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Heterosexual, Incestos en Familia, Orgias

Padre de familia de tres esposas.

Me desperté por el ruido y me quedé ahí viendo de cerca como ese hombre montaba a una niña de 6 años, le abría la vagina y la llenaba con su enorme polla negra de 30 centímetros..
Mamá y mi nuevo padre dieron sus votos de matrimonio.

Mi hermana mayor y yo estábamos felices por ella.

Las tres éramos mujeres blancas, de ojos azules y pelo castaño. Siendo más específica, una mujer y dos niñas.

Nuestro nuevo padre, Erwind. Era un hombre afroamericano de cuerpo tonificado. Bombero y muy respetado por sus colegas.

Para nosotras, nuestro padre ideal. Para los demás un hombre ejemplar.

O eso pensaba.

Mis ojos vislumbraron la escena ante mi junto a mi hermana mayor.

Mamá estaba contra la cama, siendo penetrada por nuestro ahora padre.

No podía entender en su totalidad lo que hacían, pero me hacían pensar en los animales de la tele.

Llorando en voz alta con sonidos tan salvajes y crudos.

Diciéndose palabras que no podía pronunciar y moviéndose con una cadencia que para mí mente era toda una revelación.

Mamá se escuchaba preocupada por el ruido, diciendo que no quería que nos enteraramos de lo que hacian. Sin darse cuenta de que estábamos en la entrada del cuarto.

No la culpo, Erwind tenía un tono de voz muy persuasivo, y por su forma de moverse en la cama, metiendo su enorme pene negro de 30 centímetros, mamá no tenía tiempo de pensar en nosotras mucho tiempo.

Sin embargo, todo era parte del plan de nuestro padre.

Él nos miró por el reflejo del espejo, sonriendo con soltura y con sus ojos fijos en nosotras. Sin dejar de moverse con esa cadencia de macho y haciendo llorar a mamá en la cama.

Ese día supe lo que era el sexo y el placer que podía darle a una mujer.

Mi hermana y yo hablamos de eso en mi cuarto hasta el amanecer.

Y al ir a desayunar, solo encontramos a nuestro padre, desnudo, cocinando para nosotras.

Nos dió miedo al inicio, pero su actitud fue tranquila y amable, como siempre.

Rápidamente bajamos la guardia y comimos en paz.

Ignorando que lo teníamos frente a nosotras, con el pene erecto, masturbandolo mientras nos veía comer.

Mamá nunca supo de lo que hacía su esposo, al menos no los primeros meses.

Cómo recién casados, disfrutaron de su luna de miel en la casa.

Erwind se las ingeniaba para convencer a mamá de que no estábamos en casa o en hacerlo sin importar que los escucharamos.

Sin embargo, no era escucharlos el problema, sino verlos.

Sin falta, cada que nuestro padre iba a tener sexo con mamá, nos invitaba a verlos.

Aceptamos sin decir nada y veíamos cada tarde o noche, el espectáculo animal.

Fue tal la costumbre, que no supe cuando mi hermana mayor fue la siguiente.

Era una tarde calurosa, venía del colegio sudada y solo quería bañarme y dormir.

Al entrar a la casa, algo se sentía distinto. No sabía explicarlo, pero no tarde en saber porque.

Mi padre tenía a mi hermana en la cama, desnuda, sometida a él, penetrandola como lo hacía con mi mamá.

Podía escuchar los gritos de placer de mi hermana y los golpes de piel de las embestidas.

El contraste entre la piel blanca y la negra era ahora irresoluble.

Casi como un encanto mortal.

Papá me miró por el reflejo del espejo y se limitó a besar a mi hermana, continuando con sus vaivenes.

Yo me quedé observando hasta que el calor me hizo marearme.

Los gemidos sonaron hasta que salí de ducharme y cuando estaba poniéndome la ropa, ví a mi hermana llevada por mi padre a su cuarto para dormir.

Después de eso, papá pasó a saludarme desde la entrada, sudado, apestoso y con su porte de galán.

Eso me hizo pensar que yo sería la siguiente.

Las semanas pasaron.

Mamá y Erwind follaban ante la vista de sus hijas, está vez, mi madre ya era consciente de que los veíamos.

No pareció importarle y se limitó a dejarse follar.

En ese momento, mientras veía el vaivén de las caderas negras y el contorno músculoso de la espalda de mi padre, tuve una revelación.

«Los hombres tienen el poder de someter a mujeres con mucha facilidad gracias al sexo», pensé.

Debido a eso, pude entender el cambio de mi mamá y mi hermana mayor.

Ambas pasaron a caminar desnudas en la casa, ser cogidas conmigo presente. Siempre dispuestas y ofrecidas a Erwind.

Parecían haber aceptado aquella realidad a pesar de lo extraño que era.

Mi madre tenía 38 años. Mi hermana tenía 12 y yo 8.

Y a pesar de la edad, mi hermana y mi mamá compartían al mismo hombre, al punto de llamarlo su esposo durante el sexo.

El porte de Erwind era más que eso, era su carta de presentación como macho alfa.

O eso pensé.

Durante los siguientes dos meses, la rutina fue esa y no parecía interesado en follarme todavía.

Mamá quedó embarazada en ese momento y quedó una vacante en el sexo, sin embargo, a quien agregaron no fue a mí, sino a una prima mía de prescolar.

Nos visitaba cada domingo, pero nada había pasado con ella durante los primeros meses.

Pero con el embarazo de mi madre, pude ver rápidamente como mi padre engatuzaba a mi prima con promesas y caricias.

Era como si su voz, toque y presencia, activará algo en las mujeres que las hacía obedecerles.

O al menos, eso pasó con las mujeres de mi familia.

Cuando mi prima fue desvirgada, lo hicieron en mi cama, mientras yo dormía.

Me desperté por el ruido y me quedé ahí viendo de cerca como ese hombre montaba a una niña de 6 años, le abría la vagina y la llenaba con su enorme polla negra de 30 centímetros.

No entendía como algo tan grande podía entrar fácilmente, pero después supe que era por simple anatomía.

Mi familia materna tiene la vagina grande y abierta, es algo que desarollamos al crecer. Por tanto, no fue raro para mí ver aquella escena de sexo.

En especial porque Erwind usaba lubricante y condón.

Adoraba llenar aquellas bolsas de latex con su semen para luego obligar a sus mujeres a comérselos.

No siempre usaba condón, pero cuando lo hacía era por el morbo que le daba.

A partir de convertir a mi prima como su nueva esposa, sus visitas se volvieron más frecuentes, hasta el punto que un día, nunca se fue.

Pasó a ser parte de la familia y no supe de sus padres hasta que me volví adulta.

Sus padres la habían vendido.

Mi prima era muy vivaz y se volvió la favorita de mi padre.

Donde sea que él fuera, estaba mi prima. Una niña rubia de ojos grises, de piel blanca que se sonrojaba con facilidad. De cuerpo menudo y muy agraciada.

Como una muñequita.

El contraste entre el hombre negro de dos metros músculoso y la niña blanca de porcelana levantaba miradas, pero en la calle actuaban como una familia común de padre e hija.

Era solo cuando estaban a solas que sacaban a relucir su relación incestuosa.

Varias veces estuve presente cuando se la follaba en un baño público, el baño de la escuela, en un callejón, el auto de mamá o incluso en el parque, de noche.

Papá la había convertido en su recipiente de semen y polla, al punto que mi prima parecía haber olvidado que su vagina también servía para orinar.

Varias veces mojaba la cama en las noches y papá en vez de regañarla, la limpiaba con su lengua.

Esa situación se repitió hasta el nacimiento del bebé de mamá.

Era un niño de tez morena, como nuestro padre.

Él lo acogió con cariño y después de eso, lo demás se mantuvo igual.

A veces, me quedaba de pie, mirando a mi padre follarse a sus tres esposas cada noche, mientras el bebé dormía.

Llenarlas de semen era su rutina y me sorprendía el aguante que tenía.

No era una falacia admitir que tenía el porte de un semental.

Y como todo un semental, volvió a embarazar a una de sus esposas.

Está vez a mi hermana.

Como un embarazo a temprana edad, mi hermana mayor tuvo que dejar la escuela y quedarse en casa.

Lo cual dió vía libre a unirse a las cogidas maritales de casa junto a mi prima.

Solo mamá y yo estábamos excluidas, ella por trabajo y yo por la escuela.

Pero en mi caso, no duré mucho.

Un día, en la escuela, mi padre me sacó de clases a mitad del horario con permiso de los maestros.

A los demás dijo que tenía una cita médica, la verdad, él quería follarme.

Lo supe al ver su erección en el auto, su toque en mi cuerpo y su mirada.

Además, llevaba una semana sin coger a nadie. Mi madre se sabía llevado a mi prima y hermana mayor a visitar a una partera, según, para prepararlas para sus futuros hijos.

Probablemente fue planeado por ellas, no creo que Erwind quisiera estar sin follar durante una semana completo.

Después supe que ellas estaban molestas de que me mantuviera virgen mientras ellas eran sodomizadas por semejante hombre. Según sus palabras, ninguna mujer en esa casa debía ser casta, y por tanto, medio obligaron a mi padre a cogerme.

No tuvo que esperar mucho para hacerlo.

Ya llevaba tiempo preparada para ese momento. Ciertamente lo había aceptado e incluso lo esperaba con ansías.

Sus labios tocaron los míos y lo demás se perdió en la bruma de sus caricias.

Por primera vez pude entender el placer del que tanto tenía a mi familia tan obsecionadas.

Realmente ser folladas por un hombre te cambiaba la vida.

No solo convertía tu vagina virginal en su adorado tesoro para su polla.

Sus caricias dejaban de ser amables a ser toques electrizantes de placer y deseo.

El olor de su cuerpo me llamaba a tocarlo y sus palabras eran mi nuevo rezo.

Lloré en la cama bajo sus penetraciones. Mis pezones quedaron rojos de tantas mordidas que me dió. Mi vagina chorreaba su semen en borbotones y sus labios seguían hurgando los míos, sin dejar de mirarme a los ojos.

Erwind parecía querer captar cada suceso que me hacía con detenimiento.

Nos detuvimos a la tercera ronda y descansamos hasta la noche, dónde pude disfrutar de ser cogida de nuevo junto a mi mamá, hermana y prima.

Cada una detrás de la otra.

Ahí supe que mis sospechas eran ciertas y por las palabras de mi padre, supe la razón de porqué no me había cogido aún.

Entre voz de reproche, irá y placer, nuestro hombre nos dijo.

—Queria reservar a una de ustedes para mis hijos varones, pero mis planes se arruinaron. Ahora me deben dar una niña blanca como compensación.

A partir de ahí, nuestra nueva vida consistió en ser folladas por nuestro semental negro. Quedar embarazadas, tener a sus hijos y repetir el ciclo.

Mamá le tuvo 4 hijos. Mi hermana 6 hijos y yo 5 hijos.

Todos nacieron bien, siendo la última en quedar embarazada, mi prima, que a sus 15 años, tuvo a su primera hija.

Fue una sorpresa que naciera una niña blanquita después de 15 hijos varones negros, pero mientras veíamos a la nueva integrante de la familia. Supe que sería la siguiente esposa de papá y sus hijos mayores.

 

Fin.

Gracias por leer. Si desean charlar, estoy en telegram.

@Remaster64TL28.

Nos leemos luego.

5 Lecturas/12 agosto, 2026/0 Comentarios/por Remaster64
Etiquetas: colegio, hermana, hija, madre, mayor, mayores, padre, sexo
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