La Bendi de papá parte 8
Dos hombres que criaron a sus hijas para el amor y ahora se preparan para repartirlo. Una pijamada, un asado, y del otro lado de la puerta una pendeja de quince que le enseña a Sophia un juego nuevo. Lo que empieza como cuidado termina en otra cosa..
A las siete y media de la noche el piso cuatro de Moreno era un animal muerto. Las oficinas vacías, un tubo fluorescente del pasillo titilando cada tanto, el ascensor de reja subiendo y bajando solo por el hueco con un chirrido de cosa vieja. Trata compartía el piso con cibercrimen y con una oficina de estadística que nadie sabía para qué existía. El picaporte del baño estaba roto desde el 2019 y ya nadie lo iba a arreglar.
Sobre mi escritorio, abierto, el expediente del Operativo Alambre. Catorce nenas rescatadas la semana anterior, un regente paraguayo preso, dos socios con domiciliaria y una pensión de Once que en los papeles era un hotel y en la práctica era un corral. Cinco años de causa, dos fiscales que se habían ido a otra cosa, un juez que firmaba con cuentagotas.
Yo tenía cuarenta años, veinte de Federal, y hacía rato que había dejado de creer que el sistema servía para algo. Servía para la estadística. Para las pibas servía el aire que respiraban en el hogar de resguardo, y ni eso.
José tenía la carpeta de pruebas abierta sobre la mesa y la iba hojeando por el medio, sin orden, como quien hojea una revista en el baño ajeno.
José: —Pará. Volvé. La del diecisiete.
Ale: —¿Qué tiene?
José: —Trece años. Mirá la ficha y después mirá la foto del allanamiento.
Ale: —Y.
José: —Y que está con la misma remera. La misma. Cinco años y la piba sigue con la remera que tenía puesta el día que la agarraron, porque nadie le compró otra. Cinco años y nadie le compró una remera.
Me quedé mirando la foto. Era un detalle de nada y era todo.
Después vinieron las fotos del relevamiento. La pensión: un pasillo largo con las paredes descascaradas, un baño con dos duchas y una cortina de plástico, cuatro colchones en una pieza de tres por cuatro. Y en la salita, donde esperaban los clientes, un espejo de cuerpo entero con marco dorado y una luz roja. En toda la causa el espejo aparecía. Ninguna de las catorce se acordaba de la pieza donde dormía, todas se acordaban del espejo.
Ale: —Tres espejos de cuerpo entero en una sala de espera de pensión.
José: —Como en una peluquería de barrio.
Ale: —Como en una vidriera. El tipo se sienta, espera, y mientras espera ya va decidiendo a quién le va a dejar la plata.
José: —Y la piba del otro lado, sin saber que la están decidiendo.
En el cajón de un escritorio habían encontrado un cuaderno Rivadavia. El regente anotaba todo a mano, con letra de almacenero: fecha, nombre, servicio, monto. Los servicios tenían nombre propio, como en la carta de un restaurante. «Corto». «Largo». «Completo». «Con compañía». Compañía era una segunda nena. Y los viernes y los sábados no anotaba nombres, anotaba «a puertas abiertas», y a puertas abiertas quería decir que el cliente entraba, se sentaba en la salita, miraba el espejo y elegía.
Había una tarifa diferencial que a mí me dio bronca. Las nenas con documento en regla valían el doble. Las que no tenían documento, la mitad. Como si el Estado les hubiera puesto un precio encima del precio.
Ale: —¿Vos viste esto?
José: —Lo vi.
Ale: —Valen más con documento. Con el papelito. Como los autos.
José: —Como los caballos, con pedigree.
Ale: —Peor. A los caballos por lo menos no los coge nadie.
Y José, que hasta hacía un rato estaba de buen humor, se quedó callado un rato largo. José es de los que se enojan tarde y después no se les pasa.
Después venía lo peor, que era el informe médico.
La forense había revisado a las catorce, una por una. El lenguaje era seco, de protocolo, y por eso mismo te pegaba más fuerte. «Himen con desgarro antiguo y bordes cicatrizados.» «Introito amplio, elasticidad conservada.» «Compatible con coito vaginal reiterado.» «Tonicidad del esfínter anal disminuida, compatible con penetración anal habitual.» A una piba de trece. A una de doce.
Y al final del informe, la médica había escrito una frase sola, en negrita, como si fuera una opinión personal y no un dato clínico:
Compatibles con actividad sexual regular y sostenida desde edad temprana.
La leí dos veces. La leí una tercera.
José: —»Desde edad temprana». Es un eufemismo de manual.
Ale: —Es un eufemismo para que el juez no se caiga de espaldas.
José: —¿Vos viste la cara de la médica? Una mina de sesenta, con nietas, y las nietas no cogen.
Ale: —¿Y?
José: —Y que escribió eso, guardó la lapicera y se fue a su casa a pensar. Y seguro que se acordó de la nieta.
Ale: —Y sintió asco.
José: —Envidia, más bien. Como cuando te gusta la mujer de un amigo y no sabés si querés estar en el lugar del amigo o en el de la mujer.
Ale: —Las dos cosas. Siempre las dos cosas.
Y se rió solo, y la risa le duró poco porque estábamos los dos pensando en nuestras hijas.
José: —Che.
Ale: —Decime.
José: —¿Vos te acordás de Helena a los trece?
Ale: —Helena tiene nueve.
José: —Ya sé. Pero pienso. Cuando llegue a trece va a tener el cuerpo de la del diecisiete. Más o menos. Y va a estar cogiendo conmigo desde hace cinco años. Y yo la voy a mirar y no voy a entender nada de lo que crié.
Ale: —Bienvenido.
José: —¿Vos cómo hacés con Sophia?
Ale: —No hago. Miro. A veces me acuerdo de cuando tenía dos días y la tenía en brazos en el sanatorio, y después la miro abajo y pienso de acá salió esto, y no entiendo nada tampoco. Pero no hace falta entender.
José: —¿Y no te agarra culpa?
Ale: —¿Culpa de qué?
José: —Y… de robarle la infancia. De que a los seis años ya sepa lo que sabe. Yo a veces pienso que a las mías les corté algo.
Ale: —No les cortaste nada. Les diste una cosa que no tiene ninguna otra piba del grado, y encima las dejaste ser chicas el resto del día. Eso no es robar. Robar es dejarlas crecer sin que nadie las toque y que a los veinte se enteren de golpe, en una cama de hotel, con un pibe que no sabe ni dónde está parado.
José: —Sí.
Ale: —Si entendieras, no lo harías. El que entiende deja de hacer.
José se quedó con eso un rato, mordiéndose el labio, y después dijo lo que tenía guardado desde el principio y que yo sabía que iba a decir en algún momento de la noche.
José: —Laura se murió sin saber.
Ale: —¿Vos ya la cogías a India cuando Laura murió?
José: —No. Arranqué tres meses después. Una noche cualquiera, en la cama, me cayó la ficha de golpe: Laura se murió pensando que sus hijas eran vírgenes. Se murió con esa foto. Y yo ahí al lado, con la piba abajo de la sábana.
Ale: —¿Y qué hiciste?
José: —Me puse a llorar como un pelotudo.
Ale: —¿Y ella?
José: —Me preguntó si me dolía algo.
Se rió, y esta vez la risa le duró, y yo pensé que José era un tipo al que la vida le había pasado por arriba dos veces y que igual tenía la decencia de seguir sorprendiéndose. Yo no. Yo ya no me sorprendía de nada. Esa era la diferencia entre él y yo y probablemente era la razón por la que nos aguantábamos.
Siguió pasando la carpeta. Y ahí venía lo que nos tenía agarrados de la garganta desde el principio: el material.
Cuatrocientos veinte gigas. El regente filmaba casi todo con una cámara fija arriba del espejo, en la salita, y después le vendía los archivos por mail a los clientes como recuerdo, como si fueran fotos de un casamiento. En la causa había un índice que había armado el ayudante de la fiscalía, con nombre de archivo, fecha y cliente. «Corto». «Largo». «Compañía». Y cuatro archivos con otro nombre, escrito con la misma letra de almacenero con la que anotaba los montos: inauguración. Las cuatro de la misma noche, la de la apertura.
José: —Ponelo.
Le di play al primero y bajé el volumen a cero, porque ese lo había filmado la cámara fija y no tenía micrófono.
Cuarenta minutos. Una piba de trece sentada en el borde de un colchón, con el vestido floreado de la ficha. Tenía el cuerpo en ese momento en que el cuerpo todavía no decidió qué quiere ser: las tetas chicas pero ya puestas, con los pezones oscuros y anchos, de un color que no pegaba con el resto de la piel. La conchita con un triángulo corto de pelo, prolijo, que alguien le había recortado. Los labios apretados, rosados, cerrados.
El cliente era un tipo de sesenta, panzón, peludo, y se sacó el pantalón sin apuro. Después se le acercó, le levantó el vestido por la cabeza y la piba sola levantó los brazos, como una nena a la que la madre le saca el pijama. El tipo le desabrochó el corpiño y le sacó la bombachita y la dejó sentada ahí, desnuda, y durante un minuto largo no la tocó.
Le miró las tetas. Le levantó un brazo y le miró la axila, y después le pasó la lengua por el pezón, apenas, la punta, y la piba se estremeció y cerró los ojos. Le puso la mano abierta sobre la conchita y se la apretó entera, como quien agarra un pan, y después le buscó la hendija con el dedo del medio y se lo metió. La piba abrió la boca sin sonido. Le metió un segundo dedo. Le abrió los labios con los dos dedos en V y se quedó mirando adentro, con la cara a diez centímetros, y después se los sacó y se los olió y se los chupó, uno por uno, mirándola a los ojos.
La besó en la boca y la piba no sabía besar. Abría de más, no sabía dónde poner la lengua, y el tipo le agarró la cara con las dos manos y le trabajó la boca hasta que la piba entendió, y a los treinta segundos ya estaba besando distinto, con la lengua afuera y la cabeza ladeada. Aprendió en medio minuto. Aprendió mirando.
Después la acostó, le abrió las piernas con las dos manos en las rodillas y le pasó la lengua por la conchita de abajo hacia arriba, despacio, y la piba se agarró de las sábanas y se le marcaron los tendones del cuello. El tipo la lamió un rato largo, metiéndole la lengua y moviéndola, y de vez en cuando le metía un dedo y lo movía para arriba, contra una pared, y la piba levantaba las caderas del colchón y las volvía a bajar. Estaba empapada. Se le veía en la luz roja de la salita, el brillo entre las piernas.
Después se le subió encima, le puso la pija en la entrada y la penetró despacio, con las dos manos apoyadas al lado de la cabeza de ella. Entró de a poco y la piba hizo una sola mueca y después se le aflojó la cara. No gritó. Se quedó con los ojos abiertos mirando el techo, y cada vez que el tipo empujaba, el cuerpo entero se le corría cinco centímetros en el colchón, y el tipo la tenía que agarrar de la cintura y traerla de nuevo.
José: —Mirá los ojos.
Ale: —Le está pidiendo permiso al vidrio. A la cámara.
José: —A la única cosa de esa pieza que conoce de antes.
Pasé al segundo archivo, y a este sí le dejé el audio, porque era uno de los que había filmado el regente con el celular.
Este era el de la más chica. Doce.
Era un palito. Sin tetas, dos botones rosados con el pezón apenas marcado. La conchita pelada, sin un pelo, los labios finitos y cerrados como una línea. Las piernas flacas, las rodillas huesudas, los pies sucios de haber andado descalza.
El cliente era un tipo de cuarenta, flaco, y estaba con la remera puesta, y la tenía a la piba de costado, entre las piernas, sentada en el colchón como dos que van a mirar la tele. Y después empezó a olerla. Le metió la nariz en el pelo y respiró fuerte, con los ojos cerrados. Le olió el cuello. Le levantó el brazo y le olió la axila y dijo algo que el micrófono agarró a medias: «…a nena». Le agarró un pie y se lo olió también, y la piba se rió, y esa fue la primera vez en los dos videos que una piba se rió.
Le levantó la remera, le puso la nariz en la panza y se la lamió alrededor del ombligo, y la piba se retorció porque tenía cosquillas. Bajó. Le olió la conchita por encima de la bombachita, con la nariz pegada a la tela, y se quedó ahí un rato largo respirando. Después le corrió la bombachita al costado con un dedo y le pasó la lengua, y la piba se rió de nuevo y le agarró el pelo con las dos manos y le dijo algo, y el tipo levantó la cabeza y contestó:
Cliente: —¿Te gusta?
La piba: —Sí.
Cliente: —Decí «me gusta, tío».
La piba: —Me gusta, tío.
Cliente: —Así. Bien fuerte la lengua. Sin dientes.
Y le metió la lengua y la movió y la piba dejó de reírse y se quedó seria, con la boca abierta y la mirada perdida en el techo, y el tipo le metió un dedo en la conchita, después dos, y se los movió adentro buscando algo, y cuando encontró el lugar la piba levantó las caderas y dijo «ay» y él no paró.
Después la sentó encima de él, de espaldas, mirando la cámara. Le bajó la bombachita, se sacó la pija, se escupió la mano y se la pasó, y la puso en la entrada de la piba y la bajó. La piba se sentó sola, de a poco, apoyada en las rodillas del hombre, y cuando la tuvo toda adentro se quedó quieta y abrió grande los ojos.
Cliente: —¿Duele?
La piba: —Un poco.
Cliente: —Ya va a pasar. Quedate quieta y respirá por la boca.
Y el tipo empezó a moverla desde abajo, con las manos en la cintura, subiéndola y bajándola cinco centímetros, y la piba miraba la cámara de frente mientras el tipo le hablaba bajito al oído y le acariciaba la panza. No se movía casi. Se movía el hombre, desde abajo, despacio. Y en un momento la piba bajó la cabeza y se miró el lugar donde estaba unida al tipo, y se quedó mirándose, y el tipo le agarró la cara y le dio vuelta la cabeza para que lo mirara a él y no a su propia conchita.
Ale: —Ahí está la diferencia.
José: —¿Cuál?
Ale: —La primera miraba la cámara. Esta se miraba a sí misma.
José: —¿Y cuál está mejor?
Ale: —Ninguna. Son dos maneras de entender dónde estás parada. La primera ya sabía que esto se mira. Esta todavía no.
El tercero era el brutal, y también tenía audio.
Un tipo joven, de treinta, con el cuerpo armado y el pecho tatuado, y una piba de catorce ya hecha. Tenía un culo grande para el cuerpo, redondo, y las tetas caídas por el peso, con los pezones claros y las areolas anchas. La conchita con un rulito tupido y negro, y las piernas fuertes, de jugadora.
Empezó de una. La agarró del pelo, le bajó la cabeza y se la puso en la boca sin decir nada, y la piba se la chupó arrodillada en el piso, con las dos manos en los muslos del tipo, y el tipo le movía la cabeza con la mano, marcándole el ritmo, y cada tanto se la sacaba y se la daba en la cara, en la mejilla, en la frente.
Cliente: —Abrí bien.
Cliente: —Más. Hasta el fondo. Así.
Cliente: —Sacá la lengua. No la muerdas.
La levantó del pelo, la tiró al colchón, le abrió las piernas de un manotazo y la penetró de una sola vez, hasta el fondo, sin prepararla. La piba gritó y el tipo no paró. La cogió así, fuerte, cinco minutos, agarrándola de las caderas, y le daba tan fuerte que se escuchaba el golpe de las pelotas y un ruido húmedo cada vez que entraba. Le dio vuelta la cara contra la sábana con una mano.
Cliente: —Tomá. Tomá toda.
Cliente: —¿Te gusta? Decí que te gusta.
La piba: —Me gusta.
Cliente: —Más fuerte.
La piba: —Me gusta, papi.
Y la piba lloraba. Lloraba de costado, en silencio, con la cara contra la sábana y un hilo de baba, y no pedía que parara. Obedecía. Cuando el tipo le dijo algo sin audio, se dio vuelta sola, se puso en cuatro patas y se abrió la cola con las dos manos, y ahí se le veía el orto abierto, rosado, con los pliegues estirados. El tipo se escupió los dedos, se los pasó, le metió dos dedos en el orto y los movió un rato mientras la piba se agarraba la cara con una mano, y después se la puso en la entrada y empujó.
La piba hizo un ruido con la garganta y se agarró de la sábana con los dos puños, y el tipo entró hasta la mitad y paró.
Cliente: —Respirá.
Cliente: —Respirá, mi amor. Ya está.
Y cuando la piba respiró, terminó de entrar, y la cogió por el orto a un ritmo parejo, sin apurarse, agarrándola de la cadera con una mano y con la otra en la nuca, apretándole la cabeza contra el colchón.
José: —Está llorando.
Ale: —Y no pide que pare.
José: —Y se da vuelta sola. Como si le hubieran enseñado.
Ale: —Le enseñaron. Un tipo joven no explica nada: coge y se va. Y si le servís, vuelve. La piba lo entendió la primera noche y no se le va a olvidar nunca más.
El cuarto era grupal, y ahí el que filmaba era el regente y se escuchaba su voz todo el tiempo, porque el regente era de los que no se callan.
Dos clientes y tres nenas en la misma pieza. Una chupaba, otra estaba de costado con el otro, y la tercera esperaba sentada en el borde del colchón con las manos en las rodillas, mirando. La que esperaba tendría trece y se aburría, y cada tanto se tocaba sola para no enfriarse, y el regente le decía:
El regente: —Dale, mi amor, que ya te toca.
El regente: —Quedate con la conchita caliente que ahora vas vos.
Y después rotaban. Los tipos se pasaban las pibas de mano en mano como se pasan los platos en una mesa larga. En un momento uno de los tipos se sentó en el borde del colchón, se puso a una piba de un lado y a otra del otro, les agarró una teta a cada una, y las tuvo así, a las dos, mientras la tercera le chupaba la pija arrodillada en el piso.
Cliente: —¿Ustedes dos son hermanas?
El regente: —Son compañeras, gordo. Como hermanas. Dale, cogela que es nueva.
Ale: —Mirá las caras.
José: —Están en otro lado.
Ale: —Están adentro de ellas mismas. Y la que espera sentada en el borde está mirando todo, y esa es la que va a salir peor, porque es la que aprende sin que se lo pidan.
Y aparte estaba el archivo del viernes a la noche. «A puertas abiertas». El regente con el celular, moviéndose, mal encuadrado, tembloroso. La salita, el espejo, el sillón, un colchón tirado en el piso, y una piba de quince sola, la paraguaya, con siete tipos sentados alrededor tomando cerveza.
Era la que a José le gustaba. Y en el video se entendía por qué. Tenía un cuerpo hecho, un culo ancho de mujer, las tetas pesadas y bajas, la cintura marcada. La concha con pelo ralo y los labios grandes, carnosos, ya separados, ya abiertos por el uso. Y una cara de no tenerle miedo a nada.
Los tipos se levantaban de a uno, sin sacarse la ropa, solo bajándose el cierre, y se acostaban encima de la piba, y hacían lo suyo, y se levantaban, y volvían a la silla. La piba no se movía del colchón en todo el video. Estaba ahí como una mesa, o como una estación, y los tipos pasaban por ella. Uno la agarró de las dos tetas mientras la penetraba y le dijo algo, y ella contestó, y el regente se rió desde atrás de la cámara.
Cliente: —Esta está hecha, che.
El regente: —Esta ya está grande. Esta ya hizo de todo.
Cliente: —¿Hasta atrás?
El regente: —Hasta atrás, hasta adelante y hasta el costado. Lo que quieras. Pero apurate que hay dos más esperando.
Y en un momento la piba giró la cabeza, miró el celular que la filmaba, y sonrió. Sonrió con toda la boca, como si estuviera posando para la foto de fin de año.
José apagó el video. Se quedó con la mano en el mouse.
José: —¿Cuántos?
Ale: —Siete.
José: —En una noche.
Ale: —Y al otro día laburaba igual. Y a los tres días ya no se acordaba de ninguno de los siete.
José: —Ahí está lo triste.
Ale: —También está lo bueno. Ninguno de esos siete la marcó. La usaron y se fueron, y ella tampoco se acuerda de ninguno. Nosotros, en cambio, le vamos a quedar pegados de por vida, y ella a nosotros.
José se quedó con eso. Después cerró el video, y en el reflejo del monitor se veía la cara de los dos, dos tipos de cuarenta en una oficina vacía a las ocho de la noche, con la calentura en el cuerpo y la cabeza en otro lado.
Y después estaba la carpeta de las declaraciones, las transcripciones de Cámara Gesell, y ahí las pibas hablaban con sus palabras. Una, la de Clorinda, había dicho: «yo a los once ya hacía lo mismo que las grandes, lo único que no hacía era la parte de atrás». Otra: «nos hacían bañar juntas y él miraba desde la puerta y nos decía que nos apuremos que había gente esperando». Otra: «el señor de la camioneta blanca venía los martes y me pedía siempre a mí, y a mí me gustaba, y cuando no venía yo me ponía mal». Otra, la más chica: «yo no lloraba. La que lloraba era la de catorce. Yo me quedaba quieta y ya».
Y la psicóloga, en el resumen del final, había escrito una frase que me dejó pensando el resto de la noche:
Las niñas naturalizan la sexualidad como un hecho de la vida cotidiana, y no la asocian al afecto.
Ale: —Leela otra vez.
José: —»Las niñas naturalizan la sexualidad como un hecho de la vida cotidiana, y no la asocian al afecto.»
Ale: —La escribió una mina que nunca vio a una piba de seis cogiendo con el padre. La escribió leyendo expedientes, en una oficina, con la lapicera. Y le pegó igual.
José: —¿Y Sophia dónde entra en esa frase?
Ale: —En la mitad que falta. Nosotros le damos el hecho y le damos el afecto, en la misma cama y a la misma hora, para que nunca tenga que elegir entre una cosa y la otra.
José: —¿Y no es peor? ¿No es más lío?
Ale: —Es más lío. Y es más grande.
José se acomodó el bulto sin disimular.
José: —Che.
Ale: —Qué.
José: —Estoy parado como un pendejo.
Ale: —Y yo. Hace media hora.
José: —¿Vos te das cuenta de que hay fotos de catorce pibas en esa carpeta y las miramos como si fuera un catálogo?
Ale: —No hay que darle vueltas. Estuvieron cinco años cogiendo por plata y no conocen un tipo que no les pida nada. Ni uno que las espere. Ni uno que les diga quedate un rato más.
José: —Eso.
Ale: —¿Eso qué?
José: —Que nosotros podemos ser ese tipo.
Se quedó mirándome con la mano en la carpeta, y en la cara tenía esa cosa de pibe que José todavía no había perdido del todo y que a mí ya se me había ido.
José: —Tenemos la causa. Podemos ir a visitarlas. El jueves. Llamo a la trabajadora social y arreglo. Vamos, llevamos dos boludeces, un alfajor, un par de zapatillas.
Y ahí se quedó la palabra colgada en el aire, dando vueltas como una mosca en el medio de la oficina. Ninguno de los dos la dijo, porque decirla dos veces le saca la gracia, y los dos dejamos que el otro la pensara primero. Leche. Estaba la palabra entre el monitor y la silla de José y los dos la mirábamos sin tocarla.
José: —Decila.
Ale: —Leche.
José: —Ahí está.
Volvió a hojear la carpeta, ya sin mirar nada, con el dedo pasando páginas.
José: —¿Vos a cuál le entrarías?
Ale: —A la de doce.
José: —La de doce no te va a dar bola.
Ale: —¿Por qué no?
José: —Porque tiene doce y vos tenés cuarenta. Y porque salió de una casa donde el padrastro la manoseaba desde los nueve. De tipos grandes sabe más que vos. Vos le vas a querer enseñar y ella te va a mirar como a un alumno.
Ale: —Mejor todavía.
José: —A mí me gusta la paraguaya. Esa ya está hecha. Esa te mira y te saca el alma por la boca.
Ale: —Y te vacía la billetera.
José: —Que me la vacíe. Prefiero que me la vacíe una que me mire así, que una que me mire con lástima.
Guardó la carpeta, se puso la campera y se tiró para atrás en la silla con las dos manos detrás de la nuca.
José: —Y hoy te espero en casa. Dos de muzzarella, unas birras, juega Boca por la Copa. Las nenas se entretienen y nosotros miramos tranquilos.
Ale: —Uh, me había re olvidado.
José: —No me digas.
Ale: —Posta. Pero voy. Mariana se va con el amante, ni me pregunta.
José: —¿El amante?
Ale: —Un enfermero de la clínica donde trabaja, o el dueño, o los dos. No sé bien y no quiero saber.
José: —Y no querés saber.
Ale: —Quiero no saber. Es distinto. Si averiguo me voy a enojar, y si me enojo voy a tener que hacer algo, y no tengo ganas de hacer nada. Así que mejor la dejo.
José: —¿Y vos no tenés a nadie?
Ale: —Tengo a la bendi.
José: —¿Y te alcanza?
Ale: —¿A vos te alcanzan las tuyas?
José: —Y… sí. Creo que desde que arrancamos no me importa nada más. Ni el laburo, ni la plata, ni salir.
Ale: —Entonces ya sabés.
José se rió, pero no del todo. Se rió como se ríe un tipo que acaba de escuchar algo que le va a dar vueltas toda la noche.
José: —Dale, movete. Y traé a la bendi.
Ale: —Ya voy.
Guardé el expediente en el cajón con llave, apagué la luz del pasillo y bajamos en el ascensor de reja, que hizo el mismo chirrido de siempre. En la calle hacía frío y Moreno estaba vacía, con los kioscos cerrando y un par de autos cruzando para el lado de Rivadavia. José prendió un pucho y caminamos hasta la esquina de Belgrano, donde yo tenía el auto estacionado.
José: —¿A qué hora caés?
Ale: —A las nueve y media.
José: —Pido las pizzas a las nueve y las meto al horno cuando llegás. La birra la traés vos.
Ale: —La traigo.
José: —Y traé a Sophia con el pijama puesto, así no la tenés que despertar después.
Ale: —Se lo hago poner antes de salir.
José: —Bien.
Se quedó un segundo con el pucho en la boca, sin decir nada, y después tiró lo que venía masticando desde que habíamos cerrado la carpeta.
José: —¿Sophia sabe algo de mis nenas?
Ale: —Nada. Nunca las vio.
José: —Mejor.
Ale: —Mejor.
Y esa repetición la dejé a propósito, porque eran dos tipos diciendo «mejor» y ninguno de los dos sabía a qué se refería y los dos sabían perfectamente a qué se referían.
José tiró el pucho al cordón, lo pisó y me dio un abrazo corto, de esos que se dan entre hombres que trabajan juntos y que de golpe tienen algo en común que no pueden contarle a nadie.
José: —Nos vemos en un rato.
Ale: —En un rato.
Se fue caminando para el lado de la estación, con las manos en los bolsillos y los hombros levantados por el frío. Yo abrí el auto, me senté, y me quedé un segundo con la llave en la mano y la radio apagada, pensando en las catorce pibas de la carpeta y en la mía, que a esa hora estaría en el living con el pijama puesto y la mochila armada, esperando a que yo llegara a buscarla.
Estacioné a media cuadra de casa, apagué el motor y el teléfono me vibró en el asiento.
Mariana: Hoy salgo con las chicas. No te espero.
«Las chicas.» Como si tuviera quince.
Ale: Todo bien. Sophia se queda en lo de José a dormir. Vos hacé la tuya.
Y ahí mandé el audio, con esa voz que uso cuando quiero que se note que no me importa y se nota demasiado.
Ale: —Mariana. Disfrutá. En serio, eh. Disfrutá mucho de tus amigas. Y el domingo tampoco te hagas problema, porque a Sophia me la llevo a un asado y no vuelve hasta la noche. Tenés el finde entero. Para vos. Y tus amigas.
Tardó cuatro minutos. Contestó con un pulgar para arriba, sin una letra, como si le hubieran dado el mensaje a una pared y la pared hubiera hecho así con la mano.
Ale: —Sos una hija de puta.
Y más bajo, porque era verdad y las verdades se dicen bajo:
Ale: —Ojalá te rajes pronto de mi casa.
Me quedé un minuto con el cinturón puesto y abrí Instagram. Lo abrí por Brenda. Luisa me la había mandado a cuidar a Sophia hasta que yo llegara, y hacía rato que venía con ganas de mirarla un rato más de lo que corresponde.
El perfil era un catálogo. Quince años, morochita, algo gordita, con unas tetas que le habían salido antes que todo lo demás y un culo que le pesaba al caminar. Cara de putita, de las que no se les va la cara ni cuando se ríen. En la última foto estaba de espaldas frente al espejo del baño, con un short de gimnasia metido entre las nalgas, y se le marcaba la rayita oscura del culo, gastada, las dos nalgas renegridas del roce. En otra estaba boca abajo en la cama, con la tanga corrida un centímetro, y se le veía el papo de costado, infladito. En otra, un top que no le tapaba nada y los pezones de un marrón oscuro apuntando para adelante.
Cerré Instagram, me bajé del auto y subí.
Abrí la puerta sin hacer ruido y ya desde el pasillo escuché las voces. La luz del living prendida, la tele apagada. Me quedé en el marco, en la penumbra, y ninguna de las dos me vio.
Miré la hora. Ocho y veinticinco. Yo había dicho nueve y media. Había llegado una hora antes y por eso no me esperaban.
Sophia estaba de espaldas a mí, parada al lado del sillón, con la remera puesta y nada abajo. El culito al aire, las piernas flaquitas, el pelo atado con una gomita torcida.
Brenda estaba tirada en el sillón con las piernas abiertas y los pies en el borde de la mesa ratona. Una remera grande de un recital, con las mangas cortadas. Una tanga negra de algodón ya gastada. Aros de argollita enormes, uñas largas pintadas de blanco con una francesita torcida, un piercing en el ombligo y una cadenita con una medallita de San Cayetano. Las zapatillas tiradas en el piso, unas de esas gordas con la suela alta.
Estaban jugando a que Sophia era una bebé.
Brenda: —Che, bebita. ¿Qué hacés ahí parada como un palo?
Sophia: —Quiero teta.
Brenda: —Querés teta. Y yo quiero un auto. Dale, vení.
Sophia se le tiró encima, le metió la cabeza en el pecho y buscó con la boca. Brenda se levantó la remera hasta el cuello, se agarró la teta con la mano, se apretó el pezón entre dos dedos y se lo puso en la boca.
Brenda: —Tomá. Pero despacito, que no soy una vaca.
Sophia chupó. Se escuchó el ruidito, chiquito, húmedo. Brenda tiró la cabeza contra el respaldo y cerró los ojos.
Brenda: —Ay. Así. Que no tengo leche, ¿eh? Soy seca.
Sophia se sacó la teta con un hilo de saliva.
Sophia: —¿Seguro?
Brenda: —Segurísimo. A ver, apretá.
Sophia le apretó la teta con las dos manos y le salió una gotita.
Sophia: —¡Mentira! ¡Tenés!
Brenda: —¡Ay! ¡No me aprietes así, que me duele! Sos terrible, eh.
Sophia se rió y volvió a la teta, y esta vez mordió, apenas. Brenda pegó un salto.
Brenda: —¡Ayyy! ¡No me mordás, que no soy un sanguche de miga!
Sophia: —Perdón.
Brenda: —»Perdón». Ahora sí, ahora sos buena.
Sophia: —¿Y por qué no tenés leche?
Brenda: —Porque no me preñaron todavía, boluda. La leche de verdad te sale cuando quedás embarazada. Lo que yo tengo es la que me dejan los machos.
Sophia se quedó pensando con la teta a un centímetro de la boca.
Sophia: —A mí mi papá también me da leche. En la boca. Y en la cara.
Brenda: —Ah, bueno. Y tu papá es un macho, entonces.
Sophia: —Sí. Es mi macho.
Brenda soltó una risa corta y le agarró la cara con las dos manos y se la apretó como se le aprieta la cara a un perro.
Brenda: —Ay, sos re zorra. Re zorra sos. ¿Vos te escuchás?
Sophia: —¿Qué es zorra?
Brenda: —Zorra. Como las de la calle. Las que saben. Y vos sabés, eh. Vos sabés más que mi novio.
Sophia: —¿Tu novio?
Brenda: —El Enzo. Un boludo. No te hagas la que no entendés.
Sophia: —No entiendo.
Brenda: —Claro que no. Seguí chupando.
Y la mano libre le bajó sola, por el costado de la panza, y se le metió entre las piernas por arriba de la tanga. Se empezó a tocar por encima de la tela, con los dedos planos, en círculos.
Sophia: —¿Por qué te tocás?
Brenda: —Porque me gusta.
Sophia: —¿Y qué se siente?
Brenda: —Rico. Como un cosquilleo, pero abajo.
Sophia: —Sí.
Brenda: —¿Vos sabés? A ver, decime.
Sophia: —Sé.
Brenda: —Mirá vos. La bebita sabe y no me cuenta.
Y ahí Sophia le levantó la remera hasta el cuello, con las dos manos, y se quedó mirándole las tetas desde abajo, con la boca abierta. Dos tetas grandes, pesadas, de pezón oscuro y ancho, que se le iban para los costados cuando estaba acostada. Las agarró con las dos manos, se las apretó contra su propia cara y después las soltó para verlas caer.
Sophia: —Son enormes.
Brenda: —Son un garrón. Me pesan. En el verano me lastiman con el corpiño.
Sophia: —Son hermosas. Yo quiero tener así.
Brenda: —Vos tenés seis, pendeja. Ya te van a salir.
Sophia: —Quiero así. Grandes. Como las tuyas.
Brenda: —Y cuando te salgan vas a decir que son un garrón, como yo. Y vas a tener razón.
Y se rió, pero con la mano se tapó una, como si le diera un poco de vergüenza.
Brenda: —Vos sos flaquita y linda. Yo soy una vaca.
Sophia: —No sos una vaca.
Brenda: —Sí, soy. Tengo el culo como un bondi.
Sophia: —Me gusta.
Brenda: —Mentirosa.
Sophia: —Me gusta, en serio. Es blandito.
Y le agarró el culo con las dos manos, se lo apretó, y Brenda se rió y se dejó. Y ahí el olor me llegó a mí, parado en el pasillo, a tres metros.
Brenda se sacó la tanga de un tirón, la tiró al piso, y se abrió bien de piernas sobre el sillón. No era olor a jabón. Era otra cosa. Era un olor a hembra caliente, ácido, fuerte, a humedad y a culo, con un fondo dulzón que se mezclaba mal y bien al mismo tiempo. Estaba toda depilada, los labios gordos y oscuros, el papo inflamado, brillante, abierto como una fruta partida.
Sophia se puso de rodillas en el piso, al lado del sillón, y metió la nariz entre las piernas de Brenda.
Brenda: —¿Qué hacés?
Sophia: —Te huelo.
Brenda: —Y… ¿qué onda?
Sophia: —Fuerte.
Brenda: —¿Feo?
Sophia: —Rico. Fuerte y rico.
Y se quedó ahí, con la nariz pegada, respirando. Le olió los labios, el pliegue de la pierna, el nacimiento del pelo. Después se separó un centímetro, con la boca abierta, y volvió. Brenda la miraba desde arriba, con la cabeza apoyada en el respaldo.
Brenda: —¿Y a qué te huele?
Sophia: —A vos.
Brenda: —¿Y eso qué es?
Sophia: —Y… a algo que no es de nena. A algo de grande. Como a pis pero más rico.
Brenda: —»Como a pis pero más rico». Gracias, eh.
Sophia: —Sí. Me gusta. Es fuerte. Es como si tuvieras una voz abajo.
Brenda se quedó un segundo con eso.
Brenda: —Una voz abajo. Mirá vos. Y yo pensando que tenía olor a pescadería.
Sophia: —¿Qué es pescadería?
Brenda: —Y… un lugar. Con olor. Dejá.
Y le pasó la lengua. Un lametón corto, de abajo hacia arriba, con la punta. Brenda se agarró del apoyabrazos y se le escapó un ruido.
Brenda: —Uy. Pará. Ahí no.
Sophia: —¿Por qué?
Brenda: —Porque ahí me muero.
Sophia le lamió otra vez, más largo, y después se metió la lengua y la movió, y Brenda levantó las caderas del sillón. Sophia se separó y se pasó el antebrazo por la boca, como hacen los nenes, y después volvió. Y así estuvo un rato largo, lamiendo y separándose y volviendo, sin apuro, cada vez más mojada ella también, con la nariz y el mentón brillantes. Se reía entre lametón y lametón, una risa chiquita, y Brenda le agarró la cabeza con las dos manos y se la apretó contra la concha.
Brenda: —Ay, boluda. Pará, pará.
Sophia: —¿Por qué?
Brenda: —Porque ya. Ya me estoy por ir.
Y Sophia se levantó la cara, mojada hasta las cejas, y se rió con toda la cara.
Sophia: —¿Y vos me querés oler a mí?
Brenda: —Dale, vení. Sentate acá.
La levantó de un brazo, la sentó en el sillón a su lado, le abrió las piernas con la mano y le metió la cara. Primero le olió el pelo, la nuca, detrás de la oreja. Le levantó un brazo y le olió la axila, y Sophia se rió porque tenía cosquillas. Le agarró un pie y se lo olió también, y Sophia se rió más. Y después bajó.
Le olió la conchita despacio, con la nariz, y se quedó un rato ahí, con los ojos cerrados, respirando. Le pasó la nariz por el pliegue, por el nacimiento del pelo, y volvió al medio y se quedó ahí. Sophia se agarró del sillón con las dos manos y se dejó hacer, y cada tanto se le escapaba una risita corta, porque la nariz le hacía cosquillas.
Brenda: —Uy, pero vos también tenés un olor, eh.
Sophia: —¿A qué huelo?
Brenda: —A nena. A nena re caliente. Y a otra cosa.
Sophia: —¿A qué?
Brenda: —A leche.
Sophia: —Pomadita.
Brenda: —¿Pomadita?
Sophia: —La que le sale a mi papá del pito. Me la deja en el sapito. O en el duraznito.
Brenda levantó la cabeza y la miró.
Brenda: —¿En el duraznito también?
Sophia: —Sí.
Brenda se quedó un segundo con la boca abierta, con la nariz a diez centímetros de la conchita de la nena, y después se rió con ganas, con la cabeza para atrás.
Brenda: —A tu papá le gusta llenarte de leche, eh. Qué hijo de puta es. Qué hijo de puta.
Sophia: —¿Por qué hijo de puta?
Brenda: —Porque te tiene de novia, boluda. Y encima te la deja adentro. Y anda por la casa con la cara de bueno.
Sophia: —Es mi macho.
Brenda: —Sí. Tu macho. Y yo quiero uno así.
Y después Sophia se le acomodó mejor, con la cara en el hombro, y le preguntó lo que le preguntaría una amiga.
Sophia: —¿Y a vos qué te gusta que te hagan?
Brenda: —¿A mí?
Sophia: —Sí. A vos. Qué te gusta.
Brenda se rió y se mordió el labio de abajo, y ese gesto me lo guardé. Después miró para el costado, como si estuviera buscando las palabras, y ahí entendí que la piba estaba pensando en serio, que le importaba contestar bien.
Brenda: —Mirá, te voy a ser sincera. Que me chupen la concha. Es lo que más. Que me la chupen y no paren hasta que me corra en la cara.
Sophia se quedó un segundo con eso, y después preguntó, con la frente arrugada.
Sophia: —¿Y qué es correrse?
Brenda: —¿Cómo que qué es? ¿No sabés qué es correrse?
Sophia: —No. La palabra no sé.
Brenda: —Ah. La palabra.
Y Brenda se quedó un segundo pensando cómo explicarlo, y después lo dijo como se le explica a alguien que nunca escuchó el nombre de una cosa que hace todos los días.
Brenda: —Es cuando te viene esa sensación. Que se te pone todo duro, las piernas, la panza, y como que no podés respirar. Y después te agarra como un temblor y explota. Y después te tiemblan las piernas un rato. ¿Vos sentís eso?
Sophia: —Sí.
Brenda: —¿Y cómo le decís?
Sophia: —Las cosquillas fuertes.
Brenda se cagó de risa. Se rió con toda la boca, con la cabeza para atrás, y le agarró la cara a Sophia con las dos manos y se la apretó contra su pecho.
Brenda: —Ay, salame. Claro que sí. Se llama acabar. O correrse. O orgasmo. Como quieras.
Sophia: —Acabar.
Brenda: —Acabar. O correrse. Es lo mismo.
Sophia: —Ah.
Brenda: —Y no es «cosquillas fuertes». O sí, pero no le digas así delante de gente.
Sophia: —¿Por qué?
Brenda: —Porque se te cagan de risa. Decí orgasmo, que suena más groso.
Y yo, desde el pasillo, me sonreí para adentro. Pensé en Romina, que le había enseñado todo, que le había enseñado a aguantar la cara, a mirar al otro, a no quejarse. Y ahora, seis años después, la vida le ponía adelante otra maestra, de otro barrio, con otra escuela, y Sophia la tomaba de la mano sin darse cuenta. Dos minas en dos tiempos distintos y mi hija en el medio, aprendiendo de las dos. Y yo en el medio también, parado en el pasillo, con la pija en la mano y la cabeza repartida entre las tres.
Sophia: —A mí también me gusta que no paren.
Brenda: —¿Y qué más?
Sophia: —A mí me gusta que me chupen el sapito. Y que me lo soplen. Me lo abren, me soplan, me da frío, y después me lo chupan. Y así.
Brenda: —¿Y quién te lo chupa?
Y Sophia contestó como si fuera una obviedad, con esa manera que tenía de decir las cosas más grandes con la voz más chica.
Sophia: —Mi papá. ¿Quién va a ser?
Brenda: —¿Y te lo chupa bien?
Sophia: —Muy bien.
Brenda: —¿Y vos qué hacés mientras?
Sophia: —Le agarro la cabeza y me quedo quieta. Y después me tiemblan las piernas.
Brenda: —Y acabás.
Sophia: —Sí. Y después me da sueño.
Brenda se quedó un segundo procesando eso, con la boca abierta, y a mí me pareció verle el momento exacto en que la ficha le caía del todo: que no era un padre que la tocaba de vez en cuando, que era un tipo que le había enseñado el cuerpo como se enseña un idioma.
Brenda: —¿Y desde cuándo te hace eso?
Sophia: —Desde siempre.
Brenda: —¿Desde siempre cuándo?
Sophia: —Desde bebita. Desde los dos días.
Brenda: —¿Dos días? ¿Y qué hacías a los dos días?
Sophia: —Nada. Pero él me tocaba. Y cuando fui más grande me dejaba la pomadita en la cara. Y después me empezó a chupar.
Brenda: —¿Y te da la leche en la boca?
Sophia: —Sí.
Brenda: —¿Y la tragás?
Sophia: —Sí.
Brenda: —¿Y qué gusto tiene?
Sophia: —Salado. Y calentito. Como el mar.
Brenda: —Como el mar.
Sophia: —Sí. Pero espeso. Y te queda en la garganta un rato.
Brenda se pasó la mano por la boca, como si se estuviera limpiando algo que no tenía, y después se la quedó mirando a Sophia con otra cara. Con una cara que no era la de una piba de quince mirando a una nena de seis. Era la cara de alguien que se está preguntando por dónde se entra a ese mundo.
Brenda: —Y mi novio no me chupa nunca. Dice que le da asco.
Sophia: —¿Asco?
Brenda: —Asco. Dice que le da cosa la baba. Que él come y después no quiere besar.
Sophia: —Es un tonto.
Brenda: —¿Tonto?
Sophia: —Sí. Tonto. Si tu sapito es riquísimo. Yo te lo probé.
Brenda: —Y…
Sophia: —Y si estuviera mi papá te lo chupa seguro. Él no le tiene asco a nada. Él me chupa y después me besa.
Brenda se quedó con la boca abierta y yo, en el pasillo, me tuve que tapar la boca con la mano porque se me escapó una risa. Ahí, en la oscuridad, con la pija en la mano y la risa atragantada, pensando que una nena de seis años acababa de defenderme la boca mejor que un abogado.
Brenda: —Ay, sos un caso. Ahora me lo vas a hacer querer conocer.
Sophia: —Es lindo. Y tiene las manos grandes.
Brenda: —¿Y eso qué tiene que ver?
Sophia: —Nada. Pero me gustan.
Y Sophia se rió y le tiró el dato, sin darle importancia, como el que comenta el clima.
Sophia: —Mi papá me dijo que en algún momento me va a dejar jugar con otros señores.
Brenda: —¿En serio?
Sophia: —Sí. Todavía no. Pero me lo prometió.
Brenda: —¿Y vos querés?
Sophia: —Sí. Un poco me da miedo y un poco me gusta el miedo.
Brenda: —Ay. Ay, la puta que te parió.
Y Sophia, con la misma voz de estar comentando el clima, tiró lo otro.
Sophia: —Y si vos querés, un día venís con alguno tuyo y jugamos todas.
Brenda: —¿Todas?
Sophia: —Vos, el tuyo, yo y mi papá. Y tu mamá si quiere.
Brenda se quedó un segundo con la boca abierta y después se cagó de risa, una risa que le salió del pecho y que le movió toda la panza. Y yo, desde el pasillo, entendí por qué se reía: porque la nena le acababa de armar, en dos frases, una vida entera que Brenda no había imaginado nunca.
Brenda: —Ay, sos una atrevida. Sos una atrevida y una puta. ¿Sabés qué sos?
Sophia: —¿Zorra?
Brenda: —Zorra y atrevida y con más calle que yo. Y me gustás. Podemos ser muy buenas amigas.
Y le levantó la cara con dos dedos y la besó en la boca, largo, y Sophia le respondió como si ya supiera, con la lengua, y Brenda le sostuvo la nuca con la mano y la tuvo así un rato, y después le bajó la mano y se la puso en la conchita y se la acarició con dos dedos, de arriba hacia abajo, sin apuro. Y Sophia, mientras la besaban y la tocaban, tenía los dedos de los pies apretados contra el sillón. Ese detalle me lo guardé también.
Brenda: —Y tenés un culito hermoso, eh. Redondito. Seguro a tu papá lo volvés loco con este culo.
Sophia: —Sí. Le encanta.
Brenda: —¿Le encanta qué?
Sophia: —Chupármelo. Y meterme el pito.
Brenda levantó la cabeza.
Brenda: —¿Te la mete en el culo?
Sophia: —Sí.
Brenda: —¿Toda?
Sophia: —Toda.
Brenda: —¿Y no te desgarra? Sos un fideo.
Sophia: —No. Se abre.
Brenda: —¿Y qué sentís?
Sophia: —Rico. Como que me llena. Y me aprieta la panza por adentro.
Brenda: —¿Y te gusta más que adelante?
Sophia: —Mucho más. Me gusta que me dé por la colita.
Brenda: —No me digas eso.
Sophia: —¿Por qué?
Brenda: —Porque me dan ganas de tener seis años otra vez y arrancar de nuevo.
Y la volvió a besar, y esta vez le puso la mano en la nuca y la sostuvo, y después le preguntó, bajito, como se pide un favor, con la voz ya cambiada.
Brenda: —Che. ¿Te puedo meter los dedos?
Sophia: —Sí. Pero con una condición.
Brenda: —¿Cuál?
Sophia: —Que yo sigo chupando tus tetonas. Y tu sapito.
Brenda: —Hecho.
Y ahí se armó el lío. Brenda se recostó en el sillón con las piernas abiertas y la nena se le tiró encima, de costado, la boca en una teta y la mano en la otra, y Brenda le buscó la conchita con los dedos desde abajo y le metió el índice, y Sophia se lo dejó meter sin dejar de chupar. Y así estuvieron, enredadas, cada una con la boca y las manos en la otra, compartiendo todo: los dedos, la saliva, los jugos, el olor. Brenda le hablaba con la voz pastosa, y a cada frase se le cortaba la respiración en el medio.
Brenda: —Qué rica que estás, la concha de tu madre.
Brenda: —Abrime bien, mi amor. Así. Ahí.
Brenda: —Chupame así. Despacito. Que si me chupás así me muero.
Brenda: —Mirá cómo te mojás vos. Mirá. Me tenés la mano empapada.
Y Sophia levantó la cabeza, con la boca brillante, y le contestó con una ternura que a mí me partió al medio. Y ahí entendí algo que no había pensado nunca: que mi hija, en el medio del placer, no era una nena que se dejaba hacer. Era una nena que cuidaba. Que estaba pendiente de si el otro la estaba pasando bien.
Sophia: —Es re lindo que me cuides vos.
Brenda: —¿Eh?
Sophia: —Que me cuides. Me gusta. Sos buena conmigo.
Brenda se quedó un segundo sin saber qué decir, porque le habían dicho que era buena con una nena de seis años en el medio de un polvo, y le apretó la cara contra la teta. Y cuando levantó la vista, Brenda tenía los ojos un poco brillantes, y no era el placer: era otra cosa.
Brenda: —Sos un caso. Sos un caso, eh.
Y le metió un segundo dedo y se los movió adentro, buscando, y Sophia se le estiró toda y se le escapó un ruido, y Brenda aprovechó y le bajó el dedo del medio, y le tocó el orto, y se lo movió en círculos mojándolo con lo mismo que tenía en los dedos.
Brenda: —¿Acá también?
Sophia: —Ahí sí. Ahí me gusta más todavía.
Y Brenda le metió la punta del dedo en el orto, apenas, y lo movió, y Sophia se agarró de la teta con las dos manos y se le fue la respiración. Después Brenda le sacó los dedos de la conchita y se los pasó por la cara a la nena, por la boca, y Sophia los chupó, y después Brenda se los llevó a la suya y los probó, uno por uno, despacio, con los ojos cerrados, y a mí me llegó el sonido desde el pasillo.
Brenda: —Uy.
Sophia: —¿Qué?
Brenda: —Nada. Que estás rica. Aprobado.
Sophia: —¿Aprobado?
Brenda: —Aprobado. Con nota. Diez.
Y Sophia se rió y le volvió a bajar la boca a la teta, y le chupó el pezón y después le lamió alrededor, y le agarró las dos tetas con las dos manos y se las apretó contra la cara, y Brenda se agarró del apoyabrazos y tiró la cabeza para atrás y se le marcó toda la garganta.
Brenda: —Ay, boluda. Sí. Ahí. Chupame la teta así.
Y Sophia se deslizó para abajo, por la panza, y le metió la cara entre las piernas otra vez, y esta vez no jugó: le lamió la conchita entera, de abajo hacia arriba, y después se quedó en el clítoris y le chupó con los labios y con la lengua, y lo hacía con un ritmo parejo, marcado, y cada vez que subía hacía un ruido con la boca, un chasquido chiquito, y Brenda se volvió loca. Se le abrieron las piernas solas, se le cerraron, se le volvieron a abrir. Le agarró la cabeza con las dos manos y se la apretó contra la concha, tal como había dicho que le gustaba, y no la dejó salir, y se movió contra la cara de la nena.
Brenda: —Ay. Ay, ay, ay. Boluda. Así. Así, así, así.
Brenda: —¿Quién te enseñó eso? ¿Eh? ¿Quién te enseñó eso?
Y Sophia levantó la cara, con la boca llena de jugo, y contestó con la mayor naturalidad del mundo.
Sophia: —Lo hago como me hace mi papito.
Brenda: —Ah, no. Me estás jodiendo.
Y le agarró la cabeza con las dos manos y se la apretó contra la concha y se movió contra la cara de la nena, y Sophia siguió chupando, y Brenda empezó a temblar y a decir cosas sin terminar las palabras, y le salían sílabas sueltas, y en un momento se le levantó la espalda del sillón entera y se quedó dura, y después se soltó con un ruido que le salió del pecho, y cayó de vuelta contra el respaldo, con las piernas abiertas y la nena entre ellas, respirando como si hubiera corrido.
Y Sophia, sin levantarse, se corrió un poco y le metió la cara entre las nalgas.
Brenda: —Uy. Ahí no, que estoy toda transpirada.
Sophia: —Por eso.
Y le olió. Le metió la nariz en el medio y respiró, y Brenda tenía el culo y la concha con todo el olor del día encima: el sudor del colectivo, la caminata, la calentura, el papel de la tanga. Y Sophia se quedó ahí un rato largo, con la nariz pegada, respirando como si fuera un perfume caro. Y yo la miraba desde el pasillo y me di cuenta de que estaba fascinada, de que ese olor la tenía hipnotizada de verdad, y que era un olor que no tenía nada que ver con el olor a limpio de la casa, ni con el shampoo, ni con nada de lo que ella conocía.
Brenda: —¿No te da asco?
Sophia: —No. Me encanta.
Brenda: —¿En serio?
Sophia: —En serio. Es fuerte.
Brenda: —¿Y a qué te huele?
Sophia: —A pescado.
Brenda: —Ay, gracias. A pescado.
Sophia: —Pero rico. Pescado rico.
Brenda: —¿Y qué es «pescado rico»?
Sophia: —No sé. Pescado, pero rico.
Brenda se rió con la voz rota y se pasó la mano por la cara.
Brenda: —Sos un fenómeno.
Sophia: —Y también es como un perfume.
Brenda: —¿Ahora es un perfume?
Sophia: —Sí. De esos que son raros. Que te quedan en la nariz y después querés olerlos de nuevo.
Brenda se quedó un segundo con eso, sin decir nada. Después se le acercó, le apoyó la frente en la cabeza a la nena y se quedó ahí, respirándole el pelo.
Brenda: —Vos sos otra cosa.
Y yo, desde el pasillo, pensé que tenía razón. Tenía razón y no sabía por qué. Pero un olor que te queda en la nariz y después querés volver a olerlo era la mejor definición de Brenda que se me podía ocurrir, y la había hecho una nena de seis con la cara metida entre dos nalgas.
Sophia: —Me gustaría jugar así siempre.
Brenda: —¿Siempre?
Sophia: —Siempre que vengas. Y podemos sumar a Juanse.
Brenda: —A Juanse no le gusta jugar con nenas.
Sophia: —Por ahí lo convenzo.
Brenda: —Por ahí lo convencés. Con vos, cualquiera.
Y Sophia se subió otra vez al sillón y se le acostó encima, panza con panza, con la cara en el cuello, y Brenda le puso las dos manos en la espalda y la abrazó entera, y se quedaron las dos ahí, respirando, con el olor de las dos mezclado en el aire de un living con la tele apagada.
Y yo seguía en el marco, con la pija en la mano, moviéndola despacio, sin apuro, porque no quería que se terminara. La tenía dura desde hacía cuarenta minutos y me la venía aguantando como un pibe, apretando el freno cada vez que me parecía que estaba por terminar, porque quería llegar hasta el final de todo esto y no quería llegar solo.
Y ahí me cansé de mirar.
Me la saqué del todo y la dejé colgando, dura como un fierro y con la punta brillante, y entré al living sin apuro, con la mano en el marco para que se me vieran las dos cosas: la cara de dueño de casa y la poronga al aire.
Brenda se dio vuelta primero, sintió el movimiento, y cuando me vio se le abrió la boca y no le salió nada. Tenía el flequillo pegado a la frente por el sudor, los labios gruesos corridos de tanto besuquear, la cadenita torcida y un tatuaje chiquito en el pecho que le subía y le bajaba con la respiración. Las tetas le colgaban pesadas, con las areolas oscuras y anchas, y le bajaban hasta el nacimiento de la panza. Quince años y un cuerpo que ya había decidido todo.
Sophia se dio vuelta después, me miró la pija, me miró la cara, y ahí sí: se le iluminó todo.
Sophia: —¡Papi!
Y me saltó encima. Se me trepó como un mono, me agarró del cuello con las dos manos y me plantó un beso en la boca, con lengua, largo, y después otro en la mejilla y otro en el mentón. Y toda la cara me quedó pegoteada, porque la nena tenía la boca y el mentón llenos de Brenda: el jugo de la concha, la saliva, el olor del orto, todo eso que le había quedado pegado en la cara y en el pelo. Me la pegó entera a mi cara y a mi cuello, y yo la dejé, y me la tomé toda.
Ale: —Uy, mi amor. Estás pegajosa.
Sophia: —Sí.
Ale: —Y olés.
Sophia: —Sí. A Brenda.
Ale: —A Brenda. Me encanta.
Le agarré la cabeza con una mano y le di un beso más, en la frente, con esa ternura que uso solo con ella.
Ale: —Mi conchinita.
Sophia: —Papi, ¿vos también estabas jugando?
Ale: —Estaba mirando.
Sophia: —¿Y te gustó?
Ale: —Me encantó. No me perdí un segundo.
Y ahí me puse serio, pero con la voz suave, y le hablé al oído como se le habla a una socia.
Ale: —Pero mi amor, hay que tener más cuidado. ¿Vos te das cuenta de que podía haber venido mamá?
Sophia: —Mamá se fue.
Ale: —Mamá se fue, pero podía volver. Y si te encontraba así, con Brenda, sin bombacha, con la cara sucia, no había manera de explicarle esto a Mariana.
Sophia se quedó un segundo pensando, con la frente arrugada.
Sophia: —¿Y qué le decimos?
Ale: —Nada. Nada hasta que no haya otra opción.
Y después levanté la vista, porque la otra también estaba ahí, parada al lado del sillón con la tanga en el puño, la que había levantado del piso sin pensar, y una cara de susto que no disimulaba ni un poco. Brenda tenía quince años y estaba temblando. Se había quedado en el medio del living con la concha al aire y la tanga apretada en el puño, como si la tanga fuera un salvavidas.
Ale: —Y vos.
Brenda: —Yo.
Ale: —Vos tenías instrucciones.
Brenda: —Sí. Mi mamá me dijo que tenga cuidado.
Ale: —Y no tuviste.
Brenda: —Y… no.
Ale: —¿Y sabés lo peor?
Brenda: —¿Qué?
Ale: —Que no me escuchaste entrar. Abrí la puerta, la cerré, caminé hasta el pasillo, me quedé parado ahí mirándolas… y vos ni enterada.
Brenda: —¿Cuánto tiempo?
Ale: —Cuarenta minutos.
Brenda: —¿Cuarenta?
Ale: —Cuarenta. Y vos con la nena en la cara, sin bombacha, en el medio del living de mi casa. Cuarenta minutos y no me escuchaste una sola vez.
Brenda: —No te puedo creer.
Ale: —Posta. No me escuchaste.
Brenda: —No. No escuché nada.
Ale: —¿Y si era Mariana?
Brenda: —Y me moría.
Ale: —No, morir no. Pero te tenía que explicar. Y a Mariana no le podés explicar esto, porque no lo entiende. No tiene la cabeza para entenderlo.
Brenda: —Ya sé.
Ale: —Si entraba Mariana y te encontraba así, con mi hija, la primera en caer sos vos. Y tu vieja también, por haberte mandado.
Brenda: —Ya sé. Y encima yo no tengo nada que ver, yo vine a cuidarla.
Ale: —Y terminaste de rodillas en el piso.
Brenda: —Y… sí.
Ale: —¿Y por qué?
Brenda se quedó un segundo. Se mordió el labio y me miró.
Brenda: —Porque no me podía parar.
Y esa respuesta me gustó. Me gustó porque era verdad y porque la dijo sin chamuyar. Y me gustó más porque me acababa de reconocer, en dos palabras, que la nena la había volteado.
Me acerqué. Le puse dos dedos en el mentón y le levanté la cara.
Ale: —Mirá. Después de tanto tiempo.
Brenda: —¿Tanto tiempo?
Ale: —Dos años siguiéndote el Instagram, nena. Dos años.
Brenda: —¿Posta?
Ale: —En serio. Cada vez que subías una foto con el short metido en el orto, yo la miraba dos veces. Y vos ni sabías.
Brenda: —No sabía.
Ale: —Ahora ya sabés. Y ahora ya sabés lo que hacías con esas fotos, aunque no lo supieras.
Brenda: —Ale, yo te puedo explicar. Lo de hoy. Yo no…
Ale: —Nadie te va a retar. Vamos a hablar tranquilos.
Y ahí, mientras le hablaba, me tomé la pija con la mano y se la puse al lado de la cara. No se la metí. Se la apoyé en la mejilla, en el pómulo, y se la dejé ahí, con la punta tocándole el pelo del flequillo. Brenda se quedó bizca mirándola.
Ale: —Pero yo también espero algo de vos.
Brenda: —¿Qué?
Ale: —Que seas buena conmigo. Que si vos tocás a mi hija, si la hacés gozar, si te la comés como te la comiste hoy, y encima tenés la cara de querer ofrecerla a machos por ahí… conmigo también tenés que jugar.
Brenda: —Ah.
Ale: —Y yo ando necesitando una niñera.
Brenda se quedó un segundo con eso, con la pija apoyada en la cara, y después entendió. Se le ordenó todo de golpe, se le acomodaron las fichas, y en la cara se le pasó el susto y le quedó otra cosa.
Brenda: —¿Niñera?
Ale: —Niñera. Y lo que venga.
Y Brenda levantó la mano y me la puso en la pija. Primero la agarró con dos dedos, como si midiera, y después la tomó entera y me la empezó a acariciar de arriba abajo, despacio, mirándome a los ojos. Tenía la mano tibia y la palma húmeda, y en la muñeca le brillaban todavía los restos de mi hija.
Brenda: —Así.
Ale: —Eso.
Sophia, desde mi cuello, miraba todo con la cabeza ladeada.
Sophia: —Papi.
Ale: —Decime.
Sophia: —¿Brenda puede jugar con nosotros?
Ale: —Puede. Pero con más cuidado.
Sophia: —¿Y hoy?
Ale: —Hoy no, porque nos tenemos que ir. Andá a cambiarte y armá el bolsito. Nos vamos a lo de tío José, con India y Helena, a hacer pijamada. Y ponete la ropita interior esa que te gusta tanto.
Sophia se quedó un segundo. Y después le cayó la ficha de la noche que se venía, y se le puso una sonrisa que le cruzó toda la cara.
Sophia: —¿La de encaje?
Ale: —La de encaje.
Sophia: —¿Y allá también se juega?
Ale: —Allá también.
Sophia: —¡Sí!
Se bajó de mis brazos de un salto y salió corriendo para el cuarto. Se escucharon los cajones, el ropero, la puerta del placard.
Y ahí quedamos los dos solos.
Brenda: —Che, yo me tengo que ir, mi mamá…
No terminó la frase. La agarré del pelo, del flequillo, con la mano entera, y la llevé de un tirón hasta la pared. La pegué contra la pared con el cuerpo, le puse la mano libre al lado de la cabeza y la tuve ahí, sin dejarla moverse. La tanga se le cayó al piso y no la miró nadie.
Ale: —Acá no te vas nada.
Y le comí la boca. Le metí la lengua hasta la garganta y ella me la chupó, y le agarré una teta con la mano, se la apreté entera, se la levantó, se la dejó caer. Le agarré la otra y le tiré de la areola, se la pellizqué, y ella se quejó adentro de mi boca. Le bajé la boca al cuello, al hombro, al nacimiento de la teta, y le pasé la nariz por la axila.
Ale: —Qué tetas tenés, pendaja.
Brenda: —Ay.
Ale: —Me matás. Son dos sandías, nena.
Brenda: —Me pesan.
Ale: —Mejor. Para lo que las vamos a usar.
Y le pasé la nariz por el pecho, bajé por la panza, me puse de rodillas y le metí la cara entre las piernas. Y ahí me llegó el olor entero, todo junto: el olor de ella, el olor de mi hija, la mezcla de las dos cosas que la nena le había dejado en la concha y en el orto, y el sudor, y la calentura. Un olor espeso, ácido, con el dulzor de la nena arriba de todo. Y yo me quedé ahí, con la nariz pegada, respirando, sin tocarla todavía, y ella esperó con las piernas abiertas y la mano en mi cabeza.
Ale: —Mierda.
Brenda: —¿Qué?
Ale: —Que Sophia tiene razón. Olés como un perfume importado. Un perfume caro, de esos que una vez que lo olés no te lo podés sacar de la nariz.
Brenda se rió, y la risa le salió corta porque yo ya le estaba pasando la lengua.
Ale: —Y ahora vas a hacer lo que yo te diga. Porque si te bancás tocar a mi hija, si te bancás ofrecerla a machos, sabés que tenés que jugar conmigo. Y acá el que manda soy yo.
Brenda: —Sí.
Ale: —Decí «sí, señor».
Brenda: —Sí, señor.
Y le levanté las dos piernas, la senté arriba de la mesa ratona de un solo movimiento y le abrí las piernas con las dos manos. Y le comí la concha. Se la comí como se come una concha que tiene gusto a otra nena: despacio primero, para sentir el gusto de mi hija metido en su jugo, y después fuerte, para que gritara. Le pasé la lengua de abajo hacia arriba, entera, del orto al clítoris, y ella se estiró toda. Le chupé el clítoris con los labios y se lo apreté, se lo mordí apenas, y le metí la lengua adentro y se la moví, y le agarré las dos nalgas con las manos y se las abrí hasta que se le vio el orto abierto, rosado, apretado.
Y después le levanté las piernas, se las puse contra el pecho, y le bajé la lengua al orto. Y Brenda gritó de verdad.
Brenda: —¡Ay! ¡Ay, boludo!
Ale: —¿Era esto lo que te gustaba tanto?
Brenda: —Sí. Sí. Sí.
Ale: —¿Y así también?
Y le metí la punta de la lengua en el orto y se la moví, y se la mojé, y después le bajé la mano y le metí dos dedos en la concha mientras le lamía el orto, y Brenda se agarró de mis pelos con las dos manos y levantó la cola de la mesa.
Brenda: —Ay, no. Ay, no, no.
Ale: —¿Y decime. Tanto te gustó saborear a mi hija?
Brenda: —Mucho.
Ale: —¿Y a qué te gustó?
Brenda: —A todo. A la concha. Al orto. Al gusto que tiene.
Ale: —¿Y le metiste la lengua?
Brenda: —Sí.
Ale: —¿Y te gustó?
Brenda: —Me encantó.
Ale: —Mirá vos. La puta del barrio, y encima negra tortillera.
Brenda: —Ay, no me digas así.
Ale: —¿Por qué? Si te gusta. Te gusta comer concha. Te gusta chuparle el sapito a una nena de seis años y que te quede la cara sucia.
Brenda: —Sí. Me gusta.
Ale: —Entonces sos tortillera.
Brenda: —Soy las dos cosas.
Ale: —Mejor. Así servís para todo.
Y ahí Brenda levantó la cabeza y me contestó, entre jadeo y jadeo, con la voz pastosa.
Brenda: —Che. Ella me puso muy caliente. Tu hija. Es una nena muy sexual, en serio. Me hace acordar a mí, cuando arranqué con mi papá.
Ale: —¿Vos también arrancaste?
Brenda: —A los once.
Ale: —Ah, mirá.
Brenda: —Sí. Y ella a los seis ya hace más que yo.
Ale: —Y va a hacer más todavía. Porque a ella la cojo yo.
Brenda: —A mí también me coge mi papá.
Ale: —Y yo te voy a coger mejor que tu papá.
Y ahí le clavé los ojos.
Ale: —Escuchame bien. Desde hoy vos sos mía. Como tu mamá. Y tu macho principal soy yo, por encima de tu novio, por encima de tu papá, por encima de todos. ¿Entendiste?
Brenda: —Sí.
Ale: —¿Sí qué?
Brenda: —Sí, señor.
Le agarré el pelo con una mano, le levanté la cabeza y le comí la boca. Una boca de trola, una boca petera, una boca que tenía el gusto de mi hija y el gusto de su propia concha, los dos juntos, y la mezcla esa me tenía loco.
Ale: —Tenés la boca con gusto a mi hija.
Brenda: —Y a mí.
Ale: —A los dos. Y a la mezcla. Y la mezcla me mata.
Y sin preguntarle nada, sin forro, sin avisarle, me la puse en la entrada y se la metí de una sola vez hasta el fondo.
Brenda gritó. Gritó de placer, fuerte, y le tapé la boca con la mano y ella me mordió los dedos. La tenía apretada, caliente, chorreando, y me agarró con las dos piernas alrededor de la cintura y me tiró para adentro.
Brenda: —Ay. Ay. Ay, la concha de tu madre.
Ale: —Te la estoy dando a pelo.
Brenda: —Sí.
Ale: —¿Y sabés qué quiere decir eso?
Brenda: —No.
Ale: —Que te voy a llenar de leche. Y que vos tenés tantas ganas de ser mamá que a lo mejor te preño hoy.
Brenda: —Ay, pará.
Ale: —¿Pará qué?
Brenda: —Pará que me estás… ay.
Le tiré del pelo para atrás, le escupí la cara, y le hablé con la boca pegada al oído mientras la cogía.
Ale: —Acá manda el señor. Y el señor coge sin forro. Y desde hoy el único que te coge así soy yo. Ni el Enzo, ni tu papá, ni nadie. Porque al que te toque sin forro lo cago matando. ¿Entendiste?
Brenda: —Entendí.
Ale: —¿Y si quedás preñada?
Brenda: —Y… no sé.
Ale: —Yo me la banco. Si quedás, te la bancás conmigo. Y si tu vieja arma lío, se arregla.
Y Brenda lloró. Lloró dos lágrimas de nada, de esas que salen cuando el cuerpo no sabe qué hacer con tanta cosa junta, y al mismo tiempo gimió y me asintió con la cabeza.
Ale: —Muy bien.
Y le agarré la cara.
Ale: —Aprendés rápido.
Y la cogí fuerte. La cogí en la mesa ratona, con la cabeza colgando del borde, agarrándola de las dos caderas anchas y metiéndosela hasta el fondo, y cada vez que entraba se le sacudían las tetas enormes para todos lados y se le levantaban y le volvían a caer sobre el pecho. Y ahí le bajé la boca y le chupé las dos, una y otra, se las apreté, se las mordí de costado, le pasé la lengua por las areolas anchas y se las sorbí como si tuviera leche.
Ale: —Sos re tetona.
Brenda: —Sí.
Ale: —Me encantan. Son un imán, nena.
Brenda: —Ay.
Ale: —Hace años que te quiero coger. Años. Desde que tenías trece.
Brenda: —Mentira.
Ale: —Y hoy caíste sola. Y con mi hija. Como si me la trajeras de regalo.
Brenda se rió con la voz cortada y después ya no se rió más, porque le empecé a dar al ritmo que a ella le servía, ese que se encuentra de golpe, y Brenda me clavó los talones en la espalda y me agarró de los brazos.
Brenda: —Así. Así. No pares.
Ale: —¿Y?
Brenda: —No pares. No pares que ya.
Ale: —Ya qué.
Brenda: —Ya. Ya. Ya.
Y se le apretó todo, se le puso la panza dura, y se le levantó la espalda de la mesa y se quedó temblando con la boca abierta y los ojos en blanco. Y yo la seguí hasta que se le pasó, y ahí me solté yo, con dos embestidas más, y me corrí adentro, hasta el fondo, y me quedé ahí apretándola contra la mesa, con todo lo mío adentro y la mano en su cara.
Brenda se quedó un rato con los ojos cerrados. Y después abrió uno y me miró.
Brenda: —Señor Ale.
Ale: —Decime.
Brenda: —Qué rico, señor.
Y me lo dijo con una voz chiquita, distinta a la de antes, la voz de una piba que acaba de entender dónde está parada y no le disgusta.
Ale: —Qué bueno que te haya gustado.
Y le di un beso, largo, blando, de esos que se dan cuando ya está todo dicho.
Ale: —Y decile a tu mamá que desde hoy pueden compartir el trabajo.
Brenda: —¿Mi mamá sabe?
Ale: —Tu mamá sabe todo, nena. Sabe todo y hace tiempo. Y cuando le cuentes esto, no te va a sorprender.
Y Brenda se quedó mirándome con la boca abierta, y en eso se escuchó la puerta del cuarto y unos pasitos y un bolsito arrastrándose por el piso.
Sophia apareció en el marco, vestida con un pijama cortito, de tiritas, floreado, el pelo atado con un moño torcido, las ojotas puestas y el bolsito colgando del hombro. Tenía la cara lavada a medias y todavía, en el mentón y en el labio, el brillo de Brenda.
Sophia: —Papi. Estoy lista. Vamos.
Y se quedó un segundo mirándonos, a Brenda tirada en la mesa con las piernas abiertas y a mí parado al lado, con la pija todavía afuera y brillante.
Sophia: —Pero jugaron sin miii.
Ale: —Jugamos un ratito.
Sophia: —Yo quiero.
Ale: —Otro día jugamos los tres. Hoy tenés que estar lista para la noche.
Sophia se quedó pensando si le servía esa respuesta. Le sirvió, porque la noche era más grande. Se dio vuelta y salió para la puerta.
Y Brenda, todavía en la mesa, levantó la cabeza y me miró con una cara rara, como si le hubieran dicho algo que no terminaba de cerrar.
Brenda: —Che.
Ale: —Qué.
Brenda: —¿Qué noche?
Ale: —Después te cuento.
Y me fui a buscar las llaves. Desde el pasillo escuché a Sophia abrir la puerta y salir, y el ruido del bolsito en el escalón.
Y cuando me di vuelta, Brenda se estaba levantando de la mesa. Se puso la tanga despacio, se acomodó el elástico con los dos pulgares, buscó la remera en el piso y se la puso. Se pasó la mano por el pelo, se lo peinó un poco con los dedos. Y antes de salir, se paró en el marco y se llevó la mano a la panza, abajo, y se la apretó con la palma abierta, como si estuviera tanteando algo que todavía no se ve. Se quedó un segundo así.
Después levantó la cabeza, me buscó, y cuando me encontró se mordió el labio de abajo. Y me lo hizo saber sin decir una palabra.
Y se fue.
Continuara
Les dejo mi correo para quien quiera contarme que les parecio [email protected]
Tambien telegram: @Arcangelper

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