La Chica del Motel Coral Bay
Elías despertó cuando el olor a café llenó la habitación. Durante un instante no recordó dónde estaba. Fue el sonido del aire acondicionado defectuoso, la lluvia golpeando las ventanas y aquella fragancia amarga flotando en la oscuridad del cuarto lo que le hizo volver la memoria..
El Motel Coral Bay, en la carretera 98.
Abrió los ojos lentamente.
La habitación estaba apenas iluminada por el neón rosado del letrero exterior, que se filtraba entre las cortinas como sangre diluida. Sobre la mesa, junto a una pistola desmontada y un cenicero lleno, una taza humeante.
También había un sostén negro tirado junto a la lámpara.
En el Coral Bay las puertas rara vez significaban privacidad.
Los empleados entraban a las habitaciones constantemente: para revisar daños, apagar cigarrillos mal apagados, sacar jeringas olvidadas o comprobar que algún huésped borracho siguiera respirando.
Valeria llevaba tres años trabajando allí.
Había visto hombres armados dormir abrazados a escopetas, parejas cubiertas de sangre después de pelear y fugitivos desaparecer antes del amanecer dejando fajos de billetes sobre las mesas de noche.
El miedo dejó de detenerla mucho tiempo atrás.
Acababa de dejar una taza de café para él sobre la mesa de noche y noto el momento exacto en el que él giraba la cabeza.
Elías Mora debía rondar los cuarenta. Quizá más.
Era difícil saberlo con precisión.
El cabello oscuro, apenas salpicado por algunas hebras grises, estaba desordenado. Tenía barba de varios días.
La joven se sentaba junto a la ventana con otro vaso de café entre las manos. Veintidós años, cabello oscuro recogido y una camiseta demasiado grande para ella.
Valeria Ortega.
La recepcionista.
La única persona en años que no había salido corriendo después de escuchar su nombre.
Elías se incorporó despacio, observándola con esa calma peligrosa que hacía sentir incómoda a la gente.
—Entraste sin permiso.
—La puerta estaba abierta.
Valeria había usado esa misma excusa demasiadas veces.
En el Coral Bay, una puerta abierta podía significar muchas cosas: clientes drogados, cadáveres, sexo, robos o simplemente alguien demasiado borracho para cerrarla.
Pero aquella habitación era distinta.
Desde que Elías llegó, el ambiente entero del motel parecía haberse tensado alrededor de él.
—Eso no quiere decir que pudieras entrar.
Ella dio otro sorbo al café.
En el estacionamiento, el letrero del Coral Bay parpadeó otra vez, tiñendo la habitación de rojo intermitente.
Valeria llevaba toda la noche intentando descifrar quién era aquel hombre.
Porque desde que él había llegado, dos huéspedes de diferentes habitaciones abandonaron el motel sin recoger sus pertenencias, y hacía apenas una hora, un policía estatal apareció en recepción preguntando si alguien había visto una Chevrolet negra con características similares al carro de Elías .
Elías se levantó finalmente.
—Parece que no sabes quien soy —dijo.
Valeria sostuvo su mirada.
—Creo que eres alguien al que… la gente le tiene miedo.
Valeria sintió un escalofrío recorrerle los brazos.
—La gente tiende a temerme, sí. —dijo él mientras tomaba la taza de café sobre la mesa. Sus ojos descendieron apenas un instante hacia las tetas de Valeria antes de volver a subir.
Fue un movimiento rápido.
Automático.
—A veces ni siquiera saben por qué deberían hacerlo.
Solo entonces ella apartó la vista hacia su cuerpo.
Elías estaba desnudo.
No muy visible bajo la luz de neón rosado, pero era imposible no notar la dureza de aquella verga: ligeramente curvada hacía la izquierda.
No había vergüenza en él.
Ni incomodidad.
Valeria intentó sostenerle la mirada, pero descubrió que era difícil pensar con claridad teniéndolo así,
Elías bebió otro sorbo de café.
—El policía volverá —dijo ella, obligándose a sonar firme.
—Sí.
—¿Vienes huyendo de algo? —preguntó con una inocencia que no concordaba con la mirada calculadora en sus ojos azules.
Elías sostuvo su mirada demasiado tiempo.
Valeria tuvo la incómoda impresión de que él estaba más atento a la manera en que ella respiraba que a las preguntas que hacía.
Valeria tragó saliva.
No había entrado únicamente por curiosidad.
Elías activaba todos los instintos que el Coral Bay le había enseñado a reconocer.
Los hombres peligrosos siempre llegaban igual: solos, tarde en la noche, pagando en efectivo y observando demasiado.
Pero había algo distinto en él.
Los otros huéspedes habían abandonado el motel apenas escucharon su nombre. Un policía estatal apareció preguntando por un automóvil que coincidía con el suyo. Y aun así, Elías dormía como si nada pudiera alcanzarlo.
Valeria debería haberse mantenido lejos. Pero su mente le estaba jugando una mala pasada. Porque cualquier persona sensata lo habría hecho.
Pero trabajar tres años en aquel motel había deformado algo dentro de ella. El miedo y la curiosidad comenzaron a parecerse demasiado.
Y ahora, parada frente a él, comprendió que había cruzado una línea desde el momento en que decidió entrar con aquella taza de café.
Entonces ocurrió.
—No debiste haber entrado a mi habitación —dijo Elías, su voz era un murmullo bajo. Valeria entendió demasiado tarde. Se detuvo en seco, el vaso de café temblando en su mano. La curiosidad que la había impulsado se encontró de repente con un muro de miedo, una combinación embriagadora que la dejó paralizada.
—Yo… yo solo…
Él se movió con una rapidez desarmante. Antes de que ella pudiera terminar la frase, estaba frente a ella. No la tocó, pero su presencia tan cerca resultaba ser asfixiante. Su cuerpo cubría a Valeria, sumiéndola en una penumbra que solo era rota por el parpadeo del neón.
—No se que pretendías hacer —siseó él, acercando su rostro al de ella—. Pero ya que estás acá adentro vas a procurar serme útil.
La mano de Elías subió, pero no para acariciarla. Sus dedos se enredaron en el pelo oscuro recogido de Valeria y tiraron, no con suficiente fuerza para hacerle daño, pero sí para dominarla, para inclinar su cabeza hacia atrás y exponer la delicada línea de su cuello. Ella gimió, por la sorpresa.
—Por favor… —logró farfullar.
En respuesta, Elías presionó su cuerpo contra el de ella. La erección que ella había vislumbrado ahora estaba firme y caliente contra su vientre, a través de la delgada tela de la camiseta. Era una promesa y una amenaza. Su otra mano se deslizó por la espalda de Valeria hasta encontrar el contorno de sus nalgas, que apretó con posesividad.
—Esto es lo que buscabas, ¿verdad? —murmuró junto a su oreja, su aliento caliente haciendo que un escalofrío recorriera todo su cuerpo. Para Elías, el sexo siempre era una forma de rendición.
Sin soltarle el pelo, La mano que había apretado sus nalgas, le levantó la camiseta, hasta quedar amontonada bajo sus pechos. Valeria sintió el aire frío en su piel. Los dedos de él exploraron el borde de sus panties, jugando con la tela elástica antes de deslizarse dentro.
Ella estaba húmeda. Sorprendentemente, inconfesablemente.
—Ah —exhaló Elías, un sonido de satisfacción cuando su dedo encontró su clítoris ya hinchado—. Mentirías si dijeras que no quieres esto.
Valeria no pudo negarlo. Su cuerpo respondía con una honestidad brutal que su mente no podía procesar. El dedo de él comenzó a moverse en círculos lentos, deliberados, frotando esa zona tan sensible mientras seguía inmovilizada por el puño en su pelo. Cada círculo enviaba una ola de calor a través de ella, acumulando tensión en lo más profundo de su vientre.
—Mírame —ordenó él.
Valeria abrió los ojos, que no se dio cuenta de que había cerrado. El rostro de Elías estaba a centímetros del suyo, sus ojos oscuros brillando con una intensidad que parecía ver a través de ella. La mano que tenía en su entrepierna se movió con más firmeza, mientras un dedo se deslizaba hacia abajo, penetrándola ligeramente.
Ella arqueó la espalda. Elías sonrió, una expresión cruel y excitada a la vez. Retiró la mano bruscamente, y Valeria soltó un gemido.
—Arrodillate.
Era una orden. Valeria, movida por una mezcla de miedo y un deseo abrumador, obedeció. Sus rodillas tocaron la alfombra áspera de la habitación mientras sus manos se apoyaban en los muslos de Elías. La verga estaba ahora frente a su rostro, más imponente de cerca. La piel parecía tensa sobre la dureza, y una pequeña gota de líquido brillaba en la punta.
—Abre la boca —ordenó él, su mano volviendo a enredarse en su pelo—.
Valeria obedeció, sintiendo cómo su corazón martilleaba contra sus costillas. Elías se acercó lentamente, permitiendo que la punta de su erección rozara los labios de ella antes de deslizarse dentro. El sabor era salado, masculino, y ella sintió un estremecimiento recorrerla al sentirlo llenar su boca.
—Así —murmuró él, comenzando a moverse lentamente—.
Valeria cerró los ojos, perdiéndose en la sensación, en el sabor, en el control absoluto que él ejercía sobre ella. La mano de él guiaba su cabeza, estableciendo un ritmo que la dejó sin aliento. Cada movimiento era una afirmación de poder, una demostración de que ella ya no pertenecía a sí misma, sino al hombre temido que la estaba usando.
—Mírame —ordenó de nuevo—. Quiero verte mientras te la tragas toda.
Valeria abrió los ojos, y la imagen de Elías dominándola desde arriba, con el neón rosado bañando su rostro en una luz casi demoníaca, fue suficiente para empujarla al borde. Pero él no se lo permitió.
—No todavía —dijo, retirándose bruscamente y tirándola del pelo para que se pusiera de pie—. Acuéstate en la cama.
Valeria tropezó hacia la cama, cayendo sobre el edredón desaliñado. Elías desabrochó los pantalones de ella y los deslizó con fuerza junto con su ropa interior hacía abajo. Se acostó sobre ella y sus rodillas separaban con fuerza las piernas de ella con una autoridad que no admitía discusión. Se quedó así un momento, mirándola desde arriba, su erección apoyada contra su entrepierna.
Elías sonrió. Se ajustó, y Valeria sintió la punta de su verga posicionándose en su entrada.
—Esto es lo que pasa cuando juegas con fuego —dijo él, y luego se deslizó dentro de ella en un movimiento lento y profundo que la hizo arquear la espalda y gritar.
El mundo de Valeria se redujo a la sensación de ser llenada completamente, al ritmo de sus embestidas, al sonido de su piel chocando contra la de ella en la habitación silenciosa del motel. Cada movimiento era una posesión, cada golpe una reafirmación de su dominio. Y ella, la chica del motel Coral Bay, se perdió en ese abismo.
El ritmo de Elías era implacable. Cada embestida era más profunda, más firme, empujando a Valeria contra el colchón. El neón rosado del exterior parpadeaba, pintando momentos de luz y sombra en la piel tensa de su espalda mientras se movía con una fuerza animal.
Valeria ya no distinguía el dolor del placer. Sus piernas estaban totalmente abiertas. Sus uñas se clavaban en el colchón a su espalda.
—Mírame —ordenó él de nuevo.
Valeria abrió los ojos. El rostro de Elías estaba a centímetros del suyo, su mandíbula tensa, sus ojos negros consumiéndola por completo.
—Eres una buena puta —siseó él, y las palabras fueron como una descarga eléctrica que recorrió todo el cuerpo de Valeria.
Un orgasmo devastador la sacudió sin previo aviso. Empezó como una ola en lo profundo de su vientre y creció hasta convertirse en un tsunami que la arrasó por completo. Valeria gritó, un sonido gutural, mientras sus espasmos internos se apretaban alrededor de la verga de él, que continuaba su ritmo incesante.
Elías sintió sus contracciones y un gruñido bajo escapó de su garganta. Su ritmo se volvió más errático, más salvaje. Se incorporó ligeramente, agarrándola por las caderas con ambas manos para penetrarla aún más profundamente, desde un ángulo nuevo que hizo que Valeria arqueara la espalda hasta el punto de quebrarse.
—Otra vez —exigió él, y su cuerpo obedeció.
Un segundo orgasmo, simultaneo, más intenso que el primero, la dejó sin aliento, sin fuerzas, sin pensamientos. Sus visiones se nublaron, y por un instante, el mundo se redujo a puntos blancos de placer puro. Fue en ese momento, cuando ella estaba completamente rendida, cuando Elías soltó todo control.
Con un rugido ahogado, se hundió en ella una última vez, tan profundo que Valeria sintió que llegaba hasta su alma. Sintió la pulsación de su eyaculación, el calor húmedo llenándola por dentro, marcándola como suya. Permanecieron así un momento, inmóviles, unidos, mientras el sonido de la lluvia y el aire acondicionado defectuoso volvían lentamente a su conciencia.
Cuando Elías se retiró, Valeria sintió un vacío inmediato, una pérdida abrumadora. Se quedó tendida sobre la cama, sin fuerzas para moverse, sintiendo cómo el semen de él se deslizaba lentamente por fuera de su vagina.
Elías se levantó, sin la menor vergüenza, y se acercó a la mesa donde estaba su pistola desmontada. Valeria lo observó a través de los párpados pesados, viendo cómo sus manos expertas comenzaban a ensamblarla con una calma que contrastaba violentamente con la pasión salvaje que acababan de compartir.
—Vete —dijo él, sin mirarla—. Y no vuelvas a entrar a mi habitación sin que yo te lo pida.
Valeria tardó un momento en procesar sus palabras. Lentamente, con el cuerpo dolorido y temblando, se incorporó. Se ajustó la camiseta, sintiendo el roce de la tela sobre su piel sensible. Se paró, con las piernas tan inestables que tuvo que apoyarse en la pared por un instante.
Cuando estuvo lista para caminar, se giró hacia él. Elías ya estaba en el baño, había llevado la pistola con él.
—El policía volverá —dijo ella, recordandoselo en caso de que él no la hubiera escuchado antes, su voz apenas un susurro.
Elías desde adentro le contestó.
—Ya sé.
Valeria salió de la habitación después de vestirse, cerrando la puerta suavemente detrás de ella. En el pasillo iluminado por el neón, se apoyó contra la pared, sintiendo cómo el mundo volvía lentamente a ella. Se tocó entre las piernas, sintiendo la humedad, el recuerdo de él. La chica del Motel Coral Bay acababa de descubrir que el miedo, cuando se entrega por completo, puede ser la forma más deliciosa de libertad.


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