Cuando mi madre me miró con otros ojos. Parte 2
Cuando creía que el deseo me volvería loca, la encontré frente a mi puerta. Y supe que esta vez, no habría vuelta atrás..
Los días siguientes fueron una tortura. Nos evitábamos, hablábamos solo lo necesario, y cada vez que nos mirábamos, veíamos el recuerdo de ese beso, de ese momento en que habíamos perdido el control. La tensión en la casa era insoportable, y yo me sentía dividida entre el deseo y la culpa.
Los días que siguieron al beso fueron una mezcla de tormento y deseo. Por un lado, la vergüenza y la confusión nos consumían. No sabíamos cómo actuar, cómo mirarnos a los ojos, cómo hablarnos sin que el recuerdo de ese beso nos quemara por dentro. Pero por otro lado, había algo más, algo que crecía en secreto, algo que nos despertaba por las noches y nos hacía mojarnos de excitación.
Yo, Ana, me sentía dividida. Por un lado, sabía que lo que habíamos hecho estaba mal, que era algo prohibido, algo que ninguna de nosotras debería haber deseado. Pero cada vez que pensaba en ella, en su olor, en su sabor, en cómo su lengua se enredaba con la mía, sentía un fuego que me quemaba por dentro. Soñaba con ella, con sus manos en mi cuerpo, con su voz susurrándome cosas que me ponían los pelos de punta.
Mamá, por su parte, no era diferente. La veía mirarme de reojo cuando creía que no la veía, con esa mirada que ya había visto antes, esa mirada de deseo que me hacía sentir poderosa y vulnerable a la vez. Sabía que ella también lo sentía, ese fuego, esa necesidad. Pero también sabía que ella, como yo, estaba luchando contra eso, tratando de ignorarlo, de fingir que no existía.
Una noche, mientras yo estaba en la cama, incapaz de dormir, escuché un ruido en el pasillo. Me levanté sigilosamente y, al abrir la puerta, la vi allí, parada frente a mi habitación, con los ojos fijos en mí. No dijo nada, pero no hacía falta. En sus ojos vi el mismo deseo que yo sentía, la misma necesidad, la misma confusión.
—¿Mamá? —susurré, sintiendo cómo el corazón me latía a mil por hora.
Ella no respondió. Se acercó a mí, despacio, y sin decir una palabra, me tomó de la mano y me llevó a su habitación. Una vez dentro, cerré la puerta y la miré, sintiendo cómo el deseo nos envolvía, cómo el fuego que habíamos intentado apagar durante días se encendía de nuevo.
La habitación de mamá estaba a oscuras, solo iluminada por la luz de la luna que se filtraba por la ventana. El ambiente era cálido, íntimo, y el olor de su perfume me envolvía, me hacía sentir segura y excitada a la vez. La miré, viendo cómo su pecho subía y bajaba rápidamente, cómo sus ojos brillaban con un deseo que no podía ocultar.
—¿Qué hacemos, mamá? —pregunté, sintiendo cómo mi voz temblaba.
Ella no respondió con palabras. En su lugar, se acercó a mí y, con manos temblorosas, me acarició la mejilla. Sentí cómo ese simple contacto me quemaba, cómo mi cuerpo reaccionaba a su tacto. Me incliné hacia ella, cerrando los ojos, esperando su beso.
Pero no fue un beso lo que recibí. En su lugar, sentí cómo sus manos bajaban por mi cuerpo, cómo me desvestía lentamente, con una ternura que me hacía sentir amada y deseada. Cuando estuve desnuda, me miró, y en sus ojos vi el mismo deseo, la misma necesidad, la misma confusión.
—Ana… —susurró, con la voz quebrada—. No sé qué nos está pasando, pero no puedo detenerlo.
Yo tampoco podía. La necesidad de sentirla, de tocarla, de besarla, era demasiado fuerte. Me acerqué a ella, besándola suavemente al principio, luego con más fuerza, con más urgencia. Nuestras manos exploraron nuestros cuerpos, descubriendo nuevas zonas erógenas, nuevas formas de darnos placer.
Mamá me llevó a la cama, y allí, bajo las sábanas, nos perdimos en un mar de sensaciones. Sus manos en mis pechos, en mi vientre, en mi entrepierna, me hacían gemir de placer. Yo, por mi parte, exploré su cuerpo, descubriendo cómo se estremecía bajo mis caricias, cómo su respiración se aceleraba cuando la tocaba en los lugares correctos.
—¿Te gusta? —le pregunté, sintiendo cómo mi voz temblaba de emoción.
—Sí —respondió ella, con los ojos cerrados y una sonrisa en los labios—. No sabía que podía ser así.
Yo tampoco. Pero ahora, aquí, en esta cama, con ella, lo estaba descubriendo. Y no quería que se acabara nunca.
La habitación estaba impregnada con el olor de nuestro deseo. El aroma dulce y almizclado de nuestra excitación se mezclaba con el perfume de mamá, creando una mezcla embriagadora que me hacía sentir mareada. Nos movíamos en la cama, nuestras pieles resbaladizas por el sudor, nuestros cuerpos enredados en un baile de placer.
Mamá estaba encima de mí, sus pechos grandes y pesados se movían con cada uno de sus movimientos. Sentí cómo su mano se deslizaba entre mis piernas, cómo sus dedos me acariciaban, me exploraban, me preparaban. Gemí de placer, arqueando la espalda, sintiendo cómo mi cuerpo se abría para ella.
—¿Te gusta, Ana? —me preguntó, con la voz ronca de deseo.
—Sí, mamá —respondí, con los ojos cerrados, disfrutando de cada caricia—. No pares.
Ella no lo hizo. Con un movimiento lento y seguro, me penetró con dos dedos, llenándome, haciéndome sentir completa. Grité de placer, sintiendo cómo mi cuerpo se adaptaba a ella, cómo me apretaba alrededor de sus dedos, cómo mi humedad los cubría, facilitando su entrada y salida.
—Ana… —susurró ella, inclinándose para besarme—. Estás tan mojada, tan caliente…
Yo no podía hablar. Solo podía sentir, solo podía gemir, solo podía arquear la espalda y mover las caderas, buscando más, pidiendo más. Mamá me dio lo que quería. Con movimientos expertos, me folló con sus dedos, llevándome al borde del abismo, haciendo que mi cuerpo se tensara, que mis músculos se contrajeran, que mi respiración se detuviera.
—¡Mamá! —grité, sintiendo cómo el orgasmo me golpeaba, cómo me sacudía, cómo me dejaba temblando.
Ella no se detuvo. Continuó moviendo sus dedos dentro de mí, alargando mi placer, haciendo que cada ola de éxtasis fuera más intensa, más larga. Cuando finalmente me dejé caer en la cama, exhausta y satisfecha, ella se acostó a mi lado, abrazándome, besándome suavemente.
—¿Y tú, mamá? —pregunté, sintiendo cómo mi voz temblaba—. ¿Qué necesitas?
Ella me miró, con una sonrisa tímida, y me mostró su propia humedad, su propia excitación. Sin decir una palabra, entendí lo que quería. Me moví, colocándome entre sus piernas, sintiendo cómo su olor me envolvía, cómo mi boca se hacía agua.
Con movimientos lentos y suaves, la probé, la exploré, la disfruté. Saboreé su dulzura, su salinidad, su esencia. Con mi lengua, mis labios, mis dedos, la llevé al borde, la hice temblar, la hice gritar.
Juntas, en esa cama, en esa habitación, nos perdimos en un mar de placer, de deseo, de amor. No importaba lo que pasara después, lo que importaba era este momento, este instante, este nosotras.
Los días siguientes a esa noche fueron extraños. Por un lado, la tensión entre nosotras era palpable. Cada vez que nos mirábamos, cada vez que estábamos en la misma habitación, podíamos sentir el recuerdo de lo que habíamos hecho, de cómo habíamos perdido el control, de cómo nos habíamos dado placer mutuamente. Pero por otro lado, había algo más, algo que crecía, algo que nos atraía el uno al otro de una manera que no podíamos ignorar.
Mamá y yo nos evitábamos, hablábamos solo lo necesario, y cada vez que nos tocábamos, era con cuidado, con timidez, como si tuviéramos miedo de lo que podríamos despertar. Pero a pesar de todo, había momentos en los que no podíamos evitarlo. Momentos en los que, al pasar una al lado de la otra, nos rozábamos, nos mirábamos, y en esos ojos veíamos el deseo, la necesidad, el recuerdo de esa noche.
Una tarde, mientras yo estaba en la cocina preparando algo de comer, mamá entró. Al pasar a mi lado, me rozó el brazo con el suyo, y sentí cómo ese simple contacto me quemaba, cómo mi cuerpo reaccionaba, cómo mi mente se llenaba de recuerdos. Me giré para mirarla, y en sus ojos vi el mismo deseo, la misma necesidad. Sin decir una palabra, nos acercamos, y nos besamos, un beso suave, tierno, pero lleno de promesas.
Ese beso nos dejó sin aliento, nos dejó temblando, nos dejó con ganas de más. Pero no fue hasta esa noche, cuando estábamos solas en el salón, cuando nos dejamos llevar de nuevo. Mamá se acercó a mí, me tomó de la mano y me llevó al sofá. Allí, bajo la luz tenue de la lámpara, nos besamos, nos tocamos, nos exploramos, nos perdimos en un mar de sensaciones.

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