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Incestos en Familia, Infidelidad, Voyeur / Exhibicionismo

Mi cuñada dormida

Una noche por la madrugada vi a mi cuñada dormida .

La fiesta se había acabado hacía rato, pero el cuerpo todavía traía el calor de la calle y el olor a humo que se queda pegado en la ropa. Ya era madrugada cerrada cuando mi novia de entonces me dijo que me quedara. No prendimos luces al entrar. La casa estaba en silencio, solo el ventilador de algún cuarto girando despacio y el piso fresco bajo los pies descalzos. Me pidió que la ayudara a sacar el colchón inflable que tenía guardado en su cuarto. El cuarto no tenía puerta: solo el marco de madera y, detrás, la oscuridad.
Al cruzar el umbral la vi. Su hermana estaba acostada de lado, de espaldas a la entrada, dormida. Llevaba un short holgado, de tela delgada, de esos que se aflojan con el calor y se corren solos. Al estar de costado la pretina se le había subido y la pierna de abajo había abierto la tela lo suficiente para dejar a la vista la ropa interior. Un cachetero negro, fino, que se le metía entre las nalgas y dejaba al descubierto la curva baja de cada una. El elástico se marcaba contra la piel. La nalga de arriba quedaba medio fuera del short, redonda, quieta, con esa luz mínima que entraba de la sala. Hice como que no miraba. Agarré el colchón, lo saqué con ella, lo inflamos a medias entre los dos en la sala y armamos una cama improvisada con una sábana que olía a detergente y una almohada dura. Me acosté. Ella se durmió casi enseguida, de lado, con la respiración ya pareja.
Más entrada la madrugada me desperté con ganas de ir al baño. La sala estaba oscura. Para llegar tenía que pasar otra vez por el marco de ese cuarto. No quise prender la linterna del celular: el haz blanco habría cortado toda la oscuridad y se habría notado desde cualquier lado. Desbloqueé la pantalla y dejé que alumbrara apenas, un rectángulo pálido que temblaba un poco con la mano. Caminé despacio. Al llegar al umbral levanté la luz lo justo.
Seguía ahí. De lado, de espaldas, en la misma postura. El short holgado se le había corrido todavía más con el rato que llevaba acostada. La tela negra del cachetero se veía entera entre el borde del short y la piel, hundida en la línea de las nalgas, y un poco de la nalga de arriba quedaba fuera, lisa, con el pliegue donde empieza el muslo. La sábana la tenía solo hasta la cintura, arrugada. Me quedé un segundo en el marco, alumbrando el piso para no darme, y entré al baño.
Hice lo mío sin prender la luz del baño. El agua del lavabo salió fría. Me sequé las manos en la toalla despacio, para que no goteara, y salí otra vez a oscuras, con la pantalla del celular apuntando hacia abajo.
Al llegar de nuevo al marco me detuve. Levanté la mirada y la luz. Ella no se había movido. Entonces, entre al cuarto despacio, sin hacer ruido.
Di un paso. El piso no crujió. Otro. Me acerqué lo suficiente para sentir el calor que le salía del cuerpo, un calor húmedo, de piel que lleva horas sobre la tela, distinto al aire del pasillo. Olía a jabón suave, a cuello, y a ese olor tibio que queda cuando alguien no ha dormido de verdad. Me agaché un poco. Desde ahí veía la línea de la espalda, el short corrido, el cachetero negro y la pantorrilla estirada sobre la sábana.
Llevé la mano a la pantorrilla. La apoyé primero con el dorso de los dedos, sin peso. La piel estaba tibia y muy suave, con ese vello fino que casi no se nota hasta que la yema se detiene y lo siente levantarse. La acaricié despacio, de la pantorrilla hacia la rodilla y de vuelta, midiendo. Ella no apartó la pierna. El músculo se aflojó bajo la palma. Subí un poco más. La rodilla estaba flexionada apenas, la piel de adentro más delgada y más caliente. Seguí. El muslo. La tela del short estaba tan holgada que los dedos la empujaban sin esfuerzo y se iba corriendo sola hacia la cadera. Llegué justo antes del borde de la braga. Ahí me detuve. El elástico negro se marcaba contra la piel, un poco hundido. Por debajo se sentía el inicio de la nalga, más lleno, más blando.
Me arriesgué. Deslicé un dedo por debajo de la tela, apenas la primera falange, y toqué la nalga. La piel de ahí estaba más caliente que la del muslo, lisa, y cedió un poco bajo la yema. El cachetero se tensó contra el dorso del dedo. No apreté. Solo dejé el dedo ahí, quieto, sintiendo el pulso leve de la piel. Después lo retiré despacio, decidido a irme, y me incorporé.
En eso ella se movió. Giró sobre la espalda sin prisa, como quien cambia de postura dormida, pero el movimiento fue demasiado medido. El short se le fue de lado con el giro y quedó arrugado contra la cadera izquierda, abierto. Una pierna se estiró; la otra se flexionó y la rodilla cayó hacia afuera, separando los muslos lo justo. Volví a levantar el celular. La luz le dio en el bajo vientre. La braga negra había quedado corrida hacia un lado y la tela fina cubría apenas el centro. A través de ella se marcaba el contorno de los labios, cada lado un relieve suave, y la línea oscura que se forma entre ellos, vertical, un poco más hundida en el medio. Acerqué más el rostro y la pantalla. La tela estaba más oscura en el centro que en los bordes, ligeramente húmeda, pegada, y se transparentaba lo suficiente para ver la forma exacta de la raja bajo el nylon.
Levanté la otra mano. La dejé un momento en el aire, encima de la tela, y después la apoyé con dos dedos, muy despacio, sin peso de más. El calor traspasó enseguida. Debajo, la forma cedió. Moví apenas las yemas, de arriba abajo, siguiendo la línea que se marcaba. La tela se deslizó un milímetro sobre la piel. Alcé un poco la luz hacia su cara. Tenía los ojos cerrados, las pestañas quietas, la boca entreabierta, la respiración lenta y pareja, como si siguiera dormida, aunque el pecho subía un poco más hondo cada vez que los dedos pasaban por el centro.
Con esos dos dedos tomé el borde lateral de la braga y lo levanté. La tela se despegó de la piel con un roce mínimo, húmedo. El monte de venus quedó al descubierto, completamente sin vello, la piel lisa, un poco más clara que el muslo, con ese brillo tenue que da una pantalla en la oscuridad. Se veía el inicio de los labios, cerrados, suaves, y alcancé a divisar el comienzo de la raja, una línea fina, apenas abierta por la postura de la pierna flexionada, más rosada por dentro que por fuera. La piel de alrededor se veía muy suave, con un filo de humedad en el borde que la luz hacía brillar. No bajé más la mano. Sostuve la tela un momento, mirando, y después la dejé caer despacio, hasta que el cachetero volvió a cubrirla y la línea desapareció otra vez bajo el negro.
Retiré la mano. Me incorporé. Salí del cuarto sin rozar el marco, con la pantalla ya apagada, y volví al baño. Cerré la puerta lo más que pude sin que sonara el picaporte. Me bajé lo necesario, apoyé una mano en el lavabo y me masturbé ahí, de pie, con los dedos todavía tibios de su piel y la imagen de esa raja apenas entreabierta bajo la luz del celular, hasta que se me doblaron las rodillas y tuve que aguantar el aire para no hacer ruido.

12 Lecturas/10 de octubre de 2026/0 Comentarios/por Sexboy132
Etiquetas: baño, cuñada, hermana, metro, novia
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