La Noche Que Vi a Mi Hermanita Desnuda Entre Desconocidas
Mi hermanita entre otras niñas iguales. La mayor prueba de mi vida —culo, garganta, vagina— hasta reconocer su sabor único..
A sus 20 años, nunca se había sentido tan nervioso. El motivo era simple: el y su pequeña hermana, Sofía, de 11, se habían inscrito en el concurso más extremo de la dark web, «La Identidad Prohibida».
La regla era simple: cinco nenas, todas iguales que Sofía —delgadas, con pechitos pequeños, culito firme y bien ricas.
«Las reglas son simples», continuó el presentador. «Tendrás los ojos vendados. Podrás usar tus manos, tu boca, cualquier parte de tu cuerpo para examinar a las participantes. También tendrás acceso a nuestra colección de juguetes. Sin límites, sin restricciones. Tú decides hasta dónde llegar para descubrir la verdad».
Alex sintió cómo le colocaban la venda sobre los ojos, sumergiéndolo en la oscuridad. Su corazón martilleaba en su pecho mientras imaginaba el millón de dólares que podría ganar, pero más importante, los 5 cuerpos que tendrá a su disposición para follar.
«Comencemos», anunció el presentador. «Participante número uno, acércate».
Alex respiraba agitado bajo la venda negra. La oscuridad total hacía que cada sonido se amplificara: el taconeo de unas zapatillas sobre el piso frío, el roce de tela quitándose, el murmullo nervioso de una niña entrando al escenario.
«Participante uno», anunció el presentador. «Puedes acercarte a ella, Alex. Tócala. Saboreala.»
Alex extendió las manos temblorosas. El aire cambió; sintió el calor de un cuerpo delgado frente a él. Sus dedos rozaron primero piel suave, tibia. Una cadera estrecha, huesitos que sobresalían apenas. Subió las manos y encontró una cintura fina de niña, donde la piel se hundía suavemente antes de expandirse en unas nalgas pequeñas pero duras, redonditas, apretadas como pelotas de tenis.
«Gira», ordenó el presentador.
Las manos de Alex guiaron el cuerpo. Sus palmas rozaron un abdomen plano, liso, sin grasa. Subió más y encontró pechos pequeños, del tamaño de limones tiernos, con los pezones duros ya, erectos, esperando. Los pellizcó suavemente y la chica dejó escapar un gemido agudo, juvenil.
«Baja», dijo Alex con voz ronca.
Se agachó, sus manos bajaron por muslos delgados, piel de gallina. Llegó entre las piernas y encontró un monte completamente liso, sin un solo pelo, húmedo ya, resbaladizo. Metió un dedo despacio y la chica jadeó, arqueándose. Estaba caliente por dentro, apretada, chorreando.
Alex se inclinó más. Su nariz rozó el vientre de la chica, oliendo el aroma dulce y fuerte de su excitación. Separó los labios y lamió una línea desde el ombligo hacia abajo, saboreando el sudor salado de su piel, hasta llegar a ese coño rosadito, brillante, abierto ya. Metió la lengua y la chica se estremeció, gimiendo «oh, oh, oh» mientras él chupaba, buscando el sabor específico que conocía desde hacía años.
No era ella. El sabor estaba cerca, pero faltaba algo.
«No es Sofía», dijo Alex con la voz entrecortada, separándose, el rostro mojado.
«Correcto», rió el presentador. «Participante uno, retírate. Entra la número dos…»
Alex se limpió la boca con el dorso de la mano, aún saboreando el residuo dulzón de la primera chica. Sus manos temblaban, no de nerviosismo ahora, sino de excitación pura, de la sangre hirviéndole en las venas.
«Participante dos», anunció el presentador.
El sonido de pasos descalzos sobre el piso. Otra respiración agitada, otra presencia joven, infantil y delgada frente a él. Alex extendió las manos y encontró hombros estrechos, piel de porcelana, frágil. Bajó por brazos delgados, hasta encontrar manos pequeñas, dedos largos, uñas cortitas.
«Gira», dijo Alex, ya más seguro.
La giró él mismo, sintiendo la espalda recta, la columna vertebral marcada bajo sus dedos. Bajó hasta ese culito firme, redondito, casi idéntico al que memorizaba en sueños. Lo apretó con ambas manos, separando las nalgas, y la chica jadeó agudo.
Alex se arrodilló. Su rostro quedó a nivel de ese cuerpo perfecto, de esas piernas torneadas que se cerraban en un triángulo dorado. Metió la nariz entre las nalgas, oliendo el olor intenso, personal, único. Separó más y vio ese agujerito rosado, apretado, limpio, sin un pelo alrededor.
Metió la lengua.
La chica se tensó, soltando un grito agudo mientras Alex lamía círculos alrededor de su ano, metiendo la punta, saboreando el sabor salado, terroso, intenso. Era casi idéntico. Casi. El mismo sabor que había probado cientos de veces en su casa, en las mañanas, en las noches, cuando Sofía se sentaba en su cara y él le lamía todo.
«Joder», murmuró Alex contra su piel, confundido.
Su lengua bajó, encontrando ese coño lampiño, rosadito, brillante de humedad. Chupó los labios vaginales, metió la lengua profundo, buscando el sabor interno, el néctar específico. Era demasiado parecido. Su pene palpitaba duro, confundido, queriendo entrar ahí, creyendo que era ella.
«No estoy seguro», dijo Alex con voz ronca, separándose, la boca brillando. «Necesito… necesito más.»
«¿Un juguete?», preguntó el presentador, divertido.
«Sí. El más grande que tengan.»
Una mano le guió, le puso en sus palmas algo pesado, de silicona fría pero que rápidamente tomó temperatura. Un consolador grueso, largo, realista, con venas marcadas.
«Ábrete», ordenó Alex a la nena.
La acostó en el suelo, sintiendo su cuerpo temblar bajo él. Posicionó el juguete contra esa entrada rosada, húmeda, y empujó despacio. La chica gritó, arqueándose, mientras el juguete entraba centímetro a centímetro, abriéndola, llenándola. Alex lo metió hasta el fondo y la chica jadeó «¡ah, ah, ah!», las piernas abriendo más, pidiendo más.
Alex empezó a moverlo, sacar y meter, mientras con la otra mano tocaba esos pechos pequeños, duros, y con la boca buscaba su axila, lamiendo el sudor salado, el rastro de desodorante, el olor puro de la chica.
Alex aceleró el ritmo del juguete, metiéndolo y sacándolo de esa vagina apretada, húmeda, escuchando los sonidos obscenos de la fricción. La chica gemía sin control, «sí, sí, ahí, más duro», con voz aguda, casi infantil.
Con su mano libre, Alex encontró su clítoris, ese botoncito duro entre los labios rosados, y lo frotó con el dedo en círculos rápidos mientras seguía clavando el juguete profundo. La chica empezó a temblar, sus piernas se cerraron involuntariamente, su espalda se arqueó como un arco.
«Me voy a venir», gritó ella, «me vengo, me vengo».
Alex no paró. Mantuvo el ritmo brutal, el juguete entrando hasta el fondo, el dedo frotando sin piedad. La pequeña soltó un grito largo, agudo, y Alex sintió cómo su vagina se contraía, pulsaba alrededor del juguete, chorros de humedad caliente salpicaban su mano, sus muslos, el suelo. Squirt. Justo como Sofía.
La dejó ahí, temblando, con el juguete aún metido hasta la mitad, su respiración agitada, el cuerpo convulsionando en espasmos post-orgasmo.
«No estoy seguro de ésta», dijo Alex, jadeando, limpiándose las manos en los pantalones. «Traegan a la siguiente.»
«Participante tres», anunció el presentador.
Alex escuchó pasos, otra presencia pequeña como su amada hermanita. Extendió las manos y tocó cabello suave, largo, rubio. Una cara pequeña, nariz chiquita, labios carnosos.
«Arrodíllate», ordenó Alex.
La guío hacia abajo, sintiendo cómo ella obedecía, sus manos tocando los pantalones de él, buscando. Alex se desabotonó, sacó su pene duro, palpitante, y guio la cara de la chica hacia él.
«Ábrete», dijo.
Los labios de ella se separaron, calientes, húmedos, y se cerraron alrededor de su pene. Alex gimió, metiendo las manos en ese cabello rubio, empujando hacia adelante. La nena aceptó, metiéndolo hasta el fondo de su garganta, sin rechistar, tragándolo entero.
«Joder, joder», gemía Alex, moviendo las caderas, follando esa boca caliente, esa lengua que giraba alrededor de su pene.
Sentía que se venía, las pelotas apretadas, el calor subiendo. Agarró fuerte la cabeza de la chica y empujó profundo, hasta el fondo, y soltó un gruñido.
«Trágatelo», ordenó, «todo».
La primera salida golpeó su garganta, caliente, espesa. Alex empujó más, pulsando, soltando chorro tras chorro de semen caliente. La nena tragó, sin dejar escapar una gota, su garganta moviéndose, aceptando todo, hasta la última gota.
Alex se separó, jadeando, su pente aún duro, brillando con saliva y semen.
«No es», dijo Alex, limpiándose el glande con el borde de la camisa, todavía duro, todavía hambriento. «Mi hermanita traga más profundo. Se lo mete hasta la garganta y se queda ahí, sin respirar, tragando cada gota como si fuera agua. Esta no es.»
«Participante cuatro», anunció el presentador.
Alex escuchó pasos suaves, descalzos. Una respiración nerviosa cerca, el perfume dulce de una niña. Extendió las manos y tocó una mejilla caliente, labios temblorosos.
«Habla», ordenó Alex.
«H-hola», dijo la voz, aguda, tímida, con un temblor exactamente igual al de Sofía cuando tenía miedo o excitación.
Alex se congeló. «Joder», murmuró. «Todas suenan iguales. Exactamente iguales. Si no estuviera vendado, ya habría adivinado solo con la voz.»
«Ese es el punto del juego», rió el presentador. «Ahora fóllala y descubre la verdad.»
Alex guió a la nena, la acostó en el suelo, sintiendo su cuerpo delgado, esos huesitos de pájaro, ese abdomen plano bajo sus palmas. La giró, poniéndola de rodillas, cara abajo, nalgas arriba. Separó esas nalgas firmes, redonditas, idénticas a las que conocía, y encontró ese agujerito arrugado, rosado, limpio, sin un pelo alrededor, contrayéndose nervioso.
«Escupe», dijo.
La chica escupió en su mano, y Alex frotó la saliva en su pene, en el ano de ella, preparando. Posicionó la punta contra ese agujerito apretado, sintiendo el calor radiante, y empujó despacio.
«Ah», gritó la chica, «duele, duele».
«Relájate», susurró Alex, acariciando su espalda.
Empujó más, centímetro a centímetro, sintiendo cómo ese ano se abría, se estiraba para recibirlo, caliente, húmedo, increíblemente estrecho. Era como meterse en un puño caliente, una presión constante, masajeando su pene desde todos lados. Siguió empujando hasta que sus pelotas golpearon su coño, hasta el fondo, completamente enterrado.
«Joder», jadeó Alex, «estás tan apretada, tan caliente».
Empezó a moverse, sacando casi todo y volviendo a entrar, golpeando despacio, sintiendo cada pliegue, cada contracción de esos músculos alrededor de su pene. La chica gemía, «ah, ah, más duro», y Alex aceleró, cogiendo ese culo con fuerza, sus manos marcando esas nalgas perfectas, viendo en su mente el cuerpo de Sofía, confundido, creyendo que podría ser ella, el calor era el mismo, el sonido de los golpes contra su culo era el mismo, el gemido agudo era idéntico.
«No sé», jadeó Alex, «no sé si eres tú, no sé».
Alex agarró fuerte esas caderas delgadas, clavó sus uñas en esa piel suave, y empezó a coger con furia. El sonido de sus golpes contra ese culito firme resonaba en la habitación, «plap, plap, plap», mezclado con los gemidos agudos de la chica.
«Me voy a venir», gruñó Alex, «me vengo dentro de ti».
Empujó hasta el fondo, profundo, y soltó un gruñido largo. Su pene pulsó, disparando chorros de semen caliente dentro de ese ano apretado, llenándola, chorreando fuera cuando ya no cabía más. Se quedó ahí, enterrado, vaciándose por completo, hasta quedar seco.
Se salió despacio, escuchando el sonido húmedo, sintiendo su semen escurrirse de ella. La dejó ahí, temblando, sin confirmar nada.
«Participante cinco», anunció el presentador.
Alex, todavía jadeando, su pene aún semi-duro, escuchó los últimos pasos. Tocó a la chica: misma estatura, mismos huesos, mismo cabello rubio sedoso. La besó, metió la lengua, saboreó su boca, bajó a lamer sus pezones duros, su ombligo, su vagina rosada y lisa. Le metió dos dedos, sintiendo el calor, la humedad.
Pero cuando lamió su axila, el sudor tenía un matiz diferente. Cuando mordió su labio inferior, la textura no era la misma.
«No es», dijo Alex, seguro por primera vez. «Esta definitivamente no es.»
Silencio en la habitación.
«Entonces», dijo el presentador, «debes elegir. Participante dos o participante cuatro. Si eliges mal, pierdes el millón de dólares y te vas con las manos vacías.»
Alex respiró agitado, confundido, el sabor de cuatro coños diferentes en su boca, el olor de cuatro chicas en su piel.
«O», continuó el presentador, «puedes quitarte la venda ahora. Pierdes la mitad del premio, te llevas quinientos mil. Pero como castigo, las chicas estarán cubiertas. Solo verás sus vaginas y sus culos al aire, expuestos, listos para ti. Nada más. Decide.»
Alex se tocó la venda, tentado, dividido entre la codicia y la certeza.
Alex tiró de la venda, arrancándosela. La luz lo cegó un segundo, parpadeando, y cuando su visión se ajustó, jadeó.
Las 2 chicas estaban en fila, completamente envueltas en látex negro, vendas en los ojos, solo sus partes íntimas al aire: coños rosados, brillantes, abiertos, y culos apretados, expuestos, vulnerables. Solo sus pequeños agujeros visibles, nada más.
Las identificó por posición: la dos y la cuatro
«Quinientos mil», dijo Alex, la voz ronca, su pene ya endureciéndose de nuevo.
Se acercó primero a la número dos. Estaba a cuatro patas, el culo en alto, el coño chorreando. Alex se arrodilló y metió dos dedos en ese ano, húmedo, caliente, sin aviso. La chica gritó, se tensó, pero él empujó más, metiendo un tercero, abriéndola, sintiendo esos músculos contrayéndose.
«Relájate, hermanita», susurró, aunque no sabía si lo era.
Con la otra mano, tomó unas bolas chinas con vibrador incorporado, del tamaño de canicas, y las metió una a una en su vagina, empujándolas profundo. Encendió el control y la nena se convulsionó, gritando, «¡ah, Dios, ah!».
Alex empezó a mover los tres dedos en su ano, entrando y saliendo, mientras las bolas vibraban dentro de su coño. La niña se venía casi de inmediato, su ano apretándose fuerte alrededor de sus dedos, chorros de humedad salpicando el suelo, un orgasmo tras otro, sin parar, «me vengo, me vengo, no paro».
Alex sacó los dedos y se movió a la número cuatro, que esperaba en la misma posición, expuesta, ofrecida. Metió cuatro dedos esta vez, directo a su ano, ya relajado por antes, abierto, recibiéndolo. La nena gritó, largo y agudo, mientras él metía la mano casi entera, girando, buscando.
Tomó otro vibrador, uno grande, realistico, y lo encendió en máxima potencia. Lo metió en su vagina mientras los cuatro dedos seguían en su ano, llenándola por ambos lados, viendo cómo su cuerpo se sacudía. Cómo en su vientre plano lograba notar el dildo moviéndose en cada entrada y salida profunda.
La número dos seguía temblando a un lado, las bolas aún vibrando dentro de ella, sufriendo su tercer squirt.
Alex alternaba entre las dos, sacando los dedos de una, metiéndolos en la otra, haciéndolas venirse una y otra vez, hasta que ambas estaban empapadas, temblando, incapaces de más, los agujeros abiertos, rojos, brillantes, chorreando humedad y semen.
«Elige ahora», dijo el presentador, jadeando él también. «¿Cuál es Sofía?»
Alex miró esos dos culos expuestos, esas dos vaginas pulsantes, imposible de distinguir.
Alex se quedó quieto, mirando esos dos cuerpos temblando, esos agujeros abiertos, brillantes. La cuatro tenía su mismo semen chorreando del culo, la dos tenía las bolas vibradoras aún dentro, pulsando.
Se acercó a la número dos, se agachó, y metió la nariz entre sus nalgas. Olía. Lamió una vez, larga, desde el clítoris hasta el ano. Y entonces supo.
*Hace tres años. Sofía tenía 8, él diecisiete. Un domingo de lluvia, padres fuera de la casa.*
Estaban en el baño, ella sentada en el lavamanos, piernas abiertas, él de pie entre sus muslos. Habían estado follando toda la mañana, en la cocina, en la sala, en el patio, y ahora estaban agotados, sudados, pero insaciables.
«Otra vez», pedía ella, «una más».
Alex metió tres dedos en su vagina, húmeda, caliente, y con el pulgar frotó su clítoris hinchado. Sofía se arqueó, agarrándose del espejo, y empezó a temblar. Pero esta vez fue diferente. Esta vez no fue un orgasmo normal.
Sofía empezó a convulsionar, sus ojos se pusieron en blanco, un sonido raro salió de su garganta, y de su vagina salió un chorro caliente, claro, que mojó el pecho de Alex, su cara, el espejo entero. Squirt. Por primera vez a sus apenas 8 años. Y el olor, ese olor dulce, específico, único, como almendras y sal.
Después, cuando ella volvió en sí, temblando, llorando de la intensidad, Alex lamió el líquido de su propio brazo. Y nunca olvidó ese sabor.
Ahora, en esa habitación de la dark web, Alex lamió de nuevo el muslo de la participante dos, encontró un rastro de ese mismo líquido claro, olfateó ese aroma único de almendras y sal, el mismo de aquel domingo de lluvia.
«Es ella», dijo Alex, seguro, quitándose el condón mental, el juego terminado. «La número dos. Es mi hermanita Sofía.»
El presentador hizo una pausa. Las cámaras parpadearon.
«Correcto», anunció finalmente. «Has ganado quinientos mil dólares. Y a tu hermana… la retiras aquí, o la dejas para que los otros concursantes la usen?»
Sofía, todavía vendada, todavía con las bolas dentro, tembló.
Alex no dudó ni un segundo. Se agachó, desató las correas de látex que sujetaban a Sofía, la levantó en brazos, sintiendo su cuerpo liviano, tembloroso, todavía húmedo de sus múltiples orgasmos. Las bolas vibradoras cayeron al suelo con un sonido sordo, todavía zumbando.
«Es mía», dijo Alex al presentador, la voz baja, peligrosa. «Solo mía. Nadie más la toca.»
Sofía se quitó la venda de los ojos, parpadeando, sus ojos azules encontrando los de su hermano. Sonrió, débil, todavía jadeando. «¿Ganamos?»
«Medio millón», murmuró Alex contra su cuello, oliendo su piel, su sudor, su sexo. «Pero lo más importante es que te tengo a ti.»
La cargó en brazos, desnuda, expuesta, pasando frente a las otras cuatro chicas envueltas en látex, frente a las cámaras, frente al presentador. Nadie dijo nada. El premio se transferiría, pero Alex ya no pensaba en el dinero.
En su casa, esa misma noche.
Sofía estaba de rodillas en el sofá de la sala, el mismo donde habían empezado años atrás. Alex estaba detrás de ella, metiéndole la lengua profundo en el culo, saboreando su propio semen mezclado con su sabor, mientras ella gemía contra los cojines.
«Todos los días», repetía Alex, «todos los días te voy a coger, hermanita. En la mañana, en la tarde, en la noche. En tu cama, en mi cama, en la cocina, en
el baño.»
«Prometido», jadeó ella, «prometido, Alex.»
Se la metió de nuevo, duro, profundo, y Sofía gritó, feliz, en casa, donde nadie más podía tocarla, donde su hermano la usaría cada día, cada noche, para siempre.
**Fin**

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