• Link to X Link to X Link to X
  • Registrate
  • Entrar
ATENCION: Contenido para adultos (+18), si eres menor de edad abandona este sitio.
Sexo Sin Tabues 3.0
  • Inicio
  • Últimos Relatos
  • Publicar Relatos
  • Relatos Eróticos
    • Categorías de relatos
    • Buscar relatos
    • Relatos mas leidos
    • Relatos mas votados
    • Relatos favoritos
    • Mis relatos
    • Cómo escribir un relato erótico
  • Menú Menú
1 estrella2 estrellas3 estrellas4 estrellas5 estrellas (2 votos)
Cargando...
Fantasías / Parodias, Heterosexual, Incestos en Familia

Mi Chiquitín Inocente de 9 años

Verónica, una ladrona profesional, haría cualquier cosa por su hermano menor Mateo, un chico pequeño, rubio, inocente de 9 años y lleno de energía, con una pureza que derrite a su hermana mayor. Viven en un lujoso departamento gracias a los robos de Verónica.

Me llamo Verónica, tengo 18 años y soy una ladrona profesional. Nadie lo sospecharía al verme: una mujer joven, atractiva, siempre bien vestida y con una sonrisa amable. Pero por las noches me convierto en otra cosa. Robo lo necesario para mantener el lujoso departamento donde vivo con mi hermano menor, Mateo.

Mateo tiene 9 años, pero nadie lo creería. Es tan inocente, tan lleno de energía y alegría que parece un niño grande. Tiene el cabello castaño revuelto, ojos grandes y curiosos, y una sonrisa que me derrite cada vez que la veo. Lo amo más que a nada en este mundo. Es mi todo.

Esa noche llegué al departamento después de un golpe exitoso. Había conseguido varias joyas y algo de dinero en efectivo. Cerré la puerta detrás de mí y escuché sus pasitos rápidos acercándose.

—¡Verito! ¡Ya llegaste! —exclamó Mateo con esa voz alegre y enérgica que tanto me gusta.

Corrió hacia mí como un cachorrito y me abrazó fuerte, enterrando su cara en mi pecho. Le devolví el abrazo, acariciándole el cabello.

—Mi chiquitín… ¿cómo estuvo tu día? —pregunté con ternura, dándole un besito en la mejilla, luego otro muy cerca de la comisura de sus labios.

—¡Muy bien! Limpié todo el departamento, jugué videojuegos y te preparé la cena. ¡Aunque se me quemó un poquito el arroz! —dijo riendo, sin dejar de abrazarme.

Sonreí y le di otro besito, esta vez rozando ligeramente sus labios. Mateo se sonrojó un poquito, pero no se apartó. Nunca se aparta.

—Eres el mejor hermanito del mundo —le susurré al oído, apretándolo más contra mí.

Mateo levantó su carita inocente y me miró con esos ojitos brillantes.

—¿De dónde sacas las cosas bonitas, Verito? El departamento es tan grande y bonito… yo solo ayudo en la tiendita y gano poquito.

Le acaricié la mejilla y le di otro beso, esta vez más cerca aún de los labios.

—No te preocupes por eso, mi chiquitín. Tu hermanita mayor se encarga de todo. Lo único que tienes que hacer es ser feliz y dejar que te mime mucho. ¿Sí?

Mateo asintió con entusiasmo, sonriendo de oreja a oreja.

—¡Sí! Te quiero mucho, Verito.

Lo abracé más fuerte, sintiendo su cuerpo contra el mío. Sabía que algún día tendría que contarle la verdad… o tal vez no. Por ahora, solo quería seguir disfrutando de mi hermano inocente, cariñoso y lleno de energía.

Y de todas las formas en las que podía cuidarlo.

Después de la cena, nos quedamos un rato hablando en la sala. Mateo siempre está lleno de energía, contándome todo lo que aprendió en sus clases en casa. Yo insistí en que estudiara aquí, no quiero que se aleje de mí ni un segundo.

—Verito, hoy aprendí sobre los planetas —dijo emocionado, moviendo sus manitas—. ¿Sabías que Saturno tiene anillos? ¡Es increíble!

Sonreí con ternura y le acaricié el cabello, acercándome más a él en el sofá.

—Mi chiquitín es tan inteligente… —murmuré, dándole un beso cerca de los labios.

Terminamos de cenar y Mateo, con esa carita inocente que tanto amo, sacó un papel doblado de su cuaderno.

—Te hice un dibujo hoy… —dijo sonrojándose un poquito—. Somos tú y yo en el balcón, mirando la ciudad.

Lo abrí y sentí que el corazón se me hinchaba. Era un dibujo sencillo pero lleno de cariño: yo abrazándolo y él sonriendo. Lo abracé fuerte y le di varios besitos seguidos, uno muy cerca de la boquita.

—Es precioso, mi amor. Lo voy a guardar siempre.

Mateo sonrió feliz. Cuando se levantó para ir a su habitación, lo detuve suavemente del brazo.

—Espera, chiquitín… ¿puedes quedarte un ratito más? Quiero que me veas mientras me cambio de ropa.

Mateo abrió mucho los ojos y se sonrojó intensamente.

—Verito… eso está mal, ¿no? Los hermanos no deben ver a sus hermanas cambiándose…

Lo miré con dulzura y le acaricié la mejilla.

—No, mi cielo. Eso es normal entre nosotros. Somos familia, nos queremos mucho. No hay nada de malo en que me veas. ¿Verdad que confías en tu hermanita mayor?

Mateo dudó un momento, frotándose sus ojitos con sus manitas, pero terminó asintiendo tímidamente.

—S-sí… si tú dices que está bien…

Sonreí y empecé a cambiarme frente a él de forma lenta y sensual. Me quité la blusa despacio, dejando ver mi sostén negro de encaje que apenas contenía mis pechos. Luego me bajé los pantalones, moviendo las caderas, quedándome solo con la tanga. Me giré dándole la espalda y me incliné un poco para recoger la ropa, mostrándole mi culo redondo y firme.

Mateo se quedó quieto, con los ojos muy abiertos y la boquita entreabierta. Noté cómo su pantaloncito empezaba a abultarse.

Me puse una camisola corta y transparente, dejando que mis pezones se marcaran claramente. Me acerqué a él y le di un beso suave en la frente.

—Ves, mi chiquitín… no pasa nada. Es normal.

Mateo estaba rojo como un tomate. De repente se tapó su entrepierna con las manitas y salió casi corriendo hacia su habitación.

—¡Buenas noches, Verito! —dijo con voz nerviosa y rápida, cerrando la puerta detrás de él.

Me quedé sola en la sala, sonriendo mientras escuchaba los pasitos rápidos de mi Matito corriendo hacia su habitación. Sabía que en ese momento su pollita estaba durita y confundida dentro de su pantaloncito.

Mi pequeño inocente no entendía aún lo que le pasaba al cuerpo.Suspiré y me serví una copa de vino. Mientras lo bebía, no podía dejar de pensar en él. Mateo mide apenas 1.30 metros, tiene la piel blanquita como porcelana y un cabello rubio clarito que le cae sobre la frente de forma desordenada. A sus 9 años sigue pareciendo un niño grande: lleno de energía, curioso, inocente y siempre moviendo sus manitas cuando habla.

Nuestros padres murieron cuando él tenía 5 años, y desde entonces yo me hice cargo de todo. Lo crié, lo protegí y lo consentí… y en ese proceso, el amor que sentía por mi hermanito se transformó en algo mucho más profundo y prohibido.

Al día siguiente, por la noche, regresé al departamento con varias joyas caras que había robado de una joyería de lujo. Apenas cerré la puerta, escuché su voz alegre.

—¡Vero! ¡Ya llegaste!

Mateo corrió hacia mí con esa energía de siempre y me abrazó fuerte por la cintura, hundiendo su carita en mi pecho.

—Te extrañé mucho hoy —dijo con su boquita cerca de mi escote.

Le acaricié el cabello rubio y le di varios besitos seguidos, uno en la mejilla y dos muy cerca de los labios.

—Yo también te extrañé, mi chiquitín. Ven, ayúdame a guardar esto y luego te preparo la cena.

Mientras cocinaba, Mateo se sentó en la isla de la cocina, moviendo sus piernitas cortas porque apenas alcanzaba el suelo. Lo observaba de reojo: tan pequeño, tan puro… y yo cada vez más desesperada por convertirlo en hombre.

«Ya es hora», pensé mientras removía la salsa. «Mi Matito ya tiene 20 años. Debo enseñarle lo que es ser un hombre… pero tengo que hacerlo con cuidado. Es tan inocente que si voy muy rápido se va a asustar.»

Después de cenar nos quedamos hablando un rato en la sala. Mateo me contaba emocionado todo lo que había estudiado ese día, moviendo sus manitas sin parar. Yo solo podía pensar en cómo iba a seducir poco a poco a mi hermanito.

Después de darle las buenas noches a mi Matito, me fui a mi habitación con el cuerpo ardiendo. Cerré la puerta, me quité la ropa rápidamente y me tiré en la cama. Estaba empapada.

Abrí las piernas y empecé a frotarme el coño con desesperación, metiendo dos dedos mientras pensaba en él.

—Mi chiquitín… mi hermanito inocente —gemí bajito, moviendo los dedos más rápido—. Quiero tu pollita… quiero enseñarte todo…

Me imaginaba su carita rubia entre mis piernas, sus manitas tocándome, su boquita inocente chupando mis tetas. Estaba a punto de correrme cuando, de repente…¡Pum!

La puerta de mi habitación se abrió de golpe.

— ¡Vero! ¡Tuve una pesadilla muy fea y…!

Mateo se quedó congelado en la puerta. Sus ojitos grandes se abrieron como platos al verme completamente desnuda, con las piernas bien abiertas y dos dedos metidos profundamente en mi coño mojado.

Yo también me quedé paralizada, con la mano todavía entre mis piernas.Mateo se sonrojó intensamente, moviendo sus manitas nervioso.

—Vero… ¿qué estás haciendo? —preguntó con voz inocente y confundida—. ¿Te duele la pancita? ¿Por qué te estás tocando ahí? Lo siento mucho… no quería interrumpir…

El ambiente se volvió terriblemente incómodo. El silencio era pesado. Mateo estaba parado ahí, con su pijama corto, mirándome sin entender nada, pero claramente afectado. Podía ver que su pantaloncito empezaba a abultarse un poquito.

Rápidamente saqué los dedos de mi coño, cerré las piernas y me senté en la cama, tratando de cubrirme con la sábana mientras mi mente trabajaba a toda velocidad buscando qué decir.

Mateo seguía parado en la puerta, con los ojitos muy abiertos y la carita roja como un tomate. Yo estaba todavía con las piernas entreabiertas y el corazón latiéndome fuerte.

Rápidamente cerré las piernas y me cubrí un poco con la sábana, pero sin ponerme nerviosa.

—Ven, mi chiquitín… no pasa nada —dije con voz suave y calmada—. Ven aquí.

Mateo se acercó despacito, frotándose sus ojitos con sus manitas, todavía confundido.

—Vero… ¿qué estabas haciendo? —preguntó inocentemente—. ¿Te estabas tocando tu cosita? ¿Te duele?

Sonreí con ternura y le hice espacio en la cama para que se sentara a mi lado. Le acaricié el cabello rubio con cariño.

—No duele, mi amor. Eso es algo que hacemos las mujeres cuando queremos sentirnos bien y calmaditas. Es normal. Nos tocamos nuestra cosita porque nos da mucho gustito y nos ayuda a relajarnos.

Mateo ladeó la cabecita, todavía sin entender del todo.

—¿Gustito…? ¿Como cuando comes helado?

Me tuve que morder el labio para no sonreír demasiado. Mi hermanito era tan inocente… Perfecto. Me relamí los labios lentamente, sintiendo cómo la excitación crecía dentro de mí.

—Algo así, mi chiquitín… pero mucho más rico —le expliqué con voz dulce—. Las mujeres nos tocamos despacito, nos metemos los deditos y nos frotamos hasta que sentimos un placer muy grande. Es algo bonito y natural.

Mateo se quedó callado un momento, procesando mis palabras. Noté que su pantaloncito seguía abultadito.

Entonces aproveché su inocencia y seguí hablando con ternura.

—Y los hombres también lo hacen con sus cositas, ¿sabes? Se agarran su pollita y la mueven de arriba hacia abajo, una y otra vez. Así se sienten muy bien también. Deberías probarlo un día de estos, mi amor… no hay nada de malo. Es normal cuando uno crece.

Mateo abrió mucho los ojos y se sonrojó todavía más, moviendo sus manitas nervioso sobre sus piernitas.

—¿De verdad…? ¿Con mi cosita? Pero… eso se siente raro, Vero… ¿no está mal?

Lo miré con mucho cariño y le acaricié la mejilla, acercando mi cara a la suya.

—No está mal, mi chiquitín. Yo nunca te mentiría. Si tu hermanita mayor te dice que está bien, es porque es verdad. ¿Confías en mí?

Mateo asintió tímidamente, mirándome con esa inocencia que tanto me excita.

—Sí… confío en ti, Vero.

Sonreí por dentro. Sabía que poco a poco lo iba a tener exactamente donde quería.

Mateo se removió un poco en la cama, todavía con la carita roja y mirando hacia otro lado.

—Vero… ya me voy a mi cuarto —murmuró tímidamente, frotándose sus ojitos con sus manitas.

Antes de que pudiera levantarse, lo abracé fuerte contra mí, apretando su cuerpecito contra mis pechos suaves y cálidos. Sentí cómo su carita se hundía entre ellos.

—No te vayas todavía, mi chiquitín… —le susurré al oído con voz dulce—. Quédate un ratito más conmigo. Tu hermanita te va a dar algo que te va a gustar mucho..

Mateo levantó su cabecita rubia y me miró con esos ojitos grandes e inocentes.

—¿Qué cosa, Vero?

Sonreí con ternura y me recosté hacia atrás en la cama. Abrí lentamente mis piernas, dejando mi coño completamente expuesto frente a él. .

Estaba mojada, brillando por la excitación.

—Puedes probar con tu boquita, mi amor —le dije suavemente—. Puedes pasar tu lengüita por aquí… te va a gustar mucho a ti y a mí. Además, voy a soltar juguitos de amor para que los saborees. Son dulcecitos y solo salen cuando estoy muy contenta contigo.

Mateo se quedó mirando fijamente mi coño abierto, con la boquita entreabierta y la carita llena de duda e inocencia.

—Vero… eso se ve raro… ¿y si no me gusta? Tal vez esté mal…

Me mordí el labio, excitada por su inocencia. Me relamí y le hablé con mucha dulzura.

—Claro que te va a gustar, mi chiquitín. No hay nada de malo. Solo estamos dándonos amor entre hermanos. Yo te amo muchísimo y quiero compartir esto contigo. Ven… acércate. Solo prueba un poquito. Si no te gusta, paras. ¿Sí?

Mateo dudó unos segundos, moviendo sus manitas nervioso sobre sus piernitas. Finalmente se acercó despacito, gateando sobre la cama hasta quedar con su carita a solo unos centímetros de mi coño abierto. Lo miró completo, con curiosidad y timidez, respirando agitado.

—Vero… está todo rosadito y brillosito… —susurró inocentemente…

—Así es, mi amor —respondí con voz suave, abriendo un poco más las piernas—. No tiene nada de malo. Solo ven y dame amor con tu boquita. Tu hermanita te lo pide con mucho cariño.

Mateo se quedó mirando mi coño abierto durante varios segundos, con sus ojitos grandes llenos de curiosidad e inocencia. Sus mejillas estaban rojas como tomates. Finalmente, levantó su carita rubia y me miró.

—Lo haré, Vero… porque te quiero mucho —dijo con esa vocecita tímida pero decidida.

Se acercó más, gateando entre mis piernas abiertas. Su boquita estaba a solo unos centímetros de mi sexo mojado. Respiró agitado y, con mucha torpeza, sacó su lengüita rosada y la pasó lentamente por toda mi raja principal, desde abajo hasta arriba.

—Está… está muy calentita y mojada… —murmuró inocentemente mientras lamía despacito.

Gemí bajito cuando su lengüita llegó a mi clítoris. Mateo se detuvo y levantó la mirada, confundido.

—Vero… ¿qué es esta cosita de aquí arriba? Está como hinchadita…Sonreí con ternura y le acaricié el cabello rubio.

—Esa es mi botoncito especial, mi chiquitín. Se llama clítoris. Sirve para aumentar mucho el placer… el climax. Puedes moverlo con tu lengüita, chuparlo o mordisquearlo suavecito, como si fuera un dulcecito. Te va a gustar mucho a ti también.

Mateo asintió con seriedad, como si estuviera aprendiendo algo muy importante. Volvió a bajar su carita y siguió lamiendo de forma torpe e inocente, pasando su lengüita por toda mi raja varias veces. A veces se desviaba, otras veces lamía demasiado fuerte o muy suave. Era evidente que no tenía ni idea de lo que hacía, pero eso solo me excitaba más.

—Así, mi amor… —gemí suavemente—. Lame más despacito por arriba… sí, ahí…

Él obedeció, concentrándose en mi clítoris. Lo lamía con su boquita abierta, chupándolo torpemente, como si estuviera probando un caramelo nuevo. Sus manitas se apoyaban en mis muslos, temblando un poco.

—Sabe… sabe saladito pero rico —murmuró con inocencia, sin dejar de lamer.

Abrí más las piernas y con mis manos separé suavemente mis labios mayores, mostrándole todo.

—Meta más tu pequeña lengua adentro, mi chiquitín —le pedí con voz ronca de placer—. Métela dentro de mi cosita… así, como si quisieras saborear todo el juguito de amor que estoy soltando para ti.

Mateo dudó solo un segundo, pero luego acercó su boquita y empujó su lengüita dentro de mí lo más que pudo. Era torpe, entraba y salía de forma descoordinada, pero sentir su lengua caliente e inocente explorando mi interior me hizo gemir más fuerte.

—Ahh… así, mi Matito… métela más adentro… chúpame… eres tan bueno…

Él seguía lamiendo con dedicación, sacando su lengüita y volviéndola a meter, chupando mis jugos con curiosidad. Su carita se estaba mojando entera. De vez en cuando levantaba la mirada para ver si lo estaba haciendo bien, con esos ojitos inocentes que me volvían loca.

—Vero… ¿estoy haciendo bien? —preguntó con la boquita brillante de mis fluidos—. ¿Te gusta?

—Muchísimo, mi amor —gemí, acariciándole el cabello—. Sigue así… no pares. Tu hermanita se está sintiendo muy rica gracias a ti…

Mateo sonrió tímidamente y volvió a bajar su carita, lamiendo y chupando con más entusiasmo, aunque todavía muy torpe e inocente.

Mateo siguió lamiendo y chupando con esa torpeza inocente tan suya. Su lengüita pasaba una y otra vez por toda mi raja, a veces metiéndose dentro, a veces concentrándose en mi clítoris. Aunque lo hacía de forma descoordinada, el solo hecho de ver su carita rubia entre mis piernas me estaba volviendo loca.

—Ahh… así, mi chiquitín… sigue lamiendo… —gemía yo, moviendo las caderas suavemente contra su boquita.

Pasaron varios minutos. Mi placer iba aumentando cada vez más. Sentía que ya no podía aguantar

—Matito… ya me voy a venir pronto… —jadeé, respirando con dificultad.Mateo levantó un poco su carita brillante de mis jugos, con expresión confundida..

—¿Venir? ¿Qué es eso, Vero? —preguntó inocentemente, con su boquita toda mojada.

—Es algo muy rico que me va a pasar… voy a soltar todos mis jugos de amor. Quiero que sigas, mi amor. Muerde suavecito y juega con esa cosita de arriba… con mi clítoris. Chúpalo, muévelo con tu lengüita y mordisquea como si fuera un dulcecito. ¿Puedes hacer eso por mí?

Mateo asintió tímidamente y volvió a bajar su carita. Empezó a chupar y morder mi clítoris con torpeza, pero con dedicación. Su lengüita lo movía de un lado a otro mientras sus labios lo succionaban.

— ¡Ahhh… sí! ¡Así, hombrecito! —gemí fuerte, agarrando su cabecita rubia—. ¡Qué bueno eres… mi hombre… sigue así!

El placer subió rapidísimo. Mis caderas se movían solas contra su boquita. Gemía cada vez más alto, sin poder controlarme.

— ¡Matito! ¡Mi hombrecito… ahhh! ¡Me vengo… me vengo!

Un orgasmo intenso me recorrió todo el cuerpo. Mis jugos salieron a chorros, manchando toda la carita de Mateo: sus mejillas, su nariz, sus labios y hasta su cabello rubio. Mi coño se contraía una y otra vez mientras yo gemía y temblaba.

Pasaron unos segundos. Mi respiración era agitada. Cuando bajé la mirada, Mateo estaba completamente quieto entre mis piernas. Tenía toda la cara empapada de mis jugos brillantes. Sus párpados estaban caídos, la mirada perdida, respirando lento y profundo. Parecía en estado de shock, como si su mente inocente no pudiera procesar lo que acababa de pasar.

—Matito… —dije con voz suave, todavía recuperándome—. ¿Qué te pasa, mi amor? ¿Por qué estás tan calladito?

Mateo levantó lentamente su carita. Sus ojos grandes estaban vidriosos, con una expresión de rendición y trauma infantil. Los jugos de mi coño le chorreaban por la barbilla. No decía nada. Solo respiraba lento, como si estuviera procesando algo que superaba completamente su inocencia.

En ese momento sentí un pinchazo de culpa.

«¿Qué estoy haciendo? —pensé—. Esto se puede considerar abuso… él es tan inocente… tal vez estoy yendo demasiado lejos.»

Pero al mismo tiempo, ver su carita manchada con mis jugos y esa expresión de shock inocente solo aumentaba mi excitación prohibida.

Mateo se quedó quieto varios segundos, con toda la carita empapada de mis jugos. Sus ojitos grandes parecían perdidos. El corazón me latía con fuerza, una mezcla de excitación y miedo a haber ido demasiado lejos.

—Matito… mi chiquitín… —susurré con voz suave y preocupada, incorporándome un poco y acariciándole el cabello rubio—. ¿Estás bien? No pasa nada, mi amor. Esto es algo bonito que hacemos porque nos queremos mucho. Por favor… no le digas a nadie, ¿sí? Es nuestro secreto entre hermanos.

Mateo no respondió. Solo respiraba lento, con la mirada baja. El silencio se volvió pesado. Empecé a ponerme nerviosa.

—Mi chiquitín… háblame, por favor…Entonces, muy bajito, casi en un susurro, Mateo murmuró.

—Vero…

Y después… no dijo nada más.

De pronto, bajó lentamente su carita otra vez entre mis piernas. Sacó su lengüita y lamió un poco de los jugos que todavía chorreaban de mi coño.

Se quedó quieto un segundo, como saboreando.

Y de repente abrió mucho los ojos.

—¡Es lo mejor que he probado en mi vida! —gritó con una voz llena de sorpresa y entusiasmo.

Sin darme tiempo a reaccionar, Mateo se lanzó de nuevo contra mi coño con desesperación. Empezó a lamer y chupar como un desesperado, moviendo su cabecita rubia de un lado a otro, pasando su lengüita por todos lados.

— ¡Vamos, coñito! ¡Dame más del amor de mi hermana! —decía entre lamidas rápidas y ansiosas—. ¡Sabe muy rico! ¡Está delicioso! ¡Quiero más juguitos!

Gemí fuerte, sorprendida por su cambio repentino. Sus manitas se apoyaron en mis muslos mientras lamía con verdadera hambre, chupando mis labios y metiendo su lengüita lo más profundo que podía.

—Matito… ahh… ¡qué ansioso estás! —jadeé, agarrando su cabecita.Él no paraba. Lamía, chupaba y tragaba mis jugos con una inocencia salvaje, repitiendo entre gemidos.

—Más… dame más amor, Vero… tu coñito sabe riquísimo… quiero todo…

Su carita estaba completamente mojada, el cabello rubio pegado a la frente por mis fluidos, pero él seguía lamiendo con desesperación, como si hubiera descubierto el mejor dulce del mundo.

Mateo seguía lamiendo con desesperación, chupando y tragando mis jugos como si no quisiera parar nunca. Su boquita y su carita estaban completamente empapadas. Gemí una última vez y le puse una mano en la cabecita rubia.

—Para, mi chiquitín… para —le dije con voz suave pero firme—. Ya no hay más… ya me vine.

Mateo levantó su carita mojada, con los ojitos confundidos y los labios brillantes.

—¿Por qué, Vero? ¿Ya no sale más juguito? —preguntó inocentemente, todavía con la boquita cerca de mi coño.Sonreí con ternura y le acaricié la mejilla.

—Porque ya logré el climax, mi amor. Eso significa que mi coño se sintió muy rico y me dio todo lo que tenía. Ya soltó todos sus jugos de amor.

Mateo miró mi coño con frustración. Frunció su boquita y, con un pequeño berrinche infantil, le reclamó.

—Tonto coño… ¡feo! Yo quería más… ¡quería más juguitos ricos! ¿Por qué te acabaste tan rápido? ¡Malito, malito coño!

Hizo un puchero y hasta dio un pequeño golpecito con su manita cerca de mi muslo, como si estuviera regañando a mi sexo. Su carita estaba toda roja y enfadada, pero de una forma tan inocente que resultaba adorable.

No pude evitarlo. Solté una carcajada suave, luego otra más fuerte. Ver a mi hermanito de 20 años regañándole a mi coño como si fuera un juguete que no le quiso dar más dulces era demasiado tierno y gracioso.

—Ay, mi Matito… —dije riendo mientras lo miraba—. Ven aquí, ven con tu hermanita.

Mateo, todavía con el puchero, gateó hasta mí. Lo abracé y lo acosté a mi lado, pegando su cabecita rubia contra mis pechos suaves y cálidos. Empecé a acariciarle el cabello con mucha ternura, pasando mis dedos entre sus mechones.

—Shhh… ya, mi chiquitín. No te enojes. Mañana o pasado te puedo dar más juguitos de amor, ¿sí? —le susurré mientras le besaba la frente—. Por ahora quédate aquí conmigo, mi hombrecito.

Mateo se acurrucó contra mis tetas, todavía respirando agitado y con la carita manchada de mis fluidos. Poco a poco se fue calmando mientras yo lo mimaba.

Mateo se quedó acurrucado contra mi pecho, todavía con la carita manchada de mis jugos. Yo no dejaba de acariciarle el cabello rubio con ternura, pasando mis dedos lentamente entre sus mechones.

—Matito… ¿estás bien, mi chiquitín? —le pregunté con voz suave…

Él asintió contra mis pechos, respirando todavía un poco agitado.

—S-sí… Vero. Estaba muy rico… pero se acabó muy rápido. ¿Por qué tu coñito se cansó tan pronto?

Sonreí y le besé la frente.

—Porque cuando una mujer siente mucho placer, llega un momento en que todo explota y suelta todos sus juguitos de amor. Eso se llama venirse o tener un clímax. Es lo más rico que podemos sentir.

Mateo levantó un poquito la cabeza y me miró con esos ojitos inocentes.

—¿Y yo te hice sentir eso? ¿De verdad?—Muchísimo, mi amor —le respondí, acariciándole la mejilla—. Eres muy bueno con tu boquita. Me hiciste sentir muy rica.

Seguimos hablando un rato. Yo le explicaba con palabras suaves y cariñosas lo que había pasado, mientras él escuchaba con atención, moviendo sus manitas sobre mi cintura. Poco a poco el ambiente se fue calmando.

—Hace mucho calor… —suspiré de repente.

Me incorporé un poco y me quité la camisola que traía puesta, quedándome completamente desnuda de la cintura para arriba. Luego me quité también el sostén, liberando mis pechos grandes y pesados. Mateo se quedó mirándolos con curiosidad.

—Así está mejor —dije con naturalidad, volviendo a acostarme y atrayéndolo contra mí—. Ven, acuéstate aquí, mi chiquitín.

Mateo se acurrucó de nuevo, esta vez con su carita directamente sobre mis pechos desnudos. Seguimos hablando bajito de todo y de nada: de sus clases, de los planetas, de lo rico que había estado el juguito. Sus ojitos se iban cerrando poco a poco por el cansancio y las caricias en su cabecita.

Finalmente, los dos nos quedamos dormidos abrazados, piel contra piel.

La luz del sol entraba suavemente por las cortinas. Sentí algo cálido y húmedo en uno de mis pechos. Al principio pensé que era un sueño, pero luego sentí succiones suaves, seguidas de pequeños mordiscos inocentes.

Abrí los ojos lentamente.

Mateo estaba acurrucado contra mí, con su boquita alrededor de mi pezón izquierdo. Lo chupaba de forma inconsistente: a veces suave, a veces más fuerte, como si estuviera probando algo nuevo. De vez en cuando le daba pequeños mordisquitos con sus dientitos, casi como un bebé mamando.

—Ah… Matito… —susurré bajito, sintiendo un escalofrío de placer.

Él no parecía completamente despierto.

Seguía chupando con los ojos entrecerrados, moviendo su boquita de un pezón al otro de manera torpe pero insistente. Sentía cómo su lengüita rodeaba mi pezón y cómo sus labios tiraban suavemente.

Lo dejé hacer un rato más, mordiéndome el labio para no gemir fuerte. Mis pezones estaban duros y sensibles por sus atenciones. Finalmente, le acaricié el cabello con ternura.

—Mi chiquitín… ¿qué estás haciendo? —pregunté con voz suave y divertida.

Mateo levantó un poco la carita, con los labios brillantes y una expresión todavía medio dormida e inocente.

—Estaban ricos… —murmuró, frotándose los ojitos con sus manitas—. Saben dulcecitos… ¿puedo seguir un ratito más, Vero?

—Puedes seguir chupando, mi chiquitín… —le susurré con voz suave, acariciándole la cabecita rubia con ternura—. Chupa todo lo que quieras.

Mateo soltó un sonido contento y volvió a pegar su boquita a mi pezón, chupando con esa inocencia ansiosa que me volvía loca.

Yo seguía acariciándole el cabello lentamente, sintiendo cómo su lengüita rodeaba y tiraba de mi pezón. Mientras tanto, mi mente no paraba de dar vueltas.

«¿Hasta dónde voy a llegar con esto? Ya lo hice probar mi coño… ¿y ahora qué? ¿Le enseño a usar su pollita? ¿O espero un poco más?»

Lo abracé más fuerte contra mis pechos, disfrutando del calor de su boquita.

Volví a entrar por la ventana de mi habitación como casi todas las noches. El robo había sido un éxito: varios collares de oro, anillos con diamantes y un reloj caro que podría vender fácilmente. Me quité el traje negro ajustado y me quedé solo en bragas. Apenas terminé de ponerme una camisola corta, la puerta de mi habitación se abrió.

— ¡Vero! ¡Ya llegaste! —exclamó Mateo con esa energía de siempre.

Corrió hacia mí y me abrazó fuerte por la cintura, hundiendo su carita en mi pecho.

—Matito… —sonreí, acariciándole el cabello—. ¿Me extrañaste?

—Muchísimo… —murmuró contra mis tetas. Luego levantó su carita rubia y me miró con esos ojitos grandes e inocentes que ya conocía muy bien—. Vero… ¿hoy sí me dejas probar tus jugos de amor otra vez?

Se había vuelto una costumbre. Casi todas las noches, o al menos cada vez que podía, mi hermanito me pedía lo mismo con esa vocecita tímida pero ansiosa.

Sonreí con ternura y le acaricié la mejilla.

—Claro que sí, mi chiquitín. Ven, acuéstate en la cama. Tu hermanita te va a dar todo el amor que quieras.

Mateo sonrió feliz y se subió rápidamente a la cama, mirándome con expectativa mientras yo me quitaba la camisola, quedándome completamente desnuda frente a él.

Con el paso de los días, mi deseo por mi Matito creció tanto que ya no podía conformarme solo con que me lamiera. Quería más. Quería tocarlo, sentir su pollita en mi mano y verlo correrse por mí todas las noches.Se convirtió en una hermosa rutina.

Todas las noches, después de cenar, le leía un cuento en su cama o en la mía.

Mateo se acurrucaba contra mí, escuchando con atención mientras yo pasaba los dedos por su cabecito rubio. Cuando terminaba el cuento, él me miraba con esos ojitos grandes e inocentes y muchas veces me pedía con vocecita tímida.

—Vero… ¿hoy también me puedes tocar mi pollita para dormir? Se siente muy rico y me ayuda a descansar…

Yo sonreía con ternura y le respondía:

—Claro que sí, mi chiquitín. Ven aquí que tu hermanita mayor te va a consentir.

Lo acostaba bien pegadito a mí, le bajaba el pantaloncito del pijama y sacaba su pollita, que casi siempre ya estaba durita y ansiosa. La agarraba con mi mano cálida y empezaba a masturbarlo despacito, moviendo mi mano de arriba hacia abajo con movimientos suaves pero firmes.

—Así, mi amor… relájate —le susurraba al oído mientras lo masturbaba—. Tu hermanita te está dando mucho amor.

A veces, para hacerlo disfrutar más, me quitaba la parte de arriba y colocaba uno de mis pechos grandes y suaves directamente sobre su carita.

Mateo abría su boquita y empezaba a chupar mi pezón con esa inocencia que me volvía loca, mientras yo aceleraba un poco el movimiento de mi mano alrededor de su pollita.

—Chupa rico, mi chiquitín… mama las tetitas de tu Vero mientras te toco —le decía con voz cariñosa.

Mateo gemía bajito contra mi pecho, moviendo sus manitas nervioso, succionando mi pezón como si fuera un bebé. Su pollita palpitaba en mi mano, cada vez más dura y caliente.

—Vero… se siente muy rico… —gemía con la boquita llena de mi teta—. No pares, por favor…

Yo lo masturbaba hasta que se corría. Sus chorritos calientes salían disparados sobre su pancita, mi mano y a veces hasta mis pechos. Luego lo limpiaba con cariño, lo abrazaba fuerte y lo dormía pegadito a mí, con su carita entre mis tetas.

Algunas noches era él quien me pedía después del cuento.

—Vero… ¿puedo tomar leche de tu tetita mientras me tocas?

Y yo, feliz, siempre se lo concedía.

Poco a poco, mi hermanito inocente se estaba acostumbrando a dormirse todas las noches con mi mano en su pollita y mi pecho en su boquita. Y yo cada vez tenía más ganas de dar el siguiente paso.

Después de varias semanas masturbando a mi Matito todas las noches y dejándolo chupar mis tetas, decidí que ya era momento de dar el siguiente paso. Quería convertir a mi hermanito inocente en un hombre… mi hombre.

Esa noche me preparé con cuidado. Me puse unas bragas eróticas de encaje negro transparente que apenas cubrían mi coño, unas medias negras largas y sedosas que llegaban hasta mis muslos, y un antifaz negro que cubría mis ojos, dándome un aspecto misterioso y provocativo. Me miré al espejo y sonreí. Estaba lista.

—Matito… —llamé con voz suave pero cargada de deseo—. Ven a mi habitación, mi chiquitín. Tu hermanita quiere enseñarte algo importante.

Escuché sus pasitos rápidos por el pasillo. La puerta se abrió y Mateo entró, frotándose sus ojitos con sus manitas.

—Vero, ¿qué pasa? ¿Por qué me llam…?

Se quedó congelado al verme. Sus ojitos grandes se abrieron como platos al contemplar mi cuerpo: las medias negras, las bragas transparentes y el antifaz. Su boquita se entreabrió y su carita se puso roja al instante.

—Vero… estás… estás muy rara… y muy bonita… —murmuró tímidamente, sin poder dejar de mirarme.

Me bajé de la cama lentamente y empecé a gatear hacia él sobre la alfombra, moviendo las caderas de forma sensual. Mis pechos colgaban pesados mientras avanzaba como una gata en celo. Mateo retrocedió un paso, nervioso, pero sin poder apartar la mirada.

Cuando llegué frente a él, me arrodillé y levanté la vista, mirándolo a través del antifaz.

—Matito… ya es hora —susurré con voz ronca y cariñosa—. Tu hermanita mayor va a hacerte hombre al fin. Voy a enseñarte todo lo que un hombre debe saber… y vas a hacerlo conmigo.

Mateo tragó saliva, moviendo sus manitas nervioso frente a su pantaloncito, donde ya se notaba un pequeño bulto.

—Vero… ¿eso significa que… vamos a hacer…? —preguntó con esa inocencia que tanto me excitaba—. ¿Con mi pollita?

Sonreí con ternura y me acerqué más, rozando mis pechos contra sus piernitas.

—Sí, mi chiquitín… vamos a hacer muchas cosas ricas. Y todo va a ser nuestro secretito de hermanos. ¿Confías en mí?

Mateo me miró con sus ojitos grandes, respirando agitado y con la carita completamente roja. Después de unos segundos de duda, asintió tímidamente.

—Sí, Vero… quiero que me hagas hombre —murmuró con su vocecita inocente.

Sonreí con ternura y excitación. Tomé su mejilla con una mano, acerqué su carita a la mía y lo besé. El beso empezó suave, pero pronto se volvió más profundo. Mi lengua entró en su boquita, explorándola con cariño y deseo. Mateo soltó un gemidito sorprendido, pero no se apartó. El beso duró varios segundos, intenso y cargado de emoción. Cuando nos separamos, un grueso hilo de saliva conectó nuestras bocas.

—Buen chico… —susurré contra sus labios, limpiando un poco su boquita con mi dedo.Me separé un poco y lo miré con ojos llenos de deseo.—Ahora quítate toda la ropa, mi chiquitín, y súbete a la cama con tu hermanita.

Mateo obedeció rápidamente, nervioso pero emocionado. Se quitó la camiseta del pijama y luego el pantaloncito, quedando completamente desnudito. Su pollita estaba tiesita y apuntando hacia arriba. Se subió a la cama con prisa y se arrodilló frente a mí.

Yo ya estaba esperándolo. Me había quitado las bragas eróticas y estaba recostada contra los cojines, completamente desnuda, con las piernas bien abiertas. Con dos dedos separé suavemente mis labios mayores, mostrándole mi coño rosado, mojado y brillante.

—Ven, mi Matito… —le dije con voz seductora y cariñosa, mirándolo fijamente a los ojos—. Mira qué mojadita está la cosita de tu hermanita. ¿Ves cómo brilla? Todo esto es por ti. Ven y méteme tu pollita, mi amor. Hoy voy a hacerte hombre de verdad. Quiero sentirte dentro de mí.

Mateo se quedó mirando mi coño abierto con los ojitos muy grandes, respirando rápido y con su pollita palpitando de anticipación. Su carita mostraba una mezcla de curiosidad, nervios y deseo inocente.

Mateo se acercó gateando entre mis piernas abiertas, con su pollita tiesa y palpitante. Su carita estaba roja de nervios y excitación. Intentó penetrarme torpemente, empujando su pollita contra mi coño mojado, pero falló varias veces. La cabecita resbalaba hacia arriba o hacia los lados sin lograr entrar.

—Vero… no entra… —se quejó con voz inocente y frustrada, frotándose sus ojitos con sus manitas—. ¿Por qué mi pollita no quiere entrar en tu cosita?

Sonreí con ternura y excitación. Lo tomé suavemente de las caderas y lo ayudé a posicionarse mejor.

—Tranquilo, mi chiquitín… déjame ayudarte. Así… empuja despacito.

Guié su pollita con mi mano y la coloqué justo en mi entrada. Mateo empujó con sus caderitas y, por fin, la cabeza de su pollita logró entrar. Solté un gemido suave al sentirlo dentro de mí.

—Ahh… así, mi amor… ya estás adentro.Mateo abrió mucho los ojos, sorprendido por la sensación.

—Está… está muy calientita y apretadita… —murmuró con inocencia.

Empezó a mover sus caderitas de forma torpe, dando unas cuantas embestidas cortas e inexpertas. Solo logró meterla un poco más antes de que se saliera de nuevo por completo.

— ¡Nooo! —se quejó frustrado, haciendo un pucherito—. ¿Por qué se sale otra vez? ¡Quiero seguir!

Su pollita estaba roja e hinchada por la fricción constante contra mi interior mojado. La cabecita brillaba y se veía algo magullada por los intentos fallidos.

Yo también sentía frustración, pero sobre todo un deseo ardiente. Ver a mi hermanito tan inocente y desesperado por follarme solo me ponía más caliente.

—Ven aquí, mi chiquitín…

—le dije con voz cariñosa, acariciándole la mejilla—. No te frustres. Vamos a intentarlo de nuevo, más despacito. Tu hermanita te va a ayudar hasta que entre bien.

Mateo asintió, todavía con su pollita roja y palpitante, mirándome con esa mezcla de inocencia y frustración que me volvía loca.

—Ven aquí, mi chiquitín… no te preocupes —le dije con voz suave y paciente, acariciándole la mejilla—. Tu hermanita te va a ayudar para que entre bien.

Tomé su pollita roja e hinchada con mi mano y la guié suavemente hacia mi entrada. La froté un par de veces contra mis labios mojados para lubricarla mejor, haciendo que Mateo soltara un gemidito inocente.

—Así… despacito, mi amor —susurré—. Empuja con tus caderitas cuando yo te diga.

Mateo asintió, mordiéndose el labio inferior con nerviosismo. Coloqué la cabeza de su pollita justo en la entrada de mi coño y le sujeté las caderas con ambas manos.

—Ahora… empuja suavecito.

Mateo empujó con sus caderitas. Esta vez, la cabeza de su pollita entró lentamente, abriéndome centímetro a centímetro. Solté un gemido largo y bajo al sentirlo dentro.

—Ahhh… eso es, mi chiquitín… ya estás adentro… un poquito más…

Mateo abrió mucho los ojos, sorprendido por la sensación cálida y apretada que lo rodeaba.

—Vero… está muy caliente… y muy apretadito… —murmuró con voz temblorosa, casi sin aliento.

—Sigue… métela toda, mi amor —le pedí con ternura, tirando suavemente de sus caderas.

Poco a poco, con mi ayuda, su pollita entró completa dentro de mí. Cuando estuvo hasta el fondo, ambos soltamos un gemido al mismo tiempo. Lo abracé contra mí, sintiendo su cuerpecito tembloroso sobre el mío.

—Así… muy bien, mi hombrecito —le susurré al oído, acariciándole la espalda—. Ahora muévete despacito… entra y sale con calma.

Mateo empezó a mover sus caderitas de forma lenta e insegura al principio.

Sus embestidas eran cortas y torpes, pero poco a poco fue encontrando un ritmo suave. Su pollita entraba y salía de mi coño con lentitud, haciendo sonidos húmedos y suaves.

—Vero… se siente… se siente muy rico… —gemía contra mi cuello, con su boquita entreabierta.

Yo lo abrazaba fuerte, moviendo mis caderas para encontrarme con sus movimientos, susurrándole palabras cariñosas al oído mientras él me penetraba por primera vez.

—Así, mi chiquitín… métemela despacito… eres tan bueno… tu hermanita te ama mucho.

Mateo empezó a mover sus caderitas con más confianza. Poco a poco sus embestidas se volvieron más rápidas y profundas. Sus bracitos cortos se enrollaron alrededor de mis caderas, abrazándome con fuerza como si tuviera miedo de que me escapara.

—Vero… se siente muy bien… —gemía contra mi cuello, con su boquita entreabierta—. Tu cosita está muy calientita y apretada… No quiero sacarla nunca… quiero dejarla aquí adentro para siempre…

—No la saques, mi chiquitín —le susurré al oído con voz ronca de placer, abrazándolo contra mí—. Métemela todo lo que quieras. Quédate dentro de tu hermanita todo el tiempo que desees.

Animado por mis palabras, Mateo aceleró sus embestidas. Sus caderitas chocaban contra las mías con un ritmo cada vez más rápido, aunque todavía torpe e inexperto. Su pollita entraba y salía de mi coño mojado, haciendo sonidos húmedos y obscenos que llenaban la habitación.

—Ahh… Vero… ¡qué rico! —gemía sin parar, apretando sus bracitos alrededor de mis caderas—. Se siente muy calentito… muy apretadito… me gusta mucho…

Yo levanté levemente mis piernas, rodeando su cintura con ellas para que pudiera entrar más profundo. Mis gemidos se volvieron más altos e incontrolables.

— ¡Ahhh… Matito! ¡Así… métemela más fuerte! —gemí sin ninguna vergüenza, arqueando la espalda—. ¡Qué bueno eres… mi hombrecito… sigue… no pares!

Mateo enterró su carita entre mis pechos y siguió embistiéndome con más urgencia. Sus movimientos eran cortos pero intensos, como si estuviera desesperado por sentirme toda. Su pollita entraba y salía rápidamente, frotando mis paredes internas con fricción deliciosa.

—Vero… Vero… ¡me gusta mucho! —repetía entre gemidos ahogados contra mis tetas—. No quiero salir… quiero quedarme adentro de ti… se siente demasiado rico…

Levanté más las piernas, casi rodeando su espalda, permitiéndole llegar aún más profundo. Mis gemidos ya eran casi gritos de placer.

— ¡Ahhh… sí! ¡Así, mi amor! ¡Fóllame más fuerte! ¡Tu pollita me está llenando toda! —gemí sin control, clavando mis uñas suavemente en su espalda.

Mateo aceleró todo lo que pudo, moviendo sus caderitas con desesperación, abrazado fuertemente a mí como si su vida dependiera de ello. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la habitación junto con mis gemidos y sus quejidos inocentes y placenteros.

Yo ya no podía pensar con claridad. Solo sentía su pollita moviéndose dentro de mí, sus bracitos apretándome y su boquita chupando mis pechos mientras me follaba con esa mezcla de inocencia y deseo que me volvía completamente loca.

Mateo siguió embistiéndome con esa mezcla de inocencia y desesperación.

Sus caderitas chocaban contra las mías una y otra vez, aunque cada vez más cansado. Su pollita entraba y salía de mi coño mojado con un ritmo constante, aunque torpe.

Yo sentía cómo mi interior se apretaba más y más alrededor de él. Cada vez que entraba, mis paredes lo abrazaban con fuerza, como si no quisieran dejarlo salir.

—Ahhh… Matito… ¡así! —gemí alto, arqueando la espalda—. ¡Qué rico me estás follando, mi chiquitín!

Mateo sudaba. Gotitas de sudor le corrían por la frente y el pecho. Su cabello rubio se pegaba a su carita por el esfuerzo. Sus bracitos cortos seguían rodeando mis caderas, pero se notaba que estaba empezando a cansarse.

—Vero… se siente muy bien… pero… estoy cansado… —jadeó, sin dejar de mover sus caderitas—. Siento que… que algo quiere salir… Creo que tengo que ir al baño…

Sonreí con ternura y excitación, apretando mi coño alrededor de su pollita.

—No, mi amor… no vayas al baño —le susurré al oído, abrazándolo más fuerte contra mí—. Eso que sientes que quiere salir es tu semen. Es normal. Suéltalo adentro de mí… córrete dentro de tu hermanita. Quiero sentirlo todo.

Mateo gimió contra mi cuello, acelerando un poco más a pesar del cansancio.

—¿Adentro…? ¿De verdad, Vero?—Sí, mi chiquitín… adentro. Lléname con tu semen… hazle un regalito a tu hermanita.

Mis gemidos se volvieron más fuertes. Mi coño se contraía alrededor de su pollita, apretándolo cada vez más.

Levanté las piernas y las rodeé alrededor de su cintura, ayudándolo a entrar más profundo.

— ¡Ahhh… Matito! ¡Me voy a venir otra vez! ¡Sigue… no pares!

Mateo temblaba de cansancio y placer. Sus embestidas se volvieron más cortas pero intensas. Sudaba profusamente, su carita roja y su cabello rubio completamente mojado.

—Vero… ¡ya viene! ¡Ya no puedo aguantar! —gimió con voz quebrada.— ¡Córrete, mi amor! ¡Córrete adentro de mí!

Con un último gemido largo y tembloroso, Mateo empujó todo lo que pudo y se corrió. Sentí cómo su pollita palpitaba fuertemente dentro de mí, soltando chorros calientes y abundantes de semen. Al mismo tiempo, mi propio orgasmo me recorrió como una ola. Mi coño se contrajo con fuerza alrededor de él, ordeñando hasta la última gota mientras yo gemía sin control.

— ¡Ahhh… sí! ¡Lléname, Matito! ¡Todo adentro!

Mateo se derrumbó sobre mí, exhausto. Cayó rendido sobre mi barriga, sudando profusamente, con el cabello rubio pegado a la frente y respirando con dificultad. Su cuerpecito temblaba por el esfuerzo y el placer. Su pollita seguía dentro de mí, palpitando débilmente mientras soltaba las últimas gotitas de semen.

Lo abracé fuerte contra mi cuerpo, acariciándole la espalda y la cabecita mojada.

—Mi chiquitín… lo hiciste muy bien —le susurré con cariño, besándole la frente—. Descansa ahora… tu hermanita está muy orgullosa de ti.

Mateo solo pudo soltar un débil gemidito de satisfacción antes de quedarse quieto sobre mí, respirando pesadamente, completamente agotado y con la carita enterrada entre mis pechos.

Pasaron las horas. La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz suave de la luna que entraba por la ventana.

Mateo y yo estábamos abrazados en la cama, completamente desnudos y pegados piel con piel. Mis piernas rodeaban su cintura mientras él tenía su carita enterrada en mi cuello. Nos besábamos con pasión desbordada, comiéndonos la boca con hambre.

Nuestras lenguas se enredaban, succionábamos los labios del otro y gemíamos bajito entre beso y beso. El hilo de saliva que nos conectaba se rompía y volvía a formarse cada vez que nos separábamos para tomar aire.

—Matito… mi chiquitín… —susurré contra sus labios antes de volver a besarlo con intensidad.

Cuando por fin nos separamos, jadeando, lo miré a los ojos. Su carita rubia estaba sonrojada, sus labios hinchados por los besos y su cabello revuelto.

—Vero… —murmuró con voz suave, acariciándome la mejilla con su manita—. Lo que hicimos… ¿está bien? ¿De verdad no está mal que yo… te metí mi pollita?

Sonreí con ternura y le di un beso corto en los labios.

—Está bien, mi amor. Está más que bien. Somos hermanos y nos queremos más que nadie en el mundo. Lo que pasó hoy fue amor de verdad. El más bonito y especial.

Mateo me miró con esos ojitos inocentes que tanto amo y sonrió tímidamente.

—Entonces… ¿podemos seguir haciéndolo? No quiero parar… me gustó mucho estar dentro de ti.

Lo abracé más fuerte, pegando su cabecita contra mis pechos.

—Podemos hacerlo todas las veces que quieras, mi chiquitín. No importa lo que pase afuera, ni lo que diga la gente. Tú y yo siempre vamos a estar juntos. Siempre. Eres mío y yo soy tuya.

Mateo suspiró feliz y se acurrucó más contra mí, rodeándome con sus bracitos.

—Te quiero mucho, Vero… más que a nadie.

—Y yo a ti, mi Matito. Más de lo que puedas imaginar.

Nos quedamos abrazados, besándonos suavemente de vez en cuando, hasta que el cansancio nos venció. Nos dormimos profundamente, entrelazados, con su pollita descansando cerca de mi coño y mi mano acariciando su cabecita rubia.En ese momento supe que nada ni nadie podría separarnos.

Fin.

———————

Hola… soy yo, Verónica (bueno, no realmente, pero ya saben cómo es esto jajaja).

Gracias por llegar hasta aquí y leer la historia de mi Matito y mía. Sé que es un tema muy taboo, muy prohibido… y justamente por eso lo escribí. Me encanta explorar esa línea entre el cariño inocente y el deseo que quema por dentro. Mateo representa esa pureza que me vuelve loca, y yo… bueno, soy la hermana mayor que ya no pudo resistirse más.

Si llegaste hasta el final, es porque algo de esta historia te removió por dentro. Ya sea morbo, curiosidad o simplemente ganas de ver cómo dos hermanos se pierden en su propio mundo.

Este relato lo escribí con mucho cariño (y con las bragas un poco mojadas, siendo sincera). Si te gustó, si te excitó, si te hizo sentir cosas raras… entonces logré mi objetivo.

¿Quieres más? ¿Quieres ver cómo sigue su relación? ¿Más escenas detalladas? Dímelo en los comentarios. Me encanta leerlos y saber qué les provocó esta historia.

Gracias por acompañarme en esta fantasía tan sucia y tan tierna a la vez.

Con cariño (y un poco de travesura),Verónica.

View post on imgur.com

Así soy yo después de escribirte… ¿te gustó mi relato?

23 Lecturas/11 junio, 2026/0 Comentarios/por Amy_young15
Etiquetas: hermana, hermanita, hermano, hermanos, mama, mayor, mayores, sexo
Compartir esta entrada
  • Facebook Facebook Compartir en Facebook
  • X-twitter X-twitter Compartir en X
  • Whatsapp Whatsapp Compartir en WhatsApp
  • Paper-plane Paper-plane Compartir en Telegram
Quizás te interese
Primeras vivencias con papá y mamá (parte 4)
ME DICEN CULITO
Mi Inicio de Cuckold II
001. Lo que encontraste
Mi mamá no tan solo hizo que yo me convirtiera en travesti, sino que también me puso a putear.
Los tres alegres compadres.
0 comentarios

Dejar un comentario

¿Quieres unirte a la conversación?
Siéntete libre de contribuir!

Deja una respuesta Cancelar la respuesta

Lo siento, debes estar conectado para publicar un comentario.

Follow @sst30_

Buscar relatos

Search Search

Categorías

  • Bisexual (1.489)
  • Dominación Hombres (4.606)
  • Dominación Mujeres (3.338)
  • Fantasías / Parodias (3.714)
  • Fetichismo (3.012)
  • Gays (23.093)
  • Heterosexual (9.016)
  • Incestos en Familia (19.462)
  • Infidelidad (4.774)
  • Intercambios / Trios (3.378)
  • Lesbiana (1.214)
  • Masturbacion Femenina (1.104)
  • Masturbacion Masculina (2.132)
  • Orgias (2.251)
  • Sado Bondage Hombre (490)
  • Sado Bondage Mujer (211)
  • Sexo con Madur@s (4.760)
  • Sexo Virtual (282)
  • Travestis / Transexuales (2.569)
  • Voyeur / Exhibicionismo (2.726)
  • Zoofilia Hombre (2.341)
  • Zoofilia Mujer (1.724)
© Copyright - Sexo Sin Tabues 3.0
  • Link to X Link to X Link to X
  • Aviso Legal
  • Política de privacidad
  • Normas de la Comunidad
  • Contáctanos
Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba Desplazarse hacia arriba