Xio y su cuñado
Un cargador desató una aventura candente. .
El sonido de la lluvia golpeando contra los cristales del departamento de Xio era lo único que llenaba el silencio de la sala. Eran casi las diez de la noche. Ella estaba en su silla de ruedas cerca del ventanal, observando el reflejo de las luces de la ciudad borrosas por el agua, cuando el timbre sonó.
Al abrir, se encontró a su cuñado. Traía la chaqueta empapada y una pequeña caja entre las manos con el cargador de repuesto que ella le había pedido por la tarde.
—Te dije que no era necesario que vinieras con esta tormenta —dijo Xio, mirándolo desde abajo con una sonrisa de medio lado, una que ocultaba el vuelco que le había dado el corazón.
—Sabes que no me cuesta nada —respondió él, cerrando la puerta tras de sí. Al quitarse la chaqueta, se quedó en una playera que se adhería ligeramente a su cuerpo por la humedad.
Él se agachó para conectar el cable cerca de donde ella estaba. Al quedar a su altura, la cercanía se volvió densa. Xio vestía una blusa de tirantes escotada que no dejaba mucho a la imaginación, resaltando sus curvas pronunciadas y su imponente figura.
Él se tomó un segundo de más en incorporarse, con la mirada fija en ella, atrapado por la respiración pausada de Xio y el calor que de pronto parecía inundar la habitación.
—Hará frío afuera, pero aquí dentro está haciendo mucho calor… —susurró él, rompiendo la distancia de seguridad que siempre habían mantenido.
Xio arqueó una ceja, deslizando una mano sobre el reposabrazos de su silla, acortando los últimos centímetros que los separaban.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —desafió ella en voz baja.
Xio no era de las que esperaba a que las cosas pasaran; le gustaba tener el control. Con un movimiento fluido de sus manos sobre las ruedas, acortó la distancia que quedaba entre los dos, quedando tan cerca que podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de su cuñado. Él seguía de rodillas frente a ella, a la altura perfecta.
Xio inclinó ligeramente el torso hacia adelante, permitiendo que el escote de su blusa enmarcara sus pronunciadas curvas a escasos centímetros de sus ojos. Sostuvo su mirada con una fijeza magnética, disfrutando de cómo la respiración de él se volvía notablemente más pesada.
—Siempre tan servicial… —susurró ella, con una voz arrastrada y profunda que erizó la piel de él.
Xio estiró una mano, rozando con la punta de sus dedos la mandíbula de su cuñado, delineando la barba corta antes de enredar los dedos en su cabello húmedo. Él tragó saliva, atrapado entre la culpa familiar y el deseo abrumador que Xio manejaba a su antojo.
El contraste entre la firmeza de la silla de ruedas y la calidez desbordante de su cuerpo creaba una atmósfera sofocante en la habitación.
—Xio, no sé si esto sea una buena idea… —alcanzó a decir él, aunque sus manos, por puro instinto, ya se habían posado con firmeza sobre los muslos de ella, aferrándose al borde de su asiento.
—Nadie tiene por qué saberlo —respondió ella, esbozando una sonrisa lenta y felina—. Además, sé perfectamente que llevas meses queriendo hacer esto.
Con un tirón suave pero firme en su cabello, Xio lo obligó a subir por completo la mirada, rompiendo los últimos restos de su resistencia mientras bajaba el rostro hacia el suyo. El roce de los dedos de Xio en su cabello fue el detonante final.
Él cerró los ojos un breve segundo, dejando ir el último rastro de duda, y se entregó por completo al ritmo que ella estaba dictando.
Con un movimiento decidido, él acortá la mínima distancia que los separaba y la besó.
Fue un beso cargado de la tensión acumulada de meses, un encuentro urgente pero controlado donde Xio tomó de inmediato las riendas. Mientras sus labios se devoraban con fuerza, las manos de su cuñado subieron desde los muslos de ella hasta su cintura, aferrándose con firmeza, fascinado por la calidez y las imponentes curvas de su cuerpo que ahora sentía tan cerca.
Xio sonrió entre el beso, disfrutando del control absoluto de la situación. Sin romper el contacto de sus bocas, bajó una de sus manos por el torso de él, sintiendo los músculos tensos bajo la playera húmeda, hasta llegar a su pantalón. Con total audacia y sin rodeos, Xio tomó su paquete por encima de la tela. Él soltó un gemido ahogado contra los labios de ella, arqueando la espalda ante el contacto directo y firme de la mano de Xio, cuyas uñas se clavaron ligeramente a través de la mezclilla.
La respiración de ambos se volvió un eco pesado en medio de la sala iluminada solo por los reflejos de la tormenta.
—Te lo dije… —susurró Xio contra su boca, con el aliento entrecortado pero la voz llena de triunfo—. Sabía perfectamente lo que querías.
Él no respondió con palabras; simplemente metió las manos por debajo de la blusa de tirantes de Xio, buscando la suavidad de su piel y subiendo hacia su pecho, completamente rendido a la seducción de su cuñada.
—No hables, solo hazlo —pidió él, con la voz rota por la excitación y la respiración completamente agitada, rindiéndose por completo al momento.
Xio soltó una risa baja, un sonido cargado de pura suficiencia y picardía que retumbó en el espacio entre los dos. Disfrutando cada segundo de la fascinación que causaba en él, deslizó la mano con destreza hacia el botón y el cierre del pantalón de su cuñado.
Con un movimiento fluido y firme, bajó la prenda, liberándolo por completo de la restricción de la tela.
Al ver el tamaño y la firmeza de lo que tenía entre las manos, los ojos de Xio se encendieron. Lo tomó con una caricia posesiva, recorriéndolo lentamente de abajo hacia arriba mientras mantenía la mirada fija en el rostro de él, viendo cómo contenía el aliento ante su tacto.
—Vaya… —susurró Xio con una sonrisa descarada, delineando la punta con el pulgar—. Así que esto es lo que se come mi hermana. Definitivamente, se lo tenía muy bien guardado… pero esta noche es mío.
Él echó la cabeza hacia atrás, soltando un gemido ronco mientras las manos de Xio trabajaban con un ritmo lento y tortuoso, tomándose todo el tiempo del mundo para desarmarlo por completo antes de dar el siguiente paso. Xio cerró los dedos con firmeza alrededor de él, adaptando su mano al grosor y a la tensión que sentía bajo su tacto.
Con movimientos lentos pero constantes, empezó a deslizar la mano de arriba a abajo, controlando el ritmo exacto de la estimulación mientras disfrutaba de la reacción inmediata de su cuñado.
Él apoyó ambas manos en los reposabrazos de la silla de ruedas de Xio, inclinándose hacia ella, con los ojos entreabiertos y fijos en cómo la mano de ella se movía con total seguridad. Cada vez que Xio subía la presión o cambiaba el ritmo, él soltaba una respiración ronca, completamente entregado al juego que ella dominaba por completo.
—Mírame —ordenó ella en un susurro, aumentando ligeramente la velocidad de su mano.
Él obedeció, encontrándose con los ojos encendidos de Xio, quien no dejaba de acariciarlo con una mezcla de posesión y audacia, decidida a llevar la tensión al límite antes de pasar a lo siguiente.
El ritmo de la mano de Xio ya lo tenía al borde del abismo, pero ella no planeaba dejar las cosas a medias. Quería sentirlo por completo, romper la última barrera y adueñarse de la situación en sus propios términos.
Con un movimiento firme, Xio detuvo el avance de su mano, dejando a su cuñado conteniendo el aliento, ansioso por más. Ella lo tomó del cuello de la playera y lo jaló hacia sí con una fuerza sorprendente.
—Súbeme a la mesa —ordenó Xio cerca de su oído, con una voz cargada de autoridad y deseo—. Quiero que me tengas de frente.
Él no lo dudó ni un segundo. Desconectado de cualquier rastro de culpa, la tomó con firmeza por la cintura y por debajo de los muslos, levantándola con cuidado pero con una urgencia evidente. Xio se aferró a sus hombros arqueando la espalda, lo que hizo que sus pronunciadas curvas se presionaran contra el pecho de él durante el traslado.
Lo colocó sobre la mesa de madera del comedor, apartando de un manotazo un par de revistas que salieron volando. Xio quedó sentada en el borde, con una posición imponente que la dejaba a la altura perfecta de sus ojos y de su cuerpo. Ella misma se encargó de deslizar su falda hacia arriba, dejando al descubierto sus piernas y la lencería de encaje negro que enmarcaba sus caderas.
La vista terminó por volverlo loco. Él se interpuso de inmediato entre sus piernas, sintiendo el calor directo que emanaba de ella. Xio estiró la mano hacia abajo una vez más, guiándolo directamente hacia su centro, donde la tela húmeda ya delataba lo mucho que ella también lo deseaba.
—Ahora sí —susurró Xio, enredando las piernas alrededor de su cintura para afianzarse bien—. Hazme tuya antes de que me arrepienta.
A pesar de tenerla de frente, la realidad de la situación pareció golpear a su cuñado por un segundo. Se quedó congelado entre sus piernas, con las manos apoyadas en la mesa, a los lados de las caderas de Xio.
Miró hacia abajo, asimilando la línea que estaban a punto de cruzar, y una sombra de duda cruzó por su rostro.
—Xio… esto es una locura. Si ella se entera, vamos a destruir a la familia —alcanzó a decir con la voz entrecortada, intentando apartar la mirada.
Pero Xio no iba a permitir que se echara para atrás ahora. Con una seguridad absoluta, estiró los brazos y le tomó el rostro con ambas manos, obligándolo a mirarla directamente a los ojos. Se inclinó hacia adelante, rozando sus labios con los de él, permitiendo que el calor de su aliento y la cercanía de su imponente escote borraran cualquier rastro de lógica en su mente.
—Mírame —le susurró con una voz suave pero implacable—. Ella no está aquí. Esto es entre tú y yo, justo aquí, justo ahora. Llevas meses mirándome cuando crees que nadie te ve, deseando exactamente este momento. No me dejes a medias.
Xio bajó una de sus manos y volvió a rodearlo con firmeza, dándole un apretón decidido que le hizo soltar un gemido ahogado, desarmando la poca resistencia que le quedaba. Luego, arqueó la espalda y se acomodó mejor en el borde de la mesa, abriendo los brazos en un gesto de absoluta invitación.
—Olvida el resto del mundo —sentenció ella con una sonrisa felina—. Tómame ya.
Esa última frase terminó por romper el freno. Él cerró los ojos, dejó ir el último rastro de culpa y se pegó por completo al cuerpo de Xio, tomándola por las caderas con una fuerza renovada, listo para dar el paso definitivo. El freno se rompió por completo.
Él se presionó hacia adelante con urgencia, y el encuentro se convirtió en un torbellino de puro instinto y pasión contenida por meses. El choque inicial provocó que ambos soltaran un gemido ahogado al unísono, un sonido ronco que se perdió entre el constante golpeteo de la lluvia en el exterior.
Xio se aferró con fuerza a sus hombros, clavando las uñas en su espalda mientras se adaptaba al ritmo intenso y posesivo que él comenzó a imponer. Sentada en el borde de la mesa, Xio mantenía el control de la situación arqueando su cuerpo, permitiendo que sus pronunciadas curvas se amoldaran a la perfección con cada movimiento.
La madera de la mesa crujía levemente con el vaivén, marcando el compás de un compenetración salvaje y sin restricciones.
La habitación se llenó del eco de sus respiraciones agitadas, de besos húmedos que se daban a mitad de camino para acallar los gemidos más fuertes, y del siseo de la piel rozándose con el calor del momento.
Él la tomaba con firmeza de las caderas, fascinado por la textura de su piel y la entrega absoluta de Xio, quien lo guiaba con sus piernas y sus susurros cargados de picardía directos al oído.
No había espacio para la culpa ni el mañana; la atmósfera se volvió densa, húmeda y sofocante, consumida por un deseo prohibido que avanzaba sin frenos hacia el punto de no retorno. Ambos se buscaron con una velocidad cada vez más frenética, entregándose por completo a la intensidad de esa noche.
Cuando él sintió que la intensidad del momento llegaba a su punto máximo, el instinto de prudencia intentó reactivarse en su mente. Con la respiración completamente rota y el cuerpo tenso, hizo el amago de echarse hacia atrás, buscando distanciarse para evitar las consecuencias definitivas.
—Xio… me voy a salir… —alcanzó a jadeear, intentando sujetarla firme de las caderas para frenar el impulso.
Pero Xio ya tenía un plan perfectamente trazado en su mente. Su deseo iba muchísimo más allá de una simple aventura prohibida; en su cabeza, esa noche era la oportunidad perfecta para cumplir su más grande anhelo: convertirse en madre, y qué mejor que con los genes del hombre que tenía enfrente.
Con una fuerza implacable, Xio enredó sus piernas con total firmeza alrededor de la cintura de él, cruzando los tobillos a su espalda para bloquearle cualquier ruta de escape. Al mismo tiempo, le rodeó el cuello con los brazos, pegando su pecho con fuerza contra el de él y hundiéndolo en un beso profundo, desesperado y asfixiante que le robó el aliento y la capacidad de pensar.
Él intentó resistirse un segundo, pero el calor, el encierro de sus piernas y la presión posesiva de las manos de Xio en su nuca lo dejaron completamente indefenso.
Atrapado en el fondo de ella, el último rastro de control de su cuñado se desintegró por completo. Xio sonrió entre el beso, sintiendo la vibración del espasmo definitivo de él en su interior. Lo estrechó aún más contra su cuerpo, asegurándose de retener absolutamente todo, sabiendo con absoluto triunfo que había conseguido exactamente lo que quería.
—¡Otra vez! No te atrevas a salirte, hazlo adentro —exclamó Xio, con la voz entrecortada por la agitación pero cargada de una autoridad absoluta que no admitía réplicas.
Él estaba temblando, con la frente apoyada en el hombro de ella, intentando recuperar el aire mientras el ritmo inicial parecía mermar. Sin embargo, al escuchar la orden directa de Xio y sentir cómo ella volvía a ajustar el candado de sus piernas alrededor de su cintura, un nuevo impulso de adrenalina y deseo recorrió su espina dorsal.
El sutil movimiento de las caderas de ella, restregándose con lentitud pero con total firmeza en el borde de la mesa, terminó por encender el fuego que apenas empezaba a apagarse.
—Xio, por favor… esto ya es demasiado —alcanzó a murmurar él, aunque su cuerpo ya estaba respondiendo de forma contraria a sus palabras, volviendo a ganar firmeza en el interior de ella.
—No pienses, solo mírame y haz lo que te digo —sentenció ella, tomándolo fuertemente del cabello para obligarlo a levantar la cabeza. Sus miradas se cruzaron en la penumbra de la sala, conectadas por una complicidad oscura y un calor desbordante.
Él se sostuvo de la mesa con renovada fuerza, apretando las manos contra la madera hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Guiado por la fijeza magnética de los ojos de Xio y la urgencia de su propio cuerpo, reinició el vaivén con una intensidad más pausada pero mucho más profunda y pesada.
Los gemidos volvieron a llenar el espacio, mezclándose con el rugido de la tormenta afuera. Xio arqueaba la espalda, entregada por completo a la sensación, sosteniéndolo con fuerza y asegurándose de que cada centímetro de esa pasión prohibida se quedara exactamente donde ella lo había planeado desde el principio.



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