Sexo con la suegra
El detonante de estar desnudo en la cocina despertó algo en mi suega.
Era un día viernes, pero el día jueves había trabajado hasta tarde por una urgencia de última hora para la compañía y me dieron el día libre. Mi esposa y yo ambos trabajábamos ese día; como de costumbre se levantó y, al despertarme, le dije que ese día no iba a trabajar y le expliqué la situación. Ella, antes de salir, me dijo algo pero no le presté atención, solo hice como que había escuchado y me quedé en cama.
Como vivimos solos, suelo estar desnudo en casa y así duermo. Sin embargo, como a las ocho de la mañana me dieron fuertes ganas de mi café matutino y me levanté para ir por uno a la cocina. Cuando estaba tomando el café, completamente desnudo y con una erección matutina —como suele pasar por las mañanas—, escuché un ruido. Al voltear, vi de pie a mi suegra.
En ese entonces era una mujer de 51 años, blanca, de curvas pronunciadas, muy hermosa para su edad y con un aspecto muy sexy pero sin caer en lo vulgar. Siempre que la veía iba bien arreglada, bien vestida y haciendo notar sus atributos físicos. Al verme en esa situación, no me quedó más que disculparme: «Perdón suegra, no sabía que estaba en la casa, qué pena», le dije. No me tapé porque ya había visto todo, así que solo me dirigí a mi cuarto a colocarme algo de ropa. Una vez allí, decidí quedarme acostado un momento, dándole vueltas a la escena y pensando en salir para dar una mejor explicación y dejar más claro el asunto.
Al regresar a la cocina, ella estaba preparando algo para desayunar. Me acerqué y le dije: «Ay suegra, qué pena, no tenía idea de que estaba acá. Disculpe lo de hace rato, espero que no se moleste conmigo». Ella me miró y, con una sutil sonrisa, respondió: «No, mijo, no se preocupe. ¿Ya desayunó? Venga, le preparo algo, ¿qué desea?». Le respondí que lo que sea estaba bien, me serví otra taza de café y ella siguió en lo suyo.
Estábamos en silencio cuando de repente soltó: «No tenía idea de que mi hija comiera tan bien por las noches». Sin caer en cuenta de la doble intención, le respondí de forma inocente: «Sí, qué raro, casi nunca cena». Ella replicó de inmediato: «Mal hecho, porque con una herramienta así sería para aprovechar todas las noches». Ahí fue cuando capté perfectamente a qué se refería. Aunque me tomó totalmente por sorpresa, me salió una respuesta audaz: «Si se la diera, ¿la aprovecharía o solo es por hablar?».
Ella me miró fijamente y dijo: «Mijo, hágale a ver si es verdad». Sin pensarlo dos veces, me acerqué a ella, la atraje hacia mí y comenzamos a besarnos y a acariciarnos con intensidad. Al poco tiempo, ella apagó la cocina y buscó mi intimidad de una manera muy directa. Nunca me había pasado por la mente tener algo con ella; aunque era atractiva, era la mamá de mi esposa y una mujer casada que siempre se había mostrado muy discreta y responsable. Sin embargo, en ese momento demostró una faceta completamente diferente y apasionada.
«Qué grande, mijo», era lo único que le escuchaba decir con fervor mientras me tocaba y me demostraba su deseo. «Siempre quise probar una así, con razón mi hija ni sale». Escuchar eso me encendió todavía más.
Cerca de la cocina había un cuarto pequeño con una cama individual, espacio suficiente para continuar el encuentro. Al principio me pidió que fuera con cuidado, comentándome que tenía mucho tiempo sin estar con alguien y que se sentía muy estrecha. A pesar de la resistencia inicial, la pasión pudo más y la intensidad del momento aumentó entre intensos gemidos y abrazos fuertes que dejaron marcas claras de nuestro encuentro.
Después de un rato, le pedí que cambiáramos de posición y se colocara arriba. Sorprendida, me dijo que sentía las piernas cansadas por el esfuerzo, pero la ayudé a acomodarse sobre mí para continuar el ritmo. Ante mis preguntas de si lo estaba disfrutando, ella solo me miraba fijamente, respondiendo únicamente con profundos suspiros mientras dejaba caer su cabeza hacia atrás.
Finalmente, decidimos cambiar el ritmo


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