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Heterosexual

Natalia y Leónidas

Natalia atravesó el pasillo estrecho y tenuemente iluminado del motel, donde el aroma a sudor, sexo y alcohol se mezclaba con la humedad del aire. Las luces rojas y violetas dibujaban sombras sensuales en la pared, resaltando cada curva y movimiento. .

Había sonidos de gemidos lejanos, puertas que se abrían y cerraban, cuerpos en combate erótico.

Su cabello aún húmedo por la ducha, caía suelto sobre los hombros, brillante bajo la luz cálida que se filtraba por la rendija de la puerta que marcaba el camino hacia la habitación de Leónidas. Vestía un vestido negro ajustado, sin sostén, con un tajo lateral que dejaba entrever la curva de su muslo y un hilo de piel tersa iluminada por el neón.

Cuando abrió la puerta de la habitación de Leónidas, él estaba allí, esperándola, sentado sobre la cama, la camisa desabrochada, la mirada depredadora. Su erección se hizo evidente, y apenas pudo disimularla ante la presencia de Natalia.

 

—Llegaste —susurró Leónidas, con voz grave y cargada de deseo—. Justo a tiempo.

Él se acercó, besándole el cuello con ansiedad, mientras una de sus manos se colaba entre sus muslos. Natalia soltó un gemido grave, entre desafío y placer.

—¿Ya quieres jugar, Leónidas? —murmuró, empujándolo contra la pared.

Su lengua lo buscó, lo devoró, mientras su mano desabrochaba el pantalón y sacaba la verga dura, palpitante. Ella la rodeó con sus dedos, la acarició con lentitud, bajó los tirantes de su vestido, liberando sus tetas antes de arrodillarse, mirándolo con esos ojos insolentes que desarmaban cualquier fachada. Su lengua recorrió lentamente la base de su verga, dejándola reluciente de saliva antes de tragársela de golpe.

El sonido de las arcadas húmedas llenó la habitación, mezclado con sus gemidos guturales. La baba chorreaba de su boca y mojaba su pecho desnudo.

—Trágatela toda, puta —jadeó Leónidas, apretando su cabeza contra su verga.

Por un instante, en medio del placer y la humillación, Natalia pensó en su hija. Una punzada inesperada cruzó su mente: la niña, en algún lugar, probablemente durmiendo, inocente y ajena a todo esto. Sus labios, ahora ocupados en el acto, la sensación húmeda y pegajosa de la verga en su boca, la llevaban a un borde extraño entre culpa y deseo. Sabía que nadie más en su familia entendía realmente lo que hacía, y aún así, cada elección que tomaba estaba, de algún modo, para mantener a esa pequeña a salvo.

 

El pensamiento la atravesó como un eco fugaz entre jadeos y susurros, un recordatorio de que, a pesar de toda la humillación y el sexo extremo, existía alguien que dependía de ella, alguien que era su razón silenciosa para sobrevivir en aquel submundo.

Natalia se dejó asfixiar unos segundos, luego lo sacó con un fuerte resoplido y le escupió encima, riéndose.

La chupó despacio, rozando apenas la punta con los labios, dejando que un hilo de saliva resbalara por el tronco. Leónidas gimió con los ojos cerrados.

—Puta deliciosa… —susurró.

Natalia sonrió con la boca llena, intensificó la mamada, tragándosela hasta el fondo, con arcadas húmedas y ruidosas. La saliva le chorreaba por la barbilla y mojaba el piso. Lo sacó de su boca y lo golpeó contra su lengua, contra sus mejillas, mientras lo miraba desde abajo, como si fuera la reina del infierno.

De un tirón, él la levantó y la tiró contra la cama. El vestido se desgarró al ser arrancado, dejando sus pechos firmes expuestos. Leónidas se lanzó sobre ellos, mordiéndolos con fuerza, succionando los pezones hasta dejarlos rojos. Ella se arqueó, jadeando.

La penetró sin aviso, hundiéndose en su coño empapado. El choque de los cuerpos llenó la habitación: carne contra carne, gemidos, gruñidos. Natalia lo arañó por la espalda, dejando líneas sangrantes.

—¡Más duro! —gritó, mientras lo apretaba con las piernas.

El ritmo se volvió brutal. Leónidas la tomaba del cabello, la embestía como un animal, y cada golpe hacía que sus jugos salpicaran, empapando la base de su verga. El olor a sexo llenaba el cuarto.

Natalia se dejó voltear. Ahora de rodillas, con el culo bien alto, sintió cómo la penetraba de nuevo, esta vez más hondo, más salvaje. Sus nalgas chocaban con los muslos de él, el eco húmedo resonaba. Natalia gemía sin pudor, con la cara hundida en las sábanas empapadas de sudor.

Él escupió sobre su ano, dejando que la saliva húmeda resbalara por su piel sensible. Con un dedo enguantado y lubricado, empezó a abrirla lentamente, aumentando la presión hasta que Natalia no pudo contener un grito desgarrador. La mezcla de dolor y excitación la atravesaba por completo, su culo temblaba y sus nalgas se marcaban con cada intento de adaptación a su dedo.

Leónidas, con una sonrisa depredadora, la tomó del cabello y la empujó hacia adelante, obligando a que su cuerpo se arquease al máximo. Su pene, grueso y excepcionalmente largo, presionó el anillo de su ano, estirando la piel con fuerza, pero con un ritmo calculado. Natalia gimió, sintiendo cómo cada centímetro inicial la desgarraba suavemente, mezclando dolor con placer.

Con un empuje firme, Leónidas comenzó a introducirse lentamente, cada centímetro entrando con un roce húmedo y profundo, obligando a su cuerpo a ceder. Sus nalgas se abrían y temblaban, los músculos del ano yacen cada vez más tensos, mientras él avanzaba con control absoluto, llenándola por completo. Cada embestida lenta hacía que Natalia jadease, con la mezcla de humillación y excitación recorriendo cada fibra de su cuerpo.

 

El miembro de Leónidas continuaba entrando despacio, pesado y firme, hasta que su base rozó el contacto completo con su piel, provocando un gemido largo y ahogado de Natalia. El aroma, el calor y la presión saturaban sus sentidos; no podía resistirse ni apartarse, y sus gritos se mezclaban con sus propios gemidos y los latidos frenéticos de su corazón, confirmando su entrega absoluta.

—Vamos, puta… muéstrame cuánto puedes aguantar —gruñó Leónidas, mientras la penetraba con fuerza creciente.

 

Natalia arqueó la espalda, sus manos intentaban aferrarse a la sábana, pero Leónidas la mantenía firme. La humillación era total: sus fluidos mezclados con los de él, la sensación de llenura absoluta y la exposición total ante su mirada dominante la llevaban al límite. Cada embestida era un recordatorio de que estaba a merced de un pene enorme y de su voluntad, pero aún así, cada gemido y cada resistencia contenía la rebelión silenciosa de su poder y seducción.

—Dime que eres mi puta —jadeó Leónidas, embistiéndola más rápido.

Natalia, en lugar de obedecer, rió. Entre los gemidos, gritó con voz rota pero firme:

—Soy la puta, Leónidas.

El orgasmo la atravesó como un rayo: contracciones violentas, temblores, un grito desgarrador. Leónidas eyaculó segundos después, llenándola hasta que el semen resbaló fuera de ella, chorreando por sus muslos.

Ambos cayeron exhaustos, empapados en sudor, fluidos y olor animal. Natalia, con las piernas abiertas y el cuerpo marcado por mordidas y arañazos, lo miró con una sonrisa peligrosa.

Leonidas se subió nuevamente sobre ella y la penetró con violencia, empapándola con cada embestida. Sus cuerpos sudaban tanto que las sábanas ya estaban húmedas. El olor a sexo, a piel, a animal, impregnaba el aire.

Natalia le arañaba el pecho, dibujando cruces de sangre. Cada grito era mitad dolor, mitad placer.

—¡Fóllame más duro! —exigió ella, arqueando la espalda.

 

Leónidas obedeció, chocando sus caderas con fuerza. El flujo de Natalia se mezclaba con el semen que aún quedaba de antes, resbalando entre sus muslos y mojando la cama.

Leónidas la volteó, dejándola en cuatro patas, con el culo elevado y tenso. El semen previo aún resbalaba de su entrada, brillante como miel, mezclándose con la sangre de las pequeñas mordidas y arañazos que Natalia le había dejado en la piel. La humillación era total: estaba expuesta, abierta, vulnerable, mientras su cuerpo temblaba por el placer y el dolor.

Con un gesto lento y calculado, Leónidas escupió sobre su ano, dejando que la saliva se mezclara con la miel pegajosa y la sangre oscura. Luego introdujo un dedo húmedo y frotó, obligándola a abrirse aún más. Natalia gimió, un sonido profundo, mitad dolor, mitad excitación, mientras sus caderas se arqueaban al límite, invitándolo a hundirse más.

A pesar de su reciente eyaculación, el tamaño excepcional de su pene y la forma en que Natalia jugaba con él lo hicieron mantener la erección con violencia renovada. Cada embestida era lenta pero profunda, llenando el ano y la vagina al mismo tiempo, estirando y desgarrando suavemente los límites de su resistencia. Sus dedos largos se introducían paralelos al pene, explorando y separando sus músculos, obligándola a abrirse más, mientras sus manos sujetaban firme la cadera de Natalia para controlar cada movimiento.

 

Cada empuje parcial provocaba que Natalia se arquease, jadease y gimiera, mezclando placer y humillación. El contacto constante de su miembro, combinado con los dedos que la dominaban, hacía que cada centímetro de su cuerpo se sintiera ocupado, marcado y propiedad de él. La sensación de completa invasión intensificaba el deseo, pero también la recordaba que no había espacio para resistirse: su cuerpo y su voluntad estaban bajo control absoluto, mientras Leónidas observaba, disfrutando cada segundo de aquel sometimiento extremo.

—Eres mía… y aún así… me haces volver a querer follarte —gruñó Leónidas, jadeando mientras la penetraba con fuerza creciente.

Natalia se retorcía, gimiendo, jadeando y resistiendo, sus manos aferradas a la sábana. Cada movimiento era un duelo erótico, un choque de poder y deseo, donde el placer extremo se mezclaba con la humillación absoluta. La miel, la sangre, la saliva y el semen se fusionaban sobre su piel, haciendo que cada caricia, cada empuje, cada embestida fuera aún más intensa, sucia y cruda.

 

Leónidas la observaba con atención y deleite, disfrutando cada contorsión, cada gemido, cada señal de rendición. Gustaba mucho de verla así, completamente entregada, su cuerpo hablando por ella mientras su mente luchaba entre el deseo, la humillación y la obediencia.

 

Entre gemidos y gritos, Natalia lo provocaba y dominaba a su manera, haciendo que cada eyaculación fuera más intensa, más humillante, y que él siguiera manteniendo su erección para continuar la lucha de poder y placer que ambos compartían. Cada golpe de cadera, cada jadeo, cada mirada, era un recordatorio de que, aun humillada y cubierta de fluidos, ella seguía controlando el juego.

—¿Te asusta? —se burló él.

—Me excita —respondió Natalia, desafiante.

La desgarraba con golpes secos y profundos. Ella gritó, las lágrimas corrieron por su cara, pero no cedió.

El choque resonaba: carne húmeda, gemidos bestiales, jadeos entrecortados. El ano ardía, pero el placer la atravesaba como un látigo.

 

—¡Más hondo! —rugió Natalia, mordiéndose los labios hasta sangrar.

Se enredaron en un forcejeo erótico: él intentando dominarla, ella resistiendo, ambos jadeando como gladiadores desnudos.

 

Se revolcaron por la cama, sudorosos, los músculos tensos, los cuerpos golpeándose, compitiendo en dolor y en resistencia.

Leónidas no aguantó más. La volteó, se arrodilló sobre su pecho y le descargó una lluvia de semen caliente en la cara y los labios. Natalia lo lamió con gula, mirándolo fija.

Natalia lo miró con una media sonrisa.

Él rió, acariciándole el rostro sudoroso.

Él la miró, jadeando, la mano aún acariciando su cara.
—Eres la puta más hermosa que he follado —murmuró, la voz entrecortada por la excitación.

Natalia levantó la cabeza, sin apartar la mirada de él. Sus labios estaban húmedos, sus pezones erectos, su entrepierna aún empapada, y sus piernas temblaban ante el deseo que los recorría a ambos. El sudor y los restos de semen en sus cuerpos hacían que el aroma salado flotara entre ellos, mezclándose con el humo que se arremolinaba desde el cigarrillo que Natalia sostenía con la mano temblorosa.

Leónidas se levantó, el pene grueso y velludo marcando su erección renovada contra su abdomen liso y terso.
—Te tengo una sorpresa —dijo, con la voz grave y cargada de deseo.

—¿Otra? —respondió ella, poniéndose de pie tras de él, apoyándose contra su cuerpo. Era su puta, y lo sabía. Desde que lo conoció, lo hizo con la misma intención: él pagaba, ella obedecía. Pero entre ellos había algo diferente a la relación ordinaria de cliente y trabajadora sexual; había un vínculo que combinaba placer, poder y una extraña intimidad. Ninguno se mentía, ninguno pretendía más de lo que eran.

En ese instante, Natalia lo abrazó sin pensar. Sus brazos lo envolvieron, apretándolo contra su pecho, mientras su rostro se acomodaba justo debajo de la garganta de Leónidas, entre su pecho velludo. Su abdomen y caderas rozaban el de él, y por un instante, su mente comenzó a cuestionarse, a sentir algo distinto entre los límites de su rol y su deseo.

 

Entre los latidos de su corazón y la cercanía de su cuerpo, un pensamiento fugaz cruzó su mente: ¿qué pensaría mi niña si pudiera verme así? Abrazada a un hombre que ella no conocía, con semen saliendo de su ano y resbalando por la cara interna de sus muslos. La imagen de su hija, pequeña, inocente y confiando en ella, se mezcló con la sensación de entrega y posesión que sentía. Pensó en sus manitas cuando la abrazaba, creando un torbellino de culpa y anhelo. Por un instante, el mundo se dividió entre lo que era y lo que debía ser, entre la mujer que se ofrecía a Leónidas y la madre que siempre viviría dentro de ella.

Leónidas también se sorprendió. Nunca había sentido algo así de ella, tan espontáneo y cercano. Pero no dudó: se inclinó, capturando su boca con la suya en un beso apasionado, húmedo y salvaje, lengua contra lengua, entre el aroma de sus fluidos, el sudor y la mezcla de miel de su excitación reciente.

 

El calor de sus cuerpos, el contacto de su pene sobre su abdomen y la presión de sus brazos la envolvían completamente, y por primera vez desde que habían comenzado su juego, ambos sintieron que algo más poderoso que el placer sexual los conectaba, aunque ninguno lo dijera en palabras.

—¿Cuál es la sorpresa? —preguntó Natalia, su voz ronca por los gemidos y la excitación reciente, mientras sus muslos aún brillaban con el semen que resbalaba de sus encuentros previos.

Leónidas la miró desde arriba. Su erección seguía firme, recordándole que aún dominaba el deseo de ambos, aunque ella acababa de mostrar un gesto inesperado de cercanía.

—Lo verás en el Salón 2 —respondió él, con voz grave y cargada de promesa—. Al final del corredor, junto al jardín.

Natalia respiró hondo, midiendo cada paso, balanceando vulnerabilidad y desafío. Sus piernas temblaban un poco, pero mantenía la mirada fija, el porte erguido. Cada movimiento suyo era un juego de provocación silenciosa, un desafío que Leónidas aceptaba y apreciaba.

El pasillo estaba tenuemente iluminado, con luces cálidas que dibujaban sombras en las paredes. El olor a sudor, sexo y restos de sus fluidos flotaba en el aire. Al final del corredor, la puerta del Salón 2 se abría a un espacio más amplio, parcialmente iluminado, con el jardín visible a través de ventanales; un contraste entre la intimidad cerrada de la habitación y la exposición del lugar donde la esperaba la sorpresa.

 

Natalia avanzó desnuda, consciente de que cada paso la acercaba a un nuevo nivel de humillación, juego erótico y riesgo, y que allí, junto a Leónidas, su vínculo de placer, obediencia y poder se volvería aún más intenso y complejo.

—No olvides lo que te enseñé —susurró, mientras ella se detenía unos segundos antes de abrir la puerta.

Finalmente, él abrió una puerta y la hizo entrar en una sala iluminada tenuemente. Dentro, un grupo de hombres esperaba, cada uno con la mirada fija en la escena que se desarrollaba. Leónidas tomó a Natalia por la cintura, acercándola al centro de la sala y la giró suavemente para que todos pudieran verla.

—Mírenla —dijo Leónidas con voz grave y dominante—. Esta es la puta.

Natalia jadeaba, el cuerpo brillando de sudor y fluidos, humillada pero desafiante. Un hilo de saliva resbalaba por la comisura de sus labios, mezclado con restos de semen. Ella no apartaba la mirada, consciente de cada ojo que la examinaba.

Natalia jadeaba, el cuerpo brillando bajo la tenue luz, el aire impregnado de sudor, tabaco y alcohol. Sentía todas las miradas clavadas en su piel desnuda. Leónidas la sostuvo firme por la cintura, empujándola un paso más al frente.

—Al suelo —ordenó, apenas con un murmullo que se volvió eco en la sala.

El silencio que siguió fue pesado. Natalia tragó saliva, la respiración acelerada, y por un instante dudó. Esa vacilación, esa chispa de desafío, parecía aumentar la tensión entre todos. Finalmente, se arrodilló. El frío del piso contrastaba con el calor de su piel sudorosa. Poco a poco, con un movimiento lento, calculado y cargado de vulnerabilidad y desafío, apoyó las manos y se dejó caer sobre el suelo.

Los hombres se inclinaron hacia adelante en sus asientos, expectantes. Ella percibía cada respiración, cada sonrisa torcida, cada mirada hambrienta.

Leónidas se inclinó sobre ella, su sombra cubriéndola, y la giró suavemente de costado para que su cuerpo quedara expuesto al máximo.
—Mírenla bien —dijo, con esa voz grave que sonaba a sentencia—. La realidad es que esta no es solo una puta.

Las risas apagadas de algunos de los hombres llenaron la sala. Natalia cerró los ojos un segundo, intentando controlar el temblor de sus piernas, y luego volvió a abrirlos, clavando la mirada en uno de ellos, con un brillo que era mezcla de miedo y provocación.

 

El primero en moverse fue un hombre de traje oscuro, más corpulento que los demás. Se levantó lentamente de su asiento, con una sonrisa torcida y los ojos fijos en Natalia. El ambiente se espesó; el resto contuvo la respiración mientras él avanzaba, con pasos seguros, hasta detenerse frente a ella.

Natalia gimió apenas con su sola presencia. Un sonido bajo, gutural, mezcla de excitación y miedo, escapó de sus labios entreabiertos. No había sido tocada todavía, pero la manera en que ese cuerpo imponente se erguía sobre ella bastaba para estremecerla. Su piel húmeda de sudor y semen reaccionó como si cada centímetro estuviera siendo acariciado por su sombra.

 

El hombre sonrió más al oírla gemir, como si la confesión involuntaria de su deseo le perteneciera desde antes incluso de tocarla.

Natalia, desnuda y brillante bajo la luz cálida, levantó el rostro. No lo hizo con vergüenza, sino con el aire desafiante de quien sabe que todos la desean. Se lamió los labios despacio, consciente de que cada gesto suyo era un espectáculo.

—Empieza —ordenó Leónidas, su voz grave cortando el silencio.

Natalia bajó la vista, no en sumisión, sino como quien prepara un ataque silencioso. Se acercó a él gateando, los muslos separados, la espalda recta. El hombre respiró hondo mientras se arrodilla delante de ella, liberando al tiempo su verga.

Ella acercó su cara y el hombre liberó un gemido cuando la lengua de natalia comenzó a lamer sus testículos, rodeaba las bolas lampiñas, las ensalivaba, las succionaba y las chupaba.

El resto de los hombres se inclinó hacia adelante, expectantes, disfrutando de la escena como si fuera un espectáculo privado. El hombre corpulento la miraba con una chispa de burla en los ojos. No era una víctima.

Fue entonces cuando otro de los hombres se levantó del sofá y se colocó detrás de ella. Sin pedir permiso, bajó la cremallera y dejó caer su pantalón, quedando desnudo tras ella. Sus manos fuertes se posaron sobre las caderas de Natalia, obligándola a arquear más la espalda y a separar aún más las piernas.

Natalia sintió la presión en su ano, el calor de un segundo cuerpo invadiéndola por detrás. Por un instante, contuvo la respiración, su ano aún ardía por la penetración anterior de Leónidas, recordándole cada centímetro que había cedido antes. Esperaba que aquel hombre la penetrara por la vagina, como era habitual, pero no sería así. Su cuerpo fue sometido de nuevo al control absoluto: la entrada anal se ajustó a su invasión, obligándola a abrirse mientras su mente luchaba entre el dolor, la sorpresa y un deseo confundido.

 

El contraste era extremo: el calor húmedo en su ano aún fresco de la embestida anterior y la expectativa traicionada, mientras su cara seguía ocupada por la verga del corpulento. Cada músculo de su cuerpo reaccionaba a ambos frentes, entremezclando dolor, humillación y placer en una sensación que la dejaba al borde de la rendición total.

 

Leónidas se tensó, su mirada fija, disfrutando de la escena como un director que controla cada movimiento. Dio un paso adelante, recordando a todos que esa no era una demostración de poder de ella, sino de él.

El segundo hombre, con la verga ya dura, la sujetó fuerte de las caderas y murmuró con una voz ronca y decidida:

—Ahora te voy a coger como a ti te debe gustar.

Natalia no respondió. Solo apretó la boca sobre el glande del corpulento frente a ella, lamiéndolo despacio antes de tragárselo entero hasta la garganta. Cada empuje la obligaba a arquear el cuello y mantener la mandíbula tensa; su lengua recorría el miembro, siguiendo el ritmo que él marcaba, mientras sus manos se aferraban a los muslos del hombre, intentando sostenerse en el equilibrio precario de su rendición.

 

El hombre era firme, seguro de sí mismo, pero sorprendentemente cuidadoso con su garganta, midiendo cada empuje y obligándola a adaptarse completamente a su control. Cada movimiento recordaba a Natalia su posición: no era solo placer, sino obediencia absoluta, un sometimiento físico y mental donde su cuerpo estaba completamente a merced de aquel hombre, distinto de la brutalidad a la que Leónidas la había acostumbrado, pero igual de intenso y humillante.

 

El gemido del hombre llenó la sala mientras sus manos se enterraban en el cabello de ella, guiando cada embestida profunda, asegurándose de no dañarla, aunque la tensión y la humillación seguían siendo absolutas. Natalia, consciente del contraste, sintió una mezcla de sorpresa, excitación y confusión, mientras su cuerpo respondía al contacto y la presión de manera inevitable.

Detrás, el recién llegado escupió directamente sobre la raja de su culo, dejando que la saliva se mezclara con el semen reseco de Leónidas que todavía manchaba su piel. Con un gruñido, la penetró de golpe, su polla entrando hasta el fondo en un solo empuje brutal.

—Eso, puta, abre bien —gruñó, embistiéndola con una fuerza que la hizo soltar un jadeo ahogado contra la verga que le llenaba la boca.

El sonido era obsceno: el chocar de las caderas, el borboteo húmedo de la garganta de Natalia tragando la carne rígida, los gemidos masculinos mezclados con el golpe sordo de su cuerpo siendo usado por ambos extremos.

El corpulento se inclinó sobre ella, goteando sudor en su cara mientras se la follaba directo en la boca. Cada salida y entrada dejaba un hilo de baba y semen deslizándose por su barbilla.

Por detrás, las embestidas eran cada vez más violentas, las bolas golpeando contra sus nalgas abiertas, haciéndolas temblar con cada choque. La sala se llenaba de un olor denso a sexo, sudor y saliva, mezclado con el humo rancio de los cigarros que algunos de los hombres encendían mientras observaban.

 

Era sexo crudo y bizarro. Por un instante, un pensamiento cruzó su mente: ¿y si alguno quisiera solo hacerme el amor? Pero las embestidas rudamente le borraron rápidamente esa fantasía, reemplazándola por un dolor húmedo y excitante que dominaba cada sensación de su cuerpo. Cada golpe, cada empuje, le recordaba que no había espacio para la ternura: solo estaba la brutalidad y su propia entrega, completa y absoluta.

Natalia gemía ahogada, con la garganta llena y los ojos vidriosos, el culo completamente invadido por los dos hombres. Sin embargo, aun así mantenía la mirada desafiante hacia Leónidas, como diciéndole en silencio que ni siquiera en esa humillación extrema iba a quebrarse.

 

Pero mientras su cuerpo era dominado, una voz interna comenzó a resonar con fuerza: lo quiero a él… lo quiero dentro de mí… o lo quiero de verdad. La sensación de estar completamente usada, invadida y rendida se mezclaba con un deseo inesperado y confuso. Su mente no podía separar la humillación del placer, ni el dolor del vínculo que sentía con Leónidas; empezaba a confundirse, atrapada entre la entrega física y el impulso de quererlo, de necesitarlo, incluso en medio de aquella brutalidad.

 

Leónidas sonrió con un destello cruel en la mirada, disfrutando de la imagen: su puta, arrodillada, atravesada por dos vergas al mismo tiempo, cubierta de fluidos, convertida en el centro del espectáculo más sucio.

El corpulento que tenía la verga enterrada en su garganta comenzó a tensarse. Su respiración se volvió errática, los dedos se clavaron en el cuero cabelludo de Natalia y de pronto, con un gruñido, explotó dentro de su boca. Chorros espesos de semen caliente la llenaron hasta ahogarla. Natalia trató de tragar, pero la cantidad era brutal; se desbordaba por la comisura de sus labios, escurriéndose en hilos blancos que caían sobre su pecho.

Al mismo tiempo, el hombre que la follaba por detrás aceleró, gimiendo como un animal, hasta que la sostuvo fuerte de la cintura y descargó en lo más profundo de su culo. Natalia sintió el calor ardiendo en su interior, cómo cada empuje final lo empujaba todavía más dentro, hasta que chorros densos rebalsaban y goteaban por la línea de sus nalgas, mezclándose con la baba y el semen que ya la cubrían.

Ella cayó de rodillas, jadeante, la cara brillando de fluidos, la boca entreabierta con restos de leche pegajosa en la lengua, el ano palpitando y húmedo, todavía goteando semen.

Alzó los ojos, mareada por el exceso de carne, sudor y calor, y fue entonces cuando vio que tres hombres más se adelantaban desde las sombras de la sala.

El primero era alto y delgado, con el torso desnudo lleno de tatuajes que brillaban bajo la luz tenue. Su verga colgaba pesada, semi-erecta, mientras se tocaba lentamente, con una sonrisa torcida en los labios.

El segundo, un hombre de piel morena y cuerpo musculoso, llevaba aún la camisa abierta, el sudor marcando su pecho velludo. Se acariciaba la polla gruesa y corta con movimientos lentos, mirándola como a una presa que iba a devorar. Natalia se detuvo un instante en su verga, sorprendida: era muy gruesa, quizás incluso más que la de Leónidas. La cabeza, de un tono más oscuro que el resto del miembro, estaba hinchada y brillante, y la vena central destacaba claramente, palpando con cada movimiento. Su longitud, aunque no extraordinaria, era compacta y poderosa, perfecta para llenar y dominar. Un escalofrío recorrió su cuerpo al imaginarse cómo la invadiría, mezclando miedo, excitación y un impulso de entrega que no podía controlar.

El tercero, más joven, apenas un veinteañero, tenía el rostro anguloso y un brillo casi febril en los ojos. Se masturbaba rápido, sin pudor, con la polla venosa ya roja de tanta fricción.

Natalia los observó con una mezcla de miedo y deseo. Sabía que la iban a usar, que cada uno la tomaría como quisiera, y sin embargo, esa certeza la excitaba hasta el delirio. La piel le ardía, los muslos temblaban, y en su pecho latía un orgullo sucio: el de saberse el centro de todos esos hombres, la puta que ellos querían destruir y adorar al mismo tiempo.

Leónidas, de pie, encendió un cigarrillo y exhaló el humo con calma, disfrutando de la escena como un cazador que vigila a su presa atrapada.

—Todavía no han visto nada —dijo con voz grave, dejando que la ceniza cayera al suelo mientras sonreía.

 

Natalia, con la cara empapada en semen y el cuerpo temblando, lo miró fijamente. En el fondo de su mente, una voz gritaba que aquello era humillación extrema… pero otra parte de ella lo disfrutaba. Su cuerpo rogaba ser usado, ser penetrado, cada fibra de su piel pedía el contacto de los hombres, el ardor de sus embestidas. Cada gota de esperma, cada mirada sucia, confirmaba su poder en ese submundo al que había elegido pertenecer y, al mismo tiempo, despertaba un hambre carnal que no podía controlar.

Natalia apenas tuvo tiempo de limpiarse la boca con el dorso de la mano cuando los tres hombres se lanzaron sobre ella como depredadores. El tatuado la tomó por el cabello y la obligó a abrir bien la boca, hundiéndole la verga hasta el fondo de la garganta, mientras el musculoso la sujetaba de los brazos y el joven se colocaba detrás, guiando su polla erecta directo contra su ano todavía lubricado de semen.

Ella gimió ahogada, la garganta estrangulada por la carne dura que le llenaba la boca, al tiempo que sentía la verga joven abrirle el culo con embestidas rápidas y descontroladas.

El musculoso, excitado al ver la escena, no perdió tiempo: se acomodó debajo de ella y obligó al chico a apartarse por un momento, cuando se hubo ubicado entró directo en su coño ya enrojecido y empapado por la mezcla de fluidos anteriores. La penetró con fuerza, arrancándole un gemido profundo que se mezclaba con el ruido húmedo de la garganta.

El sonido era brutal cuando el chico volvió a acomodarse detras de Natalia: tres vergas entrando y saliendo a la vez, el cuerpo de Natalia siendo usado como un nudo de carne, saliva, semen y sudor.

Los jadeos y los gruñidos masculinos llenaban la sala, acompañados del chapoteo húmedo de cada embestida. Natalia sentía que se deshacía, la boca ahogada, el coño y el ano estirados al máximo, los tres usándola sin pausa, como si quisieran romperla.

El tatuado rió con crueldad, sacó la verga de su boca y, sin aviso, comenzó a orinarle en la cara. El chorro caliente le empapó los labios, los ojos, el cabello. Natalia gruñó, estremecida, pero no apartó la cara; abrió la boca y dejó que el líquido le llenara la lengua, escurriéndose por su barbilla y cayendo al suelo.

—Así me gusta, perra —rió el hombre, sacudiéndose las últimas gotas sobre su frente.

El musculoso seguía dándole duro entre las piernas, sus embestidas brutales haciendo que los pechos de Natalia rebotaran, cubiertos de fluidos. Detrás, el joven la sujetaba por la cintura, jadeando como un animal en celo, gimiendo alto con cada estocada profunda en su culo.

Ella estaba perdida entre el asco y la excitación, entre el dolor de ser usada y la electricidad sucia que recorría cada fibra de su cuerpo. Sentía que no era dueña de nada; sus brazos y piernas apenas respondían, y cada intento de apartarlos se desvanecía en la fatiga que la consumía. Al mismo tiempo, cada mirada fija en ella confirmaba que era el centro absoluto de aquel espectáculo, y esa conciencia intensificaba la mezcla de humillación y deseo que la mantenía atrapada entre la rendición y la resistencia.

Leónidas, de pie con el cigarrillo en los labios, observaba la escena con una sonrisa torcida, disfrutando del caos que había orquestado.

—Eso es —dijo, con voz grave.

 

Natalia, jadeante, cubierta de semen, orina y sudor, cerró los ojos un instante. En esa mezcla salvaje de placer, humillación y brutalidad, sintió que estaba cruzando un límite que ya no tenía regreso.

El tatuado, excitado por verla empapada en su orina, volvió a tomarla del pelo y la obligó a mantener la boca abierta.

—Trágatelo todo, puta —le escupió en la cara antes de soltar otro chorro tibio que le llenó las comisuras y se mezcló con la baba y el semen reseco que aún colgaba de sus labios.

El musculoso, todavía empujando su polla en su coño empapado, gruñó y le dio una bofetada a un costado de su abdomen, tan fuerte que el cuerpo de Natalia se ladeó con violencia. El golpe resonó en la sala, seguido de una carcajada de los otros. La piel le ardió, pero ella respondió con un gemido gutural que encendió aún más la brutalidad del momento.

El joven, jadeante detrás de ella, salió de su culo por un instante. Con un movimiento brusco, le abrió más las nalgas y le escupió dentro. Después, riendo, presionó con los dedos alargados contra ese culo que, para muchos hombres en la habitación, había sido un culo lujoso antes de aquella noche. La piel cedía bajo la presión, obligándola a relajarse, mientras los dedos recorrían, estiraban y dominaban cada centímetro de su carne.

—Vas a cagar para nosotros —susurró, hundiendo sus uñas en su piel.

Natalia, humillada, sintió cómo su cuerpo cedía a la orden. Se tensó un instante, apretó los dientes, y un calor húmedo se deslizó entre sus piernas, recorriendo sus muslos y cayendo suavemente sobre el suelo. El ambiente estaba cargado de sudor y deseo, pesado y sofocante para cualquiera… excepto para esos hombres que la miraban, excitados por cada movimiento suyo.

 

Mientras su cuerpo reaccionaba, su mente divagaba. Pensó en su hija, pequeña e inocente, que probablemente dormía sin imaginarse nada de lo que hacía su madre. Todo le daba vueltas en la cabeza: el orgullo, la culpa, la excitación y la responsabilidad que sentía hacia aquella niña que dependía de ella. En medio del caos físico, ese pensamiento la anclaba a su humanidad, un hilo frágil que la mantenía consciente de sí misma.

El tatuado le propinó otra bofetada, más violenta aún, y le untó parte de la mierda con la mano por la boca y el pecho. Natalia, temblorosa, abrió los labios y chupó sus dedos, como si fuera parte de la lección que ya no podía negar.

El musculoso rugió, dándole cada vez más duro, los cojones chocando contra sus nalgas manchadas, mientras el joven volvía a enterrarla por el culo, esta vez con más furia, golpeando sin pausa hasta hacerla gritar entre gemidos de dolor y placer.

El espectáculo era salvaje, repulsivo y excitante al mismo tiempo. La piel de Natalia estaba cubierta de todo: semen seco, baba, orina, mierda, sudor. Sus ojos estaban rojos, vidriosos, pero aún así mantenía esa chispa desafiante que parecía gritarle a Leónidas: aún sigo aquí.

Leónidas dio una calada profunda a su cigarrillo, dejó que la ceniza cayera en el suelo y murmuró con calma:

—Rompanla. Quiero verla cubierta de todo lo que son capaces de dar.

Los tres hombres redoblaron su violencia: la verga en la garganta la hacía atragantarse hasta las lágrimas; la polla en el coño bombeaba sin descanso, salpicando jugos que se mezclaban con la mierda que bajaba por sus muslos; la invasión en su culo era un martilleo constante que la desgarraba y la incendiaba al mismo tiempo.

 

Natalia gritaba, gemía, lloraba, reía enloquecida. No sabía si era placer, dolor o el éxtasis de estar totalmente rendida a esa brutalidad.

El tatuado fue el primero en tensarse. Con un rugido gutural, sacó la verga de la boca de Natalia y la frotó sobre su cara hasta correrse en chorros espesos. El semen le bañó los ojos, la nariz, los labios, escurriéndose hacia el cabello mojado. Natalia apenas podía respirar, jadeando bajo el chorro caliente que le cegaba y la pegaba a esa humillación absoluta.

El musculoso apretó los dientes, hundiéndose hasta lo más hondo de su coño. Con un gruñido, estalló dentro de ella, bombeando sin piedad hasta que los flujos calientes le rebalsaron de la vagina y comenzaron a escurrir en hilos densos por sus muslos manchados de mierda y orina.

El joven, jadeante detrás, se corrió con un gemido agudo, dejando su leche ardiendo en su culo ya desgarrado. El líquido espeso se mezcló con el semen anterior y con restos de excremento, goteando en chorros sucios que empapaban sus nalgas abiertas.

Natalia cayó de lado, con la cara cubierta de semen fresco, los labios hinchados, los orificios todavía temblando y goteando por las descargas. Respiraba con dificultad, el pecho manchado, el estómago brillante de fluidos. Aun así, en sus ojos se veía ese destello extraño: derrotada físicamente, pero consciente de que había resistido lo indecible.

Los hombres se apartaron entre risas, algunos escupiendo cerca de ella, otros dándole manotazos en el culo antes de retroceder.

Después, el desfile se volvió interminable. Uno tras otro, hasta veinticinco hombres en total, se turnaron sobre ella. La follaron en la boca, en el coño, en el culo; la bañaron en semen, le orinaron encima, la golpearon, la usaron como un objeto. Natalia perdió la cuenta entre gemidos, arcadas y gritos. Su cuerpo se convirtió en un receptáculo de fluidos y violencia, hasta que ya no tuvo fuerzas ni para moverse.

Al final, quedó tendida en el suelo de la sala. Su piel era una máscara brillante de semen seco y fresco, saliva, orina y mierda. El cabello pegado, los muslos amoratados y abiertos, el ano y la vagina desbordando de leche combinada, goteando lentamente en charcos que se mezclaban en el piso. Su respiración era corta, irregular; sus piernas temblaban sin control.

Leónidas apagó el cigarrillo, lo dejó caer y lo aplastó con la bota. Caminó hacia ella con calma, mientras el resto de los hombres retrocedía, satisfechos y jadeantes.

Se agachó junto a su cuerpo rendido, la tomó por la barbilla cubierta de semen y la obligó a mirarlo.

—Eres mía, Natalia —susurró, con voz grave y cruel, pero también cargada de deseo—. Todo lo que ha pasado aquí… no es nada comparado con lo que viene.

Natalia, con la voz quebrada, apenas pudo responder. Un gemido ahogado escapó de sus labios entreabiertos, mezclado con la baba y el semen que todavía colgaba de su boca.

 

La sala olía a sexo, a orina, a sudor y a derrota. Pero en los ojos brillantes de Natalia, incluso cubierta y rota, había todavía una chispa: la de una puta que sabía que aún respiraba.

Natalia intentó moverse, pero sus piernas no respondían. Estaban temblorosas, cubiertas de semen que resbalaba hasta las rodillas, pegajosas de sudor y mierda. El suelo frío la mantenía inmóvil, como si la hubiera atrapado.

Trató de abrir los ojos, pero no pudo. Las pestañas estaban pegadas por la costra de semen seco; cada intento era doloroso, como si su propia piel se negara a obedecerle. Solo veía oscuridad, y esa ceguera momentánea la llenaba de un terror que se mezclaba con un extraño alivio: no tener que mirar el estado en el que había quedado.

—¿Cuántos… cuántos hombres? —preguntó, sollozante, con la voz quebrada, mientras sentía el calor y la firmeza de Leónidas a su lado.

—Veinticinco —respondió él con voz grave, un toque de orgullo cruel en el tono—.

Natalia gimió, intentando asimilarlo.

—¿Veinticinco? —repitió, atónita, con un hilo de incredulidad y miedo—.

—Te comiste veinticinco vergas, puta —dijo Leónidas, apretando suavemente su barbilla para obligarla a “mirarlo” aunque no pudiera abrir los ojos—. Y cada una era tuya para disfrutar… o para que te quebrara.

 

El contraste entre la humillación y la manera posesiva en que él hablaba la dejó temblando, y aun así, un escalofrío de deseo recorrió su columna.

Sus manos fuertes la levantaron. El aroma a tabaco y sudor de Leónidas la envolvió

—Vamos, perra —murmuró, levantándola del suelo como si fuera un muñeco roto.

Natalia gimió, el sonido apenas un susurro quebrado en su garganta seca. No podía caminar; sus piernas flaqueaban en cada paso. Leónidas la sostuvo por la cintura, su brazo firme impidiendo que se desplomara, mientras la arrastraba hacia el pasillo.

—No puedes ver, ¿verdad? —dijo él con una sonrisa cruel, acariciando sus párpados endurecidos con semen seco—. Estás ciega de lo que te hemos hecho.

Ella quiso responder, pero solo salió un gemido débil. El olor en su piel era insoportable: sexo, orina, mierda, sudor… todo impregnado en su carne. Sin embargo, dentro de ese hedor había también una excitación vibrante que no podía negar.

El eco de sus pasos en el pasillo se mezclaba con el roce húmedo de los fluidos escurriéndose entre sus muslos. Natalia apenas podía mantenerse erguida, recargada completamente en Leónidas, que la guiaba con calma.

La arrastró directo al baño. Encendió la luz y el resplandor blanco rebotó en los azulejos fríos, acentuando cada mancha que cubría su piel. Leónidas la acomodó con cuidado dentro de la bañera, el cuerpo de Natalia cayendo torpe, casi inerte, como si ya no fuera suyo.

Abrió la llave del agua. El sonido del chorro llenando la tina se mezclaba con los jadeos irregulares de ella. El agua tibia empezó a cubrirle los muslos, arrastrando semen, orina y restos que se disolvían en la espuma. Natalia se dejaba hacer, sin resistencia; era suya por completo. No solo era su puta, sino algo más profundo: era de su propiedad, entregada a él en cuerpo y voluntad, cada músculo y cada suspiro bajo su control.

Leónidas tomó una esponja y comenzó a lavarla con una delicadeza inquietante. Pasaba la mano enjabonada por su rostro, limpiando con cuidado los párpados pegajosos, sus labios resecos, y el cuello marcado por el sudor. Descendió lentamente por los pechos, rodeando los pezones rígidos con suavidad, hasta llegar entre sus piernas, asegurándose de retirar cada resto, cada rastro de lo ocurrido en la sala. Cada movimiento era medido, tierno, casi como si la estuviera protegiendo mientras la dejaba completamente vulnerable a su cuidado y control.

Natalia no podía abrir los ojos todavía, pero sentía la contradicción: la misma mano que la había entregado a veinticinco hombres la trataba ahora como a una amante preciosa.

Él se inclinó, le apartó el cabello húmedo de la cara y le besó la frente, un gesto desconcertante, casi tierno, que contrastaba con todo lo que acababa de ocurrir.

Natalia apenas reaccionaba. Estaba agotada, sintiendo que se dormía entre el calor del agua y las manos firmes que la recorrían. Su mente flotaba en un limbo extraño, entre el alivio y el terror.

Cuando Leónidas terminó, la sacó de la bañera con la misma calma meticulosa con la que la había lavado. La envolvió en una toalla y la llevó hasta la cama. Allí la recostó con cuidado, como si depositara algo valioso.

 

Al cerrar los ojos, Natalia no pensó en nada más que en él: en su cuerpo, en su fuerza, en su pene excepcional, en la manera en que la había llenado, invadido y dominado. Todo lo que había sentido aquella noche, cada humillación y cada placer, se condensaba en esa imagen fija en su mente. Su respiración aún acelerada se mezclaba con un deseo persistente, casi doloroso, que no podía ignorar.

Leónidas se inclinó sobre ella. La besó con fuerza, con la lengua invadiendo cada rincón de su boca, saboreando su aliento como si le perteneciera. No había ternura en ese beso, sino una advertencia silenciosa: ella era suya, y lo que había ocurrido no era más que un preludio. Sus labios se movían con brutalidad disfrazada de pasión, posesivos, casi devorándola.

Cuando la lengua de Leónidas salió de su boca, Natalia cayó de bruces en la cama, rendida, los cabellos húmedos pegados a la cara, el cuerpo aún vibrando del exceso. Respiraba con agitación, el pecho subía y bajaba con dificultad, todavía embriagada por el sexo, el dolor y la humillación.

Se quedó un buen rato inmóvil, los ojos cerrados, pensando en lo sucedido. Una punzada inesperada cruzó su mente: su familia.
¿Qué pensarían si supieran lo que había hecho ese día? Sus hermanas, su madre, su propio hermano que siempre fingía no enterarse de nada. Claro que todos, salvo su hija, sabían lo que hacía para ganarse la vida. Nunca lo había ocultado del todo, ni sentido vergüenza. Era su elección, su forma de vivir, su manera de alcanzar lo que quería. Pero ese día había sido distinto. Ese día algo se había roto o abierto dentro de ella.

Por primera vez se preguntó si su hija, la única inocente en todo aquello, podría mirarla a los ojos si algún día supiera cada detalle. La idea le atravesó como una aguja, más dolorosa que cualquiera de las embestidas brutales de Leónidas o de los otros

Desnuda, dormida, yacía en la cama, su cuerpo todavía marcado por la entrega absoluta de la noche. A su alrededor, Leónidas permanecía cerca, vigilante, casi como un guardián oscuro de su rendición. Dos hombres más observaban, en silencio, la escena, apreciando cada curva, cada línea de su piel expuesta, cada suspiro que escapaba incluso mientras dormía. La vulnerabilidad absoluta de Natalia, combinada con su belleza y la evidencia de todo lo que había soportado, los mantenía en un estado de expectación silenciosa, fascinados y tensos ante la escena que se desplegaba ante ellos.

Leónidas se inclinó, rozando con cuidado su mejilla, un gesto que mezclaba ternura y posesión, dejando claro que la vigilaba, la reclamaba y la dominaba incluso en su descanso. Natalia, inconsciente pero todavía conectada a él a través de su entrega, parecía flotar entre el agotamiento, la humillación y una extraña sensación de seguridad que solo él podía proporcionarle.

 

El silencio de la habitación estaba cargado, pesado de deseo contenido y poder. Aun dormida, Natalia era el centro de atención, su cuerpo propiedad de aquel espacio oscuro donde la sumisión, el placer y la vigilancia se entrelazaban de manera inquebrantable. Allí, en la penumbra, mientras su respiración se volvía lenta y uniforme, Leónidas y los hombres contemplaban, sabiendo que aquella rendición completa no era solo física, sino también mental, un acto de entrega que marcaba el inicio de algo aún más profundo y siniestro por venir.

12 Lecturas/10 junio, 2026/0 Comentarios/por Ericl
Etiquetas: anal, baño, hermano, hija, madre, orgasmo, semen, sexo
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