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Heterosexual, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

Ella nos vio

En casa con mi amigo David que quiere probar a Carla.
El reloj del salón marcaba las doce menos cuarto cuando cerré la puerta de la habitación de Carla con cuidado, confirmando que dormía profundamente. Había dejado entreabierta la del comedor a propósito — no quería que el chirrido de las bisagras nos delatara si ella se despertaba.

David ya estaba en el sofá, con la camiseta quitada y los pantalones de chándal bajados hasta los muslos. Su polla estaba semierecta, pesada, descansando contra su vientre. Se había tomado tres cervezas mientras esperaba, y el alcohol le había aflojado las inhibiciones.

— Cierra los ojos — le ordené en voz baja, arrodillándome sobre la alfombra entre sus piernas. — Y recuerda: piensa que soy ella.

David asintió, obediente, y dejó caer la cabeza hacia atrás. Sus párpados se cerraron, y cuando sentió mis labios envolviendo su glande, ya estaba completamente duro.

— Carla… — suspiró, y su voz sonó tan auténtica, tan llena de deseo reprimido, que sentí un escalofrío. — Sí, nena… así…

Empecé a mover la cabeza lentamente, usando la mano para acariciar su base mientras chupaba. David empezó a gemir, primero contenido, pero pronto más fuerte, desinhibido.

— Dios, Carla… qué boca tienes… con 9 añitos— jadeó, y sus caderas se levantaron ligeramente del sofá, buscando mi ritmo. — Sí, sigue… chúpame bien, nena…

Yo gemía alrededor de su polla, creando vibraciones que le hacían estremecerse. Los sonidos de la succión llenaban la habitación, húmedos, obscenos, imposibles de ignorar.

— Carla… Carla… — repetía como un mantra, cada vez más alto, más desesperado. — Voy a correrme en tu boca, nena… ¿quieres eso? ¿Quieres tragarte todo lo que me salga?

Lo que no sabíamos era que, al otro lado del pasillo, una figura se había incorporado en la cama. Los gritos de David, su nombre pronunciado una y otra vez con esa mezcla de pecado y deseo, habían atravesado la puerta entreabierta de la habitación de Carla.

Ella apareció en el umbral del comedor, descalza, con una camiseta vieja que le llegaba a medio muslo. Se quedó petrificada, una mano en el marco de la puerta, observando la escena con los ojos desorbitados.

Allí estaba su padre, arrodillado, con la cabeza subiendo y bajando entre las piernas de David. Y David, completamente entregado, con los ojos cerrados, creyendo que era ella quien lo estaba haciendo.

Carla no se movió. Solo observó, con la respiración agitada, con las mejillas sonrojadas, mientras su padre se la chupaba a su amigo pensando que era ella.

— Me corro, Carla… me corro… — David agarró mi cabeza con ambas manos, sus dedos enterrándose en mi pelo, y empujó hacia abajo mientras arqueaba la espalda.

Su polla palpitó en mi boca, y sentí la primera descarga caliente golpeando mi garganta. Tragué sin detenerme, succionando para obtener cada gota, mientras David gemía su nombre una última vez, largo y ronco, como una plegaria.

— Carla… joder…

Cuando terminó, me separé lentamente, limpiándome la comisura de los labios. David se desplomó contra el sofá, jadeante, los ojos aún cerrados, una sonrisa bobecita en el rostro.

Carla se había esfumado. Cuando giré la cabeza hacia la puerta, ya no estaba. Había vuelto a su habitación en silencio, dejando solo el eco de lo que había presenciado.

— Me voy a dormir — le dije a David, levantándome y limpiándome la boca con el dorso de la mano. — Quedate aquí un rato si quieres, pero cierra al salir.

David murmuró algo incomprensible, demasiado relajado, demasiado satisfecho para moverse. Asentí y me fui a mi habitación, dejándolo en el sofá con la tele baja y una manta encima.

***

No sé cuánto tiempo pasó. Quizás media hora, quizás una. David debió quedarse dormido en el sofá, porque cuando Carla salió de su habitación por segunda vez, él seguía allí, roncando suavemente, la polla fuera todavía, flácida ahora sobre su muslo.

Carla se acercó con pasos de felina, descalza sobre la madera. Se detuvo frente a él, observándolo dormir. Luego, sin dudar, se arrodilló exactamente donde yo había estado.

Había observado bien. Sabía cómo empezar.

Tomó la polla de David con delicadeza, sintiendo su peso muerto en su mano, y la llevó a su boca. Empezó a chupar suavemente, casi tiernamente, usando la lengua para despertarla.

David se movió en el sofá, un gemido saliendo de su garganta dormida. Su polla respondió casi inmediatamente, inflándose en la boca de Carla, endureciéndose bajo su ministración.

— Mmm… Carla… — murmuró, todavía a medio dormir, girando la cabeza hacia un lado. — Sí, nena…

Carla aceleró el ritmo, imitando lo que había visto. Usaba una mano para acariciar la base mientras su boca trabajaba en la parte superior, succionando con fuerza, creando ese sonido húmedo que había escuchado antes.

— Tan buena… — David jadeó, y sus caderas empezaron a moverse involuntariamente. — Carla… me vas a hacer correr, nena…

Lo que Carla no sabía era que David ya estaba despierto. Había sentido el cambio de manos, la diferencia en la presión de los labios, la textura de su piel joven contra la mía. Pero no abrió los ojos. Mantuvo la respiración pausada, fingiendo el sueño, dejando que ella creyera que creía que estaba soñando.

Carla se esforzaba, quería hacerlo bien. Quería que él se corriera como se había corrido con su padre. Su cabeza subía y bajaba con determinación, sus mejillas hundidas por la succión, sus ojos cerrados concentrada en la tarea.

— Voy a… — David empezó a jadear más fuerte, ya no podía contener la actuación. — Carla… me voy a correr…

Carla no se detuvo. Si acaso, intensificó el ritmo, queriendo sentirlo, queriendo saborearlo.

David explotó. Su cuerpo se tensó, sus dedos se clavaron en el cojín del sofá, y descargó en la boca de Carla con fuerza. Era la segunda vez en una hora, pero la excitación de la situación hizo que fuera abundante igual.

Carla tosió un poco, sorprendida por la cantidad, pero se recuperó rápidamente. Tragó una vez, luego otra, intentando no perder ni una gota, tal como había visto hacer a su padre.

Cuando terminó, cuando la polla de David empezó a ablandarse en su boca, ella se separó lentamente, limpiándose los labios con la manga de la camiseta. Se levantó con cuidado, mirando a David, que seguía con los ojos cerrados, fingiendo dormir profundamente.

Carla sonrió, satisfecha, secreta. Empezó a caminar hacia la puerta, hacia su habitación, con pasos ligeros.

— Gracias, Carli — dijo David, con voz soñolienta pero perfectamente audible.

Carla se detuvo en seco. Carli. Así la llamaba él desde que la conocio hace seis meses. Nadie más usaba ese diminutivo. Solo David.

Se giró lentamente, y vio que David tenía los ojos abiertos ahora, mirándola directamente, una sonrisa pícara en el rostro. No había sorpresa en su mirada, solo complicidad, gratitud, y algo más oscuro que ella aún no sabía nombrar.

Carla sintió cómo el rubor subía desde su cuello hasta sus mejillas. Se había enterado. Todo.

  • Sin decir palabra, salió del comedor y cerró la puerta de su habitación, dejando a David solo en el sofá, satisfecho, con el sabor de su secreto compartido en la lengua.
48 Lecturas/17 agosto, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: alcohol, amigo, joven, padre, polla
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