Gemelos a la Venta: Una Sesión Especial (parte 2)
Los gemelos yacen en la cama, jadeando, sus abdómenes subiendo y bajando en sincronía perfecta, el sudor brillando en su piel, los pezones erectos y sensibles..
La puerta se abre. Entra un hombre de unos cincuenta años, traje caro, reloj de oro, olor a colonia fuerte. No dice nada, solo asiente al fotógrafo principal y se sienta en un sillón de cuero negro frente a la cama.
—Quiero verlos —dice, la voz ronca, acostumbrada a mandar—. Como en las fotos. Dos gemelos idénticos.
Los gemelos se quitan las batas de seda, despacio, temblando. Quedan desnudos frente a él, bajo las luces, las cámaras grabando cada ángulo.
El cliente observa, examinándolos con ojos fríos, profesionales, de coleccionista. Y tiene razón: son casi idénticos. Niños con rostros finos, delicados, piel de porcelana, abdomen plano y liso, ombligos idénticos, piernas largas y delgadas, nalgas pequeñas pero firmes, redondas, simétricas.
Pero las diferencias están ahí, sutiles, excitantes. Él, el cabello corto, rubio, el pecho plano, los pezones pequeños y oscuros, el pene flácido aún, colgando, los testículos apretados. Ella, el cabello largo, cayendo sobre sus hombros, y en su pecho, dos pequeños montes, apenas desarrollados, pezones rosados y pequeños, puntiagudos por el frío y el nerviosismo.
—Gírense —ordena el cliente.
Obedecen, despacio, mostrándole sus espaldas, sus nalgas, la simetría perfecta. Luego de frente otra vez, expuestos, vulnerables, gemelos ofrecidos.
—Que niños tan hermosos —susurra el cliente, ajustándose los pantalones—. Exactamente como las fotos. Pero ahora quiero verlos en vivo.
El cliente se inclina, abriendo un cajón lateral. Saca dos conjuntos de lencería negra, diminuta, casi transparente.
—Pónganse esto —ordena—. Quiero verlos masturbarse. De frente. Que se vean.
Los gemelos obedecen, temblando. Ella se pone un body de encaje que apenas cubre su infantil vagina, los labios asomando por los costados, los pechos pequeños dejando ver los pezones rosados a través del tejido. Él, un slip de cuero negro, tan ajustado que su delgado pene ya semi-erecto marca la tela, los testículos apretados visibles.
Se arrodillan frente a frente, a un metro de distancia, las manos bajando a sus propios sexos. Ella mete la mano por debajo del encaje, sus dedos encontrando su clítoris, frotando en círculos, el sonido *squish* de su humedad creciente. Él saca su pene por el costado del slip, lo masturba despacio, arriba y abajo, la punta brillando de precum.
El sudor empieza a brillar en sus frentes, en sus abdomenes lisos, en sus ombligos redondos. Las manos se mueven más rápido, jadeos sincronizados, mirándose a los ojos, gemelos masturbándose mutuamente con la mirada.
—Paren —ordena el cliente, justo cuando están al borde, los cuerpos tensándose, las respiraciones agitadas—. No se vengan todavía. 69. ¡Ahora!.
Obedecen. Se posicionan en la cama, ella arriba, él abajo. Ella baja su vagina a la boca de su hermano, él levanta su pene hacia la de ella.
Y empiezan.
Él mete la lengua primero, largo, separando sus labios exteriores, finos, rosados, brillantes de humedad, encontrando los labios internos, más oscuros, más suaves, el clítoris pequeño asomando. Chupa, lame, hace círculos, mientras sus manos suben, acariciando sus nalgas pequeñas, firmes, separándolas, tocando su ano arrugado con la yema del dedo.
Ella, al mismo tiempo, toma su pene con una mano, la otra acariciando sus testículos, y mete la cabeza en su boca. La lengua gira alrededor del glande, chupando el prepucio, bajándolo con los labios, lamiendo por los lados, la vena central, la base, todo el tronco, mientras su mano masturba el resto, arriba y abajo, el sonido húmedo mezclándose con el de su propia vagina siendo lamida.
Se tocan, se saborean, se devoran en esa posición obscena, hermanos gemelos, 69 perfecto, sudor cayendo de su abdomen al de él, ombligo con ombligo casi tocándose, caderas moviéndose, nalgas apretadas, el sonido *squish squish* de bocas húmedas, lenguas resbaladizas, gemidos ahogados.
—Vénganse —ordena el cliente, masturbándose ya—. Juntos. Ahora.
Explosionan. Ella se contrae, chorros de humedad clara salpicando la boca de su hermano, su barbilla, su pecho. Él pulsa, semen espeso, caliente, llenando la boca de su hermana, goteando por sus labios, cayendo sobre su propio abdomen. Se tragan mutuamente, saborean, jadean, los pequeños cuerpos convulsionando en espasmos sincronizados, gemelos unidos en el orgasmo, la boca llena del otro, el placer compartido, la degradación completa.
El cliente sonríe, ajustándose los pantalones, satisfecho.
Los gemelos yacen en la cama, jadeando, sus abdómenes subiendo y bajando en sincronía perfecta, el sudor brillando en su piel, los pezones erectos y sensibles. Se miran a los ojos, confundidos, perdidos, y sienten algo nuevo, profundo, inquietante. ¿Es amor? ¿O solo el eco del orgasmo compartido? ¿Qué es esta conexión que va más allá de hermanos, más allá de gemelos, algo que no tienen palabras para describir?
El cliente se levanta, ajustándose el traje, satisfecho.
—Maldición solo pagué por la secesión visual, oral y masturbación —dice, frio—. Lo demás, es extra, no me alcanza.
Se va del cuarto, abre la puerta y se va algo frustrado. Pero yo, el fotógrafo, sigo aquí. Apagó las cámaras.
—Ahora me toca a mí —digo, sorprendiéndome a mí mismo.
Los gemelos me miran, confundidos, pero obedientes. Les ordenó que se acuesten a mi lado, él a mi derecha, ella a mi izquierda. Yo en el centro, boca arriba.
—Mastúrbenme —ordeno—. Y bésense. Los dos.
Se posicionan, sus genitales cerca de mi rostro, perfectos, pequeños, hermosos. Su vagina, rosada, húmeda, brillante, los labios finos, el clítoris pequeño asomando. Su pene, flácido aún, los testículos pequeños, el ano arrugado visible desde atrás. Los admiro, inhalo su olor, fresco, joven, excitados, inocentes.
Ellos toman mi pene, sus manos pequeñas, suaves, sincronizadas. Una mano de cada uno, moviéndose arriba y abajo, el ritmo perfecto, gemelos masturbándome juntos. Se besan sobre mi pecho, sus lenguas enredándose, el sonido húmedo, mientras sus manos acarician mi abdomen, mi ombligo, mis caderas, mis nalgas, mis testículos apretados.
Yo alcanzo, toco ambos. Mi mano izquierda en su vagina, mis dedos entrando en su humedad, frotando su clítoris. Mi mano derecha en su pene, masturbándolo, sintiéndolo crecer en mi puño. Toco, acaricio, estimulo, mientras ellos me masturban, mientras se besan, sincronizados, perfectos.
—Vénganse en mis caras —ordeno, sintiendo mi propio orgasmo cercano—. Los tres. Ahora.
Explotamos juntos. Yo primero, chorros de semen blanco, espeso, salpicando sus rostros, sus mejillas, sus labios, sus pechos pequeños. Ellos siguen, ella goteando humedad clara en mi mano, él pulsando semen en mi puño, mientras ambos se besan cubiertos de mi semen, gemelos, hermanos, perdidos en el placer, en la degradación, en el amor que no pueden nombrar.
Caemos, los tres, entrelazados, sudados, manchados, en la cama circular.
Me cambio rápido, limpiándome el sudor y el semen, vistiéndome antes de que llegue su madre. Los dejo en la cama, los gemelos dormidos, agotados, desnudos, acurrucados en cucharita, ella con la espalda contra el pecho de él, sus nalgas contra su pelvis, sus piernas entrelazadas, su respiración profunda, inocente, como niños después de un día de juego.
La puerta se abre. La madre entra, sonriente, el bolso con el dinero bien guardado. Los ve, durmiendo, desnudos, en esa posición íntima, y no se inmuta. Solo los despierta suavemente.
—Vamos, mis amores —dice—. Se hace tarde.
Ellos se despiertan, confundidos, avergonzados, pero ella los tranquiliza, les ayuda a vestirse, como si nada hubiera pasado. Como si sus niños no acabaran de ser prostituidos, usados, manchados por un par de extraños.
Salen del edificio. El sol de la tarde los ilumina. La madre los lleva a una nevería de la esquina, compra dos helados grandes, sonriente.
—Por su buen trabajo —dice, dándoles los conos—. Estoy muy orgullosa de ustedes.
Los gemelos se miran, confundidos, el helado derritiéndose en sus manos, el sabor dulce mezclados con el sabor aun amargo de la noche. Se toman de la mano, instintivamente, bajo la mesa, escondidos.
—¿Y ahora qué? —pregunta ella.
—No sé —responde él—. Pero tú y yo… somos diferentes ahora.
La madre no escucha, ocupada contando el dinero mentalmente.
¿Fin?
¿O quieren saber qué pasó entre los gemelos esa noche, cuando llegaron a casa y estuvieron solos? ¡Comenten!

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