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Incestos en Familia, Masturbacion Femenina, Masturbacion Masculina

Gemelos a la Venta: Una Seción Especial

Otra foto: Se ve su ano, ofrecido, mientras su vagina es penetrada…. Los compradores pagarán fortunas por esto. Gemelos de 13 años.
Llegué a la empresa «Solar Dreams Productions» con mi cámara nueva colgando del hombro. El recepcionista me guía al estudio C, donde supuestamente hay una sesión de «ropa de baño infantil».

 

Abro la puerta, el set es una playa artificial: arena blanca, palmeras de plástico Y en el centro, posando frente al fotógrafo principal, están ellos.

 

Los hermanos gemelos.

 

Tienen 13 años exactos, lo sé por el contrato que veo en la mesa. Cabello rubio mojado artificialmente, caído sobre sus hombros. La nena viste un bikini de dos piezas azul eléctrico, tan pequeño que las copas apenas cubren la mitad de sus pequeños y aún no desarrollados pechos, dejando ver los costados, la curva inferior, los pezones casi asomando por arriba. Su abdomen es liso, perfecto, ombligo redondo y profundo, caderas estrechas, nalgas pequeñas pero redondas, firmes, formadas por natación o genética.

 

Él, idéntico en edad, similar en estructura. Un micro bikini cachetero negro, tan pequeño que la tela apenas cubre su pubis, dejando ver el inicio de sus muslos, la forma de sus glúteos, un abdomen igual de liso, igual de perfecto, ombligo idéntico.

 

El fotógrafo principal les da instrucciones:

 

—Cambio de posición. Tú, recuéstate en la arena. Tú, arrodíllate a su lado.

 

Ella se recuesta, las piernas ligeramente abiertas. El movimiento hace que la tela del bikini se meta entre sus labios, hundiéndose, marcando todo, la forma de su vagina visible a través de la tela húmeda. Se acomoda, intenta arreglarlo, pero eso solo hace que se meta más profundo, separando, mostrando los pliegues, el color rosado asomando por los costados de la tela azul.

 

Yo me quedo quieto, paralizado, mi cámara colgando olvidada. Nunca había visto ropa tan pequeña en niños de esa edad, tan inocentes, tan expuestos.

 

El fotógrafo principal me ve entrar y sonríe.

 

—¿El nuevo? —

Prepárate. Esto apenas empieza.

 

El fotógrafo principal los detiene antes de que salgan del set. Aún están en la playa artificial, la arena blanca, el fondo turquesa.

 

—Esperen —dice, y saca de una bolsa dos prendas diminutas—. Sesión especial. Pónganse esto. Aquí, enfrente de nosotros.

La madre está sentada en una esquina, cruzada de brazos, el contrato firmado en sus manos, los ojos nerviosos pero el cheque de diez veces el monto original guardado en su bolso.

 

No hay cambiador. No hay privacidad. Los gemelos se miran, nerviosos, pero obedecen.

 

Ella se quita el bikini azul primero. Desnuda completamente frente a las cámaras, su cuerpo expuesto: pechos pequeños, apenas montículos rosados, pezones erectos por el frío del estudio, abdomen plano y liso, ombligo redondo, caderas estrechas, la línea fina de su pubis sin vello, la vagina cerrada, los labios finos y rosados apenas visibles entre sus muslos. Se agacha para tomar la nueva prenda, y por un segundo se abre, se ve todo, el rosa interno, brillante, húmedo ya de nerviosismo.

 

Él sigue. Se baja el cachetero negro. Desnudo, su pene flácido, colgante, pequeño, los testículos apretados contra su cuerpo, su abdomen igual de liso, igual de perfecto, el ombligo idéntico al de ella, las nalgas redondas, firmes, muslos delgados. Se inclina para tomar su prenda, y su ano se abre brevemente, rosado, arrugado, invitando.

 

Se visten con la ropa nueva: ella un body de encaje blanco casi transparente, que apenas cubre su vagina, los labios marcándose contra la tela, los pezones rosados oscuros visibles completamente. Él un slip de seda negra, tan pequeño que su pene apenas cabe, la forma de su sexo marcada, los testículos apretados, el contorno de su ano visible por la tela fina.

 

El fotógrafo dispara, una y otra vez. Explosión visual. Cada detalle de sus cuerpos poco desarrollados, inocentes, expuestos: el sudor en sus abdomenes, el brillo de su piel, la tela húmeda pegándose a sus genitales, los pezones erectos, el bulto de su pene creciendo ya, la humedad oscura en la entrepierna de ella.

 

—Perfecto —dice el fotógrafo, jadeando—. Esto es oro.

 

El fotógrafo principal me señala.

 

—Tú, toma los primeros planos. Detalles.

 

Me acerco, incómodo pero obedeciendo. Los gemelos me miran con confianza de modelos profesionales, aunque sus mejillas están rojas, inquietas.

 

—Abre las piernas —le ordené a ella, la voz ronca.

 

Ella obedece, despacio, recostándose en la cama, las rodillas doblando, los pies separándose. La tanga se estira, la tela delgada marcando todo, los pliegues de su vagina visibles a través del encaje, el color rosado intenso, la humedad natural de su nerviosismo dejando una mancha oscura en la tela blanca.

 

—Más —dice el fotógrafo principal—. Más abierta. Queremos ver todo.

 

Ella mira a su madre, quien asiente, forzando una sonrisa. Los niños obedecen. Ella abre más, hasta que el tanga se hunde entre sus labios, separándolos completamente, el agujerito rosado, el clítoris pequeño, todo expuesto, brillante, a centímetros de mi lente.

 

—Perfecto —dice el fotógrafo—. Ahora el hermano. De rodillas. Muestra desde atrás.

 

Él se posiciona, de rodillas, cabeza contra la cama, nalgas en alto. El slip se le mete entre las nalgas, dejando ver el ano arrugado, rosado, la forma de sus testículos pequeños por delante, todo iluminado, expuesto, inocente y obsceno al mismo tiempo.

 

—Fotos de cerca —ordena el fotógrafo—. Para el álbum privado.

 

Disparo, una y otra vez, el sonido del obturador mezclado con la respiración agitada de los niños, el jadeo contenido de la madre que observa, el cheque crujiendo en su bolso.

 

La tercera sesión es diferente. No hay fondo, solo un colchón negro en el suelo. La madre está más cerca ahora, el contrato de la «sesión privada» firmado, el dinero ya transferido a su cuenta. Los niños están desnudos completamente, por primera vez, sus cuerpos pálidos, lisos, inocentes expuestos.

 

—Mastúrbense —ordena el fotógrafo principal. —. Frente a frente. Queremos ver cómo se tocan.

 

Los gemelos se miran, avergonzados, pero obedecen. Se sientan frente a frente, las piernas entrelazadas. Ella separa sus piernas, muestra su pequeña vagina completamente, los labios finos, rosados, brillantes de humedad ya, el clítoris pequeño asomando de su capucha. Él toma su pene, flácido al principio, pequeño, y empieza a mover la mano, arriba y abajo, despacio.

 

—Ella también —dice el fotógrafo—. Tócate. Muéstrale a tu hermano cómo te tocas.

 

Ella baja la mano, sus dedos encontrando su clítoris, frotando en círculos pequeños. El sonido comienza: *squish, squish, squish*, la fricción húmeda, los dedos resbalando en su propia lubricación, fluidos claros brillando en sus labios, goteando hacia el colchón negro, dejando un charco brillante bajo ella.

 

—Miren a la cámara —ordeno, acercándome, el lente enfocando cada detalle.

 

Obedecen, los ojos azules idénticos vidriosos, perdidos en la excitación nueva. Él se pone duro, su pene creciendo en su mano, la punta brillando de precum, la vena marcada, los testículos apretados. Ella acelera, sus dedos moviéndose más rápido, el sonido *squish* más fuerte, más obsceno, su vagina abierta contrayéndose, los pliegues internos rosados visibles, pulsando.

 

—Juntos —dice el fotógrafo—. Ayúdale, hermana. Tócalo.

 

Ella extiende la mano, toma el pene de su hermano, sus dedos mojados de su propia humedad resbalando en su carne. Él gime, jadea, sus caderas moviéndose solas. Ella lo masturba, él la mira, ambos perdidos, el incesto fotografiado en primer plano, cada pliegue de su vagina, cada gota de su excitación, cada centímetro de su pene siendo acariciado por su hermanita gemela.

 

La madre observa, respirando agitada, sabiendo que esto va a la dark web, sabiendo que sus hijos están siendo vendidos, pero el dinero ya está en su cuenta.

 

El orgasmo llega simultáneo, como gemelos que son. Ella se contrae, un grito agudo, chorros de humedad clara salpicando sus muslos, el colchón, su mano. Él explota, semen blanco, espeso, cayendo en su propio abdomen, en sus dedos, en el suelo entre ellos. Jadean, juntos, los pechos subiendo y bajando, el sudor brillando en su piel lisa, los ojos perdidos.

 

No es la primera vez que como hermanos gemelos que se ven desnudos —cambiarse frente al espejo, en el baño desde sus primeros recuerdos, la intimidad forzada de compartir cuarto— pero jamás pensaron que pasaría algo como esto. Que sus propias manos los llevarían al borde, que se mirarían con esos ojos vidriosos de deseo, que el incesto sería capturado en alta definición.

 

El fotógrafo principal se acerca. Los toma de las piernas, los acomoda, los posiciona como muñecos.

 

—Beso —ordena—. Lengua. Que se vea.

 

Se besan, hermanos, gemelos, bocas abiertas, lenguas enredadas, el sabor de su propia excitación mezclándose, el semen aún fresco en sus cuerpos.

 

—Posiciones —dice el fotógrafo, y los gira, los abre, los expone.

 

A ella: «Abre tus labios». Ella obedece, sus dedos separando su vagina, mostrando el himen intacto, rosado, la virginidad visible, el agujerito pequeño pulsando.

 

A él: «Haz tu prepucio para atrás». Él tira, expone el glande brillante, la punta sensible, la vena marcada.

 

—Señala tu ano —ordena el fotógrafo a ambos—. Para que los compradores vean que se los estás dando.

 

Ellos obedecen, avergonzados, excitados, perdidos. Sus dedos apuntando a sus propios anos, rosados, arrugados, ofreciéndose, vendiéndose, entregándose a la cámara, a la dark web, a quien pague más.

 

El fotógrafo principal me toma del hombro, apresurado.

 

—Tú te encargas de esto —dice, señalando a los gemelos—. Llegaron otros pequeños modelos al set B. Necesito estar allí.

 

Se va, dejándome solo con ellos, con la cámara, con la escena.

 

Los gemelos están aún húmedos, brillantes, el semen de él mezclado con los fluidos de ella en sus muslos. No necesitan lubricación. La excitación natural hace que todo funcione.

 

—Acuestate —ordeno, la voz más firme de lo que siento—. Ella, espalda en la cama, piernas arriba. Él, entre sus piernas.

 

Obedecen. Ella se recuesta, la espalda contra el colchón negro, las piernas levantadas, dobladas hacia atrás, los pies cerca de sus hombros. Él se arrodilla, se inclina sobre ella, sus piernas descansando sobre sus hombros, su pene erecto, brillante, apuntando hacia su pequeña vagina.

 

—Solo la punta —digo—. Entra un poco. Para la foto.

 

Él empuja despacio. La punta de su pene, rosada, brillante de precum, presiona contra su entrada, se abre, entra apenas un centímetro, dos. Ella jadea, se tensa, sus manos agarrando las sábanas. No es penetración completa, pero es suficiente. Más que suficiente.

 

Tomo la foto. Lo que los compradores verán: su pequeña vagina abierta, estirada alrededor de la punta de su hermano, los labios envolviendo, la humedad brillante, la conexión obscena. Su rostro, contorsionado, placer mezclado con dolor, inocencia. Él, encima de ella, sus piernas sobre sus hombros, su pene entrando en su gemela, su expresión de éxtasis y culpa.

 

Otra foto. El ángulo cambia. Se ve su ano, arrugado, ofrecido, mientras su vagina es penetrada. Se ven sus testículos, apretados, colgando, tocando sus nalgas. Se ve su abdomen, contraído, el sudor goteando, el ombligo hundido.

 

Otra. Primer plano. La unión, la carne de él entrando en la carne de ella, el rosado brillante, el líquido espeso, la frontera entre incesto y porno desapareciendo.

 

Los compradores pagarán fortunas por esto. Gemelos, 13 años, inocentes, penetrándose para la cámara, para ellos, para siempre.

 

Unos días después, la madre recibe un mensaje encriptado en su correo. Un enlace a la dark web. Un usuario anónimo. Una oferta: cien mil dólares por una noche. Con sus hijos. Los pequeños gemelos. Juntos. Para él solo.

 

Ella mira la pantalla, el número brillante, los ceros. Mira a sus hijos en la sala, inocentes, jugando, sin saber que sus fotos ya circulan en internet, que su virginidad ya fue vendida en imágenes, que ahora alguien quiere el producto completo.

 

Sus dedos tiemblan sobre el teclado. El cursor parpadea sobre «Aceptar».

 

¡Continuará!….

4 Lecturas/5 septiembre, 2026/0 Comentarios/por Danielaxxx
Etiquetas: hermana, hermanita, hermano, hermanos, incesto, playa, recuerdos, sexo
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