El cumpleaños de Eduardo
Eduardo Morales cumplía cuarenta años un martes cualquiera..
No había pedido el día libre ni organizado una celebración. A esa edad, los cumpleaños empezaban a parecerse demasiado entre sí. Se levantó a la misma hora de siempre, preparó café, revisó algunos correos del trabajo y respondió con un simple «gracias» a los mensajes de felicitación que iban llegando al celular. Su único plan para la noche era cenar con un par de compañeros de la oficina.
El primer mensaje que recibió fue el de su madre. Después llegaron los de su hermana, algunos amigos y varios compañeros que se habían acordado gracias al aviso de las redes sociales.
Había uno, sin embargo, que sabía que no llegaría.
Desde el divorcio, tres años atrás, él y Mónica habían reducido su relación a lo estrictamente necesario. No discutían por gusto, pero tampoco hacían el menor esfuerzo por ser cordiales. Hablaban cuando el tema era Samuel, su hijo de siete años, y nada más. Si el niño necesitaba algo, se llamaban. Si había que cambiar un fin de semana o coordinar una cita médica, se escribían. Terminado el asunto, cada uno seguía con su vida.
Antes del divorcio, antes incluso de que la sombra del fracaso se cerniera sobre ellos, Eduardo y Mónica habían sido una pareja convencional, incluso apasionada. Ella, una mujer que si alguien le hubieran hablado de incesto antes de ser madre, se habría escandalizado, habría tachado de enfermo a quien osara mencionarlo. Su moral era rígida, sus límites claros. O eso creía ella.
El nacimiento de Samuel, sin embargo, había sido un terremoto sísmico en el paisaje de su psique. El amor que sintió por su hijo fue de una intensidad tan avasalladora, tan visceral y absoluta, que empezó a torcer sus propias convicciones. Comenzó con cosas pequeñas, casi inocentes, que ella misma se esforzaba en ver como tales. Una tarde, mientras le daba el biberón, el pequeño, de apenas dos años, agarró su pecho con su manita regordeta, no con hambre, sino con una curiosidad exploratoria. Un calor, una punzada de excitación que la horrorizó, recorrió su cuerpo. Se apartó de inmediato, sintiéndose sucia, culpable. ¿Cómo podía sentir eso? Se lo guardó para sí, una vergüenza tóxica que no podía compartir con nadie, y menos con Eduardo.
Otra vez, ya con tres años, durante el baño que tomaba con Samuel, él la miraba con la inocencia de un niño que no entiende de privacidad. Pero para Mónica, la visión de su pequeño cuerpo desnudo, sus ojos curiosos fijos en ella mientras el agua resbalaba por sus pechos y muslos, generó en ella una humedad que no tenía nada que ver con la ducha. Se cubrió con el torso torpemente, sintiendo el rostro arder, no por vergüenza ante el niño, sino por la reacción de su propio cuerpo. Se odiaba en esos momentos. Odiaba la parte oscura de su alma que se excitaba con la pureza de su propio hijo.
Estos conflictos internos los tragaba con saliva, convirtiéndose en una isla de secretos dentro de su propio matrimonio. No podía contárselo a Eduardo. Él era un hombre de mundo, directo, con una visión de la sexualidad que era puramente funcional y carnal. Él no entendería la complejidad de su tormento; solo vería la perversión.
Y fue precisamente la actitud de Eduardo lo que terminó de empujarla al abismo. Eduardo era, en esencia, un machista. La consideraba suya, un trofeo que exhibir y un cuerpo que disfrutar. Su libido era insaciable y a veces, ciegamente inconsciente de la presencia de Samuel. Mónica recuerda con una claridad terrible una noche en que el niño, quizás ya con cuatro años, había tenido una pesadilla y se había metido en su cama para dormir con ellos. Eduardo, sin importarle la pequeña figura acurrucada entre ambos, comenzó a manosearla, a besarle el cuello, a introducirle su mano entre las piernas con una familiaridad que la humilló. Y en esa humillación, en ese acto de ser tratada como un objeto de uso delante de su propio hijo, Mónica sintió una excitación tan intensa y tan perversa que casi se ahoga con ella. La idea de que Samuel la viera así, entregada, sumisa, siendo poseída por su padre, la electrificó. El morbo que antes era un secreto sucio ahora se alimentaba con la indiferencia de su esposo.
El colmo llegó una noche de verano, meses antes de la separación. Samuel tenía fiebre, un calor febril que lo hacía inquieto y llorón. Para calmarlo, Mónica lo había dejado dormir con ella, su pequeño cuerpo acurrucado contra el borde de la cama de matrimonio, una extensión de su propia preocupación. El sueño, al fin, lo había vencido.
Eduardo llegó pasada la medianoche. El olor lo precedió, una mezcla agria de whisky y humo de cigarro. Tras una cena con amigos, el alcohol y el deseo le corrían por las venas como combustible tóxico. No le importó nada. Ni la hora, ni el calor, ni la pequeña figura durmiendo a escasos metros. Entró al cuarto como un toro en una cacharrería, haciendo ruido al tirar los zapatos y desabrocharse el cinturón con un gesto brusco.
Mónica se despertó cuando el peso de su esposo se posó sobre ella, un peso familiar y opresivo. Acostumbrada a esa rutina nocturna, le pasó los brazos por el cuello y le permitió que la besara. Su aliento era un insulto, un fuego de alcohol que le quemaba la boca. Eduardo, con la torpeza y la urgencia de la ebriedad, le quitó la blusa de seda, dejando sus tetas al aire, blancas y pesadas. Ella, por pura inercia, le ayudó a quitarse la camisa a él, sus uñas rozando la piel de su espalda. Luego Eduardo se deshizo del pantalón de Mónica, tirando de la tela con tal fuerza que el elástico chirrió.
La penetró brutalmente, sin preámbulos, sin una sola caricia para prepararla. Entró seco, violento, con una fuerza que la hizo gritar contra su boca. No fue un grito de placer, sino de dolor y una excitación que la repugnaba y la excitaba a un tiempo. Su cuerpo, ese traidor, respondía a la agresión con una humedad súbita, una rendición humillante. Y cuando abrió los ojos, lo vio. Samuel. Estaba despierto, con los ojos grandes y abiertos como dos platos, mirándolos desde la almohada, una silueta pequeña y paralizada en la penumbra.
La imagen de su hijo observándolos fue un detonador. El dolor se mezcló con un morbo salvaje, una excitación tan oscura y poderosa que la nubló por completo. La idea de que Samuel la viera así, siendo tomada, usada, la llenó de una energía perversa. Eduardo, ajeno a todo, sintió su respuesta, cómo sus caderas se movían para encontrarse con las suyas, y lo interpretó como su deseo habitual.
—Así me gusta, puta —gruñó él, su voz pastosa—. Siempre tan puta para mí.
Con un movimiento brusco, le dio media vuelta en la cama, dejando ese tremendo culazo redondo que Mónica poseía en pompa, una ofrenda sacrílega bajo la luz de la luna. Eduardo, consumido por la lujuria alcohólica, no se contentó con eso. Se arrodilló, acomodó su cara en medio de esas nalgas perfectas y las abrió con las manos, dejando su anito rosado y contraído expuesto. Con el afán que da la ebriedad, comenzó a lamerlo, a pasarle los dedos en forma circular, intentando dilatarlo rápidamente. Mónica, acostumbrada a ese trato, gemía, un sonido bajo y gutural que sabía que era lo que él esperaba. Samuel, desde su posición, vería la espalda de su madre, los músculos tensos, y la cabeza de su padre enterrada en un lugar que él no podía comprender, un acto de sumisión animal que lo confundiría y aterrorizaría.
No esperó mucho más, Eduardo se incorporó, acomodó su tremenda erección, ya lubricada con los jugos de Mónica, sobre el culo de ella. —Mira este culo, Mónica… Dios, qué culo tienes. Está hecho para esto. Para que lo rompa. Me encanta que te comportes así. Eres una perrita. Una perrita caliente para mí.
Intentó penetrarla por el culo sin excitarla más, tan cegado por la bebida que no acertaba. Su verga, gruesa y dura, golpeaba contra las paredes firmes del ano o se deslizaba por el valle de sus nalgas. Mónica, sintiendo la frustración de él y la extraña necesidad de que el acto se consumara ante los ojos de su hijo, tuvo que ayudarlo. Giró la cabeza, y con su mano guió la cabeza de su miembro hasta el entrance estrecho.
Y a la primera oportunidad, sin darle tiempo a prepararse, los 23 centímetros de verga se incrustaron dentro del ano de Mónica. Gritó fuerte, un grito de dolor genuino que se mezcló con un gemido de placer profano. La carne se rompía, el ardor era intenso, pero la humillación y la excitación de ser vista así por su hijo eran un fármaco más potente que cualquier analgésico.
—¡Así puta! —le decía Eduardo al oído, mientras la penetraba con golpes secos y profundos, hundiéndose hasta las bolas—. ¡Tómalo todo! ¡perra!
Cada embestida hacía que sus grandes tetas se aplastaran contra la cama. Samuel, desde su almohada, percibía el ritmo violento, el crujido de la cama, los gemidos de su madre que sonaban a dolor, las palabras sucias y agresivas de su padre. Veía cómo el cuerpo de su madre, un símbolo de seguridad y ternura, era sacudido una y otra vez, y cómo su padre, la figura de autoridad, se convertía en un depredador.
Cuando Eduardo terminó, se derrumbó a su lado, roncando casi al instante, un animal inconsciente ajeno a la tormenta que él mismo había desatado. Mónica se levantó despacio, sintiendo cada músculo dolorido, no solo por la fuerza de Eduardo, sino por la tensión que la había mantenido rígida durante el acto. El dolor en su ano era una quemazón constante, un recordatorio físico de su humillación y de su excitación. Abrazó a su hijo hasta que ambos se quedaron dormidos.
La mañana siguiente Eduardo roncaba a su lado, un animal inconsciente ajeno a la tormenta que él mismo había desatado. El olor a alcohol y a su sudor era un insulto, una prueba tangible de su indiferencia. Mónica se levantó despacio, sintiendo cada músculo dolorido, no por la fuerza de Eduardo, sino por la tensión que la había mantenido rígida toda la noche con el semen seco de Eduardo alrededor de su ano. No se duchó. No se vistió. Tomó al niño y lo llevó desnuda por el pasillo, hacia su habitación.
El niño se despertó en el camino. Lo sentó en el centro de su cama, con las rodillas recogidas contra el pecho, abrazando un oso de peluche que había ahí. Sus ojos estaban fijos en la pared. Estaba viendo la escena de la noche anterior, una y otra vez, proyectada en el cine de su mente. El silencio del niño era la prueba más devastadora de su trauma. Un niño asustado llora; un niño roto enmudece.
Mónica se sentó al borde, el colchón cediendo suavemente. Le acarició el pelo, un gesto materno que ahora se sentía falso, una pantomima. Ella sintió un nudo en la garganta, una mezcla de amor y un deseo tan perverso que le revolvió el estómago.
—Samuel, mi amor —dijo, y su voz sonó extraña, rasposa, como si no fuera la suya. Era la voz de una extraña que habitaba su cuerpo—. ¿Qué viste anoche?
El niño no la miró. Su mirada seguía perdida en la pared. Pero respondió. Su vocecita era un hilo casi inaudible.
—Papá… te estaba haciendo daño. —Luego, tras una pausa que se prolongó una eternidad, añadió—. Pero tú te reías.
Mónica sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Reírse. No se había reído. Había gemido, se había quejado, pero él había interpretado esos sonidos de otra manera. La inocencia de su percepción era más cruel que cualquier malicia.
—No, mi niño. No me hacía daño. Y no me reía. —La mentira le salió con una facilidad que la aterrorizó—. Es que… es algo que hacen los mayores cuando se quieren mucho. Es un juego. Un juego secreto.
El niño finalmente la miró. Sus ojos eran dos pozos de confusión.
—¿Un juego?
—Sí. Un juego de amor. Pero el juego del papá… es un juego brusco. A veces duele un poquito. Es un juego de hombres. —Sus dedos seguían acariciando su cabeza, mientras su mente, esa mente traicionera, sudaba de nervios—. Pero mamá… mamá quiere enseñarte el juego bueno. Uno que no duele. Para que sepas cómo se juega, para que cuando seas mayor sepas tratar bien a las chicas.
Samuel no dijo nada. Solo la observaba, procesando las palabras, intentando darles sentido en su mundo de cuatro años.
Y Mónica, sintiendo que el mundo se partía efectivamente en dos, que la Mónica de antes moría para dar a luz a esta nueva criatura, actuó. Tomó su manita, la manita que agarraba el oso de peluche. La mano de Samuel era pequeña, cálida, confiada. Le temblaba ligeramente. La guío, hacia su propio cuerpo, hacia el lugar entre sus piernas que Eduardo había profanado horas antes.
La piel de Samuel era suave contra la suya, que aún estaba sensible, ligeramente hinchada. La mano del niño se detuvo, instintivamente, al sentir el calor, la humedad.
—No tengas miedo, mi vida. Confía en mamá. —Su voz era un susurro hipnótico, una serpiente en el jardín del edén—. Esto es el centro del amor de mamá. Y te voy a enseñar a sentirlo.
Con sus propios dedos, guió los de Samuel. Le mostró cómo moverse, cómo rozar el pequeño capullo sensible que se escondía bajo los pliegues. El contacto fue torpe, exploratorio. Un choque de electricidad estática recorrió el cuerpo de Mónica. No era el placer agudo y adulto que ella conocía. Era algo más profundo, más complejo. Era el poder absoluto de estar corrompiendo la inocencia. Era, a su retorcida manera, el acto de maternidad más extremo: estaba «educando» a su hijo según sus propias reglas pervertidas.
—Así… así está bien —susurró, cerrando los ojos, perdiéndose en la sensación—. Sientes cómo late, ¿verdad? Es mi corazón, el corazón de mamá, que late por ti.
Samuel, obediente y confundido, continuaba el movimiento que ella le enseñaba. Sus dedos se mojaban con los jugos de Mónica, un jugo que no era de deseo, sino de una locura recién nacida. Ella le explicó todo, con un detalle clínico y obsceno. Le explicó que el papá metía una cosa ahí dentro, una cosa grande y dura, y que por eso a veces dolía. Pero que el juego de mamá era con los dedos, con la caricia, con el amor suave.
—Ahora tú también vas a sentirlo —dijo ella, y su voz tenía una nota de triunfo—. Mamá va a hacerte sentir el amor bueno.
Con una delicadeza feroz, recostó al niño en la cama. Le bajó el pijama, revelando su pequeño penecito, flácido e inocente. Mónica sintió una sacudida, una mezcla de asco y un deseo que la consumía. Se inclinó y, con la punta de la lengua, lo rozó. El niño se estremeció, no de placer, sino de sorpresa. Ella lo tomó en su boca, no con la técnica de una amante, sino con devoción. Lo hizo lento, explicándole cada sensación, cada movimiento. El acto no era sobre el placer de Samuel, que era incapaz de entenderlo. El acto era sobre ella. Sobre su poder, sobre su venganza contra Eduardo, sobre la destrucción de su propia moralidad.
Cuando terminó, cuando sintió que había cruzado un punto sin retorno, se arropó junto a él. Abrazó a su hijo, el cuerpo del niño temblando ligeramente contra el suyo. Y entonces, el pánico llegó. No fue una ola, fue un tsunami. El vértigo se convirtió en náusea. La excitación se desvaneció, dejando un vacío helado, un horror tan profundo que le robó el aliento. ¿Qué había hecho? La realidad de sus actos, la magnitud de su abominación, la golpeó con la fuerza de un tren. Se había convertido en el monstruo que siempre había temido ser. Había destruido a su propio hijo para vengarse de su esposo. El pánico la paralizó, la dejó inmóvil, abrazada a la prueba viviente de su pecado, incapaz de moverse, incapaz de llorar, incapaz de hacer otra cosa que existir en ese infierno que ella misma había creado.
Esa misma tarde, cuando Eduardo volvió a casa, ella lo esperaba en el salón. No había lágrimas en sus ojos, solo un hielo que lo heló hasta los huesos. Estaba sentada en el sillón, perfectamente vestida, con el maquillaje impecable, delante de Samuel que jugaba con unos carritos. «Lo has hecho», le dijo. «Tú has provocado esto».
Eduardo, confundido, le pidió explicaciones. «¿Qué he provocado yo, Mónica? ¿De qué diablos hablas?».
«¡Lo que hiciste anoche! ¡Delante de él! ¡Lo que me has obligado a ser!». Y le soltó la verdad, una verdad retorcida y monstruosa que él no pudo procesar. Le acusó de que su actitud, su machismo, su necesidad de follarla como si fuera una cosa delante de su propio hijo, había sido la que la había corrompido, la que la había empujado a buscar una forma de «purificar» esa experiencia con Samuel. «¡Si no me hubieras usado así, jamás habría pensado en enseñarle a él! ¡Esto es culpa tuya!».
La reacción de Eduardo no fue la de un hombre que ve a una enferma. Fue la de un hombre que ve el mundo que conocía desmoronarse a sus pies. Primero, la incredulidad. Sus ojos se desorbitaron, su mente se negó a creerlo. Abrió la boca para hablar, pero solo emitió un sonido seco, como un pez fuera del agua. Luego, la furia. Una furia roja y ciega que le subió por la garganta y le apretó la mandíbula. Dio un paso hacia ella, con el puño medio levantado, un impulso animal de golpear la fuente de tanto dolor. Pero se detuvo. Vio su rostro, y por primera vez en años, no vio a la mujer que amó. Vio a una extraña rota, una criatura perdida en su propia pesadilla. Y la furia se desvaneció, reemplazada por un pánico frío y un asco tan profundo que lo hizo retroceder.
«¿Estás loca? —consiguió susurrar, su voz temblorosa—. Mónica… ¿Qué estás diciendo? ¡Me estás culpando a mí de… de eso? ¡No… no tiene sentido!».
Se acercó de nuevo, pero esta vez no con agresividad, sino con una súplica desesperada. Arrodilló un poco el cuerpo, como si quisiera estar a su nivel, en el pozo donde ella se encontraba.
«Mónica, por favor… mira lo que has hecho. Es terrible, es… es un error, un error terrible, lo sé. Lo sé. Te has equivocado, has hecho algo malo, algo muy malo. Pero podemos arreglarlo. Por ti, por Samuel… podemos… podemos protegerlo. Podemos decirle que fue un juego, un juego nada más, que mamá… que no lo volverá a hacer nunca, jamás. Por favor, Mónica, te lo ruego. No podemos perderlo todo. No podemos perder esta familia. Dime que lo arreglaremos. Dime que no lo volverás a hacer».
Sus palabras eran un lazo, un intento desesperado de rescatarla del abismo. Pero Mónica no quería ser rescatada. El abismo se había convertido en su único hogar. Escuchó su oferta, su lógica, su esperanza, y sonrió. Una sonrisa triste, resignada, la sonrisa de alguien que ya ha cruzado el umbral y sabe que no hay vuelta atrás.
«¿Arreglarlo, Eduardo? —dijo, y su voz estaba calmada, terriblemente calmada—. ¿Arreglar qué? ¿No entiendes? Ya no hay nada que arreglar. No fue un error. Fue… una revelación». Cerró los ojos un instante, como si saboreara el recuerdo. «Lo que sentí esta mañana con él… con mi hijo… es algo que tú nunca me has dado. Es algo que tú nunca podrías darme. Fue puro. Fue real. Fue nuestro».
Eduardo la miró, horrorizado. La esperanza se le apagó en los ojos, reemplazada por una comprensión aterradora.
«Ya no hay retorno, Eduardo —continuó ella, abriendo los ojos y fijando los suyos en él—. No puedo volver atrás. No quiero. Lo que experimenté con mi hijo… me completó. Me hizo ser quien era. Así que no, no lo arreglaremos. Porque no está roto. Está perfecto».
Se levantó y se alejó de ella, como si su simple proximidad pudiera contagiarlo. A partir de ese día, todo se rompió. Las discusiones, los intentos fallidos de llevarse bien… todo se basaba en ese punto de ruptura. Él la veía como una monstruosa perversa. Ella lo veía como el cobarde que la había empujado y luego la había abandonado a su propio infierno. Ninguno de los dos estaba dispuesto a admitir su propia cuota de culpa.
Tras la separación se dió inicio a otro tipo de relación entre ellos que era un equilibrio imperfecto, construido después de demasiadas discusiones y varios intentos fallidos de llevarse bien. Ninguno de los dos estaba dispuesto a admitirlo, pero seguían culpándose mutuamente por el fracaso del matrimonio. Samuel era el único terreno neutral, el único pacto que no se rompía.
Ese martes el niño estaba en un campamento vacacional organizado por su colegio. Había insistido durante semanas en ir y Eduardo, viendo en ello una oportunidad para aliviar la tensión constante, había terminado convenciéndose de que era buena idea. Unos días en la naturaleza, lejos de la atmósfera cargada de su casa, parecían una oportunidad para que todos respiraran, para que Samuel aprendiera a desenvolverse sin depender del peso silencioso de sus padres.
Antes de salir hacia la oficina, Eduardo abrió la conversación con Mónica. La última fotografía no era una foto común, al menos no para las familias normales, pero ellos nunca habían sido una familia normal. Era una foto que Mónica le había enviado a última hora de la noche, con un simple «para que te acompañe mañana». En ella, Samuel sonreía, esa sonrisa desdentada y torpe que aún podía desarmar a Eduardo, pero estaba desnudo. Su madre estaba arrodillada a su lado, y sus labios se posaban sobre el penecito de su hijo en un beso que no tenía ningún atisbo de vergüenza. Era un beso absoluto, un sello de propiedad y devoción que Eduardo sintió como una puñalada. La forma en que la mano de Mónica se aferraba a la cadera de Samuel, los ojos de ella cerrados en éxtasis… todo en ella gritaba un mensaje que Eduardo extrañaba desde su partida: Samuel era suyo. De una manera que Eduardo, como padre, nunca podría competir.
Ese beso encapsulaba toda la dinámica que los había destruido. La obsesión de Mónica, su capacidad para convertir el amor en deseo. Eduardo sintió el viejo resentimiento hervir en su estómago. Samuel no necesitaba «desenvolverse», pensó amargamente. Necesitaba escapar. Necesitaba aire.
Debajo de esa fotografía incómoda y reveladora, había un audio enviado la noche anterior, la voz de su hijo, un contrapunto inocente a la imagen cargada.
—Papá, cuando vuelva me guardas un pedazo de torta, ¿sí? Feliz cumpleaños.
Eduardo sonrió mientras lo escuchaba por segunda vez, una sonrisa triste que no alcanzaba a calmar el nudo en su garganta. Esa voz, esa necesidad simple de un pastel, era el verdadero Samuel. No el ídolo de la foto de Mónica, sino su hijo. Pensó que, cuando el campamento terminara, celebrarían los dos solos el fin de semana. Irían por hamburguesas, verían una película y Samuel insistiría en escoger un regalo que Eduardo no necesitaba.
Guardó el teléfono en el bolsillo y salió de casa, con el peso de esa imagen grabada en su retina.
La mañana transcurrió sin novedades. Reuniones, llamadas, documentos por firmar. A la hora del almuerzo recibió otra ronda de felicitaciones. Incluso aceptó que sus compañeros le cantaran cumpleaños alrededor de un pastel comprado a última hora, pero cada bocado de panetón le sabía a la traición de esa fotografía, a la dulzura tóxica de ese beso.
A las dos y diecisiete de la tarde, cuando apenas iba a cortar la primera porción, el celular vibró sobre el escritorio.
La pantalla mostró un nombre que no esperaba.
Mónica.
Contestó sin darle demasiada importancia.
—¿Hola?
Del otro lado no hubo respuesta inmediata.
Solo escuchó respiración entrecortada.
Y luego el llanto.
—Eduardo… —alcanzó a decir Mónica, completamente descompuesta—. No encuentran a Samuel.
Él permaneció inmóvil durante un segundo.
—¿Qué quieres decir con que no lo encuentran?
—Desapareció… dicen que estaban haciendo una caminata… que cuando pasaron lista ya no estaba… lo están buscando… nadie sabe dónde está.
El murmullo de la oficina desapareció.
Eduardo dejó el plato sobre el escritorio sin darse cuenta.
—¿Quién te llamó? ¿Qué está haciendo el campamento? ¿Ya avisaron a la Policía?
Las respuestas llegaban entre lágrimas, desordenadas, incompletas.
Lo único que consiguió entender fue que Samuel llevaba más de una hora desaparecido.
Y que nadie tenía una explicación.
La oficina se convirtió en un acuario. Eduardo veía los rostros de sus compañeros, sus bocas moverse, pero el sonido era un murmullo lejano, ahogado bajo el rugido ensordecedor de su propia sangre en sus oídos. «Desaparecido». La palabra de Mónica era una aguja de hielo clavada en su tímpano, vibrando hasta convertir su cerebro en una papilla helada. Colgó. No dijo adiós. El teléfono simplemente cayó de su mano sobre el escritorio con un golpe sordo que nadie pareció notar.
Se levantó. El movimiento fue consciente, pero extraño, como si su cerebro le enviara órdenes a un cuerpo que ya no le pertenecía. —Me voy —dijo a nadie en particular. Agarró las llaves y su abrigo. Alguien le preguntó si estaba bien. No respondió. Atravesó la oficina como un fantasma, sintiendo el peso de las miradas sobre él.
El viaje fue una pesadilla en cámara lenta. Su pie presionaba el acelerador con una fuerza desmedida, no por prisa, sino por una necesidad irracional de vencer al tiempo, de correr más rápido que la horrible posibilidad que se estaba instalando en su estómago como un tumor helado. Cada segundo que pasaba era un segundo en que Samuel estaba… no. No podía completar el pensamiento. Era una puerta en su mente que, si se abría, lo despedazaría.
Llegó a su edificio y subió las escaleras de dos en dos, sin esperar al ascensor. El aire le quemaba los pulmones. Abrió la puerta de su piso y el silencio lo golpeó como un muro. Era el silencio de siempre, el silencio de un hombre solo. Dejó las llaves en un pequeño cuenco de cerámica junto a la puerta.
Y entonces sonó el timbre. Se acercó a la puerta y miró por la ojo de pez. El pelo castaño, la cara pálida y demacrada de Mónica. Abrió la puerta y ella se desplomó en sus brazos antes de que pudiera decir nada.
Mónica temblaba violentamente, un temblor incontrolable que sacudía todo su cuerpo. No lloraba, solo emitía pequeños jadeos ahogados, como un animal herido. Eduardo la sostuvo, sintiendo el peso de su cuerpo, el olor familiar de su perfume mezclado con el olor a miedo, un olor agrio y metálico que nunca había olido en ella antes. La guio hacia dentro, cerrando la puerta con el pie.
Mónica se apartó de su pecho, pero sus manos seguían agarradas a sus brazos, como si fuera el único anclaje en un mundo que se hundía. —La Policía… va a ir al campamento. Me dijeron que me quedara aquí. Que… que esperara. —Sus ojos estaban vidriosos, perdidos en un punto invisible detrás de él. —Dijeron que no hiciera nada. Que… que no perdiera la calma.
La calma. La palabra era una broma cruel. La calma se había evaporado de sus vidas hacía horas, posiblemente para siempre.
—Ven —dijo Eduardo, su voz adquiriendo una autoridad que no sentía. La guió hacia el sofá de piel. —¿Quieres agua? ¿Té?
Mabel negó con la cabeza, sin dejar de mirar ese punto vacío. Se sentó rígida, con las manos entrelazadas en su regazo, tan blancas los nudillos que parecían a punto de romperse.
Eduardo fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua para él. Necesitaba hacer algo, cualquier cosa. Bebió el agua entera de un solo trago, el líquido gélido bajando por su esófago sin calmar el incendio en su pecho. Volvió al salón. Mónica no se había movido.
Se sentó en el sillón individual frente a ella, no en el sofá. La distancia era necesaria.
—¿Qué dijeron exactamente? —preguntó…Continuará



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