abiertos y la verga saliéndole dura, brillante, más roja que antes. Y sonreía. Sonreía como si tuviera todo el tiempo del mundo.

—Ponla otra vez —dijo—. Pero despacio.

Obedecí. Volví a tomarla, esta vez lento, saboreando. Sin prisa. Solo la punta, entrando y saliendo de mis labios, con la lengua jugándole alrededor del frenillo. Escuchando cada respiración que se le cortaba, cada vez que se le tensaba el vientre, cada vez que se le escapaba mi nombre.

—Martín —dije, sin sacármela del todo, con la boca pegada a la piel.

Él se estremeció.

—Otra vez.

—Martín.

Sus dedos seguían dentro de mí, moviéndose despacio ahora, a juego con mi boca. Yo estaba al borde, y él también, y ninguno de los dos quería caer. Era como sostenerse en el aire. La falda subida, las rodillas en el suelo del coche, la boca llena y el coño apretándole los dedos, y él mirándome desde arriba con esos ojos oscuros, dueño de cada movimiento que yo hacía.

Cuando por fin me levantó la cabeza con la mano, tenía la respiración hecha trizas.

Él me sostuvo la cabeza con las dos manos, sin prisa, mirándome desde arriba mientras yo lo tomaba despacio. Los dedos le temblaban un poco. La verga le palpitaba contra mi lengua, cada vez más seguido, cada vez más fuerte.

—Mírame —dijo.

Levanté los ojos. Desde abajo, con la boca llena y las lágrimas del esfuerzo todavía en las pestañas, lo miré.

—Así —dijo, y se le quebró la voz—. No dejes de mirarme.

Subí y bajé la cabeza más rápido, ahora sí, sin la lentitud de antes. Sentí el sabor salado llenarme la boca, sus dedos todavía dentro de mí empujando a un ritmo que ya no controlaba.

Estaba al borde. Los dos estábamos al borde.

—No pares —dijo—. No pares, no pares, no…

Y entonces lo dijo.

—Córrete.

Sus palabras fueron mi perdición. El placer explotó dentro de mí, una ola de fuego que me recorrió de la cabeza a los pies. Mi cuerpo se convulsionó, las piernas me temblaron, y grité contra su verga mientras el orgasmo me sacudía con una fuerza que me dejó sin aliento, sin sentido.

Él me siguió un segundo después. Sentí cómo su verga se endureció todavía más en mi boca —un segundo de tensión total, como si todo él se hubiera detenido de golpe— y luego explotó.

El primer chorro me golpeó el fondo de la garganta. Caliente. Más caliente que nada. Espeso, con una textura que no se parecía a nada más, y un sabor salado y tibio que se me quedó pegado al paladar. Me tragué. El segundo chorro llegó antes de que terminara de tragar el primero, y el tercero me encontró con la boca ya llena.

Me lo tragué todo. Sedienta, hambrienta, sin querer perder una sola gota.

Y no fue solo tragar. Fue sentirlo bajar. Sentí el semen espeso resbalarme por la lengua, por el fondo de la garganta, cálido, dejándome un rastro que podía seguir con la imaginación hasta el estómago. Sentí cómo se quedaba ahí, pegado a las paredes, y cómo el sabor no se iba aunque él ya había terminado, aunque ya no salía nada. El sabor se me quedó en la boca como una firma.

Cuando terminó, me quedé con la verga todavía dentro, encogiéndose contra mi lengua, mientras mi cuerpo seguía temblando con las reverberaciones de mi propio orgasmo.

Lentamente la solté, levanté la cabeza y lo miré.

Tenía los ojos vidriosos. Me miraba como si no me hubiera visto nunca, como si acabara de descubrir algo.

—Puta —dijo, con la voz apenas un susurro—. Puta.

Me senté de nuevo en mi asiento. Las piernas no me sostenían. La falda estaba arrugada, el cabello desordenado, los labios hinchados. Me pasé la lengua por ellos y todavía tenía su sabor. Me sentía viva. Realmente viva, por primera vez en meses.

Nos quedamos un rato en silencio, los dos respirando fuerte, con el motor todavía en marcha. Miré por el parabrisas. El garaje. La misma pared de siempre. Apenas habíamos retrocedido dos metros desde que nos habíamos subido.

—No hemos conducido —dije.

Martín se giró hacia mí.

—¿Cómo?

—La lección. —Señalé la calle con la barbilla—. Nunca salimos del garaje. Dijiste que hoy íbamos a la calle de verdad.

Él miró hacia adelante. Miró el garaje, la puerta abierta, la calle vacía a lo lejos. Y entonces soltó una risa corta, cansada, sorprendida.

—Tienes razón.

—No he pasado de la entrada.

—Ni siquiera has pasado de la entrada.

Nos reímos los dos, de verdad, y fue raro y fue bueno, porque hacía seis meses que no me reía dos veces con la misma persona.

Martín se acomodó el pantalón y se pasó una mano por el pelo. Volvió a parecerse al hombre reservado de siempre, aunque todavía tenía las mejillas coloradas y la camisa arrugada.

—La lección de hoy ha terminado —dijo, con la voz recuperando algo de firmeza, aunque todavía le temblaba—. Mañana, a la misma hora.

—Mañana —repetí.

Bajé la vista. La tanga seguía en su regazo, donde la había dejado. Él la siguió con la mirada, la tomó entre dos dedos y la miró un segundo. Pensé que me la iba a devolver. En vez de eso, la dobló y se la guardó en el bolsillo de la camisa.

—Te la devuelvo mañana —dijo.

No pregunté por qué.

Me bajé del coche. Al cerrar la puerta, las piernas me temblaban todavía. La falda se me había vuelto a subir; me la bajé con la mano, sabiendo que no servía de nada. Él bajó por el otro lado, se acomodó la camisa y empezó a caminar hacia la esquina, donde había dejado su carro. Antes de irse, se giró.

—Descansa —dijo.

—Tú también.

Y se fue. Yo me quedé en la entrada, sin ropa interior, con su sabor todavía en la garganta y su semen todavía bajándome por dentro como un trago que no había terminado de pasar.

Entré en la casa y cerré la puerta. El silencio seguía ahí, esperándome como cada tarde. Pero esta vez el silencio no pesaba igual.

Esa noche, mientras me cepillaba los dientes, me detuve. Escupí la espuma y me pasé la lengua por el paladar. Estaba ahí. Débil, pero estaba. El sabor de Martín se me había quedado en la boca, y me di cuenta de que no quería que se fuera.

Me acosté con la falda todavía arrugada sobre la silla y el teléfono en la mano, mirando la pantalla sin verla.

Mañana, a las diez.

2 Lecturas/29 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: amigo, escuela, hermana, metro, orgasmo, puta, recuerdos, semen
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