Paco y la vida con su madre 13 – Orgia en en asilo de ancianos con tres machos de la tercera edad.
Peka (hija trans), Monica (la madre de Paco) y la abuela (claudia) tienen sexo grupal con 3 ancianos pervertidos en el asilo de ancianos..
Esa misma noche, en el comedor principal del asilo, se armó un pequeño festejo por el cumpleaños de Ernesto, el mismo hombre gordo y mayor que había intentado hablar con Peka en el pasillo horas antes. Tenía 76 años y, al enterarse de que Claudia y su familia se habían quedado a cenar, las invitó personalmente al festejo.
—Vengan, por favor —les dijo con una sonrisa torcida—. Es mi cumpleaños y casi no viene nadie. Me haría muy feliz que se queden un rato.
Claudia aceptó de buena gana, Monica también, y Peka, aunque un poco reacia, terminó quedándose también por no parecer maleducada.
El salón estaba decorado de forma sencilla. Había globos, una torta de cumpleaños y música de los años 50 y 60 sonando de fondo. La mayoría de los presentes eran ancianos y ancianas del asilo. Algunos bailaban despacio, otros estaban sentados charlando y comiendo torta.
Peka se sentía un poco fuera de lugar con su vestidito infantil, pero nadie parecía juzgarla. Al contrario, varios ancianos la miraban con cariño… y con algo más.
Mientras bailaban y comían torta, Ernesto se acercó varias veces a Peka. Le hablaba con ese tono infantil y condescendiente que usaba antes, y ella respondía con timidez, bajando la mirada. Eso parecía gustarle mucho al viejo.
En un momento, mientras Claudia y Monica bailaban con otros dos ancianos (que ya se estaban poniendo bastante atrevidos, poniendo las manos más bajas de lo debido), Ernesto se le acercó a Peka y le dijo en voz baja:
—Peka, ¿podrías ayudarme un segundo? Se me cayó algo detrás del biombo de allá. No llego bien…
Era una excusa bastante tonta, pero Peka, por timidez y por no querer hacer un escándalo, lo siguió.
Ernesto la llevó hacia un rincón más apartado del salón, detrás de un biombo grande que separaba una zona de descanso. Apenas estuvieron un poco más solos, el hombre se acercó más a ella.
Peka dio un paso atrás, pero chocó contra la pared. Ernesto se le acercó hasta quedar muy cerca. Olía a loción barata y a ropa vieja.
—Sos muy linda, Peka… —le dijo con voz ronca—. Muy linda de verdad. Ese vestidito te queda precioso.
Peka bajó la mirada, nerviosa. Intentó apartarse un poco, pero Ernesto le puso una mano en la cintura. Ella no se resistió con fuerza. Algo dentro de ella, esa parte sumisa que tanto le costaba controlar, se quedó quieta.
El hombre se inclinó y la besó.
Al principio Peka se tensó. El beso era torpe, con aliento a torta y a dentadura postiza. Pero no se apartó. Ernesto, al ver que no lo rechazaba, profundizó el beso y le metió la lengua.
Peka se rindió.
Abrió un poco más la boca y dejó que Ernesto la besara con lengua. Fue un beso húmedo, torpe y largo. El hombre gemía bajito mientras la besaba, claramente excitado. Una de sus manos gruesas bajó hasta el culito de Peka por encima del vestidito y lo apretó suavemente.
Peka soltó un gemido bajito dentro del beso, sin saber muy bien si era de incomodidad o de otra cosa. El contraste entre ella, vestida de nenita, y este hombre grande, gordo y feo de 76 años, la tenía confundida… pero no se apartaba.
Mientras tanto, en la pista de baile, Monica y Claudia también estaban teniendo sus propios problemas.
Los dos ancianos con los que bailaban se habían puesto bastante libidinosos. Uno de ellos tenía la mano muy baja en la espalda de Monica, rozándole casi el culo. El otro intentaba acercarse demasiado a Claudia, hablándole al oído y riendo con doble sentido.
Claudia, lejos de incomodarse, parecía divertirse un poco con la situación. Monica, en cambio, intentaba mantener las distancias con educación, aunque también se reía de los viejos.
En un momento, Claudia miró hacia donde estaba Peka y no la vio. Frunció el ceño.
—Monica… ¿dónde está Peka?
Monica miró alrededor y tampoco la vio. Su expresión cambió de inmediato.
Las dos se separaron de sus acompañantes y empezaron a buscarla.
Detrás del biombo, Ernesto seguía besando a Peka. Ya no era solo un beso. Le estaba apretando el culito con más fuerza y la tenía pegada contra la pared. Peka tenía los ojos cerrados y correspondía el beso, aunque su cuerpo estaba tenso.
De pronto, se escuchó la voz de Claudia desde el otro lado del biombo:
—Peka… ¿estás ahí?
Ernesto se separó rápidamente del beso, limpiándose la boca. Peka abrió los ojos, todavía aturdida.
Claudia y Monica aparecieron por detrás del biombo. Al ver la escena (Ernesto muy cerca de Peka y los dos con los labios hinchados), Claudia levantó una ceja y Monica frunció el ceño.
Ernesto carraspeó y dio un paso atrás.
—Estábamos… hablando —dijo, intentando sonar inocente.
Claudia miró a su nieta, que tenía la cara completamente roja, y luego miró al viejo. Después soltó una risa baja y le dijo a Ernesto:
—Ernesto, dejá de cazar a mi nietita, por favor. Es muy chica todavía para vos.
Ernesto rio con vergüenza y se rascó la nuca.
—Perdón… se me fue un poco la mano.
Monica se acercó a Peka y le tomó la mano.
—Vamos —le dijo en voz baja—. Volvemos a la mesa.
Mientras se alejaban, Claudia se quedó un segundo más mirando a Ernesto y le dijo con tono medio en broma, medio serio:
—Cuidado, viejo. Esa nena tiene mamá y abuela que la cuidan. No te pases de la raya.
Ernesto levantó las manos en señal de rendición y se fue hacia la torta.
Cuando las tres volvieron a la mesa, Claudia se sentó y miró a Peka con una sonrisa pícara.
—Ay, mi nietita… ya te estaban comiendo la boca. Contale a tu abuela, ¿te gustó el beso del abuelo Ernesto?
Peka se tapó la cara con las manos, avergonzada hasta las orejas.
—Abuela… por favor…
Monica también se rio un poco, aunque le pasó un brazo por los hombros a su hija de forma protectora.
Claudia soltó otra carcajada y levantó su vaso de jugo.
—Por lo menos mi nieta ya tiene pretendientes. ¡Salud por Peka, la más deseada del asilo!
Las tres rieron (Peka entre los dedos), mientras la fiesta continuaba alrededor de ellas.
La fiesta seguía animada. Ernesto y sus dos amigos, Rulo y Bernardo (también de más de 70 años), se acercaron a las tres mujeres con sonrisas amplias.
—Damas —dijo Ernesto, mirando especialmente a Peka—, ¿nos conceden un baile?
Claudia fue la primera en aceptar, divertida con la situación.
—Vamos, chicas. Un baile no le hace daño a nadie.
Monica miró a Peka, que dudaba un poco, pero terminó asintiendo. Las tres aceptaron.
Se formaron parejas: Ernesto bailó con Peka, Rulo con Monica y Bernardo con Claudia.
Ernesto no perdió el tiempo. Mientras bailaban lento, le hablaba al oído a Peka con ese tono infantil que tanto le gustaba usar:
—Sos preciosa, Peka… me gustás mucho. Ese vestidito te queda tan lindo…
Peka respondía con timidez, bajando la mirada y hablando en voz baja. Esa actitud parecía excitarlo más. En un momento, sin previo aviso, Ernesto se inclinó y la besó otra vez. Fue un beso profundo, con lengua, sin importarle que estuvieran en medio de la pista.
Peka se tensó al principio, pero terminó correspondiéndolo. El beso duró varios segundos.
Claudia, que bailaba cerca con Bernardo, lo notó. Vio cómo su nieta era besada por el viejo. Por un segundo frunció el ceño, pero después decidió no intervenir. Solo suspiró y siguió bailando, aunque ahora prestaba más atención a lo que pasaba alrededor.
Mientras tanto, Rulo y Bernardo se estaban poniendo mano larga. Rulo tenía una mano peligrosamente baja en la espalda de Monica, rozándole el culo cada tanto. Bernardo hacía lo mismo con Claudia, y en un momento incluso intentó meter la mano por debajo de su bata. Claudia le dio un golpecito suave en la mano y rio.
—Tranquilo, viejo. Todavía no llegamos a eso.
Los tres hombres estaban claramente excitados. Después de un rato bailando, Ernesto se separó un poco de Peka y le habló a las tres mujeres con tono conspirador:
—Escuchen… la fiesta está buena, pero se está poniendo un poco aburrida acá. ¿Por qué no seguimos la fiesta en mi habitación? Tengo unas botellas guardadas. Podemos tomar unos tragos tranquilos… sin tanta gente alrededor.
Rulo y Bernardo asintieron con sonrisas ansiosas.
—Exacto —dijo Rulo—. Mejor entre nosotros. Más cómodo.
Era obvio para las tres mujeres lo que realmente querían.
Las tres se miraron entre sí. Monica fue la primera en hablar:
—Den nos un momento. Vamos a hablarlo entre nosotras.
Se apartaron un poco hacia un rincón del salón, lejos de los tres ancianos.
Una vez solas, Claudia fue la primera en hablar, con tono directo pero calmado:
—Bueno, está claro lo que quieren esos tres viejos. Quieren sexo. Nos están invitando a la habitación de Ernesto para eso.
Monica cruzó los brazos y miró a su hija.
—Peka… ¿qué pensás vos? Porque esto ya no es solo bailar y besos. Si vamos, saben perfectamente lo que va a pasar.
Peka estaba roja. Bajó la mirada y respondió con voz baja:
—…No sé. Ernesto me gusta un poco… me pone nerviosa, pero me gusta cómo me trata. Pero… son tres. Y son muy viejos. No sé si quiero eso.
Claudia soltó una risa baja y le pasó un brazo por los hombros a su nieta.
—Nadie te está obligando, mi vida. Si no querés, no vamos. Pero si te da curiosidad… bueno, tampoco está mal probar. Yo tengo 65 años, no voy a vivir para siempre. Si un viejo me quiere dar un poco de diversión, no le voy a decir que no tan rápido.
Monica miró a su madre con una ceja levantada.
—Mamá… ¿vos irías?
Claudia se encogió de hombros con una sonrisa pícara.
—Depende. Si las dos vienen, yo voy. No me gusta ser la única. Además, esos tres parecen bastante inofensivos. Solo quieren pasar un buen rato antes de que se mueran.
Monica suspiró y miró a su hija.
—Peka, la decisión es tuya. Si no te sentís cómoda, decimos que no y nos vamos. Si querés probar… entonces vamos las tres. Pero tenés que estar segura.
Peka se quedó callada un momento, pensando. Recordó cómo se había sentido cuando Ernesto la besó. Recordó cómo le gustaba ser tratada como una nena. Recordó también cómo su mamá y su abuela la habían apoyado hasta ahora.
—Está claro lo que quieren. Nos están invitando a la habitación para tener sexo. No hay que hacerse la tonta.
Claudia soltó una risa baja y se apoyó contra la pared.
—Obvio que quieren sexo. ¿Qué creían? Esos tres viejos están más calientes que una plancha. Nos están cazando.
Peka estaba roja. Miraba al suelo mientras hablaba en voz baja:
—Yo… no sé. Ernesto me gusta un poco… pero son muy viejos. Me da un poco de asco pensar en acostarme con alguien tan mayor.
Monica asintió, siendo honesta:
—A mí también me da asco en parte. Son gordos, arrugados, con dentadura postiza… no es lo más atractivo del mundo. Pero… no sé por qué, también me da morbo. Es algo tan tabú que me excita un poco.
Claudia rio con ganas y le dio un codazo a su hija.
— ¡Ay, Monica! Al final saliste más perra de lo que pensaba. Te da morbo que te cojan tres viejos. Reconocelo.
Monica se rio también, aunque un poco avergonzada.
—Un poco sí. No es que me vuelva loca, pero la idea de que tres ancianos nos quieran… y que nosotros seamos tan más jóvenes… tiene algo de morboso. No lo puedo negar.
Claudia miró a su nieta con una sonrisa pícara.
—Y vos, Peka… ¿qué pensás? Porque ese Ernesto te tiene ganas desde que te vio. Y vos le respondés tan tímida que lo pone más loco. ¿Te da curiosidad acostarte con alguien que podría ser tu abuelo?
Peka se tapó la cara con las manos un segundo, pero terminó respondiendo con sinceridad:
—…Sí. Me da un poco de asco por cómo son físicamente… la dentadura, lo gordos, lo arrugados. Pero también me excita mucho la diferencia de edad. Me pone muy caliente pensar que alguien tan viejo me quiera. No sé por qué, pero me gusta.
Claudia soltó una carcajada y le revolvió el pelo a su nieta.
— ¡Ay, mi nietita! Al final saliste más degenerada que tu mamá. Te excita que te cojan los abuelos. Qué linda.
Monica también rio, pero le pasó un brazo por los hombros a Peka.
—Es normal que te guste, mi amor. A muchas nenitas sumisas les excita la diferencia de edad. Y en tu caso… es bastante grande. Si te pone caliente, no tenés que avergonzarte.
Claudia se puso más seria un momento, aunque seguía con tono bromista:
—Miren, yo les digo lo que pienso. Yo tengo 65 años. No voy a vivir otros 30. Si un viejo me quiere dar un poco de diversión antes de que me muera, ¿por qué no? Es como hacer obra de caridad —dijo entre risas—. Además, estos tres parecen bastante inofensivos. Solo quieren pasar un buen rato.
Monica la miró con una ceja levantada.
—¿Obra de caridad? Mamá, por favor…
Claudia rio más fuerte.
— ¡Es verdad! Les damos un poco de alegría en sus últimos años. Y nosotras nos divertimos un rato. Todos ganamos.
Peka se mordió el labio y preguntó bajito:
—¿Y si después nos arrepentimos?
Monica fue quien respondió, con tono más serio:
—Entonces nos vamos. Nadie nos obliga a quedarnos. Si en cualquier momento nos sentimos incómodas, nos levantamos y nos vamos. Pero si las tres estamos de acuerdo en probar… yo digo que vayamos.
Claudia asintió.
—Yo voto que sí. Me parece divertido. Y si al final no nos gusta, nos reímos y nos vamos. No pasa nada.
Las tres se miraron. Peka seguía roja, pero se notaba que la idea la excitaba. Monica también parecía más convencida después de hablarlo. Claudia, por su parte, ya había tomado la decisión.
Finalmente, Monica suspiró y dijo:
—Está bien. Vamos. Pero con una condición: si alguna dice “me quiero ir”, nos vamos las tres sin discutir.
Claudia y Peka asintieron.
Claudia sonrió satisfecha y le dio un beso en la mejilla a su nieta.
—Esa es mi nieta. Vamos a ver qué tan buenos son estos abuelos en la cama.
Las tres volvieron hacia donde estaban Ernesto, Rulo y Bernardo. Los tres ancianos las miraron con expectativa.
Claudia fue quien habló, con tono alegre:
—Está bien, muchachos. Vamos a la habitación de Ernesto un rato. Pero con respeto. Y si en algún momento nos queremos ir, nos vamos. ¿De acuerdo?
Ernesto sonrió de oreja a oreja.
—Totalmente de acuerdo, damas. Vamos.
Los seis se dirigieron hacia la habitación de Ernesto. Mientras caminaban por el pasillo, Peka sentía que le temblaban un poco las piernas. No sabía muy bien qué la esperaba, pero una parte de ella estaba nerviosa… y otra parte estaba muy excitada.
Monica le tomó la mano y se la apretó.
—Tranquila —le susurró—. Si no querés nada, solo decilo. Nadie te va a obligar a hacer nada.
Peka asintió, pero en su cabeza solo podía pensar en una cosa:
“Voy a acostarme con tres hombres que podrían ser mi abuelo… y mi mamá y mi abuela van a estar ahí también.”
Y aunque le daba un poco de asco… el morbo era mucho más fuerte.
Las tres mujeres volvieron hacia donde estaban los tres ancianos. Claudia fue quien habló, con tono directo pero alegre:
—Está bien, muchachos. Vamos a la habitación de Ernesto. Pero con respeto. Si en algún momento nos queremos ir, nos vamos. ¿De acuerdo?
Ernesto, Rulo y Bernardo se miraron entre sí con una alegría casi infantil. Sus caras se iluminaron de inmediato. Ernesto fue el primero en responder, casi babeando de la emoción:
—Totalmente de acuerdo, damas. Vamos. Los espero en mi habitación.
Los seis se dirigieron por los pasillos del asilo hacia la habitación de Ernesto. Los tres viejos iban adelante, hablando entre ellos en voz baja y riendo como adolescentes. Claramente no podían creer la suerte que habían tenido.
Una vez dentro de la habitación, Ernesto cerró la puerta con llave. El cuarto era simple: una cama individual grande, un sillón, una mesita y una ventana. Sobre la mesita ya había tres botellas de licor barato y varios vasos.
—Sirvanse lo que quieran —dijo Ernesto, claramente nervioso pero excitado—. Hoy se celebra.
Las seis personas empezaron a tomar. El alcohol ayudó a que el ambiente se relajara un poco. Después de unos tragos, las parejas se formaron naturalmente:
Ernesto se quedó con Peka.
Rulo se sentó al lado de Monica.
Bernardo se acercó a Claudia.
Al principio solo hablaban y reían, pero poco a poco las cosas se fueron poniendo más calientes.
Ernesto fue el primero en moverse. Estaba sentado al lado de Peka en la cama. La miró con deseo y, sin decir nada, se inclinó y la besó.
El beso fue sucio desde el principio.
Ernesto tenía dentadura postiza, y se notaba. Su saliva tenía un sabor extraño, metálico y artificial. La lengua le entraba torpe y húmeda en la boca de Peka. Ella se tensó al principio. Nunca había besado a alguien con dentadura postiza, y el sabor y la textura le resultaban desagradables. Pero el morbo era más fuerte. El hecho de que este hombre viejo, gordo y feo la estuviera besando de esa forma tan sucia la excitaba de una manera retorcida.
Ernesto babeaba bastante. La saliva le chorreaba por la comisura de los labios mientras la besaba con lengua, moviendo la cabeza de forma torpe pero con ganas. Peka terminó correspondiéndolo, tragando la saliva del viejo y dejando que la besara como quisiera.
Al lado de ellos, en el sillón, Rulo ya tenía a Monica sentada en sus piernas. También la estaba besando. Monica hacía una mueca de asco cada vez que la lengua del viejo entraba en su boca, pero no se apartaba. El morbo de estar besando a un hombre tan mayor y descuidado la tenía caliente a pesar de todo.
En la otra punta de la habitación, Bernardo ya tenía a Claudia contra la pared. La besaba con más intensidad. Claudia parecía la más relajada de las tres. Aunque también notaba la dentadura postiza y el aliento del viejo, lo tomaba con más humor y lo correspondía con ganas.
Los besos se fueron poniendo cada vez más asquerosos.
Ernesto babeaba cada vez más sobre la boca de Peka. La saliva le chorreaba por la barbilla y le mojaba el vestido. En un momento, metió toda la lengua hasta el fondo de la garganta de Peka, moviéndola de forma grotesca. Peka gimió de asco y de excitación al mismo tiempo. Nunca había probado algo tan sucio, y eso precisamente la estaba poniendo más caliente.
Monica, que estaba siendo besada por Rulo, también notaba lo mismo. El viejo tenía la boca pastosa y la lengua gruesa. Cada vez que la besaba, dejaba un sabor desagradable en su boca. Aun así, lo seguía besando, tragando su saliva y dejando que la manosee por encima de la ropa.
Claudia, por su parte, parecía divertirse. En un momento se separó del beso con Bernardo y rio bajito:
—Qué lengua más larga tenés, viejo —le dijo entre risas—. Casi me ahogás.
Bernardo rio también y volvió a besarla, esta vez más sucio todavía.
Ernesto, que ya estaba muy caliente, separó un segundo el beso de Peka y le habló con voz ronca y babeante:
—Qué rica que sos, nena… dejame que te bese todo lo que quiera.
Peka, con la boca brillante de saliva y la cara roja, solo asintió. Ernesto volvió a besarla, esta vez aún más profundo y más asqueroso. La baba le caía por la barbilla y le mojaba el escote del vestido. Peka lo recibía todo, tragando y babeando también, completamente entregada al morbo de la situación.
Los seis seguían bebiendo entre beso y beso. El ambiente se iba poniendo cada vez más pesado y sucio. Las manos de los tres ancianos ya empezaban a recorrer los cuerpos de las tres mujeres con más libertad.
Ernesto la besaba con fuerza, babeando mucho. Su lengua entraba torpe y húmeda en la boca de Peka, moviéndose sin control. El sabor era desagradable: a dentadura postiza, a licor barato y a boca vieja. La saliva le chorreaba por la barbilla y le mojaba el escote del vestidito celeste. Peka correspondía el beso, pero su mente estaba lejos.
Mientras sentía la lengua gruesa del viejo en su boca, Peka se perdió en sus pensamientos.
“¿Cómo terminé acá?”
Recordaba cuando era Paco, un chico flaco y tímido. Recordaba cómo miraba a su mamá y a su abuela con deseo prohibido. Le parecían tan atractivas… las tetas grandes de su mamá, el culo enorme, la forma en que se movían. Y su abuela, con esas tetas aún más grandes y caídas, con esa presencia madura y voluptuosa. Fantaseaba con ellas en secreto, oliendo sus tangas, imaginando tocarlas, lamerlas, ser usado por ellas.
Nunca se imaginó que algún día estaría en una habitación con las dos… pero no como él había fantaseado.
No estaba besando a su mamá ni a su abuela. No estaba entre sus tetas enormes como había soñado tantas veces. En cambio, estaba besando a un viejo gordo y feo de 76 años, con aliento a alcohol y dentadura postiza, mientras su mamá y su abuela estaban en la misma habitación, siendo besadas y manoseadas por otros dos viejos.
El contraste era brutal.
Su mamá, la mujer que tanto había deseado, estaba siendo besada por Rulo, que le metía la lengua en la boca y le apretaba el culo con las manos gordas. Su abuela, esa figura que siempre le había parecido tan imponente, estaba contra la pared con Bernardo, que le chupaba el cuello y le manoseaba las tetas enormes por encima de la ropa.
Y ella, Peka, la nenita sumisa que tanto había querido ser, estaba siendo besada por Ernesto, un viejo sucio que apenas podía respirar mientras la apretaba contra la pared.
Peka gimió dentro del beso, sintiendo cómo la lengua de Ernesto le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte. Le gustaba el contraste. Le gustaba que su mamá y su abuela estuvieran ahí, viéndola ser usada. Le gustaba que ella, que antes solo podía fantasear con ellas, ahora estuviera en una habitación con ellas… pero siendo follada y besada por viejos mientras ellas también lo hacían.
Ernesto separó el beso un segundo, babeando, y le susurró al oído con voz ronca:
—Qué rica que sos, Peka… me estás poniendo loco.
Peka no contestó. Solo se dejó besar otra vez, más profundo, más sucio. Su mente seguía dando vueltas.
“De chico nunca habría podido tener esto. Nunca habría podido besar a mi mamá. Nunca habría podido estar en una habitación con ella y mi abuela mientras me follan. Solo por ser Peka… solo por convertirme en una nenita sumisa… pude llegar hasta acá.”
Mientras Ernesto le metía la lengua hasta el fondo de la garganta, Peka pensó que, aunque era asqueroso, aunque le daba vergüenza, aunque todo era retorcido… estaba exactamente donde quería estar.
Mónica y Claudia seguían siendo besadas y manoseadas por sus respectivos viejos. La habitación se llenaba de sonidos húmedos, gemidos bajos y respiraciones agitadas.
Mientras Ernesto la besaba con fuerza, babeando y metiendo la lengua de forma torpe y desesperada, Peka se perdió otra vez en sus recuerdos.
En su mente, volvió a ser Paco, un chico muy pequeño, de 10 o 11 años.
Recordaba cómo, desde muy chico, su mamá y su abuela se habían convertido en el centro de sus primeras fantasías prohibidas.
Recordaba las tardes en que su abuela Claudia venía de visita. Era una mujer imponente, con esas tetas enormes que siempre se le marcaban debajo de la blusa. Paco se quedaba mirándola cuando se agachaba o cuando se sentaba en el sillón. Le gustaba el movimiento de sus pechos, cómo se balanceaban pesadamente. Fantaseaba con meter la cara entre ellas, con olerlas, con que su abuela lo abrazara fuerte contra su pecho y le dijera que era su nieto favorito.
Con su mamá era aún más intenso. Cuando Monica salía de la ducha envuelta en una toalla que apenas le cubría el cuerpo, Paco se quedaba mirando desde la puerta entreabierta. Le gustaba cómo se le marcaba el culo grande debajo de la toalla, cómo sus tetas se movían cuando caminaba. Se escondía en su cuarto y se masturbaba pensando en ella. Imaginaba que entraba a su cuarto por la noche, se sentaba en su cama y le dejaba tocarle las tetas, olerlas, lamerlas. Imaginaba que su mamá le decía que era su secreto, que nadie tenía que saberlo.
También recordaba fantasías donde las dos estaban juntas. Soñaba con que su mamá y su abuela lo llamaban a la habitación y se sacaban la ropa delante de él. Soñaba con que le dejaban tocarlas, olerlas, meter la cara entre sus cuerpos maduros y voluptuosos. Soñaba con que su abuela le decía “vení, mi nietito, mamá de la teta de la abuela” y lo apretaba contra sus pechos enormes. Soñaba con que su mamá le permitía oler sus tangas sucias mientras su abuela lo miraba y se reía.
Eran fantasías inocentes y confusas al principio, pero con el tiempo se volvieron más explícitas. Se masturbaba pensando en lamer el culo de su mamá, en oler las tetas de su abuela, en que las dos lo usaran como su juguete secreto.
Nunca pensó que algún día esas fantasías podrían acercarse a la realidad.
Y nunca, jamás, se imaginó que sería de esta forma.
Ahora era Peka. Una nenita vestida de niña, con coletas y vestidito, siendo besada por un viejo gordo mientras su mamá y su abuela estaban en la misma habitación, siendo besadas y manoseadas por otros dos viejos.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte. El contraste entre sus fantasías de chico (besar a su mamá y a su abuela) y la realidad actual (ser besada por viejos mientras ellas también lo eran) la estaba volviendo loca.
“De chico solo podía fantasear… ahora estoy acá. Con ellas. Pero no como yo quería. Sino como una nena que es usada por viejos… mientras ellas también lo son.”
Ernesto la apretó más contra la pared y le metió la lengua más profundo. Peka correspondió el beso, babeando también, entregándose al momento.
Mónica y Claudia seguían siendo besadas por sus respectivos viejos. La habitación se llenaba de sonidos húmedos y gemidos bajos.
Peka cerró los ojos y se dejó llevar.
Aunque no era exactamente como había fantaseado de chico… era real.
Y eso, de alguna forma retorcida, era aún mejor.
Mientras Ernesto la besaba con fuerza, babeando y metiendo la lengua de forma torpe y desesperada, Peka se hundió todavía más en sus recuerdos.
Esta vez, los recuerdos fueron aún más antiguos.
Recordó cuando era muy chico, quizás de 9 o 10 años, y visitaba la casa de su abuela Claudia.
Su abuela siempre le parecía una mujer imponente. Grande, voluptuosa, con esas tetas enormes que se le marcaban debajo de la blusa y ese culo ancho que se movía cuando caminaba por la casa. Paco se quedaba mirándola en silencio, sin entender del todo por qué le gustaba tanto.
Un día, mientras su abuela y su mamá hablaban en la cocina, Paco se escabulló hacia el cuarto de su abuela. El corazón le latía con fuerza. Sabía que no debía estar ahí, pero la curiosidad era más fuerte.
Abrió el canasto de ropa sucia con manos temblorosas y sacó la primera prenda que encontró.
Era una braga grande de su abuela. Blanca, de algodón, bastante usada. La tela estaba tibia todavía. La acercó a su nariz y olió.
El olor era fuerte. Muy fuerte. Olía a flujo vaginal seco, a piel madura, a transpiración. La parte de adelante tenía manchas amarillentas y blancas, espesas. La parte de atrás tenía marcas marrones claras, de cuando su abuela no se había limpiado del todo. El olor ahí era más intenso, más sucio, a culo y a mujer mayor.
Paco se quedó congelado un segundo, con la braga en la cara. El olor era tan fuerte que casi le dio mareos. Pero no la soltó. Al contrario. Se la llevó más cerca de la nariz y olió con desesperación, inhalando profundo. Después, con vergüenza y excitación mezcladas, sacó la lengua y lamió las manchas de la parte de adelante. El sabor era salado, ligeramente amargo. Luego pasó a la parte de atrás. Lamió las marcas marrones, sintiendo el sabor terroso y sucio.
Se masturbó ahí mismo, en el cuarto de su abuela, con la braga en la cara. Se corrió rápido, temblando, y volvió a guardar la prenda en el canasto, con el corazón latiéndole a mil.
Desde ese día, cada vez que visitaba la casa de su abuela, buscaba la oportunidad de escabullirse y oler sus bragas sucias. A veces eran bragas con flujo abundante, otras con marcas más evidentes de caca. El olor era siempre fuerte, maduro, de una mujer mayor. Y Paco lo disfrutaba en secreto, sintiendo culpa pero sin poder parar.
Nunca se imaginó que algún día estaría en una habitación con su abuela… pero no oliendo sus bragas a escondidas, sino besando a un viejo mientras su abuela estaba siendo besada y manoseada a unos metros de distancia.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte.
“De chico solo podía oler las bragas de mi abuela a escondidas… ahora estoy acá, con ella en la misma habitación, siendo besada por un viejo mientras ella también lo es. Todo cambió cuando me convertí en Peka.”
Ernesto la apretó más contra la pared y le metió la lengua más profundo. Peka correspondió el beso, babeando también, completamente entregada al momento.
Mientras Ernesto la besaba con fuerza, babeando y metiendo la lengua de forma torpe y desesperada, Peka se hundió todavía más en sus recuerdos.
Esta vez, los recuerdos fueron de cuando era muy chico, de 8 o 9 años, y visitaba la casa de su abuela Claudia.
Recordaba cómo, en esas visitas, se escabullía por la casa buscando momentos para espiarla.
Su abuela siempre le parecía una mujer enorme y atractiva. Tenía un cuerpo muy voluptuoso, con esas tetas enormes que se le marcaban debajo de la blusa y ese culo ancho y pesado que se movía cuando caminaba por los pasillos. Paco se quedaba mirándola en silencio, sin entender del todo por qué le gustaba tanto.
Una tarde, mientras su abuela se duchaba, Paco se acercó sigilosamente a la puerta del baño. La puerta estaba entreabierta. Se quedó ahí, escondido, mirando por la rendija.
Vio a su abuela desnuda bajo la ducha. El agua caía sobre su cuerpo maduro. Sus tetas grandes y pesadas se movían cuando se enjabonaba. El culo enorme, redondo y blando, brillaba con el agua. Paco se quedó congelado, con el corazón latiéndole muy fuerte. No entendía del todo lo que sentía, pero sabía que no podía dejar de mirar.
Otra vez, cuando su abuela se cambiaba en su cuarto, Paco se escondió detrás de la puerta entreabierta. La vio sacarse la blusa, dejando al descubierto sus tetas grandes y caídas, con los pezones grandes y oscuros. La vio bajarse la falda y quedarse en bragas. El culo de su abuela era enorme, ancho, con celulitis y marcas de la edad. Paco se quedó mirando, respirando agitado, sintiendo una excitación que no sabía explicar.
Esas miradas secretas se volvieron una costumbre cada vez que visitaba la casa de su abuela. Se escabullía, se escondía, y la espiaba mientras se duchaba, se cambiaba o se acostaba. Nunca lo descubrieron. Y cada vez que volvía a su casa, se masturbaba recordando lo que había visto.
Ahora, años después, estaba en una habitación con su abuela… pero no espiándola a escondidas.
Estaba siendo besada por un viejo mientras su abuela era besada y manoseada a unos metros de distancia.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte.
“De chico solo podía espiarla… escondido, con miedo de que me descubriera. Ahora estoy acá, con ella en la misma habitación, y ella también está siendo usada. Todo cambió cuando me convertí en Peka.”
Ernesto la apretó más contra la pared y le metió la lengua más profundo. Peka correspondió el beso, babeando también, completamente entregada al momento.
Mientras Ernesto la besaba con fuerza, babeando y metiendo la lengua de forma torpe y desesperada, Peka se hundió todavía más en sus recuerdos más profundos y prohibidos.
Esta vez, el recuerdo fue de cuando era muy chico, quizás de 9 o 10 años, y estaba de visita en la casa de su abuela Claudia.
Era una tarde de verano. Su abuela se había quedado dormida en el sillón del living después de almorzar. Paco, que estaba jugando cerca, vio la oportunidad. Su corazón latía con fuerza. Sabía que no debía hacerlo, pero la curiosidad y ese deseo extraño que no entendía lo empujaron.
Se acercó sigilosamente. Su abuela dormía con la boca entreabierta, respirando profundo. Llevaba una falda suelta. Paco, con manos temblorosas, levantó un poco la falda y, con mucho cuidado, bajó las bragas de su abuela hasta los muslos.
La braga era grande, de algodón, y estaba muy usada. La acercó a su nariz y olió.
El olor lo invadió de golpe.
Era un olor fuerte, maduro, de mujer mayor. Olía a transpiración, a piel caliente, a flujo vaginal seco y a algo más terroso. La parte de adelante tenía manchas blancas y amarillentas, espesas. La parte de atrás tenía marcas marrones claras, de cuando su abuela no se había limpiado del todo. El olor ahí era más intenso, más sucio, más animal.
Paco se quedó congelado un segundo, con la braga en la cara. El olor era tan fuerte que casi le dio mareos. Pero no la soltó. Al contrario. Se la llevó más cerca de la nariz y olió con desesperación, inhalando profundo una y otra vez.
Después, sin poder resistirse, sacó la lengua y empezó a chupar.
Primero lamió las manchas de la parte de adelante. El sabor era salado, ligeramente amargo, de mujer madura. Luego pasó a la parte de atrás. Lamió las marcas marrones, sintiendo el sabor terroso y sucio. Chupaba con ganas, como si quisiera absorber todo el olor y el sabor de su abuela.
Se masturbó ahí mismo, escondido detrás del sillón, con la braga de su abuela en la cara, lamiendo y oliendo mientras su abuela dormía a unos centímetros de distancia. Se corrió rápido, temblando, y volvió a subirle las bragas con mucho cuidado, como si nada hubiera pasado.
Desde ese día, cada vez que visitaba la casa de su abuela y ella se dormía, buscaba la oportunidad de hacer lo mismo. Era su secreto más oscuro y más excitante.
Ahora, años después, estaba en una habitación con su abuela… pero no oliendo sus bragas a escondidas.
Estaba siendo besada por un viejo mientras su abuela era besada y manoseada a unos metros de distancia.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte.
“De chico solo podía oler y chupar las bragas de mi abuela a escondidas, con miedo de que me descubriera. Ahora estoy acá, con ella en la misma habitación, y ella también está siendo usada. Todo cambió cuando me convertí en Peka.”
Mientras Ernesto la besaba con fuerza, babeando y metiendo la lengua de forma torpe y desesperada, Peka se hundió todavía más en sus recuerdos más profundos y prohibidos.
Esta vez, el recuerdo fue de cuando era muy chico, de 10 o 11 años, y estaba de visita en la casa de su abuela Claudia.
Era una noche de verano. Sus abuelos se habían acostado temprano. Paco, que no podía dormir, se escabulló por el pasillo. La puerta del cuarto de sus abuelos estaba entreabierta. Se acercó sigilosamente y miró por la rendija.
Vio a su abuela y a su abuelo en la cama.
Su abuela estaba encima, moviéndose lentamente. Sus tetas enormes se balanceaban pesadamente con cada movimiento. Su culo grande y ancho subía y bajaba. Su abuelo estaba debajo, con las manos agarrándole las caderas. Los sonidos eran bajos, húmedos, de piel contra piel. Paco se quedó congelado, con el corazón latiéndole muy fuerte. No entendía del todo lo que veía, pero sabía que era algo privado, algo prohibido.
Se quedó ahí, escondido en la oscuridad del pasillo, espiándolos durante varios minutos. Vio cómo su abuela se movía más rápido, cómo gemía bajito, cómo sus tetas se movían con más fuerza. Vio cómo su abuelo la agarraba con fuerza y empujaba hacia arriba.
Paco sintió una excitación que no sabía explicar. Se tocó por encima del pijama mientras los espiaba, sin entender del todo lo que estaba haciendo. Cuando terminó, se volvió a su cuarto con las piernas temblando, sintiendo culpa pero también una curiosidad que no podía controlar.
Desde esa noche, cada vez que visitaba la casa de sus abuelos, buscaba la oportunidad de espiarlos si escuchaba ruidos en su cuarto. Era su secreto más oscuro. Ver a su abuela, esa mujer madura y voluptuosa, moviéndose encima de su abuelo, le provocaba una fascinación que no podía explicar.
Ahora, años después, estaba en una habitación con su abuela… pero no espiándola a escondidas.
Estaba siendo besada por un viejo mientras su abuela era besada y manoseada a unos metros de distancia.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte.
“De chico solo podía espiar a mi abuela mientras follaba con mi abuelo… escondido, con miedo de que me descubrieran. Ahora estoy acá, con ella en la misma habitación, y ella también está siendo usada. Todo cambió cuando me convertí en Peka.”
Recordo otra ocacion.
Esta vez, el recuerdo fue de una noche en particular, cuando era muy chico, de 10 o 11 años, y estaba de visita en la casa de sus abuelos.
Era tarde. Sus abuelos se habían acostado y Peka no podía dormir. Escuchó ruidos suaves que venían del cuarto de ellos. Con el corazón latiéndole muy fuerte, se levantó de la cama y se escabulló por el pasillo en la oscuridad.
La puerta del cuarto de sus abuelos estaba entreabierta. Peka se acercó sigilosamente y miró por la rendija. Vio sombras moviéndose en la cama. Su abuela estaba encima de su abuelo, moviéndose lentamente. Sus tetas enormes se balanceaban pesadamente con cada movimiento. El sonido era bajo, húmedo, de piel contra piel.
Peka no se conformó con mirar desde la puerta. Con mucho cuidado, empujó la puerta un poco más y se metió en el cuarto. Se sentó en el piso, cerca de la cama, escondido en la oscuridad, casi al lado de la cama. El olor a sexo sucio llenó sus fosas nasales de inmediato. Era un olor fuerte, maduro, a sudor, a piel caliente, a fluidos y a mujer mayor. El aire de la habitación estaba cargado de ese olor.
Peka se quedó ahí, sentado en el piso, mirando de cerca. Vio cómo su abuela se movía encima de su abuelo, cómo sus tetas grandes y caídas se balanceaban, cómo su culo ancho subía y bajaba. Escuchaba los gemidos bajos de su abuela y los gruñidos de su abuelo. El olor a sexo sucio lo envolvía todo. Era un olor intenso, animal, que le provocaba una excitación que no entendía del todo pero que lo mantenía clavado en el lugar.
Se quedó ahí durante varios minutos, respirando ese olor, mirando en la oscuridad, sin que sus abuelos lo notaran. Cuando terminó, se escabulló de vuelta a su cuarto con las piernas temblando, el corazón latiéndole a mil, y se masturbó recordando lo que había visto y olido.
Ahora, años después, estaba en una habitación con su abuela… pero no espiándola a escondidas.
Estaba siendo besada por un viejo mientras su abuela era besada y manoseada a unos metros de distancia.
Peka gimió dentro del beso de Ernesto, sintiendo cómo la lengua del viejo le llenaba la boca. El asco estaba ahí, pero el morbo era mucho más fuerte.
“De chico solo podía espiar a mi abuela mientras follaba con mi abuelo… escondido en la oscuridad, oliendo el sexo sucio de la habitación. Ahora estoy acá, con ella en la misma habitación, y ella también está siendo usada. Todo cambió cuando me convertí en Peka.”
Claudia miró a los tres ancianos con una sonrisa pícara y levantó la mano para detenerlos un momento.
—Un segundo, muchachos —dijo con tono alegre pero firme—. Mi hija y mi nietita trans van a subir un rato a cambiarse de ropa. Bajamos en un momento. No se vayan a poner nerviosos.
Ernesto, Rulo y Bernardo rieron y asintieron, claramente excitados por la idea.
—Las esperamos acá —dijo Ernesto, con una sonrisa ansiosa.
Monica y Peka miraron a Claudia. Esta les hizo un gesto con la cabeza para que la siguieran. Las tres subieron las escaleras hacia la habitación de Claudia.
Una vez dentro, Claudia cerró la puerta y se rio bajito.
—Vamos a ponernos algo más sexy —dijo, abriendo su armario—. Si vamos a seguir con esto, hagámoslo bien. No vamos a bajar con la misma ropa de antes.
Peka se puso roja, pero no protestó. Monica también sonrió y empezó a buscar entre la ropa de su mamá.
Claudia sacó varios conjuntos provocativos. Le pasó a Monica un body negro ajustado y una tanga a juego. Para Peka eligió un baby doll rosa corto y transparente con una tanga a juego, muy de nenita sexy.
Mientras se cambiaban, las tres empezaron a hacer bromas entre ellas.
Claudia, que ya se estaba sacando la ropa, rio y dijo:
—Ay, miren esto… tres generaciones de mujeres yéndonos a la cama con tres viejos. Yo ya estoy acostumbrada, a mi edad uno se acostumbra a que los ancianos te quieran dar un poco de cariño. Pero ustedes dos… esto es nuevo para ustedes, ¿no?
Monica se rio mientras se ponía el body negro. Sus tetas grandes se acomodaron dentro de la tela ajustada.
—Un poco de asco sí me da —admitió, ajustándose la tanga—. Son gordos, arrugados, con dentadura postiza… pero también me da morbo. No sé por qué. Es como… lo prohibido.
Peka se estaba poniendo el baby doll rosa. El conjunto le quedaba muy corto y ajustado. Se miró en el espejo y se sonrojó.
—A mí también me da asco… —dijo con voz baja—. Pero me excita más el morbo. No puedo creer que estoy haciendo esto con mi mamá y mi abuela.
Claudia soltó una carcajada y se puso un corpiño rojo que apenas contenía sus tetas enormes y caídas.
— ¡Eso es lo divertido! Yo ya estoy acostumbrada a acostarme con viejos. A mi edad casi todos los que quedan son así. Pero para ustedes es nuevo. Miren a Peka… mi nietita trans, vestida de nenita sexy, yendo a la cama con un viejo que podría ser su abuelo. Qué cosa más loca.
Monica se rio y miró a su hija.
—Peka, decime la verdad… ¿te da morbo que sea tan viejo?
Peka se puso todavía más roja y asintió bajito.
—Un poco… sí. Me da asco por cómo son… pero me excita la diferencia de edad. No lo puedo evitar.
Claudia se acercó y le dio un golpecito suave en el culo a su nieta.
—Esa es mi nieta. Al final vas a terminar siendo la más puta de las tres.
Las tres se rieron. El ambiente era extraño, pero también ligero y cómplice. Mientras terminaban de arreglarse, siguieron haciendo bromas.
Monica se miró en el espejo y dijo:
—Miren cómo nos estamos poniendo… tres mujeres de diferentes edades yendo a la habitación de tres viejos. Si alguien nos viera, pensaría que estamos locas.
Claudia rio más fuerte.
—O que somos muy generosas. Obra de caridad para abuelos calientes.
Peka, que ya se había puesto el baby doll y la tanga, se miró en el espejo y murmuró:
—Esto es una locura… pero me gusta.
Claudia le dio un abrazo por detrás y le besó la cabeza.
—Entonces vamos. Que esos tres viejos nos están esperando. Y no los hagamos sufrir más.
Las tres se miraron en el espejo una última vez. Monica con su body negro, Claudia con su corpiño rojo, y Peka con su baby doll rosa de nenita sexy. El contraste entre las tres era evidente, pero también se veía natural.
Bajaron las escaleras hacia la habitación de Ernesto, con una mezcla de nervios, vergüenza y excitación.

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