la chica de la web 1
una chica es descubierta por su padre y es castigada por él .
Esta historia está basada en un relato de otro autor y que se puede encontrar en este mismo sitio, esta historia es una modificación de acuerdo a un ligero punto de vista diferente.
Capítulo 1: El Descubrimiento
La oficina olía a café viejo y papel. Martín, de 50 años, con el cabello entrecano y un cuerpo que aún conservaba la fuerza de su juventud, estaba revisando informes cuando su teléfono vibró. Era un mensaje de su amigo Raúl.
«Mira esto. No te lo vas a creer.»
Un link. Martín frunció el ceño, pero hizo clic. La página cargó lentamente, y cuando la imagen apareció en su pantalla, su corazón se detuvo.
Era su hija. Débora. Su princesa de quince años.
Estaba completamente desnuda, sentada en su cama, con las piernas abiertas. Su piel morena brillaba bajo la luz de su habitación, sus grandes pechos naturales que se habían formado prematuramente se movían suavemente mientras ella se tocaba, sus pezones rosados y saltones erectos como pequeños chupones. Sus piernas gruesas y su culo redondo y parado muy bien torneados, producto de años de deporte, se apoyaba sobre sus talones, y sus exquisitas piernas estaban abiertas, mostrando su coño húmedo y brillante.
Martín sintió una mezcla explosiva de shock, ira y una excitación que lo avergonzaba profundamente. Su pequeña niña. Su ángel. Estaba ahí, en una página de webcams pretendiendo ser mayor de edad, masturbándose para desconocidos.
El teléfono volvió a vibrar.
«¿Ves? Te dije que estaba lista para recibir una buena verga dentro de ella.»
Martín apretó la mandíbula. Su sangre hervía. Todos esos años deseándola en secreto, conteniéndose por respeto, por miedo… y ella había estado haciendo esto a sus espaldas. Era una puta. Una maldita puta.
Y él había sido un tonto por pensar que ella era una niña inocente en lugar de haberla tomado antes.
Esa noche, mientras ella dormía, Martín hizo planes. Su mujer, madre de Débora, había salido de viaje por una convención en la que ella sería una de las expositoras, dejándolos a él y a su hija solos en la casa por una semana completa.
Martin al día siguiente muy temprano por la mañana llamó a su trabajo y pidió permiso para ausentarse. «No me siento bien», dijo. Por supuesto era mentira. Nunca se había sentido mejor, pero dado que era un trabajador constantemente y eficiente, no tuvo problema.
Así que Martín fingió irse al trabajo como siempre. Débora lo despidió con un beso en la mejilla, su rostro inocente, su sonrisa angelical. Él sonrió de vuelta, pero por dentro, su mente ya estaba maquinando algo perverso.
Esperó una hora en su auto, estacionado a dos calles de distancia. Luego regresó a casa, entrando por la puerta trasera con su llave. Se movió sigilosamente por el pasillo, deteniéndose frente a la puerta de su hija. Estaba entreabierta.
Se asomó. Débora estaba frente a su laptop, desnuda, ajustando la cámara. Se había puesto un pequeño trípode y estaba iluminando la habitación con luces rosadas. Martín observó, fascinado y furioso, mientras ella se sentaba en la cama, abría las piernas y comenzaba a hablarle a la cámara.
«Hola, chicos», dijo con una voz dulce que Martín apenas reconocía. «Hoy tengo algo especial para ustedes. Espero que les guste.»
Se recostó, sus grandes pechos derramándose a los lados de su pecho. Comenzó a tocarse, primero los senos, jugando con sus pezones, luego bajando lentamente la mano hacia su vientre, hacia su entrepierna.
Martín se desnudó en el pasillo, dejando su ropa en un montón. Su erección era dolorosa, pulsante. Se acercó sigilosamente, entrando en la habitación sin hacer ruido. Débora estaba recostada boca arriba sobre su cama, sus piernas bien abiertas apuntando a la entrada de la habitación, tenía las rodillas flexionadas y la planta de sus pies sobre la cama, por lo que su coño húmedo y brillante por el lubricante natural del mismo debido a la estimulación de la masturbacion de la excitación de la chica, estaba completamente expuesto a la mirada de Martín.
Ella cerró los ojos, perdida en su propio placer, sus dedos jugando con su clítoris.
Martín abrió la puerta sigilosamente se movió rápido. Se arrodilló frente a ella entre sus piernas, alineando su polla con su entrada casi a una velocidad increíble. Cuando ella retiró la mano de su propio coño, él empujó.
El grito de Débora fue ahogado por la sorpresa. Su cuerpo se tensó, sus manos buscando apoyo mientras algo enorme y duro entraba en ella. Martín gruñó, sintiendo la resistencia, la estrechez.
«¡No! ¡Papá, no! ¡Para!» gritó ella, tratando de alejarse, pero él la sujetó por las caderas, clavándola en su lugar.
«¡Cállate, puta!» gruñó él, comenzando a moverse. «¡Esto es tu castigo! ¿Creías que no me enteraría de lo que haces? ¿Masturbándote para desconocidos? ¡Eres una maldita zorra!»
«¡No! ¡Yo no… por favor! ¡Duele!» lloraba ella, sus manos arañando las sábanas, su cuerpo temblando.
Martín sintió algo que lo detuvo por un segundo: resistencia. Una barrera. Luego, con un empujón más fuerte, la rompió. Débora gritó, un sonido desgarrador, mientras él sentía su polla abrirse paso a través de su himen.
Era virgen. Su hija era virgen.
Eso lo excitó más que cualquier otra cosa en su vida. «¡Mira eso! ¡Eras virgen! ¡Y yo soy el primero! ¡Yo, tu padre, soy el primero en follarte!»
«¡Nooo! ¡Por favor, para! ¡Te lo suplico!» sollozaba ella, sus enormes tetas rebotando con cada embestida, sus piernas tratando de cerrarse, pero él las mantenía abiertas con su peso.
Martín no paró. Al contrario, arreció el ritmo. Sus caderas chocaban contra el coño de Débora con fuerza, haciendo que su carne temblara. Podía sentir cada centímetro de su polla dentro de ella, la calidez, la humedad, la estrechez.
«¡Eres mía!» rugió. «¡Siempre has sido mía! ¡Y ahora lo sabes!»
Débora lloraba, su cuerpo sacudido por los embates. Podía sentir cómo él la llenaba, cómo su polla golpeaba el fondo de su coño, cómo su padre la estaba violando en su propia cama, frente a la cámara que aún estaba encendida.
Martín sintió la presión acumularse. Su orgasmo era inminente. «¡Voy a llenarte, puta! ¡Voy a dejar mi semen dentro de ti!»
«¡No! ¡No te corras dentro papá! ¡Por favor, soy tu hija!» gritó ella, pero era inútil.
Con un rugido, Martín se corrió, su polla pulsando mientras descargaba torrentes de semen caliente dentro de ella. Débora sintió el líquido espeso llenándola, y un grito de horror escapó de sus labios. «¡Nooo!»
Martín se quedó dentro de ella un momento, disfrutando de la sensación, sintiendo cómo su semen se mezclaba con la sangre de su virginidad rota. Luego, sin previo aviso, la agarró por el cabello y la volteó, poniéndola de rodillas, sus manos sobre el colchón, y su culo en alto.
«¡No! ¡¿Qué haces?!» gritó ella, tratando de levantarse, pero él la empujó de vuelta.
«Todavía no termino», dijo él, alineando su polla aún húmeda con su ano. «Ahora voy a tomar esto también.»
«¡No! ¡Por favor, no! ¡Ahí no! ¡Duele mucho!» suplicó ella, pero él ya estaba empujando.
La resistencia fue mayor, pero Martín era implacable. Poco a poco, su polla se abrió paso, estirando el esfínter de Débora hasta que finalmente se deslizó dentro. Ella gritó, un sonido agudo y desgarrador, sus uñas clavándose en el colchón.
«¡Mierda, qué apretada estás aquí!» gruñó él, comenzando a moverse. «¡Me encanta! ¡Tu culo virgen es una maravilla!»
«¡Duele! ¡Para papá! ¡Te odio! ¡Te odio!» sollozaba ella, su cuerpo temblando, sus lágrimas empapando las sábanas.
Martín la folló por el ano con la misma ferocidad que con su vagina, sus caderas golpeando su tremendo culo tonificado, sus manos agarrando sus caderas con fuerza. El dolor de Débora era palpable, pero él no sentía nada más que placer.
«¡Voy a llenar tu culo también!» gruñó, y con un último empujón, se corrió de nuevo, su semen caliente inundando su intestino.
Débora colapsó sobre la cama, jadeando, llorando, su cuerpo roto. Martín se retiró, su polla cubierta de fluidos mezclados, tomo solo un par de minutos para recobrar la ereccion por completo y la agarró del cabello, tirando de ella hacia arriba.
«Ahora, abre la boca», ordenó.
«¡No! ¡Déjame en paz!» gritó ella, pero él le agarró la mandíbula, forzándola a abrir la boca, y metió su polla sucia dentro.
«¡Chúpala! ¡Límpiala!» exigió, moviendo sus caderas, follando su garganta sin piedad.
Débora sentía que se ahogaba, sus ojos llenos de lágrimas, sus manos empujando contra sus muslos, pero él era demasiado fuerte. Él la folló en la boca hasta que sintió el orgasmo acumularse de nuevo.
«¡Traga todo!» rugió, y se corrió, disparando su semen directamente en su garganta.
Débora no tuvo más remedio que tragar, el líquido espeso y salado deslizándose por su garganta mientras tosía y lloraba.
Martín se retiró, satisfecho. Se limpió la polla con la sábana y se vistió lentamente, mirando a su hija, que yacía en la cama, desnuda, cubierta de semen y sangre, sollozando.
«Esto es solo el comienzo», dijo él, saliendo de la habitación. «Te veré esta noche.»
Débora quedó sola, temblando, su cuerpo adolorido, su mente en blanco. Pasaron los minutos, quizás horas. Finalmente, con un esfuerzo sobrehumano, se arrastró hacia su laptop para apagarla.
Pero la pantalla estaba llena de notificaciones.
«¡Dios mío, eso fue increíble!»
«¡Tu papá te folló como una puta!»
«¡Queremos más!»
«¡Te hemos enviado $5,000!»
«¡La próxima vez, deja que te veamos hacer algo aún más depravado!»
Débora miró la pantalla, atónita. El contador de donaciones seguía subiendo. Cientos de dólares. Miles. Más dinero del que jamás había imaginado.
Su cuerpo estaba roto, su virginidad arrebatada por su propio padre, su ano desgarrado, su garganta llena de semen.
Pero su cuenta bancaria… estaba llena.
Y en el fondo de su mente, una pequeña, oscura parte de ella se preguntó: ¿Qué más estaría dispuesta a hacer por ese dinero?

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