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Heterosexual, Incestos en Familia, Intercambios / Trios

En el cine

Llevo a carla al cine para que tenga una nueva experiencia .
El cine estaba prácticamente vacío al ser martes por la mañana. Yo habíamos elegido esa sesión justamente por eso, por la intimidad que nos daría una sala desierta. Pero al entrar nos dimos cuenta de que no estábamos solos. Un grupo de hombres, quizás cinco o seis, ocupaban las últimas filas. Todos solos, todos con esa mirada hambrienta que delata lo que buscan en un cine vacío entre semana.

Nos sentamos en el centro, donde la pantalla se ve perfecta. Carla llevaba una falda corta y una camiseta Carla tiene 9 años, cuerpo sin desarrollar, pezonzitos , sin pelitos un coñito rosita y como ya sabéis ya no es virgen. La película empezó, una aburrida comedia romántica que nadie en su sano juicio vería un martes por la mañana.

A los diez minutos, uno de los hombres se levantó. Alto, moreno, vestido con vaqueros y camiseta oscura. Bajó las escaleras con paso seguro y se detuvo junto a nuestra fila. Sin pedir permiso, se sentó justo al lado de Carla, dejando el asiento vacío entre ellos como una broma pesada.

—¿Te importa? —preguntó con voz ronca, aunque ya estaba sentado.

Carla negó con la cabeza, mirándome con una mezcla de nerviosismo y algo más que no supe identificar. Yo asentí, intentando parecer relajado, aunque mi corazón martilleaba con fuerza.

El hombre no perdió tiempo. Apenas pasaron dos minutos cuando su mano izquierda desapareció del reposabrazos y vi cómo se deslizaba hacia el muslo de Carla. Ella se tensó, pero no apartó la pierna. Sus dedos callosos subieron por debajo de la falda, rozando la piel desnuda, hasta encontrar el borde de sus braguitas.

—Estás mojada ya, preciosa —murmuró él, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara.

Carla gimió suavemente cuando él empujó la tela a un lado y deslizó un dedo dentro de ella. Su cabeza cayó hacia atrás contra el asiento. La penumbra del cine ocultaba los detalles, pero yo podía verlo todo. Su mano moviéndose rítmicamente, el sonido húmedo de su dedo entrando y saliendo de su coñito.

—Quítate las braguitas —ordenó él.

Carla obedeció, levantando las caderas y deslizando la prenda por sus piernas. El hombre las recogió y se las guardó en el bolsillo. Luego tomó su mano y la guió hacia su entrepierna. El bulto era visible incluso en la oscuridad, enorme y duro bajo la tela vaquera.

Carla desabrochó los botones con dedos temblorosos. Su polla saltó libre, gruesa y venosa. Ella la envolvió con su mano pequeña y empezó a masturbarlo despacio, siguiendo el ritmo de los dedos que él seguía moviendo dentro de ella.

—Así, putita, justo así —gruñó él, acercándose más.

Yo estaba paralizado, pero mi propia mano había bajado a mi bragueta. Saqué mi polla, dura y palpitante, y empecé a masturbarme al ritmo de la escena. Ver a mi hija con la mano envolviendo la polla de un desconocido, mientras él la penetraba con los dedos justo a mi lado, me tenía al borde de la locura.

Carla se inclinó hacia él. Su cabeza desapareció en su regazo. Oí el sonido de su boca abriéndose, el chupeteo húmedo, los gemidos ahogados de él.

—Joder, qué boca tienes, nena —jadeó él, agarrándole el pelo para guiarla.

Yo aceleré el ritmo sobre mi propia polla, viendo cómo la cabeza de Carla subía y bajaba en su regazo. Llevaba cinco minutos así cuando el hombre la detuvo, agarrándola por los hombros.

—Para, que me corro —dijo con voz entrecortada—. Quiero follarte.

Carla se incorporó, jadeante, los labios hinchados. Se limpió la comisura de la boca con el dorso de la mano. Pero el hombre dudó, mirando a su alrededor, quizás preocupado por las cámaras o por mí.

Me levanté, con la polla aún fuera, erguida y brillante bajo la luz tenue de la pantalla.

—Voy al baño —anuncié, como si nada—. Vuelvo en cinco minutos.

El hombre me miró, sorprendido. Carla también, con los ojos vidriosos de lujuria. Salí de la sala, crucé el pasillo vacío, entré al baño, me mojé la cara, conté hasta cien. Exactamente cinco minutos después, empujé la puerta de la sala.

La escena me detuvo el aliento.

Carla estaba sentada a horcajadas sobre él, en su regazo, con la falda levantada por completo. Su coñito envolvía su polla hasta la mitad. Se movía arriba y abajo con movimientos circulares de caderas, lento y profundo. El hombre tenía las manos en sus nalgas, abriéndolas, ayudándola a montarlo.

Me senté en mi asiento original, justo al lado de ellos. Mi polla seguía dura, saliendo de mis pantalones. Carla me vio y sonrió, una sonrisa perversa, de niña traviesa.

—Papi… —jadeó, sin detenerse—. ¿Te… te gusta lo que ves?

—Estás preciosa, Carla —respondí, con la voz ronca—. ¿Te está gustendo, hija? ¿Te gusta sentir esa polla dentro de ti?

—Sí… —gimió ella, cerrando los ojos y moviéndose más rápido—. Es grande, papi, muy grande… me llena toda…

El hombre la penetraba ahora con fuerza, embistiendo desde abajo. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con los gemidos ahogados de Carla.

—¿Dónde quieres que se corra, Carla? —pregunté, acercándome, mi mano volviendo a mi polla—. ¿En tu boca? ¿En tu cara?

Ella abrió los ojos, me miró directamente, y su expresión fue deliberada, calculada.

—En mi coñito, papi —dijo claramente, aunque bajito—. Quiero que se corra dentro… bien profundo… para que luego… para que luego tú…

No terminó la frase, pero la insinuación quedó flotando entre nosotros como un hilo conductor de electricidad.

—Hazlo —le ordené al hombre, mi voz firme—. Córrete en el coñito de mi hija. Lléntala bien.

El hombre gruñó, agarró a Carla por la cintura y la inmovilizó sobre su regazo, embistiendo una, dos, tres veces con fuerza brutal. Carla arqueó la espalda, mordiéndose el labio para no gritar.

—Joder, me corro… —jadeó él—. Me corro en este coñito tan rico…

Carla se estremeció, sintiendo cómo pulsaba dentro de ella, cómo la llenaba de semen caliente. Se quedó inmóvil unos segundos, con la polla aún enterrada en su interior, luego se levantó lentamente.

La evidencia brillaba entre sus piernas, blanca y espesa, goteando por sus muslos. Carla se volvió hacia mí, de pie entre los asientos, con las piernas ligeramente abiertas.

—Papi… —susurró, provocadora—. Se ha hecho un desastre ahí dentro… y tú tienes la lengua…

El hombre se ajustaba los pantalones, satisfecho, ignorante del juego que se desarrollaba ante él. Yo miré fijamente el regalo que Carla me ofrecía, el semen ajeno goteando de su coño abierto, la invitación implícita en sus ojos.

Mi polla palpitaba con furia. Me arrodillé en el suelo del cine, ante ella, y acerqué mi cara a su entrepierna. El olor era intenso, mezcla de su excitación y la de él.

—Eres una niña muy traviesa, Carla —murmuré, justo antes de extender la lengua y lamer el primer hilo de semen que bajaba por su muslo.

Ella se agarró a los respaldos de los asientos, gimiendo mientras mi lengua subía, recogiendo todo lo que el desconocido había depositado en su interior, limpiándola con devoción, con hambre, con la excitación de tener una hija así.

45 Lecturas/17 agosto, 2026/0 Comentarios/por benjionda42
Etiquetas: baño, cine, hija, papi, polla, putita, semen, virgen
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