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Heterosexual, Infidelidad, Sexo con Madur@s

El Precio de la Curiosidad

Este es un relato que ya conté, se llama «La consecuencia de una mirada indiscreta», y está escrito desde mi punto de vista. Pero probando unas herramientas digitales, pude relatar el punto de vista de la chica… Espero que les guste….
Era una tarde sofocante de verano cuando llegué a casa de mi compañera de estudios. Teníamos que terminar ese proyecto escolar que nos tenía a ambas al borde de un ataque de nervios. Toqué el timbre dos veces antes de que la puerta se abriera.

No era ella quien me recibía, sino su padre. Me sonrió con esa calma que siempre parecía rodearlo, incluso con la camisa medio desabrochada y el pelo ligeramente revuelto.

«Hola, mi hija no está, salió con su madre al centro comercial. Dijo que llegarías.»

Asentí, sintiendo un leve rubor en las mejillas. «Sí, teníamos que trabajar en el proyecto…»

«Pasa, pasa. Siéntete cómoda. Yo me voy a dar una ducha rápida porque tengo una diligencia que hacer.» Su voz era pausada, segura. «Ya conoces la casa. Como si fuera la tuya.»

Mientras desaparecía por el pasillo hacia los dormitorios, yo me instalé en el sofá de la sala, sacando mis libros y apuntes. Pero la mente no me respondía. Escuché el ruido del agua corriendo y algo dentro de mí se despertó.

No sé qué me poseyó. Quizás el calor, quizás esa curiosidad malsana que a veces me traiciona. Dejé los libros y caminé sigilosamente hacia el baño principal. La puerta estaba entreabierta, solo un par de centímetros, suficiente para crear una rendija de tentación.

Me acerqué, el corazón golpeándome las costillas. A través del vapor, lo vi. Estaba de espaldas, enjabonándose. Y luego se giró.

Mi respiración se detuvo.

Entre sus piernas colgaba algo que no parecía real. Grande, grueso, imponente incluso en estado de reposo. Sólo había visto el de mi hermano y alguno de sus amigos cuando van a casa, pero este no tiene comparación. Mis ojos se abrieron como platos. Sabía que debía alejarme, que era una intrusa, una voyeurista. Pero mis pies parecían clavados al suelo.

Él hizo un movimiento, un leve ajuste bajo el agua y produjo un ruido claro, deliberado: un carraspeo. Me estaba dando una oportunidad para huir. Lo sabía. Lo sabíamos ambos.

Pero no me moví.

Y entonces, ante mis ojos incrédulos, comenzó a cambiar. Lentamente, como una serpiente despertando, se irguió. Creció, se tensó, se transformó en una columna de carne erecta que parecía desafiar la gravedad. Mi boca se abrió, mucho más. Un calor extraño, húmedo y vergonzoso brotó entre mis piernas, que no se calmó ni siquiera sobándola. Estaba extasiada, embobada, hipnotizada.

El agua se detuvo. Salí disparada de donde estaba.

Corrí al comedor, me desplomé en una silla y agarré la primera revista que vi. Mis manos temblaban. Intenté concentrarme en los titulares, pero solo veía aquella imagen, repetida una y otra vez.

Escuché sus pasos. Salió del pasillo, envuelto solo en una toalla blanca que colgaba de su cintura. Su pelo aún goteaba. Nuestras miradas se encontraron.

Le sonreí. Una sonrisa torpe, forzada, de niña buena que no ha visto nada. «¿Listo para salir?» pregunté, con una voz que me sonó ridículamente aguda.

No dijo nada. Se acercó. Su expresión era indescifrable. De repente, su mano cerró mi muñeca con una fuerza que me sorprendió. No era brutal, pero era innegable, firme.

«Esto te pasa por andar viendo mi pene.»

Las palabras, dichas con calma, me helaron la sangre. Y luego me la hicieron hervir… De manera a muy lujuriosa.

Antes de que pudiera reaccionar, me levantó de la silla. Con un movimiento fluido, me colocó boca abajo sobre la fría superficie de madera de la mesa del comedor. Sentí el elástico de mi short negro ajustado ceder cuando lo tiró hacia abajo, arrastrando con él mi tanguita roja que me había puesto al sentirme audaz esa mañana, sintiéndome segura de mí misma. El aire fresco golpeó mi piel descubierta.

No hubo preliminares. No hubo besos, ni caricias, ni preguntas.

Sentí la punta de su pene, tan caliente y dura como la había visto, presionando contra mi entrada. Y luego, con un solo empuje profundo y sin contemplaciones, me penetró.

Un grito ahogado se escapó de mis labios. Me tapé la boca con la mano. El dolor inicial, agudo y sorpresivo, se mezcló de inmediato con una oleada de placer tan intensa que me hizo ver estrellas. Estaba siendo violada, tomada, usada. Y cada fibra de mi ser gritaba que lo quería.

No me defendí. No forcejeé. No intenté alejarme. Mi cuerpo se arqueó hacia él, invitándolo a ir más profundo.

Él embistió. Fuerte, rítmico, implacable. Cada embestida hacía que la mesa chirriara contra el piso. Mi silencio se quebró. Gemidos bajos, animales, comenzaron a escapar de entre mis dedos. Ya no podía contenerlos.

«Si… Ah… Dios…»

Él no disminuyó el ritmo. Al contrario. Una de sus manos se cerró en mi cadera, clavándome más contra la madera, mientras la otra se enredó en mi pelo. Ya no gemía. Gritaba.

«¡Así! ¡Me gusta cómo me coges! ¡Por Favor Dame Más duro!»

Las palabras, sucias y liberadoras, salieron de mí sin filtro. Admití lo que era: una chica excitada por ser tomada por el padre de su compañera de estudio, por el hombre al que había espiado hace un momento.

Sentí su ritmo cambiar, volverse más errático, más profundo. Sus gruñidos se hicieron más fuertes. Sus manos ahora se aferraron a mis hombros como garras.

«Voy a correrme adentro…» Gruñó como animal en celo.

Y en ese momento, con un último empuje que me hizo arquear la espalda hasta el límite, lo sentí explotar dentro de mí.

No se detuvo. Siguió embistiendo, bombeando su semen caliente en mi interior. Sentía cada chorro, cada ola de líquido espeso llenando lugares que no sabía que existían. Era una sensación primitiva, de posesión total, de marca.

Finalmente, se detuvo. Jadeante. Su pene, aun palpitando, se deslizó fuera de mí.

No hubo caricias posteriores. No hubo palabras dulces. Solo sentí una sonora nalgada y después el sonido de sus pasos alejándose.

Me dejó allí, sobre la mesa, con el culo al aire y mi vagina chorreando su semen caliente, y algo más, por mis muslos. Escuché cómo recogía la toalla y cómo abría la puerta.

Y justo antes de que se cerrarla, su voz llegó a mí, clara y firme:

«Para que sigas mirando mi pene cuando me baño.»

La puerta se cerró. Yo me quedé temblando sobre la mesa, sintiendo el líquido de un hombre casado escurriendo dentro de mí, sabiendo que mi vida ya nunca sería la misma… Ya que tomó mi primera vez. Y, que Dios me perdone, deseando que volviera a suceder.

4 Lecturas/24 agosto, 2026/0 Comentarios/por angeldelasfiestas
Etiquetas: amigos, baño, hermano, hija, madre, padre, semen, vagina
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