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Heterosexual, Infidelidad, Masturbacion Masculina

la perdida de mi vida

esta es la historia de como perdi mi vida y todo lo hay en ella.

El cielo se desfondaba sobre la ciudad en una coreografía de gris plomo y relámpagos que fracturaban la penumbra de la tarde. Las gotas golpeaban los cristales del departamento con la insistencia de nudillos metálicos. Martín giró la llave en la cerradura, su abrigo empapado pesaba como una armadura de plomo sobre sus hombros flaco. Al entrar, el silencio no era tal; era una masa densa, cargada de una humedad que no provenía de la lluvia exterior. —¿Elena? —llamó Martín, su voz apenas un hilo que se perdió en el pasillo. No hubo respuesta, solo el rugido de un verdadero no lejano. Martín dejó el paraguas goteando sobre el parquet, formando un carbón oscuro. Sus ojos recorrieron el vivir. Había algo fuera de lugar. Un rastro de prendas que no deberían estar ahí: un saco de lino oscuro, ajeno, tirado sobre el sofá de cuero, y un vaso de cristal con restos de un whisky caro cuyo aroma a turba y madera flotaba todavía en el aire, superponiéndose al perfume floral de su esposa. Martín avanzó hacia las escaleras. Cada escalón crujía bajo sus pies con la sonoridad de una sentencia. A medida que subía, el aire se volvía más pesado, impregnado de un olor almizclado, a sudor y piel caliente. Al llegar al rellano, se detuvo en seco. La puerta de la habitación principal estaba entornada, dejando escapar una franja de luz cálida que cortaba la penumbra del pasillo como una cuchilla. No escuches gritos. No escuchó el nombre de otro hombre siendo clamado al cielo. Escuchó algo mucho más visceral: el rítmico golpe de la madera del cabezal contra la pared de durlock, un sonido seco, «thump-thump-thump», acompañado por el siseo de sábanas de seda arrastrándose sobre el colchón. Eran respiraciones pesadas, casi animales, y el sonido inconfundible de la piel chocando contra la piel, un aplauso húmedo y constante que le revolvió el estómago y, al mismo tiempo, subió un fuego oscuro en sus entrañas. —Oh, Dios… —susurró Martín para sí mismo, pero no entró. Se quedó allí, petrificado, con la mano suspendida a centímetros del picaporte de bronce. Su mente voló al día anterior. Recordó haber regresado temprano y encontrar a Elena, su rubia de curvas generosas y pechos que desafiaban la gravedad, tendida en la cama. Llevaba ese mismo vestido rojo carmín que tanto le gustaba, pero estaba recogido hasta la cintura. Martín se había quedado en la sombra del marco de la puerta, observando cómo ella se masturbaba frenéticamente contra una almohada, con los ojos cerrados y la boca entreabierta. Sus tetas y pesadas rebotaban con cada movimiento de su pelvis blanca, y ella gemía algo ininteligible, sumida en una fantasía que claramente no lo incluía a él. En aquel momento, Martín no la interrumpió; se limitó a admirar la devoción con la que ella buscaba su propio placer, sintiendo cómo su propio miembro, una pieza de diecisiete centímetros de una grosura inusual, casi desproporcionada para su contextura delgada, se tensaba dolorosamente en sus pantalones. Ahora,El sonido que venía de adentro era real. No era una almohada. Era un hombre. Martín retrocedió, sus pasos amortiguados por la alfombra. Bajó las escaleras casi sin respirar, con el corazón martilleando contra sus costillas. Se desplomó en el sofá del living, frente al televisor apagado, pero la imagen de la pantalla negra solo le devolvía el reflejo de su propia derrota. La negación luchaba contra la evidencia. Quería pensar que era el viento, que Elena estaba viendo una película a todo volumen, pero el olor del extraño seguía allí. Se levantó, impulsado por una urgencia febril, y se dirigió a la lavandería. Buscó una toalla gruesa, la enrolló con manos temblorosas y agarró un par de calzas de Elena que estaban en el canasto de la ropa limpia. Volví al sofá. Necesitaba recrear lo que su imaginación proyectaba arriba. Se bajó los pantalones, liberando su verga gruesa y roma, cuyas venas palpitaban bajo la piel clara. Acomodó la toalla y la ropa formando un bulto que simulaba unas nalgas y comenzó a frotarse, cerrando los ojos, tratando de sincronizar su ritmo con los golpes rítmicos que aún se filtraban desde el piso superior. Arriba, la realidad era mucho más carnal. Juan, un hombre de cuarenta años con la espalda labrada por el gimnasio y manos que podía rodear con facilidad el cuello de una botella de litro, mantenía a Elena contra la cama. El vestido rojo de ella estaba hecho un guiñapo alrededor de sus axilas, dejando al descubierto sus enormes pechos, cuyas puntas estaban erizadas y oscuras por la succión constante. —Mírame, Elena —gruñó Juan, su voz era un barítono profundo que vibraba en el pecho de la mujer—. Mira cómo te estoy llenando. Elena soltó un jadeo entrecortado, con el cabello rubio esparcido sobre la almohada como hilos de oro sucios. —Es demasiado… Juan, por favor… —balbuceó ella, arqueando la espalda mientras sentía la invasión. Juan no se detuvo. Su pene, una bestia de veintidós centímetros de largo, entraba y salía de ella con una fuerza bruta. La penetración era tan profunda que Elena sintió el impacto directo en su cérvix, una presión sorda que la hacía ver estrellas. La vagina de Elena, inundada de jugos naturales y restos de lubricante, producía un sonido de succión, un «shlick-shlick» constante mientras la carne de Juan se deslizaba por su canal estrecho. —Te encanta que sea tan largo, ¿verdad? —preguntó Juan, dándole un azote sonoro en la nalga derecha que dejó una marca roja instantánea—. Tu marido es gordo, pero yo llego donde él ni sueña. —¡Ah! Sí… más… —Elena enterró las uñas en los hombros de Juan, sintiendo el sudor de ambos mezclarse, creando una capa resbaladiza entre sus cuerpos. Juan la giró sin delicadeza, poniéndola a cuatro patas. El trasero de Elena, prominente y firme, quedó expuesto a la luz de la lámpara de noche. Él se posicionó detrás, admirando el contraste de su piel bronceada contra la blancura de las sábanas. Con una mano,Agarró un mechón de su pelo rubio y tiró hacia atrás, obligándola a mirar hacia el techo. Con la otra, guió su enorme verga hacia la abertura empapada. —Vas a tragártelo todo —sentenció él antes de empujar con fuerza. El sonido era un «squelch» húmedo y violento. Elena gritó, pero el ruido fue ahogado por un trueno que sacudió el edificio. El pene de Juan estiraba las paredes vaginales de Elena hasta el límite, el prepucio se retraía y se deslizaba sobre el glande húmedo con cada embestida. La longitud de Juan era tal que, al entrar del todo, sus testículos golpeaban rítmicamente contra el año de Elena, un «clac-clac» de piel contra piel que añadía una capa más de perversión al encuentro. Abajo, en la oscuridad del vivir, Martín estaba poseído por la imagen. Su mano rodeaba su propia verga, que era tan ancha que apenas podía cerrarla por completo. Imaginaba a Elena recibiendo ese extraño, imaginaba el estiramiento de su carne. Sus movimientos sobre el bulto de toallas eran erráticos, desesperados. El sudor le corría por la frente, mezclándose con las lágrimas de una humillación que se transformaba en un éxtasis retorcido. —¿Te gusta así, zorra? —la voz de Juan resonó de nuevo, esta vez tan fuerte que Martín la escuchó claramente a través del techo. Martín se detuvo un segundo, el corazón a punto de estallar. -¡Si! ¡Rómpeme, Juan! ¡Más profundo! —la voz de Elena, aguda y quebrada por el placer, confirma sus peores temores y sus más oscuras fantasías. Martín volvió al joroba de almohada con una furia renovada. Se imaginaba que era él quien estaba arriba, pero con el cuerpo de Juan. Imaginaba que su grosor, esa circunferencia que siempre había sido su orgullo, se combinaba con la longitud del amante para martirizar a su esposa. En la habitación, el ritmo se volvió frenético. Juan embestía con la precisión de una máquina, sus músculos tensos como cuerdas de piano. El olor en la habitación era una mezcla embriagadora de sexo, perfume caro y el ozono de la tormenta. —Voy a correrme, Elena… Voy a dejarte llena de mí —advirtió Juan, apretando los dientes, con las venas de su cuello hinchadas por el esfuerzo. —Hazlo… ¡Hazlo ya! —suplicó ella, con la pelvis espasmódica, buscando el roce final del clítoris contra el vello púbico áspero de Juan. Juan la tomó por las caderas con una fuerza que dejaría moratones y realizó tres estocadas finales, tan profundas que Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. En la última, el pene de Juan se deslizó fuera de un milímetro debido a la lubricación excesiva, pero él volvió a clavarlo con un gruñido, inundando el fondo de su vagina con chorros calientes y densos de semen. Elena colapsó sobre las almohadas, sintiendo cómo el líquido desbordaba sus labios vaginales y escurría por sus muslos, manchando el encaje del vestido rojo que aún colgaba de sus hombros. —Eso es… quédate ahí —dijo Juan, recuperando el aliento mientras se retiraba lentamente.El sonido de la carne separándose fue un sistema húmedo, seguido por el goteo de fluidos sobre la sábana. Abajo, Martín llegó a su propio clímax casi al mismo tiempo. Su descarga fue violenta, espesa, manchando las calzas de Elena y la toalla enrollada. Se quedó allí, jadeando, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá, mirando hacia el techo donde el silencio había vuelto a reinar, roto solo por el murmullo de la lluvia que empezaba a amainar. Unos minutos después, escuche los pasos arriba. El sonido de una ducha abriéndose. Luego, el silencio de nuevo. Martín se limpió apresuradamente, se subió los pantalones y escondió la toalla y la ropa en el fondo del lavarropas. Se sentó de nuevo en el sofá, subió la televisión y puso un canal de noticias cualquiera. El volumen estaba bajo. Escuchó la puerta de la habitación para abrirse. Unos pasos pesados ​​bajaron las escaleras. Juan apareció en el living, terminando de abotonarse la camisa de lino. Se detuvo al ver a Martín sentado allí, en la penumbra. Los dos hombres se miraron. Juan no mostró miedo; en sus ojos había una mezcla de desprecio y una satisfacción animal. Martín, por su parte, mantuvo la mirada fija en la pantalla, aunque sus manos temblaban levemente sobre sus rodillas. —Buena tarde para quedarse en casa, ¿no? —dijo Juan con una sonrisa gélida, su voz todavía cargada con la aspereza del acto sexual. Martín no respondió. Solo ascendiendo levemente, un gesto casi imperceptible. Juan caminó hacia la salida, recogió su paraguas junto al de Martín y abrió la puerta. Una ráfaga de aire frío y húmedo entró en el departamento antes de que la puerta se cerrara con un clic definitivo. El silencio se volvió absoluto, hasta que Elena apareció en el rellano de la escalera. Llevaba una bata de seda blanca, pero su cabello aún estaba revuelto y sus labios lucían hinchados, desprovistos del labial rojo pero brillantes por la saliva. Sus ojos se encontraron con los de su marido. —Hola, mi amor —dijo ella, su voz suave, casi angelical—. No te oí llegar. La tormenta estaba muy fuerte. —Acabo de entrar —mintió Martín, su voz sonando extraña en sus propios oídos—. Me mojé un poco. Elena bajó los últimos escalones y se acercó a él. Se sentó a su lado en el sofá, y Martín pudo olerlo de nuevo: el rastro de Juan en ella, ese aroma a sexo ajeno que se filtraba a través del jabón de la ducha. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y Martín sintió el peso de sus pechos contra su brazo. —¿Tuviste un mal día en el trabajo? —preguntó ella, acariciándole la mano. -Largo. Fue un día muy largo —respondió él, cerrando los ojos. —Te prepararé algo de cenar —dijo Elena, levantándose. Al hacerlo, la bata se abrió ligeramente, dejando ver un destello del vestido rojo que había dejado en el suelo de la habitación y que ahora, seguramente, estaba hecho un nudo de tela y fluidos. Martín la vio alejarse hacia la cocina. Sabía que ella sabía. Y ella sabía que él lo había escuchado todo.El aire en el departamento seguía cargado, pero la tensión ya no era de incertidumbre, sino de una nueva y retorcida estabilidad. La infidelidad no era un secreto, era un invitado silencioso que ahora vivía con ellos, alimentado por la lluvia y el deseo oscuro de un hombre que prefería mirar desde la sombra. Se levantó y fue al baño. Al orinar, observe su propia verga, todavía algo sensible, su grosor imponente incluso en estado de reposo. Pensó en los veintidós centímetros de Juan. Pensó en el grito de Elena. Un escalofrío le recorrió la espalda. No era odio lo que sentía, era una excitación enferma que le aseguraba que, la próxima vez que lloviera, él volvería a quedarse detrás de la puerta, escuchando cómo su mundo se fragmentaba con cada golpe del cabezal contra la pared. Camino hacia la cocina. Elena estaba de espaldas, cortando verduras. El ritmo del cuchillo contra la tabla de madera grababa vagamente a las embestidas de Juan. Martín se acercó y la rodeó por la cintura, pegando su cuerpo al de ella. —Te ves hermosa hoy, Elena —susurró al oído de su esposa. Ella se tensó un segundo, luego se relajó, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Martín. —Gracias, mi amor. La lluvia me pone de buen humor. Martín apretó el agarre, sintiendo la suavidad de su vientre. Afuera, la tormenta se retiraba, dejando tras de sí un rastro de calles anegadas y un cielo que empezaba a mostrar jirones de una noche estrellada y cínica. En el departamento, el olor a whisky y sudor empezaba a disiparse, reemplazado por el aroma a cebolla salteada, pero en la memoria de los muebles y en la piel de ambos, la marca de lo sucedido permanecería grabada, tan indeleble como la humedad en los cimientos. —Mañana va a ser un día despejado —dijo Martín, mirando por la ventana. —Eso espero —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Aunque a veces, un poco de trueno es lo que uno necesita para sentirse vivo. Martín no dijo nada más. Se limitó a observar cómo ella seguía cocinando, con la elegancia de quien no tiene nada que ocultar porque ya lo ha mostrado todo, mientras él, en su silencio, empezaba a planear su próximo regreso temprano, esperando que las nubes volvieran a oscurecer el cielo.Camino hacia la cocina. Elena estaba de espaldas, cortando verduras. El ritmo del cuchillo contra la tabla de madera grababa vagamente a las embestidas de Juan. Martín se acercó y la rodeó por la cintura, pegando su cuerpo al de ella. —Te ves hermosa hoy, Elena —susurró al oído de su esposa. Ella se tensó un segundo, luego se relajó, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Martín. —Gracias, mi amor. La lluvia me pone de buen humor. Martín apretó el agarre, sintiendo la suavidad de su vientre. Afuera, la tormenta se retiraba, dejando tras de sí un rastro de calles anegadas y un cielo que empezaba a mostrar jirones de una noche estrellada y cínica. En el departamento, el olor a whisky y sudor empezaba a disiparse, reemplazado por el aroma a cebolla salteada, pero en la memoria de los muebles y en la piel de ambos, la marca de lo sucedido permanecería grabada, tan indeleble como la humedad en los cimientos. —Mañana va a ser un día despejado —dijo Martín, mirando por la ventana. —Eso espero —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Aunque a veces, un poco de trueno es lo que uno necesita para sentirse vivo. Martín no dijo nada más. Se limitó a observar cómo ella seguía cocinando, con la elegancia de quien no tiene nada que ocultar porque ya lo ha mostrado todo, mientras él, en su silencio, empezaba a planear su próximo regreso temprano, esperando que las nubes volvieran a oscurecer el cielo.Camino hacia la cocina. Elena estaba de espaldas, cortando verduras. El ritmo del cuchillo contra la tabla de madera grababa vagamente a las embestidas de Juan. Martín se acercó y la rodeó por la cintura, pegando su cuerpo al de ella. —Te ves hermosa hoy, Elena —susurró al oído de su esposa. Ella se tensó un segundo, luego se relajó, dejando caer la cabeza hacia atrás sobre el hombro de Martín. —Gracias, mi amor. La lluvia me pone de buen humor. Martín apretó el agarre, sintiendo la suavidad de su vientre. Afuera, la tormenta se retiraba, dejando tras de sí un rastro de calles anegadas y un cielo que empezaba a mostrar jirones de una noche estrellada y cínica. En el departamento, el olor a whisky y sudor empezaba a disiparse, reemplazado por el aroma a cebolla salteada, pero en la memoria de los muebles y en la piel de ambos, la marca de lo sucedido permanecería grabada, tan indeleble como la humedad en los cimientos. —Mañana va a ser un día despejado —dijo Martín, mirando por la ventana. —Eso espero —respondió Elena con una sonrisa enigmática—. Aunque a veces, un poco de trueno es lo que uno necesita para sentirse vivo. Martín no dijo nada más. Se limitó a observar cómo ella seguía cocinando, con la elegancia de quien no tiene nada que ocultar porque ya lo ha mostrado todo, mientras él, en su silencio, empezaba a planear su próximo regreso temprano, esperando que las nubes volvieran a oscurecer el cielo.

4 Lecturas/14 junio, 2026/0 Comentarios/por blancoynegro
Etiquetas: amante, baño, infidelidad, metro, semen, sexo, vagina, verga
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