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Fantasías / Parodias, Heterosexual, Incestos en Familia

La jaula del espectador 1

Un padre se lleva la sorpresa de su vida al ver a sus hijos haciendo el amor..
Les dejo un nuevo relato espero que sea de su agrado.

La noche en que todo cambió comenzó con el sonido familiar del crujido de la puerta principal. Carlos, de 40 años, regresaba a casa después de otra jornada interminable en la oficina, seguida de varias horas ahogando su soledad y su culpa de viudo en un bar del centro. El aire en el vestíbulo olía a cena recalentada y a silencio. Sus hijos, Diego de 23 pelirrojo atlético lleno de vida un joven rebelde que consume drogas ya no estudia con una enorme verga de 22 cm muy gruesa y Lya de 4 años un linda e inocente niña rubia de ojos verdes cuerpo delgado muy blanco parecía un pequeña muñequita, debían estar en sus habitaciones, pensó. O quizás Diego había salido, como solía hacer.

Atravesó la casa a oscuras, guiado por la tenue luz de la luna que se filtraba por las ventanas. Se dirigía directamente a la cocina, a por un vaso de agua y quizás otra copa de whisky, cuando un sonido lo detuvo en seco. No era el televisor. No era música. Era un gemido. Bajo, gutural, femenino. Procedía de la sala. Carlos pensó que su hijo estaba viendo porno o había traído alguna novia a casa.

Con el corazón golpeándole las costillas, Carlos se acercó sigilosamente al arco que daba al salón. La habitación estaba a oscuras, pero la luz de la lámpara bañaba el sofá grande. Y allí estaban.

Diego, su hijo, su espalda ancha y musculosa tensa, moviéndose con un ritmo primal. Debajo de él, arqueándose para recibir cada embestida, con las piernas en alto y enganchadas alrededor de su cintura, estaba Lya. Su Lya. Su niña. Su rostro, visible por la lámpara de mesa, estaba contraído en una expresión de éxtasis absoluto bañada en en sudor fino, la boca entreabierta, los ojos cerrados. Un gemido más largo escapó de sus labios, seguido de un susurro ronco de Diego: «Así… así me gusta, hermanita… Que rica que apretadita, eso eso puta apriétame más…»

 

Carlos sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Una oleada de frío, de puro y absoluto shock, lo recorrió de la cabeza a los pies. No. Esto no puede estar pasando. Es un sueño. Una pesadilla, una alucinación de su borrachera. Pero los sonidos eran reales. El olor dulce a sexo, y lo amargo del sudor y otros olores, empezaba a llegarle a las fosas nasales. La visión era innegable: su hijo cogiendo a su hija, en su sofá, deslizando su enorme verga estirando esa pequeña vagina, con una intimidad y una pasión que hablaban de práctica, de costumbre.

Luego, como una marea sucia que sube desde las profundidades, llegó la otra sensación. Comenzó como un calor bajo el ombligo, una punzada eléctrica e involuntaria. Su miembro, dormido y olvidado durante años, respondió con una terquedad humillante, endureciéndose contra la tela de su pantalón. La culpa lo golpeó inmediatamente después, nauseabunda y aplastante. ¿Qué clase de monstruo se excita viendo esto? Soy su padre. Debería gritar, separarlos, llamar a la policía. Pero sus pies estaban clavados al suelo. Su respiración se había vuelto superficial y rápida. Sus ojos, ardientes y secos, no podían apartarse.

Vio cómo Diego cambiaba de posición, poniendo a Lya a gatas sobre el sofá. La penetró por detrás, y el sonido húmedo y fuerte de carne contra carne resonó en la habitación silenciosa. Carlos pudo ver entonces, con espantosa claridad, cómo la verga gruesa y larga de su hijo desaparecía y reaparecía en el cuerpo de su hija. Cómo Lya estaba sujetada por la cintura mientras su hermano sin ningúna compasión le hacía una penetracion profunda, podía ver el cuerpo desnudo de su hijo moviéndose rítmicamente al compás de la danza del sexo, la pequeña Lya Lya jemia como una gata en celo. un sonido de placer tan crudo y desinhibido obligo a Carlos a sentir otra punzada de excitación, aún más fuerte, mezclada con un asco visceral hacia sí mismo.

 

Fue entonces cuando Diego giró ligeramente la cabeza. No fue un movimiento brusco. Fue casi casual, como si buscara un ángulo diferente. Sus ojos azules estaban vidriosos por el placer y quizás por algo más (Carlos olía un leve aroma a marihuana en el aire), se encontraron directamente con los de su padre, atrapados en la sombra del arco.

 

Carlos contuvo la respiración, esperando el grito de alarma, la mirada de horror, el fin del mundo.

 

Pero no llegó.

 

Los ojos de Diego apenas se ensancharon por una fracción de segundo. Luego, algo cambió en ellos. El placer no desapareció; se transformó. Se mezcló con un desafío frío, calculador, y con algo que parecía… satisfacción. Una esquina de su boca se torció en lo que no era una sonrisa, sino una muestra de desprecio. Sostuvo la mirada de su padre durante lo que pareció una eternidad, mientras sus caderas seguían bombeando contra el trasero de Lya con una fuerza renovada, casi teatral. Haciendo gritar a la pequeña perrita. Mientras le daba más duro, mientras con una mano jalaba sus rubios cabellos y con la otra le daba sonoras nalgadas. Haciendo gritar y gemir a su pequeño juguete.

 

Luego, lentamente, deliberadamente, Diego volvió a mirar hacia delante, hacia el cuerpo sumiso de su hermana. Pero el mensaje había sido enviado y recibido: Te veo. Sé que estás ahí. Y me importa una mierda.

 

Diego no solo no se detuvo; se volvió más explícito, más intenso, más sonoro. —¿Te gusta que te folle como a una perra, Lya? —preguntó, su voz clara y proyectada.

 

—¡Sí! —gritó ella, sin saber que tenían audiencia—.

 

—Dime quién es tu dueño quien puede hacer contigo lo que quiera.

 

—¡Tú, Diego! Dijo la pequeña niña gimiendo!

 

Carlos, paralizado por la culpa y una excitación que ahora lo dominaba por completo, vio cómo su hijo comenzaba a gruñir a ir más profundo anunciando su venida, tras eyacular dentro de Lya con un gruñido que era tanto triunfo como burla, dejo a la pobre niña casi desmayada jadeando en el sofá. Diego Caminó hacia la cocina, completamente desnudo con su verga aún escurriendo semen, pasando a un lado de donde su padre estaba escondido, como si fuera un fantasma. Carlos se encogió en las sombras, sintiendo el calor de la vergüenza quemándole la cara. No lo podía creer su verga estaba muy dura, no tuvo fuerzas para ir a rescatar a la niña que seguía acostada boca abajo abierta de piernas escurriendo semen de su infantil vagina ausente de vello pero totalmente profanada. Cómo si el mundo se callera se dirigió a su cuarto y se desplomó en su cama tratando de asimilar lo que había pasado.

A partir de esa noche, ya nada fue clandestino para Diego. La inacción de su padre Fue una invasión progresiva y descarada del espacio familiar, convirtiendo cada rincón en un escenario para su dominio sobre Lya y su humillación hacia Carlos.

A la mañana siguiente En la cocina, Carlos fingió dormir por resaca, así que Diego no perdió el tiempo y empinó a Lya sobre la encimera de granito, entre los restos del desayuno. Le levantó la falda del camisón y la penetró con fuerza frente a la ventana por donde entraba el sol. Los gemidos de Lya se mezclaban con el sonido del chorro de agua que Diego Había dejado abierto en el fregadero. Recorriendo toda la casa hasta la habitación de Carlos que se levantó aún creyendo que solo había sido un mal sueño. Pero no era así cuando se acercó a la cosina pudo ver a Diego cogiendo a su pequeña hermana, Carlos los espió desde el pasillo, su verga le apretaba destro de sus boxers su erección matutina le dolía no le quedó mas remedio que masturbarse con furia silenciosa contra el marco de la puerta, viendo cómo los dedos de su hijo dejaban marcas rojas en las nalgas pálidas de Lya.

La pequeña solo se dejaba coger haciendo muecas de dolor y placer mientras Diego gruñía taladrando la pequeña vagina de su hermanita.

¡A qué viene puta! Grito el joven, toma tu leche, desenchufandose de la pequeña con un movimiento la bajo al piso.

¡Abre la boca! La pequeña obedeció y recibió 5 chorros de esperma blanco y caliente los primeros chorros salpicaron el pelo y luego los ojos para finalmente llegar a la boca de la pequeña niña, Diego sentía que sus piernas se debilitaban con cada chorro que sus enormes bolas liberaban.

Mientras tanto el padre de los 2 también dejaba salir su carga espesa de leche manchando la pared y el piso. Había Sido una corrida increíble parecía adolescente. Pero después del placer llegó la culpa, regreso a su habitación sin saber cómo actuar, ¿Que debía hacer? Meditando en lo que había pasado sin decidir nada se fue a su trabajo sin ver a sus hijos que en realidad no lo extrañaban.

 

3 Lecturas/27 mayo, 2026/0 Comentarios/por Andy91
Etiquetas: cogiendo, hermana, hermanita, hermano, hija, hijo, padre, sexo
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